Capítulo 6: La huida y las dudas

Ulrich no había terminado de digerir la nota. "Ulrich, lo siento. Te quiero. Yumi". ¿Qué era lo que sentía? Qué diablos. No tenía sentido ninguno. Recuerda, Ulrich, recuerda. Ese día, con Yumi. ¿Qué le había contado? Esa mañana había ido a hacer la sesión de fotos… luego había quedado con Carlos, habían tenido un rato de sexo… Y no había quedado con nadie más. Tal vez él supiera algo. Decidió bajar corriendo por la calle de Villenneé hasta casa del chico y preguntarle.

—Solo dijo que había pensado en hacer algo. Y le animé a que lo hiciera —respondió Carlos, con la camisa a medio poner—. ¿Qué ha pasado?

Y en ese momento, se vio impulsado contra la pared, sujeto por el cuello de la camisa, mientras un Ulrich furibundo le mirada. Samantha, que se había rezagado para ponerse la bata, bajó las escaleras y se horrorizó.

—¡Ulrich!

—¡Fue por tu culpa! ¡Tú le dijiste que me abandonara! —gritó el alemán, fuera de sí—. ¡¿Cómo se te ocurrió?!

—¿Qué… qué dices?

—¡Mira! —sacó la nota del bolsillo con una mano y se la juntó tanto a la cara que Carlos no era capaz de ver nada. "Ahora sí que lamento no haber dado esas clases de lucha", pensó—. ¡Se ha ido! ¡Me ha dejado solo! ¡Tú se lo dijiste!

—¡Ulrich, para! —gritó Samantha. Nunca había visto un enfado semejante de su amigo.

—Ulrich… por Dios… ¿por qué le iba a haber dicho que te dejase? —preguntó Carlos. Le costaba respirar. Ulrich no le apretaba el cuello, pero a tan corta distancia, era complicado mantenerse sereno—. ¡Si lo hubiera sabido le hubiera intentado hacer recapacitar!

El alemán tardó un poco en asimilar aquellas palabras. Es verdad… era un amigo, ¿qué sentido tendría que intentase romper su matrimonio? La época de mal rollo del grupo había sido hacía muchos años, no podía pretender algo así. "Vale que siempre ha sido un poco raro, pero no… no puede querer hacer esto".

—¿Y dónde puede estar? —preguntó, soltando a Carlos. Y este le tuvo que sujetar justo antes de que se derrumbase. Se vio llevado al sofá por el chico y se dejó caer—. Joder… que ciego he estado…

—Ninguno de nosotros se dio cuenta de que estaba en mal momento —comentó Samantha. Su alteración por la noche anterior había desaparecido con aquella noticia.

—Pero es mi mujer… debería haberlo sabido, hablar con ella…

—Si se ha ido, probablemente, no te lo habría contado —dijo Carlos—. No fue especialmente locuaz.

—Si puedo hacer una observación… —interrumpió Samantha. Había tomado la nota del suelo—, es una apreciación mía, claro, pero no ha dicho que te haya dejado —añadió con sensibilidad—. Tal vez necesite un tiempo...

—¿Dónde puede estar? —preguntó Ulrich, no supo si para si mismo, o a sus amigos. Solo quería saber la respuesta.

—La encontraré. Es una promesa —afirmó Carlos. No podía evitar sentirse culpable. Si hubiera presionado más en su conversación…

—¿Cómo vas a conseguirlo? —quiso saber el alemán. En aquel momento, solo podía desconfiar.

—Soy bueno. Y conozco algunas personas que me pueden ayudar cuando yo no pueda avanzar —aseveró el español—. Te prometo que daré con su paradero.

—Ulrich, si necesitas algo durante este tiempo… —empezó Samantha, pero se vio interrumpida.

—No. De verdad, no. Ahora necesito estar solo… y siento cómo he entrado.

Se levantó. Se sentía confuso y desorientado. Empezaba a asimilar la realidad. Yumi se había ido. Solo podía pensar en si todavía la quería, y reprimir los pensamientos que le gritaban que si se había marchado, no le querría tanto. No al menos hasta que la escuchase decirlo. Solo le quedaba esperar a que Carlos tuviese alguna novedad. La que fuese.

