Capítulo 14: Consecuencias

—¿Qué te ocurre, amor? ¿No tienes hambre?

William había preparado un desayuno fuerte aquel día. Se había levantado con apetito. Pero por el contrario, Laura parecía no tener tanta hambre. Apenas había terminado una tostada y el café se le estaba enfriando sin haber terminado. Se sentó frente a ella con su taza. Y se dio cuenta de que su esposa no había escuchado nada de lo que le había dicho. Avanzó la mano para tocar la de ella.

—Eh, Laura. ¿Qué te ocurre? ¿Va todo bien?

—Creo que no —respondió ella—. Es el trabajo…

—¿Qué pasa? Pensaba que te gustaba volver a estar activa en tu mundo. ¿Echas de menos a las cabras? —bromeó pero Laura no se rió.

—No es eso. Es que tengo la impresión de estar haciéndolo todo mal. No doy una a derechas, leo mucho pero aporto poco… y además… —intentó serenarse para no llorar—, el viernes escuché algo.

—¿Qué escuchaste?

—Escuché a una de las de Recursos Humanos, Lorraine… no se qué. Llamaba a Aelita.

—Ajá…

—Le ofreció de nuevo volver al trabajo. Después del tiempo que ha pasado, aún les interesa contar con ella. Me van a despedir, seguro…

William rodeó la mesa entera y se sentó al lado de Laura. Le pasó el brazo por encima, presionando suavemente su hombro. Ella no se animaba a mirarlo. Desde aquel despido no le había salido nada en condiciones.

—Sabes que eres una de las personas más capacitadas para hacerlo, ¿a que sí?

—William…

—No, escúchame. Has estado muchos años en un mismo sitio, es normal que al principio te cueste un poco adaptarte al nuevo sitio. Llevas apenas una semana, y te va a salir bien. ¿O crees que Jeremy te habría recomendado si no pensara que fueras a hacer buen papel? Sabes a lo que te dedicas, es pronto para tener esas ideas.

—Pero si me echan…

—Te saldrá un sitio donde encajes mejor. Y el dinero no es un problema, ya sabes. ¿O crees que te iba a decir que nos separásemos? —preguntó. Laura evitó la mirada. Aquel pensamiento ya había pasado en más de una ocasión por su cabeza—. Oye, ya hablamos de esto. Sinceridad absoluta, ¿verdad? Me dices lo que te ocurre sin filtros, yo te escucho. Que te echen no depende de ti. Pero separarnos, eso no va a ocurrir nunca.

—Te quiero mucho, William…

—Ven aquí.

Ella se sentó sobre las piernas de William y se dieron un beso tierno, y un abrazo. Con los últimos acontecimientos muchas dudas se habían generado dentro de su cabeza, pero si su marido aún la quería no necesitaba mucho más. Y tenía razón, no podía ser lo que le deparaba el futuro laboralmente, pero el miedo atormentaba su cabeza. Tampoco le apetecía depender siempre de su marido. Efectivamente no iban mal de dinero, pero estaba acostumbrada a ir a medias en los gastos con él y emplear su propio dinero cuando necesitaba o quería comprarse algo.

—Te llaman —dijo ella, suavemente.

—¿Lo cojo?

—Claro.

William se llevó la mano al bolsillo mientras su esposa seguía recostada sobre él.

—Hola, Sissi… no, hoy me iba a tomar el día… claro, voy para allá… hago una cosa, llevo a Laura al trabajo y me paso por el hospital… ¿tú puedes volver?… Vale, quedamos así. No tardamos… No hay de qué —y colgó—. Es Sissi. Está en el hospital, pero Javier aún no quiere hablar con ella. Me ha pedido que me quede con él durante la mañana.

—Vaya… tu día de descanso…

—No pasa nada. Ya sabes que, bueno… me siento en deuda de por vida con todo el grupo —su rostro se ensombrenció un poco. Recuerdos de un movimiento estúpido por su parte volaron por su cabeza—. Vamos, te acerco. Y prométeme una cosa: que vas a darlo todo como tu sabes.

—Prometido —dijo ella, y consiguió sonreír.

Quien también sonreía era Aelita. Había recibido un correo de la editorial. El libro se había puesto por fin a la venta, y la previsión era muy favorable. Tanto era así que su cuenta del banco había recibido una generosa cantidad de dinero como adelanto. Por supuesto, ella no lo necesitaba, pero estaba bien saber que había fan buen feeling con su novela.

