Capítulo 25: Corrigiendo el cauce del río

¡Flash! Yumi se veía de vuelta en las sesiones de fotos. Algo pequeño, para empezar. No había sido fácil negociar su vuelta. Al fin y al cabo, en su huida a Japón había dejado varias sesiones apalabradas sin atender. Pero al fin y al cabo, trabajaba bien y les gustaba contar con ella. Aunque la situación no era nada del otro mundo. Poco a poco se acercaba la época estival y debía vestir atuendos ligeros. Un chaleco vaquero con unos pantalones a juego, y una serie de diferentes camisetas. Blancas y amplias de tela, otras oscuras más ajustadas… Y unas botas de pelo sintético. Tenía como norma no vestir con nada que fuera de origen animal, por contrato. Y hacía tiempo había marcado otra cláusula en la que se debía especificar en la publicación que no empleaban ese tipo de ropajes.

—¿Puedes hacer que te caiga el chaleco por el hombro? —preguntó el fotógrafo. No le conocía mucho, sabía que era uno de los muchos que trabajaban para la revista, y para otras tantas publicaciones. Un freelance pero que, por la experiencia que ella tenía, sabía hacer su trabajo—. Ahí, perfecto… De espaldas y mirando a cámara… Muy bien…

"No sé cómo se me ocurrió renunciar a esto", pensaba la chica. Se sentía muy bien en ese momento. El sonido del flash de la cámara era casi un relajante natural para ella. Se movió con plena naturalidad, conocía cada pose. Casi lo tomaba como una coreografía. Casi lamentó escuchar el "Ya hemos terminado".

—Bueno, voy a llevar las fotos a revelar… Creo que nos han programado otra sesión para dentro de dos semanas, ¿no? —preguntó el hombre. ¿Adan? ¿Allan? Definitivamente no recordaba su nombre.

—Creo que sí —dijo ella, consultando su agenda—. Aunque al final ha sido rápido esto… Me habían citado para dos horas pero no hemos tardado tanto…

—Ah, me dijo la señorita Nivela que quería hablar contigo —comentó el fotógrafo, que estaba comprobando el trabajo en la cámara. ¿Andy? Joder, ya no podía preguntarlo sin quedar mal con él—. Dijo que cuando terminásemos subieras a verla.

—De acuerdo —dijo Yumi, que se había ido detrás del biombo para cambiarse de ropa. Su atuendo de color negro por excelencia, su seña de identidad—. ¿Sabes si estaba de buen humor?

La pregunta de Yumi tenía su raíz en lo poco que había tratado con Noa Nivela. Por lo que sabía, la gente que trabajaba con ella sentía… pánico por sus apariciones. De hecho, la primera vez que trató con ella, había tenido una impresión terrible. Claro que comentarios del tipo "¿Tú eres de las que van a vomitar después de comer?" o "Podríamos ponerte para una revista de cocina haciendo sushi" no ayudaban mucho. El problema era que el mundo funcionaba así: la dirección de aquella mujer repercutía positivamente en los ingresos que recibía la revista, por tanto, tenía carta blanca para exigir que los demás besaran el suelo por donde pisaba. Sólo se podía trabajar allí a gusto cuando ella no estaba delante, algo que afortunadamente ocurría con frecuencia. Solo de vez en cuando descendía de la torre a ver qué hacían los vasallos.

—Pues el becario se ha confundido y le ha subido un moca en lugar de un capuccino…

—Pobrecillo. ¿Está en la calle?

—No, se ha ido a casa a cambiarse de ropa. Al parecer le ha caído el moca encima… Nadie se atreve a confirmar que ella se lo haya tirado. Al menos no le ha despedido.

—En este caso no sé si eso es una buena noticia —respondió la japonesa mientras terminaba de calzarse—. Me voy para arriba, entonces. Ave, Caesar, morituri te salutant.

Ave, centuriona —respondió… ¡Ander! Coño, por fin recordaba su nombre.

