Pasado marchito

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Esta historia participa en "Desafíos 2.0" del Foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black".

Gracias a mi beta oficial, Lucy (High Flying Bird), por la paciencia de corregir esta historia a las apuradas.


Capítulo uno

Sangre

1.

Bajo la luz ondeante de la mañana se iba a llevar a cabo una ejecución.

Los niños se apiñaban junto al patíbulo, esperando a que llevasen al condenado. Era una horca de madera ennegrecida y una cuerda demasiado pequeña para que un hombre muriera con ella.

En los últimos tiempos, las ejecuciones se habían vuelto el espectáculo favorito de su padre. Los pueblerinos se reunían en la plaza a contemplarlo y, cuando todo terminaba, lanzaban monedas de cobre y migajas de pan. Así conseguía mantener adormecido al pueblo; mientras que el rey que lo había puesto allí como gobernante, seguía defendiendo su corona de los pretendientes al trono. Con sangre y sobras para sobrevivir, así eran felices.

Entretanto que para ellos las ejecuciones eran todo un acontecimiento, Godric tenía prohibido asistir a la plaza para contemplarlas. Se limitaba a observar la escena recortada que el balcón le ofrecía, siempre con el asco y el miedo paladeando en su interior.

La penúltima vez habían ahorcado a un mujer con el pelo tan rubio que parecía oro fundido sobre su cabeza. La habían arrastrado, temblorosa y sollozante, mientras clamaba por su familia. Susurró un nombre con su último aliento. Después de arrancarle la vida, la dejaron en una fosa común a la espera de que alguien reclamara el cuerpo.

Lo extraño había sido que, posterior a dicha ejecución, seis extrañas mujeres aparecieron en el pueblo como manchas doradas que se deslizaban en la oscuridad. Diez guardias murieron esa noche a causa de una peste que solamente ellos contrajeron, y el cuerpo de la mujer no se volvió a ver.

Después de aquel episodio, su padre había triplicado las patrullas en las calles y ante la más mínima sospecha de magia, condenaba a la horca. Por lo que Godric Gryffindor no se había sorprendido cuando, una vez más, se anunció la ejecución.

Pero esa vez era diferente.

—Ya eres mayor, Godric. Debes contemplar la muerte con tus propios ojos y hacerte fuerte para cuando tengas que ocupar mi lugar.

Él no quería ir a la plaza y tampoco quería suceder a su padre después de su muerte. Quería explorar el mundo que se extendía más allá de las colinas ondulantes que rodeaban el pueblo. Pero su padre eso no lo entendía, él era un hombre de raíces profundas y costumbres aún más arraigadas.

Cuando pensaba en la muerte de la mujer dorada el miedo le atenazaba las entrañas. No le gustaban los gritos ni el chasquido del cuello quebrándose por la presión. «No derramamos sangre, Godric —acostumbraba decirle su padre—. Es una muerte limpia. En cuestión de segundos todo termina. Es la forma que tenemos de estar a salvo.»

«No puedo demostrar cobardía», pensó. Se obligó a ponerse de pie y a vestirse con manos hábiles. Su padre no permitía que los sirvientes lo ayudaran con sus cuidados personales. Ellos se limitaban a cocinarle y a limpiar sus aposentos.

Su padre era un hombre duro, curtido por las circunstancias de su vida, cuyo rostro se había ensombrecido después de su repentina viudez. Todo el dolor por la muerte de su esposa, lo había replegado sobre Godric. «Eres mi único hijo, mi heredero. Tengo que protegerte. Tienes que entender lo que eso significa.»

Pero Godric no lo entendía, y tenía más preguntas que respuestas. «¿Por qué murió mamá? —se preguntaba a menudo—. ¿Por qué tiene que haber muerte para que sigamos con vida?» De ella apenas podía recordar su rostro, sus ojos grandes y verdes, y la calidez de sus manos. Le aterraba perder su mirada y su sonrisa en el mar difuso de su memoria.

Los guardias los esperaban bajo la arcada triple de piedra. Junto a su padre, un hombre fuerte de hombros y espalda ancha, Godric parecía débil e infantil. Lo miró y comprendió lo que decía con su expresión: «Enderézate.» El niño levantó la cabeza y caminó con la solemnidad de su corta edad.

En el exterior, la luz blanca lo cegó por un momento; luego, los gritos de la multitud le inundaron los oídos. El aire olía a fruta madura y otros restos de comida desagradable. Avanzó hacia la plazoleta por el camino de piedra gris sin tropezarse. A sus espaldas, el castillo se iba empequeñeciendo.

Su padre, en su título de gobernante de aquel valle, siempre se situaba sobre la tarima, dictaba la sentencia y escuchaba las últimas palabras del condenado, antes de que dejaran caer el cuerpo. Subió la pequeña escalera; Godric siguió sus pasos.

