Pasado marchito

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Esta historia participa en "Desafíos 2.0" del Foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black".

Gracias a mi beta oficial, Lucy (High Flying Bird), por la paciencia de corregir esta historia a las apuradas.


Capítulo dos

Nervios

1.

Lo que sucedió después de la frustrada ejecución eran secuencias confusas en su memoria.

Recordaba a la turba adueñándose del patíbulo, a los guardias desenvainando el acero bajo la luz mortecina de la mañana, y las manos fuertes que lo arrastraron hacia el castillo, todavía unido al niño brujo. Llegaron cubiertos de sangre y barro por el empedrado del camino.

En algún momento él había perdido el conocimiento porque, cuando despertó, el mundo a su alrededor era de piedra caliza y tapices rupestres. Junto a la cama había una charola de metal con hogazas de pan, gachas y frutas de estación. Godric comprobó que la puerta estaba cerrada por fuera.

No era la primera vez que su padre lo confinaba por desobedecerlo, y no sería la última. Casi siempre lo hacía en la torre oeste. Le dejaba el alimento necesario para sobrevivir todo un día, y luego aparecía por la puerta cuando el cielo se tornaba negro.

Aquella vez se encontraba en su propia habitación.

Su padre tenía una expresión contrariada en el rostro cuando abrió la pesada puerta de madera. Se sentó al final de la cama y comenzó a hablar:

—¿Comprendes la magnitud de tu conducta? —Godric no respondió porque sabía cuál era su lugar—. Las ejecuciones suceden por una razón: mantenernos a salvo. Si hay muerte, el pueblo se mantiene en paz. —«Doblegado es una mejor palabra», pensó—. Después que impidieras la sentencia de ese niño, el pueblo intentó levantarse, creyendo que quien es diferente puede quedar impune.

—Pero es solamente un niño…

—Ese niño pertenece a una extensa familia de brujos, tan poderosos como sanguinarios.

«Pero se veía tan frágil y solo en la nieve —meditó—. Él colocó esa imagen en mi mente. Quizás es cierto lo que dice sobre su poder.»

—Tú también eras solamente un niño cuando las brujas se llevaron a tu madre y la devolvieron muerta —bramó el mayor—. Ellos pueden olfatear la magia, Godric. Por eso deben morir, para que estemos a salvo. No puedo perderte, eres mi único hijo, mi heredero.

El niño sintió una extraña sensación recorriéndole el cuerpo. Era la primera vez que Grimm le hablaba de la tragedia que había azotado sus vidas. «Entonces fue raptada por las brujas.» Ser raptado y estar muerto eran sinónimos en aquel pueblo. Se decía que cuando un niño o una mujer eran llevados por los hechiceros, no se los volvía a ver, pues eran sacrificados a los dioses de los bosques para incrementar sus poderes.

Godric no conocía a ningún niño que hubiese sido arrancado de su hogar, pero sí era testigo del odio irracional hacia la magia.

Su propio padre era una prueba de ello. Durante años lo había encerrado y quebrado su espíritu de diferentes maneras para adormecer el poder que se gestaba en su interior, hasta el punto que fingía no saber que él también lo poseía.

«También eres mago», le había dicho cuando era más inocente. Grimm se había quitado el guantelete y le había tirado los últimos dos dientes de leche, seguido de la advertencia: «jamás vuelvas a hablar de eso». Ese día, Godric había aprendido a no hablar con la verdad y a no sonreír.

—¿Qué harás con Salazar?

—Todavía no sé qué hacer con su vida. Lo tengo encerrado en la torre oeste a la espera de una determinación.

Entonces, Godric dijo lo único que se le ocurrió.

—Deja que se quede aquí. —Su padre lo miró como si se hubiera vuelto loco—. No puedes llevarlo nuevamente a la plaza y tampoco darle la libertad. Si trabaja en las cocinas pensarán que eres justo, pero no débil.

—Veo parte de ella en ti —respondió con algo parecido al cariño—. ¿Por qué te importa tanto su vida?

«Porque cuando lo vi temblando de frío, me recordó que yo también estoy solo», lo pensó pero, en lugar de decirlo, se encogió de hombros. De todas formas, su padre nunca lo entendería.


2.

Como todo niño cuyo mundo se veía reducido a las paredes que lo rodeaban, Godric Gryffindor conocía cada uno de los secretos del castillo.

