Capítulo 15: La historia de Edmond
El edificio de Ayuntamiento de Villenneé no solía llenarse. Es más, no solía ocuparse. Pese a que Aelita se ocupaba de las gestiones que había que hacer (en aquellos meses, una caída del tendido eléctrico, una mejora de la velocidad de internet, y un presupuesto para mejorar el suelo que les pareció una burrada) todas se habían tratado desde la más estricta profesionalidad: en casa de alguno de sus amigos tomando una buena taza de café.
Y sin embargo, en ese momento, en proporción, había más gente en aquel sitio que en un pleno en el Congreso. Edmond había sido atado a una silla. Miraba a la congruencia que se había formado a su alrededor. Samantha también estaba sentada. Le miraba fijamente. Sonrió. Al parecer aún no se creía todo aquello. Evitó la mirada de Sissi. También identificó a Carlos. Al final el detective no iba a ser tan idiota. El resto de los vecinos, en un arco amplio. Con alguna ausencia… El marido del rubio, la camarera y el raro que vivía con ella. Y por supuesto, el policía rubio que al parecer se llamaba Nath también estaba por ahí.
—¿No va a leerme mis derechos, agente? —preguntó Edmond—. ¿O acaso es usted un corrupto que planea torturarme?
—Pues no tientes a la suerte, porque ganas ahora mismo no me faltan. El problema es que no soy el primero en la fila —respondió Nath.
—Desde luego, nadie lloraría tu muerte. Más bien descocharíamos champán —comentó Carlos—. Pero en cualquier caso, creo que a todos los que estamos aquí nos gustaría saber qué cojones tenías en esa cabeza para hacer lo que has hecho. Eugene.
—Pensaba que, después de tanto tiempo, no te acordarías de mi —comentó Edmond, mirando a Samantha—. Pero estoy seguro de que te habías olvidado. Reconócelo.
La chica le lanzó una mirada de asco infinito. No se lo podía creer. Sin embargo, aún había algunos que no entendían de qué iba aquello. Yumi se acercó con cuidado a Odd, sin dejar de mirar hacia el centro de la sala. Por la expresión de seriedad, él sabía quién era ese señor.
—Oye, ¿se puede saber qué le pasa a ese? —preguntó Yumi—. Si fuera una persona normal se lo habrían llevado detenido sin más…
—Efectivamente. No es una persona normal. Edmond… bueno, más bien Eugene, es un ex-novio de Sam. Su primer ex-novio —aclaró.
La japonesa empezó a hacer memoria. El primer ex-novio de Samantha. La historia le quería sonar. Alguien que hubiera sido anterior a Odd, por supuesto. Ahora lo recordaba. No daba crédito.
—¿Entonces… él es quien…?
—Sí, soy el que le dio su primer meneo a esta zorra, morena —respondió Edmond. La pierna le dolía horrores aún, pero su oído iba finísimo. Tanto como para oir a Carlos crujiéndose el puño.
—Eres increíble… ¿se puede saber qué coño pasa contigo? —preguntó Samantha—. ¡Hace años que no sé nada de ti! ¿Por qué has tenido que hacerme esto? ¡Lo que me has hecho pasar!
—¡Me alegro! —bramó Edmond, echándose hacia adelante, con demasiado ímpetu. Cayó de bruces contra el suelo, con el peso de la silla sobre él. Y, para su gusto, tardaron demasiado en levantarlo—. ¿Pensabas que te iba a perdonar?
—… Tío, si te hice algo, lo siento, pero no me acuerdo. Y no sé qué clase de psicópata tienes que ser para haberme guardado rencor desde hace un cuarto de siglo.
Edmond se serenó. Nath estaba paseando a su alrededor dando vueltas a la porra reglamentaria, y estaba seguro de que no dudaría en usarla. Pero bueno. Era hora de contarlo todo por fin.
