Me tiene acorralada entre su cuerpo y la pared, su lengua recorre con descaro mi cuello provocando que el calor en mi abdomen bajo aumente. Un gemido grave sale de mi garganta cuando sus manos se postran en mis senos apretándolos mientras que las mías vagan por sus caderas sin rumbo fijo, pero con el objetivo de acercarla más a mí. El saco que antes lucía es desabrochado y arrojado al suelo, junto con el, se caen mis ganas de quedarme quieta. Sin que lo viera venir, intercambio posiciones dejándola con la espalda apoyada en la pared, sus manos suben hasta mi cara y noto como con desespero intenta besarme, pero no me dejo. Abre sus ojos después de que esquivé sus labios un par de veces más, me divierto y nos miramos en las penumbras de la obscuridad unos segundos hasta que sus muslos quedaron sujetos con mis manos, con facilidad la alcé, sus piernas se ajustaron en mi cintura, y sus brazos alrededor de mi cuello ayudándome a sostenerla mientras caminaba por la habitación hasta chocar con la orilla de la cama y la bajarla dejándola de pie frente a mí.
No demoramos en chocar nuestros labios otra vez, ni en tocarnos con confianza. Ahí estábamos, comunicándonos con besos y conociéndonos con caricias en mi habitación apenas iluminada con la luz de la luna a través del ventanal. Entre besos se quitó los tacones, uno con ayuda del otro, haciendo notable nuestra diferencia de estaturas, giró para darme la espalda, movió su cabello a un lado y me vio por encima de su hombro descubierto. Con la lengua exploré la piel de su cuello como segundos antes ella lo hacía conmigo, con los dedos recorrí su espalda hasta encontrar el cierre del vestido para bajarlo. Me separé de ella unos momentos mientras admiraba la piel blanca y tersa que se iba exhibiendo durante el recorrido del cierre. Moví de sus hombros los tirantes del vestido para que cayera a sus pies, me tomó unos segundos fijarme en la desnudez de su espalda y notar que no estaba usando sostén. Tenía ante mí su hermosa figura de mujer, su espalda desnuda, sus definidas cuervas en la cintura, su trasero dentro de unas bragas rojas, sus delineadas piernas… Era ella, ella es la mujer de mi vida. La mujer que admiraba a la distancia, la mujer que me enamoró en un salón de clases, la mujer que me roba el aliento, la que roba mis pensamientos. Es ella, es Piper.
Antes de que se diera vuelta, me pegué a ella abrazándola por la cintura, mi nariz inhaló el olor de su piel antes de hundirse en su cuello, mis manos acariciaban su abdomen desnudo, Piper se estaba entregando a mí, pero tiempo le sobró para darse vuelta en mis brazos y quitarme la camisa, me empujó haciéndome caer sentada en la orilla de la cama. No le vi señal de arrepentimiento por su brusquedad pues se arrodilló ante mí, me quitó las botas en tiempo récord, desabrochó mi pantalón con habilidad y tiró de el dejándome sólo en ropa interior.
-Hazme tuya, Alex…
Ordenó sentándose sobre mí, me paré de la cama y la levanté como segundos antes lo hice, la acosté conmigo sobre ella, mordí su cuello dejando una que otra leve marca por ahí, yo quería hacer las cosas delicadas, pero con esta mujer no se puede. Lo delicado pasa a ser lo último que se me atraviesa por la cabeza, y esas peticiones como la de hacerla mía, no ayudan en nada a mi razonamiento. Piper se sujetó a mi trasero, besaba mis pechos sobre la tela del sostén hasta que decidió quitármelo y así poder morder y lamer a su antojo. El placer del ardor por sus mordidas siendo calmado por la humedad de su lengua, me estaba llevando al límite. Cuando dejé de poner resistencia para ser guiada por ella, fue cuando se posicionó sobre mí. Recorrí la extensión de su espalda con mis manos y ella se las apañaba bien para intercalar besos desde mis labios, hasta mis pechos pasando por mi cuello, y de regreso.
Por primera vez yo no tengo el control en un encuentro sexual, es raro, pero excitante, quién diría que Piper podía ser tan dominante. Mis manos pronto dejaron de sentir su piel y fueron sujetas con autoridad arriba de mi cabeza.
-Quédate quieta… - Dice sobre mis labios.
-Y si no quiero, ¿qué?
-Vas a querer…
-No soy una niña a quien le deban ordenar las cosas, puedes decir "por favor" y ya.
-Cállate… Por favor. -Pide para después morder mi labio inferior y estirarlo, no lograré quedarme muy quieta con gestos como ese, pero como soy buena gente, le haré el favor de hacer un esfuerzo y no alegar más.
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Bajé por su cuello directo a sus pechos, esos pechos grandes y suaves que se me antojaban probar y saborear hasta sentir sus pezones duros bajo mi lengua. Noto que la respiración de Alex se acelera cuando lamo su abdomen, rodeo su ombligo y muerdo sus caderas.
-¿Te gusta? – Pregunto fingiendo inocencia.
