CAPÍTULO 3
DIME, MADRE
Una parte de él esperó verla llegar al día siguiente, pero sabía que era irracional y no se sorprendió cuando llegó el guardia y nadie vino con él. Sabía que su madre no podría volver tan seguido, aunque la esperanza era lo último que perdería. Eso se convirtió en la única razón por la que siguió contando los días en la pared, buscando encontrar el esquema que le permitiría saber cuándo llegaría la reina.
¿Sería cada semana? No, se dijo, cuando tuvo que marcar el octavo día.
¿Sería cada mes? No, se respondió, cuando pasaron treinta y dos días.
¿Sería cada semestre? No.
¿Sería cada trimestre? No.
¿Sería cada cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once meses? No.
¿Sería cada año?
Yacía en su cama, mirando el techo con todos los músculos en tensión. Hacía un año exacto que su madre lo había visitado, y era de nuevo la Noche de las Madres. Si no llegaba hoy, podía suponer que nunca llegaría. Aguzaba el oído para captar cualquier sonido que saliese de la rutina, pero no lo encontró. Escuchó los pasos del guardia acercándose por el lejano pasillo y se esforzó por distinguir un segundo par de pies. No lo había. Con el corazón encogido, mantuvo la esperanza hasta que oyó la llave en la puerta y el guardia entró. Loki le dirigió una mirada.
Venía solo.
Esperó que se marchase y luego se puso de pie y caminó hacia la puerta. Tomó la bandeja de comida del suelo y la observó un instante antes de seguir sus impulsos y lanzarla contra la pared. Un ladrillo se fisuró por la mitad y la bandeja se partió en dos, desperdigando toda la comida y derramando el agua a los pies de Loki, quien lo observó con cierta apatía. En su interior ardían la rabia y la angustia.
Luego recordó las palabras de su madre, intentando encontrar en ellas algo de seguridad.
«Mientras esté en mi poder, siempre volveré.»
Tal vez Odín se lo había impedido. Tal vez se le había hecho tarde. Quedaban varios días de fiestas de Yule por delante, la celebración recién comenzaba. Loki arañó la esperanza de esas palabras y la mantuvo dentro suyo, porque de lo contrario el vacío sería abrumador. Necesitaba a su madre, un beso en la frente y un abrazo cálido, que le hiciese olvidar su situación aunque fuese por un instante. Aunque no le gustase la compañía de las personas y pasara horas y días encerrado en su alcoba, en los días de antaño, su mente tendía a la sociedad como la de todo dios, todo humano y todo ser. Llevaba casi un año y medio sin ver a nadie más que a aquel guardia del que ni siquiera sabía el nombre, comiendo siempre la misma comida, viendo siempre las mismas paredes, oyendo tan sólo su propia respiración y su propia voz. Ni siquiera veía su propio rostro, porque no tenía un espejo y no conocía ningún hechizo para transformar la piedra de la pared en una superficie reflectante.
Loki podía decir que por primera vez se sentía solo. Completa y horriblemente solo. Y la sensación no le gustaba en lo más mínimo, sino que instalaba la inquietud y el desaliento en su alma. El dios nunca se había sentido tan vulnerable como ahora, y la rabia era ahogada por el miedo.
Pero las palabras de su madre eran como un oasis en el que se esforzaba por refugiarse. Era el único rostro diferente que tendría posibilidad de ver. Las únicas palabras amables, incluso aunque fuesen amargas. Las únicas manos que alguna vez tomaría y la única mejilla que alguna vez besaría. Así que sólo por eso se mantuvo alerta y esperando el resto de esa noche y el día siguiente, el Solsticio de Invierno. Pasó el mediodía y sólo llegó el guardia, y siguió esperando, y llegó la cena. Loki no pudo dormir en toda la noche a pesar de que lo intentó.
