Capítulo 19: Un mes después
—¡Aaaaaah!
—¡Perfecto, Brigette!
Yumi estaba dando la clase. El grupo iba progresando poco a poco. Sus alumnos estaban ese día aprendiendo a hacer llaves para bloquear un ataque con arma. Como eran impares, ella misma practicaba con Jean, el alumno más aventajado que tenía. Pero también era bastante aprovechado, y quiso aprovechar el momento en que la profesora se distrajo para mirar al grupo formado por Brigette y Celine.
Sin tener en cuenta que ella le llevaba unos cuantos años de ventaja, y antes de poder alcanzarla se vio volando por los aires, y su espalda dio contra el tatami. Yumi le puso los pies sobre los brazos, sin apretar, pero indudablemente derrotado. Le miró con una sonrisa.
—No era tu turno —le recordó.
—Perdona, Ishiyama-sensei —dijo él.
—Levántate y practica con ellas, voy a ver a los demás.
Se dio una vuelta por la sala y corrigió a algunos de sus alumnos. Pero al menos todos habían entendido la idea principal de la clase. Evitó a tiempo que Celine dislocase un brazo a Brigette (la base de sus clases era defenderse sin hacer daño al contrario -aunque alguna gente como Edmond se lo merecería-) y se fijó en el reloj. Iba tocando el final de la clase y le tocaba ponerlos a hacer un poco de enfriamiento.
Les indicó la mejor forma de asegurarse que sus cuerpos no sufrieran mucho las consecuencias de la clase de aquel día, y guió sus respiraciones. Poco a poco, todos estaban en el mejor estado para finalizar la clase.
—El próximo viernes vamos a repasar esto —les dijo. Había leído en las noticias locales la agresión de un loco al dueño de una tienda, y le interesaba que se pudieran defender—. Pero probaremos a pelear dos contra uno. Así que, descansad y pillad fuerzas. ¡Saludo!
Se saludaron y poco a poco sus alumnos fueron desfilando para salir de allí. Como era habitual después de una clase, Victor, el dueño del gimnasio, entró en la sala. Tendiéndole una bebida isotónica, siguiendo su costumbre. Ella la aceptó y dieron el primer trago en silencio.
—No sé lo que les haces, pero están encantados —comentó Victor—. Nunca había tenido tantas reseñas positivas en Google.
—Bueno, solo les enseño lo que se —respondió ella—. Pero me alegra saber que estás contento con mi trabajo.
—Mucho. Eso sí, igual debería avisarte sobre Jean… me ha preguntado sobre ti.
—Y cree que no me he fijado en cómo me mira el culo. Se le debe olvidar que aquí hay espejos. Pero no me preocupa. Ya le he enseñado que no puede conmigo —bromeó.
—Bueno. Si consideras que haya que expulsarle, me lo dices. Con total confianza.
—¿Echar así como así a uno de tus clientes?
—Mejor perder un cliente como él que a una monitora como tú.
—Gracias, de verdad. Eres un cielo. ¿Seguro que no quieres venir a casa a cenar? Ulrich va a preparar sus bratwurst —ofreció ella una vez más.
—Te lo agradezco pero no. He conseguido quedar con Mitchell. A ver si tengo suerte…
—Espero que sí. Bueno, voy a cambiarme y salgo. He quedado con unas amigas —dijo la japonesa.
Diez minutos después salía del edificio, y justo ahí, esperaban Aelita y Samantha. Tras el saludo de rigor, caminaron un par de calles hacia abajo para encontrar una cafetería. Pequeña, modesta, pero tenían café, que era lo que querían. El camarero les sirvió las bebidas y Yumi asaltó con una pregunta:
—¿Creéis que debería seguir con este trabajo?
Aelita y Sam se miraron entre ellas. Por lo que sabían, a Yumi le iba muy bien dando clases de defensa personal. Estaba contenta las veces anteriores que se habían visto. Así que no entendían de pronto aquellas dudas.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso te va mal? —preguntó la pelirrosa.
—Al contrario, me da de maravilla, pero… bueno, vais a pensar muy mal de mi.
—Qué tontería. ¿Qué es lo que ocurre? —preguntó Sam.
