Capítulo 8: Algunas personas son la ruina
Era jueves por la tarde cuando se había reunido un pequeño comité femenino en casa de Alicia y Emily. Había invitado a tomar el café, pero únicamente Laura y Sam habían acudido. Aunque no les suponía un gran problema, se lo pasaban bien en todas las circunstancias. Y estaban escuchando lo que Sam les contaba.
—Parece que tu miedo era para nada —comentó Emily con calma.
—Calla, calla. No sabes lo mal que lo pasé —dijo Sam y le dio un trago a su café—. Cuando me preguntó si había dejado de quererle… casi me muero.
—¿Y entonces se ha ido a indagar? —preguntó Alicia.
—Sí. Le conté todo durante el día de ayer y ha empezado a trabajar en el caso.
—¿Crees que podrá descubrir algo? —dijo Laura—. No me malinterpretes. Es bueno, pero es tu marido. Si eso le nubla el juicio…
—Tengo plena confianza en él. Me prometió tomárselo con la misma investigación que cualquier otra…
—Y eso mientras ayuda a Ulrich a buscar a Yumi… debe estar desbordado… —suspiró Emily. Pero hubo algo en la expresión de Sam que le hizo recelar—. A no ser… que ya sepa dónde está pero alguien no nos lo quiera contar —dejó caer. Todas las miradas se dirigieron hacia ella.
—¿Po… por qué crees que se algo? —preguntó la aludida, con nerviosismo.
—Porque no sabes mentirnos. Cuéntanos —pidió Alicia, ávida de información.
—Lo único que me contó… porque al que más le ha contado ha sido a Ulrich, por supuesto, es que está en Japón, en casa de Kuroko. Y ha pedido que no vayamos a buscarla. Promete volver pronto —les dijo—. Pero no sabéis nada de eso por mi, ¿entendido?
—Entendido respondieron las tres.
—Seguro que Ulrich se enfadó mucho —pensó Laura.
—Pues sí. Así que le sugerí que le diera un masaje para aliviar las tensiones, y parece que funcionó —narró Sam.
—¿Y no te quisiste unir a ellos? —preguntó Emily.
—¿Quién dice que no lo hiciera? Que no soy idiota —rió Sam—. Nos sentó muy bien a todos. Pero creo que no he sido la única en disfrutar de compañía múltiple estos días —añadió mirando a Laura. Las cabezas se giraron en dirección a la rubia, que se puso colorada en un momento.
—¿Qué pasa? ¡No soy la única que lo hace de vez en cuando! —protestó, muerta de vergüenza—. Además, me sirvió para poder hablar con William abiertamente. Se preocupó al saber que no me había sentido muy protegida con él desde que estoy en paro, y ya he notado que se esfuerza por no descuidarme… Así que no me arrepiento de nada de lo que hice, ¿vale?
—No te criticábamos. Solo nos sorprendíamos —dijo Alicia—. Pero tienes toda la razón. Si te lo pide el cuerpo, hazlo. Estamos entre amigos en este pueblo.
La única persona que no entraba en aquella definición estaba preparando la cena. Odd la había contemplado desde la ventana pero se había vuelto a meter para dentro, y tras cerrar el cristal, se puso a jugar a la consola esperando al regreso de Dorjan. Debía hablar con su marido. Estaba muy preocupado por la situación con Lexa. Aquella diosa rubia… No, aquella vecina a la que no debía desear porque estaba felizmente casado y no debía cometer estupideces. Pero debía desahogarse, contárselo antes de hacer una tontería que le costase cara.
Por fin se abrió la puerta de la calle. Apagó la consola rápidamente y la dejó en la mesa.
—Hola, cariño —saludó Dorjan mientras colgaba el abrigo—. Qué frío empieza a hacer ya… Menos mal que estas casas están bien aisladas…
—Y bien que invertimos en ello, ¿no? —dijo Odd—. ¿Todo bien?
—Todo perfecto —respondió Dorjan. Dio un beso a Odd y de pronto se dio cuenta de un olor que había en el ambiente—. ¿Has preparado lasagna?
—Sí, llevamos unos días comiendo fatal —comentó Odd—. Escucha…
—¿Vas a entrar al baño? Me gustaría darme una ducha —dijo Dorjan.
—Espera. Espera un momento. Siéntate, por favor —pidió el rubio.
Dorjan se sentó en el sofá, al lado de Odd. Este intentó mirarle a los ojos, pero no se vio capaz, no con aquello que iba a contarle, por lo que le miró de reojo antes de hablar.
