Capítulo 24: Broncas y arreglos

—Buenos días…

—Buenos días —dijo la voz seca de Laura.

Sin decir otra palabra más a su marido, se terminó de servir el café y se sentó en el sofá. William no era idiota. En el asiento individual no se podía poner a su lado y llevaba días evitando hablar con él. Pero la situación empezaba a agotarle. Más bien, a tocarle los huevos. Y no podía esperar un día más sin hablar con ella. De modo que llenó su taza y se sentó frente a ella. Pero Laura parecía demasiado ocupada leyendo Twitter como para mirarle.

—¿Vas a seguir respondiendo solo cuando yo te hable? —preguntó el escocés—. Porque no me parece la forma más sana de llevar nuestro matrimonio.

—Lo siento, sabes que llevo unos días muy estresantes en el trabajo —respondió la rubia, con su tono distante.

—¿Y no es demasiada casualidad que tengas tanto trabajo que hacer desde el día que rechacé aquella millonada? —ironizó William.

—Cómo es la vida… —dijo ella. Intentaba no entrar en sus provocaciones, porque sabía que si lo hacía iban a estallar ambos. Y no le apetecía. Aunque en el fondo era consciente de que no hacía más que retrasar lo inevitable. Y le dolía.

—Ya veo… pues nada, que te lo pases bien en la oficina —dijo William poniéndose en pie.

—¿Vas a volver a follar con Aelita esta noche?

—Fue Sam la que me invitó, Aelita se presentó por sorpresa. Y para dos que me tocan estas noches, no voy a rechazarlo.

Laura golpeó la mesa con la taza. Al final lo había hecho. La puyita.

—¡A lo mejor tengo que entender qué tienes en la cabeza antes de volver a tocarte! —estalló—. Te pasaste días dándole vueltas, hablamos sobre lo que debías hacer. ¡Incluso estábamos haciendo planes! Y de pronto me entero de que abandonas la reunión tirando por la borda. ¿Y me tiene que parecer bien que de pronto tomes esa decisión por tu cuenta? "No, cariño, esto nos incumbe a ambos y debemos decidir juntos". ¡Y una mierda! ¡Pero si pensabas hacer eso no haberme implicado tanto!

William dejó la taza sobre la mesa y se apoyó en la pared antes de responder. Bueno, ni tan mal. Por lo menos había escuchado la verdad sin tapujos. Lo que no significara que le gustaba lo que oía, pero eso era un problema menor. Miró a su mujer.

—Vale. Puede que la haya cagado. Pero en aquel momento no lo vi claro —declaró él—. ¿Sabes? Me parece gracioso. No me has preguntado ni una vez qué me pasó allí. Parece que sólo le has dado la importancia al dinero…

—¡Escupo sobre el dinero! ¿Que podríamos no preocuparnos en la vida si hubieras firmado? ¡Claro! ¿Quién no querría eso? ¡Pero actúas por tu cuenta después de lo que habíamos acordado hacer! ¿Qué pasa, te insultó o algo?

—Más o menos… Noté cierto deje de condescendencia en ese niñato —admitió William—. Sus formas de moverse, de expresarse… No me cayó simpático. Y dejar todo lo que he creado durante estos años en esas manos me jodía demasiado. Preferiría seguir como estamos.

—¿Y fue solo por eso? ¿No hubo nada más?

—¿Qué otra cosa podría haber? —dijo él, sin entender.

—No lo sé, William Te mentiría si dijera que entiendo algo de lo que has hecho. De verdad. Me tienes perdida.

Y en ese momento ella fue consciente de que se había puesto de pie. Supuso que sería cuando había estallado de rabia.

—Lo siento… —dijo de pronto.

—¿El qué?

—Mi comportamiento… No ha estado bien en ningún punto. Te he gritado cuando tú has mantenido la calma, pero…

—Y yo estuve meses sin darme cuenta de lo mal que te sentías por haber perdido el empleo. Sin entender que no te gustaba considerarte una mantenida —le recordó él—. Y no es la primera vez que nos ocurre algo así, ¿verdad?

