Capítulo 16: Todo tranquilo
Mientras realizaba el cuarto viaje para llevarse sus cosas de su piso en la ciudad a la casa en Villenneé, Nath pensó que se había precipitado en la decisión. No porque no le atrajera vivir en un sitio relajado como era aquel lugar, sino porque no recordaba tener tantas cosas. Y eso que muchas las había dejado atrás cuando se marchó de casa de sus padres, en su primera independencia.
Pero Nath no era una persona hecha para estar sola, y siempre había terminado compartiendo piso. Colegas, novias… Colegas, novias… Y llevaba demasiado tiempo sin nadie en el piso. Ahora al menos contaría con dos compañeros de piso. Bueno, y el resto del pueblo, que habían sido muy amables con él pese a ser un "forastero" (casi le parecía mentira que todo el grupo de amigos cercanos de Carlos se hubiera mudado al mismo pueblo, ocupándolo casi en su totalidad).
Mientras pensaba que debería ir a visitar a sus padres (para dejar en su antigua habitación lo que tuviera que mover en los viajes cinco, seis y siete), moderando la velocidad en aquella carretera, se fijó en una figura haciendo auto-stop. Un poco más cerca de fijó en que era una chica. Muy guapa, todo fuera dicho. Cabello negro recogido en una coleta, la piel morena, y vestida como una ciclista profesional. Salvo por el hecho de que los ciclistas no suelen ir con una mochila que le abulta más que toda la espalda. "Qué forma tan rara de hacer un viaje", pensó mientras detenía el coche. A ojo, la muchacha era muy joven.
—Buenos días —saludó con educación—. ¿A dónde se dirige?
—Buenas tardes, agente. Estaba de camino a Villenneé, pero en ese bache me ha reventado la rueda de la bici —respondió ella. Qué voz. Pero Nath estaba confuso. Si iba vestido de paisano…
—¿Cómo sabe que soy policía?
—Bueno, va en un coche patrulla… O es policía, o lo ha robado, y entonces tendría que salir corriendo antes de que me hiciera algo malo—dijo ella con una sonrisa.
Nath se llevó una mano a la cara. Por supuesto, si su coche estaba en el taller. Había pedido uno en la comisaría para hacer el traslado. ¿Cómo había podido ser tan tonto como para olvidarlo? Para dejar clara su situación como agente de la ley, se sacó la placa del bolsillo.
—Soy agente, tranquila.
—Bueno, me deja un poco más tranquila.
—Pues yo voy hacia Villenneé —dijo Nath—. Podría llevarla si quiere. Esa mochila parece pesar bastante.
—Un poco ¿Y podría echar la bicicleta en los asientos de atrás? Es plegable.
—Claro, sin problemas.
La chica abrió la puerta del asiento trasero del coche y al quitarse la mochila esta se cayó al suelo. La volvió a levantar y la arrojó a los asientos. Luego fue a por la bicicleta, la cual reposaba en el suelo. Nath vio en seguida que aquella rueda delantera no solo había reventado sino que toda la circunferencia se había abollado.
—¿Qué haces? —preguntó la chica al ver a Nath apagar el motor y bajar del coche.
—Comprobar las ruedas, espero que no se me hayan jodido —respondió este mientras se aseguraba de no haber sufrido algún reventón que no hubiera notado. Por suerte para él, todos los neumáticos se hallaban en buen estado. Sonrió satisfecho y volvió a montar al lado de aquella chica tan guapa. Arrancó el motor y volvieron a ponerse en marcha—. Un sitio curioso Villenneé para ir en bici, ¿no?
—Sí, bueno. Siempre he preferido la bici antes que ir en coche.
—Pero vas cargadísima como para ir de excursión…
—Ya, bueno. Será porque no voy de excursión —rió ella—. Voy a casa de mis padres.
—… ¿Y cómo no han ido ellos a buscarte? —preguntó Nath, confuso.
—Porque no saben que voy. Visita sorpresa —respondió la chica, echándose a reír. ¿Tú eres el policía del pueblo? Ahora que hay gente necesitan algún agente de la ley, ¿no?
—Bueno, estoy destinado por la zona, pero al menos estaré cerca de la zona.