El día después del solsticio, el dios siguió esperando, negándose a rendirse. Marcó una raya más en la pared y esperó al guardia, pero el hombre vino solo al mediodía también. Finalmente, el corazón de Loki saltó al oír un segundo par de pasos a la hora de la cena.
Otra vez contuvo su emoción hasta que el guardia se hubo marchado, y sólo ahí se acercó a su madre. El corazón le latía tan fuerte que lo sentía en sus oídos. Se debió haber notado en sus ojos, porque la reina le dedicó su mirada más dulce y tomó sus manos.
—No me fue posible venir antes —se excusó con sinceridad—. Y no pude hacértelo saber. Perdóname por hacerte sentir traicionado y solo. Te prometo que no tenía otra opción.
Cómo lo conocía. Ah, cómo lo conocía. Loki levantó las manos de ella para presionar sus labios contra sus dedos, porque no confiaba en la estabilidad de su voz. Sus ojos, sin embargo, lo delataron. El rostro de Frigga tomó un tinte de preocupación, y lo condujo hacia la cama donde ambos tomaron asiento en el borde. Loki no soltó sus manos, mirando al suelo y apretando sus labios en una fina línea. No quería que ella lo viese llorar, no debía. Él era fuerte, insensible. Una cadena perpetua era una broma para él. No le afectaba. Nada le afectaba.
—Hijo —murmuró la reina. Liberó sus manos, que Loki dejó ir, para tomar sus mejillas y obligarle a mirarla. Él ya estaba llorando en silencio, y cerró los ojos como si así ella no pudiera verlo.
Su madre lo atrajo hacia ella hasta que Loki escondió el rostro en el hueco entre su hombro y su cuello. Olía a sándalo y rosas, como siempre desde que él era niño. Sintió las suaves manos de su madre acariciando su espalda y su pelo mientras él lloraba sin poder evitarlo.
Tenía miedo.
—Madre, ¿de verdad hice cosas tan malas? ¿De verdad soy tan perverso y estoy tan maldito como dicen?
¿Qué podría responder ella? ¿Qué esperaba que contestase?
La reina no dijo nada, y Loki volvió a hablar, alejándose de ella para ahora sí verla a los ojos. Ella se veía infinitamente triste, pero no lloraba.
—Me deleito en la atención y el poder —confesó, aunque ella ya lo supiese—. Me atrae la corona, pero esa nunca fue mi razón principal. Yo quería ser igual que Thor. Que me viesen igual, que me tratasen igual. Si bajé a Midgard para dominarlos, fue porque ese era el reino favorito de Thor. Sólo por eso. ¿Qué me importan a mí unos patéticos humanos? Ni siquiera tenía intención de matar a ninguno. Sólo defendí mi lugar, como cualquiera, como Odín. ¿Cuántos caídos hay en cada conquista de Asgard? Dime, madre, ¿siquiera se comparan a los muertos en la Invasión de Nueva York? Dime, ¿no ha Odín matado más y mentido más, y sin embargo está sobre un trono y no en un calabozo? Dime, y sé sincera, madre, ¿no es esto una mera excusa para encerrarme porque no soy su hijo, ni siquiera un asgardiano, ni siquiera un dios, sino un jötunn?
Para ese momento, la voz de Loki ya había dejado de ser suave. Cada palabra salía de sus labios con toda la ira y toda la impotencia que lo habían llenado durante tanto tiempo. Las lágrimas ahora no eran de miedo, sino de furia, y supo que su madre lo había notado. La reina levantó una mano para trazar los rasgos de Loki con las puntas de sus dedos. No pudo verse a sí mismo, pero tuvo la certeza de que su piel se tornaba fría y azul por donde ella pasaba su mano deshaciendo el hechizo que Odín le había dado cuando era un bebé. Logró verse reflejado en los ojos claros de su madre; una criatura monstruosa, digna de pesadillas.