—Como ya he dicho —dijo alzando la voz. Estaba todo perdido. Mejor sería recrearse en su explicación—, soy el que desvirgó a Sam. Fue una noche en que uno de mis amigos había intentado pasarse con ella. Claro, ella estaba a punto de cumplir los catorce, y yo tenía diecisiete. ¿Me negarás que fui un caballero? —preguntó. Samantha le miró con odio, pero negó con la cabeza—. Exacto. Le enseñé muchas cosas… por lo que sé, ella os las ha enseñado a vosotros. Éramos follamigos, realmente. Aunque yo cuidaba de ella. Yo le abastecía de esos juguetes con los que le gustaba experimentar. Debo admitirlo, me jodió cuando empezó a salir con ese flacucho —añadió mirando a Odd.
Este le hizo un corte de mangas.
—Muy fino, tú. El caso es que mientras ella estaba con ese chulo, yo también me había echado pareja. Mucho menos liberal que Samantha. No éramos tan compatibles.
—No me jodas, Eugene… ¿de verdad? —preguntó Sam—. ¿Todo esto por "aquello"?
—¡Rompí con ella cuando supe que estabas libre! —gritó Edmond—. ¡Te pedí intentarlo! Y tu, "no, lo siento, quiero un tiempo para mi". Claro, para follarte lo que se te pusiera por delante, no creas que no lo sé… Te llevé a la cama por mi carisma. Me llevo bien con la gente, y me entero de cosas. Poco a poco, dejaste de llamarme… Y al final me enteré de que estabas saliendo con ese otro gilipollas —añadió mirando a Carlos.
A este parecía darle igual el insulto. Se alteraba más cuando hablaba de ella. Bueno, tenía unas cuantas lindezas aún por soltar. Prosiguió.
—Y fue la primera vez que intenté joderte la vida. Bueno, casi lo conseguí. Supongo que tienes lagunas, pero… ¿no recuerdas quién te suministraba la droga? ¿No te acuerdas de quién era tu camello? Supongo que no, claro. Ni eras capaz de mirarme a la cara cuando comprabas —sonrió con malicia—. Pero no me esperaba que tu noviete se quisiera casar con una yonki. Por eso pensé que sería mejor desaparecer un tiempo.
¡Paf! Carlos le dio un puñetazo en la mandíbula y Nath tuvo que retenerlo. Fue ese momento en que Sam aprovechó para golpearle ella, en el estómago.
—¡Basta! —gritó el rubio—. No me hagáis deteneros, por favor —pidió—. Ni una más. No hoy.
—Vaya, si sabe pegar y todo… —bromeó Edmond, respaldado por las palabras de Nath—. Bueno, el caso es que yo te odiaba. Te odiaba mucho. Pero tengo que reconocer que lo de hundirte la vida… fue divertido. Lo disfruté. Me lo pasaba muy bien viéndote caer y hundirte en la mierda. Al final ni siquiera era venganza. Me gustaba hacerte daño, me gustaba hacer daño. Tuve que parar cuando pensé que me arriesgaba mucho.
—¿Y entonces por qué has vuelto? —preguntó ella, cargada de rabia—. Han pasado años. ¿Por qué arriesgarte a venir otra vez a por mi?
—Mi historia con las mujeres, bueno, ha sido compleja. Ninguna relación me ha durado mucho. Muchas se acercaron a mi por interés, ya sabes que mi padre era dueño de varias fábricas. El caso es que conocí a una mujer. Bastante más joven que yo. Al parecer había aprendido que el amor y el sexo no debían ir de mano con la edad, que teníamos que buscar a quien nos hiciera feliz… Tú le hiciste terapia. Fue ella quien me habló de ti. Y entonces me acordé… de ese maravilloso sentimiento al hacerte sufrir. Quería volver a sentirme así. Y fue cuando empecé con los anónimos.
—Hijo de puta…
—Igualmente, cielo. Pensaba en ir más lejos, pero… acosarte desde las sombras era tan fácil que no merecía la pena arriesgarme más. Claro que no me esperaba que te mudaras al culo del mundo. Ni siquiera aguardando cerca de tu consulta fui capaz de seguirte sin levantar sospechas.