Laura suspiró. Sí, su marido tenía razón. Sus comportamientos habían chocado en más de una ocasión en los años anteriores. Pese a todo, ambos se amaban de un modo irracional. No concebían la idea de perderse mutuamente. Y de vez en cuando necesitaban tomarse un momento para entender en qué punto estaban.

—Vas a venir conmigo —dijo William, sin levantar el tono.

—¿A dónde? —preguntó ella.

—A la próxima reunión con LouVoiture. Voy a hablar con Alan. Que preparen un nuevo acuerdo —le dijo—. Pero yo no voy a decirle nada. Quiero que hables tú con él. Dile lo que piensas, lo que quieres. Y sobre eso negociaremos.

—Pero, ¿crees que van a querer negociar? ¿Después de lo que hiciste?

—Cuento con ello. Pese a todo lo que ha pasado. Si tan interesando estaba, seguro que podemos seguir negociando.

—No se yo…

—Ven aquí —dijo William, aunque fue el primero en acercarse a ella. Laura no se movió. Le dejó acercarse con más—. No podemos dejar que cada vez que discutamos nos dejemos de hablar…

—Lo sé… lo siento pero… —y en ese momento los labios de William se encontraron con los suyos—. Oye, que te estoy hablando…

—¿Ahora te apetece? —bromeó el escocés.

—No me seas… —recibió otro beso—. Oye, William… que me tengo que… —otro beso más—, ir a trabajar.

—De eso nada.

En peor estado de ánimo se encontraba Aelita en ese momento. Había ido al bar de Lexa, aunque aquel día no lo regentaba ella, sino Damien. No le tenía bien pillado el punto al café como a ella le gustaba, pero era el menor de sus problemas teniendo en cuenta que el origen de todos sus males era la bandeja de entrada de su e-mail Empezaba a teclear pulsando con demasiada fuerza cada una de las teclas.

—Vas a hacer el teclado reversible —bromeó alguien.

—Que seas el mejor amigo de Odd no te da el derecho a hacer sus chistes —le recordó la pelirrosa.

Ulrich se sentó a su lado. Damien se acercó rápido con un café para el chico, y a este le sorprendió. Pero se fijó en un papel que llevaba este en la mano y supuso que Lexa le había escrito las preferencias de cada uno. Muy eficiente. La única "pega" que parecía tener era su laxo sentido de la decencia. Pero no había ido allí a hablar de eso.

—¿No tienes que trabajar hoy? —preguntó Aelita, extrañada.

—He decidido que no. Se me hace muy cuesta arriba la semana laboral de cinco días. Así que he decidido hacerla de cuatro, que para algo soy el jefe —bromeó Ulrich.

—La verdad, no sé por qué te molestas en seguir trabajando… ¿no tienes suficientes beneficios con la clínica?

—Pues sí, pero así me mantengo ocupado y me siento útil —comentó el alemán—. ¿Y tú? ¿El medio millón te parece poco y quieres alcanzar las siete cifras con un segundo libro? —bromeó.

—Me encantaría. No por el dinero. Me alegra que mi obra, guste, pero…

—¿Pero?

—Pero no hay forma de publicar lo que yo quiero. Me apetece hacer algo más importante, del tipo publicación científica. Pero mi editorial no quiere. Y lo peor… las demás tampoco.

Giró el portátil para permitir a Ulrich leer el contenido de los correos. Este asomó la cabeza. Había varios correos en la bandeja de entrada de Aelita. Pero por lo que pudo ver, todos seguían más o menos el mismo texto.

"Buenos días,

en respuesta a su propuesta, lamentamos informarle que nos es imposible admitir su publicación.

