XIII. Almacén

Harry yacía al filo de su cama, había regresado después de que la fiesta finalizó encontrándose con varios de sus compañeros dormidos en la sala común, incluidos Dean y Seamus que roncaban sentados en el suelo apoyando mutuamente sus cabezas; Ron no se hallaba ni en la sala común, ni en el dormitorio, lo más seguro es que siguiera besuqueándose con la intensa de Lavender por alguna parte; Neville era el único en la habitación, pero lucía tan dormido como un tronco.

No tenía idea de la hora, sólo sabía que llevaba un buen rato sosteniendo el pequeño frasco de Felix Felicis sin decidirse en usarlo o no.

Era suyo, debería ser fácil resolver si era lo correcto beber un poco de la poción solo para saber qué pasaba con Draco Malfoy, pero de alguna forma una voz en su cabeza (curiosamente parecida a la de Hermione) le indicaba que era un desperdicio.

Pero... ¿y si no lo era? ¿y si gracias a eso podría entender qué es lo que tramaba Malfoy? ¿o lo que padecía?

¿Qué era exactamente lo que quería saber de Draco Malfoy?

Frunció el ceño cuando una parte de él, en lo más profundo de su mente, pareció decir «todo».

La imagen de Harper mirando a la enfermería y con un pulgar en los labios lo inquietó bastante, así que sí, eso era algo que quería saber.

De qué iba la enfermedad de Malfoy era algo que no solo él, sino más bien gran parte de los estudiantes de Hogwarts, querían saber.

Y que Malfoy era un mortífago, bueno, eso era algo que tan solo él pretendía demostrar.

«¿Qué harás» escuchó las palabras de Malfoy dentro de su cabeza «Sí soy un mortífago... ¿qué harás?»

¿Qué haría? ¡Decírselo a Dumbledore, por supuesto! Él sabría qué hacer.

«Pero tú no sabrás qué hará Dumbledore ¿no?»

Harry apretó el frasco y frunció aún más el ceño, odiaba la forma en la que Malfoy lo desestabilizaba, él habría ido con Dumbledore sin dudarlo, sin embargo, ahora ya no estaba tan seguro.

Trató de pensar como Dumbledore ¿Qué haría al saber que Malfoy es un mortífago? ¿Lo enviaría a azkaban? No, imposible. Lo más probable es que lo persuadiría para unirse a su bando, y si ya lleva la marca tenebrosa serviría como doble espía.

Pero sería peligroso.

Un escalofrío recorrió a Harry al imaginarse a Malfoy cerca de Voldemort; si llegaban a descubrirlo, moriría.

«¿Me matarás?»

Miró intensamente el frasco con el líquido dorado. Quería ayudar, por raro que fuese, ayudar a Malfoy.

Lo había visto, todo este tiempo no había parado de verlo, no lucía bien, no como en los otros años, y no lo decía por su enfermedad; más bien, se veía como alguien atormentado.

Con anterioridad, después de ver a Malfoy recostado en medio de pétalos negros insinuando el paisaje de una situación de óbito, llegó a la conclusión de que él, al igual que el mismo Harry, no había tenido elección.

Guardó la poción en el mismo lugar de siempre y se recostó quitándose los lentes, tocando brevemente su tabique.

No le diría a Dumbledore. Se arriesgó a ser él quien decidiría qué hacer.


—Aquí está, Gregory lo encontró en tu baúl, espero y no te moleste que haya tocado tus cosas.

Draco miró la sonrisa divertida de su acompañante y tomó el libro—Gracias, Pansy.

—Sí, bueno...—el rubio esperó, él mejor que nadie sabía que entre Slytherins ningún favor era totalmente gratis—Blaise vendrá más tarde, quiere saber cómo estás—Draco arqueó una ceja—Y sería amable de tu parte que lo convencieras de llevarme a las dichosas reuniones del club de las eminencias.

—No creo que el viejo deje que cualquiera entre, de otra forma todos lo harían ¿no te parece?—inquirió abriendo el Hanakotoba y empezando su búsqueda.