En su cabeza, Nath intentaba asociar de quién podía ser hija aquella preciosidad. Lo cierto era que no detectaba parecido físico con ninguna de las personas que había conocido en Villenneé. Pero bueno, muchas veces ocurría que el parecido no era tan visible. Pensó en quiénes podían tener hijos… Sam y Carlos, por lo que sabía, habían optado por no reproducirse. Aunque su tono de piel le recordaba al de la mujer. Yumi y Ulrich… descartado… Bueno, estaba feo preguntar.
Pero en el momento en que se dio cuenta de que no le había preguntado su nombre y abrió la boca para hacerlo, ella señaló en la lejanía.
—¿Es allí?
Y es que ya se distinguían las primeras casas y enfrente alzándose el ayuntamiento y su placita. Nath echó el coche hacia la derecha para aparcar frente a su casa, dejando un poco de margen para que la chica se bajase del vehículo. Por alguna razón se sentía bien pisando las calles de aquel pueblo. Tal vez tenía empacho de ciudad. Decididamente había tomado una buena decisión al mudarse allí. Sin embargo, por lo que vio, sus compañeros de piso no debían estar en la casa pues no había movimiento por allí.
—¿No vas a necesitar ayuda? —preguntó Nath al ver a la joven sacar el mochilón y volviéndoselo a echar a la espalda—. Eso tiene que pesar una barbaridad.
—No te preocupes, estoy acostumbrada a valerme sola en la ciudad —comentó ella—. No me gusta molestar a mis padres si…
—¡Erika!
Nath y la chica se volvieron para ver quién había gritado. Odd se acercaba a ellos, y aceleró el paso en la cuesta abajo hasta llegar hasta ellos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó extrañado.
—Yo también te echaba de menos, papá —dijo Erika, y le dio un abrazo—. He venido a veros.
—¿Es tu hija? —preguntó Nath. Ahora entendía el falto de parecido.
—Es mi orgullo —respondió él—. ¿Cómo no me has avisado de que venías?
—Papá me llamó hace un par de días. Me dijo que os ibais a tomar un tiempo. Y me pareció muy feo que no me lo contases tú también —respondió Erika—. Así que he decidido venir con vosotros un tiempo. ¿Dónde vives?
—Pues yo estoy en una casa en lo alto del pueblo. Y Dorjan… se ha mudado aquí, con Nath —dijo Odd, señalando al policía de paisano.
—Oh. En ese caso, espero que no padre no te de mucho la lata mientras les dura esto —dijo ella, y moviéndose con bastante libertad para ir con al menos treinta kilos de mochila en la espalda, se acercó a él y le dio un beso en la mejilla. A Nath le pareció que le quemaba—. Muchas gracias por traerme. Papá, ¿me ayudas con la bici? —preguntó mientras intentaba sacarla de los asientos traseros del coche.
Odd le ayudó a sacarlo y empezó a empujar la bici cuesta arriba mientras se alejaba con Erika. Por un momento Nath se quedó embobado con su bonita figura. Pero no era el momento de distraerse. Debía sacar las cosas del maletero y empezar a colocar. Definitivamente no iba a llevar más cosas. Seguramente porque tampoco habría espacio.
Caía la noche, pero Aelita y Jeremy no iban a pasar la noche en el pueblo. La editorial les había invitado a un buen hotel, donde se iba a celebrar un pequeño ágape de nuevas promesas de la escritura. Un lugar de encuentro para los autores que habían publicado su primer libro, de diferentes estilos, durante aquel año. Y además, habitaciones para dos personas para todos ellos. Según los cálculos de Jeremy, "porque sale más barato que nos quedemos a dormir que pagarnos coches que nos lleven a casa a estas horas".
—¿Y qué más da el motivo? Un día es un día —respondió Aelita, que se había puesto un vestido blanco sencillo para la ocasión. Se estaban cambiando para ir al salón de la fiesta—. ¿No te vas a poner la corbata? —preguntó.
—Creo que paso —dijo él. Cada vez que sus amigos le veían con traje le llamaban "pingüino", y en ese momento se sentía bastante como uno, así que dejó la corbata. Suficiente así—. La verdad, están bien estas cosas. Salimos un poco de la rutina.
Ella asintió. Una vez vestidos abandonaron la habitación, no sin antes asegurarse Jeremy de tener bien guardada la llave en la chaqueta del traje. Caminaron por los elegantes pasillos del hotel hasta que llegaron a los ascensores, donde tomaron uno para bajar al vestíbulo. Allí, mostraron sus invitaciones a uno de los recepcionistas, y este dio una orden para que les acompañaran a la sala de fiestas.