—Bueno. Yo tenía ganas de esto. El problema es que… se ha vuelto rutinario. Otra vez. Como lo era mi vida como modelo. Es siempre lo mismo, un día y otro y otro… Y me cansa. No es por vosotras, ni por Ulrich —se apresuró en aclarar—. Y la verdad… ahora echo de menos aquello de desfilar y subirme a la pasarela.
—Eres un poco caprichosa —Yumi fulminó a Sam con la mirada. ¿Acaso no decía que no pensaría mal?—. Pero bueno. Siempre puedes volver, ¿no? Te lo dijo tu representante.
—¿Y va a dejar esto de las clases colgado de nuevo? —preguntó Aelita—. Eso no es serio. Y Yumi…
—¿Por qué no puede hacer las dos cosas? Hay días que no tiene que dar clase. Puede aprovechar para hacer algún pase.
—Pero, ¿y si no le dejan? Además, imagina cómo se puede poner Ulrich… Ella se fue tres meses escapando de eso y de pronto decirle que se quiere volver…
—¿Qué quieres decir?
—Que después de eso yo me enfadaría y podría largarme…
A Yumi le venía muy bien que sus amigas estuvieran hablando como si ella no estuviera delante, puesto que de esa manera podía reflexionar sobre lo que escuchaba Efectivamente, había hecho mucho daño a Ulrich cuando se había marchado. ¿Y ahora iba a hacer lo contrario? Sí, echaba de menos los flashes de la cámara, y desfilar. Pero no al precio de que su decisión le costase su matrimonio. Y menos ahora, que había regresado a la normalidad con su marido.
—Bueno. Ya veré lo que hago —dijo la japonesa, terminando su café—. ¿Tomamos otro? —preguntó.
—Tenemos tiempo —dijo Samantha, y sacó el teléfono.
—¿A quién escribes? —preguntó la pelirrosa.
—A Emily. Me gusta saber cómo está desde lo que le ocurrió.
—No me extraña. ¿Aún no hay fecha para el juicio de ese desgraciado? —preguntó Yumi.
—No. Pero bueno. Al menos esta vez estamos seguros de que está entre rejas.
"¿Cómo estás, guapísima?", preguntó en un mensaje Samantha.
Emily sintió su teléfono pitar mientras esperaba. Vio el mensaje de Sam, y lo respondió rápidamente. "Todo bien, gracias. Luego nos vemos". Enviar. Puso el móvil en silencio y alzó la mirada al escuchar la bocina. Ahí estaba Edmond, con su traje de recluso.
No sabía cuál era el motivo que le había impulsado para ir hasta allí. Llevaba sin verle desde que la habían liberado de sus garras. Y sin embargo, aquel día, aprovechando dos horas que tenía libres de la academia, había pensado que sería un buen momento para hablar con él. Lamentaba de veras el que el hombre no hubiera aceptado su proposición. Ella le conocía más. Sabía que no era tan malo. A lo mejor su visita conseguía arreglar algo. Por eso estaba en la cárcel y había pedido hablar con él. Lo que no se esperaba era que le vería con un feo golpe en la cabeza, lo cual empeoraba aún más el aspecto escuálido que tenía. Se movía muy despacio, como si le doliera todo el cuerpo.
—¡Edmond! ¿Qué te ha pasado? —preguntó la chica, horrorizada.
El hombre se sentó frente a ella antes de responder.
Edmond era, por lo general, una persona de sueño apacible. Lo cual jugaba en su contra aquella noche, pues no escuchó el sonido de la puerta de su celda cuando se abría. Lo único que supo era que, de pronto, alguien le había arrojado al suelo, y sintió que un pie descargaba con toda su fuerza en su estómago.
—Esta es por Sam —dijo una voz, fría como el hielo—. Esta es por Sissi —añadió, dándole una segunda patada en plena boca del estómago—. Esta es por todas las mujeres —otra patada— a las que les has jodido la vida —otra más— preñándolas a traición.
Tosió fuertemente. Se encontraba fatal. Y antes de perder el conocimiento, escuchó algo más.
—Y esta es por Emily.