Yumi se encaminó al ascensor y pulsó el botón de la penúltima planta. Toda entera reservada para ella. Cuando le entró la curiosidad de por qué la penúltima y no la más alta, explicaron que el techo tenía alguna fuga de agua y no quería arriesgarse a que una gotera le arruinase su pequeño palacio. Con la asquerosa sensación de cordero que se acerca al matadero subió en silencio hasta aquel sitio.

La señorita Nivela se encontraba en la sala, un amplio espacio con el suelo enmoquetado en morado, teclando en un Mac situado en una mesa de caoba negra, ignorando su llegada. O eso parecía.

—Adelante, Ishiyama. No quiero levantar mucho la voz, así que acércate…

—Buenos días, seño...

—Te presento a Lydia, mi hija —dijo la mujer sin apartar la vista de pantalla.

Yumi miró alrededor, y se llevó un susto cuando, de pronto, apareció a su espalda una chiquilla que no levantaba más de un metro sesenta del suelo. Era parecida a su madre, pero con al menos veinte años menos. Salvo por los ojos, que estaban más llenos de vida que la mirada de su madre, perdidos en la pantalla.

—Encantada —dijo Yumi, tendiéndole la mano, pero la joven fue más veloz y le dio sendos besos en las mejillas—. Bueno, vale…

—Tenéis la mesa de allí libre —dijo la jefa, señalando una pequeña mesa al otro lado de la habitación. Yumi sintió algo de compasión por la chiquitaja, aunque tenía pinta de importarle bien poco aquel trato.

—Un placer conocerte —dijo Lydia cuando se sentaron. No levantaba mucho la voz. Obviamente su madre no toleraría las voces altas—. He visto tu trabajo con nosotros, y me encanta. Posas muy bien, y eres muy guapa.

—Gracias —respondió la japonesa, sonrojándose un poco—. No sé para qué me habéis llamado, la verdad.

—Bueno, he revisado tu historial. Al parecer alegaste "desgana con el trabajo" cuando te marchaste, que pensabas que podías hacer algo más y no sabías qué, ¿verdad?

—Sí, así es…

—Bien, pues yo quiero arreglar eso. Estabas trabajando como profesora de defensa personal, ¿verdad?

—Sí —respondió Yumi. Se preguntó cómo lo sabía, y luego se recordó que ella misma había dado aquella información cuando empezó a gestionar el hacer más sesiones de fotos.

—Maravilloso. Pues si te parece, quiero hacerte una entrevista. Quiero que compartas tus conocimientos con nuestros lectores. Por supuesto, esto se paga aparte. ¿Te parecería bien?

—¡Eso sería genial! —dijo Yumi—. Pero no sabía esto, y no tengo nada preparado…

—No te preocupes —dijo Lydia, sacando el móvil del bolsillo. Activó la grabadora, y de debajo de su asiento sacó una serie de tarjetas—. Me gusta más la espontaneidad, así que vamos a empezar.

Yumi sonrió. Estaba bien no ser solo una cara o un cuerpo bonito. Y las preguntas de Lydia no se acercaron en ningún momento a algo tan banal como consejos de belleza. Le interesaba la salud, y ahí podía dar varias instrucciones útiles. Disfrutó aquella experiencia más incluso que el posado. Si podía mantener así su modo de vida sería perfecto.

Aelita había ido a ver a Jeremy al trabajo, con la idea de desayunar con él. No lo hacía con frecuencia, pero le veía bien salir de Villenneé de vez en cuando con alguna excusa. Y ninguna mejor que estar con su marido un rato. Casi echaba de menos la época en la que trabajaban juntos. Especialmente desde que sus ideas para la escritura habían sido truncadas por la burocracia.

