Capítulo 12: Mundo que se desmorona

Javier golpeteaba la mesa de la doctora Iturralde. Estaba esperando los resultados de la prueba de paternidad. Necesitaba saber si el hijo que Sissi esperaba era suyo o no. No se atrevía ni siquiera a mirarla. Su confesión le había destrozado por dentro. Se sentía engañado. Y en su cabeza se repetía la conversación que había tenido con ella hacía unas horas.

No significó nada… —sollozó Sissi. Tenía los ojos inundados en lágrimas, pero en aquel momento eso no era capaz de conmoverle—. Por favor. Te lo juro.

¿Y nuestro hijo? ¿Cómo puedes saber que es mío? Joder… ni siquiera tomaste ¡precauciones! —gritó él mientras volcaba un sillón con la pierna. Estaba fuera de sí.

Yo sé que es tuyo —aseguró Sissi—. Javier… Te quiero… Javier… Javier…

—Javier —interrumpió sus pensamientos la voz de la Sissi real—. Por favor, quiero que hablemos —dejó la frase en el aire, pero su marido no escuchaba. O no parecía querer escuchar—. Mi amor… Por favor.

—Señor Mora —dijo una enfermera, tras llamar a la puerta—. Disculpe, ¿es suyo el Ford rojo con matrícula GG 2Y3 BB del párking?

—Sí, es el mío —dijo este, reaccionando de pronto. Sissi sollozó. La enfermera la vio pero no dijo nada.

—¿Le importaría moverlo? Al parecer se han quejado de no haber ocupado toda la plaza e impedir el paso…

—La gente es gilipollas —comentó Javier mientras se ponía en pie y salía detrás de la enfermera.

Como si estuviera cronometrado, sesenta segundos después apareció la doctora Iturralde. Rodeó la mesa rápidamente y miró a Sissi muy seria. Abrió el expediente con los resultados. Cerró los ojos.

—Mina es una experta mentirosa. Le pedí que sacara a Javier de la sala, porque primero quería hablar contigo a solas… por el tiempo que hace que nos conocemos… Sissi, ¿qué has hecho? —preguntó. Y con aquella oración de tres palabras ella entendió por qué se lo preguntaba. Se le cayó el alma a los pies—. Ya sé que solo llevas tres meses, y la prueba solo tiene una fiabilidad del 60% en estos casos. Pero Javier no es…

—¡No lo digas! —gritó Sissi. No era capaz de escucharlo. La prueba estaba mal. La criatura que llevaba dentro era de ella y de Javier, claro que sí.

—Tengo que hacerlo. Vas a dar a luz al hijo de otra persona —continuó la doctora Iturralde—. Si quieres que esté delante cuando se lo digas… o si quieres que lo haga yo…

—Dime que no es verdad… por favor —pidió la chica. Estaba destrozada. La doctora avanzó la mano para sujetar la suya. La conocía desde hacía el tiempo suficiente como para saber que la chica se había equivocado. Gravemente, pero que su acto no había sido con maldad. Esperó que Javier se lo tomara con calma.

En ese momento entró él de vuelta. Miró la escena, y comprendió en el acto la cruda realidad. Se apoyó sobre la puerta, intentando reprimir aquella ira que le subía por las piernas y se le estaba enganchando en el estómago. Lo peor de todo era que no entendía por qué había ocurrido. ¿Había sido malo con ella acaso? ¿O simplemente… se había casado con una egoísta y no lo sabía?

En un último intento desesperado, Sissi se levantó corriendo y le dio un abrazo. Esperó que él tuviera una reacción, por mínima que fuera. Pero él no hizo nada. Simplemente se dejó tocar, evitando en todo momento los ojos de su esposa. Ella simplemente sollozó. Había cometido un error muy grande. Y no sabía si había posibilidad de repararlo.