—¡Aelita! —exclamó una mujer de cabello rubio platino recogido en un moño y vestida con un traje negro—. ¡Hola!
La pelirrosa solo había visto a Colette, su editora, en una ocasión, y ni siquiera había sido en persona. La vez que había pisado la editorial ella había estado de reuniones, de modo que habían hecho una videollamada posteriormente. Pero en persona tuvo unas buenas sensaciones con ella. Se saludaron con sendos besos en la mejilla, y a continuación Aelita le presentó a Jeremy.
—Encantada —saludó la editora—. Espero que no hayáis pillado muco tráfico para venir, sé que no vivís en el sitio más accesible.
—Tampoco está tan lejos, pero nos sabemos ya el camino de memoria —comentó Jeremy.
—Además está bien el poder poner distancia con la ciudad de vez en cuando —añadió Aelita—. Allí tengo mucho espacio creativo.
—Desde luego que sí, con la obra de arte que has presentado —dijo Colette—. Venid, voy a presentaros a los demás escritores.
Les condujo por la sala hasta llegar a una pareja de dos chicos. La primera impresión de Aelita fue que eran muy jóvenes. Colette hizo las pertinentes presentaciones.
—Ninon Munier. Es poeta, y ha publicado con nosotros su libro de "100 poesías para el transporte público". Y su esposo, Jean.
Tras los correspondientes "encantado de conocerte", "un placer", Colette les condujo a por otra pareja. Estos, calculó la pelirrosa, debían tener veinticinco años. Quién los pillara, pensó.
—Magalli Pujol —presentó—. Un año sabático alrededor del mundo, donde conoció a su marido, Christoph. "La vuelta al mundo en trescientos sesenta y cinco días", siguiendo la ruta del Phileas Fogg de Jules Verne, pero deteniéndose para hacer el turismo y conocer las ciudades.
—Impresionante —comentó Jeremy mientras la editora les conducía a los siguientes invitados.
—Sophie M'Bala —dijo—. No ha hecho novela, pero en el periódico de la editorial ha empezado a publicar su columna diaria sobre Historia del Mundo.
—Encantada —dijo Sophie con una vocecita de ocho años. Acorde con el cuerpo, que parecía de doce.
Cuantas más personas iban conociendo (unas quince personas en total, aparte de Aelita, Jeremy y Colette) el rubio parecía más contento por conocer a aquellas personas que parecían tener cosas que contar… muy por el contrario que Aelita, que se iba deprimiendo. Por suerte para ella misma, sabía mantener el tipo hasta en las peores situaciones.
Tras una cena improvisada compuesta por varios platos de degustación en lugar de un primero, un segundo y un postre, el discurso de Colette dando las gracias y la enhorabuena a todos los asistentes por el gran trabajo realizado, y un brindis que culminó en dos horas de baile y barra libre, Aelits y Jeremy regresaron a la habitación, no demasiado perjudicados.
—Bueno, pues me lo he pasado bien al final —comentó Jeremy—. Ha estado bien la fiesta.
—Sí, ha sido interesante. Al parecer todos ahí tienen una gran historia…
—Desde luego que sí —dijo Jeremy—. La verdad, me interesa leer ese viaje alrededor del mundo y…
En ese momento se dio cuenta de que su mujer parecía no escucharle. Se había tumbado en la cama, sobre la colcha, sin quitarse el vestido. Parecía muy seria mientras observaba el tejado. Jeremy se sentó en el borde de la cama, a su lado y le tomó de la mano. Sabía que algo no había bien. Y le había costado mucho aprender a descifrar las emociones de Aelita.
—¿Qué ocurre? —preguntó, suavizando el tono—. Cariño…
—¿Qué he hecho, Jeremy? —preguntó ella—. ¿Qué he hecho?
—… ¿Ir a una fiesta?
—Me refiero a la locura de escribir el libro… ¿has visto lo que yo?
—… Por favor, explícamelo —pidió él.
—Todos eran jovencísimos —dijo Aelita—. La más mayor tenía veinticinco años. Yo tengo cuarenta. He hecho el ridículo entre esas jóvenes promesas.