—¿Seguimos en plan con nuestra idea? —preguntó Jeremy antes de dar un bocado a la tostada—. Es una inversión bastante alta…

—Es una inversión en salud —le recordó Aelita—. Lo necesitamos. Y además William y Laura querían ayudarnos también. Todo depende de cómo les vaya la firma…

—Me sorprende que haya tenido la oportunidad de hacerlo. Espero que esta vez se lo tome con más calma.

—Podemos invitarlos a cenar la noche anterior, para que se relajen —bromeó la pelirrosa.

—Tenemos demasiados eufemismos para el sex… —empezó Jeremy, pero fue interrumpido por el teléfono de Aelita, que estaba sobre la mesa. Y hubiera seguido hablando de no ser por el nombre que pudo leer del revés en la pantalla: Colette. La editora de Aelita. Esta le dio un lento trago a su zumo antes de responder.

—¿Diga? —preguntó, como si no hubiera mirado la pantalla.

—Hola, Aelita, soy Colette. ¿Te pillo ocupada?

—Un poco —mintió esta—. ¿Ha ocurrido algo?

—Bueno, tengo buenas noticias para ti. Eso creo, al menos —dijo la editora.

—Soy toda oídos… —respondió la pelirrosa, en tono cansino.

—Lo he conseguido.

—¿Qué has conseguido?

—El permiso. Vas a poder publicar el tratado científico.

Aquella frase desarmó a Aelita. Eso no podía ser. La editorial no permitiría algo así, se lo había dejado claro. Puso el altavoz para permitir a su marido escuchar la conversación, ya que no se estaba enterando de nada.

—¿Cómo es eso?

—Bueno… la verdad es que andaban muy enfadados contigo —narró Colette—. Nos han llegado muchas consultas sobre tu acuerdo de confidencialidad. No deberías haber actuado a mis espaldas. Sin embargo —añadió, antes de que Aelita pudiera interrumpirla—, empecé a buscar por internet por si había extractos de tu trabajo cuando estabas de científica. Y se lo mostré a mis superiores. Quedaron bastante impresionados por las respuestas que había hacia tus publicaciones. Así que quieren darte una oportunidad de publicar tu tratado de ciencias.

—¡Eso es genial! —exclamó Aelita—. ¡Muchas gracias, yo…!

—Espera, que no he terminado. Quieren el tratado. Pero también debes continuar con la narrativa. Ese es el trato: las dos obras, o ninguna. Y —enfatizó—, piensan mantener la confidencialidad sí o sí. Es decir, que más vale que no sigamos recibiendo llamadas de editoriales pidiendo acuerdos para publicar tu trabajo.

—Lo siento. De verdad, estaba ofuscada, pero…

—Que no se repita —advirtió Colette—. Han tolerado esto porque tu trabajo es bueno y se vende bien. Si no, ahora mismo tendrías que estar llamando a tus abogados.

—Entendido —dijo Aelita, que sabía que no debía intentar excusarse más. La mujer iba a ignorarlo—. Muchas gracias por todo, Colette.

—Ya iremos hablando sobre tus progresos. Buen día.

Y colgó. Jeremy se quedó un rato sin decir nada, mirando a su mujer. Esta, en cambio, miraba la pantalla del teléfono, que se había apagado, asimilando lo que había ocurrido. Iba a poder escribir lo que le apetecía sin encontrarse con trabas. A un precio pequeño, que era escribir la novela que no le motivaba tanto. Pero lo había conseguido.

—Enhorabuena —dijo Jeremy, en un intento de recuperar la conversación.

—Gracias —dijo ella—. Por todo —Jeremy no entendió aquello—. Fuiste tú quien me advirtió que no debía meterme en líos con la editorial, y aún así no te hice caso… Si hubiéramos entrado con los abogados no podríamos ahora seguir con nuestro plan. Tengo el mejor marido del mundo.

—¿Y quién es ese? —bromeó Jeremy.

—Tonto.

Se tomaron de la mano. Todo iba bien. Y aquello arreglaba mucho sus planes a corto plazo. Debían mover ficha rápido.