—Sí pero yo no soy cualquiera, querido. Pienso que debió pasar por alto el hecho de que mi padre...

¿Es un mortífago?—vocalizó Draco sin emitir sonido, levantando las cejas con sarcasmo.

Pansy bufó—Él no puede estar seguro...aún. —Finalmente se cruzó de brazos y farfulló con exagerado dramatismo—Agh ¿Y a mí que más me da si le caigo bien o mal a un viejo gordo y estúpido?

Draco dejó de buscar y la miró enojado por la imitación. Es verdad que merecía estar en ese club, es más, el estarlo le hubiese facilitado obtener la poción Felix Felicis en vez de Potter, pero por la cobardía del viejo no-quiero-tener-nada-que-ver-con-mortífagos, no lo había logrado.

La chica lo miró y cambió su expresión—No te enojes, Draco, solo que se me hace injusto no verte allí. De todos, seguramente tu habrías sabido darle conversación a Slughorn, eres quien más domina el tema de relaciones. Con la comadreja, la sangre sucia y Longbottom, no me imagino de qué puede hablar. —En un movimiento tomó la mano masculina, apartándola de la pasta del libro y sonrió—Aunque...si le pides a Blaise que me lleve a la fiesta de navidad...

— ¿Por qué no se lo pides tú?

Pansy rodó los ojos— ¿Quieres que yo se lo pida? No gracias, parecería desesperada—Draco solo la miró—Como sea, yo sé que lo harás ¿cierto?—su compañero solo se encogió de hombros y soltó su mano para seguir buscando.

Aprovechó ese momento para detallar a su amigo, dejando por fin su gesto animado y sabiéndose preocupada. Draco no quería decirle a nadie qué es lo que tenía, básicamente había dejado de hablar con ellos. No estudiaba, casi no pasaba en su cuarto o en la sala común, y ahora tenía que estar el resto del tiempo en la enfermería ¿Qué es lo que pasaba?

Apretó los labios antes de susurrar—Draco...—el rubio la miró— ¿Qué...?

—El tiempo terminó, señorita Parkinson—anunció madame Pomfrey saliendo de golpe de su cubículo y acercándose al buró junto a la camilla de Malfoy para empezar a preparar las pociones.

La Slytherin vio con odio a la mujer, pero se levantó del filo en el que estaba sentada y observó a Draco, tratando de que él viera en sus ojos las dudas que la atormentaban, antes de despedirse—Nos veremos pronto—dijo y se marchó.

En todo el lugar hacía un silencio solamente interrumpido por los movimientos de la medimaga. Ojos grises veían las letras del libro del Hanakotoba pero sin leer nada.

—La fiesta de navidad...—susurró.

— ¿Dijo algo, señor Malfoy?—cuestionó la mujer vertiendo una pócima de color morado en un recipiente.

—No, nada—respondió justo en el momento en que se dispuso a leer el significado del Tulipán amarillo.

— ¡Santo cielo!

Y el silencio nuevamente fue roto por la exclamación de la medimaga y una tos estrepitosa.


— ¿Completaste el ensayo de Historia de la magia, Harry?

El muchacho en cuestión no hacía más que golpetear su pluma contra el pergamino, pensando en el momento ideal para usar su poción; el día de ayer, en medio de sus cavilaciones, había decidido que ocuparía el Félix Felicis, y que bebiendo solo un sorbo le parecía suficiente para completar una o dos horas, con eso de seguro bastaría para saber todo lo que...

— ¡Harry!—reprochó Hermione en un susurro pateándole la espinilla por debajo de una de las tantas mesas de la biblioteca.

— ¡Auch! ¡¿Qué?!—se quejó en voz alta recibiendo a cambio varios «Shh» de otras mesas.

—No has escrito nada del ensayo; te recuerdo que son cuarenta y cinco centímetros de pergamino y no es un tema completamente sencillo.

Harry miró en su libro abierto el título: Alianzas internacionales de magos de 1615.

