"-Está usted llamando a la estación de policía de New Haven, por cuestiones de seguridad, esta llamada puede ser grabada por las autoridades. ¿En qué podemos ayudarle?

-Quiero… quiero hacer una denuncia.

-Un momento por favor, su llamada será transferida.

Luego de algunos segundos escuchando música tintineante, levantan la bocina.

-Estación de Policía de New Haven, ¿diga?

Sé que esto es lo correcto, pero me detengo unos segundos a repasar mentalmente las consecuencias, si él cae, yo también caigo.

-¿Hola?

La voz del hombre me sobresalta y rompe con las inseguridades que tenía. Esto es lo correcto.

-¿Diga?

Una vez más, respiro hondo antes de declarar con determinación.

-Hola. Quiero hacer una denuncia anónima…"

Sofía ha demostrado apoyarme a pesar de lo mal que le hice sentir durante su visita la semana pasada. Unas cervezas para ella, jugo para mí porque no puedo beber alcohol con el medicamento, una velada bajo las estrellas a orillas del mar, esto es genial. Me sorprende las molestias que ella está tomando sólo para estar conmigo en estos momentos. Pidió permiso en la Universidad y en el hospital donde está haciendo su residencia, tomó un vuelo de más de nueve horas para atravesar el Océano Atlántico y recorrer los siete mil setecientos sesenta y cinco kilómetros que separa a Alemania de Estados Unidos, además, por si fuera poco, rentó un automóvil convertible para sacarme de mi casa un sábado por la noche y traerme hasta aquí, la playa.

Sofía como piloto (por obvias razones), yo como copiloto y ambas con el respaldo hasta atrás, estamos semi recostadas viendo la noche pasar frente a nosotras. Durante el camino de mi casa a acá no dijimos nada que no fuera más de lo necesario, claro que me sorprendió verla aquí y le hice preguntas que en momentos sonaban a reclamos del por qué estaba en New Haven otra vez. Yo pensé que estaba en exámenes, y con eso de sus prácticas supuse que estaría muy, muy ocupada, pero olvidé una cosa: Sofía siempre se preocupa por los que ama, ella tiene esa virtud de saber cuándo alguien está mal para ir en seguida a su rescate. Lo más sorprendente es su capacidad de perdonar, ella sigue siendo tan atenta, tan empática, justa e inocente como hace once años. Esa es la Sofía que recuerdo, esa es la Sofía de la que me enamoré.

-Cuando Nicky me trajo aquí, en todo momento estaba pensando en ti, ¿sabes? Pensaba en lo que estarías haciendo con ella, no quería imaginar cosas que no eran, pero por momentos te imaginaba besándola.

-No nos besamos.

-No quiero decir que me alegra, pero me alegra.

-Dijiste que cuando Piper me rompiera el corazón, te llamara para que me mandaras al diablo…

-Sí, pero no puedo mandar al diablo a una hermosa chica como tú, Al. – Sofía, sonriente como la recuerdo, abre otra lata de jugo de durazno para mí, y la segunda botella de cerveza para ella.

-Gracias – Le digo aceptando la lata.

-¿Quieres hablar de eso?

-No… Bueno, no sé. Todo fue tan rápido, todo ha sido tan efímero que apenas logro asimilarlo.

-¿Por qué no me dices qué pasó la última vez que se vieron?

-Ella me dijo cosas que me lastimaron en verdad.

-¿Cómo qué?

-Como que soy una arpía busca dinero, oportunista y aprovechada. Más o menos lo que me dijo se resume a eso.

-Al… - Sofí se recuesta de lado dejando de ver al cielo para verme a mí. -¿Y si la mandas por un tubo?

Sin quererlo, una sonrisa triste aparece en mi cara recordándome lo infeliz que me siento cada que me pregunto lo mismo.

-No puedo, Sofi. Esa mujer me vuelve loca. – Las lágrimas, como ayer, y como hace tres días y como cada día de los últimos siete días que han pasado, se hacen presencia en mis ojos, mojan mis mejillas y terminando al final de mi cuello. Me doy palmaditas mentales en el hombro por haber dejado el collarín en casa, si no, se estaría mojando. – Me vuelve loca y no entiendo cómo pude fijarme así de alguien a quien apenas conozco…

Comento esto para hacerle saber a Sofi que, por un lado, le doy la razón. En aquella conversación en el restaurant me dijo que casi no conozco a Piper y no debí intentar conocerla, ahora lo sé.

-Al, cariño, no llores. – Sofia deja su cerveza en el porta vasos, quita la lata de mi mano para ponerla al lado de su bebida y se reincorpora limpiando mis lágrimas con un paño blanco sacado de su chaqueta de cuero. – Alexandra, esa mujer no te merece. – Yo, con el poco ánimo de hablar de Piper que me queda, levanto el respaldo quedando sentada otra vez.