El chico se había quedado mirando la nota. Sin duda, era la letra de Yumi. El trazo era limpio… no escrito como si alguien la obligase a escribirla. Eso descartaba el secuestro… al menos en el momento de irse. "Hay algo que debo hacer, pero no me atrevo", le había dicho. "Hay veces que estoy mejor callado", pensó. Se le pasó por alto en ese momento la mirada que Samantha le dirigía. "Ya te contaré… ahora tienes trabajo… encuéntrala", le decía.

La noticia de la desaparición de Yumi había pillado a todo el grupo por sorpresa. Ninguno de ellos había llegado a ver a la chica marcharse. Por supuesto, todos le habían enviado mensajes al móvil, y ninguno había llegado. Lo tenía apagado, o sin batería.

Sissi se estaba acordando en ese momento de ella. Había regresado de su carrerita matinal, y ahora descansaba en un banquito que se había instalado en el pequeño patio de la casa. Javier tardaría un rato aún en llegar. Se había reunido en el ayuntamiento con Aelita y Alicia, en videoconferencia con Richard para informar de cómo iba la vida, y algunas propuestas para mejorar la vida en Villenneé.

Y ahí sentada, escuchando Wind of change de Scorpions mientras revisaba el móvil. Su almacenamiento (aumentado, por supuesto, por obra de Jeremy) lo componían un montón de imágenes y videos. Había deslizado ferozmente el dedo hacia arriba, y había alcanzado las imágenes de hacía muchos años. Los orígenes de su grupo de amigos. Qué jóvenes estaban por aquel entonces. Una tarde, ya olvidada, en que había quedado con su amiga japonesa y se habían ido a tomar un helado. Una tarde de acercamiento que había culminado en una sesión de ardiente y fogoso…

—Buenos días —saludó una voz que conocía muy bien.

Edmond estaba allí, con su aspecto habitual, acompañado de su bastón. Qué bien vestía aquel hombre, pensaba habitualmente Sissi. Aunque pocas veces se había animado a ir a correr con ella. Le hizo un gesto con la mano, invitándolo a entrar. Edmond caminó por el interior, y se sentó en el banco al lado de la chica.

—Si pusiérais algún negocio en aquel local, vendría más gente —comentó Edmond, mientras se acomodaba.

"Casi mejor no poner nada", pensó Sissi, que prefería tener aquel pueblo para sus amigos y ella. Bueno, y que Edmond fuera de visita a verles. Le caía bien aquel hombre, y tenía un curioso modo de ver la vida. Por lo que ella había intuido, se trataba de un hombre solitario, o que al menos era muy selecto con la gente con la que se relacionaba. Una pena, pues sus ideas merecían ser escuchadas.

—¿Qué tal está la señorita urbana? ¿Te vas acostumbrando a la vida aquí?

—Sí. Es mejor de lo que pensaba. He desconectado de mucho. Es cierto que nuestro modo de vida es como en la ciudad, pero… no sé, ahora no tengo mis impulsos de comprar compulsivamente, por ejemplo. Creo que incluso respiro mejor.

—El aire del campo de una maravilla, la naturaleza nos brinda con muchas bellezas que admirar.

—Estoy de acuerdo.

—… Si he de ser sincero, era un piropo lo que intentaba hacer —dijo Edmond.

—Oh. Vaya —respondió Sissi, un poco cortaba por aquello—. Muy sutil —rió.

—Eso pretendía. No te ofendas, pero sé que eres una mujer casada, no me tomaría libertades.

A Sissi no se le escapaba su uso del condicional, pero encontraba halagador lo que le decía. De todas formas, no era más que un amigo que había hecho por la zona.

—¿Te apetece un café? ¿O un té?

—No, gracias, no suelo beber durante mis paseos.

—Pues eso no es bueno. Caminas mucho, lo mínimo es que llevaras agua...

—Escucha, escucha... He venido a verte.

