Capítulo 18: Un día muy largo

—Buenos días. El desayuno —dijo una voz, por séptimo día consecutivo.

Emily abrió los ojos. Aún no se acostumbraba a dónde estaba. Pero pronto reconoció el color del techo. Y por supuesto, la voz. Se incorporó. La cama no era de colchón viscoelástico, pero había podido descansar. No entendía nada de la situación. Por suerte, pudo verle antes de que desapareciera por la puerta.

—¡Edmond, espera!

El hombre volvió a entrar en el dormitorio.

—Qué. Ahí tienes. Café y croissants.

—Por favor… libérame.

Emily había calculado que llevaba como siete días ahí encerrada. La única luz natural que entraba en la habitación donde la tenía encerrada aquel hombre era un tragaluz en el techo. Y la habitación… bueno, no estaba muy mal. Tenía una estantería con libros, una bombilla potente en el techo, una silla, una mesa y aquella cama sobre la que descansar.

Del primer día, solo recordaba haberse metido en el coche con Edmond. Y al abrir los ojos, estaba tendida en la cama, con un pie atado de forma que no podía moverse. El hombre solo aparecía seis veces al día. Para darle el desayuno, la comida y la cena, y entre medias, para abrir la puerta y permitirle ir al servicio. Era el único momento en que se veía desatada. Pero no se atrevía a intentar huir. Ni siquiera sabía dónde estaba. Había intentado gritar durante el primer día, pero nadie había acudido en su ayuda. Ni ruido de tráfico había a su alrededor.

Así que su única compañía era Edmond. Si se le podía llamar de aquella forma. Se pasaba el día en a saber dónde. Solo se pasaba con ella un rato por las tardes, después de comer. Y consideraba que aquel hombre se había alejado mucho del camino. No era mala persona en el fondo, pero por alguna razón, había descubierto un placer enfermizo en hacer daño a Samantha. Sin eso, podría ser una persona normal, en su opinión.

—Sabes que no puedo hacer eso —respondió Edmond.

—¡No te vayas! —pidió la chica—. Escucha, esto es una locura… Puedes volver a pincharme la mierda esa… déjame en algún sitio cerca de Villenneé y vete lejos…

—Ojalá fuera tan sencillo, Emily. De verdad. Pero he ido muy lejos. Vaya donde vaya, seré perseguido. Y después de haberte secuestrado, en cuando den contigo, yo estaré perdido. Años que me esperan de pasar en la cárcel, y no me apetece malgastar lo que me quede de vida en un agujero.

—No tiene por qué ser así…

—¿Cómo que no?

—… Porque no te has portado mal conmigo —dijo la chica—. No me has golpeado, no me has gritado… Me estás alimentando, me permites ir al servicio sin invadir mi intimidad… No entiendo nada.

Edmond cerró la puerta por dentro y se echó la llave al bolsillo. Miró a Emily, muy serio.

—No quiero hacerte daño. Ya te lo dije. Lo único que me interesa es que Samantha siga sufriendo. Eres su mejor amiga de toda la vida, lo sé. Y contigo, vi la oportunidad de seguir jodiéndola. Por eso, no sufras. Mientras estés aquí conmigo, no te va a pasar nada malo. Es una promesa.

—Pero sí me pasa, Edmond… Mi mujer tiene que estar también destrozada, no solo Sam. Y yo la echo muchísimo de menos… por favor —sollozó—. Si acabas con esto, prometo que haré lo que pueda para que no te persigan más… ya ha habido suficiente sufrimiento con todo esto… No quiero que esto continúe, solo quiero que tenga un final.

Edmond miró a la mujer. Emily lagrimeaba. Pero sabía que por mucho que ella lo prometiera, era imposible. Había quebrantado la ley, y eso no se perdonaba tan fácilmente como ella lo pretendía. Además, no podía saber si lo decía en serio, por pura inocencia, o pretendía engañarle. Aunque contra las artes de las mujeres estaba más que vacunado.

Se levantó y encontró en el otro bolsillo un paquete de pañuelos, que le tendió a Emily. Ella lo tomó y se sonó con fuerza.

—¿Tienes que ir al servicio? —preguntó.

—Aún no… —respondió ella— ¿A dónde vas?

—Tengo cosas que hacer.

—Espera. Quédate un rato, por favor. ¿Qué puede pasar por hablar un rato más?

Emily se sentía demasiado sola en aquel lugar. Y si Edmond no iba a hacerle daño, por lo menos quería conversar con él. Y tal vez conseguiría apelar a su corazón. Era lo único en lo que podía confiar. Porque ni siquiera sabía si había gente en su búsqueda. Aquella esperanza se había ido disipando con cada día que había pasado ahí dentro.

