Se siente tan raro ser la alumna más grande del salón, no sólo de estatura, sino de edad pues tengo veinticinco años, el resto de mis compañeros apenas llegan a los veintiuno, pequeñines. Tal vez se preguntan por qué no empecé la Licenciatura antes, pues, bueno, es una larga historia comenzando con que mi padre abandonó a mi madre que se ha desvivido por darme lo mejor que puede. Nací y crecí en New London, Connecticut (Estados Unidos). Mi infancia no fue tan buena, mi madre tenía cuatro empleos para pagar los gastos básicos así que casi no la veía. Por un lado, agradezco eso porque me hizo ser independiente y maduré más rápido que el resto de las niñas de mi edad.
En New London terminé mis estudios hasta el duodécimo grado teniendo dieciocho años de edad, hasta ahí todo iba bien. Recuerdo que me gradué con el segundo mejor promedio de mi generación, nada mal. Después de eso le propuse a mi madre dejar de estudiar para trabajar y ayudarle con los gastos, a pesar de que ella se resistió a la idea, al final cedió porque no teníamos alternativa. Había que pagar luz, agua, hipoteca, comida, y ella sola ya no podía.
Trabajé un par de años en un restaurante mesereando doce horas al día, la paga era pésima pero la propina lo recompensaba. Para cuando quise empezar con la vida universitaria tenía claro que la Antropología Forense era lo mío, durante esos dos años me estuve preparando para la universidad, no quería estropear mi cerebro así que leía y hacía ejercicios mentales en mi tiempo libre. Cuando le dije a mi madre que ya iba a retomar mis estudios, en su rostro apareció una gran sonrisa, hace mucho que no la veía tan feliz.
- ¡Eso es grandioso, Alex! Por un momento pensé que no querías seguir estudiando. Y bueno, hija, dime, ¿qué quieres estudiar? -
Me tenía tan feliz su reacción, me gusta verla sonreír, - Antropología Forense- dije con entusiasmo imitando su sonrisa. La suya desapareció de inmediato.
-Antropología, ¿eh? –, dijo mi madre no muy convencida
- ¡Sí! -, yo seguía entusiasmada.
-Alex, ¿no te gustaría algo como leyes o contabilidad? Digo, me refiero a algo más… útil.
Ya se me bajó el entusiasmo.
-Madre, ¿qué cosa es más útil que identificar el esqueleto en los restos humanos?
-Bueno pues… - mi madre agacha la mirada y frunce ligeramente el ceño, levanta ligeramente la ceja derecha, esa expresión solo dice que está analizando la situación. -Alexandra, si tú quieres hacer lo que sea que hace un antropólogo, entonces mereces empezar en la mejor institución que está a nuestro alcance. Pienso que deberías ir a Yale -.
¿Qué está diciendo? – Madre, Yale es una de las mejores universidades, se compara con Harvard, definitivamente está fuera de nuestro alcance-, aunque la idea me emociona, tengo que ser realista.
-Y eso indica que es una buena Universidad, no queda muy lejos. Mira, busco un departamento, nos mudamos, busco otro empleo, trabajo, tú estudias, te preparas e intentarás entrar a Yale -. Muy bien, mi madre se ha vuelto loca.
- Madre, pero…- ella me calla con un ademán de su mano.
-Pero nada, Alexandra. Mañana renuncias y te pones a estudiar, no se hable más-.
Esa es mi madre, así de fácil se le mete una idea a la cabeza y no para hasta conseguirlo.
Un año después, con veintiún años de edad, mi madre y yo nos mudamos a New Haven. Tengo la suerte de contar con una madre como ella, no importa las veces que maldiga cuando me despierta tan temprano, ella es increíble. Poco después de haber llegado a New Haven, mi madre consigue comprar una pequeña casa en la parte norte de la ciudad, es pequeña pero perfecta para nosotras dos. Con veintiún años de edad intento hacer el examen de admisión en Yale. Y digo intentando pues no estaba preparada para el examen. Obvio, no quedé. Un año más de estudio independiente y de preparación, nuevamente intento hacer el examen con veintidós años. Esperé los resultados un mes entero después de haber presentado el examen por segunda ocasión. Cuando llegó el sobre a nuestra casa recuerdo que me quedé parada frente al buzón viendo la paleta roja levantada indicando que había correo nuevo. Me quedé imaginando mi vida en una oficina acomodando archivos hasta la muerte, por otro lado, si el sobre decía que me aceptaron, podría llegar a ser una de las mejores en mi campo. Lo que decía ese sobre definiría todo en mí.
