Capítulo 22: La firma, el miedo y la edad
William terminaba de vestirse. No solía llevar ese tipo de indumentaria. Traje de color negro, con una corbata rojo intenso y unos zapatos que si la luz solar reflejaba había que ponerse cristales opacos para mirar. Lo único que no había podido arreglar había sido su cabello rebelde, pero incluso así, su aspecto imponía. Se giró para preguntar opinión.
—¿Qué tal estoy?
—Mi marido es el más guapo —sonrió Laura.
—Bueno, no te flipes tanto, habría que hacerlos desfilar.
La broma la había hecho Aelita. Todas las chicas del grupo se habían reunido en casa de William y Laura para asesorar al escocés sobre la vestimenta para la reunión. Al final les habían contado todo lo referente al interés de LouVoiture por adquirir su empresa, ya que ese mismo día tenía la primera reunión de contacto. La primera impresión era muy importante, le habían dicho.
—Lo que no entiendo es por qué los chicos no han querido venir… —comentó William mientras se aseguraba de no tener la ropa arrugada.
—Bueno… más que no querer venir… no se lo hemos dicho —confesó Sissi.
—¿Y eso por qué?
—Lo pensamos entre todas y llegamos a la conclusión que si te ven así de arreglado, se iban a reir de ti —dijo Alicia—. Por eso nos hemos callado.
—En realidad yo se lo conté a Carlos. Y me dijo: "No me jodas. Que se ponga un chándal". Literalmente —contó Sam.
—Da gusto tener amigos así —dijo William. Pensó que sería buena idea llevar un maletín. Pero lo cierto era que de los papeles se ocupaba Alan Allard, su abogado, de forma que no tenía sentido. Se aseguró de que llevaba la estilográfica en el bolsillo interior de la chaqueta, y recibió un aprobado general de aquel séquito improvisado.
—Tal vez deberías quitarte la chaqueta y ponértela allí. Puede que tengas calor —comentó Emily.
—No será necesario. No hace mucho calor tampoco. Y si me llueve tengo siempre un paraguas en el coche.
—Verás que todo sale bien, William —dijo Laura, y le dio un beso. Como no podía ser de otra manera, sus amigas empezaron a silbar—. ¿Celosas?
—Un poco —bromeó Yumi.
—Pues ya sabes. William, vete, que las chicas tenemos cosas que hacer —dijo Aelita, y hubo una carcajada general.
—No me digas eso que me dan ganas de quedarme —inquirió William.
—En otras circunstancias me encantaría, pero yo también tengo que irme —dijo Emily—. Alicia, ¿te llevo?
—Sí, hoy podemos ir juntas.
—¿De verdad me vais a dejar sola con el calentón? —bromeó Laura. Y en ese momento, alguien tiró de ella. Sissi la besó suave, lentamente, acercando sus cuerpos—. Mala…
—¿Por qué? Yo me quedo. Después de que nos despidamos de William.
De modo que el grupo bajó por las escaleras. William abrió la puerta de la calle, y allí estaban. Ulrich y Odd esperando tranquilamente, apoyados en el coche. "Cabrones", pensó el escocés, pero tuvo que sonreír.
—¿No tenéis trabajo? —preguntó a sus amigos.
—La verdad es que no mucho. Me he tomado el día libre —dijo el alemán.
—Yo es que voy cuando quiero, es lo bueno de ser el jefe —añadió Odd—. ¿A dónde se dirige hoy tan bien vestido, señor presidente?
William se tuvo que morder la lengua para no responder "A trabajarme a tu madre", pero se contuvo. Sabía que (en el fondo) no había maldad en sus comentarios. Hizo un saludo militar para seguir la broma antes de meterse en el coche y se puso en marcha. No se le escapó, por los espejos retrovisores, que todos se despedían de él con la mano.
—Ulrich, ¿vamos al río? —preguntó la japonesa. Oyó un portazo a su espalda. Vaya. Sí que se había dado prisa Sissi en encerrarse con Laura.
—Claro —dijo este—, la verdad, hace mucho que no paramos ahí. ¿Llevamos comida?
—No, es solo por andar y hablar un rato…
Ulrich se extrañó un poco. Al fin y al cabo hablaban todos los días. Desde las cosas serias hasta las tonterías que veían por la tele. Pero bueno, no estaba mal aquello. Empezaron a andar y la mano de su esposa de aferró a la suya. Este le correspondió al apretón y bajaron a paso tranquilo. Para un día en el que no tenían gran cosa que hacer, no era plan de darse una prisa que no era necesaria.