A varios kilómetros de distancia, en un pueblo que en apariencia no se alteraba demasiado, una mujer leía en el saloncito de su casa. Esperaba alguna noticia de algún tipo después de toda una noche de su marido ausente de casa. Ni se había molestado en vestirse. Una bata encima del pijama. Por eso valoraba hacer terapias por Skype. La comodidad del hogar. Pero pronto escuchó el motor de un coche. Sonrió. Había vuelto.

Se abrió la puerta de la casa y entró Carlos. No había que ser inteligente para darse cuenta de que estaba cabreado. Aún así, se levantó para darle un abrazo. Este lo aceptó, pero incluso en esa situación le notaba tenso. Malas noticias, supuso Sam. Y en ese momento se percató en una segunda persona que no había pasado por el marco de la puerta. Se había quedado en la calle, mirando alrededor.

—¿Va a quedarse ahí? —preguntó Sam.

—Espero que no haya que invitarle expresamente a entrar, como a los vampiros —bromeó Carlos, pero la sonrisa le duró un microsegundo—. ¡Nath! Entra en casa, hombre.

La figura, de piel pálida y un pelo rubio corto muy liso y peinado con cuidado, entró en la casa. Por supuesto, Sam ya le conocía de alguna ocasión anterior, pero no habían tenido mucho trato. Aún así sabía que su marido y él tenía muy buen trato. Nathaniel había sido de buena ayuda cuando Carlos había tenido que entrar en los datos del sistema legal. Por supuesto, siempre por una buena causa. Se saludaron con dos besos.

—¿No había un lugar más apartado para iros a vivir? —preguntó el invitado.

—No está tan lejos, y nos alejamos un poco del ruido de la ciudad —dijo Sam—. ¡Cuidado!

Sam apartó a Nath de la trayectoria de un libro que Carlos había cogido de la estantería. Por alguna razón, siempre hacía eso cuando una situación le superaba. Aunque en aquella ocasión sólo había volcado un ejemplar en lugar del mueble completo.

—¡No concluyente! ¿Cómo puede ser no concluyente? —preguntó Carlos al aire—. Tenéis los aparatos hechos una mierda…

—Bueno, no es que tú tengas un laboratorio mejor —le recordó Nath—. Y no es que no me pueda meter en un lío hacer pruebas no autorizadas…

—No me hagas caso, habla el enfado —respondió el otro—. Ni la huella… y en esa nota había más ADN que en una orgía. Ese puto acosador es huidizo.

—De momento no me ha pasado nada, ¿verdad? —le recordó Sam—. Es cierto que estoy en tensión, pero bueno. No te preocupes por…

—No me digas que no me preocupe por ti. Sabes que no puedo no preocuparme —dijo Carlos, con las manos sobre la mesa—. Por eso he pedido a Nath que se venga unos días. Creo que tener un agente de policía aquí será de ayuda para encontrar al tipo que te acosa…

—No soy comisario —le recordó Nath.

—Eres policía. Y te considero un amigo. Solo puedo contar contigo para que esto no se convierta en un circo mediático —dijo Carlos—. Lo que consideres que haya que hacer, dilo. Y así lo haremos.

—Se me ocurre algo que podríamos hacer… claro que es al margen de la legalidad —pensó Nath en voz alta.

—No vamos a meternos en líos… —dijo Sam, pero fue interrumpida.

—He dicho que es al margen de la legalidad, no que no vaya a hacerlo. Lo que sea por unos amigos —y les guiñó el ojo.

—Bueno, sea lo que sea que haya que hacer, voy a darme una ducha antes —dijo Sam—. Carlos, ofrécele algo de tomar mientras, ¿no?

—No me apetece nada.

—¿Ni siquiera un pincho de tortilla de patata? —preguntó Carlos echando un vistazo a la nevera. Y no le hizo falta girarse para saber que Nath ya estaba salivando como el perro de Pavlov.