—¿Por qué no has avisado a nuestros amigos? —preguntó Jeremy, extrañado de que su mujer no hubiera contado nada en el chat grupal.

—Porque Javier está en el hospital —respondió ella—, y estando todos los mensajes que le desean que se recupere pronto, me parecía una falta de respeto contarles esto ahora. Quiero esperar al menos a que le den el alta.

—Bueno… puedo entenderlo, pero en este plan que estamos, tal vez sea mejor darles una buena noticia, ¿no? En cualquier caso prometo no decir nada —dijo el rubio levantando las manos—. Yo me tengo que ir a trabajar. Espero que el día no sea muy malo…

—Ya verás como no.

En ese momento empezó a sonar I want to break free de Queen. El tono de llamada de Aelita. Descolgó la llamada y se llevó el teléfono a la oreja.

—¿Dígame?

—¿Es usted Aelita? —preguntó una voz con acento inglés.

—Sí, soy yo. ¿Quien lo pregunta?

—Me llamo Joe Jones. Tal vez haya visto mi vlog, El placer de la lectura en YouTube.

Aelita lo conocía. El placer de la lectura se emitía en directo por Radio France, y luego se colgaba en video (mostrando la interacción del entrevistador con el invitado) en internet. Cada vez que se preguntaba qué podía ponerse a leer revisaba las listas de reproducción buscando algo interesante.

—Le conozco, sí.

—Perfecto, perfecto. Verá, su editorial me ha enviado un ejemplar de su libro, y me ha parecido fantástico… bueno, la mitad al menos.

—¿La mitad?

—Lo recibí anteayer, no he podido ir más rápido —dijo Joe y se echó a reir—. Pero me gusta, sí, tiene potencia. Me gustaría poder entrevistarla para mi canal. La charla de esta semana la hemos cubierto ya, pero para la semana que viene podríamos hacerla, si le parece bien.

—¡Estupendo! —exclamó, muy emocionada—. Es un honor que me quiera entrevistar.

—El honor es mío por poder hablar con gente con talento. ¿Me podría facilitar su dirección? Quedaríamos para el próximo martes sobre las cinco de la tarde.

—Pensaba que su programa era a las seis.

—Tenemos que prepararnos antes, amiga Aelita —le recordó Joe—. ¿La direccón, por favor?

—Pues… ahora mismo no vivo en la ciudad. Estoy en un pueblo llamado Villenneé —le dijo, preguntándose si el tipo sabría acaso dónde estaba. Y su predicción no era errónea.

—¿Dónde me ha dicho, disculpe?

—Villenneé. V-I-L-L-E-N-N-E-É —deletreó—. Es un pueblo como a una hora de la capital.

—¡Ah, ambiente rural, muy bueno para la escritura, sí! ¿Dirección completa?

—… Entrada al pueblo, primera casa de la izquierda —rió Aelita—. La verdad, las calles aquí no tienen nombre —y en ese momento se acordó de Richard Dupuis. "Seguro que me mata por no haber puesto ni nombre a las calles". Claro que sus mejores ideas, "calle de la izquierda" y "calle de la derecha" daban pie a confusión cuando se miraba el pueblo desde las casas de Sissi y de Odd.

—Bueno, seguro que consigo encontrarla. Buen día tenga, Aelita, nos vemos pronto.

—Sí. Muchas gracias, de verdad.

Y colgó.

—¡Jeremy! —gritó mientras se encaminaba a las escaleras. Él se estaba cambiando de ropa—. Jeremy, no te lo crees. ¡Entrevista para la radio! ¡Y en YouTube! ¡De la radio nacional!

—¡Fantástico! —respondió este, ya se había preparado para marcharse—. Bueno. Sé que todo el asunto del libro me pilló muy en frío, pero… me alegro por todo lo que estás consiguiendo. De verdad.

Aelita le dio un beso. Estaba feliz, y tenía a su marido con ella. Y su novela tenía muy buen presagio. ¿Qué más podía pedir?

Muy por el contrario, su media-hermana no estaba en su mejor momento. William ya había llegado al hospital para hacerle el relevo, y ella estaba de regreso al pueblo en el coche. Intentaba no pensar en Javier, algo complicado. Primero, porque pasaba por la curva demoníaca en la que su marido había tenido el accidente ("como no respetes aquí la velocidad te sales", pensó) y lo segundo porque las palabras de este le herían el alma.

No quiero verte —dijo con la voz tomada—. Por favor. Necesito pensar. Y no puedo hacerlo si estás aquí.

