Pasado marchito

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Esta historia participa en "Desafíos 2.0" del Foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black".

Gracias a mi beta oficial, Lucy (High Flying Bird), por la paciencia de corregir esta historia a las apuradas.


Capítulo tres

Culpable

1.

Tejer una amistad con Salazar Slytherin no fue algo sencillo para Godric Gryffindor.

Tres años le costó que él aprendiera a confiar en su mano tendida y sus oídos confidentes. La sombra de Grimm Gryffindor siempre se interponía entre ellos, gigante e implacable, pero había aprendido a disiparla. Él le había confesado parte de sus secretos y sus temores; Salazar le había enseñado a abrazar su magia como a una vieja amiga.

«Si fueras parte de Grian, a los once años habrías tenido tu ceremonia de selección. Las brujas dicen que a esa edad es cuando tu núcleo mágico deja de mutar y capta su verdadera esencia. Entonces es cuando adoptas un animal guía para toda tu vida —le había dicho la noche de su cumpleaños, aferrando el viejo relicario con la serpiente grabada—. Este era el animal guía de mi madre. Ella aprendió a comunicarse con las serpientes, a hablar su mismo idioma, y también me lo enseñó a hablar a mí.»

En aquella ocasión, Godric le dijo que si tuviera que elegir un animal que lo guiara en su camino, elegiría un león. El otro había contraído el rostro en una mueca desagradable. El león era el escudo de armas de su padre, un león dorado sobre campo carmesí. «Pero él no es un león. Los leones son fieros y valientes, y él es un cobarde que reniega de su naturaleza. —Salazar los llamaba traidores a la sangre—. Yo no quiero ser así.»

Salazar a veces hablaba de irse de lejos de aquel valle, sortear las colinas empinadas y adentrarse en los páramos de más allá. «Busquemos Grian. Te recibirán porque eres uno de los nuestros.» Pero Godric no estaba tan seguro de ello. Por más que aprendiera a controlar sus poderes, no dejaba de ser el hijo de un cazador de brujas. Grimm Gryffindor se había labrado una nefasta reputación que extendía sus brazos fuera del valle. «Si escapamos, nos encontrará. Y el confinamiento en la torre oeste será una caricia en comparación a lo que nos hará.»

Lo había disuadido de intentar una fuga. Pero, ¿durante cuánto tiempo? Salazar era un chico de bosques y sol, de símbolos y magia; las ollas y los cucharones no hacían más que asfixiarlo.

No obstante, se había labrado una buena relación con Hazel, jefa de las cocinas. Ella era una mujer adulta, con un ojo acuoso y manos blandas. Los demás rehuían más de su carácter tosco que del chico acusado de brujería. Y, por alguna razón que desconocía, Hazel había acogido a Salazar bajo su ala. Le dejaba siempre las mejores raciones de comida. «Estás en pleno crecimiento, tienes que comer más», decía continuamente.

Gracias a sus esfuerzos, Salazar estaba ganando peso. Ya no era el niño famélico y harapiento de la plaza. Seguía siendo esbelto como un junco, pero con brazos y piernas más fuertes. También se había dejado el cabello largo hasta los hombros que le resaltaba la mirada gris.

Poco a poco había aprendido a interpretar sus ojos, sus expresiones. Salazar era un libro abierto si se sabía leerlo.

Y ese día su mirada decía: «vamos a meternos en problemas».

—Quiero echar un vistazo a la torre prohibida.

«¡No!», gritó en su mente. La torre sur estaba sellada, ni siquiera los criados entraban para airearla y quitar el polvo y las sombras. No sabía qué se encerraba en aquellas paredes, tampoco quería averiguarlo.

Pero Salazar estaba dispuesto a ello.

—Iré contigo o sin ti.

Godric sabía que era testarudo como una mula. Así que le cubrió las espaldas en la ascensión por los peldaños de madera. Sus pies eran tan ligeros que apenas producían eco. Se encontraron con una puerta maciza con cerradura doble de plata y una cabeza de león ornamentada con ojos de rubí incrustada en ella.