Sam fue a por la ropa para cambiarse. Se cerró la puerta en el baño y empezó a quitarse la ropa. Una de las cosas que más le habían sorprendido de la mudanza era lo bien que se podía aislar el baño manteniendo un aspecto "tradicional". No sentía nada de frío y apenas se notaba la reforma. Las paredes seguían en piedra, pero no se te helaba el cuerpo si la tocabas.

Se desnudó con calma, la ducha era casi un ritual para ella. Se miró al espejo completamente desnuda. Primera norma para sentirse bella: verse bella. "Tengo un cuerpazo", pensó mientras se miraba. Una vez valorada, activó el agua de la ducha. Dejó que corriese sobre su mano mientras ajustaba la temperatura y finalmente entró. Dejó que todo su cuerpo se mojase por completo

Champú, empezó a masajearse la cabeza. El cuerpo, bajo el agua. La cabeza, reclinada hacia atrás. Se masajeó como le gustaba, limpiándose a conciencia. Mentalmente, "Torn" de Ava Max sonaba. Tres minutos dieciocho segundos eran suficientes para adecentar su cabellera. Luego aclarárselo y dejar que la espuma cayera por su cuerpo.

Ahora el gel. "Uprising" de Muse en su mente. Cinco minutos y cinco segundos de enjabonarse y tratar su cuerpo como lo merecía. Además había un pequeño espejito instalado en la ducha, se miró por si había algún pelito rebelde en las cejas. Nada. Pensó en si debía quitarse algo de vello púbico, lo hacía por épocas, pero Carlos nunca había sido remilgado a la hora de "asomarse a su cueva"... Pensó que si estuviera allí la ducha podría ser más larga.

"Tal vez su amigo querría unirse también", pensó riéndose, mientras terminaba con la ducha dándose un repaso en los pies. Limpieza completa. La verdad no sabía qué le gustaba al chico…

Y en ese momento al darse la vuelta lo vio. Una cabeza. No tuvo tiempo de identificarla. Solo una fracción de segundo coincidió con aquellos ojos. Alguien la había estado mirando desde la ventana.

—¡Aaaaaaaaaah! —gritó—. ¡Carloooooos!

Su marido apareció apenas dos segundos después, alterado.

—¡Había alguien en la ventana!

Nath, que había escuchado, salió corriendo por la puerta principal, vadeó la casa saltándose la vallita de la entrada buscando algún movimiento. Mierda, nada. Carlos apareció tras él al poco tiempo. Se metieron entre los árboles. El rubio desenfundó una pistola. Carlos no sabía que iba armado, pero no hizo ningún comentario. Ni un ruido, ni un movimiento… Maldición.

—¿Estás bien? —preguntó Carlos a Sam. Habían vuelto a la casa. Ella se había tapado con la ropa interior y se había echado una toalla del tamaño de una sábana por encima. Nath no entró de nuevo hasta que le indicaron que no había riesgo de no mirar donde no debía.

—Sí… he sido una idiota, debería haber cerrado la ventana…

—De eso nada. Es ese malnacido el que te está jodiendo e invadiendo tu intimidad. No es tu culpa —le dijo Carlos, y le pasó un brazo por encima. Nath sonrió al verles—. ¿Te parece divertido?

—Qué va. Simplemente me da envidia… —reconoció el rubio—. Ya te dije que soy un romántico empedernido… pero no me ha salido muy bien hasta ahora. Y veros así, pues claro. Quién tuviera vuestra suerte.

—Habrá alguien por ahí para tí —le aseguró Carlos—. Te llevaré a buenos sitios para conocer a alguien cuando acabemos con esto.

—También puedo llevarle yo —bromeó Sam—. Gracias, de verdad, por venir. ¿Has traído ropa?

—Claro.

—Pues que te acompañe Carlos a la habitación. Yo voy a terminar de secarme y vestirme —dijo ella—. Creo que tenemos para hacer unos huevos fritos para comer.

—Genial —dijo Nath mientras se levantaba para ir al coche.