Por su acaso Vd. no lo conoce, actualmente existe un acuerdo de confidencialidad entre usted y su actual editorial, lo cual nos impide aceptar que un texto bajo su firma se publique bajo nuestro sello, por las implicaciones legales que podrían acaecernos a nosotros y también a Vd.

No deseamos entrar en conflictos legales de esta índole. Sin embargo, una vez expire el periodo de confidencialidad que actualmente debe cumplir, desea publicar con nosotros nuevamente, estaremos encantados de recibir su manuscrito y valorar su llevada a la imprenta y distribución.

Un cordial saludo".

—Ja, ja, ja —rió Ulrich—. Perdón, no es por ti. Es que…

Le mostró uno de los mensajes, y Aelita se fijó en un detalle que no había reparado antes. Cerraba con "Un cordial salido". No pudo evitar soltar una carcajada, pese a lo enfadada que estaba. Al menos le servía como respiro. Pero eso no solucionaba su problema. Seguía atada. Y para seguir escribiendo debería ceder a la petición de su editorial actual, o limitarse a esperar a que pasara el tiempo y poder buscar algún sitio que aceptase su colaboración. Pero ninguno de los dos platos era de su agrado. ¿Por qué no podía tener más libertad?

—En fin. Algo tendré que hacer con esto. Me jode mucho que me hayan coartado las alas… ¿Y si dejo de escribir?

—Voy a hacer una pregunta absurda, pero ¿tu acuerdo prohíbe que puedas tener un blog?

—¿Un blog? ¿La gente aún tiene blogs? —bromeó la pelirrosa.

—A mi me gusta leerlos. Me resulta más sencillo que "tochos" como los que tú escribes. Sin ofender —aclaró Ulrich—. Y sí, todavía hoy tienen su público. ¿Por qué no le das a la editorial lo que quiere y publicas lo que a ti te gusta en Internet? Si no es por el dinero…

En aquello no había pensado la pelirrosa. Claro que la publicación en internet… el riesgo de plagio era muy alto. ¿Y si publicaba una idea muy buena que…? Pero en seguida asfixió ese pensamiento. Ni siquiera tenía claro que alguien fuese a leer su blog. Y vale que el dinero no le interesaba, pero… si plasmaba las ideas en un texto la intención era que la gente lo leyese. Y si no tenía público se podía sentir mal. Pero claro, la novela había triunfado. ¿Y si a la gente le importaba un comino lo que pudiese divulgar de ciencia?

—Bueno. Pensaré en lo que me has dicho. Y, por si acaso, preguntaré al abogado —dijo Aelita. Y en su cabeza resonó la voz de Odd diciendo "El que tengo aquí colgado"—. ¿Te tienes que marchar? —preguntó Aelita.

—He recordado que debo ir a la compra. Pero no te preocupes, a este café invito yo —dijo el alemán—. ¿Os venís esta noche Jeremy y tú a cenar a casa?

—¿A "cenar"? —inquirió ella.

—Y lo que surja —añadió él, y le guiñó el ojo.

Jadeando, Laura y William terminaron el acto. Ella se dejó caer sobre el cuerpo de su marido. Aquello les había venido bien. Se dejó atrapar por los brazos de William y se acurrucó contra su pecho. El tacto de sus dedos acariciando en su espalda actuaba como un relajante. Pero en ese momento la plácida situación fue rota por una llamada en el teléfono de Laura.

—¿Enith? —preguntó con voz alarmada—. Perdona, es que… sí, me dormí… Un problema con el despertador… no te preocupes, estaré ahí lo antes posible… hasta luego… ¡Joder! Nunca pensé en llegar tarde al trabajo…

—¿Te ha regañado? —preguntó el escocés, sintiéndose un poco culpable mientras veía a Laura ponerse en pie. Pero qué culito tenía…

—Es difícil saberlo con ese tono de voz que tiene… te juro que no entiendo qué le pasa, pero bueno —dijo la chica mientras se abrochaba el sujetador—. Nos vemos por la noche —dijo mientras se subía la falda.