«Puedo jurar que esos rubíes acaban de parpadear.»

—Mi padre siempre lleva consigo las llaves, jamás podremos abrir la puerta.

—No estás pensando como mago. —Salazar se puso a la altura de la cerradura—. Alohomora —susurró. El mecanismo se activó con un suave chirrido, la puerta se abrió de par en par y los ojos del león volvieron a centellear—. Sin mi varita, mi magia es más errática, pero funciona con hechizos simples.

Una espada de hoja larga colgaba de la pared. Era de plata reluciente con incrustraciones de rubíes en la empuñadura. Godric pasó las yemas de los dedos por el frío metal y sintió el impulso de tomarla en su mano. Salazar estaba aún más fascinado que él.

—Es una espada forjada por duendes. Metal del bueno —dijo—. ¿Cómo está en poder de tu padre? Los duendes hace siglos que no forjan espadas como esta. —Godric no supo qué responder. Él mismo se sentía confundido por la revelación. Su padre aborrecía la magia, ¿cómo podía tener conocimiento de criaturas mágicas y de sus preciados tesoros?— Aquí hay acónito, belladona y haba. ¡Mira! —Señaló un libro viejo de cuero marrón—. Es un libro de hechizos. Mi madre tenía uno parecido a este. Está escrito en la lengua antigua. ¿Cómo es posible que un libro así haya llegado a las manos de tu padre?

Pero fue el retrato de la pared lo que captó su atención tan acuciante.

El lienzo mostraba a una mujer de cabello rojo como el fuego, rasgos suaves y una sonrisa tímida. Tenía un reguero de pecas sobre el puente de la nariz. Llevaba un vestido cerúleo que resaltaba aún más su piel cremosa. Parecía inmortalizada en aquel retrato.

—Ella es la bruja de la que te hablé, la que me acogió bajo su protección cuando mi madre enloqueció.

Godric negó con la cabeza.

—Eso no es posible. Ella es mi madre y murió cuando yo tenía cinco años.


2.

No consiguió conciliar el sueño esa noche, tampoco la siguiente.

Sus pensamientos giraban en torno a la confesión que le había hecho Salazar. «Ella es la bruja de la que te hablé.» Pero aquello no era posible. Su madre llevaba muerta muchos años. Junto al castillo crecía una haya que hacía sombra a la tumba de su madre: una lápida pétrea con el nombre de la difunta y su fecha de deceso. Su padre a veces se sentaba junto a la piedra y susurraba palabras que Godric nunca llegaba a oír.

«Tú también eras un niño cuando las brujas se llevaron a tu madre y la devolvieron muerta», le había dicho.

Quizás su madre había pertenecido a Grian y, al igual que la progenitora de Salazar, se había desviado para contraer nupcias. También existía la posibilidad de que se tratara de una hermana o una prima cercana que compartiera rasgos con su madre.

«Cuando el castillo duerma podemos ir hasta la tumba y ver si hay algún cuerpo bajo tierra», había sugerido Salazar como si fuera tan sencillo. «Estamos hablando de mi madre.» No podía simplemente excavar en la tierra y ver qué con qué se topaba. Podría encontrarse con un cuerpo devorado por los gusanos y el tiempo, o con un foso vacío que revelaría la inevitable verdad de que su madre le había abandonado. Godric no sabía qué le provocaría más tristeza.

Caminó por el pasillo desierto, a tientas por la oscuridad, hasta que llegó a la torre de los sirvientes. La cama de Salazar estaba vacía, tampoco vio sus botas de cuero.

«Le pedí que no lo hiciera, que se trataba del descanso de mi madre y no me escuchó.»

Pero no lo encontró en el patio, en el lugar donde reposaba la memoria de su madre, sino en la torre prohibida. Lo delató la luz centelleante de la antorcha en medio de la negrura de la noche. Estaba devorando el libro de hechizos cuando lo halló.

—¿Por qué tanto interés en el libro?