—Recuerda que tienes que poner lo que implica cada alianza, y a más de eso las fechas y los nombres de los que participaron. Todo eso debe alcanzarte en el pergamino.

Con lo dicho por su amiga, Harry soltó la pluma y resopló. Ni con la letra más pequeña que tenía lograría que cupieran ni la mitad de las alianzas; de todas formas, no tenía cabeza para ello.

—Lo haré después, igual hay que entregarlo la próxima semana—dijo y vio a Hermione apretar los labios, por lo que antes de que empezara con su frase ''no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy'' la interrumpió diciendo: —Estoy cansado.

La chica torció el gesto y asintió volviendo a su tarea, Harry agradeció que no insistiera y salió de la biblioteca dirigiéndose a la torre de Gryffindor.

A través de las ventanas del pasillo se veía el sol caer tras las montañas, provocando un cielo que variaba en una paleta de colores empezando del rojo, al lila, indicando que la oscuridad pronto gobernaría la noche en compañía de unas pocas nubes y estrellas.

El final del día estaba cerca, y con ello su momento de beber el Felix Felicis y saber de una vez por todas qué era lo que estaba pasando con Draco Malfoy.


— ¡Ahhh!—el grito de una pesadilla resonó por el lugar y Draco se incorporó con la frente perlada de sudor frío.

Había soñado que el señor Tenebroso torturaba a sus padres por culpa suya, por no poder cumplir la misión encargada; por no poder matar a Albus Dumbledore.

Llevó el antebrazo hasta su rostro y se limpió las pequeñas gotas de sudor que apenas sobresalían por sus poros. Tenía que actuar, pronto, de lo contrario el Señor Tenebroso creería que no se estaba tomando enserio su misión, y de todos modos, no era lo único que tenía que hacer, todavía quedaba reparar el maldito armario Evanescente.

Y como si no fuese bastante, para aumentar la injusticia que le tocó vivir, también tenía que lidiar con el hanahaki.

¿Cómo se supone que haría todo eso? Él reconocía que estaba perfectamente capacitado para algunas cosas, es justamente por ello que quería demostrar al resto su valía, a sus padres, al señor tenebroso, a Snape, al resto de los mortífagos, y así ganarse un puesto respetable...

Dudó, como lo venía haciendo desde que la marca tenebrosa pasó a ser parte de él, pero una vez más, desecho todo pensamiento inoportuno.

Esperó unos segundos más para escuchar movimiento, pero al parecer la medimaga no se hallaba en la enfermería, por lo que se levantó sintiéndose estúpidamente débil y tomó su varita y el libro de Hanakotoba para empezar a caminar hacía la puerta.

Su primera opción fue ir directamente al séptimo piso y pasar tres veces frente a la pared del pasillo como le había indicado el Lord antes de volver a Hogwarts, sin embargo, quería aprovechar el hecho de saber que nadie más podría entrar a la habitación para así pasar antes por las mazmorras, más específicamente, por su cuarto.

Cuando salió a los pasillos, la noche barría por todo el lugar, mostrando ser lo suficientemente tarde para que sus compañeros se hallaran dormidos en sus camas, aun así, era consciente que su mayor problema sería Theodore, puesto que solía jactarse de su sueño ligero que daba la impresión de que dormía con un ojo abierto; Blaise por otra parte era mucho más complicado de despertar, y en cuanto a Crabbe y Goyle, dormían tanto y tan profundo que solo el grito de una banshee lograría hacer que se levantaran a media noche.

Recorrió el camino hasta estar frente a la pared que se abrió después de decir la contraseña de Slytherin; entró y se topó con la sala común totalmente vacía, por lo que más tranquilo subió los peldaños que lo llevarían al cuarto que compartía con sus compañeros de casa.

Al momento de empujar la puerta de su dormitorio vigiló que no hubiese movimiento y empezó a deslizarse con cautela y de forma suave hasta su cama, cuidando de no hacer absolutamente ningún ruido posible. Se acercó a su buró replegado en una esquina, tocó la perilla con su varita y entonces pudo abrir el cajón y sacar de él una botella hechizada bajo el encantamiento reducto, por lo que cabía perfectamente en su bolsillo.