La fortaleza estaba compuesta por cuatro torres orientadas a los puntos cardinales que desembocaban en el salón principal. Los calabozos estaban en el subsuelo, y allí aguardaban la sentencia los condenados a la horca. Él nunca los había visto con sus propios ojos, pero escuchaba el chirrido de las cadenas y los gritos de piedad. Las cocinas quedaban al final del ala este, y allí se alojaban los pinches de cocina, caballeros al servicio del castillo y mozos de cuadras.

Sus aposentos, en cambio, se hallaban en la torre norte, junto a los de su padre.

Cuando llegó a la habitación donde estaba encerrado Salazar, la sintió familiar. «¿Cuántos noches he dormido aquí, solo, en medio de la oscuridad? —No sabía la respuesta. Cuando su padre lo encerraba allí, no dejaba ninguna vela para espantar al demonio de la oscuridad. El mobiliario consistía en una mesa de pino, un candelabro vacío y un colchón de plumas—. Prefiero esta habitación a la torre prohibida.»

Su padre nunca hablaba de ello, Godric tampoco preguntaba. «Si alguna vez te atreves a desobedecerme, conocerás el lado oscuro de los calabozos.»

Se sentía extrañamente nervioso. Por volverlo a ver. Por saber lo que significaba haber salvado su vida.

Salazar se sobresaltó cuando abrió la puerta y la luz le bañó el rostro.

—¿Qué sucederá conmigo?

Como primera respuesta, Godric arrojó la túnica de tela basta que sería su uniforme.

—Mi padre accedió a que trabajes en las cocinas.

—No me convertiré en un sirviente. —Su voz era demasiado dura para su edad—. No pueden obligarme a hacerlo.

—Cuando te salvé la vida en esa plaza, me metí en muchos problemas. Si te niegas, yo pagaré las consecuencias. —«Me encerrará o me azotará», completó en su mente. Carraspeó, e intentó sonar más apremiante—: Tienes una deuda conmigo. Debes saldarla.

—Yo no te pedí que me salvaras.

—¿Por qué pusiste esa imagen en mi mente, entonces? Tú en medio de la nieve, tiritando de frío, encendiendo un fuego.

—No sé de qué me estás hablando. —Lo sabía porque la voz le titubeaba—. Fue algo involuntario. Cuando tengo miedo o estoy bajo presión, mi magia se sale de control. Si no hubiera perdido mi varita, jamás me habrían capturado.

Sus ojos se abrieron ante la revelación.

—Entonces eres un mago de verdad...

—Tú también lo eres. —Evitó la pregunta—. Reconocí la magia cuando te vi en la plaza. Por esa razón mis poderes fueron en tu dirección —dijo, y miró hacia la puerta—. ¿Alguien sabe que eres un brujo?

Él no se atrevió a confesar la verdad. «Mi padre, y me odia por ello.»

—Nadie. Es un secreto.

—No te culpo, teniendo en cuenta a quien tienes de familia.

Un escalofrío le recorrió los brazos. Parecía conocer sus pensamientos.

—¿Puedes leer la mente?

—¿Eso te asustaría?

Godric no respondió.

Salazar observó una vez más la túnica que sostenía en sus manos. Frunció los labios y meneó la cabeza. Se quitó los harapos que llevaba del día anterior, cubiertos de sangre y suciedad, y reveló una espalda cubierta de símbolos desconocidos para Godric.

El dibujo central era parecido a la silueta de un árbol frondoso, cuyas ramas se abrían como brazos y se extendían a lo largo de la piel. Tinta negra sobre retazos de porcelana. Pero habían algunas líneas más tenues que otras, y tres ramas estaban a punto de volverse invisibles.

—¿Qué tienes en la espalda?

—Hace falta más que salvar mi vida para conocer mis secretos, Godric Gryffindor.


3.

Los sueños de Godric Gryffindor estaban plagados de gritos y sangre. A veces, eran los condenados a la horca que se presentaban como fantasmas para recordarle que él era cómplice de sus muertes por no evitarlas. Otras veces, simplemente veía una mancha carmesí surcando la pared y escuchaba una voz de fondo que gritaba, pero Godric nunca alcanzaba a entender qué decía.

Siempre se despertaba con la frente empapada de sudor y el corazón latiéndole de forma acelerada. Acostumbraba abrir la ventana de su habitación y dejar que el aire nocturno le refrescara la conciencia. Pero ahora reinaba el invierno, y dejar abierta la ventana era asegurarse una pulmonía. La última vez se había curado gracias a los caldos de Hazel, la cocinera más vieja del castillo.