—Vale, cariño. Te quiero —le dijo el chico.

—Y yo a ti —respondió ella y se agachó a darle un beso mientras se aprovechaba la camisa. Como todo lo del trabajo lo llevaba siempre en el coche solo tenía que tomar la llave y marcharse. Y aunque le molestaba llegar tarde al trabajo, por lo menos había podido arreglarse con William. Esa noche podrían retomar la conversación con calma.

Por su parte, Emily no entendía que hacía allí. Una vez más había conducido a aquel sitio. Y por primera vez, en una sala privada. Miraba hacia la mesa, esperando que él llegase. Y no tardó mucho. Edmond volvía a estar ahí. Pensó por un momento en el mito de las cárceles, pero desde luego en su caso no lo notaba mucho. Se había curado de sus heridas, al parecer y no se le veía demasiado delgado. Este no parecía estar ni sorprendido por verla allí. Se sentó, y Emily no dijo nada hasta que salió el celador. Estaban completamente solos. Y no empezaron a hablar de inmediato.

—Si el silencio va a durar mucho rato más, puedo irme. Tengo una partida de mus a medias —dijo el hombre.

—¿Qué es lo que pasa contigo? —preguntó Emily—. Cada vez que vengo a hablar contigo me vuelvo a casa sin saber qué me ocurre.

—No se a qué te refieres.

—Llevo semanas soñando contigo —confesó la chica—. Y no entiendo por qué. Si solo me tuviste retenida…

—Y yo me he dado cuenta de una cosa, Emily. Eres buena. Y cuando digo "buena", quiero decir "imbécil". Me di cuenta en seguida. Ese modo en el que me hablabas durante el tiempo que te tuve encerrada… Y el hecho de que te hayas preocupado lo suficiente como para venir a verme me lo termina de confirmar.

—¿Por qué? ¿Por qué eres así? —preguntó Emily. Pero en el fondo lo que pensaba era "¿Por qué? ¿Por qué siento estas cosas por un malnacido como tú?". Si lo expresaba en voz alta estaría vendida. Aunque pensándolo bien, ya lo hacía presentándose allí sin ninguna razón. Y lo que era peor: Edmond lo sabía.

Y de pronto él se echó hacia adelante, y sin que ella fuera consciente, recibió un beso de aquellos labios. Un beso firme, que a punto estuvo de perder el sentido. Se sentía demasiado bien. Tenía el impulso de quitarse la ropa en ese momento y dejarse llevar por el momento, alcanzar el clímax con aquel hombre.

Pero de pronto se apartó. En su mente se había aparecido una imagen. El matrimonio de Sissi, que llevaba tanto tiempo destrozado por culpa de aquel hombre. Los periódicos, que se habían hecho eco de la cantidad de mujeres que habían sido embarazadas en los últimos meses por alguien que no daba la cara. Y por supuesto, las cartas anónimas que había recibido Samantha en los últimos tiempos. Todo eso era lo que representaba Edmond.

—¿Sabes? Al menos no voy a quedarme con la curiosidad —dijo la chica—. Eres un gran besador.

—Gracias —respondió él—. ¿Quieres otro?

Y en ese momento, le abofeteó. La puerta se abrió. El carcelero no podía permitir que Edmond fuera agredido, pero este levantó la mano tranquilamente. Sabía que se lo había buscado.

—Eres un cabrón. Ahora lo veo claro —Emily se sentía liberada de una venda que le habían puesto en los ojos sin darse cuenta—. No se qué coño pude ver en ti. Solo has traído desgracia a las personas a las que te has ido acercando. Ah, y leo las noticias. Tu empresa va mejor ahora que no estás al frente.

—Eso duele —respondió Edmond, suavemente—. Supongo que será la última vez que te vea.

—Sin duda. No mereces compasión. Vas a terminar aquí tus días.

