VII. Snape
Caminaba a grandes zancadas hacia los dormitorios de Gryffindor, rememorando una y otra vez lo ocurrido en la enfermería.
—Maldito idiota—pensó enfadado—Pedirle perdón. Sí, claro.
No demoró mucho en su ''visita'' pero estaba seguro de que la campana finalizando su clase doble de DCAO sonaría dentro de poco, sobre todo porque se perdió más de la mitad sumergido en sus propias divagaciones, que para colmo, tenían que estar enfocadas en el desagradable rubio casi albino.
¿Era eso lo que muchos llamaban Karma? ¿Es que acaso a Malfoy ya le habría llegado el momento de pagar por todas sus fechorías? Se le ocurrían miles de castigos más pragmáticos si ese era el caso, pero tampoco tenía nada en contra del singular método que tenía el destino para cobrárselas con los brabucones.
Hacerle toser flores, que curioso.
Si veía todo el paisaje estando un poco apartado, diría que no era justo que la sanción para tantas peleas, mentiras y humillaciones, solo sea el escupir pétalos, y realmente parecía estar en lo correcto, pero como siempre se llega a un punto en el que los acontecimientos te invitan a otra perspectiva, él tuvo que descubrir que ''el escarmiento'' de Draco, si era cuando menos, considerable.
¿Por qué? pues ya eran dos ocasiones en las que fue testigo de la gravedad del síntoma; dos ocasiones en las cuales Draco se hallaba en medio de un mosaico fúnebre, o acoplado a este. Todavía no olvidaba la figura descansando en el suelo con pétalos negros y una rosa roja acompañándole en su decaimiento, y ahora, para fortuna o mala suerte suya (Aún no lo definía) tenía anexa en la memoria la escena en la enfermería: Draco tosiendo y aparentando un auténtico malestar.
Por lo general las veces en las que el Slytherin salía herido (como lo había sido en los partidos de quidditch o en el incidente con el hipogriffo) era siempre una agonía sobreactuada, un libreto mal efectuado que no contaba con más diálogos que los lamentos insufribles e irritantes. Siempre había sido así. Lo peor era cuando, como todo un caballero que regresa vigoroso de una batalla, el rubio se presentaba en las clases luciendo su ''herida de guerra" y fanfarroneaba frente a todo el que esté dispuesto a escucharle.
Odiaba estar presente cuando eso ocurría, más bien, odiaba a Malfoy.
Cuando ya llegaba a las gradas que lo conducirían a su sala común, Harry se detuvo minorando su intensa caminata, subió unos cuantos peldaños y frunció el ceño mirando a lo lejos el retrato de la señora gorda que conversaba con alguna otra mujer que habría salido de su pintura.
Odiar... ¿Qué no era esa una expresión muy fuerte?
Su mano se apretó fuerte con el barandal aunque de forma inconsciente, ¿Tenía que darle tanta importancia a Malfoy? ¿Dejar que le afecten cada una de sus acciones? La respuesta era clara, pero también era obvio que no podía, pues para su desgracia, el rubio sabía cómo hacerse notar.
Un claro ejemplo se vio a inicios de curso, en el tren.
Con mayor ahínco subió las gradas de dos en dos, recitó bruscamente la contraseña en presencia de unas ofendidas mujeres bosquejadas y luego se adentró a su sala común justo al tiempo en el que sonó la campana de cambio de hora.
La inminente ira estaba tensando cada uno de sus músculos; pateó una silla, arrojó su maleta y apretó la mandíbula. Su tabique aun parecía palpitar de dolor por la patada que recibió, abandonado en el piso del tren que siempre lo traía de regreso al que veía como su hogar.
Y lo odió aún más, odió a Malfoy por convertir algo agradable en la fuente de un mal recuerdo, lo odió por no permitirle una vida tranquila en el mejor de los lugares que ha encontrado, incluso lo odió por odiarlo tanto.
Abandonado en el piso sucio de un vagón, humillado... Mil veces maldito Malfoy.
¿Cómo se le ocurrió siquiera pensar en que tenía que sentir compasión por él?
¡Al diablo la crianza de sus padres! Malfoy era despreciable por mérito propio.
Algo cansado por el barullo de emociones que se aglomeraron dentro de si, se dejó caer en el sofá más grande de la sala y se desató el nudo de la corbata al sentir que esta le robaba el aire.
Aire...eso era lo único que Malfoy hacía, robar aire.
El último alumno salió dejando su ensayo sobre el escritorio de su profesor, quiso escapar impune al aumentar la velocidad de sus pasos pero en el lumbral de la puerta escuchó:
—Menos veinte puntos para Gryffindor por presentar garabatos y mediocridad en un trabajo deplorable.
Neville asintió sin ganas y se retiró resignado al humor que había adquirido el maestro desde la súbita salida de Harry.