La multitud rugió. Los guardias arrastraron al acusado hacia el patíbulo. Él sintió que el corazón se le detenía; se trataba de un niño, de su misma edad o quizás dos años mayor, de pelo negro y ojos grises como hielo. No estaba asustado o desesperado, su rostro era una máscara de frialdad. «Tiene sangre en el cuello y en los brazos. Lo torturaron», comprendió. Los hombres de su padre tenían la costumbre de quebrarlos antes de llegar a la plaza, así conseguían arrancar confesiones de culpabilidad de dudosa credibilidad.

«Si no tenemos una confesión, el pueblo dirá que es tiranía —justificó su padre en cierta ocasión—. Una confesión es nuestro escudo y nuestra salvación. » Pero los métodos para conseguir la confesión eran incluso más crueles que la sentencia final. Sangre, dientes rotos, huesos partidos y heridas en la piel.

—No ha confesado, señor —dijo el hombre que lo mantenía de rodillas—. El chico es… resistente.

—No podemos ejecutarlo sin confesión y no podemos detener la ejecución —murmuró su padre, inflexible. Apretó los puños—. Salazar Slytherin, eres acusado de brujería. ¿Cómo te declaras? —Pero los labios del niño permanecieron sellados. «Culpable», susurraron los hombres, incitando a los pueblerinos a seguir el cántico. Pero la multitud permanecía enmudecida. Era un niño y eso les pasaba más en la conciencia—. Por el poder que me confiere el rey en este condado, yo, Grimm Gryffindor, te sentencio a morir.

El niño levantó el rostro con sus últimas palabras y escupió sangre a los pies de su padre. Le colocaron la cuerda alrededor del cuello, se esforzó para no resbalarse. Sus ojos se encontraron por primera vez. Eran grises, fríos e implacables. Parecían leer cada uno de sus pensamientos. Su mirada le erizó la piel, desvió los ojos con vergüenza, pero un sabor amargo le trepó por la garganta.

Vio la imagen del niño sobre un manto níveo, con los dientes castañeándole y manos temblorosas. Su aliento era un halo opalescente en la noche invernal. Un pequeño fuego brotó de las ramitas y las hojas frente a él.

«Solamente quería paliar el frío», comprendió.

—Padre, no puedes ejecutarlo —dijo bajito, atrayendo la atención del mayor—. Es solamente un niño y es inocente.

—Ese niño es diferente y todo lo que sea diferente tiene que morir para que nosotros estemos a salvo. Debes entenderlo.

—No, no lo entiendo —respondió Godric, siendo sincero—. No tienes que hacer esto. Es un niño. No puedes ejecutarlo por encender una fogata.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque yo estaba allí —mintió—. Si quieres ejecutarlo, entonces tendrás que hacer lo mismo conmigo.

Su padre dirigió la mirada al condenado y después a su hijo, pero se mantuvo firme en su decisión. Su mentira no tuvo el resultado esperado.

Entonces Godric Gryffindor fue valiente por primera vez en su vida.

Sorteó a los guardias que le cerraban el paso, escabulléndose entre sus piernas, y llegó hasta donde estaba el niño. El hombre que manipulaba la cuerda, la dejó caer antes de que se diera la orden. El viento silbó. El alrededor se volvió una nebulosa. Godric tenía los ojos clavados en la figura infantil. Consiguió sostenerlo con sus brazos, impidiendo que el cuello se le quebrara y el aire abandonara sus pulmones. Salazar Slytherin, como su padre había dicho que se llamaba, soltó un sollozo de alivio cuando las manos de Godric lo atraparon en lugar de los dedos fríos de la muerte.

—Vuelve aquí, Godric. O lo lamentarás.

—Si sigues adelante con la ejecución, entonces yo tomaré su lugar. —La firmeza de su voz denotaba cuán convencido estaba de hacerlo. Estaba dispuesto a salvar a aquel niño, incluso a costa de su propia vida. No sabía cómo su padre conseguía mirar los ojos de los acusados mientras eran ahorcados. Godric carecía de esa frialdad—. ¡Yo tomaré su lugar!

—¿Y por qué crees que voy a permitirlo? —interrogó su padre.

«Porque les diré a todos que también puedo hacer magia», dijeron sus ojos.


Nota de la autora: Lo que ha dicho J. K. Rowling sobre Gryffindor es algo sencillo: él se fue de Inglaterra con su familia para esquivar la cacería de brujas. Teniendo en cuenta que la cacería de brujas no empezó hasta el siglo XV y Hogwarts fue fundado antes del año 1000, me he tomado algunas licencias para mostrar el headcanon que tengo de estos personajes y de como comenzó su amistad. He conservado lo de la cacería de brujas, aunque históricamente no sea algo fidedigno.

Además de que creo firmemente que no todos los personajes pueden ser perfectos del todo, y en este caso le he puesto un gran defecto a Godric: su familia, más específicamente su padre, y me gusta pensar que, a pesar de las circunstancias en las que crece, se convierte en uno de los mejores magos de su época.