Dispuesto a salir, se tomó un momento para estudiar a sus compañeros; todos los doseles yacían cerrados, pero eso no necesariamente quería decir que sus ocupantes estuviesen dormidos, así que, resignándose a que sea lo que tenga que ser, salió ya sin preocuparse tanto porque se escuchara algún sonido al cerrar la puerta, y se marchó rumbo al séptimo piso, en esa noche especialmente oportuna.


Exactamente a las doce empunto, Harry se colocó su capa de invisibilidad con el mapa del merodeador en las manos; no había despegado sus ojos de él desde que vio el nombre ''Draco Malfoy'' salir de la enfermería e ir a las mazmorras. Él había planeado tomar la poción e ir a la enfermería a interrogar a Draco de alguna forma, si era verdad lo que decían, la poción e encargaría de que todo saliera a su favor y lograra su objetivo, sin embargo, cuando vio a Malfoy moverse de lugar, no estuvo muy seguro de utilizar el Felix Felicis, después de todo podía solo seguirlo y obtener algo de información sin ocupar el líquido dorado, porque ¿Quién sabría cuando lo fuera a necesitar de verdad?

Decidido, guardó nuevamente el pequeño frasco y salió tratando de no despertar a sus compañeros. Pasó por el retrato después de que la señora Gorda lo reprendiera por levantarla a esas horas, y ya en el pasillo miró el rumbo que Malfoy había tomado: corredor del sexto piso.

Rápido, corrió para alcanzarlo puesto que se mostraba cerca del aula de Runas antiguas y paró cuando al girar en una esquina, visualizó una silueta conocida caminando bajo la penumbra.

Draco Malfoy estaba de espaldas a él, sosteniendo un libro en su mano izquierda y con la otra oculta en el bolsillo de su pantalón, en el que seguramente guardaba su varita.

Harry empezó a seguirlo cuidando que sus pisadas no sean tan ruidosas, pero de un momento a otro, Malfoy se detuvo en medio del pasillo; creyendo que lo había descubierto, el azabache sacó su varita y la mantuvo firme por si se avecinaba algún ataque.

Malfoy giró quedando frente a frente y empezó a caminar hacia él.


No, mejor será no arriesgarme—pensó deteniéndose cuando ya estuvo cerca de las escaleras que llevaban al séptimo piso. Decidió entonces que si no tenía a nadie que vigilara mientras él estaba dentro reparando el armario, no lo haría, ¿quién quitaba que los ruidos que hiciese no se escucharían en el pasillo? Pues cabía la posibilidad de que un estúpido ataque de tos arrasara justo en medio de su trabajo pudiendo ser oído por alguien. Ya hablaría con Crabbe y Goyle al respecto.

Así que, cambiando de opinión y de rumbo, se dio media vuelta y caminó hacía la puerta del almacén en el que nadie entraba salvo para revisar si allí había terminado alguna pertenencia suya. En el camino, hubo un momento en el que trastabilló ya que había sentido movimiento muy cerca suyo, y aunque no vio nada, temió que la gata de Filch estuviese rondando por allí, así que se apresuró en llegar al almacén y abrir la puerta, pero en el acto, el libro resbaló de sus manos dentro del cuarto y tuvo que recogerlo y salir a mirar un momento si no había moros en la costa antes de cerrar.

Lumos—murmuró y la punta de su varita se iluminó, permitiéndole dar un rápido vistazo a las cosas a su alrededor.

El lugar era del tamaño de un aula de clases normal, pero debido a la cantidad de muebles se formaba un laberinto que lo llevó un poco más dentro, donde un sofá azul oscuro lo sorprendió.

Fregotego—dijo apuntando al objeto, escogiéndolo como su lugar de descanso. Luego se preguntó sí cerca habría algún tipo de vela y decidió intentar—Accio vela—y para su buena suerte, lo dicho voló hasta su mano, donde examinó su color blancuzco y la prendió sin más agradeciendo no tener que transformar nada.