Snape dejó de lado el pergamino que sostenía con una de sus callosas manos y con un movimiento de varita cerró la puerta del aula de DCAO.
¡Pum!
El eco retumbó unos segundos paseándose tranquilo por el frío de la habitación que parecía solo amplificar el molesto sonido hueco. El hombre, con la mirada fija al frente, tamborileó sus dedos sobre la madera del mueble, su otra mano cubría sus labios mientras la varita yacía abandonada en la superficie lisa.
No había nada extravagante en la quietud que mantenía Severus, pero eso tan solo basándose en la postura, pues, dentro de su cabeza la historia era distinta.
Es increíble como tanta información se almacena en un espacio tan reducido como el cerebro, permaneciendo constante y necia a abandonar un recuerdo, ya sea este querido u odiado.
En la mente de Severus Snape se concentran miles de memorias que contienen secretos y amarguras, y sin embargo, también incluye entre ellos sus quimeras inconclusas...
Lily Evans.
Snape cerró los ojos y se dejó llevar, olvidando su puesto como profesor, como mortífago y como doble espía. Solo ahogándose en su propia esencia y en sus caprichos más subrepticios.
—Sé lo que eres.
¿Cómo olvidar la primera vez que le habló?
— ¿Qué quieres decir?
—Eres...una bruja.
Su rostro ofendido y su voz tan enérgica...
— ¿Te parece bonito decirle eso a una chica?
—Es verdad, eres una bruja, hace tiempo que te observo...
¿Cómo no haberlo hecho? ¿Cómo dejar pasar desapercibido ese cabello pelirrojo y esas mejillas pálidas? A todo eso aumentándole la gran cantidad de magia...
—...pero tú eres hija de muggles, de modo que alguien de Hogwarts tendrá que ir a explicárselo a tus padres.
— ¿Tiene mucha importancia que seas hijo de muggles?
Dudó, por supuesto que lo dudó, y aun así...
—No, no tiene ninguna importancia.
—Ah, bueno.
—Tú tienes mucha magia dentro, me di cuenta observándote...
¿Qué fue lo que lo cautivó a fin de cuentas? ¿Su magia? ¿La desesperada libertad contenida que deseaba escaparse por sus poros? ¿Su sonrisa?
Lily Evans.
¿Todo ella?
Tenía cientos de recuerdos relacionados con ella, sin embargo uno en concreto volvía a la actualidad azotando la calma que construyó con los años...
Hanahaki Desease.
Aquella mañana de abril era una salida a Hogsmeade, pero él no saldría, porque ya hace mucho que no lo hacía. Era quizá ya un mes desde la pelea que tuvo con Lily, y aquel día seguramente Potter y su grupo planearían pasar por el pueblo gastando todo lo posible en baratijas sin sentido.
Todo eso lo tuviera sin cuidado de no ser porque su cabeza no dejaba de taladrarle con imágenes de la chica pelirroja vistiendo su túnica y bufanda de Gryffindor.
Gryffindor, maldita casa endemoniada.
Culpaba a Godric por crearla y que por ella Lily no haya terminado en Slytherin, sino en la boca de los leones, a merced de los caprichos de James Potter.
Desde aquella discusión todo había terminado. Todo. Pero de alguna forma su terquedad no lo dejaba resignarse, no permitía que abandonara aquel anhelo que lo carcomía, tan solo deseaba...quería...
Pero no podía.
Recordaba haber tenido esos pensamientos y luego sentirse extraño, agobiado, nada nuevo, pero sí más intenso.
Y tosió.
En un principio creyó haber vomitado puesto que sintió algo escapársele por la boca, pero cuando lo vio, aquel pétalo rojo y resplandeciente, se sintió enloquecer.
¿Qué hacia un pétalo en su boca? ¿Había salido de él? ¿Era simplemente un error de casualidades?
Lo que haya sido, se volvió a repetir.
Esta vez tuvo la certeza de ser él quien producía la flor, pero no lo entendía ¿Ingirió una sustancia extraña? ¿Potter y su séquito tendrían algo que ver?
Se enfureció ciegamente.
¿Es que...acaso...acaso no les bastaba con...?
Más pétalos en el aire.
Snape volvió al aula de clases, su varita se había visto afectada por la gravedad y rodaba adquiriendo velocidad hacia un filo de la mesa. La tomó antes de que callera, sin apartar su vista de las bancas vacías.
La textura de los pétalos saliendo despedidos de su boca aún permanecía cómo un vivo recuerdo en su cuerpo. Si lo pensaba un rato, casi podía sentir el sabor que adquirían al pasar rosando su cavidad bucal.
Cuanto odió haber pasado por eso.
Tardó dos días en descubrir qué era lo que tenía, o más bien, cayó en cuenta de qué es lo que podría ser.