—Por poder y por verdad. Si este libro pertenecía a la bruja del retrato, quizás pueda encontrar alguna pista que respalde mis palabras —dijo—. Lizzie sabía leer la mente tan bien que ninguno de mis pensamientos estaba a salvo con ella. Podía introducirse en m

is recuerdos y verlos con sus propios ojos. Si tan solo pudieras hacer eso, entonces entenderías que no estoy jugando contigo.

Godric no podía hacerlo. Apenas podía conjurar un par de chispas a voluntad. «Enséñame lo que tú sabes. Quiero aprender», le había suplicado a Salazar. «Vámonos lejos de aquí y te juro que te enseñaré todo lo que sé, podremos formarnos juntos», fue su respuesta. Pero él todavía no se atrevía a dar el paso que le pedía.

—Hace años solía soñar con gritos y con una mancha de sangre en la pared. Ahora pienso que ese sueño puede ser un recuerdo de la realidad, de la muerte de mi madre. O de lo que yo creía que era su muerte —reveló, sorprendiéndose de cómo las piezas tomaban forman—. Genevieve. Su nombre era Genevieve.

—En Grian se hacía llamar Vieve. Recuerdo que tenía una cicatriz que le cruzaba de lado a lado la nuca. Quizás esa herida corresponde a la mancha de sangre que viste en la pared —respondió Salazar—. En realidad, estoy haciendo suposiciones. Solamente una vez habló de su pasado y no mencionó ningún hijo.

—Tal vez no me quería, al igual que no me quiere mi padre.

—Es diferente. Tu padre no te quiere porque eres mago y él no entiende la magia, pero Vieve es una bruja. Ella me hizo mi propia varita.

«Quizás es hora de que deje de culpar a la magia y entienda que no debo ser un buen hijo. Mi madre me abandonó, mi padre lo hace todos los días.» Se sentía tan miserable. Quería llorar, gritar, derribar la puerta. Todo al mismo tiempo. ¿Cómo era posible que tantos años hubiese llorado a una mujer que lo había dejado atrás con alguien como su padre?

No tuvo tiempo de derramar una sola lágrima porque la puerta se abrió revelando la figura de Grimm Gryffindor.


3.

La cuerda que le rodeaba las muñecas era áspera y seca, lo que provocaba que la piel se le irritara y era cuestión de tiempo para que empezara a cortarle. Salazar, en cambio, tenía grilletes en las manos y en los pies. El lugar estaba sumido en penumbras, las paredes eran tan gruesas que se beberían sus gritos apenas pugnaran por salir de sus labios.

«Estamos en el lado oscuro de los calabozos», comprendió. El miedo le lamió la espalda. «¿Qué hará con nosotros?» No solamente habían entrado en la torre prohibida en dos ocasiones diferentes sino que habían revelado el mayor secreto de Grimm Gryffindor: no le desagradaba la magia como hacía creer.

«El león. Ese maldito león de la puerta nos delató», había dicho Salazar mientras lo arrastraba hasta el subsuelo. «Esos ojos parpadeaban, estaba seguro de ello», pensó Godric. Pero nunca se imaginó que su padre utilizaría trucos mágicos para custodiar la torre prohibida, en lugar de usar guardias armados.

—Si lo hubiera matado tres años atrás, esto no estaría sucediendo. Todo es tu culpa, Godric. Por ser tan parecido a tu madre, por tener ese inútil complejo de héroe —dijo mientras lo obligaba a mirar como echaba un balde de agua fría sobre la cabeza del otro chico. Salazar despertó de su inconsciencia con un grito—. Pero siempre hay tiempo para remediar un error. No lo mandaré nuevamente a la horca. Le arrancaré la vida yo mismo. —La espada de los duendes destelló.

—¡No! —exclamó Salazar—. ¡El metal de los duendes no puede ser corrompido con sangre!