Erika iba caminando con su ropa más cómoda cuesta abajo. Camiseta amplia, pantalón amplio… y las manos en los bolsillos. Había recibido un mensaje de Nath. Y, por si acaso, se había puesto su ropa interior más bonita, que nunca se sabía cuándo podía ocurrir una situación de sexo desenfrenado. Aunque en vista de la actitud del policía aquello le parecía cada vez más improbable.

Llamó a su timbre y se sorprendió al ver que era David quien abría la puerta. Pues nada, eso descartaba el sexo. Bueno, al menos con Nath. Siempre podía aprovechar para verse con David. Pero que fuera el único de su grupo allí había limitado tanto las opciones para el sexo que ambos habían perdido hasta las ganas.

—Entra. A mi también me ha sorprendido que me dijera que venías —dijo David—. Ha preparado café.

—Largo de leche sin edulcorar para la señorita —anunció Nath desde la cocina—, y solo con una cucharada de cacao para el caballero.

—Qué bien te lo has aprendido —dijo Erika—. Aunque no me esperaba tu mensaje. ¿Para qué nos has llamado?

—Tengo que hablar con los dos. Y Javier me ha dicho que iba a ver a Sissi, de modo que teníamos la casa para los tres solos —dijo este, mientras se acomodaba en uno de los sofás, dejando el otro libre para sus invitados.

"¿A que nos propone un trío?", pensó Erika, esperanzada. "Joder, se nota que soy la hija de Odd".

—No sé si lo habréis hablado entre vosotros, pero me habéis estado tirando los tejos. Ambos —aclaró Nath—. Y no tengo muy claro qué tipo de amistad tenéis. Pero no puedo ser el motivo por el cual se rompa.

—¿Por qué se iba a romper? —preguntó David.

—… Por si tuviera que elegir —dijo el rubio—. Mirad, con vosotros me ha pasado algo nuevo. Algo que yo no concebía de antes. Yo nunca había creído en el poliamor. Hasta que conocí a Erika, y luego a David… Siempre pensaba que te podías enamorar de una persona. Y que si te fijabas en otra, esta ocuparía tu corazón. Tú me gustas —dijo, mirando a David—. Pero tú sigues en mi cabeza —añadió, mirando a Erika—. Y eso me ha confundido por completo.

—Nath… está bien que sientas eso, no pasa nada —dijo la chica.

—¿Cómo que no? Obviamente no vais a querer compartir. Me habéis intentado seducir, cada uno por vuestro lado. Y no lo neguéis… Así que voy a ser firme en mis convicciones… No puedo volver a veros, a ninguno de vosotros. Soy mucho más mayor que vosotros, y vuestra amistad tiene que estar por encima de mi. Me siento muy halagado, de verdad. Pero es lo mejor.

—No sé para quién sería lo mejor —le contradijo David—. Es decir… tú me gustas. Y yo te gusto. Si no nos vemos, lo dos lo vamos a pasa mal. Y a Erika le gustas y ella también te gusta. Vuelves a pasarlo mal, y también ella. No se quién sale ganando con esto. ¿Una sociedad que no aceptaría nuestra relación? Como si eso me importase.

—Sois muy jóvenes para entenderlo…

—¿Jóvenes? Sabemos más de lo que te crees…

—Sí, sé que sabéis mucho. He hablado con Carlos… y tenéis algo muy especial, lo sé. No podría vivir habiendo jodido eso. De verdad que no puedo —dijo el policía—. Si podéis ser felices entre vosotros… podéis intentarlo, de verdad.

—Eres gilipollas —dijo Erika.

Se puso en pie de un salto. Nath pensó que se iba a marchar. Le dolía, pero sabía que estropear la situación entre ellos era peor que intentar ser felices. Ahora se iría. Pero no. La chica se abalanzó a por él, sentándose sobre sus piernas, y sujetándole la cabeza le dio un beso. Firme, con ganas. Como intentando quitarle el aliento.