—¿A verme?

Y dio un respingo en el momento en que el hombre la tomó de la mano. Suavemente. ¿Qué estaba haciendo? Aquello estaba fuera de lugar. El hombre era muy atento, pero si eso significaba lo que ella pensaba… estaba mal. Estaba mal que la tocase… con esa suave mano...

—Eres una mujer increíble. La más increíble que he conocido nunca —unas palabras muy usadas, pero tenía un tono de voz que cautivaba a Sissi—. Sé que nos conocemos pocos, aunque te considero ya alguien cercana a mi…

—Edmond…

Antes de poder evitarlo, el hombre se echó hacia adelante, y besó sus labios. Pretendía ser un suave beso, pero los labios de Sissi no retrocedían. Joder, ¿qué le estaba pasando? Aquello no estaba bien. Ella amaba a Javier, era su marido… pero la cercanía que había sentido con Edmond era innegable. ¿Por qué le gustaba aquello? Tal vez se había negado mucho tiempo que se sentía atraída por él. Pero así era.

El beso se estiró varios minutos. Sin hacer nada raro. Dos respiraciones al compás y dos labios moviéndose síncronos. Solo aquello. La mente de Sissi se nubló ligeramente. ¿Qué estaba haciendo? No podía seguir…

Finalmente, la lengua de Edmond trató de sobrepasar el límite. Solo una vez. Un ligero roce. Sissi tocó con su lengua la de él, muy levemente, y se apartó en ese momento, temiendo no poder controlarse. Se puso de pie y se apartó un par de pasos. Dios. ¿Qué había hecho? Miró alrededor. Ninguno de sus amigos estaba por ahí, no la habían visto… Javier tampoco.

—No. Por favor, vete —dijo.

—Sissi…

—Vete —repitió ella—. Esto no puede ser.

—Me gustas de verdad —le dijo Edmond.

—Ya, y creo que tú a mi también, pero… esto no puede ser…

—¿Por qué no?

—Mi marido, mi hija… No. Es imposible —susurró Sissi—. Por favor. No podemos volver a vernos.

Edmond inspiró y se quedó inmóvil por unos momentos. La chica no le miraba. Sissi solo escuchó las pisadas de Edmond alejándose, de vez en cuando con un golpe del bastón en el suelo. De algún modo, Edmond se las ingenió para irse sin entrar en su campo de visión.

La chica se encontraba fatal. Había sucumbido a lo prohibido. Miró la hora. Javier debía estar a punto de regresar. Se metió en casa, y fue a la cocina a por un vaso de agua. Parecía sentarle bien. Estaba más calmada. Se acabó Edmond para ella. Le había gustado, joder, desde su primer encuentro. Ese punto de maduro interesante, o más bien, muy interesante, era cautivador. Pero no se podía permitir el desliz. Javier era su vida, al igual que su hija. No lo podía echar todo por la borda.

—Hola, cariño —saludó Javier al llegar a la casa—. ¿Todo bien?

—Perfectamente —dijo ella, y se abrazó a él.

—Uy, ¿y este recibimiento?

—Echaba de menos a mi marido.

Así era como las cosas debían ser. Ellos dos juntos. Era todo lo que importaba. Sin aventuras ni problemas con otra gente. Quería a su marido.

Aelita había aprovechado el final de la reunión para quedarse un rato de más en el despacho. A pesar de la promesa de Richard de que dispondrían de un buen ancho de banda de internet en sus casas, no dejaba de ser un ADSL. Ella no era idiota, y en el ayuntamiento había fibra óptica. Buena forma de asegurarse visitas esporádicas y trabajar por Villenneé, aunque difícilmente había gran cosa que hacer. Los alquileres se pagaban correctamente, no había problemas con el agua o la luz… el único problema era que el local seguía vacío. Nadie se animaba a atarse a montar un negocio. Tal vez podría tentar a aquella mujer, Lexa…

Pero en ese momento ya no estaba pensando en trabajo. Navegando por internet, había conseguido encontrar un foro de escritores. Lo había estado leyendo por encima en el móvil, pero resultaba desastrosa la conversión al formato de pequeña pantalla. Ahora desde el portátil lo podía ver completo. Según había visto, tres de las grandes editoriales del país sostenían el foro, de modo que podrían estar atentos a la aparición de algún posible best-seller. Algunos temas tenían varias respuestas, autores ignorados, mientras otros posts habían sido cerrados con solo el tema principal. La pelirrosa reconoció incluso uno de los capítulos de apertura de una novela que había leído recientemente.

