CAPÍTULO 2

LA NOCHE DE LAS MADRES


Tal vez los dioses fueran longevos, pero eso no significaba que el tiempo pasase más rápido ni que los días no fuesen igual de tediosos, la misma tortura una y otra vez, multiplicada por cientos y miles de años.

Loki sentía el peso de cada minuto apilándose sobre su espalda. Seguía contando los días porque temía arrepentirse alguna vez de no haberlo hecho, pero lo hacía de forma mecánica. Ni siquiera le importaba. ¿Qué más daba saber cuántos días había estado encerrado sin ver a nadie fuera del guardia? Intentaba dormir cuando suponía que era la noche, y estar despierto durante el día, pero no era fácil al no tener ningún tipo de referencia ni nada para hacer. Jamás en su vida había dormido tanto como en los cuatro meses que llevaba ahí.

No le habían quitado su magia, pero no le servía de mucho. El guardia estaba protegido contra sus poderes, la puerta era impenetrable y sólo se abría con la llave de oro, y no había otra forma de salir. A lo sumo podía hacerse la vida más cómoda con pequeños detalles como cambiarse la ropa y mantenerse limpio a pesar de la inexistencia de un grifo. Era de agradecer el poder seguir teniendo esas pequeñas comodidades, aunque dudaba que Odín fuese el autor de ese gesto amable.

La luz de las lámparas no se apagaba en ningún momento, pero por suerte tenía el hechizo perfecto para crear oscuridad ante sus ojos cuando quería dormir. De lo contrario, hubiese sido imposible. La comida no había mejorado. Tal vez no era tan mala, pero para sus estándares de la realeza dejaba mucho que desear. Intentó conjurar otros platos, pero su magia se negó a dejar la habitación, así que al parecer podía manejar sólo lo que había dentro.

La rutina era exactamente siempre la misma, incluso el guardia parecía hacer los mismos movimientos al entrar, como si estuviese en un eterno bucle de tiempo. Nunca había oído su voz, ni siquiera cuando Loki lo interpelaba para intentar sacarle una palabra. Una vez le había tirado la bandeja de comida a la cabeza, pero el guardia la esquivó hábilmente y cerró la puerta detrás de sí. Ese mediodía Loki había quedado sin comer, aunque no era como si le importase mucho.

Por eso su corazón se saltó un latido cuando a la hora de la cena de un día indefinido oyó una voz del otro lado de la puerta. No pudo comprender qué decía o quién estaba hablando, pero ese cambio tan pequeño en la rutina lo despertó como un chispazo frente a sus ojos. Se incorporó rápidamente y miró la pared. Tardó escasos segundos en recordar qué día había entrado allí y sacar las cuentas. Si no se había saltado ninguna muesca, era la noche del 20 de diciembre del año terrestre 2012 (eso era más fácil que intentar medirlo en años asgardianos), y llevaba ahí cuatro meses y trece días.

¿Qué podría ameritar un cambio en su rutina en la Noche de las Madres?

Se abrió la puerta y él desvió los ojos de la pared marcada, ansioso, aunque rehusándose a demostrarlo. Entró el guardia con la comida, y detrás de él se hizo visible la figura de la reina. Loki retuvo la felicidad en su garganta hasta que el guardia desapareció cerrando la puerta detrás de sí, pero luego no fue capaz de contenerla.

—Madre —dijo, y en esa palabra dejó fluir como un torrente todo lo que la había estado anhelando. Cerró la distancia entre los dos con un solo paso y sujetó esas manos que había creído no volver a tocar. Su madre tuvo que ponerse en puntas de pie para dejar un beso en su mejilla, que Loki devolvió—. Madre —volvió a decir aquella palabra que había echado en falta, aquel nombre que sabía dulce en sus labios—, ¿qué haces aquí? ¿Cómo es que Odín te ha permitido venir? ¿Qué ha sucedido?

—¿Necesito una excusa para querer ver a mi hijo en esta noche? —preguntó Frigga— ¿Sabes qué es hoy?

—La Noche de las Madres —respondió Loki con seguridad—. Pero no creí que Odín fuese a atender a razones.