—Te noto pensativa —dejó caer Ulrich, tras varios minutos de andar sin decir nada. Estaban llegando al punto ancho del río, el que formaba un pequeño lago en el que se podían bañar con buen tiempo.
—Sí… estaba pensando en que te quiero —respondió la japonesa. Un par de alarmas saltaron en la cabeza del alemán. "Te quiero". Unas palabras que a ambos les costaba decir. Salvo si estaban en un mal momento. ¿Habría hecho algo?
—¿Qué es lo que pasa?
—Contigo nada. De verdad —aclaró rápidamente—. El problema soy yo. Como siempre.
—No digas eso. Tú no eres un problema.
—Bueno. Soy un quebradero de cabeza. Con todo lo que me has aguantado estos años, y… sigo siendo una egoísta…
—¿No estarás pensando en abandonarme de nuevo? —preguntó él. Empezaba a enfadarse y arqueó una ceja.
—¡No! ¡De verdad! —respondió ella.. Estaba asustada. Miró a Ulrich a los ojos—. Pero es sobre aquello de lo que te quería hablar. Cuando me fui para encontrarme.
—Cuéntamelo. Por favor. Si no… no puedo hacer nada por ti…
—Bueno… cuando me fui estaba cansada de hacer de modelo, necesitaba un cambio, y tras mucho pensar llegué a la conclusión de que debería dedicarme a algo más útil, como enseñar a la gente a defenderse —Yumi hablaba muy rápido y se trababa en algunas palabras—. Y estoy muy bien en mi nuevo trabajo, de verdad, pero creo que me falta algo… echo de menos aquellos días. Y de vez en cuando recibo correos la gente con la que he trabajado y me siguen ofreciendo oportunidades. No querría renunciar a ello. Pero a lo que menos quiero renunciar es a ti. Tienes todo el derecho a enfadarte —acabó por fin. Pero Ulrich no decía nada—. Por favor… dime algo.
—¿Has terminado?
—Sí…
—Vale. No quería interrumpirte. Ven.
La guió de la mano y caminó hasta la orilla del rio. Tiró suavemente de ella, quería sentarse. Ella acomodó su posición y Ulrich rodeó con sus piernas las de ella. Luego se dejó caer sobre su espalda, sin hacerle daño, y la envolvió con los brazos. No dijo nada por unos segundos, solo se escuchaba el agua corriendo por entre las rocas. La japonesa sintió un escalofrío cuando los labios de Ulrich se posaron en su mejilla.
—Agradezco que hayas decidido contármelo en vez de huir… —susurró.
—Ulrich…
—Espera. No te estaba riñendo, no era una pulla. De verdad, me gusta que me confíes lo que tienes en mente. Y no voy a enfadarme si me dices que quieres volver a hacer de modelo.
—Pero soy una veleta… tan pronto quiero una cosa como quiero otra…
—Nadie ha dicho que tengas que elegir. Si estás cómoda dando clase, ¿por qué no sigues? Al fin y al cabo, de modelo solo tienes tres sesiones en un mes, cuatro como mucho. Aprovecha para volver a ello si te apetece.
Los labios de Ulrich no se habían movido de posición, y por eso pudo sentir el salado sabor de sus lágrimas. Acarició suavemente a su mujer. Esta vez sí había actuado correctamente. Y no tenía dudas en que iba a dejar que se dedicara a lo que le apeteciera. Ella era libre. Solo quería que contase con él. No dijeron nada más al respecto. No les hacía falta. Simplemente disfrutaron del paisaje como hacía tiempo que no aprovechaban.
William aparcó el coche cuando el GPS anunciaba que había llegado a su destino. Bajó del coche y le sorprendió lo que vio. El edificio de LouVuiture no era especialmente grande. Apenas dos plantas de edificio que casi parecía de cristal. Mucho ventanal, desde lo cual se podía ver el exterior… Pero desde el lado de fuera no se podía ver nada apenas. Bueno, no importaba mucho. Oyó una voz. Alan Allard se acercaba a él. Ambos en sus trajes, y el abogado con el maletín en la mano. Alan era el hijo de Adrien Allard, el abogado de su familia. Alan había seguido los pasos de su padre, del cual era la viva imagen: alto, de complexión robusta, y un cabello negro cortado siempre a la misma longitud. Había heredado el bufete desde el fallecimiento de Adrien, y William no había dudado en seguir contando con ellos. Su cadena de talleres no habría prosperado mucho sin ellos.