—¿Crees que es una buena idea? —preguntó Dorjan a Javier.

Estaba en la habitación de su amigo. Javier le había pedido opinión sobre la indumentaria para irse a cenar fuera. Y a base de preguntar, al final había conseguido saber lo que ocurría. Que había quedado con Brynja.

—No veo por qué no —dijo Javier—. Solo voy a quedar a cenar con una vieja amiga…

—Una que te dedicó su último striptease y te comió la boca delante de todos nosotros.

—Bueno… Sissi me ha engañado, ¿no?

—Sí. Y pensaba que estabas aquí para pensar en ello. No para pensar en vengarte. Y además, con una amiga suya…

—¿Qué pasa? ¿Que si a ti se te pusiera alguien a tiro no aprovecharías?

—Pues no —respondió Dorjan—. Sigo amando a mi marido. A pesar del daño que me hizo su traición… —murmuró. Se le amargaba la boca cada vez que lo pensaba—. Pero tú no eres yo. Si quieres quedar con ella, eres libre de hacerlo.

—Y, ¿por qué tengo la sensación de que me estás juzgando?

—Tal vez seas tú el que se juzga. Ponte la corbata roja, mejor —comentó cuando Javier sacaba su traje del armario.

—Si tan mal te parece, ¿por qué te has ofrecido a llevarme?

—Insisto. Que eres libre de hacer lo que te de la gana. Y no voy a dejarte tirado.

—Si al acabar de cenar quiero volver a casa…

—Tú me avisas y te tomas una copa en lo que yo llego, no te preocupes. No tengo nada que hacer esta noche. Bueno, iba a probar a jugar al póker por internet, pero nada importante.

—Gracias, colega. Pues nada… —comentó al ver la ropa sobre la cama—. ¿Dónde tenemos la plancha? —preguntó.

Aelita y Laura estaban visitando a Sissi aquella tarde. La morena se había refugiado en su casa desde que se había descubierto la verdad sobre su embarazo. A pesar de lo cual, sus amigas no habían querido darle de lado. Lo cual era complicado, porque la morena parecía dispuesta al aislamiento autoimpuesto.

—¿Por qué no me coges el teléfono? —preguntó la pelirrosa mientras le daba un abrazo.

—Se me quedó sin batería el teléfono… —mintió Sissi.

—Entonces el mensaje me hubiera dicho "El número marcado está apagado o fuera de cobertura" —Aelita no cambió el tono de voz—. ¿Qué te pasa?

—Que no me merezco nada. Yo he cometido errores, y debo apañarme yo sola con ellos.

—Y una mierda —dijo Laura—. ¿Cómo piensas que te vamos a dejar sola? Eres nuestra amiga.

—No me merezco amigas… Mira lo que ha ocurrido por mi culpa…

—¿Por tu culpa? Estás muy equivocada.

—Ese hombre era un embaucador profesional —le recordó Aelita— ¿A cuántas mujeres le ha hecho lo mismo que a ti?

—Eso es lo que peor llevo. He sido una tonta… una de muchas… y encima sigue por ahí suelto… deberíamos haberlo matado y ocultado el cuerpo…

—Es posible, pero a lo hecho, pecho —dijo Laura—. Lo que ahora cuenta es que nos tienes, a todos, para lo que necesites. No puedes cerrarte en ti misma.

—Sobre todo porque no lo vamos a consentir. Y yo menos aún. Eres mi hermana, ¿verdad?

Sissi dejó que las lágrimas cayeran por su rostro. En el fondo sentía que no merecía nada de aquello. Sus amigas no debían estar con ella. Tenían que darle de lado, marginarla por lo que había hecho. Desterrarla del acuerdo. "El acuerdo", pensaba a veces. "Debería haberlo aprovechado más… Tal vez así no hubiera caído en la tentación". Dejó sentirse arropada por sus amigas. Sentada entre ellas dos estaba muy cómoda.

De pronto sintió algo vibrar. Aelita apartó ligeramente su pierna. Llevaba el móvil en el bolsillo y alguien la estaba llamando. Era Colette, su editora. Pensó en ignorar la llamada por un rato, pero Sissi le hizo un gesto para que respondiese. La pelirrosa descolgó y se acomodó sobre el sofá. Sissi aprovechó ese momento para echarse encima de ella. Laura levantó las piernas para sentarse debajo, y le acarició el vientre con suavidad.

—Hola, Colette —dijo Aelita, mientras enredaba la mano entre el cabello moreno de Sissi.

