XII. Cruel

Castigo. Es en lo único que podía pensar al sentir aquel gran dolor en el pecho, cuando cada exhalación e inhalación representaban un arduo trabajo horrible y doloroso. A cada paso su visión empeoraba; le quedaba poco para llegar al despacho, tenía que aguantar.

''Profesor Snape, maldita sea''

¿Estaba incluido en el Hanahaki? ¿Era la pena máxima por haber osado estar con alguien más que no sea el responsable de su enfermedad? ¿No podía distraerse ni siquiera con eso? Era una pesadilla.

''Solo fue una paja con un demonio, solo eso''

Para su buena suerte Harper se había visto conforme con aquello, y de todas formas era lo más que le podía dar; era apuesto, pero eso no valía lo suficiente como para hacerle sentir satisfecho, o siquiera para olvidar por un breve momento al responsable de todos sus infortunios, él sabía eso. Por lo mismo, no necesitaba que la maldita enfermedad se lo recordara de forma tan profunda. Además, nadie le había dicho que al hacer algo con alguien más, iba a provocar una jodida represalia de esa magnitud en consecuencia de sus actos.

Para cualquiera que hubiese pasado por el pasillo en ese momento, no habría escuchado más que una respiración pesada y deplorable, junto a sonido de lentas pisadas casi tortuosas.

Apoyado en la pared, Draco maldijo desde lo más hondo de su ser a Harry Potter, porque por supuesto, todo, absolutamente todo, no era más que culpa suya.

''Que pare, que esto pare''

Llegó hasta la puerta del despacho casi a rastras y con sus últimas fuerzas pegó un manotazo que retumbó en las sombras de la noche, el peso lo venció y terminó cayendo de rodillas apoyando la frente en el frío roble, esperando.

Nadie abrió en los próximos segundos y no se escuchó ningún movimiento dentro. Snape no estaba.

Iba a morir, moriría en el sucio piso de las mazmorras con el peor dolor que se puede sentir en el interior del cuerpo. Solo, como supo que estaría desde el primer año.

Se negaba a dedicarle sus últimos pensamientos al culpable de su miseria, pero no había nada que pudiera hacer.

''Maldito Harry Potter''

Sintió claramente—más de lo que quiso o cualquiera desearía—una espina perforando su pulmón, creciendo y acunándose como si estuviese en un lindo sitio para madurar, sin importarle en lo más mínimo el dueño de ese espacio.

Una rosa estaba floreciendo, quizá la más hermosa que nadie pudiera ver. A cambio, Draco se desvanecía.

Y con eso, todo oscureció.


—Lo digo enserio Severus, el estudiante no puede seguir así.

—Ya sabe mi opinión al respecto.

— ¡Hablaré con Albus en este momento! no puedo consentir que...

—El profesor Dumbledore no está—McGonagall apareció bajo el lumbral de la puerta de manera cauta, acercándose cuidadosamente al estudiante recostado en la camilla—¿Ha empeorado?

— ¡Por supuesto que lo a hecho! ¡Aquí no tenemos lo necesario para saber realmente su estado! ¡Así solo va a terminar...

—Poppy—reprendió la maestra—No es momento para exaltarse—dijo y se giró hacia el profesor— ¿Qué sugiere usted que hagamos, Severus? Siento que hay algo que no nos está contando.

—Divagaciones suyas, maestra—indicó sin inmutarse, con su característica frivolidad.

La mujer se puso roja y se plantó muy enfadada frente a Snape—Esto dejó de ser solo una posible broma entre jóvenes y lo sabe perfectamente Severus, así que le sugiero que se comporte como maestro y jefe de casa de Slytherin y trate de ver más por sus estudiantes que por usted—paró y recobró la compostura mirando de soslayo a la medimaga que pasaba su varita sobre el cuerpo del chico—En cuanto llegue Albus quiero que le informe de esta situación o me encargaré yo de hacerlo y añadiré su falta de interés. Pero le advierto, Severus, que si me entero que el señor Malfoy no mejora su estado, no pasará ni una noche más en Hogwarts e irá directo a San Mungo—bramó y se marchó firme de la enfermería.

—No se preocupe maestra—respondió Snape sin darse la vuelta—Me encargaré de que el profesor Dumbledore tome una decisión.


—Qué suerte que haga tan buen tiempo ¿Verdad?