—¿Y cuándo descubriste que aún podías localizarla por el teléfono móvil? —preguntó Carlos.
—Porque ese número ha existido siempre. Me olvidé de que lo tenía en la agenda, pero jamás he eliminado un solo teléfono. Eso me atrajo hasta aquí. No me digas que me habéis descubierto por eso.
—Es su antiguo número. El que usa para trabajar. Alguien que aún lo guardase, los ojos que ella vio por la ventana… Me costó caer, pero tenías que ser tú. Después de tantos años las caras se olvidan y solo nos vimos dos o tres veces. Tampoco me caíste bien, por cierto —aclaró Carlos.
—Bah. El caso es que me tomé una excedencia, ventajas de ser el propietario. Y por eso he podido venir regularmente a atormentarla. Ha sido divertido. Y pese a mi… "impedimento", he podido estar atento a la reacción que te he provocado. Las noches que te has desvelado, cuando te has bañado en el río… sí, he estado ahí.
—Bueno. Pues espero que te lo hayas pasado bien, porque hasta aquí has llegado —dijo Nath.
—Supongo que tengo derecho a ponerle una denuncia —comentó Sam.
—Por supuesto. Este no va a ver la luz del sol durante mucho tiempo —respondió Nath—. ¿Algo más que decir?
—Que me habría salido con la mía y disfrutado mucho más tiempo de no haber sido… por ti —concluyó la frase, mirando a Sissi.
—¡Ni se te ocurra culparla de tus mierdas! —gritó Samantha.
—Eres un maldito hijo de puta —dijo Sissi, escupiendo mientras miraba a aquel hombre.
Era imposible que un hombre tan caballeroso como era Edmond… en realidad resultara ser el asqueroso Eugene. No quería creerlo, pero la evidencia estaba en su confesión. Cuando Carlos habló con ella para que llamase al hombre al pueblo se había negado, le había gritado. Pero cuando le explicó la situación con calma, supo que no podía negarse. Todo fuera por conocer la verdad. Esa amarga, triste y desoladora verdad.
—¿Estás contento por todas las vidas que has arruinado? … ¡¿Estás satisfecho?! —chilló, fuera de si.
—Si hay algo en lo que he sido sincero todos estos meses, es en lo que he sentido por ti —declaró Edmond. De pronto parecía volver a ser el de siempre—. No mentía cuando te dije lo que sentía por ti. Me hubiera gustado que criáramos a nuestro hijo juntos…
—¡No es tuyo! —replicó la morena, haciendo el ademán de levantarse. Nath le puso una mano sobre el hombro. No podía perder los papeles y agredirle. Ya sería difícil explicar aquello cuando llegaran sus colegas.
—Claro que lo es. Aunque no pueda verlo, es mío. Yo te quiero, Sissi —ignoró el grito de "¡Hijo de puta!" que ella de dedicó—, y eso no va a cambiar. Eres diferente a todas las mujeres que he conocido.
—¿Ella es acaso diferente a… —preguntó Nath, sacándose un papel del bolsillo— Sandra Fayolle, Lola Gosselin, Magali Le Goff, o Priscilla Savorani? Menuda lista, colega… otras cuatro mujeres que se han quedado embarazadas durante este tiempo. Ninguna ha vuelto a saber del padre. Pero cuando las hemos llamado por teléfono, todas han dado una descripción física muy parecida a la tuya…
—Veo que habéis hecho un buen trabajo. Tarde, pero lo habéis hecho —se rió Edmond.
—¿Qué pasaría si yo, un policía que está de vacaciones en casa de unos amigos, se topara por casualidad en medio de un paseo por el monte con el cadáver de un hombre buscado por haberse aprovechado de varias veinteañeras de los pueblos de alrededor? —preguntó Nath acariciando la porra—. A nadie le extrañaría que alguien te hubiera apaleado hasta la muerte.