—Escucha… me siento atraído por Lexa.
—Bueno, es una mujer muy atractiva… Si me vas a preocupar solo por eso…
—No, no me refiero solo a eso. Escucha… se ha vuelto muy cercana a mi estos días… Me lo paso muy bien con ella. He… soñado que me lo montaba con ella —reveló. Se estaba poniendo muy nervioso—. El otro día, cuando fui a echar una partida en su casa… creo que estuvimos a punto de besarnos… Si no hubiera aparecido Damien, no sé donde podríamos haber terminado...
Dorjan no dijo nada inmediatamente.
—Soy una persona horrible… Pero prefiero contártelo ahora en lugar de… después de haber pecado —dijo el rubio—. Dime… ¿qué quieres que haga?
—¿Que qué quiero que hagas?
—Claro, querrás que deje de verla. Podríamos acondicionar otra casa y vivir allí. O tal vez, dejar atrás a nuestros amigos y mudarnos de Villenneé.
—Paraparaparapara —dijo Dorjan—. Vamos a calmarnos. Tú… no eres de mi propiedad. No te puedo prohibir que veas a nadie. Ni vamos a mudarnos. Yo creo en ti. Confío en ti. Así que solo te puedo pedir que no tengas sexo con ella.
—Dorjan…
—Te amo, Odd. Desde hace años. Sé que puedes tener esas debilidades. Pero me lo has contado, así que no debería preocuparme.
—Te quiero…
—Y yo a ti.
En ese momento, Dorjan pasó una pierna por encima de Odd, subiendo a él a horcajadas. Le plantó un beso en los labios muy lento. Odd se dejó hacer. Sí, le amaba, claro que le amaba. Con él no podía flaquear. De pronto le sintió tocando su cuerpo. Suspiró, ¿por qué bajaba tanto? Notó su mano presionando en su entrepierna. Empezó a abrirle el pantalón.
—Dorjan… ¿qué vas a hacer? —preguntó.
—Voy a tomar un aperitivo antes de cenar —sonrió este—. ¿Te haría más ilusión que fuese Lexa…?
—No digas tonterías —gruñó Odd mientras sentía su pene ser liberado. La cálida mano de Dorjan le daba mucho placer en ese momento—. Yo…
—Calla y disfruta, mi amor —susurró Dorjan mientras empezaba a bajar por el cuerpo de su marido. Este sintió un escalofrío cuando una sensación húmeda y carnosa envolvió su erección. Cerró los ojos. Y para su alivio seguía pensando en su marido. Le acarició la cabeza mientras disfrutaba de aquel momento. Definitivamente Lexa no era una opción. Aquel hombre le había dado los mejores años de su vida. Lo amaba muchísimo. Recordó en ese momento la lasagna… pero ya habría tiempo para cenar. Ahora debía centrar su atención en aquel marido maravilloso que tenía.
A la mañana siguiente amaneció un frío día en la calle, desapacible. Aunque por las mañanas siempre hacía peor tiempo que por las tardes. Y en teoría, aún faltaban unos días antes de las primeras nevadas. Con eso y todo, Ulrich se preparaba para ir a trabajar. Samantha salió también de la casa del chico. Había pasado allí la noche.
—¿Seguro que estarás bien yendo sola a la ciudad?
—Siempre he ido sola —respondió ella—. Además el tren está calentito. Espero no llegar tarde hoy. No me apetece quedarme luego sin compañía.
—A mi tampoco —dijo este, recordando las dolorosas palabras de Yumi sobre que no quería que fueran a buscarla—. Ve con cuidado.
—Lo mismo te digo —respondió ella antes de encaminarse hacia el apeadero de tren donde podría montarse para ir a trabajar.
Por su parte, Ulrich se montó en su vehículo y empezó a conducir. Cada vez tenía más manejo con la planificación de rutas de acuerdo a las citas. Y en ese momento, al ver la pantalla, un enfado se apoderó de él. Nadine. ¿De verdad? Después de la escena que le había montado dos días atrás… "Ulrich, quiero sexo". Menuda loca. Pero bueno, ante todo él era un profesional. La cita no la había cancelado. Mejor si se presentaba. Y si rescindía sus servicios, pues estaría más tranquilo.
—La próxima calle gire a la derecha —recitó el GPS.
—"Li príximi quilli giri i li dirichi" —se burló Ulrich—. Ya me sé el camino.
—Lo siento, no te he entendido. ¿Puedes repetir la orden?