—¿Entramos, jefe? —preguntó.
—Vamos. La reunión es en breve. Y no me llames jefe —le recordó William.
—Perdona, jefe —repitió Alan—. Vamos pues. ¿Nervioso? Yo lo estaría.
—No sabemos qué van a ofrecerme, así que ¿para qué ponerme nervioso? —dijo el escocés mientras por dentro se sentía como un flan.
Le llamó la atención lo que se encontraron en el interior del edificio. Había gente trabajando por todas partes. O eso parecía. A William aquello le pareció muchas cosas, pero al final podría resumirlas en una concisa palabra: informal. Las personas que había moviéndose de un lado a otro no iban con ropa de trabajo. Eran todo camisetas, o camisas abiertas, pantalones vaqueros… y si no se equivocaba mucho, el que más pinta de jefe tenía iba con una sudadera gris y gafas de sol.
—Por aquí, por favor —dijo una voz cantarina, y ambos se volvieron—. Necesito que me firmen esto.
—Buenos días, somos… —empezó Alan, pero fue interrumpido por aquella rubia de veinticinco años con el pelo recogido en un moño.
—El señor William Dumbar y su abogado, el señor Alan Allard. No se preocupen, no solemos recibir visitas. Esto me lo firman, por favor —y les tendió dos formularios y dos bolígrafos.
—Ahora entiendo por qué no pude enterarme de esto —susurró Alan a William—. Es un acuerdo de confidencialidad. No podemos contar nada de lo que veamos aquí. Especialmente sobre la forma de vestir del personal.
—¿Lo firmamos?
—Claro.
—¡Señor William! ¡Bienvenido a LouViuture!
Apenas terminó de echar la firma, William se giró. Definitivamente, se encontraba fuera de lugar en aquel sitio con esas ropas. No podía equivocarse, la voz era la misma que le había hablado por teléfono. Zack Zelaya debía ser aquella persona que iba en chanclas, un pantalón pirata que no le cubría ni las rodillas, una camisa hawaiana de colores azul y amarillo, y con una barba que tenía aspecto de no haber sido cuidada nunca.
—Buenos días, señor Zelaya.
—¡No, por favor! ¡Zack! Creo que ya hemos hablado lo suficiente como para no andarnos con formalismos. Venid conmigo, vamos a hablar de negocios y firmamos en seguida.
—No sé quién ha dicho nada de firmar todavía —dijo Alan, un poco molesto. Seguramente porque Zelaya hubiera parecido ignorar su presencia.
—No creo que se niegue con lo que le ofrecemos. Por aquí, caballeros.
Cuando subieron por unas escaleras que conducían a la planta superior, William recibió un mensaje en el teléfono. Era de Carlos. "Le dije a Sam que fueras en chándal". Cabrón. Guardó el teléfono y siguió a Zelaya hasta una pequeña sala de reuniones. Nada ostentoso. Mesa de cristal baja, un sofá para dos, y una silla que ocupó el anfitrión. Algo había en él que a William no le convencía.
Aelita estaba en casa, trabajando en su portátil Había pensado en ir al bar de Lexa, pero aquel día ni ella ni Damien andaban por el pueblo, de modo que se había preparado el café en su casa. Estaba concentrada en escribir una frase para su nuevo libro cuando apareció una ventana emergente. "Llamada entrante de Richard Dupuis". Joder, qué cosa más rara. Pero aceptó la conversación.
—Richard. Qué sorpresa —comentó la chica—. ¿Qué tal te va?
—¿Sorpresa? Pero si me dijiste tú que te llamara —comentó el pelirrojo—. En tu último e-mail.
—¿Mi último correo? ¿El de que todo sigue bien por Villenneé y que no necesitamos nada?
—No, en el que me querías preguntar sobre si te podrías meter en algún lío por publicar un libro en la competencia de tu editorial…
—Oh… ese correo…
Aelita no había enviado un mensaje semejante a Richard. Pero disimulando, con el touchpad entró en la aplicación de correo para saber qué tenía en "Elementos enviados". Y efectivamente, había un correo desde su cuenta que ella no había enviado. Y en el que estaba adjunto su contrato con la editorial.
—Ni me acordaba —mintió con facilidad—. Pero bueno, gracias por llamarme.
—De nada. Lo queme recuerda que no te he felicitado aún por tu novela. Así que… felicidades —dijo escuetamente.