—No. Aelita, no lo has hecho. Nunca es tarde para escribir —le dijo él—. Perseguiste un sueño que te apetecía, y se ha cumplido.
—¿Pero te has dado cuenta? Son personas de lo más interesantes…
—Y tú también lo eres. Toda la aventura que pasamos en Lyoko, ¿te acuerdas? Y sí, se que puede parecer ficción, pero no lo es. Todo aquello que hicimos, que vivimos fue real. Y me llevó a conocer a la esposa más maravillosa que se puede tener en el mundo.
—Tonto —respondió ella, con una lágrima cayéndole por la mejilla.
—Tonto por ti —dijo él—. Sabes que no eres menos que los demás, ¿verdad?
—Sí.
—Pues ya lo sabes. No te preocupes por el tema de la edad.
—Creo que tienes razón —comentó ella—. Ven aquí. Necesito tu cariño —pidió antes de fundirse en un beso.
Ya era lunes por la mañana. Alicia estaba a punto de despertarse. Pero no por culpa de su despertador. Alguien la asió por la cintura, suavemente. Un modo de despertarse mucho más agradable que el sonido estridente del reloj o la chirriante voz de un locutor de la radio.
—Buenos días —escuchó en su oído.
—Hola, mi amor —respondió ella, sin abrir los ojos. Se dio la vuelta para acurrucarse entre los brazos de Emily y se dieron un tierno beso. Sus pieles estaban descubiertas compartiendo espacio bajo las sábanas—. ¿Ya es de día? —preguntó.
—Sí. Y yo tengo que ir a trabajar —respondió ella.
—¿Por qué no nos coinciden los días libres? —se lamentó Alicia haciendo un puchero.
—Porque la vida es así. Pero también tenemos más vacaciones que los demás y así disfrutarlo.
—Es verdad. Pero querría que te quedaras aquí todo el día conmigo.
—¡De eso nada, doña Perezosa! —bromeó Emily, tirando de las sábanas y destapando a ambas—. Ya tuvimos ayer un día de no salir de la cama.
—Sí, de la cama de Carlos y Sam —respondió la otra, sacándole la lengua a su esposa—. Es una pena que Odd no se apuntase al final.
—Tiene a su hija en casa, obviamente no era plan de que se animara, y menos estando así con Dorjan —comentó Emily mientras empezaba a vestirse—. Tengo un par de horas libres y aprovecharé para ir a comprar. ¿Hay algo que tenga que traer?
—Lo que tenemos apuntado en la lista de la cocina —dijo Alicia, haciendo memoria.
—Y qué me dirías si… traigo una botellita de sirope de chocolate.
Alicia la miró con complicidad. Sí, con esa botellita podrían hacer una buena merienda para dos.
Laura había llegado al trabajo temprano. Al igual que Jeremy. Habían empezado a compartir coche para ir. Cada día un coche y turnándose para conducir. Y ahora estaba ocupando su despacho. No era nada ostentoso. Una mesa con cajonera, su silla (bastante cómoda, y con reposa cabezas), otra silla por si alguien se acercaba a hablar con ella, una pizarra y una estantería. Sobre la mesa, un portátil. No era un última generación, pero estaba claro que no había sido reutilizado. Disponían de buenos materiales de trabajo. Por algo el ordenador tenía pantalla táctil y lapiz adjunto, que era parte de la directiva de no usar papel si no era necesario. Entre el programa de Notas y el tablero no necesitaba usar casi nada de papel. Pero añoraba los post-it.
—Buenos días —dijo una voz tan inexpresiva que no necesitó ni levantar la vista del portátil para saber quién la saludaba.
—Buenos días, Enith —saludó.
—Te apetece un café —preguntó Enith.
—No, gracias, ya me he tomado uno —respondió Laura. Era extraño, Enith no solía salir y relacionarse con nadie de todo el lugar—. Toca empezar la semana, ¿no?
—Sí. Tienes cinco minutos —preguntó Enith.
—Claro.
Enith se sentó. En ese momento Laura se fijó en que llevaba unos folios en la mano. Se asustó. La única vez que había visto folios en aquel entorno habían sido los de su contrato.
—Bueno, como hacemos siempre, hemos pedido a tus responsables que valores tus primeros días con nosotros, para saber qué tal os va, si os estáis adaptando, o hay cosas que se deberían cambiar. Así que ten.