Nath tenía que resistirse. Pero el beso de la joven era demasiado bueno. Tal vez el último. De despedida. Eso debía ser, porque sintió el peso de la chica desapareciendo… No, solo se movía. A su lado. Abrió los ojos y vio a David subiendo encima de suya, y le besó del mismo modo. Aquello debía parar ahí, no debían continuar.

—Me voy a poner celosa —oyó decir a Erika, y antes de abrir los ojos sabía que les iba a ver besándose. Pero fue un breve beso antes de que ambos empezasen a besuquearle el cuello—. Va a tener que ser así…

—A mi me parece estupendo —dijo David—. Te quiero —dijo mirando a Erika—. Y a ti también, mi grandullón —añadió, refiriéndose a Nath.

—¿Qué estáis haciendo?

—Cuando supimos que no ibas a poder decidirte —explicó Erika—. No te podemos culpar, David está buenísimo. Aunque yo más —bromeó, y David le dio un suave beso en los labios—. Así que estuvimos hablando y nos dimos cuenta de que te queremos igual. Así que, ¿por qué no intentarlo los tres?

—¿Queréis compartirme, par de locos? —preguntó Nath. Aunque por alguna razón, eso no sonaba tan mal en su mente en ese momento.

—Claro que no. Eso implicaría que eres de los dos —explicó David—. Queremos ser novios los tres. Como iguales. Como bien has dicho… sí, tengo una relación especial con Erika, nos queremos mucho. No voy a negarlo. Y los dos te queremos.

—Eso no arregla la diferencia de edad —replicó el policía.

—¿Sabes? Yo no quiero pensar en eso. Me gustas mucho, Nath —dijo Erika—. ¿La edad? Es una cifra.

—¿Y si no funciona?

—¡Me da igual si dura uno, dos, o cinco años! ¡Yo voy a intentar que dure para toda la vida! —protestó ella—. Y si no es así, sé que durante el tiempo que estemos juntos voy… vamos a ser muy felices. Solo tienes que aceptarnos.

—Solo tienes que decir que si —dijo David—. De verdad… sé sincero con lo que sientes.

Y Nath fue sincero por fin. Besó a David, dejándose llevar, y se tiró hacia el. Cayeron al suelo, con el policía sobre él. Este sonrió cuando se sintió besado, tocado por fin por él. Erika se apoyó en la espalda de Nath, pero este tiró de la chica suavemente para que quedase debajo. Ahí, en ese momento, mandaba él. Les sonrió con malicia. Ellos habían pedido eso, y al parecer estaban encantados con poder recoger su pedido.

—¿Vamos a formalizar esto aquí y ahora? —preguntó en un susurro.

—Una cama es más cómoda, pero no es el momento de andar exquisitos —dijo Erika, que empezaba a quitarse la camiseta—. Vamos, Nath… llevamos mucho esperando…

—Eso espero —dijo este, que empezaba a quitarse el pantalón.

Por su parte, Javier estaba en casa de Sissi. Llevaban tanto separados que ni pensaba en aquel como su hogar. Aquel sitio le parecía demasiado lejano. Y llegaba el momento de poner las cosas claras con su mujer de una vez. Ahora que había hablado con Sofía, sabía lo que tenía que hacer.

Así que cuando ella había tomado asiento, él se había sentado a su lado y la había rodeado con los brazos. Sin necesidad de decir una palabra, se habían mirado a los ojos, y sus labios se habían encontrado despacio. Javier acarició los cabellos de la morena, dejó que su mano recorriera su mejilla. Ella no dijo nada, quería saber qué pensaba.

—He pensado mucho en lo que pasó la otra noche —dijo Javier—. Y creo que ya sé por qué la otra noche no pudimos hacerlo… Es por esto —añadió, acariciando con cuidado el vientre de Sissi.

—Mi hijo… con Edmond… —reflexionó.