—¿La has leído?
—La he comprado, quiero leerla este mes. Y con respecto a tu pregunta, voy a ser directo. No lo hagas.
—¿Para tanto puede ser? Richard, quiero escribir un libro que la editorial no quiere publicarme, quieren que siga con la narrativa, y… Sinceramente, no es el único estilo al que me interesa dedicarme —le explicó Aelita.
—Lo sé, pero lamentablemente el contrato es bastante específico. No puedes publicar nada con la competencia durante tres años desde la publicación de tu primer libro. Así que lo mejor que puedo aconsejarte es que lo dejes. Puedes escribirlo si quieres, pero no publicarlo. Es más, te han blindado muy bien. No podrías ni emplear un pseudónimo. Como mucho…
—¿Como mucho…?
—Podrías pedir a alguien que se hiciera pasar por el autor de la obra. Pero claro, las implicaciones que tendría eso a nivel de tus derechos sobre la obra, o el reconocimiento de la misma… Es un tema peliagudo.
—Ya entiendo. Gracias, Richard.
—No hay de qué. Te cuelgo, tengo reunión con el ministro de Fomento.
—Adiós.
Apenas colgó la llamada, tecleó "jer" y seleccionó el nombre de su marido de la lista de resultados. Este respondió a los dos segundos.
—Hola, Aelita. ¿Qué tal?
—Pues sorprendida. Acabo de hablar con Richard por un correo que yo no lo he enviado —dijo la chica—. Supongo que no habrás tenido nada que ver, ¿verdad?
Jeremy suspiró antes de hablar.
—Aelita… Lo siento. Sé que tenías muchas ganas de escribir tu tratado, pero no quiero que te metas en líos legales por ello…
—¿Te preocupa el dinero?
—No. No, y lo sabes. El dinero me trae sin cuidado, puedes usar el dinero de tu primera novela como papel higiénico si quieres, de verdad. Simplemente, no quiero que te metas en problemas… Y como no me escuchaste, pensé que tal vez Richard te haría entrar en razón.
—La verdad, me sorprende que hayas recurrido a él. Nunca te ha caído muy bien.
—Bueno, eso no significa que no sea de ayuda —comentó Jeremy—. Se ha portado muy bien con nosotros. Veo que acerté al pedírselo. Al fin y al cabo… te conozco, ¿verdad?
—Sí —admitió ella—. Pero por favor… no vuelvas a hacerlo…
—Estuvo mal, lo sé. Pero solo quería evitarte problemas jurídicos. Te prometo que no leí nada que tuvieras en la bandeja de entrada.
—Te creo. Te veo esta noche para cenar.
—Vale, sé buena.
"Buenísima voy a ser", pensó Aelita, mientras continuaba tecleando. En la pantalla, su documento con el tratado científico. No le importaban mucho las consecuencias en ese momento. Iba a escribirlo sí o sí. Tal vez tuviera que mantenerlo al día durante tres años si no era capaz de publicarlo, pero al menos tendría la base preparada. Y eso si no decidía finalmente mandar a la mierda el contrato y publicarlo con alguna editorial menor.
Nath dormitaba en el sofá. Estaba de descanso aquel día. Durante la jornada anterior, había tenido que ir al atraco de un banco con rehenes. Una de las situaciones más tensas. Pero al final habían solucionado la situación sin derramamiento de sangre. Bueno, el cabecilla del asalto se había llevado un disparo en el hombro, pero no había estado mal.
(corte)
—He visto las noticias. Enhorabuena —dijo David, que había ido de visita.
—Gracias. Pero no ha sido nada —respondió Nath—. Cuando las cosas salen así de bien es cuando el día ha sido bueno… Oye…
—¿Sabes lo que me gustan los tíos de uniforme? —preguntó David. Lo cual no sería un gran problema de no ser porque había pegado su pecho al de Nath y en ese momento tuviera las manos sobre sus nalgas.
—Oye, David… esto está mal —intentó protestar el rubio, aunque le era difícil hablar con los labios del joven en su boca—. ¿Me estás oyendo…?
—Sí… es que tengo mucha curiosidad por el cuerpo del policía —bromeó David mientras dejaba que sus manos explorasen por debajo de la camisa de Nath—. ¿Te vas a resistir mucho más tiempo?
—No debemos… eres el hijo de unas amigas… y te duplico la edad… —suspiró el policía. Los labios de David atacaban su cuello y estaba muy excitado.