—Para —le dijo Carlos, sujetándole suavemente de la muñeca—. Es tentador. Y te ayudaría. Pero ya hay bastantes vidas arruinadas por culpa de este sujeto.
—Sí… y mis colegas deben estar al caer. Si esto no estuviera tan lejos… —comentó el rubio—. Creo que hemos terminado. Salvo que tengas alguna otra sandez que decir —añadió, mirando a Edmond.
Este guardó silencio.
—Te… voy… a matar… —dijo una voz desde un teléfono. Nadie sabía quién era, hasta que Sissi levantó el teléfono. Desde el momento en que empezó la conversación, había llamado a Javier, permitiéndole escuchar todo lo que se hablase en la sala gracias al altavoz. Obviamente, no podía sujetar el teléfono aún, por lo que Dorjan se había encargado de ayudarle, y de paso, saber también qué ocurría.
—Cariño, calma… ya no puede hacer nada —susurró ella al teléfono.
—Eso me gustaría verlo —respondió el hombre—. Me duele que hayas colaborado para atraparme, Sissi. Pero supongo que es tu decisión. Y ahora, agente, esas luces que hay ahí fuera me indican que sus compañeros han venido.
Nath desató las manos de Edmond de la silla. Aunque Carlos se mantuvo en guardia por la situación, el hombre no hizo ningún gesto para intentar escapar o hacer alguna otra locura. Paseó por en medio del grupo, provocándoles con una sonrisa, ya que se veía intocable. Pero se puso serio antes de que se abriera la puerta.
—Te quiero de verdad.
Y salió escoltado por Nath, Carlos y Samantha, que no se quedaría tranquila hasta verle irse en la parte de atrás del coche patrulla. Se quedó atrás, mientras su marido le pasaba un brazo por encima para reconfortarla. Ya había pasado todo. Y parecía mentira. Seguía sin entender cómo ese miserable había podido hacerle algo así.
—Sabes que nada de lo que ha dicho es verdad, ¿no? —preguntó él mientras un agente le agachaba la cabeza a Edmond para hacerle entrar en el coche.
—Claro que lo sé —respondió Sam—. Soy más fuerte que sus palabras.
—Lo sé.
—… Pero sigues conmigo, ¿verdad? —tuvo que preguntar, mientras Nath se despedía de los agentes y estos se metían en el coche.
—Hasta el final.
Finalmente el coche dio la vuelta y se empezaron a alejar. Una pesadilla que terminaba.
En ese momento, apresurada, salió Sissi del Ayuntamiento.
—¿A dónde vas? —preguntó Samantha.
—A ver a Javier. Tengo que hablar con él —dijo ella, apresurada.
—Espera, espera, espera —dijo Carlos—. Es tardísimo. No puedes conducir en este estado.
—¿Qué estado?
Los dos le tomaron de las manos. Y en ese momento se dio cuenta. Le temblaban muchísimo. Sus amigos tenían razón. No podía conducir, y menos en ese estado. Pero…
—No puedo dormir sola —les dijo.
—Está nuestra casa. Puedes dormir con Sam, Nath y yo tenemos confianza como para dormir en la misma cama —dijo Carlos.
—Pero… yo quería dormir esta noche contigo —murmuró Sam.
—No te preocupes. Sissi no os tiene solo a vosotros, ¿recuerdas?
Ulrich había hablado. Y tras él, estaban los demás miembros del acuerdo. La morena sonrió y tuvo que echarse a llorar. Estaba sensible.
Pasaron los días.
—¿Así que nos dejas? —preguntó Samantha a Nath.
—Sí, ya he abusado bastante de vuestra confianza. Además, me han aceptado el traslado temporal. Y vuestro amigo Richard ha sido muy amable al habilitar la casa de al lado para que pueda ocuparla.
—Sí, es majísimo —comentó Carlos, irónico—. ¿Necesitas ayuda con la mudanza, vecino?