—¡Hola, Aelita! ¿Qué tal está mi escritora favorita?

—No lo sé. Deberías preguntarle a ella —bromeó.

—¡Ja, ja, ja! Me parto contigo —rió Colette—. En serio, en la editorial están todos encantados contigo. Y de hecho, llamaba para preguntarte si has mirado últimamente la cuenta del banco.

—Pues no.

Aelita no solía revisar su cuenta bancaria. Tenía una alerta que saltaba en caso de algún cobro fuera de lo usual, pero por lo demás, conocía aproximadamente el dinero que debía haber dentro.

—Eso explica que no me hayas llamado. No muchos de nuestros nóveles reciben medio millón de euros y se quedan tan tranquilos.

—… Perdona, ¿qué?

—Ji, ji, ji —siguió riéndose Colette—. Esa expresión buscaba. Tu libro ha roto la barrera del medio millón de copias vendidas, así que te hemos pagado lo que te corresponde. Enhorabuena.

—… Me estás vacilando —dijo finalmente Aelita. Puso el altavoz y entró rápidamente en la aplicación del banco. Seguro que Colette le tomaba el pelo, no podía ser aquello. Puso las credenciales y aguardó a que cargase la página inicial. Y efectivamente. Ahí estaba. El mayor orgasmo económico que había experimentado nunca su cuenta—. Joder…

—Te lo has ganado —dijo Colette—. Dejaré por un tiempo descansar esa mente privilegiada que tienes. Ya hablaremos con calma de tu siguiente obra. ¡Hasta luego!

Y colgó, dejando a Aelita con cara de idiota mientras miraba la pantalla. Sissi y Laura también se habían asomado, y abrieron mucho los ojos al ver semejante cantidad de dinero.

Empezaba a caer la noche cuando Dorjan acercaba el coche a la acera. Javier, tras verificar que no venían coches, abrió la puerta del copiloto.

—Que te lo pases bien —dijo Dorjan—. Ya sabes. Si necesitas que venga a por ti, me llamas.

—No te preocupes. Muchas gracias —respondió Javier. Con cierto dolor en la pierna, se subió a la acera, y no tardó en localizar a su cita de aquella noche—. ¡Brynja!

—¡Hola! —saludó ella. Se había puesto un vestido negro sin hombros que no le llegaba a la rodilla—. ¿Qué tal estás? —preguntó, y al llegar a su altura le dio un beso. En los labios. Fugaz—. ¿Te puedes mover bien?

—Perfectamente —respondió—. No me esperaba tu llamada…

—Bueno. Me apetecía verte. Y más sabiendo todo lo que has pasado. Espero que no te moleste. O… que te pueda traer algún problema.

—No te preocupes por eso. ¿Entramos? —preguntó Javier. Estaban justo frente a uno de los grandes ventanales del restaurante. Ella le tendió el brazo, y aceptándolo, ambos entraron en el local.

Les atendió un hombre de unos sesenta años vestido en esmoquin. Les acompañó a una mesa (Javier aseguró que podía perfectamente subir cinco escalones para llegar a la zona alta del sitio) situada al lado de la ventana. Se sentaron y no tardaron en servirles una buena copa de vino.

—Este sitio es un poco caro, ¿no? —preguntó Javier.

—Bueno. Me ha tocado la lotería —respondió Brynja.

—¿Lo dices en serio?

—Claro. He estado el último año haciendo un viaje alrededor del mundo. Y aún tenía lo suficiente para buscarme un pisito. Nada del otro mundo, pero me apetecía venir a un sitio a cenar bien.

"Desde luego, ya podemos cenar bien", pensó Javier, mientras leía la carta. No tenía los precios marcados. Traducción: no era barato. Era cierto que él tampoco se quejaba de su estado económico, pero únicamente iba a aquel tipo de sitios con Sissi cuando estaban de aniversario. Pero sacó a su esposa de su mente. Pidieron, y mientras aguardaban, Brynja estiró una mano para acariciar la de Javier.

—Brynja…

—¿Qué pasa? —preguntó ella—. Sissi te ha engañado… Y obviamente no estás con ella. ¿Por qué estás aquí… si no es por mi?

—No sé cómo te has enterado de esas cosas. Y sí, es cierto que me he tomado un tiempo con ella. La verdadera pregunta es… ¿por qué me has pedido quedar?

—Porque me gustas —respondió Brynja—. Siempre he tenido cierta debilidad por ti. Pero Sissi es mi amiga. Tú eres intocable. Pese a que nunca he entendido cómo te permitían… bueno, y las demás a sus maridos, llamar a una stripper. Pero bueno. Eso era cosa vuestra. Ahora eres libre. Y quiero saber si tengo alguna oportunidad.