—Eso no me importa…
(corte)
Abrió los ojos. Demonios, no debería haber pensado en aquel momento. Ahora tenía una erección, dolorosa por culpa de los pantalones. Se sentía culpable. Al fin y al cabo no era mentira. Él iba a cumplir los cuarenta el año siguiente. Y David era mayor de edad, pero hacía muy poco tiempo. Ya pesar de su alegato ("Seguro que Emily prefiere que su hijo esté con el hombre que la salvó que con algún gilipollas que conozca por ahí"), no podía estar de acuerdo con la situación. Era joven, debía probar y estar con alguien de su edad. Y por su parte, también debía encontrar una persona madura con quien compartir su vida.
—Tal vez no debería haber venido. Nunca he tenido tantos problemas amorosos —pensó mientras se ponía en pie para servirse un café. En ese momento llamaron a la puerta. No con el timbre, sino con golpes. Se apresuró a abrir—. ¡Erika!
—Hola, Nath —saludó ella. Nath no entendía qué necesidad tenía la joven de vestir una camiseta de escote generoso y una falda que… bueno, más bien parecía un cinturón ancho. Sonreía. "¿Por qué está tan buena?"—. ¿Está mi padre?
—¿Dorjan? Sí, está arriba durmiendo. Ha tenido muchas horas de trabajo esta semana.
—Vaya… ¿y Javier?
—Pues él ha salido. Creo que ha bajado a la ciudad.
—Bueno. Eso facilita las cosas… —dijo Erika, y se abalanzó a por Nath. Pero este, previendo sus intenciones, la sujetó por la cintura y con un giro la volvió a depositar en el suelo al otro lado—. ¡Pero bueno! ¿Te parece bonito sujetar así a una chica? —bromeó.
—Cuando pretenden besarme a traición, sí —respondió él—. ¿No te he dicho que está tu padre arriba?
—Pues gemimos bajito —bromeó ella—. ¿En serio vas a rechazarme?
—Tal vez porque soy más mayor que tú —Nath empezaba a cabrearse con la situación. No entendía qué se habían creído aquel par de adolescentes.
—¿Es por eso… o porque David te gusta más? Porque el otro día también te comí la boca y no pusiste tantas pegas…
"Te comí la boca". A Nath no se le podía ocurrir una expresión más fea que esa. Pero notó que se ponía colorado. Efectivamente, unos días atrás se habían enrollado en esa misma habitación, estando solos. Y aunque había estado bien, al final había tenido el mismo sentimiento de asco hacia si mismo. No podía tener nada con esos dos. Por la diferencia de edad, y porque seguramente a sus padres no les agradaría la idea. "Joder, es que si llegara mi hijo y me dijera que tiene un novio de mi edad, yo también me lo tomaría a malas", pensaba.
—Mira, Erika… no sé qué clase de juego os traéis David y tú conmigo, pero esto debe parar.
—¿Por qué? A mi me gustas —dijo ella, sin andarse con rodeos—. ¿No puedo intentar gustarte?
—Cómo coño voy a gustarte… soy demasiado viejo para ti.
—Uy, sí, eres un abuelo —ironizó Erika—. ¿Quieres que llame al asilo para que te den una plaza? Claro que me gustas. Un flechazo. Cuando me recogiste en carretera.
—¿Lo ves? Eso no es amor. Hazme caso, pequeña, te cansarías de mi. Y de paso, dile a David que…
—No pienso decirle nada, lo que tengas con él te lo arreglas tú —dijo la chica—. Pero si lo que te preocupa es la diferencia de edad, podrías hablar con mi padre. O con Emily y Alicia. A ver si te ponen alguna pega —añadió. Su tono de seducción había desaparecido hacía rato. Hablaba muy seria. Casi como una adulta. "Pero no lo es", se dijo Nath—. Aunque te digo una cosa, mis padres me educaron en la libertad. Jamás me pondrían límites si pudiera estar contigo.
—Por favor… creo que es mejor que te vayas —dijo el policía. Parecía más una petición que una orden.
—Me iré —aceptó ella, sabiéndose derrotada en aquel asalto—. Pero no creas que es la última vez que hablamos de esto. Si me vas a dar un "no" definitivo al menos quiero que pienses en ello.
—Erika…
—Que ya me voy. Chao, pescao.