—A callar —dijo, desconectando el sistema. Pero algo llamó su atención al girar en la calle.
Un grupo de personas estaba alrededor de… sí, era la casa de Nadine. Tal vez le hubiera ocurrido algo grave. Aunque no había ninguna ambulancia por ahí. Aparcó unos metros antes de llegar y bajó del coche. ¿Qué habría pasado? Pero si le había ocurrido algo a la mujer, sin duda alguna, no era un problema de salud, pues se hallaba en la puerta de su casa, muy enfadada, hablando con todos los presentes.
—¡Ahí está! ¡Ese es el cerdo que me tocó sin permiso! —exclamó, y apuntó directamente con el dedo a Ulrich.
—¿Disculpe? —preguntó Ulrich, que no debía haber escuchado bien lo que le decía la mujer—. ¿Qué es eso de que la toqué?
—No lo niegues. Te contraté para hacerme un masaje y cuando estuve desnuda, tú… tú… no quiero ni pensarlo —dijo la mujer, y soltó un sollozo.
De pronto el alemán se sintió acorralado por aquella marabunta de vecinos. No se lo podía creer. Le estaban acusando de haberla… Jamás haría tal cosa. Una mano se puso encima de su hombro, y tuvo que contenerse para no responder con un puñetazo.
—Oiga… creo que lo mejor sería aclarar todo esto en comisaría —dijo un hombre de aspecto cuarentón—. Si tiene a bien de acompañarnos.
—No voy a ir a ningún sitio —respondió el alemán. Miró a Nadine. Ella le devolvió la mirada, una burlona, solo una fracción de segundo. Menuda forma de calcular los tiempos. Volvía a tener la mirada de miedo cuando apuntaba hacia él.
—Mire, es muy sencillo, le están acusando de algo muy grave. Si no vamos a comisaría tendremos que llamar a los agentes a que vengan a por usted.
—No creo que haga falta —dijo Ulrich—. Mantiene usted la acusación, ¿verdad? Después de haberme instado a mi a que tuviera sexo con usted…
—¡Eso es mentira! ¡Jamás entregaría mi cuerpo a un masajista como tú!
Ulrich suspiró. Desde luego, tenía toda la situación en contra. Solo tenía una oportunidad de exonerarse. Intentó meter la mano en el bolsillo, pero un segundo vecino le atrapó el brazo. Él se podría haber zafado sin problemas, pero en si situación no era lo más inteligente.
—¿Le importaría sacar mi teléfono del bolsillo? Tengo algo que a lo mejor quieren escuchar.
Desconfiando, ante las miradas de todos (Ulrich había contado a unos diez presentes) hizo lo que el chico le pedía.
—2-0-L-Y-0-K-0-0-3 —deletreó Ulrich la clave de acceso.
El hombre pulsó el código y tuvo acceso completo al teléfono del chico.
—En la primera pantalla tengo las Herramientas. Dentro está la Grabadora —dijo. Miró a Nadine, que observaba la escena con desconfianza—. en la Lista de grabaciones hay una, la más reciente, es de hace dos días por la mañana.
—Aquí la tengo.
—Póngala, por favor, por el final.
—Esto es absurdo… —dijo Nadine—. Apaga eso y vamos a comisaría…
—Espera, mujer —respondió el hombre—. A ver qué es…
Hubo un largo rato de silencio. Ulrich insistió en que acelerase la grabación, pero nadie dijo nada hasta que por fin empezó una conversación entre Ulrich y Nadine. Ella tragó saliva.
"Creo que por hoy hemos terminado. Voy a salir para que se pueda vestir" dijo la voz de Ulrich grabada. "De eso nada. Ulrich, quiero sexo", había respondido Nadine. "Esto es del todo inapropiado." "Venga, seguro que tú también quieres. Puedo enseñarte un par de cosas". Todos los presentes escucharon el resto de la conversación que se había sucedido en aquella casa hasta el momento en que Ulrich se había marchado, cerrando la puerta.
—Creo que eso lo aclara todo, ¿no es así? —preguntó Ulrich—. ¿Me lo devuelve? —preguntó al que tenía su teléfono.
—¡Un momento, un momento, un momento! —protestó Nadine—. Vale que yo te lo pedí… ¡pero no puedes demostrar que te fuiste de mi casa! ¡Ahí fue cuando me… ah, no quiero ni acordarme! —dijo en un tono no tan convincente. Sin duda, no se esperaba que el alemán hubiera tomado aquella precaución—. ¡Sátiro!
