G8 ; Xiloxóchitl.

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Prólogo.


De ese filo es mi machete, que lo sepan bien.
Que lo sabe bien el diablo a quién se le aparece.

— La patria madrina. Lila Downs ft. Juanes.


—¡Es algo inaudito, impensable!

La cumbre se mantenía en el barullo interminable, siendo a veces interrumpido apenas por el silencio más incómodo que alguno de los presentes experimentó alguna vez.

—Están haciendo una exageración.

—Todos hemos votado, Zeus; así que hemos llegado al veredicto final. — Yabisu mantuvo las manos cruzadas sobre el bastón de madera que le ayudaba a sostenerse en pie. Los presentes guardaron silencio cuando uno de los más antiguos miró a la máquina, con una consternación que casi se palpaba en el aire.

—Es curioso que seas tú quien lo mencione. — Interrumpió Ra al otro lado de la estancia, apaciblemente acomodado sobre su trono de yeso. La mano se le deslizó debajo del mentón, con el codo apoyado en el antebrazo del asiento. — Considerando que has sido tú el que lanzó la pandemia de coronavirus que azotó el mundo hace un año.

Un gruñido se le escapó de las fauces a Yabisu, antes de encarar al primero, con el asco escondiéndose en las rendijas de sus pestañas y cuencas vacías. Volvió a girar su vista a Zeus, quien permanecía parado de brazos cruzados al final de la estancia.

—No voy a escuchar eso de alguien que dejó que Egipto fuera arrasado por las plagas.

—¿Disculpa? Eso fue causa del pueblo de estos dos aquí presentes. — Señaló sin importancia a Jesucristo y Alá, quienes prontamente giraron a mirarle con las cejas crispadas por las acusaciones hechas por el más antiguo de los presentes.

—Eso fue una medida que tuvo que realizarse para que Egipto liberaras a los israelíes del yugo.

—Kemit tenía lo que le correspondía; de entre todos nosotros son ustedes los peores, disfrazando sus acciones como actos de la benevolencia de Dios… ¿Siquiera conoces a tu padre, Jesucristo? — Le preguntó Ra, sin dejar de mirarse las garras, como si fueran un espectáculo más interesante que la plática que llevaba lugar en el recinto. — ¿O ya se te olvidó cómo castigó a la gente de Sodoma y Gomorra por su falta de compasión?

—¡Dios fue justo y le dijo a Abraham que de haber diez hombres buenos en el pueblo sodomita no les asesinaría!

—Por favor. — se rio Tláloc integrándose en la plática desde su lugar, pelando una tablilla de arcilla con una navaja de hueso. — Como si no supiéramos que también intentaron extinguir a la raza humana con el Diluvio porque se habían asqueado de su creación.

—¿Y lo dice quien aventó a su propio hijo a la hoguera? — Contratacó Alá, girando toda su atención a él.

—¿Alguien quiere decirme por qué él está aquí para empezar? — Preguntó Tláloc, girando a ver a todos los presentes, señalando a Alá con la navaja de hueso, subiendo una pierna sobre uno de los antebrazos de su trono. — Ni siquiera eres un dios unigénito, las religiones abrahámicas tienen todas al mismo sujeto haciendo lo que le da la gana. ¡Y aun así fingen que son tres entes! Increíble que los humanos sigan creyendo en ustedes; además los retratan a su semejanza. Ni siquiera tienen un cuerpo etéreo, ¿verdad?

Zeus se rio al final de la estancia, asemejando a un trueno que le brotaba desde el fondo de la garganta. Sin embargo, Jesucristo giró a verle con los ojos entrecerrados.

—Por supuesto que te parece una exageración lo que decimos. — Le comentó, irguiéndose en el trono, dejando que el cabello se le desacomodara en los hombros. — Tú y tus hermanos castigaron al pueblo atlante con la soberbia de la que tanto se quejaban que ellos tenían. ¿O ya se te olvidó?

Zeus se movió por la estancia, con el cuerpo fibroso que había conseguido a través de las centurias, colocándose frente a él.

—Si tu Dios te envía plagas, enfermedades o diluvios para que reces más por él, no es su amor ni benevolencia, se llama chantaje. — La perpetua voz que resonaba en las paredes, desinteresada, perteneciente a Hao Asakura les sacudió los tímpanos. — Si un Dios necesita proclamarse como tal, es que no es un auténtico Dios.

—¡Pretendes eliminar a quienes no son chamanes!

Todos giraron a verle, mientras Hao alzaba la vista, sacándose las migajas de pan que se le caían en la túnica de color hueso.

—Y me aseguraré de que entiendan mis palabras cuando gane la flor de maíz.

El silencio sucedió por unos segundos antes de que Yabisu volviera a hablar:

—No vas a cambiar de opinión, ¿verdad? Vas a dejar que se lleve a cabo el torneo.

