NOTA: ¡Alicia! ¡Qué alegría verte!

Recuerden que esta historia tiene SOLO tres actos.


SEGUNDO ACTO

—George Wickham —dijo Richard en voz alta, interrumpiendo abruptamente cualquier otra conversación y atrayendo las miradas de todos hacia su persona—. Si me disculpan —carraspeó ligeramente, aclarándose la voz—, hay ciertas cuestiones que quisiera tratar con ustedes relativas a George Wickham.

Su tía, de más está decirlo, frunció el ceño. Arruguitas de disgusto (más de las usuales) trazaron líneas en su frente y en torno a su boca. Y Richard supo entonces que ese silencio que tan teatralmente había obtenido estaba destinado a no durar.

—Yo conversaré sobre cualquier otro tema excepto ese —le dijo, mirándolo con dureza desde su posición presidiendo la mesa—. Y tú harás lo mismo, Richard —le conminó—. Estás disgustando a tu prima. —Y a Richard le bastó una mirada para confirmarlo: Anne, efectivamente, estaba lívida, más de lo habitual, y la palidez de su rostro contrastaba horriblemente con sus ojos enrojecidos.

—Pues entonces, tía —replicó él, negándose a ceder ante ella, como solía ser la costumbre, porque nadie osaba contradecirla—, creo que lo mejor sería que me permitieras hablar con tus invitados a solas.

—¡Cielos! ¡Qué insolencia, echarme de mi propia cena! —exclamó, y su semblante se tornó rojo encendido por la ofensa infligida—. ¡En mi propia casa!

—Tía, le recuerdo que estoy a cargo de la investigación —dijo Richard, la espalda recta y firme. Los exabruptos de su tía no eran prácticamente nada para alguien que había luchado contra los ejércitos de Napoleón—. A menos que prefiera encargarse usted de todo… —añadió, con la más mínima sonrisa, tendiéndole el cebo que sabía que habría de morder…

—Pues podría hacerlo perfectamente, Richard, bien lo sabes —contestó ella, la nariz petulante, usando las palabras mil veces repetidas. Richard se abstuvo de poner los ojos en blanco, porque Su Señoría era virtualmente capaz de todo…, pero siempre había una misma razón que lo impedía—, de no ser por la delicada salud de tu prima Anne. —La pobre Anne, hija de Su Señoría, volteó el rostro y se encogió sobre sí misma, intentando minimizarse, hacerse invisible, exhausta de ser el pretexto de su madre para todo—. En fin, haz como desees, pero no me pidas más favores —le concedió—. Bastante tengo con soportar la afrenta de que un sinvergüenza como el joven Wickham aparezca muerto aquí en tales circunstancias. —Y levantándose inesperadamente (los caballeros se apresuraron a hacer lo mismo, con el subsiguiente ruido de sillas bruscamente arrastradas), soltó su servilleta de cualquier manera sobre el mantel y le lanzó una mirada digna del sobrenombre que tenía en la comarca—. Pero si quieres saber mi opinión, harías bien en resolver esto cuanto antes. Es francamente desagradable y mancilla el buen nombre de esta casa.

—Gracias, tía —dijo Richard, con un muy marcial gesto de cabeza y entrechocar de talones—. Como siempre, es un placer contar con su asistencia y sus sabios consejos.

No era probable que la augusta señora hubiera sido capaz de apreciar la fina ironía de sus palabras, pues no dio indicios de ello. Alzó el mentón y empinó la nariz altiva, y con andar orgulloso abandonó la estancia, seguida de la pálida figura de su hija. Un instante después, a una señal de Richard, también los lacayos que servían la mesa salieron.

Cuando la puerta se cerró tras ellos y finalmente a solas, Richard se permitió exhalar un suspiro de alivio. Pero cuatro pares de ojos lo observaban. Él les devolvió la mirada, pensando (no por primera vez) si acaso uno de ellos podría ser un asesino. Podía ver a la señorita Elizabeth, con la cabeza ladeada, preguntándose qué iba a hacer con ellos. La señora Collins, por el contrario, se mostraba firme y serena, a diferencia de su esposo, que había pasado la velada sentado exageradamente recto en su silla, y ahora miraba nervioso a la puerta cerrada, pero eso probablemente fuera debido a la ausencia de su estimada lady Catherine. Y luego estaba Fitzwilliam, su primo, erguido, grave e imponente, serio el semblante. Con otro suspiro (esta vez de resignación), Richard los invitó a volver a sus asientos en la mesa. Sabía bien que estaba violando la sacrosanta costumbre inglesa de separar a hombres y mujeres tras la cena. El brandy y un cigarro para los caballeros y refresco y aseo para las damas, antes de volver a reunirse todos para la sobremesa. Pero no quería perder esta oportunidad de tenerlos a todos en la misma habitación, de mirar cada uno de sus rostros mientras los interrogaba.