—¡Ah, y croquetas congeladas! —recordó Sam. Nath soltó un gruñido de disgusto.

En la parte de arriba del pueblo Sissi intentaba hablar con Javier. Habían regresado del hospital. Javier no había dicho ni una palabra en todo el trayecto, y ella había decidido respetar ese silencio, al menos hasta que estuvieran en un sitio íntimo para conversar. Pero al llegar, él simplemente se había sentado en una silla y ahora la contemplaba, serio, sin mediar palabra. Ella quería sacarle alguna palabra. La que fuera. Incluso aunque le dijera que la odiaba. Pero alguna reacción.

—Javier… por favor, háblame… Sé que lo que hice fue horrible… Dime algo…

—¿Por qué?

—Porque quiero pedirte perdón… —sollozó ella.

—¿Por qué lo hiciste? —aclaró la pregunta.

—No lo sé… fue una debilidad… —explicó Sissi—. Había sido bueno conmigo… Pero le rechacé —intentó mantener la respiración mientras se lo contaba—. Volvió a verme… decía que se marchaba y… fue un impulso… fue solo físico, Javier… yo te quiero…

—No te creo —respondió él, secamente—. Hace muchos años, cuando nos conocimos, me dijiste que me uniera a tu grupo de amigos, ¿recuerdas? Y no me pareció bien el sexo libre. Pero aprendí a disfrutarlo y aceptarlo con ellos. Como tú. E incluso así sentía que había algo entre tú y yo. Pero ahora… te has acostado con otra persona, te ha dejado embarazada, ¡y encima has pretendido hacer pasar al hijo como si fuera mío! —exclamó. Intentaba contenerse.

—No… me engañaba a mi misma —respondió ella—. Me convencí de que era tuyo… solo podría tener otro hijo contigo, de verdad… Te quiero, Javier.

—Pues yo ahora no tengo tan claro lo que siento por ti.

Aquello era un golpe duro para Sissi. Se sumió en una llantina sin que Javier se viera conmovido por ello. Tenía dentro un enfado demasiado grande. Llamaron a la puerta. Él se levantó, pero no para abrir, sino para subir por las escaleras. No estaba de humor para hablar con nadie. Intentando recomponerse, Sissi se secó las lágrimas y fue a la puerta. Tiró del picaporte. Y no se podía creer quién estaba ahí.

—¡Edmond!

Aunque del hombre maduro y bien conservado que había conocido no quedaba mucho. Tenía aspecto de estar recuperándose de alguna enfermedad. En la cara lucía una sombra de barba mal afeitada, y parecía tener una pierna muy tiesa. De hecho, se apoyaba en el bastón que normalmente llevaba solo de adorno. Su piel estaba ligeramente pálida. Aún así, mantenía su característica sonrisa al mirar a Sissi.

—Hola —saludó—. Espero que hayas estado bien todo este tiempo.

—¿Qué… qué haces aquí? —preguntó, confusa. ¿Acaso no se había marchado para siempre?

—He vuelto. Y quería verte —dijo con su habitual tono de voz.

—No es un buen momento, Edmond… Lo que pasó hace tres meses no estuvo bien —dijo Sissi con la voz tomada. Estaba demasiado ausente en ese momento como para aceptar el juego de aquel hombre. Solo quería arreglarlo con su marido.

—Creo que sí lo estuvo… al fin y al cabo, ¿no te quedaste embarazada?

A Sissi se le cayó el alma a los pies.

—¿Qué has dicho?

—Bueno, una cosa que pasa mucho en estos pueblos, al contrario que en las ciudades, es que todos nos conocemos. Todos hablamos con todos… Imagina mi sorpresa cuando, al volver, me entero de que está de tres meses "la mujer morena de la ciudad, esa que es dueña de la mejor academia de Francia".

—Mi hijo es de Javier —mintió Sissi.