Hao se llevó un pedazo de pan a la boca sin importarle mucho lo que el otro le decía, sus ojos rojizos giraron, apaciblemente al cabrío: no había nada parecido a una emoción en ellos, ni siquiera el asco o la indiferencia.

—Dime, ¿por qué te parece más noble matar a ochenta guerreros en el torneo a seis billones de personas que inminentemente tendrán su extinción?

—¡Seis billones! — La voz de Jesucristo resonó entre las paredes con un pánico pocas veces expresado. — Estás hablando de un séptimo periodo de extinción masiva en la tierra. Ni siquiera combinando todo lo que los paganos han hecho se asemeja a lo que quieres hacer tú.

—¿Y se supone que debo preocuparme por humanos que inminentemente destruirán la tierra? — Lo miró, sin alterarse por sus palabras. — ¿O lo que les aterra tanto a ti y a tu padre es que ya no queden personas que quieran diezmar?

Tláloc siguió pelando su tablilla lanzando un silbido de gracia por lo dicho, aunque la plática no era de su interés, hasta que una nueva voz de cándido sonido le llamó la atención.

—¿Por eso lo haces? ¿Para salvar vidas?

Hao giró a mirar a Buda, con una sonrisa bailándole en la comisura de los labios.

—Para terminar las guerras, el hambre, la pobreza y el cambio climático. ¿Acaso lo desapruebas? — Le preguntó con una ceja alzada, con algo muy parecido al desafío en sus palabras. — ¿Quieres escribirle una vaipulyasūtra* a los humanos? Adelante, escríbela. Pero yo estaré en este trono unos años más.


La primera vez que probó la carne humana no hubo comparación.

Primero había sido la sangre que le chorreaba por el mentón y el cuello, luego fueron los gritos.

Al final, fue la sensación de volver a pisar la tierra húmeda, el fango metiéndosele entre los dedos de los pies, el olor de las hierbas mojadas y la piedra caliza. Pero nada como la menudencia del cuerpo tibio que se le derretía en los dedos. A la carne rolliza -un poco más fibrosa en los muslos-, que se le deslizaba entre los labios conforme tragaba todo lo que podía. A veces era un trocito de hueso el que le crujía entre los colmillos y las muelas; se detenía apenas unos segundos a escupirlo y volver a roerlo todo: músculo, carne, piel y tendones se desgarraban entre sus dientes.

Era carne fresca, de agradable sabor tibio: bailaba entre la vida y la muerte.

—¿Sabes algo, bonito? — Le preguntó al cuerpo exánime de ojos aterrados que le veía desde la orilla de la plancha de piedra caliza. Estaba completamente amarrado y amordazado de tal manera que no pudiese él mismo terminar con su sufrimiento. La sangre le chorreaba desde el pie mutilado, pero nunca la suficiente como para que pudiera disfrutar de la paz prometida con la muerte. — Realmente no me importa si el mundo se acaba.

La verdad es que no solía hablar con su comida, siempre estaba hambrienta y desesperada por saciarse. Por serrucharle al ajeno no solo la carne, pero la vida también. De cercenarle los ideales y machacar entre sus dientes todo lo que estuviera dispuesto a darle el cuerpo humano. Los ojos aplastados de miedo y horror le miraban ir y venir; las lágrimas se le arrebolaban en las mejillas y le caían hacia los lados, y parecían quemarle la piel blanca. El color asemejaba la piedra sobre la que estaba recostado. Las cuerdas de cuero crudo rechinaban con insistencia mientras el pobre pajarillo caído en sus garras se agitaba, estremecido ante del dolor del pie cercenado, arrancado de su cuerpo como un trozo de papel.

Pero el hueso que quebró entre sus manos fue el único sonido precursor, osciló entre las paredes del recinto con el olor de la sangre, inconfundible, mezclándose con la humedad de la caverna. Los gritos ahogados por la mordaza no eran nada menos que desgarradores. Las lágrimas caían cada vez con mayor insistencia; los ojos eran presas a punto de desbordarse hasta la incontinencia. El cabello se le pegaba a la frente y al cuello mientras luchaba en vano moverse por el dolor del brazo que se desprendió de cuajo una vez que simplemente lo jaló, luego de haber partido el hueso del hombro. La sangre que chorreó por la piedra caliza no hizo más que alentarle. Cuando su presa lo vio, fue como si estuviera viendo a un monstruo.

Abría las fauces y los colmillos que le sobresalían de los labios y su lengua puntiaguda como la de una serpiente se enroscaba en la extremidad que una vez le correspondió. El terror aletargaba sus sentidos junto con la pérdida de sangre. Llegaría un punto que en que todas las fuerzas le abandonaran hasta que ya no quedara más de él. ¿Por qué había caído allí? ¿Cómo es que no había sido más listo o más fuerte para poder evitar ese destino? No lo sabía, pero ahora que lo veía todo a través de las rendijas de sus pestañas se preguntaba si realmente ese era su fin.