—¿Has vuelto a soñar? —le preguntó su padre en el desayuno. Godric negó con la cabeza—. No me gusta que me mientas, Godric. Ya sabes lo que sucede cuando lo haces.

Claro que lo sabía. Tenía una cicatriz en la muñeca que lo probaba.

—Tuve un mal sueño. Pero no era ese sueño.

Esa mañana, Salazar Slytherin les sirvió el desayuno. Pan negro, cereales, frutas cortadas en rodajas y huevos revueltos. Llevó la bandeja de metal como si tuviera experiencia en ello. Aunque su mirada decía «se arrepentirán de hacerme esto». Su padre ni siquiera lo miró.

Godric pudo acercarse a Salazar cuando el púrpura y rosa del ocaso rasgaban el cielo. Su padre había emprendido la cabalgata hacia el oeste, pues le había llegado el aviso de que criminales de baja ralea estaban incitando al caos. Y él, que no quería que se diera una segunda revuelta, fue a sofocarla inmediatamente.

—¿Tienes familia, amigos? —preguntó Godric—. ¿Alguien a quien quieras enviarle una carta?

Salazar lo ignoró.

—No tengo pluma y papel, ni tampoco ganas de escribir una carta. Ya me convertiste en el criado de tu padre, déjame en paz.

—Lo hice para mantenerte a salvo —recordó Godric, una vez más—. Era la única forma de mantenerte con vida. Tienes comida y una cama donde dormir, y estás respirando.

—¿Qué es la vida sin la libertad de ser quien eres realmente? —interrogó Salazar, dejándolo sin palabras—. ¿Qué significa la vida cuando pierdes todo lo demás? Cuando sepas la respuesta, entonces te agradeceré lo que hiciste por mí.

—Siendo así, háblame de ti y de tu vida antes de este castillo. Enséñame a comprenderte.

—Eres tonto si piensas que voy a confiarle mis secretos al hijo de Grimm Gryffindor, el cazador de brujas.

—No puedo culparte por pensar así, pero yo no soy como mi padre. No estoy de acuerdo con los arrestos y las ejecuciones. Y solamente podré cambiarlo cuando sea quien tenga el poder sobre este castillo y este valle. —Godric se acercó más a él, sorteando las ollas repletas de caldo y los cucharones que se interponían entre ellos—. Tú conoces el mayor secreto de mi vida. Es la primera vez que me encuentro con alguien igual a mí. —Su padre no contaba, él aborrecía la magia—. Y quiero saber más.

Quedaron en encontrarse al anochecer, cuando las estrellas forraran el cielo sobre sus cabezas y los mozos de cuadras estuvieran más preocupados por el regreso de su padre que por las travesuras de dos niños, y Salazar le respondería dos de sus preguntas sobre el mundo de la magia.

Pero, antes de empezar a hablar, le hizo jurar con la mano sobre el corazón que no haría eco de sus revelaciones. Y Godric lo hizo solemnemente.

—¿Hay más como nosotros? Me refiero afuera de estas murallas, de este pueblo.

Grian es un grupo, en su mayoría de brujas, que se originó en Escocia muchos siglos atrás. Su nombre significa «sol» en el idioma antiguo. Su líder es una anciana que le faltan casi todos los dientes y apenas puede ver, pero se trata de una bruja poderosísima que, según se dice, tiene más de cien años. Yo estaba viajando con ellas cuando me desvíe del camino y terminé anclado aquí.

—Si quisiera encontrar ese grupo de brujas, ¿sería posible?

Grian puede ser encontrado siempre que ellas quieran ser encontradas. Pero nunca escuché que le negaran asilo a algún ser mágico que lo necesitara. A mí me acogieron, al igual que a mi... —Se detuvo en seco cuando se dio cuenta que iba a hablar de más—. Olvídalo, aún no te has ganado mi confianza como para que te hable de todo lo demás.

Amagó a marcharse.

—Espera, ¿qué hay de los símbolos que te cubren la espalda? ¿Es un hechizo?

—Ya hiciste tus dos preguntas, no tengo por qué seguir respondiendo.

—¿Qué tengo que hacer para que...?

—¿...confíe en ti? —terminó Salazar—. Venga, haz un poco de magia, y entonces sabré que te atreves a desafiar a tu padre bajo su propio techo.