—Efectivamente —dijo él—. El niño me recuerda a lo que ocurrió…

—¿Quieres… quieres que lo interrumpa? —preguntó ella, aunque apenas era capaz de usar la voz.

—No —dijo Javier. También se había quedado con la voz ronca. Carraspeó—. Siempre lo he apoyado como opción, pero tampoco puedo hacerte pasar por ello. Tú querías tenerlo, y yo también quería. Pero ahora sé que es de otro.

—¿Significa eso que no tenemos salvación? —preguntó Sissi

—Significa que tenemos que empezar de cero, pero de verdad. Como en la cita que tuvimos, ¿recuerdas? —preguntó—. Evité el tema de tu embarazo, pero… tengo que asumir que no soy el padre biológico de la criatura. Eso no significa que no quiera que lo intentemos.

—¿Qué vamos a hacer entonces?

—Volver a ser novios, como hace tanto tiempo, ¿recuerdas? Lo feliz que me sentí cuando te conocí… Y saber desde el principio que hubo otro antes de mi con quien tuviste un idilio… No me importa si lo tienes. Te amo. Solo quiero que lo tratemos como la realidad que ha sido.

—Lo acepto. De verdad, Javier. Te quiero, muchísimo. Si para estar contigo tenemos que volver a empezar de novios, me parece bien.

—Ven aquí —dijo él.

Se dieron un abrazo y un tierno beso.

—Así que… tienes un grupo de amigos con los que puedes tener sexo, ¿eh? —bromeó Javier, provocando la risa de Sissi.

—Qué tonto… Aunque no seas mentiroso. La primera vez que lo supiste te lo tomaste muy mal. Después de la carta tan bonita que me escribiste…

—Porque no me atrevía a decirte lo que sentía a la cara. Solo esperaba que acudieras a la cita para saber que sentías lo mismo por mi. Qué recuerdos…

—Yo lo recuerdo con bastante frecuencia, ¿sabes? —dijo Sissi—. Sí, en nuestra época lo de escribir cartas ya no se llevaba mucho… así que esa la guardo con todo mi cariño. La llevo siempre en la cartera.

—No sabía eso… —confesó Javier—. ¿Aún se lee?

—Está un poco amarillenta, pero la he conservado. Bueno, y alguna esquina del papel ha sucumbido…

—Ya veo… Creo que ha sido buena idea haber hecho esto…

Sissi abrió mucho los ojos cuando Javier se llevó una mano al bolsillo. Lentamente, sacó un papel doblado del mismo. Se lo tendió. Ella lo abrió con ganas, y unas lágrimas recorrieron su rostro mientras leía la carta:

Querida Sissi.

Me alegro de poder estar hoy contigo mientras te entrego la carta. Y aunque podemos hablar cara a cara, tenía que darle una vuelta a lo que quería decirte porque soy malísimo improvisando.

Eres la mujer más maravillosa que conozco, y me has dado los mejores años de mi vida. Y quiero que siga siendo así. Va a costarnos mucho, a los dos. Pero sé que nos queremos, y es lo que necesitamos para poder empezar de cero. Solo te pido que seas paciente conmigo mientras te voy abriendo mi corazón.

Sé que el hijo que llevas dentro no es mío. Pero me gustaría que lo pudiéramos criar como si lo fuera. Si aceptas, date la vuelta, por favor, y dame un beso para confirmar que no me equivoco contigo.

Quien nunca ha dejado de amarte,

Javier.

Sissi se volteó de inmediato y besó a Javier, le aprisionó entre sus brazos, no iba a dejar que se fuera. Aunque empezasen poco a poco. No era un problema. Él era maravilloso. Y aunque seguía sintiendo que no le merecía, no estaba dispuesta a renunciar a él.


¡Hola a todo el mundo! Ya iba tocando actualizar. Quedan pocos capítulos. Pero Felikis hay para rato ;) Tengo proyectos entre manos y en desarrollo ;) Y nos leeremos pronto por estos lares. Lemmon rules!