Javier no respondió en aquel momento. Dos camareros aparecieron de la nada y sirvieron los entrantes. Brynja no volvió a insistir en su conversación. Simplemente le deseó "buen provecho" y empezaron a cenar.

Aelita había estado todo el día esperando el mejor momento para hablar con Jeremy. Las chicas habían jurado no decir nada del dinero que había recibido hasta que tuviera la conversación con su marido. Pero incluso estando así, relajados en el salón viendo una película, acurrucada sobre él, no estaba segura de cómo iniciar la conversación.

—Jeremy…

—Espera… "Qué casualidad que casualmente sucedan tantas casualidades" —dijo Jeremy, al mismo tiempo que sonaba en la película que estaban viendo—. Perdona, me encantan las tonterías de Groucho… ¿Qué pasa? —preguntó mientras pausaba el video.

—Te quería contar algo. Sobre mi novela.

—Oh, no. No me digas que el personaje que muere se basa en mi…

—No es eso. Es sobre dinero.

—¿Qué pasa con el dinero?

—Que me han pagado por las ventas del libro. Me llegó la transferencia hace tres días, pero no la había visto hasta hoy.

—Oh, eso es estupendo. ¿Cuánto te han pagado?

—Medio millón de euros.

Jeremy no cambió la expresión por unos momentos.

—¿Qué?

—Así me he quedado yo. Medio kilo. Directamente. Adornando nuestra cuenta.

—Joder… pero… ¿Qué vamos a… perdón, qué vas a hacer con tanta pasta?

—No seas tonto. Lo tuyo es mío como lo mío es tuyo —aclaró la pelirrosa—. Pero es precisamente lo que no tengo claro. Es muchísimo dinero.

—Demasiado. Yo no contaba con reunir esa cantidad de dinero… nunca —confesó Jeremy.

—Yo tampoco. De hecho, he pensado que podríamos invertir.

—¿En qué?

—En una casa. Pero lejos de Villenneé. Este pueblo parece tener alguna maldición sobre nosotros —propuso ella.

—Creo que en eso tienes razón —concordó Jeremy—. Pero… no es el momento. No podemos irnos sin nuestros amigos. Siempre hemos estado juntos. Habría que esperar a que las cosas estuvieran mejor. Es decir… si te parece.

—No quería escuchar otra cosa —sonrió Aelita—. Me alegra saber que pensamos igual. Era lo que me hacía dudar sobre si debía decírtelo.

—Me hubiera terminado enterando.

—Claro que sí. Eres muy listo —añadió ella.

—¿Por qué sonríes tanto? —preguntó Jeremy.

Ella no contestó. Apagó la televisión y besó a Jeremy. Era feliz por poder compartir su vida con alguien así.

Javier no sabía muy bien qué estaba haciendo. La cena había sido deliciosa. Lejos de aquella conversación tan íntima, Brynja era una compañía muy agradable y divertida. Le había contado los detalles de sus viajes, e intercambiado detalles de los destinos en los que, a lo largo de los años, él también había tenido la oportunidad de visitar. Luego, habían ido a tomar una copa.

Y de pronto, se topaba con que estaba en el piso de Brynja. Lo cierto es que era sencillo, pero decorado con muy buen gusto. Claro que apenas había tenido tiempo de ver la mayor parte de la vivienda. Estaba en el dormitorio, donde una gran cama ocupaba gran parte del espacio. Un armario con espejos en la puerta le permitían ver su confuso reflejo. Y tras una puerta, el cuarto de baño donde Brynja se estaba refrescando. O eso había dicho.

Miró su teléfono. Dorjan no había enviado ningún mensaje, como habían acordado. Y, lamentándolo bastante, su mujer tampoco le había escrito. Bueno, al fin y al cabo le había pedido un tiempo. Debía respetar esa decisión.

—Javier…

Este se giró. Y suspiró. Brynja se había puesto un picardías transparente con el cual le podía ver incluso los pensamientos. Lentamente caminó hacia él, y se sentó a su lado. Le puso una mano en la mejilla, y le dio un suave beso.

—Brynja…

—Dime —susurró ella.

—No sé si… si estoy preparado para esto…

—Bueno. Lo podemos averiguar juntos, si quieres —dijo con ojos brillantes.

Y Javier quería. Juntó sus labios con los de la rubia, y se dejó llevar por sus labios mientras se dejaban caer de espaldas en el colchón.

—Lamento mucho todo esto. Eres una chica estupenda —dijo Edmond.