Había dedicado un buen tiempo a empezar la novela, pero en aquella ocasión no quería la opinión de sus amigos. Había aprendido de sus errores en la escritura, o eso creía. Pero quería llevar la obra a un público que no la conociera, saber qué impresión tendría en la gente, si querrían saber más o aquel piloto carecería de interés para el público. Una comunidad de personas como ella, queriendo ser parte del mundo de la literatura.

De modo que tras pasar el formulario de registro (empleando como pseudónimo pel1rros4) y verificar su correo, entró en la sección correspondiente al género de su novela. Bueno, dudó entre dos de los foros, pero optó por su primera intuición. Publicar nuevo tema…

"Foro Autores marca registrada se reserva los derechos de todas las obras publicadas en el foro… La reproducción o plagio de cualquiera de los fragmentos exhibidos por sus miembros será debidamente denunciada y procesada…", bueno, por lo menos si alguien la copiaba el foro se ocuparía de proteger su obra. Aceptar términos. Teclear el título. Abrir Explorador de archivos. Abrir capítulo1. Seleccionar todo. Clic derecho. Copiar. Vuelta al foro. Clic derecho. Pegar. Scroll, scroll. Enviar. Vamos, dale. Enviar. Clic.

Ya está. Lo había hecho. Y en aquel momento, solo podía esperar. Tal vez recibiría una respuesta de un editor en una o dos horas. O tal vez mañana. O algunos autores les gustaría. O tal vez terminaría publicando toda la obra en el foro, perdida, sin la posibilidad de verla publicada. Apartó esa idea de su mente. El foro tenía una sección de "Cafetería". A ver de qué hablaba de ahí la gente. Algo que le permitiera despejar la mente. "Gifs de gatitos - So cute!". Pues venga, a echar un vistazo. Por las risas.

Odd estaba aburrido. Había poco que hacer aquellos días por Villenneé. Y tampoco le salían muchas cosas que hacer fuera de allí. La vida era una sucesión de días. Aunque bien pensado, no era muy diferente a la ciudad. Tal vez solo había una discrepancia: antes tomaba el ascensor para ir a ver a sus amigos y ahora tenía que patearse las calles del pueblo.

—¡Empanado! —le gritó alguien.

Volvió en sí. Se había pasado unos minutos mirando al horizonte y al final había perdido la noción del tiempo. Y ahora Lexa le saludaba desde su ventana y él había reaccionado ante el estímulo. La chica le había caído muy bien. "Eso y te pone cachondo", se recordó. Pero casi podría considerarla ya una amiga. Ella y Damien ya habían ido alguna vez a cenar por su casa (Lexa pasaba más tiempo en Villenneé que él, aunque también hacía noches fuera, dejando la casa a solas) y se habían tomado algo por la calle, sacando latas de bebida e invitando al resto de amigos a pasarse por allí.

Pero donde mejor le había caído Lexa era en los videojuegos. La chica era muy buena jugando. Casi tanto como él. Había invitado a Lexa a pasar una tarde a casa, y le habían brillado los ojos al ver la consola al lado de la televisión. Le había pedido echar una partida, y desde el minuto uno lo tuvo complicado para derrotarla. De hecho, si la memoria no le fallaba, le llevaba una ventaja de dos victorias únicamente.

—¿Qué tal? —preguntó Odd—. ¿Lamiéndote las heridas de la última derrota? —preguntó en tono burlón.

—Estoy lista para una revancha —le dijo ella—. ¿Entras?