Y ella había aceptado sus palabras. Por eso había llamado a William y le había pedido que le hiciera el relevo.

Casi sin darse cuenta había llegado a Villenneé. Condujo con precaución por las calles y dejó el coche frente la casa de Odd. No mecería un amigo como él. "No mereces muchas cosas", le dijo una voz interior que se ocupaba de recordarle cada cinco minutos que la había cagado en su matrimonio. Pero bueno, como él le había indicado, echó la llave dentro de su buzón y volvió a su casa arrastrando los pies.

Entró y de pronto sintió su estómago gruñir. Cierto era que no había comido mucho en las últimas veinticuatro horas. Nada en realidad. Estaba vacío. De modo que abrió la nevera. Sacó un poco de pan y se preparó un bocadillo y se sirvió un vaso de agua. No tenía cuerpo para cocinar, ni ganas ni lo merecía. Si se alimentaba era por un simple tema de supervivencia básica.

Recordó las palabras de Edmond unos días antes. "Te amo, Sissi. Deja que cuide de ti y del pequeño... Lo que te dije antes iba totalmente en serio. Podemos ser felices si quieres. Será nuestro hijo", le había dicho. Hijo de puta… Desde luego sabía escoger las palabras. Dio un bocado a su alimento y mientras lo masticaba en condiciones sacó el teléfono. No tardó mucho en encontrar el número. "Edmond". Marcar.

Los segundos en los que sonaron los tonos se le hicieron realmente largos, pero aguantó. Tal vez estaba ocupado o no podía responder. Claro que también podía estar ofendido y no querer saber nada de ella. Pero un tono se cortó. Y sonó una voz.

—¿Sissi? ¿Eres tú?

—Soy yo, Edmond… ¿te pillo bien?

—No me esperaba esta llamada…

—Ni yo hacértela, pero… tengo que dejar de mentirme. ¿Lo que dijiste iba en serio? ¿Que te ocuparías de mi y de nuestro hijo?

—Yo siempre he hablado en serio —respondió este.

—En ese caso, tenemos que hablar. ¿Puedes venir esta noche a mi casa?

¡Ding dong! La puerta de la casa de Yumi y Ulrich sonaba. En ese momento solo el alemán estaba allí. Había llegado hacía poco de su trabajo. Y Yumi aún tenía que dar una clase después de comer, por lo que no iba para casa hasta haber terminado todo el horario del día. Abrió la puerta, y se sorprendió al ver quién estaba allí. Su amigo Odd.

—¡Hola! Estaba recogiendo la mesa. ¿Café? —ofreció.

—Sí, por favor. ¿Tienes tila?

—Claro. ¿Prefieres una tila?

—No, solo quería saber si tenías —bromeó el rubio—. Perdona, es que… estoy nervioso.

—No te preocupes, estoy más que acostumbrado a tus chistes malos. El otro día escuché uno que me recordó a ti.

—Sorpréndeme.

—¿Qué es marrón por fuera, verde por dentro y atraviesa las paredes?

—¡Un kiwi fantasma! —respondió Odd y se echó a reir—. Perdona, es que es muy viejo. Ay, pero me viene bien reírme. Y más por lo que tengo que comentarte.

—Cuéntame. ¿Has sido un niño malo?

—Es sobre Lexa. Otra vez… —dijo el rubio.

Ulrich se tomó un momento mientras digería aquello. Lexa. Mierda, y no había hablado con Odd. Pero bueno, podría hacerlo durante la conversación. Su amigo no podía ceder a la tentación. Dejó los platos en la pila y se sentó en el comedor.

—Ya te has sentido atraído por ella —dijo el alemán—. Deberías mantener la distancia con ella. ¿Tal vez unas vacaciones?

—Sea lo que sea, llega tarde…

—¿Qué dices?

—Que me he acostado con ella.

Joder, joder, joder, no. No, no, no. Llegaba tarde, llegaba tarde. Eso no debería haber ocurrido, no. Vale, Ulrich, mantén la calma. Odd le ha puesto los cuernos a Dorjan, y eso es terrible. Pero hay que asegurarse de que no había hecho el idiota.

—Joder, tío… dime que al menos usaste condón —dijo el alemán, cerrando los ojos.

—… No nos dio tiempo… Tío, nos dejamos llevar. Se me lanzó y no soy de piedra… No puedo juzgar a Sissi por lo que ha hecho si yo también he sido débil… Pero bueno. Al día siguiente, como si no hubiera ocurrido nada, se tomó la píldora del día después.

