CAPÍTULO 4
EL NIÑO DEL TEMPLO
El invierno había alcanzado la eternamente cálida ciudad de Asgard, en los últimos días de aquella guerra que había durado meses. Era una prueba, una amenaza tal vez, del poder de Jötunheim luchando contra los aplastantes ejércitos de Odín.
La reina Frigga se paseaba nerviosa por los interminables pasillos, corredores y salones del palacio, saludando con una inclinación de cabeza a cada persona que se cruzaba en su camino. Su porte era regio, jamás descuidado, jamás apresurado, pero aún así podía verse el nerviosismo detrás de sus gestos apenas un poco más cortantes que de costumbre.
Todos, desde las mucamas hasta los nobles, vestían sus atuendos más abrigados. Los pocos hechiceros asgardianos, la reina entre ellos, habían tenido que cooperar con los sastres y las modistas para producir ropa de abrigo para la mayoría de la ciudad en pocas horas. De lo contrario miles de personas hubiesen muerto de hipotermia, y de sobra sabía la reina que muchas morían igual, olvidadas en las calles. Asgard se preciaba de su riqueza, pero sólo porque ignoraba la situación de los barrios pobres y de la gente en la indigencia.
La reina Frigga tenía un rastro de sangre de gigante de fuego en sus venas, e incluso el frío más leve se le hacía insoportable. Hubiese perecido durante esos pocos días de cruel invierno de Jötunheim, pero le habían confeccionado una capa encantada de piel que la mantenía a una temperatura soportable. Se arrebujó en ella un poco más mientras llegaba al salón del trono, y subió la escalinata con paso leve y ansioso. Su aliento dejaba nubes blancas en el aire, y el trono estaba helado cuando se sentó en él. Ignoró el dolor del frío a través de sus ropas, y se esforzó en controlar su mente para relajarla por completo, como había hecho todos los días desde que la guerra comenzara. Cerró los ojos, exhaló lentamente, y luego los abrió.
El salón del trono se desvaneció y frente a su mirada se desplegó un mundo devastado, con miles de cuerpos en el suelo formando montones, Aesir y Jötnar por igual. Estaba todo tan congelado que los cadáveres no se habían descompuesto, y ni siquiera había aves carroñeras para roer sus huesos. Quedaban un par de guerreros luchando a brazo partido con algunos gigantes de hielo. La magia de Odín, como Rey de Asgard y Padre de Todo, evitaba que sus soldados murieran por el frío incluso antes de haber podido hacer frente a los Jötnar, dejando a su reina consorte la tarea de proteger la ciudad del mismo final.
Los Jötnar vencieron a los guerreros de Asgard, pero apareció Odín y los redujo a cenizas con un rayo proveniente de su lanza Gungnir. El silencio que sobrevino fue abrumador por unos instantes. No había nadie a la vista, nadie vivo excepto el rey. Si había jötnar aún con vida, eran sólo los plebeyos, las mujeres, los niños, bien escondidos en sus refugios subterráneos tapados por el hielo. Odín nunca los encontraría sin destruir Jötunheim hasta sus cimientos, y eso no era algo que estuviese en sus planes. Le bastaba con reducir la potencia bélica de los jötnar para no tener que temer un ataque por al menos un par de milenios.
Odín, desconociendo la presencia omnipresente de su esposa que lo observaba desde el Trono de los Mundos, miró alrededor. Suspiró, creando una nube de vaho blanco que quedó suspendida en el aire por varios segundos. Relajó la postura, bajó la cabeza y movió los hombros, desatando la tensión y perdiendo la adrenalina que lo conducía desde hacía meses. Clavó la lanza en el suelo y la usó de bastón para apoyarse. Era joven para sus estándares, pero a cualquiera destruiría una guerra tan larga y sangrienta, y una prueba de ello era el agujero oscuro y sangrante donde antes se hallaba su ojo derecho. Frigga lo había visto unos días antes, pero aun así la recorrió un escalofrío, erizándole toda la piel.
Odín permaneció en silencio por unos momentos, pero luego levantó la cabeza de golpe, como recordando algo repentinamente.
—El cofre —murmuró entre dientes, y enderezó su espalda, levantando la lanza.
Comenzó a caminar sorteando los millares de muertos a su paso, en dirección a lo que Frigga supo que era un templo destruido. Los pilares aún se erguían rectos hacia el cielo nublado, pero no tenía techo y el suelo estaba cubierto de escombros.
Odín iba con paso seguro dispuesto a atravesar el templo hacia el castillo ruinoso del otro lado, pero un sonido agudo rasgó el silencio y el rey se frenó en seco. La reina Frigga se tensó de igual manera sobre el trono, conteniendo la respiración. El sonido volvió a oírse, y fue claro. Era el llanto de un bebé, desesperado y solo, proveniente de alguna parte del templo derruido.