Y así llegó.

¿Quién eres?

Porque la voz ya le había abandonado desde que perdió sus extremidades y la posibilidad de huir.

Era un ave, imprevisible que le arrancó incluso la tranquilidad en su mente cuando una estaca se le clavó en el medio del pecho. La sangre salió volando y gorgoreó sobre la carne desgarrada. La luz se le fue extinguiendo en los ojos luego de un rato, cuando su cuerpo se cansó de esperar un alivio que no llegó y que jamás llegaría.

—¡Vuelvan a mí, con sangre fresca!

La risa le brotó del pecho ronca, como estertores. Resonó entre las paredes que los resguardaban del exterior hasta todo fue oscuridad para el cuerpo sin vida servido en la plancha de piedra. El cuerpo no volvió a moverse y los ojos abiertos, inundado en las lágrimas fue rasgado de un mordisco mientras la tierra temblaba.

Había una culpa pecaminosa en los muros; le susurraban al oído, pero de la misma manera les desoía. Brotaban como enfermedad, se desprendían con sonidos sordos y caminaban, reptaban a su alrededor pues habían vuelto a la tierra que les vio nacer y que les encadenó también a la oscuridad de una caverna que fue su lugar de descanso por muchos años.

Pero esta vez estaban tan hambrientos.

Y tenían qué salir.

—¡Ha llegado el momento! — El grito azotó los muros, y de fauces ensangrentadas aún, giró por todo el recinto a sus nuevos compañeros que apenas despertaban, dándoles la bienvenida a un nuevo milenio. — Su señor les necesita y espera su dispuesta colaboración con su nueva misión.

Las voces de ultratumba, de sonidos acuosos y algo gemebundos se fueron disipando lentamente. Hasta que los cuerpos estuvieron completamente moldeados y caminaron en su dirección. La tierra vibró con cada paso, y su presencia los hizo aún más imponentes que las leyendas que les rodeaban.

—¿Por qué hemos sido despertados antes de tiempo?

Se giró a verles, habiendo limpiado ya sus labios de la sangre joven que osó robar y tomar hasta que se llenó. Una pequeña sonrisa se le extendió por las fauces antes de hablarles.

—La flor de maíz ha sido adelantada un poco más de lo previsto, caballeros. — Les comunicó, dejando que la sangre chorreara del cuerpo desmembrado que estaba sobre la plancha de piedra. — Y esperamos su participación en este evento venidero. Hay otro par de personas que conocerán después, pero a su señor le alegraría mucho que estuvieran dispuestos a pelear por él.


Mientras más observaba el cirio, más lo odiaba. El odio se le blandía por el cuerpo incesante allí de rodillas frente a un altar que no reconocía. Men había crecido tras las bambalinas de la desgracia que condenaba a los Tao: habían sido asesinos y ahora debían morir ellos también. Pero ese altar allí frente a él, no lo reconocía. No reconocía ese cabello blanco ni los ojos rojizos o la sonrisa amable de su madre. La había visto demasiado en vida, llena de luz y calidez y sobre el papel desgastado de la fotografía en un marco de oro, no era la que buscaba.

—¿Sabes? A veces me gusta venir a ver este lugar cuando me siento intranquilo. — Men tiene qué cerrar los ojos donde el único intranquilo es él, para darse cuenta de que de verdad no quiere escuchar a nadie. No quiere que el resto siga dándole palabras de aliento vacías y sermones con connotaciones religiosas acerca de porqué su madre está en un mejor lugar ahora.

El albino no es idiota: su madre no habría tenido un mejor lugar que no fuera con su padre y él.

—Me gusta venir aquí cuando no quiero ser molestado. — Y esperaba que eso fuera advertencia suficiente para quien se acercaba a él. Pero no, quizá no estaba en los planes de Dios premiarle siquiera con la paz mental.

—En mi vida nunca he oído una frase más horrible que lo que Dios te da, Dios te lo quita. — La mano grande de Hans le apretó el hombro en un gesto que pretendía ser cariñoso. Algo problemático teniendo en cuenta que el sujeto era cuatro o cinco veces más grande que él y su cabeza le cabía en la palma de una mano. — Es como si quisiera incidir en nosotros incluso de esa manera, como si no pudiéramos ser felices con lo que nos ha dado presuntamente por amor, y eso también nos lo quiere quitar.

