Capítulo 9: Tres meses después

—Lexa, un café con leche, por favor.

—En seguida, guapa.

La chica se giró en la barra y empezó a preparar la cafetera. No era especialmente tarde, pero con la llegada del frío fuera ya era de noche. Afortunadamente, la gestió de Aelita en el ayuntamiento de Villenneé había mejorado mucho el alumbrado de la calle. No deslumbraba, bajaba de intensidad en las horas de sueño, y eran LED, reduciendo el consumo. Y la pelirrosa se había acostumbrado a ir al Devil's Advocate por las tardes para escribir su novela.

La cafetería la habían montado entre Lexa y Damien. El nombre lo había pensado él, ya que era "la mejor película que había visto", y a pesar de eso, se seguía ausentando del pueblo la mayor parte de los días. Pero eso a la rubia no parecía preocuparle demasiado. Había empezado a hablar con la mayoría de sus vecinos y le parecían majos. Y ella también se lo parecía a los demás.

—Uno con leche para la alcaldesa —dijo sirviéndole el café en la mesa.

—Gracias —dijo Aelita—. ¿Un día flojo?

—No te creas. Esta mañana Odd se pasó por aquí para comprar pasta.

Como el negocio de una cafetería no generaría un gran beneficio, el local era también un pequeño colmado, lo que a muchos les venía bien en caso de haberse olvidado de algo al hacer una compra grande. Pero, en opinión de la pelirrosa, su amigo rubio no estaba tan interesado en los macarrones como en la chica. Eso, por supuesto, era una sospecha suya y había preferido no comentarla con él. Por si se ofendía o metía la pata.

—¿Vas a cerrar pronto hoy?

—Creo que sí —respondió—. Salvo que quieras quedarte. No creo que me robes si te dejo la llave.

—Gracias.

Y es que Aelita tenía que escribir aún un capítulo para su libro. Tenía la idea, había tomado notas. Pero el cursos parpadeaba en el documento y sus dedos no se deslizaban por el teclado. Se quedaba mirando sin verse capaz de desarrollarlo. Un bloqueo creativo que coincidía además con la fecha límite para enviar la novela a la editorial. Como amablemente se habían ocupado de recordarle los siete días anteriores con un correo diario.

—Hola, Lexa —saludó de pronto una voz—. Dos cañas, por favor.

—Marchando.

Odd y Ulrich habían entrado en el local. El rubio había tenido que salir corriendo esa mañana a revisar una instalación de sonido que se había estropeado, y Ulrich había aprovechado un hueco vacío en la agenda para acercarle. Ahora que volvían, era el momento de tomar una cerveza. El alemán era quien más lo necesitaba. Hacía casi un mes desde la última vez que supo de Yumi. Un simple correo. «Te sigo queriendo». Pero de qué le servía si no podía estar con ella.

—Oye, Ulrich, ahora que te veo —comentó Lexa al servirles las cañas—, ¿te puedo pedir una cita?

Odd se atragantó al escuchar aquella frase. Aelita, que seguía mirando el documento y escribiendo y borrando la primera oración, no se perdió detalle.

—¿Una cita?

—Claro, ¿no eres masajista? Tengo los hombros destrozados…

—¡Ah, sí! Voy a echar un ojo…

Odd volvió a beber con normalidad. Era cierto que había aprendido a tomar distancia con Lexa, le seguía pareciendo muy atractiva. Y que su amigo tuviera más oportunidades con ella que él no resultaba plato de su agrado. Este, ajeno a la cabeza de Odd, buscaba en la agenda de su móvil un hueco para darle el masaje a Lexa.

Por su parte, Laura se preparaba para salir un momento. Se puso bien el abrigo y abrió la puerta de la calle. Hacía viento. Y su marido ahí estaba, reparando un coche. Se acercó a él y le dio un beso.

—¿Sales con este frío?

—Sí, será solo un rato.

—¿Preparo algo de cena? —preguntó William.