-Sofía, lo siento, en serio. Vienes hasta acá y yo sólo me pongo a llorar por esa… esa... – Ira, lo que me faltaba.

-No pasa nada, a eso vine, a secar tu llanto, vine a estar contigo.

-Yo soy quien no te merece, no deberías estar aquí, Sofi.

-Pero lo estoy porque te quiero, Al. -Sofi se sienta quedando a mi altura, siento su mirada en mí, me apena que me vea llorar, pero ¿qué más da? Sofía siempre me ha conocido tal cual soy. Con timidez, sujeta mi barbilla y la voltea hacia ella obligándome a verle a los ojos para retomar su diálogo. – Alex, no te iba a dejar sola, por fin te veo después de once años, ¿en serio crees que voy a dejarte escapar otra vez? Ya te perdí a los catorce, no quiero perderte a mis veinticinco también. Por mucho tiempo no dejé de pensarte, me odié porque por un descuido hice que me separaran de ti, arruiné lo más increíble de mi adolescencia, arruiné lo que teníamos.

-Sofi, no fue tu culpa… - Sujeto su mano y la quito de mi mentón para acercarla a mis labios y besarle. -No fue culpa de nadie el que nos separaran…

Cuatro ensayos, una investigación documental, dos resúmenes, un cuestionario y una presentación de 40 minutos para el seminario "La cultura del Paleolítico superior; su utillaje: Magdaleniense" con Dell Marco. Sábado y domingo estuvo cargado de lecturas, investigación y estrés a excepción de la noche del sábado que compartí con Sofia. Tener que hacer el trabajo de una semana en dos días es agotador, aunque, por un lado, agradezco que haya tenido tanto trabajo por hacer, eso me liberó la mente y dejé de pensar (aunque sea un poco) en lo ocurrido con Piper.

Lunes, 01:49AM. En unas horas tendré que regresar a la Universidad a hacerle frente a la realidad. Cierro por fin el último libro sobre mi escritorio, estiro mis brazos sobre la cabeza sintiendo que mi columna cruje en cuatro sitios diferentes. Me levanto ya más acostumbrada a depender de las muletas, apago la lámpara que iluminaba mi lectura y me recuesto, por fin, en mi cama.

El cansancio de dos días arduos de lectura tras lectura y escritos a mano hacen efecto en mi cuerpo provocando que la suavidad de mi almohada sea más reconfortante de lo habitual. La obscuridad de la habitación es interrumpida por las grietas de luz que viajan desde el reflejo de la luna, hasta cruzar por la ventana y colarse por las cortinas entreabiertas; el sonido de los grillos tocando su melancólica melodía junto a la ventana rompe con el silencio de la noche; mis gafas resbalan por mis dedos al tratar de colocarlas sobre la mesilla al lado de mi cama, me importa poco cómo cayeron y doy luz verde a mi cuerpo para que se relaje. Mi pierna, enojada por ser prisionera en el yeso, lanza punzadas de dolor, imagino que es su manera de quejarse por el frío. Con eso, y con el deje de tristeza que me causa saber que no veré a Piper en un tiempo, cierro los ojos con la esperanza de recuperar energías para empezar un nuevo día.

¿Han sentido que apenas y dormitaron por unos minutos cuando en realidad han pasado horas? Pues así sentí cuando el insistente biiib del despertador sonó.

Al levantarme tomé mis gafas del suelo, me las coloco al encontrar mi celular de debajo de la almohada y ver tres llamadas perdidas de Sofía. Algo me dice, muy en el fondo, que hoy será un día difícil.

En la penúltima clase, que por cierto es Historia, mi sueño se hizo más notable cuando Martínez, la maestra sustituta de Piper, me pregunta sobre qué aprendí en clase. En lugar de objetar con frases elocuentes y directas como suelo hacerlo, de mi boca salió un bostezo largo y necesario, todos rieron por lo burdo de mi reacción excepto Martínez que, con la cabeza alta y su mirada cargada de furia, me echó del salón.

Una vez sentada en la banca de madera fuera del edificio, siento cosquilleo en el cuello, lo que me hace quitar el collarín de mi piel sensible y rascarme disimuladamente.

-¿Quién te pegó los piojos?

Bueno, ni tan disimulado.

-Cállate, Nichols. Me quité esto porque tenía comezón. -Le contesto lanzándole el collarín.

-Si me siento en la misma banca que tú, ¿me pegas los piojos?

-Lo que te voy a pegar será mi puño en tu cara si no te callas y te sientas.

-Hey, tranquila vaquera… - Nichols deja de hacerme burla y se sienta a mi lado.

-¿No deberías estar en clases?

-Tenía examen sobre medios sustentables de energía eólica, era sencillo. ¿Tú por qué no estás en clase?