El albino se quitó de encima la palma caliente; el recuerdo venía a su mente como enfermedad y el sosiego jamás llegaba. Apretando los puños, cuando se levantó de su lugar en el suelo, la llama de los cirios se agitó lenta y cruel como recordatorio del altar funerario y no de la quietud que fue a buscar en ese lugar. El albino era demasiado joven para el mundo de los adultos, incluso si era más listo que el promedio; más listo que Hana o Yohane, no había ni un solo lugar en su mente que no estuviera atascado ahora en el alquitrán de recuerdos.

—Aquí el problema no son los dioses. — La resolución que mostraban sus ojos era casi sanguinaria. Cuando Hans le veía, le recordaba a Jeanne en los momentos más fieros que alguna vez tuvo la muchacha. Incluso si eran solo momentos esporádicos que con el tiempo se fueron desgastando con el mismo tinte vaporoso de otros recuerdos que se habían almacenado en partes oscuras de su cabeza. Había visto a Amano por la mañana antes de venir con la familia Tao, ella le había comunicado también esta idea donde Men no podía conseguir la paz que tanto anhelaba. —Aquí el problema es que mi madre no quería ser revivida.

Hans lo escuchó, frunciendo las cejas.

—Probablemente sería algo un tanto traumático.

Men se rio, como un sonido oxidado y chirriante saliéndosele entre los dientes.

—Por favor. — El niño giró a verle, y a Hans le pesó como si fuera un adulto. Como si fuera su igual el que le hablaba. — Revivir es lo más cristiano que existe. Si mis padres pensaron más en sus intereses de matrimonio y no tanto en mi bienestar entonces yo debo actuar.

El rubio le vio avanzar desde su posición, antes de soltar un suspiro. Quizá se iba a arrepentir de decir lo siguiente, y esperaba que no fuera así.

—Conozco a alguien que podría decirte cómo revivirla.

Pero lo logró. El niño albino detuvo su caminata rápidamente. No se giró a verle, pero Hans sabía que le estaba prestando toda la atención a lo que le decía. El rubio siempre había sido poco ortodoxo, no gozaba de un apego religioso tan marcado como el resto de sus compañeros y tampoco tenía demasiado afecto por las costumbres religiosas que se profesaban los unos a los otros. Eran personas pusilánimes a su parecer y toda esa genuflexión a veces lograba fastidiarlo lo suficiente: Men extrañaba a su madre que le fue arrebatada y si Dios era tan benevolente como se decía, entendería su pesar.

O quizá no.

—¿Quién?

Aunque solo se aclaró la garganta, antes de continuar.

—Marco.

El niño lo miró con la ceja enarcada, como si le urgiera a que continuara. Por supuesto que entendía la implicación: los soldados X poseían códices completos y vastos, unos cuántos libros apócrifos y estudios que podían ser de gran utilidad en este tipo de circunstancias. Por algo su madre le había contado la manera en la que revivió a su padre: Men había creído infantilmente que solo bastaba con ordenárselo a Shamash para que ella volviera. Pero triste se dio cuenta muy tarde que precisaba de mayor conocimiento del que tenía en la actualidad.

—Tengo que ir a buscarlo. — Le comentó Hans, señalando un lugar indistinto con su pulgar tras sus hombros. — Creemos que se encuentra en México, tu padre me ha pedido que lo busque para que sea nuestro líder.

—Los detalles no me interesan. — Le contestó el niño, sin preocuparse un poco por ser grosero o descortés. — Si crees que él puede ayudarme a encontrar lo que busco entonces organizaré mis cosas y nos iremos.

Hans lo miró, con la ceja enarcada antes de que una sonrisa fácil se le deslizara entre los labios.

—¿Así, sin más?

Porque el niño podía parecer el vivo retrato de su madre, pero había heredado el carácter hostil de su padre.

—Así, sin más.

Y de esa manera, dio inicio la preparación del viaje al otro extremo del mundo.


Esto va a ser un fanfic, aún no decido si de capítulos largos y pocos, o de muchos capítulos y cortos, stay tuned. Es semi-au, contiene spoilers de todos los mangas (?) desde el SK regular hasta los mangas de Takei como Karakuridouji/ULTIMO o Yahabe. Espero que sea de su agrado, y me encantaría recibir sus comentarios a ver qué piensan o qué creen que vaya a pasar.
Otra cosa: Voy a mencionar bastante varias religiones paganas, mitología o religiones abrahámicas/semitas. Voy a intentar digerir la información para quienes no estén muy apegados con los temas (no quiere decir que si no conoces nada no le vas a entender, que yo tampoco soy una experta), pero todo vendrá poco a poco y voy a intentar ser muy informativa al respecto para que nadie se pierda hihi.

Gracias por leer.

* Vaipulyasūtra: Los sutras son discursos escritos hechos por Buda o sus monjes más cercanos. Normalmente tratan de la filosofía budista, pero a veces también hablan de otras cuestiones religiosas o filosóficas (creo que incluso sociales o políticas). Un vaipulyasūtra es un escrito en prosa extenso.