Godric cerró los ojos y lo intentó. No obtuvo respuesta. La magia de Salazar debía ser a voluntad, pero la suya no. Los poderes no acudían a él cuando los necesitaba, solamente se presentaban de forma volátil e inesperada.

—No puedo hacerlo, por más que quiera. No sé cómo funcionan mis propios poderes. Si pudieras enseñarme a hacerlo...

—Si estuviéramos con las brujas de Grian tendrías acceso a un conocimiento infinito. —Lo estaba tentando a descubrir un mundo que siempre le había sido negado. Estaba por cumplir once años, y todavía no sabía ser valiente—. Aquí no eres más que un muñeco moldeable a la imagen y semejanza de tu padre.

Las palabras de Salazar Slytherin se interrumpieron de repente cuando su espalda se dobló hacia atrás. Le pareció escuchar el chasquido de un hueso. Su expresión se tornó agónica, y gritó.

—¿Qué sucede? —preguntó Godric, desesperado—. ¿Qué puedo hacer para ayudarte?

—Nada. No puedes hacer nada —respondió Salazar de forma entrecortada—. La última de mis hermanas acaba de morir.


4.

En la siguiente semana, le costó encontrar un momento para estar a solas con Salazar.

El castillo estaba sumido en un mar de movimiento porque se iba a celebrar un banquete con el gobernador del condado lindero. «Lord Kellington admira mi gestión en la caza de brujas —le había dicho su padre mientras el barbero le emprolijaba la mata pelirroja de su barbilla—. Quiero que todo salga tal cual lo planeado. Nada de sorpresas.»

Por eso se había encargado de que el niño brujo no saliera de las cocinas ni siquiera para asearse. Godric se había cruzado con él en el desayuno y en la cena, y había contemplado la venda que llevaba en la mano. «Se debe haber quemado. Aunque lleve bien una bandeja, no significa que sea un cocinero.»

El día del banquete era gris y frío; en comparación a los coloridos platillos del salón principal. En la entrada se formaban dos ventisqueros de medio metro de altura. Los caballos relinchaban en los establos a la espera de su alimento.

Lord Kellington era un hombre de estatura mediana, casi calvo y de bigote gracioso, y lo mejor era que no reparaba en la presencia de Godric. Solamente se molestaba en dirigirle la palabra a su señor padre, así que no pasó mucho tiempo antes que pudiera escaparse del invitado.

—Hemos escuchado el rumor de que le perdonaste la vida a un niño brujo.

—El hombre que hizo la acusación afirmaba que el niño sabía convocar fuego solamente con sus manos. Más tarde, encontramos sus pertenencias: un relicario viejo y dos trozos de pedernal, con los cuales había encendido la fogata. —Su padre se había encargado de plantar las falsas pruebas para justificar su perdón—. Ahora trabaja en las cocinas. Es una buena forma de mantenerlo vigilado.

Mientras alzaban las copas de cerveza negra, Godric subió a la torre oeste donde sabía que encontraría a Salazar. El chico se había hecho adepto a aquel lugar, quizás porque allí reinaba el silencio y la soledad. Y era un lugar más cálido que los calabozos.

Le arrojó una manzana que el otro atrapó en el aire.

—Te estás perdiendo la divertida compañía de Lord Bigotes.

—Estoy tan acostrumbado al mutismo que el ruido me agobia —confesó Godric—. Además, no hemos podido hablar en los últimos días.

—No pensé que extrañaras mi compañía.

—¿Y por qué pensé que mi ausencia te aplacaría? —preguntó, más para sí mismo que para Salazar—. Acepta un trago de cerveza como parte de una tregua.

—Soy demasiado joven para beber alcohol. Y tú apenas tienes diez años.

—Mi padre me deja beber un trago en ocasiones especiales. La cerveza negra es fuerte y un poco amarga, pero a la larga te parece que sabe a café —explicó. Le dio un sorbo para demostrarlo—. Vamos, ¿o acaso no te atreves?

El desafío hizo que Salazar le arrancara la copa de la mano y se la empinara hasta el fondo. Eructó sonoramente y se rió.

—Esto sabe mejor que los brebajes que solía hacer mi padre —dijo después—. Ya entiendo lo que pretendes. Quieres emborracharme para que te hable sobre mi familia. No lo conseguirás.

—¡Maldición, descubriste mi plan! Tendría que haber traído más cerveza.