Su agresor salió de allí. Se deslizó por los pasillos con celeridad, y llegó a la zona acordada. Las cámaras de seguridad se volvieron a activar. Quitándose la media que llevaba en la cabeza, Carlos sentía que su cuerpo temblaba, traicionándole.
La idea había sido suya. Convencer a Nath había sido sencillo. Aprovechar una noche para vengarse de aquel hombre por todo lo que les había hecho. La ejecución había sido más complicada. Su cuerpo no quería reaccionar. Tenía escrúpulos al fin y al cabo, y de no ser por la adrenalina que había sentido al colarse en la celda de aquel hombre, se habría marchado sin tocarle un pelo. Ahora volvía a sentirse como antes, pero más sucio por dentro.
—¿Cómo estás? —preguntó Nath—. ¿Qué… qué has hecho?
—Cinco patadas. Contadas —respondió este—. Ha sido peor de lo que imaginé…
—Ese cabrón lo merecía. Lástima que no me hayas dejado a mi…
—Si a mi me pillan, me arrestan. A ti te podrían hundir la vida solo si descubrieran que me has ayudado. Es mejor así.
—¿Y te sientes mejor?
—Me siento mucho peor. Esto tengo que llevármelo a la tumba… Samantha me odiaría. Y con razón. Pero sentía que debía hacerlo…
—Bueno. Nada justifica la violencia, ¿no? —dijo el rubio.
—Nada. Pero tampoco me quedaría tranquilo si no hacía nada.
—Me… he peleado con uno de los presos —mintió Edmond—. O más bien, me choqué con él en la cafetería y me tiró al suelo. Cosas de prisión… Lo que no sé es… ¿qué haces aquí? Llevo un mes en prisión, y nadie ha venido a verme. Y de pronto, me dice el carcelero que alguien ha querido venir a hacerme una visita. La persona que menos me esperaría. Bueno, tampoco lo entendería si viniera Samantha…
—Yo tampoco sé muy bien lo que hago aquí. Simplemente, pensé que tenía que hacerlo. Al fin y al cabo, ya sabes. No me trataste mal durante mi cautiverio. Podrías haber sido mucho peor.
—Ya te dije que no tenía intención de hacerte daño —le recordó él—. Solo a ella. No me hubiera perdonado portarme mal con alguien inocente.
—Ella era inocente…
—Creo que te dejé claro que no lo era. Al menos para mi. Aunque supongo que ya no importa. Lo que me quede de vida lo voy a pasar aquí encerrado. Al menos voy a tener un techo. Solo me pregunto qué pasará con mis negocios…
—Dice la prensa que…
—Sé lo que dice la prensa, leo los periódicos. De momento los tengo permitidos. Pero a saber cuánto dura.
—Quiero saber una cosa. ¿Tú le pedirías perdón a Samantha y a Sissi por lo que les hiciste?
Edmond no respondió de inmediato.
—Ni de coña. A Sissi la amaba de verdad. Y a Sam que la jodan.
—Edmond, por favor… Quiero hacer algo bueno por ti…
—¿Algo bueno?
—Quiero declarar en tu favor. Sé que no eres tan malo. Pero necesito saber que si hago que ellas dos vengan tu les pedirías perdón. Y el día del juicio les contaría que no me tuviste en mal estado…
—Lo siento, Emily, pero no voy a hacer tal cosa. ¿Qué vas a conseguir? ¿Reducir la condena en un año? No vas a conseguir nada. Y si tengo que pedirle perdón a esa zorra me ahogaré en mi propia saliva —susurró—. Ha sido un placer volver a verte. Y supongo que será la última vez.
—¿Cuándo será el juicio? —preguntó ella mientras el recluso se levantaba.
—Nadie lo sabe. Supongo que algún día de estos —dijo Edmond, restándole importancia.
—¡Edmond, por favor!
—Adiós, Emily…
Ella se había levantado, pero ver a uno de los funcionarios llevándose a Edmond tenía el efecto suficiente para evitar que intentara retenerlo. Se sintió como una estúpida. No debería haber ido. Lo mejor sería volver a la academia. Al fin y al cabo, tenía exámenes que corregir. Un imbécil como aquel no merecía que perdiera su escaso tiempo en ir a verle. Caminó hasta la salida, pensando "¡Así se pudra aquí dentro!".