—Creo que me apañaré —respondió este.
Por la ventana pudieron ver un coche. Por fin había ocurrido. Sissi llevaba a Javier de regreso a Villenneé. Su marido se había recuperado. Aún estaba a tratamiento de antiinflamatorios, pero sus piernas y sus brazos respondían con normalidad ("Pero no juegues a baloncesto por una larga temporada", le había dicho la doctora), y ya estaba cansado de estar en el hospital, por lo cual había podido pedir el alta.
—Bienvenido a casa, cari… Javier —dijo Sissi. Este le había pedido evitar las palabras de cariño—. ¿Quieres que haga la comida ahora, o…?
—No… Sissi, escucha, te dije que necesitaba un cambio estos días —comentó Javier mientras abría la puerta y se bajaba del coche con cierto esfuerzo—. El primero, salir del hospital. Tenía que volver aquí, con todos… y contigo.
—Y ahora viene el "pero", ¿verdad? —preguntó la morena. No era idiota.
—Me tengo que tomar una temporada, sin ti. Sé que ese miserable ha jugado contigo. Pero igualmente… me has hecho daño. Y estoy esforzándome por no decir las cosas que tengo por la cabeza… Quiero que lo entiendas.
—Por supuesto —asintió ella—. Iré a hacer la maleta y…
—No. No voy a hacerte moverte estando con el niño… Lo he preparado todo.
—¿Puedo saber con quién te vas a ir?
Odd miraba desde una silla cómo Dorjan metía la ropa en las maletas. La había cagado pero a base de bien. Y he ahí el resultado. Se marchaba una temporada. La noticia le hubiera pillado por sorpresa si no le hubiera escuchado la noche anterior hablando con Javier por teléfono. Ambos se habían decidido marchar para intentar recuperarse de aquellos corazones rotos. Nath les había ofrecido irse a vivir con él el tiempo que necesitaran.
—Supongo que no te puedo convencer de que te quedes, ¿no? —preguntó el rubio finalmente.
—Lo hemos hablado. Necesito un tiempo. Y Javier también. Lo mejor que puedo hacer es irme con él y que aprovechemos para pensar.
—Dos hombres separados en un piso de solteros. Y el poli que tampoco tiene pareja. Miedo me da lo que podáis hacer.
—… ¿Lo mismo que hiciste con Lexa?
—Eso es precisamente lo que me da miedeo —reconoció Odd—. Aunque no te lo podría prohibir. Fui yo el primero que te falló.
Dorjan empezó a cerrar la cremallera. Había terminado con el equipaje. En cierto modo, le costaba irse de allí. Miró a Odd. ¿Cómo podía quererle aún después de que le hubiera engañado? Desde luego el corazón podía entender de todo menos de lógica.
—Esto no es un adiós, ¿vale? Es un hasta luego —dijo Dorjan—. Yo tengo que pensar, y me gustaría que tú también.
—Lo intentaré.
Sin poder resistirse, se dieron un beso. Podrían haber intentado resolver sus problemas en ese momento dejándose caer en el colchón, como con otras tantas discusiones. Pero Dorjan adivinó las intenciones de Odd y se lo impidió. No era tan sencillo, no aquella vez. Separaron sus labios.
—Prométeme que serás bueno.
—Prometido.
Ayudó a Dorjan a bajar la maleta. Según sabía, este iría a dejar la maleta en el dormitorio y luego iría a ayudar a Javier. Odd se ofreció a echar una mano, pero este dijo que no. Distancia era lo que necesitaba. El rubio levantó las manos, aceptando que no podía hacer nada por evitarlo. Pero aún así ver a Dorjan marchar era doloroso. ¿Cómo había podido ser tan tonto? Todo echado a perder por un polvo. Delicioso, pero que no merecía tanto la pena.