—Fitzwilliam —dijo finalmente. Su primo dio un paso adelante—, de todos los presentes, tú y yo somos quienes más conocimos a Wickham. Así que si me lo permites, te dejaré para el final y comenzaré por nuestros invitados. —Él asintió, la mandíbula cuadrada en líneas duras. A continuación Richard se dirigió a los demás—. Créanme que no deseo incomodarlos, pero como ya sabrán, se me ha encomendado la investigación del caso. Me gustaría saber hasta qué punto conocían a George Wickham.

—Yo lo vi alguna vez por Meryton, coronel —respondió el señor Collins. Richard vio cómo Fitzwilliam hacía un mohín de desaprobación (breve, eso sí), por no haber permitido que las damas hablaran antes—. De mis primas Bennet, a quien más frecuentaba era sin duda a Elizabeth. —La aludida asintió en conformidad.

—Yo lo conocía de su trato con Lizzy —continuó ahora la señora Collins—, es decir, con la señorita Elizabeth. Pero nunca llegamos a ser presentados formalmente.

—¿Y nada más? ¿Ninguno lo volvió a ver aquí, en Kent? —les preguntó Richard a los Collins, y ambos negaron con la cabeza—. Pues solo falta usted, señorita Elizabeth.

—Le conocí en el pueblo, en Meryton —le dijo ella—, durante el desfile de bienvenida del regimiento. Puedo afirmar que disfrutaba de su conversación y de su buen humor.

—Perdone mi rudeza, por favor, pero ¿Wickham la cortejaba?

—No —ella se removió inquieta en su silla, pero respondió sin vacilación alguna—. Le gustaba coquetear conmigo, pero no fue más allá —dijo Lizzy, y a continuación suspiró—. Nunca me sentí cortejada, coronel.

Al otro lado de la mesa, su primo Fitzwilliam apretaba la mandíbula con tanta fuerza, que Richard temió que fuera a partírsela. Pero era ella precisamente, la señorita Elizabeth, quien no se había mostrado indiferente a la noticia de la muerte del canalla de Wickham. Además, si Wickham había mostrado tanta predilección por su compañía, ¿podría ser que…?

—Lo diré claramente, señorita Elizabeth: ¿cayó o no cayó usted por los encantos del señor Wickham?

—¡Richard! —se escuchó bramar. Todos los reunidos, el aludido incluido, dieron un respingo. Fitzwilliam se había puesto de pie y caminaba hacia él—. Por lo más sagrado —siseó, haciendo esta vez un esfuerzo formidable por no volver a alzar la voz. Sus ojos se habían oscurecido, como el cielo en un día de tormenta, y su postura era tensa, justo como la de un animal antes de atacar—, no te atrevas a sugerir algo así sobre la señorita Elizabeth. ¡No la ofendas!

Richard parpadeó, absolutamente desconcertado, porque su primo no solía perder la compostura ni el dominio de sí mismo. Muy contadas eran las ocasiones en que eso había sucedido, siendo la seducción de su hermana Georgiana por parte de Wickham la más notoria.

—Vamos, Fitzwilliam —le dijo, con cierto tono escéptico y suspicaz—. Sabes perfectamente que a Wickham le gustaban todas. ¿De veras crees que no intentó nada? —Un gemido ahogado, por parte de la señora Collins, hizo que Richard recobrara la conciencia de su entorno. Richard murmuró un reniego, dirigido hacia sí mismo, y sacudió la cabeza. Su primo seguía de pie, con los puños apretados a los costados, rumiando su insospechada ira a fuego lento. Al final, Richard exhaló algo parecido a un resoplido de aceptación y se puso en pie para inclinarse ante las damas—. Les ruego me disculpen por haber ofendido su sensibilidad, señora Collins y señorita Elizabeth, pero Wickham tiende a sacar una desagradable parte de mi persona.