Hoy era el día de su partido contra Slytherin, había puesto todo de su parte para que Ron cogiera confianza, hacerle creer que le había vertido Felix Felicis en su bebida fue lo mejor que se le ocurrió.

—Las condiciones parecen ideales—comentó Ginny ya puesta la túnica de Quiditch e ignorando la palidez de Ron— ¿Y saben qué? A uno de los cazadores de Slytherin, Vaisey, lo golpearon con una bludger en la cabeza durante el entrenamiento de ayer y no podrá jugar. ¡Y por si fuera poco, Malfoy está en la enfermería!.

— ¿Qué?—se extrañó Harry— ¿por qué? ¿qué le pasó?

—No lo sé, pero para nosotros es mejor—repuso ella, muy contenta—. Lo sustituirá Harper; lo conozco, es un inútil.

Harry esbozó una vaga sonrisa, pero mientras se ponía la túnica escarlata no pensaba en quidditch. En otra ocasión Malfoy ya había dicho que no podía jugar porque estaba lesionado, pero entonces se había asegurado de que cambiaran la fecha del partido y lo pusieran un día que convenía a los Slytherins, aunque claro, por aquella vez podían estar seguros de cuándo Malfoy se recuperaría y estaría listo para jugar de nuevo; ahora, con esa extraña enfermedad que tenía, no sabían en qué tiempo iba a mejorar.

¿Sería muy grave? ¿Por qué había ido a la enfermería? Ya no tosía pétalos tan frecuentemente como al principio ¿No quería decir eso que ya había mejorado? Además ¿Qué había de peligroso en toser flores? A decir verdad, no tenía idea de cómo es que aquello funcionaba ¿Salían directamente de sus pulmones? ¿Aparecían de la nada en su boca? En el mundo mágico, todo eso era posible.

Aunque mantenía una duda casi desde que lo vio toser por primera vez en el comedor.

¿Qué fue lo que le causó esa enfermedad?

—Qué sospechoso lo de Malfoy, ¿no?—le comentó a Ron, buscando entender.—No creo que haya estado tan grave, una enfermedad así no puede causar daño ¿cierto?

—Yo lo llamo suerte.—Ron parecía un poco más animado—. Grave o no, ni él ni Vaisey jugarán, y son los mejores de su equipo, no me hacía ninguna gracia que... ¡Eh!

— ¿Qué pasa?—preguntó Harry al dejar abruptamente sus pensamientos por la exclamación de Ron.

—Tu...—Bajó la voz, parecía asustado y al mismo tiempo emocionado—. El desayuno... Mi jugo de calabaza... ¿No habrás...?

Harry arqueó las cejas, pero se limitó a decir.

—El partido va a empezar, será mejor que te calces las botas.

Salieron al campo en medio de apoteósicos gritos de ánimo y abucheos provenientes de todas las casas. Harry se dirigió hacia la señora Hooch que hacía de árbitro y estaba lista para soltar las pelotas de la caja.

—Estréchense la mano, capitanes—indicó.

Harry sintió cómo el nuevo capitán de Slytherin, Urquhart, intentaba triturarle los dedos y se preguntó si Draco hubiese hecho lo mismo. Probablemente no, él era más de intimidar con la mirada, sacando provecho al metálico de sus ojos. Y repentinamente cayó en cuenta, de que, si Draco hubiese estado bien y fuese él el capitán, ambos estarían estrechándose la mano.

— ...dos...uno.

Harry apenas y escuchó el silbato de tan ensimismado que estaba, por ello vio como el resto daba una patada y se elevaban dejándolo atrás.

Harry recorrió el perímetro del campo sin dejar de vigilar a Harper, que volaba en zigzag muy por debajo de él. No volaba mal, pero no lo encontraba competitivo, no lograba verlo como rival, no estaba allí el deseo ferviente de ganar. Quería ganar, sí, pero le hacía falta el entusiasmo y ansias.

A la media hora de partido Gryffindor ganaba setenta a cero, Ron había hecho varias paradas espectaculares, y Ginny había marcado cuatro de los seis tantos de Gryffindor. Eso obligó al reemplazo de Lee Jordan, Zacharias Smith, a dejar de preguntarse en voz alta si los hermanos Weasley estaban en el equipo porque le caían bien a Harry, y empezó a meterse con Peakes y Coote.