—No te preocupes. Hoy es viernes. Podemos cenar en la ciudad si nos apetece.

—¿Y qué tal en ese restaurante del pueblo de al lado que tenía tan buena pinta?

—Me parece bien —respondió Laura con una sonrisa—. ¿Acabarás pronto con el coche?

—No tiene nada serio. Ya arreglé la fuga, me queda ponerle el aceite y cambiarle los neumáticos.

—Perfecto. Yo no tardaré.

William no la dejó marchar sin otro beso. En realidad Laura no se iba tan lejos, solo iba a asomarse a ver a Sissi. Pero habían hablado finalmente, y William se había dado cuenta de que había desatendido a su esposa. De forma que procuraba nuevamente no solo preocuparse por ella, sino mostrárselo.

La sonrisa de la rubia se desvaneció apenas se había dado la vuelta. Miraba muy seria la casa de su amiga y le tocaba tener una conversación que no le apetecía nada, pero debía hacerlo o terminaría volviéndose loca. Los secretos nunca habían sido un calmante. Así que se dio prisa en llegar a casa de su amiga y llamó a la puerta.

—¡Laura! ¡Bienvenida! —dijo Sissi—. Pasa, pasa.

Ella entró y se quitó el abrigo. Su amiga le indicó que se sentase pero no le apetecía mucho acomodarse. No para lo que tenía que hablar con ella.

—No te esperaba, después de la cena de anoche.

Y es que la noche anterior ella y Javier habían ido a cenar con Laura y William. Habían pasado una velada agradable. O eso le había parecido.

—Pensé que no te había dado la enhorabuena apropiadamente. Por el embarazo —dijo Laura.

—… pues no parece que me quieras felicitar —comentó Sissi.

—Tengo curiosidad. ¿Javier es el padre?

—¡¿Qué?! ¿Cómo te atreves?

—¡Responde!

—¿Cómo me puedes decir eso?

—¡Porque te vi tirándote a ese viejo en el monte!

Sissi sintió que se quedaba sin respiración. ¿Qué acababa de decir? Que ella les había visto… su mente recordó aquella fogosa tarde en la que se había dejado llevar a la perdición con Edmond… y luego se había jurado que no volvería a ocurrir.

—… Javier es el padre —aseguró Sissi.

—¿Seguro? Porque las cuentas me cuadran. Te follaste a ese hombre y ahora estás embarazada de tres meses. ¿Acaso le has contado lo de tu desliz?

Por supuesto ella no había confesado nada. No se había atrevido a hacerlo. Para Javier, él era el padre. Las fechas también coincidían. Ya que, en un despiste, esa noche no habían usado preservativo. Sissi sintió que iba a reventar por dentro. Joder… solo había sido un error, un error. Uno demasiado gordo. Pero no había que temer que se repitiera. No podía echar toda su vida abajo.

—No… Laura, sabes que no se lo puedo decir, me odiará…

—Lo que sé es que Javier es un hombre maravilloso, y que no se merece que le hayas engañado. Y que le vayas a decir que el niño es suyo cuando podría no serlo… Miserable…

Sissi dejó caer una lágrima en ese momento. No, no… No podía ser… "Eres tonta. Pensabas que no te habían visto. Y sabes que ella tiene razón. Ese niño podría ser de Edmond".

—Si cuentas algo, hundirás mi matrimonio. Mi vida… No serás capaz de decirlo —dijo Sissi.

—Tu matrimonio ya lo hundiste tú al acostarte con ese viejo —le recriminó Laura—. Tu única oportunidad es contarle la verdad antes de que lo haga yo.

—¡No te atreverás!

—¿Me vas a poner a prueba?

—Laura… por favor —sollozó Sissi—. Puede ser mi ruina…

—Si le cuentas la verdad, podrás contar con nosotros si necesitas algo —le dijo la rubia—. Pero si le mientes, no creo que muchos de nosotros te dirijamos la palabra. No tomes una decisión de la que te puedas arrepentir… otra vez.

