Capítulo 11: Un día nuevo no significa que el anterior desaparezca

A la caída de la tarde, Aelita y Jeremy estaban disfrutando de una visita al río. El agua no estaba a la mejor temperatura para bañarse, pero se podían resguardar tras una roca y pasar allí la tarde sin pensar en nada. Era todo paz y tranquilidad. El que ella hubiera terminado la novela ayudaba bastante, por supuesto. Descansaba sobre el torso de Jeremy.

—No deberíamos tardar mucho en volver a casa —comentó el rubio—, empieza a refrescar. Y no he hecho la cena.

—Hoy me tocaba a mi —le recordó Aelita.

—Ya, bueno, pero y si te digo que te iba a preparar… —le susurró un plato al oído que hizo salivar a la pelirrosa—. Sabía que te gustaría la idea.

—Malo. ¿Crees que así hay quien adelgace?

—Ni que te hiciera falta —respondió este mientras le daba un suave beso en la mejilla.

Pero aquel tierno momento fue roto por el metalcore de In this moment, que Aelita tenía asignado como tono de llamada. Lo sacó del bolsillo y se sorprendió al ver el número que llamaba. Descolgó casi de inmediato.

—Hola.

—¡Aelita! —sonó la voz de Colette, la editora—. ¡Enhorabuena! ¡Van a publicar "Historia de tres ciudades"! —exclamó—. ¡A todo el grupo le ha entusiasmado la idea!

—¿De verdad? —preguntó Aelita, poniéndose en pie de un salto.

—¡Por supuesto! Y va a estar muy pronto en las librerías.

—¿Me tomas el pelo?

—En absoluto. La campaña ya está siendo trabajada. Tienes que venir mañana a hacerte unas fotos.

—¿Unas fotos? —preguntó sin entender la pelirrosa.

—Claro, para que aparezca tu cara en las solapas de tu libro —explicó Colette—. Te paso la dirección al correo, pásate a cualquier hora. Ah, y perdona las horas, pero hemos estado todo el día trabajando para esto —añadió—. ¡Que tengas buena noche!

—Igualmente —dijo Aelita, pero Colette ya había colgado—. ¡Jeremy! ¡Me publican!

—No dudaba de tu talento —dijo este, y se puso en pie de inmediato—. Enhorabuena.

—Gracias —respondió ella. Estaba orgullosa de lo que había conseguido.

Se dio un abrazo con su marido. Este empezó a darle besitos por el cuello. Ella sonrió. Tantos años de matrimonio le habían enseñado los diferentes besos de Jeremy. Cuando se los daba en el lado derecho eran simple ternura, una forma física de manifestar lo mucho que la quería, de tenerla entre sus brazos; mientras que en el lado izquierdo solían implicar lujuriosas intenciones. Pero en esta ocasión, eran en el lado derecho. Se dejó querer un rato.

Luego se pusieron de camino hacia su casa. Al día siguiente los dos tenían mucho que hacer. Andaron de la mano, sin sospechar las nubes de tormenta que se atisbaban en el horizonte sobre Villenneé.

Lexa estaba empezando a cerrar el bar por aquel día. Ya hacía rato que sus últimos clientes se habían marchado (Alicia y Emily habían tomado la costumbre de ir a cenar) y ahora ella se iba a retirar a su casa para descansar. Empezaba a pensar que no había sido buena idea aquel negocio. No le iba mal (tampoco se había lanzado a aquel negocio por el dinero) pero al final invertía demasiado tiempo en el negocio. Y Damien… bueno, se pasaba muchos días fuera haciendo trabajos temporales. No eran pareja al uso. Pero se sentía bien tener compañía al volver a casa.

Tal vez por eso, sin darse cuenta, se había bebido media botella de vino mientras recogía. Maldición, no debía beber porque no le sentaba especialmente bien. Pero a lo tonto el tono dulzón de aquella bebida le había entrado muy bien.

—¡Uy! —exclamó al notarse a punto de caer. Un pequeño balanceo—. Mejor que te vayas a casa, bonita...