— ¡Lánzale una bludger, a ver si se calla!—le gritó Harry a Coote al pasar por su lado, pero éste, con una sonrisa, decidió apuntar a Harper. Harry se alegró al oír un ruido sordo que indicaba que había acertado.

Malfoy lo hubiese esquivado.

A Gryffindor todo le salía bien. Ron paraba los lanzamientos con una facilidad asombrosa. Estaba tan contento que simuló dirigir al público con una batuta imaginaria cuando estos empezaron a cantar el viejo tema «A Weasley vamos a coronar».

—Hoy se cree que es alguien especial, ¿verdad?—dijo una voz insidiosa, y Harry casi se cayó de la escoba cuando Harper lo embistió con deliberada fuerza. Malfoy seguramente sí hubiese dicho y hecho algo como aquello, pero saberlo solo lo molestó—. Ese amigote tuyo traidor a la sangre...

La señora Hooch estaba de espaldas por lo que no vio la acción, y cuando se volteó Harper salió disparado, fue entonces que Zacharias anunció que el buscador de Slytherin parecía haber localizado la snitch.

Harry aceleró, angustiado. No era posible que él precisamente le haya tomado ventaja ¿Era acaso que no le estaba dando tanta importancia al partido? ¿Le faltaba Malfoy para desear ganar por sobre todo a los Slytherins?

Malfoy...

— ¡Eh, Harper!—gritó Harry a la desesperada— ¿Cuánto te ha pagado Malfoy para que jugaras en su lugar?

No supo qué lo impulsó a decir eso, pero notó a Harper perder totalmente la concentración y quedarse en blanco por unos segundos provocando que la Snitch escapara entre sus dedos y pasara de largo. Entonces Harry estiró un brazo y atrapó la diminuta pelota alada.

— ¡Sí!—gritó Harry y miró triunfante a Harper. Sin embargo, dejó su sonrisa al ver como el otro parecía satisfecho.

—Tú no eres tan Gryffindor ¿no, Potter?—dijo y asegurándose de que Harry lo viera, miró desde esa altura directamente a la torre donde se hallaba la enfermería y llevó su dedo pulgar a los labios.

Antes de poder procesar todo, el equipo de Gryffindor llegó para abrazarlo mientras la multitud gritaba enardecida.

— ¿Adónde vas Ginny?—gritó Harry al ver pasar a la pelirroja como una flecha yendo a estrellarse directamente con el estrado del comentarista.

Cuando se acercaron, escucharon a Ginny, risueña y despreocupada, decirle a una enfurecida profesora McGonagall: «Lo siento, profesora, se me olvidó frenar.»

Harry sonrió y desvió su vista para mirar al equipo de Slytherin; Urquhart parecía reprocharle algo a Harper y él, inmutable, solo continuaba caminando hacia los vestidores.

Algo pasaba, y estaba harto de no saber qué.

...

Los Gryffindors habían hecho una fiesta para festejar la victoria; todo era normal hasta que se encontró con Ron devorándose a Lavender Brown a plena vista, y para empeorar las cosas, su amiga los había visto.

— ¡Hermione!—gritó en cuanto vio una melena castaña perdiéndose de vista por el hueco del retrato.

La encontró en la primera aula que no estaba cerrada con llave. Se había sentado en la mesa del profesor y la rodeaba un pequeño círculo de gorjeantes canarios que había hecho aparecer de la nada.

Harry sabía que le afectaba haber visto a Ron con Lavender, por eso no sabía qué decir, aunque también tenía una ligera esperanza de que no haya visto a Ron con las manos en la masa y que tan solo se había marchado por el alboroto.

Esperanza que murió en cuanto Ron entró riendo y arrastrando a Lavender de la mano.

La situación se volvió incómoda, y puesto que la acompañante de Ron había salido, Hermione dijo con calma:

—No dejes a Lavender sola ahí fuera. Estará preocupada por ti.

Ron parecía aliviado de que no hubiese ocurrido nada peor.

Y de repente...

¡Oppugno!—exclamó entonces Hermione desde el umbral y una bandada de pájaros salió disparada hacía Ron, que soltó un grito y se tapó la cara con las manos.

— ¡Hermione, por favor!—suplicó el muchacho, pero con una última mirada rabiosa y vengativa, ella abrió la puerta de un tirón y salió al pasillo.

A Harry le pareció oír un sollozo antes de que la puerta se cerrara y suspiró.