Laura no tenía mucho más que decir a su amiga. Se levantó y se puso el abrigo de nuevo antes de salir a la calle. Sissi se quedó sentada donde estaba. Joder, estaba metida en un buen lío. Y todo por culpa de aquel triste polvo en la montaña…

"Triste, triste… lo disfrutaste. Edmond sabe follar", se recordó. Lo había disfrutado mucho en aquella ocasión, indudablemente. Y sin embargo… ese hombre había desaparecido. Había cumplido su palabra y se había marchado después de aquel día. No había vuelto a saber de él. Y sí, su conciencia le decía con frecuencia que todo aquello estaba mal. Que debía hablarlo con Javier. Pero su miedo a que todo se rompiera era superior.

Y aunque le jodía reconocerlo, echaba de menos a Edmond. Como amante había sido muy bueno, pero esa extraña conexión que había sentido con él también la añoraba. Podría haber sido un amigo, un buen amigo. Si no se hubieran torcido así las cosas. Pero en ese momento no era para nada viable. Incluso si regresara. El sexo lo había estropeado todo. "Parece mentira. Con todo lo que te ha dado el sexo… ahora te lo puede arrebatar". La irónica realidad. Con las relaciones carnales había intimado mucho con su grupo, había conocido a su marido. Y estaba a punto de perderlo.

—Solo espero que me podáis perdonar —dijo Sissi mirando una foto en la pared. La única que había a la vista. Ella, Javier y la pequeña Sofía. Joder. Tantas cosas a la vez… Se permitió llorar un rato. Tenía unos minutos antes de que volviera su marido. Tal vez le hubiera ido bien hablar con alguien más cercano. Pero no se sentía con fuerzas de contárselo a nadie.

Ulrich llegó a casa de Sam y Carlos. Había quedado en cenar con ellos aquella noche. Su amigo se lo había propuesto después de las dos últimas noches Sam se hubiera quedado con él, en ausencia por un caso de estafa a un seguro que estaba investigando, y en pago pasaba con ellos la velada.

—Buenas —saludó—. Qué buen olor… ¿qué habéis preparado?

—Aquí mi príncipe, que se ha liado la manta a la cabeza —contó Sam—. Ha preparado un gazpacho, y está friendo unos filetes y unas patatas.

—No es un menú de Le Pré Catelan pero es una delicia —dijo el español—. Y de postre, natillas.

—Se me está haciendo la boca agua —dijo Ulrich.

—Supongo que luego te quedas a ver una película —comentó Carlos mientras echaba las patatas en una fuente—. Esto ya casi está… —dijo más para si mismo.

—No querría molestar.

—Pues no molestes. Pero te quedas a la película, ¿no? —dijo Sam—. Ya que nunca te quedas a dormir.

—Bueno, lo veo innecesario…

—Sabes que puedes contar con nosotros para cualquier cosa. Me quedo más tranquilo si Sam pasa las noches que estoy fuera contigo antes que aquí sola… Es gracioso, en la mayoría de los matrimonios sería al revés.

—¡Ja, ja! —rió Ulrich—. No te preocupes por eso. Madre mía, me gruñe la tripa por este olor —comentó al ver la fuente de patatas servida. Ayudó a llevar los platos y se sirvió un vaso de gazpacho antes de empezar a cenar. Qué curioso que una bebida fría sentase bien en el invierno—. ¿Y bien? ¿Hay… novedades?

Ambos sabían que no preguntaba por Yumi. Pero el otro asunto tampoco daba para mucha conversación. Carlos optó por cortar y masticar un trozo de filete antes de responder.

—Ni una. El rastro se ha enfriado. Ese malnacido, fuera quien fuera, está desaparecido.

—No he recibido más anónimos en mucho tiempo —dijo Sam—. Quiero pensar que no volverá, pero…

—Con un poco de suerte estará muerto —soltó Carlos—. Pero no me fío. Seguiré buscando hasta que esté seguro de que estás a salvo.