—Bueno, es un alivio en parte, pero… —no, no era el momento. Lo primero era evitar que cometiera el mismo error que Sissi—. Escucha, tienes que hablar con Dorjan. Cuéntale lo que ocurrió.

—El disgusto lo mataría —dijo Odd—. Joder, y la culpa me está matando a mi por dentro.

—Ha sido reciente. Lo mejor es que no se lo digas muy tarde, o más le dolerá saberlo. De verdad. Si tiene que acabarse… mejor ahora y rápido que se entere al final por casualidad y entonces te odie.

—Me arrepiento… me arrepiento mucho… y lo peor… es que cada vez que me acuerdo de lo que hice… aún me excito —apartó la mirada. Había tocado suelo y no soportaba estar así. Por eso se comunicaba con Ulrich. Era probablemente el único del grupo que no le criticaría por sentirse así—. Fue como un puto sueño, que ahora se ha convertido en pesadilla.

—Vale, escúchame —dijo Ulrich, poniéndole las manos sobre los hombros—. Vas a ir ahora a hablar con Dorjan, antes de que sea muy tarde. Sé sincero con él, le conocemos. Es un tío comprensivo, aunque le dolerá… Y por lo que más quieras, no te acerques a ella en un tiempo.

—Tengo miedo —confesó el rubio—. Tanto tiempo juntos, y ahora la he jodido. ¡Tenemos hasta una hija en común, joder! No creo que Erika me vuelva a dirigir la palabra si se entera de que he traicionado a Dorjan.

Ulrich era el "tío putativo" de la pequeña Erika. Aunque ya no era tan pequeña, claro. Inteligente como ella sola, había avanzado algún curso rápidamente y ahora se encontraba en la universidad. Y por cómo la conocía, la chica era capaz de abandonar las clases y presentarse allí si sus padres entraban en crisis. Si tenía defectos, ignorar a la familia no era uno de ellos.

—No me imagino a Erika repudiándote. Pero la única forma de evitarlo es hacer lo correcto. Díselo a Dorjan, cuando llegue a casa.

—… Si me echa, ¿me puedo quedar con vosotros? —pensó el chico.

—Sabes que no tenemos problema contigo, aunque no creo que te eche.

—Gracias.

Se levantó y le dio un abrazo a su amigo, que este le devolvió. La "distancia entre tíos" hacía mucho que no se daba entre ellos. Por un momento Ulrich pensó si debía acompañarle, pero reculó. No era la mejor idea. Debían arreglarse entre ellos solos.

Odd caminó lentamente a casa, evitando el momento. Pasó frente la casa de Lexa y Damien. Fue de las pocas veces que vio al hombre a través de la ventana. Suposo que ella seguía en el bar. Desvió la mirada y en ese momento se dio cuenta de que el coche de Dorjan estaba aparcado en el jardin de la casa de al lado. No pasaba nada por ello, pues estaba desocupada.

—¡Hola, mi amor! —saludó Dorjan—. Hoy hemos acabado temprano. ¿Qué tal estás?

Corrió a darle un beso a su marido, pero el rubio mantuvo la distancia.

—Uy, a ti te pasa algo —dijo, extrañado—. Vamos, cuéntame.

—Siéntate, Dorjan. Esto es delicado.

Una idea de formó en la cabeza de Dorjan. Y esta pareció materializarse cuando Odd empezaba a narrarle el error que había cometido. En su fuero interno, siempre había pensado que podría existir esa posibilidad. Odd y él eran fogosos de naturaleza, pero no se había planteado en serio qué pasaría en caso de ocurrir. Y ahora que su esposo lo estaba confesando, no tenía muy claro cómo sentirse.

—Lo siento mucho —dijo Odd, con la mirada hacia el suelo. No podía mirarle a los ojos, no en ese momento.

—Joder, yo… necesito un momento —respondió el otro, levantándose abruptamente de la silla. Intentó controlar sus movimientos—. Toma —dijo, echándose la llave al bolsillo.

—¿Las llaves de tu coche? —el rubio no entendía nada.

—Voy a salir a dar una vuelta… pero no pretendo matarme con el coche como hizo Javier —Dorjan…

Este levantó la mano. Tenía que aclararse. Y escuchar a Odd decir las palabras "yo te quiero" probablemente le sacarían de quicio. El rubio no dijo nada y dejó que Dorjan salió de casa.