—El color de tu piel no determina quién eres, Loki —dijo la reina con dulzura, aquietando su agitado corazón—. Nunca lo fue y nunca lo será. Eres quien decides ser. Cuando tu padre te recogió en el templo congelado de Jötunheim, luego de la batalla, sabía exactamente qué hacía. Sabía que eras un medio para lograr una posible paz futura con los gigantes, pero también sabía que te criaría como a su propio hijo. Y no —interrumpió lo que estaba a punto de decir Loki—, sé que no lo hizo exactamente así. Sé que Thor recibió más elogios porque era más parecido a él, porque era su hijo de sangre, el primogénito, porque era el típico príncipe y guerrero que Asgard necesita. Sé que tú querías ser igual, pero hay cosas que no son posibles. Por tus venas no corre sangre asgardiana, y probablemente nada pueda cambiar eso. Pero eras especial a tu manera, hijo —ella sonrió con afecto y le delineó una marca jötunn a lo largo de su pómulo—. Thor no tiene un ápice de magia en su interior y yo ya me había resignado a ello. Pero llegaste tú, con tus poderes y tu inteligencia, y encontré a un hijo a quien enseñar todo lo que yo sabía. Al contrario de tu padre, no tuve un favorito. Los dioses no lo permitan, no. El favoritismo destruye más que una guerra. Pero te di mi atención completa porque sabía que lo necesitabas. Te di lo mejor de mí y quise que fueras lo mejor de ti, pero la decisión fue tuya al final.
—¿Elegí mal?
—Sí, mi Loki. Elegiste mal. No tomaste el camino correcto. Y aún si comprendo por qué lo hiciste, no lo apoyo, por mucho que me duela. Estás aquí porque Odín puede matar y conquistar, porque es el rey. La monarquía nunca es justa del todo, pero es lo que mantiene un orden. Sin un rey de los Nueve Mundos, todo caería en el caos. El caos que tanto te atrae, y no sé por qué —ella lo miró a los ojos, y él bajó los suyos con culpabilidad—. Pero tú no eres el rey y no te está permitido hacer lo que hace él. Por eso estás en prisión.
—¿Será cadena perpetua, hasta el fin de mis días? —se atrevió a preguntar Loki, temiendo la respuesta. Los cuatro mil años que tal vez le quedaban en el futuro se veían devastadores.
—He levantado un caso a tu favor, Loki —contestó la reina—. Pero incluso aunque gane, te quedan al menos dos mil años aquí.
Loki endureció sus facciones, negándose a demostrar la desesperación que sentía. Su madre besó su frente y se levantó, mientras Loki sentía cómo su piel volvía a ser cálida y se daba cuenta de que otra vez el hechizo cubría su apariencia.
—Volveré en el próximo Yule. Si no es durante la Noche de las Madres, será algún otro día de las fiestas. Y si no puedo, encontraré la manera de enviarte un mensaje. Adiós, Loki.
—Adiós, madre —respondió Loki, pero su mente estaba desenfocada. Le pareció ver el año que se extendía ante él, vacío y silencioso, y los miles de años que seguirían más allá. Su madre llamó a la puerta y el guardia abrió, y Loki no actuó con coherencia.
Se levantó y llegó a la puerta como una exhalación, justo cuando su madre estaba saliendo. Conjuró todo su poder para romper la barrera que lo mantenía dentro, y por un segundo creyó que lo había logrado cuando se vio un paso fuera de la celda. Su madre se giró y lo miró, y en sus ojos creyó distinguir una cierta esperanza. Pero luego ella levantó una mano y sus labios se movieron, y Loki se encontró de nuevo dentro de su propio calabozo. La puerta se cerró frente a él, no sin antes permitirle ver los ojos llenos de aflicción de la reina y la forma en que el guardia la miraba, compasivo.
Debió haber supuesto que era la magia de su propia madre la que lo mantenía encerrado. Debió haber supuesto que ella estaba del lado de Odín. Jamás la traición se sintió tan amarga en los labios del dios.