—No se preocupe, coronel, me hago cargo de sus circunstancias —dijo Elizabeth, con una leve inclinación de cabeza, concediéndole así el perdón por su exaltado parlamento. Por su parte, Charlotte se abanicaba, las mejillas encendidas, sin duda, por presenciar una conversación nunca destinada a oídos femeninos—. Y le agradezco al señor Darcy tanto más su intervención porque él sabe de mi amistad con el señor Wickham. Verá, coronel… —Richard volvió a tomar asiento y adelantó el torso, atento—. Wickham precisamente ha sido objeto de discusión entre nosotros —Richard se sorprendió, y echó una mirada rápida a su primo. ¿Le habría contado lo de Georgiana? Y Fitzwilliam, como si le leyera el pensamiento, negó mínimamente con la cabeza. No, claro que no. ¿Cómo iba a contarle el secreto familiar a una muchacha que no le era nada? ¿Cómo iba a darle ese poder sobre él a casi una desconocida?—. Halagaba mi vanidad femenina, es cierto —reconoció Lizzy en voz alta, y sus mejillas se tiñeron de un suave rosa—. Nada más. No lo conocí lo suficiente para hacerme una idea cabal de su persona ni de su carácter. Y tampoco habrá ya oportunidad de hacerlo —añadió con pesadumbre.

»Sabía, ciertamente, de su enemistad con el señor Darcy —continuó Lizzy—. Pero me temo que solo conozco de la historia la versión del señor Wickham. Debería haberme abstenido de crearme una opinión al respecto, es cierto —reconoció ella, con un suspiro—, pero no lo hice y juzgué erróneamente al señor Darcy sin darle opción a réplica. Me dejé llevar por mi prejuicio, y ciertamente también por mi orgullo, pero sobre todo, me dejé llevar por la facilidad de conversación del señor Wickham, por sus maneras francas y alegres, y eso influyó para mal en mi trato con su señor primo. Sepan ustedes que admito que es un fallo de mi carácter que procuraré enmendar… —Lizzy suspiró una vez más—. Y eso es todo, coronel. Mi historia con Wickham termina ahí.

—Señorita Elizabeth… —susurró Darcy—. Yo… —Él la miraba con algo demasiado parecido a la adoración. Pero Richard intervino con una nueva pregunta, dejando inconcluso lo que quiera que fuera a decir su primo.

—¿Así que no se vieron aquí, en Kent?

—Nunca, coronel —respondió Lizzy.

Richard dejó caer la espalda contra la silla, en una postura nada marcial con un mucho de derrota. Estaba como al principio, sin pistas, sin indicios, en un callejón sin salida… De acuerdo, le faltaba aún hablar con Fitzwilliam, pero él ya conocía toda su historia con Wickham. Ah, ¿qué hora podría ser ya? De seguro que muy tarde… Y sin más razones que lo justificaran, no podría seguir reteniendo a los invitados de su tía toda la noche… Sí, lo más sensato sería que hablara con Fitzwilliam en privado en cuanto los hubiera enviado de vuelta a Hunsford.

—Antes de retirarnos —dijo Richard con voz cansada—, creo que nos convendría un brandy. ¿Haría usted el favor, señor Collins? —pidió, alzando una mano blanda—. Y para las damas, una copita de licor, ¿quizás?

El señor Collins aceptó hacerlo, con un amable gesto de cabeza, y se levantó muy despacio, con las extremidades anquilosadas por la forzada postura recta tan prolongada. Caminó hacia donde se hallaba el servicio de cristalería y allí escanció las bebidas. Richard, que lidiaba con sus propias reflexiones, casi se lo perdió:

El señor Collins echó a andar de regreso a la mesa y la bandeja vaciló en sus manos, a punto de caer al suelo. La cristalería tintineó desplazada en la bandeja pero el señor Collins logró salvarla con un movimiento rápido de su cuerpo para recuperar el equilibrio, pero se le escapó un gesto de dolor que contrajo visiblemente sus facciones. Llegó por fin a la mesa principal y dejó la bandeja como pudo, e inadvertidamente (menos para Richard, que lo observaba), se llevó una mano a las costillas.

—¿Le sucede algo, señor Collins? —le preguntó él—. ¿Se encuentra usted bien?

—No, nada —se apresuró a responder este.

—¿Seguro? —insistió Richard.

—Estoy bien —reiteró el párroco.

—No es eso lo que parece —porfió Richard, quien, a estas alturas y a tenor de lo observado, tenía motivos para desconfiar del hombre.