Este pensó en salir a caminar mientras pensaba. Había una explanada frente al apeadero del tren que podría utilizar para ponerse a llorar a gusto. Se lo pedía el cuerpo. Y cuando llegó y se sentó en un banco de madera improvisado, se dio cuenta de que había ido lagrimeando desde que había salido de casa.

Caía la noche por el sendero principal que conducía a Villenneé. Y Edmond iba caminando hacia allá. Aún le dolía la pierna por la caída al suelo, y el cuerpo por la paliza que le había dado Javier. Y que, todo fuera dicho, no estaba en buena forma para la edad que tenía, se podría haber cuidado más. Y más ahora que, al parecer, iba a ser padre. No se lo había esperado de aquella manera, pero si la vida se lo daba, sería por algo.

Llegó casi a la altura del río, y se sorprendió al ver una figura allí sentada, mirando hacia el cielo. No tardó en reconocerla. Sería amable.

—Buenas noches.

—Buenas noches… Edmond —dijo Samantha, poniéndose en pie—. Bonita noche. ¿Vienes a ver a Sissi?

—Sí, quería hablar conmigo. Si subes te acompaño.

"Vale, hagámoslo a tu modo", pensó ella. Aún mantenía cierta distancia con el hombre.

—¿Sabes? El otro día me espiaron por la ventana —contó como si fuera lo más normal del mundo.

—¿Alguien viene hasta aquí a espiar a las chicas? Tiene más potenciales víctimas en el pueblo de al lago.

—Alguien con un tono de ojos que he visto muy pocas veces —continuó Sam—. Unos ojos que no reconocí al principio, y me costó mucho… Tú y yo solo nos hemos visto una vez, ¿verdad? El día que las chicas estaban haciendo yoga.

—Creo que fue ese día, sí —dijo él, rascándose la barba.

—Pero entonces, ¿qué sentido tenía que me espiaras? Y entonces me di cuenta… Eugene.

La expresión en el rostro de Edmond cambió por completo. Tragó saliva. Samantha le lanzó una mirada de desprecio. Le había pillado al final.

—¿Quién más lo sabe? —preguntó él.

—Mi marido —respondió ella—. Por supuesto, ha ido a buscarte a tu casa para detenerte. Pero me pidió que estuviera atenta por si aparecías por aquí. Claro que ya le he avisado.

—Entonces tengo ventaja sobre él.

Samantha giró sobre si misma y empezó a correr a grandes zancadas justo en el momento en que Edmond se abalanzó a por ella. La pierna le ardía horrores, pero era un precio que estaba dispuesto a pagar si salvaba el pellejo. Ella no podía refugiarse en casa o estaría perdido. En cuando al marido… Podría eliminarlo a golpes si hacía falta. Pero no había llegado hasta allí para dejar escapar… a esa maldita zorra.

Distinguió la entrada del pueblo, y la distancia era cada vez más corta. Si evitaba que gritase sería perfecto. Además la calle estaba desierta. Luces de interior apagadas. Apretó el paso, rozó la sudadera de la chica.

Y en una fracción de segundos ocurrieron muchas cosas. Alguien tiró con fuerza del brazo de Samantha, desviando su trayectoria. Sin que él pudiera evitarlo, alguien se abalanzó sobre él y lo derribó tirándole al suelo. Se vio lanzado contra uno de los muretes que cerraban los jardines. Gritó de dolor. Mierda. Si hubiera sido más rápido…

Al abrir los ojos pudo ver a Samantha entre los brazos de Sissi, mientras se recuperaba de la carrera. Carlos, el marido, estaba en el suelo aún. Se habría hecho daño al derribarlo. "Que se joda", pensó. Y al mirar hacia arriba, se topó con un arma apuntándole directamente a la cara. Un tipo rubio al que no conocía… y que llevaba una placa de policía.

—Eugene Géroux, quedas arrestado.


¡Chan chan chaaaaan! Al final vamos a saber la verdad sobre quién había acosado a Sam... y soy lo bastante cabrón como para hacer el cliffhanger y que haya que esperar un capítulo más para saberlo ;) No debería estar publicando esto, pero me aburro, hoygan, y he aprovechado para avanzar la historia.

Por cierto, el fanfic lo he ido desarrollando de a pocos pero ya tengo el total de capítulos que lo formarán: 27. Así que quedan aún 13 por delante. Para ser este capítulo "el de en medio" no ha estado mal, ¿no?

DemonElAbogadoOscuro0722: Pues ya empieza a desvelarse el misterio ;) De momento han conseguido localizarlo y derribarlo. Nos leemos ;)

Pronto la continuación ;) Lemmon rules!