—Hola —saludó una voz que conocía bien—. ¿Me puedes servir una cervecita, Lexa? —preguntó Odd—. ¡Oh, olvídalo…! No sabía que estabas recogiendo.

—Vienes tarde hoy —dijo ella, intentando aparentar seneridad—. Tranquilo, te puedo servir una caña —añadió mientras se dirigía a la parte de atrás de la barra. Miró a Odd. "Dios mío… es todo un hombre...", pensó.

—No te preocupes, de verdad —insistió el rubio. No se le había pasado el detalle de que había una botella de tinto a medio vaciar en la barra. Y no tardó en localizar con la mirada una copa a medio beber. La madre que la...— Voy a ir para casa. Mañana me tomaré la caña. De verdad.

—No seas malo —protestó la chica—. Llevo todo el día aburriéndome. Eres el que más conversación me das.

—Te he invitado a venir a comer con Damien varias veces y nunca aceptáis —le recordó.

—Él es así —suspiró la chica—. Bueno, supongo que mañana puede terminar de limpiar él…

—¿No vas a ocuparte tú?

—No. He quedado con Ulrich mañana por la mañana. Va a darme un masaje de los suyos. Creo que tiene unas manos mágicas.

—Te lo aseguro —respondió Odd—. No me mires así, es colega, alguna vez me ha dado un masaje —"Y otras cosas que no puedo decir en voz alta" —pensó y se rió para sus adentros—. Vas a disfrutarlo.

—Eso espero. No es que sus tarifas sean baratas —rió Lexa mientras sacaba las llaves. Odd se apartó para dejarla salir y el frío del exterior nocturno les acarició las mejillas. La chica cerró el local y se encaminaron hacia su calle. Creyeron oír voces, pero algo les interrumpió.

—¡Lexa! —dijo él, estirando el brazo. La chica había estado a punto de caerse, pero él la sujetó a tiempo—. Ten cuidado, no tengamos un accidente.

—Gracias —dijo la chica, y cerró fuertemente los ojos—. Joder, creo que me ha sentado mal la copita…

—¿Cuál de todas? —preguntó él—. En serio, no deberías beber, y menos tanto cuando no estás acostumbrada.

—Perdona, papá —rió ella, pero estuvo a punto de caerse por segunda vez—. No, tienes razón. No debería haber bebido tanto —dijo mientras se apoyaba en él para seguir caminando. Sentir su brazo por encima de los hombros era reconfortante—. Gracias por acompañarme, de verdad —añadió mientras seguían andando.

—Pues creo que esta es tu casa —comentó Odd mientras se detenían en la puerta.

—¿No quieres pasar? —preguntó Lexa.

—Dorjan me espera —dijo él, al contemplar la luz que salía del comedor de su casa—. ¿Te quieres quedar a cenar? Siempre cocina de más, y siendo solo dos…

—Me gustas.

—… ¿Qué? —Odd no había oído bien, seguro. Por culpa del viento.

—Que me gustas —repitió ella. ¿Por qué en ese momento no parecía tan perjudicada por alcohol? —. Eres muy guapo.

—Creo que tienes que ir a dormir ya… —y se echó a un lado en el momento en que ella estuvo a punto de besarlo—. No…

—¿En serio me has hecho la cobra? —preguntó ella, pero no parecía enfadada. Se reía.

—Lexa, esto no puede ser, ¿vale?

—Ya sé que soy fea.

—No lo eres. Pero estoy casado. Dorjan es mi marido, le quiero mucho, y… no me gustaría perder todo lo que he construído con él por una aventura.

Ella le susurró al oído.

¿Entonces si estuvieras soltero aceptarías?

—Sí —reconoció él—. Pero de verdad te lo digo. Ve a dormir. Antes de que esto se nos vaya de las manos. Por favor.

—Vale —aceptó Lexa—. ¿Irás mañana a tomarte la copa? Prometo estar sobria.

—Lo haré. Vamos, a descansar.

Lexa caminó como pudo hacia la puerta. Luego entró en la casa y Odd pudo volver a la suya. Joder… Había aprendido a mantener las distancias con la chica, se había convertido en una amiga. ¿Por qué ahora debía complicarlo todo con un deseo… que no tenía claro si su fuerza de voluntad resistitía mucho tiempo? Era innegable el atractivo de la chica, y él mismo percibía química entre ambos. Pero era una línea infranqueable, no debía caer en la tentación.

