Título: Muñeca con corazón.
Personajes: Violet Evergarden, Gilbert Bougainvillea.
Pairing: Violet x Gilbert.
Línea de tiempo: Universo de la novela.
Advertencias: Disclaimer Violet Evergarden; los personajes no me pertenecen, créditos a Kana Akatsuki. Posible y demasiado OoC [Fuera de personaje]. Situaciones dramáticas, nada cómicas, pobremente románticas y algo dolorosas. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.
Clasificación: T
Categoría: Drama, Romance.
Total de palabras: 1640
Nota de autora: A pedido de una personita muy especial asies uwur
Summary: «Se supone que las muñecas no sienten (y por eso tú no eres una)».
I.
Hey, ¿las muñecas matan?
Violet.
Violet se llama, así le ha puesto el nombre —porque ella no tenía uno y eso era como muy, muy triste puesto que ¿qué niño nace sin un nombre?—. Como una flor. Como una flor (silvestre, salvaje) cualquiera. Como una flor cualquiera que ha nacido y crecido en medio de la nada, en medio del frío y del dolor, en medio de un mundo hecho para marchitarse, con ella incluida en él.
Como una flor cualquiera que ha nacido en un mundo hecho para marchitarse a su lado y por su propia mano, hasta el día en que termine cerrando también sus ojos y duela, duela, duela hasta que ya no haya más remedio que apagar los circuitos a los que llama corazón y cerebro, y sus brazos dejen de luchar y desgarrar a sus enemigos y de arrancar las vidas a costa y pedido de su amo.
Un nombre simple (demasiado precioso).
Pero Gilbert dice que el nombre le queda, porque es hermoso— no como a él, que su apellido no cuadra a los estándares que lleva encima y el peso que está cargando, al que jamás se ha de adecuar a su persona y eso es tan—
(a veces frustrante, a veces molesto, a veces a punto de dejarlo todo y salir corriendo —como su hermano alguna vez lo hizo.)
Pero ahí está esa chica, de cabello brillante como el sol y los ojos de un cielo despejado de verano. Tan puros como joyas en bruto, esperando ser pulidas (y después desgastadas hasta que ya no sean más que un granito capaz de volar con el viento y perderse en un abismo infinito), con el cuerpo diminuto pero a la vez tan fuerte como un vendaval. Sus preciosas y cálidas manos hechas únicamente para sostener armas y cortar los cuellos de otras personas que no fueran su amo.
Gilbert entonces siente culpa por un momento.
Pero es sólo un momento.
Porque pronto está ella de nuevo mirando en su dirección, gritando en silencio por sus órdenes, por sus pedidos. Esperando que ese mundo en el que viven no la absorba por completo, y que, aunque no sea responsabilidad suya, no la deje caer en las garras de otras personas. Que no sea que termine convirtiéndose en la bestia amaestrada de alguien más cruel que él.
No, algo como eso era simplemente impensable.
Por eso no le queda más que morderse los labios y después dar el mismo mandato:
—Mata.
La preciosa pieza de porcelana con forma de niña celestial acata la orden sin pestañear una sola vez.
II.
Hey, ¿las muñecas matan?
Resulta que Violet tiene una voz preciosa.
Pero sus palabras no son muchas.
Porque ella piensa que para una herramienta no es necesaria la boca.
(Si tan sólo supieras que a él le encanta escucharte llamándolo, pidiéndole cada vez más, deseando cosas normales y tan solo, tan solo queriendo una cosita que tenga que ver con alguna tontería sentimental—)
Por eso la niña guarda silencio la mayor parte del tiempo, y solamente suelta sus palabras para dar informes, para explicar situaciones, para dejar en claro los requerimientos para la próxima misión o afirmar su mecánica opinión («si usted me lo ordena»). Luego se convierte en lo que todos piensan que ya es.
Una muñeca (maldita).
(Y realmente no te importaría convertirte en algo tan aberrante con tal de ser útil, ¿no es así?)
Entonces—
La niña no escucha otras voces que no sean la de él. Porque, la verdad es que, no importa qué, el mundo además de esa persona no es posible de alcanzar. No puede estirar los brazos, ni los dedos, y no le interesa dar un paso fuera del círculo que es una prisión —que tampoco le interesa, sinceramente. Está bien, piensa. Está bien porque, siempre, al final del día están esos ojos de verde, verde, verde brillante acompañándola. Están siempre observando hacia ella.
Violet piensa que todo está bien siempre y cuando esté esa mirada, esos colores, en medio de su existencia. No hay algo más que le interese. Ni siquiera ella misma. Ella no es necesaria.
—Mayor, deme las órdenes.