— ¡Qué demonios le pasa!—exclamó Ron y en ese momento entró Lavender que, aterrada, intentó ayudar al pelirrojo.

Harry los dejó solos en el aula y caminó por el pasillo escuchando cada vez más lejanos los quejidos, llegando a un punto en el que ya no escuchó nada en absoluto.

Se movía sin rumbo intentando despejar la mente y así poder hallar una solución para que sus amigos volviesen a estar en buenos términos, pero con lo recientemente ocurrido estaba empezando a dudar.

Aún divagaba cuando escuchó voces al doblar el pasillo. Le parecía que la profesora McGonagall se acercaba conversando con otra mujer. Harry estaba seguro de que si lo veía no pasaría nada grave, pero de todas formas decidió ocultarse en la sombra que proyectaba una armadura, esperando no ser visto.

—...también dudo que sea solo una treta entre estudiantes como indica el profesor Snape, Poppy. Pero me temo que mientras Albus no regrese a Hogwarts, no podemos tratar este tema.

—Con todo respeto, profesora McGonagall, no quiero que el estudiante llegue a un estado crítico y sin retorno solo porque el director no estuvo donde tiene que estar.

Harry pudo notar a su maestra un poco abatida.

—Poppy, en caso de que hiciéramos lo que nos pide, debe entender que son tiempos difíciles, San Mungo está abarrotado de gente y sabemos que para nuestros estudiantes no hay lugar más seguro que Hogwarts. Por eso te pido que no insistas y que trates de ayudar al chico, eres una gran medimaga, estoy segura que sabrás como manejarlo hasta que Albus regrese.

—Pero...

La voz de las dos mujeres se perdió en la oscuridad del pasillo y Harry salió de su escondite.

Sabía que Draco era el motivo de esa discusión. Así que sí había empeorado después de todo.

A paso firme, se encaminó rumbo a la enfermería, vigilando que nadie se diera cuenta de su presencia. Al llegar frente a la gran puerta, pegó su oído a la madera asegurándose que no había movimiento en la habitación y entró.

Todas las camas estaban vacías a excepción de una en la parte del fondo, donde un bulto amoldaba las sábanas formando un cuerpo. Harry caminó hasta allí y vio a Malfoy dormido. Frunció el ceño al recordar su última estadía en ese lugar y se preguntó qué tan mal estaría Malfoy esta vez.

Se acercó más a la cama mientras miraba por si alguien aparecía por la puerta de la enfermería. Desde hace algún tiempo tenía la necesidad de probar a sus amigos que tenía razón cuando decía que Malfoy era un mortífago, y justo ahora se le presentaba una gran oportunidad, tenía que ver la marca y bastaría verter su recuerdo en el pensadero para mostrárselo a Dumbledore y este entendiera que el colegio estaba en peligro con un espía de Voldemort entre los estudiantes.

Tratando de evitar movimientos bruscos, Harry sostuvo la manta que cubría el cuerpo inmóvil de Malfoy y la deslizó lo suficiente para dejar expuesto su brazo izquierdo, luego, lentamente movió su mano hasta la manga de su camisa y desprendió el único botón...

¡Expulso!

Fue tan rápido como el flash de una cámara, de un momento a otro Harry golpeaba contra una de las camas al otro lado de la habitación y Draco se incorporaba con la varita en ristre.

Harry llevó una mano a su nuca y masajeó la zona comprobando que una corriente de dolor atravesaba su espina dorsal.

El rubio no dijo nada, ver la cara de Harry y su gesto de dolor fue más de lo que su mente soportó para recordarle a su enfermedad que de alguna forma había ''traicionado'' al sujeto frente a él; y en ningún momento pasó desapercibida la conocida sensación en su pecho y garganta que trataba de reprimir con un gran sobreesfuerzo, pero que finalmente ganó.

El pelinegro aprovechó que Malfoy había empezado a toser para ponerse de pie y sacar su varita. Empezó a aproximarse sin que el otro se diera cuenta y ya lo suficientemente cerca agarró una hoja verde que circundaba por el aire y la sostuvo unos instantes antes de que la soltara por la picazón que empezó a causarle.

Ortiga*.

Parpadeando confundido, miró el resto de las hojas bailar por el aire en torno a Malfoy, quien había llevado el dorso de su mano a su boca y miraba a Harry con profundo odio, en espera de su siguiente movimiento.