Decidió enviar un mensaje a Ulrich, aunque sabía que su amigo probablemente ya no lo vería hasta el día siguiente. Probablemente estaba arreglando las cosas con Yumi. Y se alegraba por él, pero egoístamente necesitaba un amigo no metido en algún fango. Y el alemán era el único con el que se había atrevido a confesar su atracción por aquella chica. "Cuando puedas, hablamos. Lexa ha querido besarme". Enviar. Entró en casa, y el olor a cena recién preparada le ayudó a olvidarse un poco de lo que había ocurrido.

—Gracias por haberme traído —dijo Laura mientras se bajaba del coche de Jeremy. Se había puesto una ropa un poco formal para su gusto. Pantalón de traje acompañado de una camisa de color negro. Tras tantos años trabajando en el mismo sitio, donde tenía más libertad de vestimenta, no tenía claro cuál era el atuendo apropiado para la entrevista.

—No hay por qué darlas, me pillaba de paso —bromeó el rubio mientras sacaba del maletero la bolsa de su portátil—. Cuando acabes la entrevista puedes tomar un café mientras vienen a por ti. ¿Quién te acerca de vuelta?

—Odd.

—Perfecto. Vamos, es por aquí.

Laura solo había estado allí un par de veces. La primera para visitar a sus amigos un día, cuando habían quedado para comer, hacía mucho tiempo. Y la anterior ocasión, debió ser un par de años atrás, cuando su departamento había llegado a un acuerdo de colaboración con el C.I.F. Una época que parecía muy lejana. Pensándolo bien, el tiempo parecía transcurrir de otra manera en el pueblo.

Caminó a paso firme detrás de Jeremy por una serie de pasillos hasta que llegaron a una puerta que no tenía nada de especial. La única diferencia con las demás era la placa, que rezaba "Dpto. Relocursos Humanos". Jeremy llamó a la puerta y se hizo a un lado para dejarla pasar.

—Buena suerte —dijo él. Mejor si no entraba con ella. Así le daba mejor impresión a… "La vas a necesitar si te entrevista ella", pensó.

Laura entró en la sala. Era una mezcla de estilo modesto pero al mismo tiempo mostraba el poder que imperaba en la habitación. Cuatro grandes mesas en forma de escuadra para sus ocupantes (un espacio más que de sobra para trabajar, con ordenador, informes, carpetas, una planta, una radio, e incluso una televisión de veintidós pulgadas hubiera cabido si las reglas lo permitieran), bien separadas unas de otras, formando un cuadrado. Y al fondo, una mesa aún más grande que debía pertenecer a la Jefa de Departamento, que como buen jefe no estaba allí. Probablemente estaría tomando un café. Lorraine Puig se llamaba, según Aelita.

—Buenos días —saludó una mujer, y antes de que se pusiera en pie, Laura identificó perfectamente a Edith Eustis. Su tono de voz carente de emociones era un sello de identidad. No se debía solo al trato por teléfono.

—Buenos días —respondió Laura. Se acercó a la mesa de Edith mientras esta se levantaba y le tendió la mano. Ella le devolvió el saludo con una mano fría, casi carente de vida. "Esto es lo más cercano que voy a estar de conocer a un fantasma", pensó, y tuvo que recordarse lo que suponía aquella situación para no echarse a reír por su payasada.

—Vamos ahí por favor —dijo Edith señalando con la mano un sala disimulada en una pared. Un cristal transparente, una mesa, dos sillas frente a frente y cero ventanas. Mientras hacían la corta caminata, a Laura no se le escapó que los compañeros de aquella mujer miraban intrigados. Edith llevaba una tablet entre manos, en la cual apareció en pantalla el currículum de Laura. Se sentaron y Edith pareció leer el documento por primera vez—. Veo que ha estado muchos años en el mismo centro de trabajo.

—Así es —respondió ella. Intentó mantener la voz calmada—. Estuve muchos años en la Universidad en el departamento de Física Teórica.