—Nadine… entenderás que después de la mentira, nos cueste creerte —dijo uno de los presentes.
—¿Puedes demostrar dónde estuviste? —preguntó ella a Ulrich, sin escuchar las voces discordantes.
—¿A qué horas tomé la grabación? —preguntó Ulrich al vecino que no le había devuelto el móvil aún.
—Pone… De nueve menos cinco a diez menos cuarto… —dijo este.
—A esa hora fui a tomarme un café aquí cerca. Podemos ir a preguntar a qué hora me vieron asomarme. Y luego acudí a una cita que tenía a las diez y cinco —narró Ulrich—. ¿O vamos a dejar esta pantomima? —preguntó.
La gente estaba confusa. ¿Cómo era posible que una persona como Nadine les hubiera mentido de aquella forma? Aquella mujer no se molestó en decir nada más y se encerró en su casa antes de que pudieran increparla.
—Disculpe nuestros modales —dijo el que le había sujetado en primer lugar. Poco a poco los demás se alejaron—. Creo que debería no acercarse por aquí en un tiempo… Los ánimos están caldeados.
—Tengo clientes que atender. Y seguiré haciéndolo, pero sin pasar por esta calle. No se preocupe.
—Tome, joven —dijo el otro, devolviéndole el teléfono—. Lamentamos la confusión.
—Me hago cargo, es un tema serio. Debían cerciorarse de la verdad —dijo Ulrich—. En fin, si me disculpan… creo que mi cita se ha cancelado, por lo que voy a tomarme un café…
—Le invitamos —dijo el primero—. Es lo mínimo por la confusión.
En su interior, Ulrich respiró aliviado. Bastantes problemas tenía en su vida como para añadir una demanda por acoso sexual o algo peor. Agradeció el café y fueron para la cafetería que él se conocía.
El frío de la mañana empezaba a sustituirse por un calor provocado por un fuerte sol. Qué clima más curioso había en aquel sitio. Aelita estaba en el salón, con el portátil encima de sus piernas mientras echaba un vistazo a las noticias. Ni la televisión tenía encendida. Había dejado una radio puesta con una emisora de música pop de los años noventa mientras navegaba. De pronto apareció una notificación emergente en la pantalla. Correo electrónico.
Clicó rápidamente para leerlo. El remitente ya le llamó la atención. editores . Aquel dominio… Edilivre, una de las principales editoras de libros del país. Su corazón se aceleró un poco. Antes de nada, debía leer el mensaje con atención. Tal vez habían leído su capítulo en el foro, pero querían que lo cerrase. La verdad, no se había acordado de mirar si había recibido respuestas, o al menos visualizaciones en el post que había publicado.
El asunto del mensaje era: REUNIÓN. Y el cuerpo, una fecha, una hora (dentro de cinco minutos) y un enlace para una reunión de Skype. Cinco minutos… Dejó el portátil en la mesa y fue un momento al baño. Solía estar presentable, pero mejor si se miraba al espejo… Se peinó rápidamente y volvió a sentarse en el sofá. Pinchó sobre el enlace, y aguardó a que la otra parte se conectase también. No tardó mucho en tener conexión.
Una mujer de aspecto serio por la ropa, pero informal por el rostro, miraba directamente hacia ella.
—Buenos días. ¿Es usted pel1rros4? —fue lo primero que preguntó.
—Sí. Me llamo Aelita. Aelita Schaeffer —dijo, en tono tranquilo. O eso intentaba.
—Buenos días, soy Colette Coté, de Edilivre. Quería hablar con usted por el capítulo que publicó en Foro Autores hace unos días.
—Ajá. Dígame entonces.
—Habrá continuado escribiendo, supongo…
—Claro —mintió Aelita. En realidad se había limitado a esperar a conocer las respuestas hacia su escrito, pero se había olvidado del asunto.
—Voy a serle muy directa, Aelita. Me ha gustado. Y se lo he presentado a mis compañeros y les ha gustado también. Queremos publicar su novela.
—¡Genial! —exclamó ella, olvidando momentáneamente que aquello no dejaba de ser una reunión formal—. ¡Muchas gracias!
—¿Qué estimación tiene? ¿Cuántas páginas cree que puede tener? —preguntó la mujer.
—Pues no sé… creo que unas cuatrocientas, más o menos… —estimó.