- ¡Alex! –, me grita mi madre desde la puerta. - ¡Deja de contemplar ya ese buzón como si nunca hubieses visto uno y trae el correo ahora! -. Hago lo que me dice, entro a la casa y el resto es historia.
Dos años y medio después, véanme aquí, sentada en una butaca a un lado de la ventana contemplándolos, no a los buzones del correo, claro, sino contemplando esos ojos que me miran despistadamente cada vez que pasa frente a la butaca. En su momento pensé que Yale estaba fuera de mi alcance y aquí estoy, ahora pienso que ella está fuera de mi alcance, pero es probable que me esté equivocando otra vez.
- ¿Puede repetir la tarea por favor? -, pregunta algún iluso desde el fondo del salón. ¿Por qué no pueden prestar atención?
Esperen, ¡¿tarea?!
-Seguro, para la siguiente semana deben traer un ensayo sobre la historia del grupo étnico garífunas. El ensayo tendrá la extensión que ustedes crean necesario, será un treinta por ciento de su calificación del semestre, hemos hablado de los garífunas durante los últimos cuatro meses así que no creo que tengan problemas – Mierda, debo anotar eso, ¿dónde dejé esa condenada pluma? -El ensayo debe ser una exposición personal sobre la evolución de la etnia tocando así, todos los puntos posibles, desde el uso y manejo de su dialecto, hasta sus más mínimas costumbres. ¿Quedó claro la tarea? -. El timbre sonó, todos toman sus pertenencias y salen del aula rápidamente. Termino de escribir las últimas condiciones para el ensayo y me percato que sólo quedan dos alumnos al fondo en un rincón que miran algo en sus teléfonos, tomo mis cosas, las guardo en la mochila y me dispongo a salir.
- ¿Señorita Vause? -, amo como dice mi apellido- ¿qué tal su hombro? – pregunta tomando su bolso y maletín, acercándose a mí.
-Mejor, gracias, pero evitaré quedarme parada en las puertas mucho tiempo-. Sonríe por mi intento de broma, que linda sonrisa.
- Que tenga un buen día, Vause -.
Me pasa, por un lado, noto de reojo que su sonrisa se hace más grande, - buen día, profesora-, y una sonrisa tonta aparece en mis labios.
El resto del día pasó rápido, terminaron mis clases, hablé un poco más con Nichols, estuve en la biblioteca haciendo tareas y empezando con la investigación para redactar con fundamentos el ensayo. Para cuando llegué a casa mi madre ya me esperaba con la cena puesta en la mesa.
La cena fue más silenciosa de lo normal, ella normalmente me pregunta sobre los temas que voy aprendiendo aunque ella no entienda nada sobre eso. Estaba sentada en frente de mi limitándose a ver su cena con la mirada perdida. - ¿Me pasas la sal? - ¡Vaya! Por fin dijo algo.
– Seguro, ma, toma -, se la paso, ella ni siquiera voltea a verme, este comportamiento no es normal en ella.
- ¿Qué te pasa?, ¿los vecinos volvieron a robarse tu gnomo favorito? – juro que pregunté con la mejor intención intentando crear una conversación.
- ¡Deja ya tus putas bromas! - mi madre se exalta, definitivamente esto no está bien.
-Mamá, lo siento, sólo quise decir algo para romper el silencio, no era mi intención molestarte- me disculpo de mejor manera.
-Descuida, Alex – se calma un poco, - discúlpame a mí, no era mi intención contestar así es sólo que... Alex, no sé cómo decirte esto. Preferiría que no supieses, pero, tienes derecho a saberlo. – Se calla creando tensión en el ambiente.
- Dime, ¿qué sucede? - Trato de mostrarme calmada.
-Me han despedido, tengo una semana sin trabajo y no tengo para pagar tu siguiente semestre en Yale-.
Joder, ¿por qué no pudo decir que se robaron al gnomo?