—Bueno. Eso dependerá de mis abogados —dijo él, con una sonrisa—. Por mal que me haya portado, tengo derecho a una defensa. Y voy a hacer lo que pueda por salir de este agujero.

—Y yo haré lo posible porque no sea así —respondió la chica, y sin decir una palabra más, salió de allí rápidamente.

Atravesó los pasillos hasta que llegó a la calle, donde el aire fresco permitió un respiro a su mente. Se recriminó el haber sido tan idiota. Miró por última vez al centro penitenciario, y lamentó haber ido en coche. Con lo bien que le sentaría andar en ese momento. Pero no le apetecía tener que regresar a por su vehículo, así que con resignación montó, arrancó el motor y se puso en marcha.

Bajó ligeramente la ventanilla y mientras disfrutaba de la brisilla que entraba, se puso el móvil sobre la pierna. Iba a poca velocidad. Sabía que no estaba bien, pero en ese momento la ley le importaba menos que su conciencia. Buscó rápidamente el teléfono del trabajo.

—Hola, soy Emily LeDuc… Sí, no me encuentro bien. Salí a tomarme el descanso y me duele mucho la cabeza. Voy a ir a casa a echarme un rato. Por supuesto, muchas gracias. Hasta luego.

Colgó y dejó que el teléfono cayera al asiento mientras aumentaba ligeramente la velocidad. Tenía que volver a Villenneé. Bueno. Y tenía que saber cuál era la mejor forma de confesarle a Alicia lo que había hecho. No iba a ser fácil. Y sentía que no era la única persona a la que había traicionado. "Joder… controla las lágrimas… ya habrá tiempo para llorar", pensó para sus adentros mientras se dirigía a la primera salida que debía tomar. ¿En qué momento un pueblo perdido a tomar por culo de la civilización les había parecido una buena idea? Qué bromas más macabras les hacía a veces el destino.

—¡Hola, Erika! ¿A donde vas?

—A dar una vuelta —dijo ella, y le dio un beso en la mejilla a Dorjan—. ¿Vas a ver a papá, papi?

—Sí, me ha dicho que quería hablar. Supongo que antes o después había que hacerlo.

—Espero que lo arregléis, de verdad. Prométeme que no vas a enfadarte mucho.

—Te lo prometo —dijo él, con sinceridad. No podía hacerlo, no después de su desliz. Sería cuanto menos irónico.

Se despidieron y Dorjan continuó subiendo la maldita cuesta hacia la casa que había compartido tantos meses con Odd. Habían sido felices, al fin y al cabo. Ese y los años anteriores. Y aunque tenía su idea de cómo iba a acabar aquello, tenían que hablar seriamente y dejar las cosas claras. Había visto al pobre Javier destrozado y lo que menos le apetecía era que pasaran por ello.

Llamó a la puerta de Odd, quien parecía estar preparado para recibirle. Había abierto la puerta antes de que llamase al timbre. Se sonrieron tímidamente, y Odd le dejó entrar. No dijeron ni una palabra hasta que no estuvieron sentados. Tuvieron que hacerlo dos veces, porque estar en dos sillas frente a frente les parecía demasiado frívolo, así que se acomodaron en el sofá.

—Odd. Estoy harto de esto —Dorjan decidió hablar sin evasivas—. No se qué habrás pensado durante este tiempo, pero eres mi marido. Me has dado los mejores años. Y te lo agradezco mucho.

—Tu también me has hecho feliz. Y siento muchísimo lo que hice. Creo que sabes que no quería herirte, aunque haya sido ese el resultado. Si pudiera volver atrás en el tiempo lo evitaría, de verdad… Fui un idiota.

Hemos sido idiotas, Odd —le corrigió el otro—. Escucha, no puedo culparte por lo que hiciste. No del todo, porque… No sé qué me pasó, pero… Joder, esto es difícil…

—Sé lo que hiciste con Lexa.