—Si pueden ser quinientas, mejor —dijo Colette—. Pero hay algo más que debe saber. Su trabajo no es el primero que hemos visto. Nos interesó otro, pero no ha podido ser…
—Comprendo…
—No me malinterprete, no podemos leer todo lo que nos envían a Foro Autores. El caso es que hace una semana se nos canceló un proyecto y ahora vamos con un tiempo muy ajustado —dijo Colette—. Queremos que la novela esté lista en tres meses.
—¿Tres meses? —preguntó Aelita. Aquello era muy poco tiempo de margen.
—Y estamos siendo generosos porque nos interesa su trabajo, Aelita. Pero sí. Tres meses. Quiero una respuesta de compromiso…
—Y si dijera que no…
—Nuestros colaboradores podrían estar interesados en publicarla, sí. Pero esta campaña es muy grande. Tal vez no tenga la distribución que requiera si nos rechaza. Solo si firma el acuerdo los derechos de la obra pasarán a estar al cincuenta por ciento en nuestra compañía. Así que… ¿debo enviarle el contrato para que me lo remita firmado o no?
Aelita lo sopesó por unos momentos. Tres meses era un tiempo muy justo. Iba a tener que dedicarle todo el tiempo. ¿No era eso lo que querías? Querías ser escritora. Te han llamado de una editorial profesional. Y quieren tu talento.
—Sí. Envíamelo.
—Perfecto. ¿Al mismo correo con el que te inscribiste en el foro?
—Sí, al mismo —dijo Aelita. Los nervios y la emoción se empezaban a abrir paso en su cuerpo. Buf, no se lo podía creer.
—Pues en seguida te lo hago llegar. Si hay cualquier cambio, te enviaré un correo. Y si tienes cualquier duda, siempre puedes escribirme.
—¡Lo haré!
—En ese caso, te dejo seguir escribiendo. Que tengas un buen día.
—Igualmente.
La pelirrosa cerró la ventana de chat. No se lo podía creer. Habían pedido su novela. Su obra. ¡Al fin! Tenía que llamar a Jeremy… Pero no tenía tiempo. El plazo de tres meses no era infinito. Debía ponerse las pilas escribiendo. Se sentó correctamente, abrió el editor de textos y se lanzó a la escritura. Ya se lo contaría en la pausa para comer. Recordó lo que había escrito y sus dedos empezaron a bailar por el teclado de aquel portátil.
Apenas pasaba la hora de comer cuando Laura se encontraba subida al monte. Ese día no iba sola. Sissi, en su afán de hacer ejercicio, se había subido con ella, embutida en su chándal. Desde luego, las vistas desde aquel lugar eran espectaculares.
—Tú dirás lo que quieras, pero no en todos los trabajos se tienen unas vistas así de privilegiadas —le comentó.
—Salvo que seas el infame propietario de una multinacional explotadora y su despacho esté en la cima de un rascacielos —bromeó la rubia—. La verdad, estoy aprendiendo a apreciar esto. Aunque no me gustaría quedarme aquí para siempre. Debe ser algo temporal.
—Además en invierno será complicado, ¿no?
—Exacto. Todo el trabajo lo tengo ahora que el tiempo es bueno.
—Y tanto que sí, me está dando incluso calor la chaqueta del chándal.
—Te recomiendo no fiarte mucho. Al sol hace calor, pero en las sombras te hielas. Te lo digo por experiencia —rió la rubia.
—Tomo nota.
—Mierda, la Blanquita haciendo de las suyas —dijo Laura, y se puso en pie con mucha agilidad—. ¿Me puedes mirar el resto del rebaño?
—Pero ¿qué hay que hacer? —preguntó Sissi.
—Tú solo mira que no vayan al barranco —gritó Laura antes de salir corriendo tras la cabra traviesa.
Sissi se limitó a echarse en la hierba. Se estaba muy bien allí. El sol acariciaba su cuerpo, y disfrutaba de un perfecto día. Pensó que podría echar un trago de agua, tenía un poco de sed. Pero al incorporarse se topó con una sorpresa verdaderamente inesperada.
—Eres muy hermosa, ¿lo sabías?
—¡Edmond!
El hombre estaba allí, y no tenía el aspecto de haber subido por aquel empinado monte. A ella, que hacía ejercicio, le había costado llegar hasta la cima. Y él, en cambio, parecía haberse dado un paseo por un llano.
—Venía a despedirme —dijo Edmond—. Me asomé a tu casa, y al no verte, pensé que podrías estar por aquí.
—¿Despedirte?
—Me voy de la zona, Sissi. Tengo unos… asuntos que arreglar. Por no hablar… de que me duele el corazón por tu rechazo.