—Las fechas coinciden —inquirió Edmond—. Sissi, escúchame. Nos hemos conocido por alguna razón. Yo puedo hacerte feliz…

—No…

—Te amo, Sissi. Deja que cuide de ti y del pequeño…

Y sin que la morena pudiera impedirlo, unió sus labios a los de ella. Pero no pudo extenderse, ya que en ese momento un grito de rabia sonó en las escaleras de la casa. Javier lo había visto.

—¡Hijo de puta! —gritó fuera de sí y corrió a por él.

Edmond intentó apartarse pero fue inútil. Javier le alcanzó y de un empujón le tiró al suelo haciéndole rodar por el suelo. Sissi gritó escandalizada, y William, Laura, Odd, Dorjan y Lexa aparecieron en ese momento en la calle. No entendían qué estaba pasando.

Javier acumuló toda la rabia que sentía en ese momento dentro de su cuerpo y la dejó caer al pie derecho. Lo impulsó hacia atrás y lo estrelló directamente contra el estómago de Edmond, que fue arrastrado por el impulso varios metros. Aquello era peor que una pesadilla para Sissi. Ella tenía la culpa de lo que había ocurrido, no podía ser…

—¡Javier! —gritó—, por favor… ¡por favor, no!

—¿Qué haces? ¿Estás loco? —dijo Dorjan acercándose a él. Podría haberle placado, pero Javier se deshizo de él y se montó en el coche. Arrancó el motor y se puso en marcha sin molestarse en ponerse el cinturón de seguridad. Odd, ágil como era, se abalanzó a por Edmond y lo apartó de la trayectoria del vehículo en el momento exacto.

—¿Qué le pasa a tu marido? —preguntó, sin entender nada de lo que estaba ocurriendo.

Sissi se dejó caer al suelo, pero fue sujeta por Lexa. Su grupo de amigos, que tanto significaban para ella… ahora debía contárselo. Salvo una persona que ya lo sabía. Su mirada se cruzó con la de Laura, que también estaba pálida. Obviamente, no esperaba que su amenaza terminase así de mal. Solo quería que la situación fuera justa para su amigo. Pero empezaba a pensar que no había sido el mejor enfoque.

Sin haber escuchado los gritos, Yumi estaba tumbada sobre la cama, mirando el techo. Las reflexiones de aquellos meses fuera de Francia le habían servido de mucho. Salvo de una cosa. Ahora era más complicado entenderse con Ulrich. Tal vez debería haberle escrito. Pero le conocía. Era como ella. Si hubiera sido él quien se marchara, y ella hubiera tenido alguna forma de ir a buscarle, lo habría hecho. Y eso era lo que había querido evitar.

Giró sobre un costado, mirando el lado de Ulrich de la cama. Lo acarició como si él estuviera ahí. No se había atrevido a insinuarse, no desde su regreso. Le echaba mucho de menos, y ni siquiera lo pasaba mal por la abstinencia sexual de aquellos días (obviamente, no era el momento), pero el acurrucarse con él en el colchón sí que lo echaba de menos.

Se levantó de la cama y bajó a ver a Ulrich, que estaba en el salón. Y ahí lo encontró, sentado en el sofá y leyendo un libro sobre shiatsu. Se acercó a él, y este dejó el libro en la mesa. Obviamente, sabía que quería hablar

—¿Te has dormido? —preguntó él.

—No, estaba pensando —respondió ella.

—¿Y en qué pensabas?

—En nosotros —dijo Yumi, y le tomó de la mano. Fue un alivio que él no hiciera ademán de apartarla. Sonrió tímidamente. Él simplemente la miraba—. Sabes que lo que hice no tiene nada que ver contigo, ¿verdad? Que no me empujaste a nada y que no te tienes que sentir mal…

—Eso ya lo hemos hablado —le recordó Ulrich—, y lo acepté. La culpa es tuya…

—Exacto. Pero ahora tengo un problema que me gustaría que me ayudaras a resolver.

—¿Cuál?