Nath por su parte estaba en casa. Javier ya estaba mucho mejor de sus heridas, aunque arrastraba una leve cojera ("En el peor de los casos me acompañará toda la vida, pero no necesito bastón", había dicho), lo cual facilitaba el repartirse las tareas de la casa. Sin embargo, en su convivencia se había encontrado con algo que turbaba su tranquilidad. Erika iba con frecuencia a hablar con Dorjan, su padre. Y la joven era encantadora. Y sus encantos llamaban la atención de Nath.
—Pero cómo te vas a fijar en ella. Le sacas veinte años, podrías ser su padre. Literalmente —se recordó.
—¿Con quién hablas? —preguntó Javier mientras salía de su habitación.
—Nada, conmigo mismo. ¿Vas a salir a andar?
—Voy a intentarlo. Y tranquilo, que voy comunicado —dijo, enseñándole el móvil—. Cien por cien de batería.
—Pues ya sabes. Si te hace falta algo, me llamas.
Javier abrió la puerta, y en ese momento, estuvo a punto de chocarse con alguien.
—¡Hola, David! ¿Cómo están tus madres?
—De maravilla —respondió este—. ¿Está Nath?
—Ahí se encuentra. Hasta luego.
—Hola, David. ¿Quieres un café? —ofreció Nath al ver entrar al chico, y se sorprendió al ver que se adelantaba para saludarle. Con dos besos.
—Te lo acepto. Y… otra vez quería darte las gracias. Por lo que hiciste por mi madre.
—Hice mi trabajo —dijo el rubio.
—No. Tu trabajo como policía no era tan implicado como lo que hiciste por salvarla. De verdad, ella es muy importante para mi. Las dos lo son, claro. Pero mami Emily, bueno. No se si sabes que ella fue quien me gestó…
Nath desconocía aquel dato y le sorprendía mucho que David se lo revelase con tal naturalidad. Él había decidido no entrar en el pasado de aquel grupo que tan bien le había recibido en su pueblo. Le tendió el café y el azucarero.
—Pues no lo sabía. Pero no hace falta que me des las gracias por ello cada vez que nos vemos. Logramos salvarla y está en casa. Y no se va a mover de ahí.
—Eso espero. Menos mal que pueden contar con alguien como tú.
Nath sintió que se ponía colorado. Desde luego, David parecía no tener ningún tipo de filtros. Las primeras veces que había hablado con él, le había notado un poco cohibido, pero pronto parecía más dicharachero. Y aquel día, que era la primera vez que estaban solos, parecía más suelto que nunca.
—Y tú también. Si necesitas algo, me lo puedes decir. Sin problema.
—Gracias.
En ese momento el rubio fue consciente de que David le había envuelto la mano con la suya. Suavemente la apartó, con la excusa de remover su café.
"¿Qué le pasa?", se preguntó Nath. "¿Y qué te pasa a ti? A ti quien te gusta es Erika… ¡no, no te gusta! ¡Duplicas a las dos en edad! Olvídate, no te metas en líos… Además, si crees estar enamorado de dos personas, es mentira, ¿no? Solo puedes estarlo de la última". Pero lo cierto era que había conocido a ambos casi a la vez.
—¿Te puedo invitar a cenar? —preguntó David.
—¿Qué?
—Una cena, tú y yo. Mis madres hoy salen. Podrías venir y te preparo algo rico…
—Otro día —declinó rápidamente Nath—. Tengo guardia esta noche. No puedo, lo siento.
Era mentira. Pero debía alejarse. Era el hijo de unas amigas. No podía estar cerca de él. Tal vez le estaba tirando los trastos o tal vez no. Pero no debía averiguarlo, sino evitarlo. "Es una lástima… la verdad es que está buenísimo".
Odd por su parte tampoco estaba mucho mejor. Había ido, como era su costumbre en aquellos días, al bar de Lexa a tomarse algo. Allí se había encontrado con Jeremy y con William, y se había sentado con ellas. Aguantó la respiración cuando se acercó la rubia Lexa. No quería inspirar su delicado aroma. Porque le volvía loco y la hubiera vuelto a besar y hacer el amor sobre las mesas con sus amigos mirando. Por suerte, estaba más evolucionado que eso.