Y salió de la casa. No se molestó en dar un portazo, dejó la puerta abierta y a Nath le tocó ir a cerrar. Joder con la niña. Se sentía en parte halagado. Al parecer despertaba pasiones entre ellos dos, pero en todo caso, no era viable. Cuando volvió a girarse, se topó a Dorjan, que estaba recién despierto.
—¿Con quién hablabas? —preguntó. Nath respiró aliviado. No se había enterado de la conversación.
—Con Aelita —mintió—. Que al parecer el otro día le pisé unas florecillas que estaban creciendo en su jardín…
—No me lo creo, pero… —Dorjan bostezó—, estoy demasiado cansado… ¿hay café?
—En la nevera, una botella llena —respondió Nath. De momento estaba a salvo. Pero debía hablar de la situación con alguien. Y aunque sabía con quién, el tema era demasiado delicado.
—Bueno, señor William. Cuando quiera, puede firmar. Y le cedo mi bolígrafo.
Zack había dedicado un largo rato a explicarles los detalles el contrato. Alan no hizo ningún comentario mientras se limita a escuchar, y al menos, a parecer poco impresionado. A William le costaba algo más controlar sus emociones, pero Zack no empleaba un lenguaje complicado. Al contrario. Era tan claro y tan abierto que aquello le parecía rarísimo. Alguna trampa debía haber en algún sitio.
Y de pronto, tenía la hoja delante de él. Con un número con varios ceros. Recordó lo que había hablado previamente con Alan. Las ofertas tan generosas eran para desconfiar. Y más en aquella situación. No dijo nada, y dejó que su abogado intercediera.
—Señor Zelaya… —dijo Alan mientras terminaba de leer el contrato de compraventa—, noto una irregularidad. Aquí en el documento viene la firma de Jean Huerta, el propietario de LouVoiture. Pero en "representante legal" aparece el nombre de Julio Huerta, en lugar de su nombre…
Zack suspiró. Del bolsillo trasero del pantalón extrajo una cartera negra, decorada con los botones de una consola NES, y les mostró un carné.
—Jean Huerta es mi padre. Lo de Zack Zelaya se me ocurrió de cara al público. Sí, soy su hijo, y el abogado de toda la empresa. Simplemente no me gusta dar mi nombre real. En algunos casos, intimida bastante —explicó—. Pero obviamente, no puedo utilizar mi pseudónimo en los documentos de tal categoría. Les explico todo esto porque, evidentemente, cuento con la firma de William.
Alan miró a William.
—Pues no hay trama, Will. Puedes firmar sin miedo alguno —aseguró—. Todo lo que ha dicho coincide con este pestiño legal… Ha hecho un gran trabajo, Zelaya.
—Zack, por favor —respondió este—. Odio las formalidades. La idea de que la gente viniera a trabajar en plan casual fue mia. Y papá me escuchó y ahora la gente es más productiva que antes. Como cuando le propuse la compra de su taller —añadió, mirando a William—. Entonces, ¿hay trato?
William pulsó el botón del bolígrafo. Salió la punta del mismo, a punto para garabatear su firma. Probó en la esquina a poner una pequeña "x". Tenía tinta. Puso la mano en el hueco reservado. Estaba a un garabato de tener más dinero del que iba a poder gastar en una vida. Esa vida que compartía con Laura. Que tanto le había apoyado con aquello, y que no había querido interponerse. Suspiró. Apoyó el bolígrafo.
—Lo siento —dijo, dejándolo caer, y se levantó—. Creo que tengo que pensarlo. Alan, vámonos.
Aquello había pillado de imprevisto a ambos. Pero William se movió con tanta rapidez que tardó un poco en reaccionar y seguirles, dejando a Zack Zelaya completamente sorprendido. Era la primera vez que alguien a quien ofrecía algo tan generoso lo rechazaba. Y no llegaba a entender el motivo.
Miró el contrato y lo rasgó varias veces. Joder. ¿Qué había ido mal?
¡Buenas a todos! Qué ritmo más malo de actualización llevo, lo se. Pero mi tiempo de ocio se ha vuelto a ver recortado en estos días. Al menos he podido actualizar un nuevo capítulo de "La villa", la cual está a punto de terminar ;) Pero sin miedos, que tengo dos proyectos en mente, como (creo que) ya os dije.
Moon-9215: Están en ello lo pobrecitos. Lo malo es que Sissi cometió un error muy grande y se llevó una "sorpresa" inesperada :(
Bueno. Espero actualizar pronto. El especial capítulo 100 de "Code:Lemon", que espero que os guste ;) Y hasta entonces, lemmon rules!