—Pero la despidieron —cortó Edith con cero tacto.

—Sí —admitió Laura. Tras una pausa, decidió explicarlo—. Los recortes en el presupuesto coincidieron con una mudanza, y me despidieron…

—Nosotros tenemos presupuesto —dijo Edith—. Eso no será un problema. No había leído esto hasta hoy —mostró su currículum en la tablet—, porque había estado leyendo esto otro —cambió la pantalla. Dos publicaciones de Laura, dos estudios que se habían hecho públicos—. Nos interesa esto.

—Entiendo. ¿Querrían que continuase esa línea de investigación? —preguntó Laura.

—Eso sería competencia desleal. No, queremos que siga realizando trabajos, investigaciones. Necesitamos que no se limite a estas publicaciones tan densas —Edith hablaba a toda velocidad—. Queremos artículos breves, las revistas de ciencia deben tener más columnas suyas, ser usted más visible. Lo entiende —preguntó.

—S-Sí…

—No se preocupe. He movido la información. Sé que no tenían ninguna queja con usted en su antiguo trabajo. Y aproveché para preguntarles sus condiciones.

—Oh…

—Obviamente no me las dieron. Así que dígame, Laura. Qué quiere para trabajar con nosotros.

Laura no se esperaba aquello. Tener que hacer la oferta ella no entraba dentro de sus planes. Y tampoco se encontraba en situación de exigir nada. Estaba en paro al fin y al cabo. Decidió pedir algo modesto, que no pareciera desorbitado.

—Así que eso es lo que cree que vale su trabajo —dijo Enith—. Muy bien. Redactaremos la oferta definitiva y se la haré saber por teléfono. Tiene alguna duda —preguntó.

—No… No, está todo claro —dijo ella, un tanto confusa. ¿Ya estaba todo? ¿En serio?

—Muy bien —comentó Edith, poniéndose en pie—. Un placer conocerla. Que tenga un buen día.

—Gracias, igualmente.

Se estrecharon la mano, pero Edith no tenía pinta de moverse de ahí a corto plazo. Intentando no acelerar el paso, Laura salió de allí. Hasta que cerró la puerta tras ella no fue consciente de que estaba temblando. Joder, estaba hecha un manojo de nervios. Respiró hondo unas cuantas veces. Luego escribió a Jeremy. Tenía que hablar con él y desahogarse.

—Entonces, ¿se ha dado mal?

Laura ocupaba el asiento de copiloto del coche de Odd. Su amigo se había dado prisa en ir a por ella, tan pronto como ella le había enviado el mensaje. Y ahora estaban de regreso al pueblo.

—Eso creo… No quería ser muy exigente, pero por lo que le he entendido… creo que he devaluado mi trabajo… —murmuró la chica.

—Bueno. Si te han llamado por recomendación de Jeremy no creo que tengas muchos problemas. Además te ha dicho que hablaría con Edith, ¿no?

—Sus palabras fueron "Intentaré activar la ouija para hablar con el espíritu de esa mujer" —dijo Laura. ¿Por qué se tenía que reír? Era una situación delicada.

—Ya veo.

En ese momento, en la pantalla de navegación del coche de Odd, el mapa cambió por un aviso de llamada. Era Ulrich. Mierda. Odd miró a Laura y suspiró.

—Por favor, no digas nada sobre lo que escuches aquí —pidió el chico. Sin entender, Laura asintió. Odd tocó el botón de "Descolgar"—. Hola, colega.

—Hola, Odd. Perdona, acabo de ver tu mensaje —dijo la voz de Ulrich.

—Tranquilo. Me imaginaba que estarías ocupado con Yumi.

—No lo sabes tú bien… no sé qué hacer aún —comentó el alemán—. No sé si perdonarla… bueno, pero me dijiste que tenías que hablar, ¿no?

—Sí… —dijo Odd—. ¿Te acuerdas de aquello que te conté acerca de Lexa?

—¿Lo de que te pone burro? —bromeó Ulrich. Claro, él no sabía que Laura estaba en el coche, escuchando toda la conversación. La rubia miró a Odd ojiplática.