—No será la primera vez que la hoja de la espada se tiña con sangre. Mi padre era un gran mago, y todavía mejor guerrero. Defendía las tierras del rey, era un leal consejero, y nunca le faltó tiempo para dedicarse a su familia. Pero mi madre era una mujer cruel y taimada, envenenó sus oídos y su corazón, lo llevó al borde de la desgracia. Mi padre estuvo a punto de perder este castillo y a su único hijo. Ella se fue, pero él nunca superó su abandono. Se entregó a la bebida, y en una noche de desesperación se terminó ejecutando con esta misma espada —narró ante su mirada atónita—. La magia solamente le ha traído desgracias a nuestra familia. Al igual que este insolente. Debí haberlo visto venir, teniendo en cuenta su ascendencia.

—No te atrevas a hablar de mi familia.

—Estoy hablando de tu madre —dijo con voz fría como el hielo—. Godric, ¿te acuerdas de la mujer que no dejaba de gritar? Esa que te provocaba pesadillas durante la noche.

Los ojos de Salazar se clavaron en él.

—¿Sabías que mi madre estaba muerta y nunca me lo dijiste?

—Yo no sabía que era tu madre, ¡lo juro! Dijiste que nunca se separaba de Margaret. La encontraron sola, sin ninguna niña. No tenía forma de saber que era ella.

—«Lazo, flores, mundo, sal y margarita», no dejaba de repetir esas palabras en la noche que pasó en este mismo calabozo —reveló Grimm Gryffindor—. No le quedaba rastro alguno de cordura, ni siquiera intentó luchar por su vida.

—Lizzie, Flora, Edmund, Salazar y Margaret. Repetía los nombres de sus hijos para no olvidarlos —descifró Godric, él también usaba palabras clave cuando quería recordar algo en concreto—. Se llevaron su cuerpo. Las brujas de Grian aparecieron una noche, la sacaron de la fosa común y mataron a los guardias que la habían llevado hasta la plaza.

—¡Cállate! —El puño de su padre se estrelló una vez más contra su rostro. La sangre manó de la nariz y le manchó la camisa—. Ya han hablado suficiente... —Levantó la espada.

—¡Aguarda! —pidió el chico—. Antes de que asesines al único amigo que he tenido en mi vida, quiero que me digas la verdad. Toda la verdad. ¿Qué sucedió con mamá?

Para su sorpresa, su padre le concedió la petición.

—Cuando nos conocimos, ella era una muchacha apenas florecida que estaba haciendo su propia varita. En algún punto, nos enamoramos como solo dos jóvenes ingenuos pueden hacerlo. Le confíe la historia de mi desgraciada familia, y entendió mis razones para no querer usar magia. La magia había cambiado a mi madre, y ella se había vuelto contra mi padre.

»Genevieve sabía que para estar juntos, no debía hacer magia de ningún tipo. Su sola mención me irritaba. Y lo aceptó. Hasta que naciste tú y nuestro pacto se desvaneció. Mientras yo quería tener un heredero que gobernará este castillo como mi padre antes de mí, ella deseaba tener un legado mágico. De repente, le hacía ilusión que pudieras salir mago y enseñarte los secretos de sus artes macabras.

»Al cumplir los cinco años, tuviste una demostración de magia. Hiciste que uno de tus soldaditos de madera cobrara vida. Ella estaba tan fascinada de ver que habías heredado el don. Pero yo lo vi como lo que realmente es: una maldición. Una maldición que separa, que destruye.

—El único que destruye aquí eres tú —acusó Salazar—. Y asesinas personas inocentes por ignorancia.

Lo golpeó con el reverso de la espada. El corazón de Godric dio un vuelco, parecía que iba a matarlo. La boca de Salazar no carecía de razón pero no era el instante para hacerlo saber.

—Genevieve quería irse. Y quería llevarte con ella —reconoció—. Había escuchado de un grupo de brujas escocesas que le abrirían las puertas a todo ser mágico que lo necesitara. Yo no podía permitir que te arrancara de mi lado, eres mi único hijo, mi heredero. Así que intenté detenerla. No quería lastimarla pero era la única forma de hacerlo. Se golpeó la cabeza contra la pared. Había mucha sangre, pensé que estaba muerta. Pero la maldita seguía respirando.