Cuando se quiso dar cuenta, Dorjan ya no estaba a la vista. Pensó en entrar en casa, pero en ese momento recibió un mensaje. Era Ulrich. "¿Vienes?". Casi había olvidado que habían concertado un masaje. Por un lado no le apetecía mucho, pero tal vez en ese momento le viniera bien. Un rato con Ulrich siempre era agradable. Y más con un masaje de los suyos.
—Pero que no tenga final feliz… creo que debería alejarme un poco del sexo hasta arreglarlo con Dorjan —se dijo en voz alta mientras caminaba hacia la casa de su amigo.
—Bienvenido. Adelante. Puedes ir subiendo —le indicó Ulrich, y se dio la vuelta con el móvil en la oreja—. Sí, mi amor. Luego podemos cenar en un sitio bonito… ¿Al lado del gimnasio? Me parece perfecto… Te veo por la tarde… Un beso.
—¿Sabes que cuando os conocí pensé que jamás os vería deciros esas cosas? —bromeó el rubio, subiendo por las escaleras.
—Pues tienes razón —asumió Ulrich, pensando que no era el mejor momento para devolverle a Odd una pullita sobre su vida amorosa—. ¿Ya sabes cómo va? —preguntó mientras acondicionaba la luz de la estancia.
—Tonto. No hace falta que salgas —le dijo mientras empezaba a quitarse la ropa. Era gracioso, en su anterior masaje le había pedido que se quitara la ropa. Pero en aquel momento no lo necesitaba.
No dijeron gran cosa mientras Ulrich le trataba la espalda. Le gustaba sentir aquellas manos tratando su cuerpo. A punto estaba de quedarse dormido. Pero aguantó el tipo hasta el momento en que Ulrich le indicó que se girase sobre si mismo. En ese momento se dio cuenta de que la alegría del alemán se había disipado. Algo malo ocurría.
—¿Qué pasa, Ulrich?
—… Lo siento, tío —dijo. Detuvo las manos sobre el pecho de Odd—. Ha sido mi culpa.
—¿De qué tienes la culpa?
—De que te acostaras con Lexa.
—Bueno… —dijo Odd, haciendo como que pensaba—. No recuerdo haberte visto allí obligándome, ¿sabes?
—No es eso. Yo podría… haberte prevenido.
—Ella me ponía demasiado. Hubiera ocurrido antes o después.
—No, no, Odd. Esto que te voy a decir… es muy fuerte.
—¡Sueltalo ya! ¡Que me quedo frío! —protestó el rubio.
—Lexa… No es su verdadero nombre. Cuando fui a hacerle un masaje, me encontré por casualidad con su carné de identidad. Lo tenía debajo de un vaso de la cocina, yo quería beber agua…
—Ajá. ¿Y entonces no se llama Lexa?
—No. Su verdadero nombre es Pauline. Pauline Della Robbia.
¡Chan chan chaaaaaan! Sé lo que estáis pensando. "Felikis... cabrón... viva Digimon" (?) Ha pasado una semanita desde el capítulo anterior y ya tocaba despejar por fin las dudas sobre quién es Edmond realmente y por qué ha actuado así.
He sido un poco tramposo, ya que aunque ya le había mencionado en las anteriores partes de la tetralogía del acuerdo, nunca había dado su nombre. Y por tanto, me parecía una opción más lógica para ser el acosador de Sam que inventarme una persona completamente nueva.
Y para terminar de rematar el capítulo, nos enteramos de que Lexa en realidad es... Sí, eso mismo. Y por supuesto, también habrá un momento para explicarlo ;)
Moon-9215: Pues eso pasó. Le tendieron la trampa a Edmond y picó el anzuelo ;)
Nos leemos por estos lares. Os recuerdo (así haciendo autopromoción) que sigo publicando one-shots en "Code:Lemmon", tengo otra colección de fanfics lemmon de Digimon ("Digital Lemmon") y he empezado un short-fic llamado "No es un camino de rosas", todos disponibles en mi perfil ;) Lemmon rules!