-Pi… Piper… no juegues, por favor.
-Dime, Alex, ¿qué quieres que te haga? – Mirándola desde su abdomen, me divierto al ver cómo lucha por tener las manos sobre la cabeza como le ordené.
-No es divertido…
-Para mí, sí. -Me rio en lo bajo al recibir una mirada desesperada de esos ojos verdes. -Joder, me excitas… – Susurro más para mí que para ella.
Quité sus bragas, negras, por cierto, y me perdí entre sus pliegues por primera vez. Lamí y mordí su clítoris con suavidad para no hacerle daño, pero sus gemidos me estaban haciendo perder el control. Acaricié cada rincón de piel que tenía a mi alcance, lamí su sexo a lo largo de su extensión y con dos dedos me abrí paso a su interior; su humedad era tanta que el tercer dedo que introduje se acopló a la perfección. Escuchar sus gemidos y sentir sus dedos enredarse entre mis cabellos me estaban volviendo loca de pasión, Alex movía sus caderas buscando más contacto, así que hundí mi rostro entre sus piernas y profundicé cada estocada que le hacía. Se vino fuerte y rápido entre jadeos, una leve capa de sudor y suspiros. Cuando su cuerpo dejó de temblar, salí de ella, comencé el recorrido de besos hasta su boca e hice que se probara en mis labios.
-¿Te gustó? – Le pregunté quitándole un par de cabellos del rostro.
No me contestó, no por mal educada, sino porque su respiración seguía siendo densa, pero la sonrisa que tiene en el rostro me hace sentir orgullosa de mi trabajo. Quise moverme para acostarme a su lado en lo que se recupera, pero no me dejó. Tomó mis muslos y me sentó a horcajadas sobre ella, lamió mi labio inferior para abrirse paso con la lengua en mi boca. Sus manos pasaron de mis muslos a mi espalda, y de mi espalda a mis caderas; empezó a ejercer presión obligándome a moverme hacia arriba.
-Siéntate. – Dice mirándome a los ojos.
-Alex… Estoy sentada…
-En mi cara, Piper. – Abrí los ojos con sorpresa y su mirada emanaba excitación.
Acomodé mi cuerpo como ella solicitó, su boca empezó a hurgar sin vergüenza haciendo movimientos en todas direcciones, sus manos subían y bajaban por mi espalda en sincronía con la velocidad de su hábil lengua, mis caderas empezaron a tomar vida propia pues se movían sin mi consentimiento disfrutando de las caricias de Alex, y su nombre era lo único que podía recordar en esos momentos.
Tuve que apoyar mis manos en la cabecera de su cama para no perder el equilibrio, sus movimientos fueron más rápidos y desesperados al punto de usar toda su boca para darme placer. Los espasmos se hacían presentes con mayor frecuencia, bajé la mirada y la visión que tenía desde esa altura fue clave para terminar exhausta sobre ella; con su ayuda, me acosté somnolienta a su lado.
-¿Te gustó? – Me pregunta con sonrisa de ganadora.
-No es necesario responder eso, ¿o sí?
-No, tu cuerpo me dijo que sí te gustó. – Ríe mientras me abraza por la cintura acomodándome con la cabeza apoyada en su pecho.
Después de tanto dimes y diretes, por fin puedo estar tranquila al lado de la mujer bella, dedicada e inteligente que me enamoró en cada clase. Nos besamos con la paciencia que al principio no tuvimos, mezclamos nuestros sabores en cada roce de lenguas y en cada mordida de labios. El patrón de caricias que Alex hace en mi espalda y sus besos, ahora en mi frente, son reconfortantes, me dan una seguridad inexplicable. Sentir el calor de nuestros cuerpos juntos, escuchar los latidos de su corazón en simultaneidad con los míos, el olor a sexo que se apoderó de la habitación, todo, absolutamente todo me daba seguridad; a ese paso, pronto me entregaré a los brazos de Morfeo.
-¿Alex? – Pregunto en susurro.
-¿Hum…?
Estaba a punto de decirle "te amo" entre sueños, pero me contuve y de mis labios salió un…
-¿Mañana seguirás mirándome con esa ternura y amor con la que me has mirado los últimos años?
-"Amamos lo que nos hace falta", dijo Sócrates. ¿Sabes? Si yo ya tuviera lo que me hizo falta, no lo dejaría ir porque ya hubiese tenido la experiencia de vivir sin ello, entonces, no quisiera volver a sentirme antes de ese "ello". – Su voz muestra el cansancio acumulado, pero hace un esfuerzo igual que yo para responder antes de quedarse dormida.
-¿Qué quieres decir? – Pregunto confundida por su respuesta, mientras ella reafirma su abrazo pagándome más a su pecho desnudo, y con un hilo de voz ronca, me contesta:
-No quiero volver a dormir sin ti a mi lado… - Entre abrí los ojos presa de la alegría que me causó escucharla decir eso, pero más alegría me dio lo que preguntó antes de caer profundamente dormidas. - ¿Quieres ser mi novia, Pipes?