Odd se levantó y se dirigió a casa de Lexa. Abrió la puerta, pues no tenía la llave echada, y entró. Le gustaba aquel salón. No era nada ostentoso. Un sillón, el sofá, una mesa. la tele y…

—No puede ser.

La última consola que había salido al mercado. Apenas una semana antes. Y por supuesto, la caja del mejor juego de luchas encima de ella. Lexa llegó en ese momento, con las manos en los bolsillos y sonriendo con suficiencia.

—Te dejaré sin cerveza si seguimos jugando en tu casa —bromeó—. Pensé que lo justo era que también pudiéramos echar aquí la partida.

—Es la hostia… y es una preciosidad —dijo, admirando la máquina.

—¿Partidita pues?

Unos minutos después, Odd estaba pulsando los botones como un loco. El nuevo mando era un poco diferente al habitual. Más que eso, la posición de los botones, la cruceta y el joystick había cambiado ligeramente, y no le resultaba cómodo jugar. Se defendía como podía de los ataques de Lexa, que parecía disfrutar acorralándolo. Echó hacia atrás al personaje un par de veces, contraatacó… y se comió un doble combo que le derrotó.

—Aún te llevo una victoria —dijo, intentando parecer digno—. Solo estaba calentando.

—¿Y quieres que lo convirtamos en un empate? —preguntó ella.

Volvieron a la selección del personaje. Odd decidió pasar a los pesos pesados. Lexa optó por todo lo opuesto. Cada golpe de Odd le bajaba mucho la barra de vida… pero esos golpes se daban cada muy poco tiempo. Lexa tenía un personaje más veloz, y poco a poco le llevaba a su destrucción. Ataque, retroceso, ataque, retroceso… cuando Odd acometía, más retroceso… un despiste, le quedaba apenas una fina línea… Odd volvió a acometer… pero le derrotó.

—¡Oh, sí, nene! ¡Lo siento, no tengo un pañuelo para tus lágrimas!

—Ja, ja, y re-já —ironizó Odd—. Muy madura.

—Lo siento, señor "tehaslamidolasheridas" —bromeó ella—. ¿Has terminado ya el calentamiento?

Lo dijo pegando su frente a la de él. Odd sintió la respiración agitada por la victoria de la chica. Él la miró. Admiró aquellos ojos. Preciosos ojos. No cabía duda… esa mujer tenía todo lo que podía atraerle… pero estaría mal hacer nada con ella. Diablos, que ella le apartase. No se lo tomaría a mal… sería lo apropiado.

—¡Hola! —saludó una voz masculina.

—Hola, Damien —dijo de pronto Lexa, como si nada hubiera ocurrido—. ¿Qué tal el día?

—Hasta los huevos estoy —respondió él—. Hola, Odd. ¿Disfrutando?

—¿Eh? —preguntó él, desubicado.

—La consola. Ya me dijo Lexa que eres un viciao. Y veo que es verdad —rió—. ¿Te quieres quedar a cenar? No quiero interrumpir.

—No, gracias. De hecho debería ir a cambiarme, iré a cenar con Dorjan por ahí esta noche.

—Tú te lo pierdes, pero no te escaquearás para siempre —dijo Damien—. En fin, subo a ducharme. Si no te veo, que lo paséis bien en la cena.

Por supuesto que no le iba a ver. No podía tener esos acercamientos con Lexa. Pero era vecina, no podía evitar verla. Tendría que plantear una estrategia. Que sus amigos estuvieran siempre presentes, a ser posible. Y probablemente, debería hablar con alguno de sus amigos. El problema era que Ulrich bastante tenía con lo suyo como para cargarle con aquello. Tenía que pensarlo bien.


¡Hola a todo el mundo! No, no he olvidado este fanfic, y lo estoy actualizando con más frecuencia que "Code: Z" en su día, así que no os enfadéis :(

Moon-9215: Yumi está viajando, pero no ha dejado a Ulrich ;)

Alejito480: Sí, sé lo que quieres decir ;) Y ¿cómo sería ese lemmon que me dices? ¡Gracias!

Pronto más capítulos, lo prometo ;) Lemmon rules!