Breves segundos más y un conocido brillo iluminó cada hoja antes de que se esparcieran en minúsculas partículas en el aire. Todas desaparecieron, a excepción de una.

La hoja que había tocado Harry yacía intacta a su lado. Nadie comentó nada al respecto, pero Draco, sabiendo la verdadera razón de porqué la flor no se iba, y sintiéndose incómodo por ello, habló:

— ¿Qué intentabas?—hizo la pregunta apuntándole con la varita.

—Probar que eres un mortífago—respondió el de lentes con su varita lista para defenderse por si al Slytherin se le ocurría atacar primero.

Malfoy resopló y lo miró intensamente, parecía sopesar sus opciones, al final se limitó a su sonrisa sarcástica.

—Pierdes tu tiempo.

—Entonces déjame ver tu brazo.

— ¿Qué eres auror, Potter? Yo no tengo porqué hacer nada de lo que me digas.

Era tarde, la luz de la luna entraba por los ventanales y Potter estaba de pie justo bajo esa iluminación. Veía su postura firme, su cabello desordenado, su rostro atento, y sus ojos fulminantes, de un color tan intenso que traspasaba el reflejo de los lentes.

Draco soltó un suspiró y dobló sus piernas hasta que sus pies estuvieron de puntas. En cuclillas y encorvado, llevó una mano para cubrir sus ojos sin importarle la impresión que pudiera tener Potter por lo repentino de la acción, simplemente estaba él y su sentir, sus emociones arrollándolo de manera abrasadora, cada una llegando y sobreponiéndose a la lógica.

— ¿Malfoy?

Harry llamó tratando de saber qué le pasaba al rubio, no se acercó ya que bien podría tratarse de una trampa, no se confiaba del contrario en absoluto.

Su voz...

Con los años había sido testigo de los cambios de voz de Potter, casi recordaba con claridad cómo se escuchaba a los once, y ahora, con diecisiete años, su voz era mucho más grave, más masculina, más adulta.

Con la mano aún sobre los ojos, agachó la cabeza y sonrió con ironía.

—Malf...

— ¿Qué harás?—Harry lo miró con gesto interrogativo—Sí soy un mortífago...—poniéndose de pie lo encaró y comenzó a acercarse al Gryffindor, logrando que se tensara y agarrara mejor su varita— ¿Qué harás?

—Yo...—Harry pasó saliva cuando Draco ya estuvo a un palmo de distancia, sintiéndose descolocado.

— ¿Se lo dirás a Dumbledore para que me expulse? ¿Me enviarás a Azkaban? ¿Me golpearás? ¿me matarás?

Entrecerró los ojos para no perderse ningún detalle de la reacción de Potter, casi supo el orden de las fases por las que pasó en ese lapso de segundos: confusión, sorpresa, hasta lucir genuinamente abrumado. ¿Quién lo diría?

—Dumbledore sabrá qué hacer.

Draco perfiló el rostro contrario con sus ojos, como ya lo había hecho muchas otras veces en la cercanía, y antes de perderse sumiéndose demasiado en lo que la acción le provocaba, sonrió de lado y se dio la vuelta.

—Pero tu no sabrás qué hará Dumbledore ¿no?—dijo y ante el silencio, continuó:—ya lo he dicho, pierdes el tiempo.

Llegó a su camilla y volvió a recostarse dándole las espaldas a Potter y guardando su varita bajo la almohada.

Finalmente oyó los pasos del susodicho alejarse y la puerta de la enfermería hizo eco en cuanto se cerró.

Apretó los ojos con fuerza y de inmediato se inclinó al filo de la cama para liberarse por fin de la sensación de vómito que lo embistió desde que le dio las espaldas al pelinegro.

Un tulipán amarillo* se deslizó por su boca y acabó en el suelo de la enfermería. Draco se limpió los rastros de saliva con la manga de su camisa y permaneció así, mirando el capullo hasta que este simplemente, dejó de existir.

Volvió a recostarse y dirigió su vista a una de las ventanas. Mañana le diría a Pansy que le trajera el libro de Hanakotoba; tenía unas cuantas flores para investigar su significado.


Notas de la autora:

*Ortiga: Eres cruel.

*Tulipán Amarillo: Amor sin esperanza.

He aquí otro capítulo, tarde, pero ya no meses 😅
Espero seguir con este ritmo en lo que resta de la historia.

¡Gracias por leer!