Finalmente dejó que aquella luz levitara hasta una repisa en donde iluminaba lo suficiente, no tanto como lo harían las arañas que colgaban del techo de haberlas encendido.

Draco cerró los ojos y dejó descansar su cabeza sobre el respaldar del sofá que era lo suficientemente grande para dos personas. Después de unos instantes sin pensar nada concreto, sacó de su bolsillo el pequeño frasco y pronunció: —Engorgio.

El embase y su contenido empezaron a aumentar de tamaño hasta que quedó un poco por sobre encima de la proporción natural de la botella de whisky de fuego, pero sin exagerar radicalmente.

Draco miró la botella de vidrio, la destapó usando su varita y después le dio un gran trago que provocó que su garganta ardiera y sus ojos lagrimearan, aun así, pasó todo el líquido concentrándose en sentir los efectos que en su cuerpo producía.

Sabía que hacer aquello estaba mal, no solo porque de encontrarlo algún profesor la reprimenda sería grave; sino porque se sentía un cobarde por querer huir de sus problemas de manera tan ruin, pero no podía encontrar nada mejor que le ayudara momentáneamente. El whisky de fuego le hacía olvidar; olvidarse a sí mismo.

Olvidar que, si no cumplía con su misión de matar a Dumbledore, él y sus padres morirían.

Olvidar que no tenía idea de cómo empezar a reparar el armario Evanescente.

Olvidar que tosía flores.

Olvidar a Harry Potter.

Olvidar que tosía flores por amar a Harry Potter.

Ante ese último pensamiento llevó una vez más la botella a su boca y le dio un profundo trago, incluso más largo que el anterior, esperando que con eso las flores quedaran bañadas en alcohol y se extinguieran, se ahogaran y desaparecieran, que se desintegraran, lo que sucediera primero. Todo con tal de ya no sentir la sensación de tos que lo sacudía al pensar en Harry Potter. Y mandar a la mierda el Hanahaki desease.

Pero eso no pasó, y tosió, por supuesto que tosió.

Tosió unos jodidos pétalos blancos de Narciso*.

La imagen de su madre leyendo en el jardín llegó a su cabeza, y recuerda, cuando niño, haberle obsequiado exactamente esa flor; él ya sabía lo que significaba, pero no lograba recordarlo.

Y justo cuando estiró su mano para tomar el Hanakotoba y averiguar si aún con el ligero movimiento de las cosas a su alrededor era capaz de leer, escuchó:

—No deberías beber con tu condición.

Fue como si el estridente sonido de un Gong chino golpeara dentro de su cabeza e hiciera eco continuamente.

Se mantuvo inmóvil y alzó la vista justo cuando un movimiento en el aire le permitió ver a Harry Potter sosteniendo su capa de invisibilidad.

Draco no podría decir qué sintió en ese momento, su cerebro, medianamente obnubilado por el alcohol no proceso de forma adecuada su reacción y lo único que logró fue tomar de nuevo la botella, y empezar a ingerir el ardiente líquido intentando, por lo menos, aturdirse lo suficiente para olvidar que Potter acababa de surgir de la nada, o en el mejor de los casos, beber de golpe y esperar el momento en que pierda el conocimiento. Claramente no alcanzó su objetivo, pues Potter le arranchó el frasco luciendo sumamente enfadado.

— ¿Qué demonios, Malfoy? Bebiendo así solo vas a empeorar, podrías morir incluso.

Definitivamente la capacidad de racionalizar había huido veloz de su cuerpo y ya no supo diferenciar si aquel personaje era realmente Potter o un espejismo. Aunque igualmente dijo:—Qué mejor—encogiéndose de hombros.

El silencio encontró ese momento para presentarse mientras los pétalos blancos esparcidos por el sofá y el piso empezaban a desaparecer, añadiendo partículas de brillo al ambiente.

— ¿Qué mejor?—preguntó Harry, desconcertado.

Draco intentó estirarse para atrapar la botella, pero Potter se apartó provocando que el rubio se molestara—Dámelo—bramó.