—¿Y llegaste a investigar a alguien en concreto? Es decir, si puedo preguntar…

—No te preocupes por eso. Si no tenemos confianza contigo, no sé con quién la tendríamos —comentó Sam.

—Solo se me vinieron a la cabeza un par de nombres. Uno fue Hannibal Mago, por supuesto. Pensé que tal vez había regresado con una idea de bombero. Pero claro, es muy difícil investigarle. Ese hombre es como el humo.

—¿Y has sacado algo en claro?

—Que no ha sido él —afirmó categóricamente—, así que me centré en mi segundo candidato. Liam. El hijo que Samantha dio en adopción —explicó el chico.

—Ostias… no me digas que…

—No —dijo la chica, mientras se terminaba su filete—. No fue él.

—El chaval terminó sus estudios, y actualmente está trabajando becado en Noruega para una investigación de no sé qué… Lleva allí dos años, no ha podido ser el culpable. Ni él ni su familia adoptiva, a la que también he seguido. Así que no hay ningún sospechoso tangible.

—¿Y algún paciente que Sam haya tratado en sus consultas?

—He indagado los más potenciales, y Richard me está echando una mano con eso. Pero no hay resultados. También podría buscar entre la gente con la que ha acudido a conferencias, antiguos compañeros de Kadic… Pero si no llega otra carta, y espero que no lo haga, no tendré nada que seguir…

—Pues vaya… —comentó Ulrich—. Esperaba algún resultado mejor…

—Te aseguro que yo también.

—Pero al menos estoy durmiendo mejor ahora que estoy tranquila. Es decir, me jode no saber quién fue, pero prefiero que me deje en paz —dijo Sam—. ¿Traigo el…?

—Ya voy yo —dijo Ulrich y se levantó a por las natillas—. Aunque creo que voy a tener que ir a correr estos días para bajar la comida. Hacía tiempo que no cenaba tan bien.

—Pues ya sabes que siempre que quieras eres bien recibido —dijo Carlos. Y decidieron charlar de algo más animado durante el postre.

Aelita no se podía creer lo mal de tiempo que iba. Lexa oficialmente ya había cerrado, y ella era la única que quedaba dentro. Incluso Jeremy se había asomado a ver cómo estaba. Pero no era capaz de acabar la trama. ¿Debía escribir el final cerrado, impidiendo que pudieran pedirle una secuela que le llevara de cabeza como en aquella ocasión? ¿O estaría tirando por la borda empezar una saga con esos personajes tan jugosos? Qué desesperación…

Miró el reloj de nuevo. Debía tomar una decisión. Cada minuto le parecía que pasaba más rápido. Se quedaba sin tiempo, joder. La hora límite estaba al caer…

¡Riiiing, riiiiing! Y ahora el móvil. Joder. Era Jeremy. Así que suavizó el tono de su voz, pero estaba irrritada.

—Dime, cariño.

¿Te queda mucho? —preguntó el rubio.

—No debería… si puedo acabar…

No tardes, por favor…

Y con esas únicas palabras Jeremy colgó. La pelirrosa se extrañó. Y se preocupó un poco. ¿Le ocurría algo malo? Mierdamierdamierda.

—A tomar por culo.

Sus dedos obedecieron a su subconsciente y empezó a teclear como una loca. ¿Por qué se iba a arriesgar a dar una continuación a su novela? La había pensado originalmente como tomo único. Y aunque había valorado posibles continuaciones, solo le gustaba verlas en su cabeza. Desarrollarlas en texto sería una pesadilla. Mejor no hacerlo.

Después de pulsar el comando de guardar diecisiete veces y hacer una copia más del documento en la nube, abrió el correo electrónico. Lo primero, adjuntar el archivo. No sería la primera vez que enviaba un correo vacío, acompañado del texto "Te adjunto…". Una vez se había asegurado que había añadido el archivo que quería, y que lo estaba enviando a la persona adecuada, redactó el correo al vuelo.