Pero Violet no entiende que ese verdor no es por algo tan bueno. Que en los ojos de esa persona lo único que brilla es el miedo y la culpa de verla en esa situación, de verla cada mañana convirtiéndose en una horrible arma, en una muñeca sin corazón capaz de dejar de lado su existencia con tal de obedecer lo que le ha dictado. Es el terror de que, algún día, él mismo ya no encuentre esas orbitas azules apagadas cerca suyo y en espera.
Ella no diferencia sentimientos, eso es lo peor. Pero Gilbert tampoco tiene idea de qué debería enseñarle al respecto si él mismo se encarga de suprimir los suyos.
(Ambos no son más que unos idiotas.)
III.
Hey, ¿las muñecas matan?
De pronto, una noche supuestamente especial, Violet encuentra el mismo hermoso color de los ojos del Mayor puestos en una piedra.
Es solamente hasta entonces que descubre lo que significa la palabra «hermoso».
Así que se lleva el obsequio y se lo pone en el pecho, cerca del corazón. Allí donde una sensación extraña brota desde hace tiempo, no sabe cuándo, no sabe cómo, ni sabe el porqué. Pero no le molesta el tener que descubrirlo, eso es innecesario. Todo fuera de las órdenes del Mayor son cosas innecesarias que debe hacer a un lado.
Sólo las órdenes—
—Vive.
Ah, pero de pronto ya no son las órdenes.
De pronto no hay más que dolor y desesperación y no es capaz de pensar. La sangre le mancha el rostro y el uniforme. Se siente envuelta en un calor horrible, que le explota las arterias y sangra, sangra, sangra más y más. El suelo y las paredes se convierten en retazos pintados con lo que es su alma. Mezclados con el de él, quien también sufre y—
Violet no es capaz de rendirse en las órdenes. Siempre ha de seguirlas pero—
—Vive y sé libre.
Ella no quiere. Ella no quiere seguir esas órdenes. No puede hacerlo. Así que grita que no, con un valor que no sabe que tiene, que no tiene idea de dónde habrá sacado, que no sabía que era real ni entendía el porqué. Nunca entiende nada, así que hace lo que le dictan pero, aun así, no puede sino intentar ir en contra y salvarlo.
Aunque ya no tenga brazos lo intenta. Se aferra a él, se aferra al pobre brillo único que permanece en el ojo que le queda. Trata desesperadamente de gritar en silencio mientras espera a que el Mayor recapacite y le pida que lo saque de allí (y es que lo hará, definitivamente lo hará, sin importar cómo, a costa incluso de su propia vida si es que aquello era necesario).
—Basta ya.
Decide no escucharlo. Decide que no necesita escucharlo.
Decide que es mejor hacer lo que ella tenga que hacer. Aún sin las órdenes.
Porque, a pesar de todo, ella no es nada sin él.
—Violet, escúchame.
No necesita hacerlo.
—Te amo.
De repente el tiempo se quiere detener. O es que ella no se puede mover más.
Sus engranajes tardan mucho en volver a funcionar y su cabeza, su confundida y resquebrajada mente, llega a casi romperse en pedazos.
—¿Qué significa eso?
Gilbert le sonríe. Es una sonrisa de disculpa.
(Quizás era por eso que, al estar a su lado, no entendía por qué llamarla muñeca era extraño.
Porque las muñecas no se pondrían felices de escuchar esas cosas.)
«Se supone que las muñecas no sienten (y por eso tú no eres una)».
IV.
Hey, ¿las muñecas matan?
Se supone que no. Pero también es que sí. Porque las muñecas no tienen corazón, no sienten culpa, no hacen más que existir para seguir órdenes, para bailar de acuerdo a sus hilos irrompibles. Ellas no son más que objetos hechos para alguien más.
Pero él sabía que ella no lo era, siempre lo supo. Porque no había manera de que una muñeca deseara tanto estar junto a alguien.
Violet era una chica, no una muñeca.
Se lo decían las sonrisas que finalmente era capaz de mostrar y las manos que, pese a estar hechas de frío metal, eran sumamente cálidas y ya no sostenían armas para arrebatar vidas.
Y sus ojos ya no lo observaban únicamente a él, en espera de sus órdenes, gritando su soldad y su deseo impuesto de ser una herramienta. Ahora danzaban alegres en libertad, encontrándose otros colores, en busca de sus propias aventuras y su impredecible destino. Porque ahora era sólo ella y su libertad de ser humana, sus propios deseos y alegrías.
(Incluso es capaz de entender lo que significa amar, y amando igual a quien le ama.)
Y su apariencia de muñeca ya no se asemejaba tanto a una. Ahora era algo vivo, algo que estaba dispuesto a cuidar desde lejos porque, sinceramente, ella ya no necesitaba que velara por ella todo el tiempo con temor constante a que se rompiera de pronto.
Estaba bien así.
¿fin?