—Efectivamente. Pero bueno, yo pensaba que lo había superado.

—¿Y no es así? ¿Has vuelto a sentir tentaciones?

—Más que eso. Anoche… me dijo que yo le gustaba —reconoció. La situación empeoraba porque Laura no se perdía detalle de la conversación. No podía juzgarla. Era demasiado jugoso.

—Joder, tío. Pero… ¿iba en serio? Es decir…

—Sé lo que dices. Bueno, cuando la vi en el bar, estaba un poco bebida. Y la acompañé a su casa. Pero cuando me dijo eso, parecía sobria…

—Ya veo…

—Intentó besarme.

—¿Intentó?

—Me aparté, claro —explicó Odd—. No me quiero meter en líos con mi marido… Ulrich, ¿crees que debería hacer algo?

—Mantén la distancia. Dijiste que serías capaz.

—Pero ¿y si no lo soy?

—No sé… Podrías irte con Dorjan de vacaciones —comentó el alemán—. ¿Cuánto tiempo lleváis postergando el crucero? —preguntó.

—Mucho tiempo… No sería mala idea. Además esta es la época buena para ir al Caribe.

—Pues deberías planteárselo. En fin, tengo que colgarte. Tengo que darle un masaje a la niña de tus ojos —bromeó.

—De acuerdo. No toques donde no debes —dijo Odd—. Ya sabes que luego malinterpretan sus intenciones.

—Capullo.

—Sí, pero nos hemos acostado.

Se rieron ambos y colgaron el teléfono. Ulrich se encaminó a casa de Lexa. La verdad, le habría podido dar el masaje en la suya… pero la reaparición de Yumi había trastocado esos planes. Se pasaba la mañana en casa, metida en su chándal. Cuando podía quedaba con alguien del grupo, pero él mantenía las distancias. Cargó la camilla calle arriba, equipado con su cinturón de útiles, y llegó a casa de Lexa. Llamó a la puerta. Lexa no tardó en abrir. Iba tapada con una bata rosa de aspecto cómodo.

—Bienvenido —dijo ella—. Gracias por aceptar. Supongo que estarás hasta arriba de trabajo.

—No te creas… Lo habíamos comentado hacía tiempo pero entre unas cosas y otras no llegamos a quedar. Así que, aquí estoy.

—Perfecto. Puedes montar ahí la camilla. Espero que no te pesara mucho.

—Pesa, pero ya estoy acostumbrado —dijo él, y en pocos minutos había montado bien la camilla. Bueno, ahora quítate la ropa mientras… ¡Lexa! —se escanzalidó Ulrich. Y es que al escuchar lo de desnudarse, la chica se había limitado a abrir la bata y dejarla caer al suelo. No llevaba ropa interior. Ahora mostraba todo su cuerpo desnudo ante Ulrich, totalmente relajada. Un vistazo rápido confirmó que aquella chica era una diosa antes de que se diera la vuelta.

—Perdona… como habías dicho que…

—Sí, pero normalmente espero en otra parte mientras os quitáis la ropa —vadeó a Lexa para llegar a la ventana y bajar la persiana un poco.

—Disculpa. Damien y yo hemos estado en algunas comunas nudistas. Esto para mi es natural —dijo mientras se ponía sobre la camilla—. Supongo que me dijiste que tuviera la toalla para taparme.

—Sí, por favor —dijo él—. ¿Ya estás lista?

—Cuando quieras —respondió ella.

Ulrich se volvió hacia ella. Como debía ser. La chica tendida en la camilla con la cabeza en el hueco para acomodarla, y el culo tapado por la toalla. Del dispensador que llevaba en el cinturón se echó un poco de aceite para masajes en las manos. Se frotó y empezó a tratar la espalda de Lexa. Pudo comprobar dos cosas. La primera, que la tenía hecha una pena. Por lo poco que sabía de ella, había dormido en sitios muy duros de acampada. Probablemente fuera por ello. Y lo segundo, que su piel era casi perfecta. Supuso que a Odd le daría mucha envidia, al fin y al cabo, él estaba tocando la fruta prohibida.

—Veo que no me han mentido —murmuró Lexa al cabo de unos minutos de silencio—. Tus manos son mágicas.