«Buenas tardes. Perdona la tardanza en enviarte la novela. No he querido hacerlo hasta el último momento por si se me ocurrían modificaciones», mintió hábilmente, «y este es el resultado final. Espero noticias vuestras. Un cordial saludo. Aelita».

Enviar. Perfecto, ya estaba hecho. Cerró el portátil y salió de allí con cierta prisa. El problema era que antes de volver a casa debía dar una vuelta a todo el pueblo para devolverle a Lexa las llaves. Hecho eso aceleró el paso para ir a ver qué le ocurría a su marido.

Y menos mal. Se le encontró sentado, leyendo un libro (o pretendiendo hacerlo), con una expresión muy seria. Pero ella se sentó a su lado y le dio un beso en la mejilla.

—Feliz aniversario, cariño —le susurró al oído.

De pronto le cambió la expresión al chico. Miró a la pelirrosa perplejo. ¿De verdad se había acordado? ¿O acaso lo había consultado en el móvil?

—Sé que hoy debería haber sido nuestro día, pero te dije que estaría ocupada. Así que…

Se levantó y abrió la alacena. Sacó la caja de los cereales que ella (y solo ella) desayunaba y sacó un sobre de dentro. Se lo pasó a su marido. Este lo abrió, con cuidado y no se creyó lo que vio. Dos reservas para el Pullman Paris Tour Eiffel, el hotel restaurante más caro de la ciudad.

—Pensé que, ya que hoy nos sería difícil por mi trabajo, podríamos ir mañana. Comer, cenar y tenemos una noche de habitación. Y el desayuno del día siguiente, claro.

—Estás loca… esto es carísimo.

—Lo sé. Pero me apetecía hacerlo. Sé que con el tema de la novela he estado muy abstraída. Por eso quería compensarse. Asegurarnos de tener un tiempo nosotros para mantener nuestro amor a flote. Porque te quiero muchísimo, lo sabes, ¿no?

—Yo a ti también. Ven —dijo Jeremy y se dieron un abrazo. No dijeron nada durante unos segundos, pues no les hacía falta—. Perdona por pensar que te habías olvidado…

—No te culpo —dijo Aelita—. Supongo que esto para por haber estado tan absorbida. Pero bueno. Para bien o para mal, ya estoy libre.

—Si tu novela triunfa, tu vida podría ser muy diferente.

Nuestra vida. Tú te vienes conmigo. Y si fuera así, prefiero vivir en un pueblecito apartado.

Sonrieron. Incluso ante los mayores problemas habían seguido juntos. Y eso no podía cambiar.

Ulrich salió de casa de Sam y Carlos después de la cena y de la película. Se lo había pasado muy bien, pero pese a la insistencia de la pareja en que se quedara a dormir, no tenía cuerpo para ello. Prefería estar a solas en su casa, se podría poner alguna serie hasta la hora de dormirse. Se levantó bien el cuello del abrigo, pues la noche cerrada era fría en Villenneé.

Subió la calle con cierta prisa. Pero antes de llegar a la puerta de su casa, se dio cuenta de un detalle. Una figura le observaba desde las sombras. Se acercó rápidamente. ¿Tal vez el acosador de Sam? Pero no. Llevaba una maleta en la mano. No se lo podía creer. Yumi había regresado.


¡Tachaaaaaan! Sí, una vez más, soy tan cabrón de cerrar así el capítulo, y más de cara a que termina el año y no habrá más hasta el próximo ;) Pero vamos, que empieza cuando termina el otro, así que no tendréis que esperar mucho xD

Moon-9215: Efectivamente, él ya se imaginaba que podía ocurrir (sugerencia de Odd). "Piensa mal y acertarás".

DemonElAbogadoOscuro0722: ¡Gracias!

Pronto habrá más lectura, os lo prometo. Entretanto, feliz salida y entrada de año. Lemmon rules!