—No.—Harry miró atentamente la reacción de Malfoy, esperando que se levantara y quisiera golpearlo, pero el Slytherin cambió de expresión y solo se dejó caer en el sofá, con la guardia baja y las mejillas sonrosadas por el alcohol.

—Tu...no eres capaz de dejarme en paz ¿no, Potter? Siempre estás ahí, siempre.

La forma en que Draco pronunció aquello dejaba a la vista su nivel de embriaguez, que, aunque no era alarmante, si era muy obvio.

—No soy yo quien se encierra en un almacén a beber whisky de Fuego—objetó Harry, como si eso tuviera algún sentido.

Frunciendo el ceño, Malfoy pareció darse cuenta de algo y se enderezó un poco—Potter...estás encerrado en un almacén sosteniendo una botella de whisky de fuego—y haciendo una pausa, el rubio sonrió antes de estallar en carcajadas sin ningún trasfondo más que la auténtica diversión.

Harry se quedó helado al ver y no ver al Malfoy que él conocía, riéndose tan resueltamente.

—Yo...—dijo y no completó la oración, pues se había quedado sin palabras.

Fue entonces que Draco paró y miró a Harry con una sonrisa en su boca, detallando su cabello desordenado y su expresión descolocada—Sabes cómo divertirme, cararajada—comentó, pero sin ningún tipo de sarcasmo o malicia, casi como queriendo sonar amistoso.

Pero eso no era posible ¿Verdad? Draco Malfoy no era amistoso.

Harry, superado por la situación, olvidó completamente su objetivo en primer lugar y tan solo observó cómo el sueño parecía estar invadiendo a Malfoy, quien se recostó en el sofá en posición horizontal: la cabeza apoyada en el reposabrazos y las piernas sobresaliendo por el otro costado, mirando hacia el techo.

—H-hay una histo-toria—empezó Draco, cada vez más ido—era un rey que vivía en el rincón más frío del mundo—dijo mientras abría los brazos simulando hacer un enorme círculo—y tenía una rosa en su corazón—. Harry, al oír esto, empezó a prestar verdadera atención y a acercarse a su rival para escucharlo mejor. —Él amaba a quien no podía amar, era un estúpido por enamorarse, de entre todas las personas—volvió a repetir el gesto de los brazos—de alguien, que nunca, nunca jamás, le iba a corresponder.

— ¿Por qué no?—se encontró preguntando Harry.

Las orbes grises de Draco se deslizaron hasta él, mirándolo tan fija y profundamente, que Harry tuvo el impulso de apartarse de golpe— ¿Por qué no?...—repitió Draco, con la voz decaída y arrastrando las palabras—porque él era malo, era muy malo y nadie lo quería, y después de lo que tenía que hacer, la persona que amaba lo iba a odiar aún más, y lo iba a odiar para siempre.

Malfoy se iba a quedar dormido, así que Harry se aproximó un poco más y preguntó:— ¿Qué tenía que hacer?

El rostro de Draco se contrajo en una mueca de dolor y se colocó de costado haciendo arcadas. Harry se apartó lo más que pudo pensando que vomitaría todo el alcohol que había ingerido, pero en su lugar, el capullo de una flor rosa de centro amarillento y con unas cuantas hojas verdes, cayó al frío suelo del almacén*.

Draco se limpió con el dorso de la mano y volvió a recostarse para poder dormir, ante esto, Harry repitió la pregunta— ¿Qué tenía que hacer?

Y justo antes de dejarse llevar por Morfeo, con los ojos entrecerrados, Malfoy contestó:

Matar.


Notas de la autora:

1) Narciso blanco: Deseo de amor puro.

2) Dondiego: Esperanzas perdidas.

Y aquí otro capítulo que no demoró un año en llegar, vamos bien, vamos bien(?

Espero que les haya gustado, especialmente porque es importante para la historia.

Así que...alguna crítica, sugerencia y comentario, son inspiración bien recibida.

¡Gracias por leer!