El plan de Emily había funcionado, o al menos a medias. Había conseguido que se pasara con ella todo el dí. Había sabido cosas de él, y poco a poco, parecía haber apelado a su corazón. Tenía razón sobre él. No era tan mal tipo. Solo había tomado una serie de malas decisiones. Pero podía enmendarlas, o al menos dejar de hacerlo.

Ya ni entraba brillo por el tragaluz. Debería haberse hecho de noche. Ahora era el momento de intentarlo. Si todo iba bien, esa misma noche podría volver a abrazar a su mujer. Con cuidado.

—Edmond… piensa lo que te he dicho. Ya es de noche. Puedes llevarme a oscuras a Villenneé. No hace falta ni que sea en la puerta de mi casa. En el camino…

—No…

—Por favor. Y luego te puedes ir. Yo hablaría con ellos para que no te persiguieran… solo tendrías que desaparecer.

—No puedo hacer eso.

—¿Por qué no?

—Porque Sissi espera un hijo mío. Y porque la venganza es adictiva. Mientras Sam viva… seguiré puteándola.

—No tienes por qué…

Este asintió.

—Me temo que es mi naturaleza. Ella me hizo daño. Y yo disfruto haciéndoselo. No puedo hacer lo que me pides.

Se levantó de la silla y le dio un beso a Emily en la mejilla. Ella sintió que se le erizaba el vello.

¡BOOM! La puerta de la sala salió volando contra la pared y se estampó, destrozando los ladrillos. Entraron cuatro figuras armadas.

—¡Al suelo! ¡Al suelo! —ordenaron—. ¡Levanta las manos!

Emily se echó por instinto al colchón. Edmond levantó las manos. Cuando pudo ver mejor, se dio cuenta de que eran policías. Les habían encontrado. Y tras los cuatro hombres armados, aparecieron otros dos vestidos con un chaleco antibalas. Nath se apresuró en acercarse a ellos.

—Edmond, quedas arrestado por secuestro.

—¡Carlos! —gritó Emily al ver a su amigo.

—Ya estás a salvo —dijo este—. Estás a salvo.

La rodeó con los brazos. Aquella pesadilla había terminado. Pero por alguna razón, Emily no podía apartar la mirada de Edmond, el hombre que finalmente se veía derrotado por la situación. De pronto se vio envuelta en una manta. Miró a Carlos. Su pulso aún estaba acelerado.

—Cuando estés tranquila no vamos. No hay prisa. ¿Te encuentras bien? —preguntó.

—Sí… tranquilo. No me ha hecho daño.

Este pareció extrañado, pero no dijo nada. Esa noche la llevaría de vuelta a casa para descansar. Ya habría tiempo al día siguiente para tomarle la declaración. Aquel desgraciado debía pagar por todo lo que le había hecho al grupo.

Al silencio de la noche, Javier solo escuchaba su respiración. Y la de Brynja. La mujer dormía a su lado, sin nada de ropa. Él se la había quitado. Y ella le había desnudado a él. Sus manos habían hecho una exploración en la cual se habían dado cuenta de que eran compatibles. Pero en el momento en que ella se había puesto sobre él, este no se había visto capaz. Brynja solo había intentado excitarle una vez más, besuqueando su cuello y estimulándole con la mano. Pero había desistido finalmente.

—Ya habrá ocasión —le había dicho—. ¿Te quedas a dormir?

Había accedido, pero no era capaz de dormir. En su cabeza, era consciente de que aún pensaba en Sissi. No era capaz de hacerle lo mismo a su mujer. Tal vez debía plantearse darle una oportunidad. Miró a su compañera, que tenía los senos al aire.

—Qué desperdicio —pensó, mientras se los tapaba con la sábana y procuraba volver a dormir.


¡Hola a todo el mundo! Si hay algo de lo que me arrepiento con toda la tetralogía de "El acuerdo", es sin duda... ¡poner títulos a los episodios! En serio, cuando se me ocurre un buen título es algo cojonudo, pero cuando no hay inspiración pierde intensidad. Qué asco.

Pero bueno, el caso es que al final Emily está a salvo, Javi no ha podido tirarse a otra... pero la historia no queda aquí. Ni mucho menos ;)

Moon-9215: Sí... creo que era demasiado obvio lo que la "rubia peligrosa de Kadic" pretendía hacer con Javier. Aunque al menos el primer intento no le ha salido bien :P

Poco a poco se acerca el final de la historia. ¿Definitivo? Espero que si, son muchos años dándoos la murga con este relato xD Hasta entonces, lemmon rules!