—Quiero arreglar lo que hice. Pero no sé cómo hacerlo —explicó Yumi—. Necesito que me lo digas. ¿Cómo puedo compensar aquello?

—No lo se, Yumi… Pero que quieras hacerlo significa mucho. Supongo que lo descubriremos cuando… ¿qué haces?

La chica se había sentado a horcajadas encima de él. Muy despacio, le empezó a subir la camiseta. Echaba de menos el tacto de aquel torso. Ulrich no se resistió. ÉL también había echado de menos a Yumi, pero no iba a dejar que aquello fuera muy lejos. No iba a ceder… pese a que ella se quitara la blusa en ese momento. Sus pechos eran perfectos. Seguían tapados por el sujetador. La japonesa se echó hacia adelante lentamente, sus miradas se cruzaron, y se dieron un beso. Suave, sin agitar sus respiraciones. Simplemente estando juntos.

—Aún recuerdo… la primera vez que estuvimos así —comentó la chica—. Nos quitamos la ropa, pero no nos mirábamos…

—Y estábamos a punto de morir por culpa del calor —recordó él.

—Por aquel entonces no me atrevía a decírtelo…

—¿El qué?

—Que te amo. Siempre te he amado, Ulrich. Sé que estamos hechos el uno para el otro. Y quiero que estemos juntos siempre.

—Lo vamos a estar. Nos va a costar un poco durante un tiempo, pero lo conseguiremos. Hemos salido de otras crisis —le dijo Ulrich—, y esta no será diferente. Ya lo verás.

—Sube a la cama conmigo, Ulrich…

—No vamos a hacer el amor…

—Lo sé. Simplemente me apetece estar ahí contigo. Siempre me he sentido mejor entre tus brazos.

Y ella vio finalmente cumplido su deseo. Unos momentos después se podía acurrucar entre los brazos de su marido. Sonrió cuando este le daba un beso en el cuello, sin intenciones lascivas. Simplemente, estando juntos, recuperando un poco del tiempo que habían pasado sin poder estar el uno con el otro.

—Siento lo que ha ocurrido —dijo Laura.

Ella y Sissi estaban como invitadas en casa de Emily y Alicia. Odd se había ofrecido a acompañar a Edmond al sanatorio del pueblo vecino, pero este había pedido que simplemente le llevaran a su casa. Solamente cuando se había ido, Sissi había decidido contar la historia de quién era en realidad aquel hombre.

—No ha sido tu culpa… Debí haber hecho algo… Hablar con Javier antes… tomar la píldora del día después… algo que hubiera evitado todo esto… —sollozó la morena—. Gracias.

Alicia le había servido una taza de chocolate caliente. En ese momento sonó su teléfono móvil. Era un número demasiado largo. Pensó en ignorarlo, no le apetecía que le vendieran nada. Pero decidió descolgar.

—¿Elisabeth Delmas?

—Sí —gruñó ella. Odiaba su nombre de pila.

—Le llamo del Hospital Deaconesses De Reuilly —informó la voz—. Su marido ha sufrido un accidente de tráfico.


¡Hola a todo el mundo! Como esperaba, he podido publicar esta semana. Y lo consideraré como un granito de arena a la campaña #QuédateEnCasa, ahora que no podemos salir por el coronavirus. En serio, sed buenos, no salgáis más de lo necesario y manitas limpias ;)

Moon-9215: Pues ya ves que la cosa no ha ido a mejor con este capítulo :( Soy un escritor cruel.

Alejito480: Sí, sé que tienes tus teorías, pero creo que ninguna se acerca a la realidad :P Y no, el hijo no es del lechero... Salvo que estés haciendo un chiste verde con el concepto "leche"... Olvida eso. ¡Gracias!

Si todo va bien, como siempre, la semana que viene habrá un Digital Lemmon para quien lo siga... Yo de momento teletrabajo, lo que implica que tendré cosas que hacer antes de seguir escribiendo :( Cuidad la cuarentena. Lemmon rules!