—Severus—le había llamado su madre, sentada en el suelo con la cabeza apoyada en la pared. Su padre no estaba— ¿Quieres escuchar un cuento? Ya es algo tarde.
Él, arropado tan solo con una camisa vieja que le llegaba a las rodillas intentando ser pijama, no se pudo negar al gesto maternal. De todas formas los gritos le habían despertado, si es que no a todo el vecindario; era la una de la mañana.
Se acercó y se sentó a un costado guardando cierta distancia y llevándose las rodillas al pecho.
—Aunque es una historia triste—dijo la mujer, parecía estar desvariando—Es la historia de un rey—suspiró—Porque ni un rey, siendo tan poderoso, se salva de la flagelación del amor.
»Este rey gobernaba una ciudad donde no había más que nieve y frio, casi era imposible que las flores nazcan, y la mañana no se distinguía muy seguido.
El rey era bueno, nadie como él con un corazón tan cálido y blando que parecía derretir el hielo que cubría a los habitantes. El pueblo se mantenía unido y escondido entre tanta blancura provocada por la nieve.
Un día, por los alrededores, unos pueblerinos hallaron a una mujer oculta bajo la nieve, creyendo que se habría perdido la llevaron hasta el rey y él decidió aportarle los debidos cuidados.
La mujer dormía en los aposentos de un gigantesco castillo esculpido en hielo, era una construcción magnífica y puntiaguda, resistente a todas las tormentas. Los pueblerinos solían decir que la razón por la que los interiores del castillo no eran fríos era por la calidez que el corazón del rey aportaba.
¿Y sabes? Las flores prefieren los lugares cálidos.
El rey se encargó personalmente de atender a la mujer, él la cuidaba, la calentaba, evitaba que aquel delicado cuerpo se deje vencer por el frio de sus tierras.
Y poco a poco una rosa empezó a florecer en su corazón.
Uno de los sanadores del pueblo detectó esta anomalía en el rey, y todos se emocionaron porque ya casi nadie recordaba cómo era una rosa, pues hace mucho que nadie se atrevía a dejar el pueblo y la magia era utilizada para cosas más importantes como mantener el calor y producir agua y comida.
Todos se emocionaron, nuevas flores emergían rodeando el castillo, todo por el amor del rey tan poderoso. Solo faltaba que la mujer, objeto de este amor incondicional y platónico, abriera los ojos y despertara de la inconsciencia.
Pero nunca sucedió.
Ni toda la magia, ni todo el anhelo impidieron su muerte.
Y el rey entristeció. Su amor tan crudo y latente no podría ser correspondido. Era sencillamente imposible.
Y el rey enfermó.
Su enfermedad consistía en desalojar de su cuerpo aquella rosa que de un infortunado amor había nacido, tosía pétalos vivos y después marchitos, y las hojas de las rosas que rodeaban el castillo comenzaron a desprenderse y a ser llevados por el frio viento invernal.
El pueblo no quería perder a su rey, así que pidieron al sanador que lo salvara. Él sanador así lo hizo, puso todo su empeño y logró curarlo.
Pero desde que abrió los ojos el rey no fue el mismo, y pronto, sin la calidez de aquel corazón, el pueblo se perdió entre la nieve de un lugar abandonado...
Un rey sin sentimientos fue su perdición.
Y así mismo, un rey poderoso y sin sentimientos, fue quien condenó a todos los que sufrían de un amor inasequible con Hanahaki desease.
Terminó la historia con los párpados caídos y la voz a punto de quebrantarse. Cuando el pequeño creyó que su madre se había dormido, la volvió a escuchar:
—Es tan injusto condenar a otros por un sufrimiento que únicamente te pertenece a ti. —Eileen entrecerró los ojos con pesadumbre mientras miraba las oscuras orbes de su hijo—Soy tan injusta, Severus.
— ¡Severus!
Snape giró bruscamente la cabeza hacia la puerta.
—Espero no estar interrumpiendo nada—dijo la profesora McGonagall apuntando los ensayos sobre su escritorio.
El profesor siguió la trayectoria y negó con la cabeza—Ciertamente no interrumpe nada importante.
La mujer enarcó una ceja pero evitó hacer comentarios—Madame Pomfrey me solicitó llamarlo, se trata del joven Malfoy.
Severus apretó los labios y se levantó de su escritorio. Sin decir palabra pasó a un lado de la maestra y emprendió rumbo a la enfermería.
De alguna forma Malfoy y Potter siempre se encargaban de alargarle el día.
Notas de la autora:
Demoro en actualizar y encima tardo en desarrollar la trama, ¿por qué soy así? xd
En fin, espero les haya gustado el capítulo.
Criticas, sugerencias, tomate y zapato son bien recibidos :3
¡Gracias por leer!