Dorjan no respondió de inmediato. Obviamente no se esperaba aquella salida de Odd. Se le pasaron por la cabeza muchos escenarios. Tal vez ella se lo hubiera contado. Y si lo había hecho, ¿le habría culpado a él? ¿Pensaría ahora su marido que era un cerdo por haberse comportado así?

—Si te la ibas a tirar, deberías haber elegido un sitio que no se viera desde nuestro dormitorio —comentó Odd, muy despacio. Sabía las dudas que estaban cruzando la mente de su marido—. Sí que te gustó para marcaros un bis.

—Odd, yo…

—No te estoy echando nada en cara —interrumpió el rubio—. Te la has tirado, y yo me la tiré también. Yo caí en una tentación absurda, y… no se si lo tuyo ha sido venganza o qué, pero el resultado ha sido el mismo. No somos tan diferentes, ¿verdad?

—No se lo que quieres decirme con eso. ¿Que no podemos estar juntos porque tenemos las mismas tentaciones?

—Que creo que podemos estar juntos si admitimos nuestros errores y nos perdonamos.

Eso era lo que Dorjan quería. Pero en ese momento recibió un mensaje en el teléfono. Lo sintió vibrar. Y entonces recordó aquello que había leído por error. También tenía que aclarar aquello, o su relación con Odd no podría volver a ser sana.

—Vi tu mensaje. El que querías enviar a Ulrich pero me llegó a mi. Sobre que podríamos tener una relación a tres con Lexa.

—Ah… eso… —Odd se sintió un poco avergonzado—. Fue una gilipollez que se me pasó por la cabeza.

—¿Tan raro sería? —preguntó Dorjan.

—No lo estarás diciendo en serio. Ella es mi hermana…

—¿Y la ves como tal? ¿Sientes ese tipo de vínculo con ella?

Odd no respondió de inmediato. No. La verdad era que de la hermana que había tenido una vez ya quedaba poco. Al contrario, era Lexa quien realmente existía. Como si fuera otra persona distinta, que le despertaba la simpatía… y con quien, por alguna razón, se había entendido muy bien en las artes sexuales.

—No he dicho que nos vayamos a casar con ella, ni nada por el estilo —aclaró Dorjan—. Lo que digo es que, bueno. Si ambos lo pasamos bien con ella, y lo aceptamos los dos, no habría nada de malo. Es como lo que tenemos con nuestros amigos, pero para nosotros tres.

—No creo que Lexa acepte algo así. Tal vez pedírselo implique tener que renunciar al acuerdo —le recordó Odd—. Pero no sé por qué estamos pensando en estas posibilidades cuando ni siquiera se lo hemos planteado. Y no me apetece hacerlo ahora mismo. Lo que quiero saber es qué va a pasar con nosotros.

Dorjan le tendió una mano. Odd la tomó suavemente. Se quedaron un rato mirándose, sin decir nada. Sus cuerpos, lentamente, se echaron hacia adelante y se dieron un suave beso. Dorjan apoyó la cabeza sobre el hombro de su marido y este le correspondió. En el fondo no sabían vivir el uno sin el otro. No tenían que expresarlo en voz alta ya. Sabían que estaban juntos de nuevo.

Solo les quedaba por arreglar la situación con una persona de cabellera rubia.


¡Hola a todos! Poco a poco van terminando las tramas, aunque aún quedan 3 capítulos para el cierre definitivo de "La villa". Ha sido un viaje largo pero toca ir cerrando y abrir otros ;)

Shinemoon: ¡Muchas gracias por tu comentario! Y efectivamente, metí la pata en el último capítulo, del cual ya subí la versión corregida (con los créditos correspondientes por el aviso ;)

Moon-9215: Era la idea que tenía, la pobre ha sufrido lo suficiente como para que su hija llegase a darle palos :)

Pues nada, voy a seguir escribiendo. Nos seguimos leyendo por estos lares. Lemmon rules!