-Me sacaron por bostezar.

A duras penas, Nicky quiso guardarse la carcajada que se le escapaba de la garganta.

-¿Te sacaron por dormirte?

-No me dormí, ¿está bien? Sólo bostecé. Y ya dame eso… - Al quitarle el collarín de sus manos, lo guardo en la mochila y cuando mi amiga recuperó la voluntad sobre su voz, habló.

-Oye, deberías usar eso. – Dice señalando la mochila.

-No lo haré, me da picazón y además es molesto querer voltear y no poder.

-Bueno, como quieras, pero si Diane te ve te va a regañar.

-¿Has visto a mi madre por aquí?

-Cuando salí del examen la vi en el pasillo fuera a mi salón, nos saludamos. Se nota que está feliz con el trabajo.

-Sí, lo está, es genial que se adapte tan bien.

Nicky iba a sugerir algo más cuando mi celular vibró en el bolsillo de mi chamarra.

-¿Hola? – Respondo la llamada sin ver el remitente.

-Hola, ¿cómo está la chica más sexy de la Universidad?

-No sé, pero si tanto te interesa deberías llamarle a ella.

-Estoy hablando con ella, Al.

-Hola, extraña.

-Hola. ¿Cómo estás?

-Sentada y respirando.

-Qué graciosa, me refiero a…

-Ya sé a qué te refieres.

Nicky me hace señas con las manos como preguntando "¿qué es?" a lo que contesto con un susurro: "Sofi".

-¿Estás con alguien?

-No. Bueno, sí, pero no importa, sólo es Nicky.

Por la mirada de reproche, sé que no le gustó que dijera "sólo es…" cuando me refería a ella.

-Oh, me la saludas. ¿Y cómo estás?

-Bien, mejor. ¿Qué hora es en Alemania?

-Las siete de la noche… ¿Segura que estás bien? No te escuchas "mejor".

-Estoy segura, no pasa nada. Estoy bien.

- Bueno, Al, te dejo porque me tocó guardia en el hospital donde hago la residencia y me solicitan en urgencias.

-Hablamos pronto, Sofi, gracias por llamar.

-Te quiero, Al.

Y la llamada se cortó. Nichols levantaba las cejas sugiriendo ideas indecentes, y yo me limité a verla de mal modo acompañado de un bostezo.

Horas más tarde, al llegar a casa con el collarín puesto justo antes de entrar, mi madre me esperaba con la mesa servida. Al parecer su horario es de siete de la mañana a dos de la tarde, lo que le da tiempo de llegar antes que yo a casa y recibirme con una deliciosa comida.

Al dejar las muletas al pie de la silla y acomodarme para empezar a ingerir los alimentos, el teléfono de casa suena. Mi madre se levanta para contestarlo, lo hubiese hecho yo, pero en lo que agarro las muletas, me levanto y llego hasta la sala para atender, la llamada ya hubiese terminado.

-Casa de la familia Vause… ajá… sí, se la comunico.

Escucho la conversación desde la mesa, cuando mi madre se acerca, me tiende el teléfono susurrando "policía".

"Mierda, ¿qué hice?, ¿o qué hizo Nichols?" Es lo primero que se me cruza por la mente al escuchar la voz del hombre al otro lado de la bocina.

-¿Señorita Vause?

-Sí, dígame.

-Hemos terminado el reporte oficial de la investigación sobre el accidente que usted y… Piper Chapman tuvieron. Necesitamos que visite nuestras instalaciones para hacerle saber lo que encontramos.

-Seguro, iré en cuanto antes.

-Gracias.

Al colgar, tecleo el número de Nichols con rapidez.

-¿A quién le hablas?, ¿qué te dijeron?

-Le llamo a Nicky. Y me dijeron que han terminado con la investigación, necesitan que vaya pero quiero que Nicky me acompañe.

-¿Y la maestra no te acompañará?

-No sé si vaya… espera. – El teléfono sigue marcando hasta que… - Hey, necesito que me lleves a la comisaría, al parecer terminaron con las investigaciones... Bien… está bien, te espero.

Media hora después, Nicky llegó para llevarme a la comisaría. Mi madre se quedó en casa, mejor, no quiero que se vea involucrada en esto. Al llegar, en recepción nos hicieron esperar algunos minutos hasta que dos hombres con traje, los mismos que me levantaron la declaración en el hospital, nos llevan hasta el tercer piso. Después de algunos pasillos recorridos con más lentitud de lo que me gustaría, llegamos hasta una oficina cerrada con una larga mesa ovalada en el centro y sillas alrededor. Los dos hombres nos pidieron tomar asiento y luego ellos se unieron a nosotras con carpetas en las manos. Sacaron varios documentos, algunas fotografías de la escena con el bebé de Nicky destrozado y unas más de… ¡Homer!