—No me digas esas cosas… Sabías perfectamente que soy una mujer casada.
—Uno nunca pierde la esperanza, me temo. Ha sido un placer conocerte.
—Edmond… no puedo pensar en que te vayas por mi culpa…
—No lo es. Simplemente, tenía que ocurrir. Pero me gustaría saber, si te hubiera conocido soltera… si tendría alguna oportunidad contigo.
—¿Te apetece sufrir? —preguntó la chica—. Porque… sí. Tendrías una… oportunidad —tembló cuando el hombre tomó su mano y le dio un beso en el dorso—. Edmond…
—Eres la mujer perfecta —susurró él—. Y siento mucha envidia por tu marido. Si pudiera al menos besar esos labios…
—No me puedes pedir eso…
—Por favor…
Sissi no se podía negar las ganas que tenía. Había comprobado ya que Edmond besaba bien. Solo una vez. Y se iría para siempre. Eso era lo mejor para su matrimonio. Se puso en pie. Dejó que Edmond se acercara a ella. Y se derritió con el sabor de aquel beso. Qué hombre aquel. Claro, no en vano se había sentido tan atraída por él. ¿Por qué se dejaba abrazar por él?
—Edmond… creo que esto… se nos va de las manos… —dijo ella entre besos que intercambiaba con él.
—Lo se —dijo él—. Pero no puedo evitarlo… Sissi, estoy enamorado de ti…
—No me puedes decir eso… —respondió la chica mientras se dejaba querer—. Si sigues por ahí…
—¿Te gusta? —preguntó él mientras besuqueaba su cuello—. ¿Te gusta, mi amor?
—Me vuelve loca —respondió ella, perdiendo el juicio—. Sigue… por favor, sigue… —pidió.
Edmond le sonrió con ternura mientras devoraba su cuello. Permitió que sus manos se escurrieran por debajo de la ropa de Sissi, acariciando su delicado cuerpo, que tenía un tacto estupendo. Ella se dejaba hacer por Edmond. No podía resistirse mucho más. Y cuando le sintió besando su vientre suspiró. Por qué las cosas prohibidas se sentían tan bien.
—Sissi, voy a seguir —advirtió Edmond, y ella se dejó quitar el pantalón con cuidado por el hombre. Sonrió al ver que este se bajaba el pantalón, liberando la bestia. Él apoyó la erección sobre la vagina de la chica, aguardando el momento propicio.
—Por favor, Edmond… no aguanto más…
—¿De verdad?
—¡Por favor! —pidió ella.
Suavemente sintió cómo Edmond se abría paso en su interior. Y qué poderío. Sentía perfectamente toda su erección dentro de ella. Y cómo se movía. Lentamente, sin movimientos bruscos, dándole placer con cada acometida. Sissi se abrazó a su cuerpo, cerrando las piernas en su cintura, instándole a continuar. Se perdió en el suave sabor de su boca mientras sentía aquella maravillosa sensación entrando y saliendo de ella.
—Edmond… Me encanta —gimió Sissi—. Sigue… por favor, sigue…
—Sissi… Estoy a punto… Voy a acabar —gruñó él.
—Yo también… hazlo, Edmond… aaaaah, sí… Edmooooooond —gimió largamente mientras se dinamitaba su clímax. Y en ese momento sintió cómo los fluidos del hombre se escurrían en su interior. Jadeando, volvió a buscar los labios de Edmond, que este le entregó sin dudarlo.
Lo que Sissi no podía ni imaginar era que no habían estado solos. Una figura de melena rubia había observado casi toda la escena y había retrocedido, horrorizada por lo que había contemplado.
¡Hola a todos! Por fin nuevo capítulo. Ha costado, pero aquí está por fin.
Sí, ha ocurrido finalmente. ¿Por qué? Por el salseo, por supuesto que sí xD Y por supuesto, habrá consecuencias que se verán a su debido tiempo.
Moon-9215: ¡Gracias! Pero ya has visto que la vieja aún tenía un as bajo la manga... Uno un poco endeble, pero un as.
Por cierto, no me gusta hacer según qué aclaraciones cuando las veo innecesarias, pero parece que si no se hacen, la ficción implica intención y no me apetece entrar en eso. Esta historia es ficticia. No llevo por bandera el 'Not all men' ni afirmo que el 99% de las denuncias sean falsas. Ha sido un escenario específico para este capítulo. Punto.
Con esto, me despido hasta los siguientes capítulos. Lemmon rules!
