El día en que cerramos el caso en la Corte hace unos meses, fue cuando me enteré que Piper dejaría de trabajar en Yale; recuerdo que nos enviaron un correo electrónico avisando a todos los alumnos de Piper Chapman, que nuestra nueva maestra iba a ser Martínez. La noticia me sorprendió, Piper ama dar clases, se le nota en cuanto entra al aula, esa iluminación instantánea en su mirada cuando alguien pregunta o se interesa realmente en el tema que está impartiendo no miente. Ella no renunciaría así por así a su cargo, lo sé. Segundos después de leer el correo, le marqué a su celular para conocer la verdadera razón del por qué dejaría su clase en manos de Martínez.
Piper contestó al segundo tono, la conversación inicial de "hola, ¿cómo estás?" se acabó y me fui directo a mi duda, le dije que no entendía por qué dejaba los salones de clases y que por favor me diera una razón aunque sea como alumna. Recuerdo que dudó un poco en responder, pero al final me dijo que era porque no quería estar en un lugar que le recordaba el trauma que vivimos. Piper es genuina, espontánea y a veces puede pecar de inocente, pero ella es más fuerte que cualquier secuela psicológica, ella no dejaría su trabajo botado así por así.
A diferencia de Piper, Martínez me odia. Historia es la única clase en la que mis calificaciones se vieron afectadas pues, según la nueva maestra, no hago bien los reportes o ensayos que solicita y aprovecha cualquier fallo para ponerme una baja calificación. En mis otras actividades me va bien, no tuve problemas para ponerme al corriente después de la incapacidad que me dieron por rehabilitación para mi extremidad lastimada.
Dicen que "año nuevo, vida nueva", pero mis mañanas, las clases en Yale, mis tardes de estudio y mis fines de semana con Nichols, siguen casi igual, excepto que ya es mi último año como estudiante y debo empezar a plantearme mi tema de tesis, además, cambié de dirección, vivo sola y cuando despierto no hay desayuno en la cocina, tampoco hay quien me regañe por beber directo del envase de leche.
Aunque no consumo mucho, mi madre insistió en pagar los gastos por ahora como luz, agua, servicio de internet, y me envía un poco de dinero extra para cosas personales y comida. Mi madre es una persona increíble, ¿quién no quiere una madre así? Estoy en deuda con ella, siempre estaré en deuda con esa gran mujer que me trajo a la vida y lo ha dado todo por mí.
"-Ya tienes que irte de mi casa .- dijo mi madre cuando me quedé pasmada observando la llave dentro de la pequeña cajita azul con moño plateado en la tapadera.
-¿Qué es esto? – Pregunto sin quitar la mirada del pedazo de metal tratando de entender si me está corriendo o me está haciendo un favor.
-Es tu llave, tu departamento te espera. – Levanto la mirada y me encuentro con mi madre sonriendo sentada frente a mí con su gorro rojo y de pico con campañilla en la punta, gorro típico de éstas épocas. -Empaca tus cosas porque mañana te quiero allá.
-¿Es una sutil manera de echarme de casa?
-Míralo como un paso a tu nueva vida, hija, ¡feliz Navidad! -Un guiño de ojo, una seña indicando que siga con mi cena de Noche Buena y una sonrisa grande, es lo que necesitaba para entender que sí, era una sutil manera de sacarme de casa.
Mi madre me ha comprado un departamento y yo le regalo un suéter con la cara de Rodolfo el Reno a lo largo de la parte delantera, y una tarjeta con una leyenda:
"¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo! Con cariño: Alex."
Así que para compensar un poco el burdo regalo que le di, me levanto del asiento para acercarme a ella y darle el cálido abrazo que se merece, y mi sincero agradecimiento.
En Navidad, a primera hora, le envié un mensaje a Piper deseándole lo mejor; ella me respondió a los minutos deseándome una feliz Navidad, su mensaje me hizo sonreír como estúpida todo el día, pero mis deseos no se cumplieron, no del todo. Piper no estaba conmigo, y tenerla a mi lado era mi mayor deseo.
En Noche Vieja, mi madre y yo decidimos hacer algo diferente a lo que habíamos hecho años anteriores. Tomamos un transporte que nos llevó a New York para iniciar el año viviendo la emoción de ver a la esfera de cristal bajando en Times Square. Antes de salir del hotel para dirigirnos a la plaza Manhattan, mi madre y yo nos pusimos de acuerdo para vernos en el hotel a cierta hora de la mañana siguiente para regresar a New Haven. Cuando llegamos, ambas tomamos rumbos diferentes, me preocupa que algo le suceda entre los miles de espectadores, pero quedamos en que ambas estaríamos comunicadas y eso me tranquilizó un poco.
Entre el bullicio, agitación y euforia de la gente a mi alrededor, encontré espacio en un lugar aceptable para ver la esfera descender sin complicaciones, además, la altura en estos momentos es una ventaja. Al comprar una cerveza para no desentonar, miré a mi alrededor disimuladamente para darme cuenta que todos, o estaban abrazado a alguien, o se estaban besuqueando en mis narices. Al parecer me puse en la zona de las parejas melosas. Cuando la música cesó y las luces que iluminaban se apagaron dando paso a las luces de las pantallas de los móviles, los gritos aparecieron y las risas nerviosas también. En una pantalla gigante aparecieron fotografías de las noticias más importantes a nivel mundial con música neutra de fondo; en ese momento, mi celular vibró, lo saqué de mi chamarra y vi un mensaje:
"Si pudieras hacer una última cosa en éste año, ¿qué sería? -Piper C. 3"
"Besarte. ¿Y tú? -Alex V."
"Responder a tus labios. -Piper C. 3".
Me quedé mirando la pantalla de mi celular unos segundos sonriendo de la misma manera que todos a mi alrededor: sonriendo perdidamente enamorada. Mi felicidad duró poco, pues el flujo de gente comenzó y una persona golpeó mi espalda por accidente haciendo que el móvil resbalara de entre mis dedos y cayera al suelo rompiéndose la pantalla en docenas de pedacitos. No alcancé a ver quién me empujó, pero me dedicaron un "lo siento" mientras me agachaba a recoger los restos del aparato."
Si me preguntan: "¿cuál es el momento más feliz de tu vida?". Mi respuesta sería: "cuando nuestros labios se unieron". Tal vez han escuchado eso de "labios cálidos y suaves", y es cierto, los labios de una mujer normalmente son así, pero los de Piper no tienen descripción. Sus finas curvas se movieron sobre las mías, y la sensación fue magnífica. Cuando sentí sus labios atrapando los míos, su sutil sabor a menta en mi lengua y la facilidad con que nuestras bocas se reconocieron, supe que sí, lo daría todo por ella.
No sé dónde se metió Piper, desde que mi teléfono murió después de esa caída libre no he sabido nada de ella. La extraño, todos los días la extraño. Extraño verla en el salón de clases moviéndose de un lado a otro, extraño la conexión entre nuestras miradas, extraño verla sonreír, extraño su risa, extraño sus labios. Han pasado tres meses desde que nuestros labios se unieron, y muero por besarla otra vez.