Los dos se dejaron caer de espaldas sobre el colchón de plumas. Y entonces le empezó a contar su historia:

—Mi padre murió un año antes que empezáramos a viajar. Le gustaba comer bayas y masticar las hojas que crecían en los árboles lindantes a nuestra cabaña, hasta que un día comió un hongo venenoso y murió. Mi madre en aquel entonces estaba embarazada de Margaret.

»Cuando la cacería de brujas llegó a nuestro condado, mi familia se volvió nómada. «Si permanecemos en un mismo lugar, nos encontrarán más rápido», dijo mi madre. Ella era muy buena duelista, podría haberse enfrentado a cualquiera de los hombres con antorchas que cazaban. Pero quería preservarnos sobre todas las cosas. Empezamos a viajar por toda Escocia y después vinimos a Inglaterra. Nunca permanecimos mucho tiempo en el mismo lugar, por lo que nunca tuve un amigo de verdad y eso me hizo cerrarme en mis hermanos.

»Mi madre era una bruja tan talentosa, incluso más que mi padre. Lo superaba en las runas antiguas y la magia no verbal. Ella misma creó el hechizo que llevo en la espalda. Lo colocó en mis hermanos y en mí para encontrarnos si algún día nos perdíamos por el camino. Y, a su vez, estamos conectados entre nosotros. —La voz le tembló—. Somos capaces de sentir lo que siente el otro, incluso en el momento de su muerte.

—¿Todos tus hermanos están... muertos? —se atrevió a preguntar Godric.

Salazar asintió.

—Lizzie fue la primera en morir. Estábamos acampando en un bosque de espinos enmarañados cuando escuchamos a un muchacho que suplicaba por ayuda. Su caballo se había tropezado con las raíces de un árbol y le había aplastado las dos piernas con la caída. Lizzie lo rescató, sanó su dolor y lo hizo caminar de nuevo. Usó su propia magia para sanarlo, incluso cuando mi madre nos prohibió hacerlo.

»Ella fue testaruda. No solamente lo curó sino que se enamoró. Pero su amor fue respondido con traición. Cuando él se recuperó, volvió con su padre noble y sus caballeros de relucientes espadas. Mataron a Lizzie frente a nuestros propios ojos.

»Flora, la segunda en nacer, nunca más habló. Y ella fue la siguiente en morir. La encontraron en la pradera en la que dormíamos, recolectando bayas y astillas para encender una fogata. Tuvo una explosión de magia involuntaria por la traumática muerte de Lizzie, y la descubrieron. Edmund, su mellizo, le pidió a los hombres que se lo llevaran a él en su lugar. Se llevaron a los dos. Poco después, encontramos sus cadáveres sobre un colchón de hierba fresca.

»Con la muerte de tres hijos a cuestas era inevitable que mi madre enloqueciera de dolor. Recelaba a todo aquel que se acercara a Margaret. A mí me confundía con mi padre. «Douglas, nos quitaron a nuestros hijos, pero aún nos queda Maggie», me decía todas las noches como una plegaria. De los cinco, yo era su viva imagen.

»En los caminos nos encontramos con Grian, el grupo de hechiceras, pero ellas nos advirtieron demasiado tarde sobre la cacería de brujas. Ya habíamos perdido a tres de nosotros, y mi madre ya no era mi madre. Ella había formado parte del grupo en el pasado, antes de que mi padre se cruzara en su destino, y no tardaron en dejarnos pertenecer.

»Otra bruja se apiadó de mí. Decía que llenaba el vacío que le dejó su pasado marchito. Me cuidó y me transmitió todos sus conocimientos mágicos. Ella me fabricó mi varita. Es una tradición ancestral de Grian que, habitualmente, corresponde a los padres. Era de fresno, flexible y su núcleo tenía un componente secreto que nunca me reveló. Se adaptó a mí y yo a ella.

—¿Dónde está tu varita?

—Cuando me salí del camino y terminé en este valle, perdí mi varita. Me la deben haber robado cuando me quedé dormido sobre la nieve. Sin mi varita y sin las brujas, no tenía forma de entrar en calor. Así que intenté convocar un poco de fuego, y ahí me descubrieron. Un hombre me vio hacer la fogata de la nada y no tardó en atar cabos —explicó. Luego, se soltó la túnica y se acarició parte de la espalda—. Mi madre nos conectó a través de un hechizo para encontrarnos, pero no nos enseñó la forma de encontrarla a ella. Y si Margaret está muerta, lo más probable es que mi madre también.