»Así que la lleve lejos de este valle, tal como ella pretendía irse. Cuando despertó, me preguntó quién era. Entonces comprendí que el golpe en la cabeza le había borrado parte de la memoria. No me arriesgué a descifrar si era temporal o permanente. Ese mismo día comencé la caza de brujas. Hice correr la voz por el pueblo de que todo aquel que fuera diferente, debía ser entregado al castillo.

»Al principio, casi no hubo condenados. Pero, a medida que fue pasando el tiempo, las personas se encargaron de encontrar a los magos que se escondían en la oscuridad y sus confesiones permitieron que les pusiéramos la soga al cuello. Si Genevieve recobrase la memoria y se atreviese a volver por ti, habría un ejército de ciudadanos dispuestos a hacer lo correcto y capturar a la bruja.

«Es un monstruo. Un monstruo lleno de miedo», comprendió. Todos estos años había intentado ser un buen hijo, respetar, obedecer, ¿y todo para qué? Su padre era el único culpable de su infelicidad. Le había quitado a su madre y había intentado quitarle su magia.

El dolor y la ira se apoderaron de su cuerpo. Lloraba de pura rabia. Las palabras se le atragantaban. Tenía tantas cosas para gritarle y, al mismo tiempo, no tenía nada para decirle. No existían palabras en el mundo capaz de describir la atrocidad que había hecho su padre. Le había privado de conocer la sonrisa de su madre, de recibir una caricia tierna después de una caída y un «todo va a estar bien» susurrado con cariño.

Comenzó a temblar, y el mundo tembló con él.

—¡No permitiré que hagas magia en mi presencia! —exclamó.

Cuando Grimm Gryffindor dio las dos zancadas, parte del techo se resquebrajó y cayó entre Godric y él. Vio una figura que se deslizaba en la oscuridad, en dirección a Salazar. Escuchó el sonido de las cadenas tintineando, pero su padre estaba concentrado en él y en todo el daño que podría hacerle.

—Debí ser más severo contigo. Encerrarte y azotarte más, así habría anulado tu magia por completo. Primero lo verás morir a él, y luego te quitaré la piel a tiras, así te quedarás desnudo. No más secretos, no más magia... —Las palabras de su padre quedaron suspendidas en el aire como un murmullo lejano.

Hazel, la cocinera medio ciega y de mal genio, se encontraba detrás de él con su más grande cucharón.

—Podré estar un poco ciega, pero no estoy sorda. Tanto parloteo me hizo doler la cabeza.


4.

Las hojas cobrizas tapizaban los tejados de las casas cuando emprendieron la salida por el camino de piedra.

Hazel les había dado provisiones como para sobrevivir un buen tiempo: hogazas de pan, frutas sin madurar, agua potable y cereales. Y también objetos para el día a día, como cuatro mudas de ropa, mantas, cuerda, dos trozos de pedernal para producir fuego y un polvoriento mapa que los ayudaría a guiarse. Todo estaba firmemente amarrado al caballo que los esperaba junto a la puerta del castillo. Su hijo mayor trabajaba en la parte de las caballerizas, por lo que no había tenido ninguna dificultad para proveerles el transporte.

—¿Cuánto tiempo llevabas planeando esto con Hazel?

—Lo suficiente como para pensar en cada detalle del plan —respondió Salazar, sin su característica autosuficiencia. La epifanía de la muerte de su madre había borrado la chispa de sus ojos—. Solamente era cuestión de que dieras el paso.

—¿A dónde iremos? —preguntó Godric.

—A Escocia. A buscar a Grian. A buscar a tu madre —contestó el otro, confiado—. Algún día volveré a este valle y lo destruiré hasta los cimientos. Y espero que para entonces, tu padre haya tenido la dignidad de morirse para que no tengas que presenciar su muerte. —Era una promesa.

Godric se cruzó la espada de los duendes en la espalda, se aferró a las riendas y apuró el paso del caballo.

En ningún momento echó la vista hacia atrás porque no sentía miedo de ese futuro desconocido y fascinante que lo estaba esperando. Y quizás encontraría en él a su anhelada madre.