—Tu padre puede ser el rey, pero yo soy la reina. Hay áreas grises en ello, especialmente cuando se trata de la familia.

Loki no le discutió, porque no quería amargar el momento pensando en Odín. La culpa lo carcomía y necesitaba disculparse. Hacía meses que precisaba hacerlo. Había tenido tiempo de sobra para pensar y arrepentirse de cosas que había dicho y hecho, especialmente en las que referían a su madre, y creyó que nunca tendría oportunidad de confesar su falta. El destino, por una vez, le había concedido una segunda oportunidad. Apretó las manos de su madre entre las suyas, negándose a dejarla ir.

—Mis últimas palabras fueron ruines, madre. No sabía que no volvería a verte, no me permitieron despedirme. No debí haber dicho lo que dije. Eres la única en todo Asgard que significa algo para mí —Loki cerró los ojos, intentando encontrar el valor para exponer su inseguridad. Lo halló al fin, cuando abrió los ojos y vio el rostro de su madre otra vez. Las palabras brotaron de lo más profundo de su ser, amargas, punzantes—. Perdóname por no haber sido un hijo del que pudieras sentirte orgullosa, un hijo al que pudieras amar. Lo siento por todo, madre, lo siento tanto...

Los brazos de su madre lo callaron, soltando sus manos y rodeando su cintura. Loki se dio cuenta de cuán pequeña era ella, y cuán fácil podría destruirla si quisiese, y un nudo apretó su pecho.

—Tuviste mucho, Loki —dijo ella, con la mejilla apoyada en el pecho de él y los ojos cerrados. Tal vez estaba escuchando los latidos de su errático y afligido corazón—. Muchos dones, mucha inteligencia y mucho talento para la magia que podrían haber sido usados para el bien de tu pueblo, en lugar de para destruir y manipular. Tú elegiste qué hacer, y te atuviste a las consecuencias. No voy a defender a tu padre ni a tu hermano, así como no te defenderé a ti. No te arrepientes de lo que hiciste, al menos no del todo —dijo, y no era una pregunta, y Loki no se atrevió a negarlo—. Pero aún así eres mi hijo y yo soy tu madre, y mucho tendría que suceder, y muy malo, para que eso cambie.

—Madre —dijo él, y la voz se le quebró aunque quiso impedirlo—. Cuídate, por favor. A pesar de todo, a pesar de lo que haya hecho, te amo, y no quiero que pienses algo diferente.

La reina se separó de él y levantó su mano. Con dedos suaves secó una lágrima que Loki no sabía que había derramado y sonrió, serena, divina. ¿Alguna vez caería?

—Yo también te amo, Loki, hijo. Recuérdalo y nunca, nunca lo dudes. Abogo por tu libertad cada día, cada segundo, pero debes saber que tu castigo es justo y severo. No llenaré tu cabeza de falsas esperanzas, porque no verás la luz en un largo, largo tiempo.

Loki apretó los dientes y endureció la mirada mientras la reina se ponía otra vez en puntas de pie. Con una mano en cada mejilla de él, le obligó a bajar la cabeza para besar su frente, y la sensación de sus labios cálidos permaneció en su piel incluso aunque ella ya se hubiese separado.

—Adiós, hijo.

—¿Volverás? —preguntó él, temiendo la respuesta.

Ella se detuvo un instante, con la mano suspendida ante la puerta.

—Mientras esté en mi poder, siempre volveré.

Luego golpeó suavemente la madera con los nudillos, y se oyó la llave girando en la cerradura. El guardia abrió la puerta y la reina salió, no sin antes dedicarle una mirada larga y llena de amor a su hijo.

—Adiós, madre —dijo Loki, justo antes de que ella desapareciese. Le pareció ver una lágrima en su mejilla, pero no debía ser cierto.

Cuando se quedó sólo de nuevo, se apoyó contra la pared y resbaló lentamente hasta quedar sentado en el suelo. Al principio pudo retenerlo, pero luego ya no, y lloró como no lo había hecho desde hacía un largo tiempo.