No se conseguía quitar de la cabeza la conversación que habían tenido hacía varios días. Le seguía pareciendo increíble.
—Lexa… tenemos que hablar —le había dicho una noche que se había acercado a hablar con ella.
—Dime. Estaba a punto de cerrar. Pero me puedo tomar una contigo, si te apetece —le ofreció la rubia.
—¿Eres mi hermana?
Lexa no respondió en el acto. Se dio la vuelta y sacó un par de jarras. Las sirvió con una buena dosis de cerveza y le tendió una al chico.
—Has tardado en darte cuenta, Odd.
—¿No vas a negarlo?
—¿Qué sentido tendría? Sí, yo era Pauline, tu hermana. Era —apuntó.
—¿Qué quieres decir?
—A ver, cómo te lo explico… —dio un trago a la cerveza antes de continuar—. ¿Hace cuánto que no nos vemos? ¿Unos veinte años?
—Más o menos, sí.
—¿Y crees que podemos llamarnos "hermanos" después de tanto tiempo? Tú no me buscaste —le recordó—. Al igual que yo tampoco quise volver. Haciendo mi vida era más feliz que en aquella familia de locos que teníamos. Y en la que yo, al menos, nunca me sentí muy querida.
—Pauline…
—Lexa —le corrigió ella—. Ya no soy aquella persona. Es más, ni siquiera fuiste capaz de reconocerme el día que nos conocimos en este pueblo moribundo.
—¿Tú me reconociste?
—Pues claro que si. No has cambiado tanto como te crees. Supe en seguida que eras tú. Y no te dije nada, porque… como te he dicho, ya no me considero tu hermana.
—Hemos follado —le recordó él.
—Porque nos apetecía. Tú has sido capaz de hacerlo porque me considerabas una mujer que estaba maciza. Y yo también lo hice porque estás buenísimo. Y como digo, no eres mi hermano. No desde hace mucho. Aunque nos haya parido la misma madre. Ese lazo se apagó hace mucho tiempo…
—Estás loca… —suspiró Odd.
—Que nos quiten lo bailado. Yo lo disfruté mucho aquella noche. Solo lamento haberte jodido el matrimonio —admitió—. Por eso acepté cuando me hiciste la cobra… aunque yo sabía que esto iba a terminar pasando. No le des más vueltas.
—Joder, Pa… Lexa. Esto es una puta locura…
—Lo sé.
A pesar de lo cual, la conversación no le había convencido del todo. Era rarísimo lo que había ocurrido. Y sin embargo, seguía pensando en ella. Él también sentía desvanecido su lazo de sangre. Lexa era una mujer increíble y por ello había sucumbido a la tentación. Pero al recibir un mensaje en el móvil y saltar el salvapantallas ahí estaba. La foto de Dorjan, su marido, que le había dado los mejores años de su vida. Tirarlo todo por la borda por aquel calentón…
—¿En qué piensas, Odd? Te veo muy callado —dijo Jeremy.
—En que soy gilipollas.
¡Hola a todo el mundo! Espero que os haya gustado el capítulo. Por matizar, los golpes a Edmond fueron una improvisación de última hora. Por el contrario, el resto de elementos, incluyendo la conversación de Lexa y Odd, llevaba tiempo planificada ;) Poco a poco se va acercando el cierre de esta historia. ¿Qué tendré planeado?
Nath0722: ¡Siempre se agradecen las opiniones! Y no, esta vez sin giro dramático ;) Y como has visto, no solo tengo algo pensado para él con Erika... Porque soy mala persona :) Y sí, Javi no ha salido bien parado ;) ¡Saludos!
Bueno, no está mal. Dos actualizaciones en dos días (tengo un lemmon de Digimon de ayer si a alguien le apetece ;) Aunque esta semana lo tendré algo más complicado para escribir. En cualquier caso, dalalaik, suscríbete, favea mi usuario para que te salte la campanita y nos leemos en el siguiente capítulo. Lemmon rules!