Le puso las hojas delante. Laura no se atrevió a mirar. Seguro que ponía "Carta de despido" por no superar el periodo de prueba. Enith, que carecía de expresión facial, no dijo nada. Aguardó con paciencia a que la chica rubia echara un vistazo a los papeles. Y esta abrió mucho los ojos, sorprendida por lo que había ahí.
—Pero… ¿esto es…?
—Te mejoramos el tipo de contrato, y el salario. Me han comunicado que están muy satisfechos contigo y que no quieren que te dejemos escapar. Espero que este estipendio te haga confiar en que seguimos apostando por ti.
Con lágrimas en los ojos por la emoción, Laura se levantó corriendo de la silla y fue a abrazar a Enith. No le importaba el hecho de que ella se quedara inmóvil como un pasmarote. Se sentía bien por aquello. Al fin y al cabo, su mayor miedo era no pasar las primeras semanas, que quisieran deshacerse de ella.
—Gracias.
—De nada. Puedes firmar los documentos, por favor, tengo que escanearlos y actualizar los datos de tu nómina —pidió Enith.
Emily había dado sus primeras clases del día, y ahora tenía una pausa. Solía aprovechar esos momentos para ir a comprar cuando hacía falta. Así salía un poco del entorno de trabajo. Especialmente desde que se había ido a vivir a Villenneé, cada vez llevaba peor lo de quedarse en la ciudad. Había sido un cambio agradable irse allí a vivir. Salvo por el mal asunto de Edmond con Samantha, pero al menos ese capítulo estaba cerrado.
Se acordó de que no llevaba efectivo encima, y odiaba pagar con la tarjeta, así que desvió un poco el rumbo para ir al cajero. Además, sacando la cantidad de dinero justa, evitaban despilfarros, lo cual repercutía en destinos lejanos de vacaciones. Pero cuando llegó al cajero, le tocó esperar. Qué fastidio.
Y esperó. Y esperó.
—Oiga, ¿le queda mucho? —preguntó, un tanto irritada tras diez minutos de reloj aguardando.
—No, señorita, ya he acabado —dijo el hombre que tenía delante. Su voz le sonaba. Y cuando se giró, ahogó un grito—. Hola, Emily.
—¿Q-Qué haces aquí?
—Dando una vuelta por la ciudad. Qué alegría encontrarme contigo —sonrió.
—Voy a gritar —le advirtió ella—. Tú tendrías que estar en la cárcel.
—Lo sé, pero la curva mal diseñada que lleva a vuestro estúpido pueblo les jugó una mala pasada a los agentes de policía que me escoltaban —comentó Edmond—. Y ahora tienes dos opciones… gritar, y yo te haré daño y me iré en mi coche a por Sam otra vez antes de que te puedan socorrer o me detengan… O puedes venir a dar una vuelta conmigo en coche.
Sacó una llave del bolsillo y apuntó a un vehículo. Las luces se encendieron. Emily no tenía claro qué hacer. Miró alrededor pero nadie parecía fijarse en ellos dos. Asintió lentamente, y montó en la parte trasera del coche.
—Lo siento, querida. Es solo por precaución.
Emily no lo entendió hasta que ya era demasiado tarde. Su mente empezó a desvanecerse. Lo último que recordó fue el "clic" del cinturón de seguridad que Edmond le abrochaba.
¡Hola a todos! Obviamente el título del capítulo no podía mantenerse, ¿verdad? Qué interés tendría esto si no ;) La verdad, no me apetecía deshacerme de Edmond tan rápido. Aunque como villano siempre me quedaré con Hannibal Mago (la versión que diseñé en base al original de los libros de la serie). Espero que os haya gustado el capítulo, un poco más "light" de lo habitual pero os aseguro que aún no está todo dicho para los personajes ;) Y si alguno piensa maldecirme por no seguir el cliffhanger del capítulo anterior, ya sabéis que soy un capullo :P
iNATHivo0722: Pues sí, de hecho ya le tocaba mudarse de forma oficial ;) Y sí, Odd no tuvo bastante con engañar al marido que encima, sin saberlo, era con la hermana ;) Nos leemos!
Moon-9215: ¡Exacto! Chan chan chaaaaaaaan.
Bueno, durante la siguiente semana calculo escribir al menos dos lemmon one-shot. Uno de Digimon y otro de Code Lyoko. Así que... lemmon rules!