—Me hice daño cultivando el huerto —explicó el señor Collins. Charlotte, su esposa, lo miraba, con una expresión demasiado similar al pánico en el rostro.

—¿En serio? —le cuestionó Richard.

—Permítame no creerle, señor.

—Soy un hombre de iglesia, coronel —respondió él, blandiendo esas palabras como escudo.

—Y yo un soldado, señor —le replicó Richard—. Haga usted el favor acompañarme a otra habitación.

—¿Para qué? —le preguntó, dando un paso atrás.

—Para no ofender a la decencia, se quitará usted allí la camisa —Las damas, efectivamente, ahogaron un gemido. El de Lizzy era de sorpresa, el de Charlotte, de miedo. El señor Darcy se había acercado a ellas, situándose a su espalda.

—No, no haré tal cosa —objetó el párroco.

—Señor Collins, no se lo pediré de nuevo —le dijo Richard, dando un paso hacia él—. Esta es su última oportunidad. La Justicia será benevolente si usted colabora —le aseguró. El hombre negaba con la cabeza, una y otra vez, mirándose las manos y luego procedió a restregárselas, como si estuvieran manchadas—. Preguntaré al personal de servicio en Hunsford —amenazó Richard—. Sabré a qué hora regresó usted anoche. Revisaré sus ropas de ayer, sus zapatos. Sabré dónde estuvo, qué hizo. Desandaré todos sus pasos hasta averiguar la verdad. Y si usted me ha mentido, no habrá vuelta atrás.

—Yo no hice nada. Yo no hice nada. Yo no hice nada —murmuraba Collins entre dientes—. ¡No fue mi culpa! —exclamó entonces a viva voz, sorprendiéndolos a todos. Luego se hizo un silencio tenso, expectante, que fue roto por las siguientes palabras—: Fue un accidente… —susurró.

—¿Un accidente? —preguntó Richard. Él asintió, aún sin apartar los ojos de sus manos.

—Yo lo escuché. Lo vi —dijo, con la voz quebrada—. Haciéndole proposiciones deshonestas a mi Charlotte. —El lamento herido de su esposa resonó bajo, doliente.

—Pero William, yo nunca… —le dijo ella, con la voz entrecortada, a punto del llanto.

—Lo sé, lo sé, querida… —Él se apresuró a llegar hasta Charlotte y a tomarla de las manos—. Pero el muy truhan volvería a intentarlo. Salí tras él —le dijo, mirándola solo a ella. Los demás guardaban silencio, incapaces de interrumpir esta escena entre esposos—, decidido a conminarle que se marchara, que nos dejara en paz y nunca volviera a ofenderte, y el muy canalla se rio de mí. De nosotros, querida mía… —añadió, besándole las manos con devoción.

—¿Y qué pasó después? —preguntó alguien. Probablemente Richard…

—No sé quién dio el primer golpe —respondió Collins, con ojos solo para su Charlotte—, probablemente yo… Peleamos, me golpeó en las costillas. Yo lo golpeé con algo, no recuerdo qué. Un palo, quizás. Él… —Aquí vaciló—, él seguía riéndose, diciendo cosas horribles de nosotros. Yo lo empujé a la desesperada, furioso, y entonces cayó y se golpeó en la cabeza. Y ya no se levantó más.

—Fue un accidente, sí —afirmó Richard, que se había situado tras él—. Pero usted ocultó el cuerpo.

—Por supuesto que sí —replicó el señor Collins, escandalizado—. ¡No iba a dejarlo en la puerta de la iglesia!

—¿Y por qué las letrinas?

—¡Porque era el sitio que le correspondía, claro está! —exclamó, dándose la vuelta para decírselo—. ¡Con la inmundicia!

Luego todo pasó muy rápido. Richard abrió la puerta, mandó llamar a algún lacayo para que diera aviso a los alguaciles. Y mientras se lo llevaban, el señor Collins instaba a Richard a que apelara a la magnanimidad de Su Señoría para no dejar a su querida Charlotte desamparada, para luego pedirle a ella fortaleza para superar juntos esta terrible prueba.

Charlotte lloraba desconsolada en su silla, sin poder creer la verdad de labios de su esposo. Lizzy la abrazaba con los ojos anegados en lágrimas y miraba la puerta por la que había desaparecido el señor Collins. Y el señor Darcy permanecía de pie tras ellas, erguido en toda su altura, el rostro impenetrable, como si así pudiera protegerlas. Pero el daño ya las había alcanzado… Wickham las había alcanzado…