—Gracias —dijo él, aceptando el cumplido.

Luego le trató un poco las piernas, con mucho cuidado. Siempre le hacía gracia cuando les daban pequeños espasmos al tocar en ciertos puntos. Luego volvió a subir suavemente, esquivando hábilmente sus glúteos, y le hizo unos pases con la yema de los dedos sobre la espalda.

—Date la vuelta —susurró el alemán mientras extendía la toalla ante sus ojos. Lexa siguió sus indicaciones y se giró. Hábilmente, Ulrich tapó todo aquello que no tenía que ver, y siguió por unos minutos tratando sus hombros. Lexa parecía relajada con el masaje. Y desde luego le había deshecho algunos nudos.

—Esto ha sido una gran idea —dijo la chica cuando Ulrich hubo terminado—. Me siento de maravilla.

—Aún no te levantes —indicó Ulrich—. Y si lo haces, muy despacio.

—¿Me alcanzas mi bata? —preguntó ella. Ulrich le tendió la prenda y se dio la vuelta mientras ella se cubría con la bata. Luego se incorporó y se sujetó a la camilla. Él tenía razón. Un poco pronto—. Me he quedado como nueva. ¿Qué te debo? —preguntó, y Ulrich le dijo la tarifa—. Tengo arriba la cartera, bajo en seguida —dijo.

—¿Te puedo pedir un vaso de agua? —preguntó el alemán.

—Si prefieres una cerveza hay en la nevera —dijo ella mientras empezaba a subir.

—El agua está bien —dijo él. Tomó un vaso que había en la repisa y se echó agua del grifo. Mientras le daba un trago, se fijó en algo que no debería estar ahí. En la repisa de los vasos. Estiró la mano, impulsado por la curiosidad. "Cotilleo", se corrigió mentalmente. Eran dos carnés de identidad. Curioso sitio para tenerlos. El de Damien y…

—Pero… entonces Lexa es… —pensó, anonadado por su descubrimiento.

A varios kilómetros de distancia, en un hospital, un matrimonio estaba a punto de romperse. Se hallaban en la consulta de su ginecóloga, una doctora que llevaba tiempo tratando a Sissi. Y ahora Javier esperaba al lado de su mujer, con unas ojeras de no haber dormido en toda la noche. Hacía apenas unas horas, Sissi le había confesado el desliz que había tenido con Edmond.

—Buenos días —dijo la doctora Iturralde, una joven de trenza pelirroja—. ¿Qué se les ofrece? Hicimos la última revisión… la semana pasada… —dijo rebuscando en sus papeles—. Sissi, ¿te encuentras bien?

La morena tenía los ojos inundados en lágrimas, en un silencioso llanto que en ese momento no era capaz de conmover a Javier. Se encontraba muy enfadado.

—Quiero una prueba de paternidad —dijo—. Necesito saber si el hijo que lleva dentro… es mío o no.


¡Buenas a todo el mundo! Vuelve Felikis el Impresentable con un nuevo capítulo de su eterno fanfic. Supongo que algunos habréis terminado la carrera y todo desde la última vez que publiqué. Espero, aún así, que os haya gustado el capítulo.

DemonElAbogadoOscuro0722: ¡Muchas gracias! Pues pronto sabremos algo más de Nath ;) Va a tener un papel relevante en próximos capítulos.

Moon-9215: En este capítulo no ha tenido mucha relevancia... pero va a ser con lo que arranque el siguiente ;)

Alejito480: "Se le fue la flapa", curiosa expresión la tuya xD Y nunca leí Narnia, los nombres de los personajes los suelo buscar por Google de acuerdo a la nacionalidad que tienen. El guiño a Kuroko era necesario ;) Lo de Sissi... un error es un error y tendrá que pagarlo. Sam... no te creas, pero no está a salvo. Y Yumi tiene que arreglas su relación.

Bueno, con estas líneas me despido hasta el capítulo 12. Probablemente, este fanfic no será "dividido" en dos por una orgía. Si me animase a encajarla de alguna manera, sería, pero si no... ya sabéis ;) Lemmon rules!