Odín reanudó el paso con cautela sin hacer ruido mientras buscaba al bebé, cuyo llanto ahora se oía con redoblada potencia al no obtener respuesta en las áridas tierras de Jötunheim. La reina manejó la visión a voluntad, siguiendo de cerca a su esposo mientras el llanto se hacía más y más fuerte. Finalmente lo vio, tendido sobre una roca helada junto a uno de los pilares del templo. ¿Había sido eso una cuna? Tal vez, no podía decirse. El niño era pequeño para los estándares de un gigante de hielo, pero su piel era azul y sus ojos rojos como los de un jötunn. Odín se detuvo a su lado, y el bebé dejó de llorar apenas un segundo al verlo, pero luego volvió a chillar con toda la fuerza de sus pequeños pulmones. El rey tendió una mano sobre él sin tocarlo, sin siquiera agacharse a su nivel, y Frigga supo que lo estaba examinando con su magia.
—Loki Laufeyson —exhaló el rey en voz baja, hablando consigo mismo, y nunca agradeció más la reina que su esposo tuviera esa costumbre cuando estaba a solas o creía estarlo. Odín bajó la lanza y apoyó la punta en el pecho del bebé, quien no se inmutó ni dejó de llorar, apretando con fuerza sus brillantes ojos hasta dejar dos rendijas escarlatas. No parecía un monstruo en absoluto, sólo un bebé desesperado.
Tal vez era eso. Diminuto y débil, había sido la deshonra de Laufey, que se preciaba del poder de los gigantes de hielo. Lo había dejado ahí para que muriese o tal vez no había sido su intención principal, pero de todos modos lo había dejado desprotegido, a su propio heredero. Cobarde y traicionero como sólo su especie sabía serlo, incluso después de haber firmado un acuerdo de paz con Odín cuando éste lo había vencido días antes.
Y Odín... ¿Odín iba a deshonrar el tratado? Por un instante dudó el rey, y Frigga lo miró conteniendo la respiración. No iba a hacerlo, ¿o sí? Hacía años que había aprendido a conocer el retorcido carácter del rey de Asgard, y a pesar de que lo amaba con todo el fervor de su cálido corazón, no estaba de acuerdo con muchas cosas que él hacía. No podía comunicarse con su esposo sino sólo observarlo, o de lo contrario le hubiese gritado que se alejara, que quitara la lanza del pecho congestionado del bebé, que qué importaba que fuese hijo de su mayor enemigo. No hizo falta, ya que Odín hizo eso mismo sin que ella pronunciase palabra, y se quedó contemplando al niño por otros segundos. Meditaba algo, un plan que Frigga tenía la impresión que no querría escuchar. Luego el rey se puso en cuclillas, dejó la lanza a un lado y alzó al bebé en sus manos con demasiada delicadeza. El niño dejó de llorar en cuanto sintió el contacto cálido sobre su piel helada, y lo miró con los ojos abiertos de asombro.
El rey acarició la cabeza del bebé, y por donde sus dedos pasaban la piel dejaba su tono azul y tomaba un tinte saludable y cálido, imitando a la perfección el aspecto de un dios. Sus ojos rojos se volvieron más verdes que las esmeraldas, y el poco cabello que tenía era negro como ala de cuervo sobre su piel sonrojada. El aliento se estranguló en la garganta de la reina cuando se dio cuenta de lo que hacía Odín.
No, no sólo volverlo asgardiano, al menos de aspecto, sino la apariencia que había elegido para él. ¿Por qué los ojos verdes, la piel clara y el cabello negro? ¿Por qué, si tanto él como su esposa y su hijo eran rubios, de ojos celestes y piel tostada por el sol? Claro que podía verlo, captaba la imagen de Hela en cada rasgo que Odín le había conferido al niño. La hija de la que nunca hablaba ya, el fruto con una jötunn traidora, el nombre que había muerto en su memoria, y aún así al niño le había dado su mismo aspecto.
Frigga no había estado presente para conocer a Hela, pero la había visto con sus sueños proféticos. Había sido encarcelada en Hel mil años antes de que Odín contrajese matrimonio con Frigga, y todo su recuerdo había sido borrado de Asgard y de los otros reinos, reemplazando los murales de conquista por ilustraciones de una paz que tenía pocos años de existencia. Odín había cambiado, buscaba resoluciones pacíficas antes que lanzarse a una guerra como antaño, pero, ¿por qué había elegido transformar al hijo de Laufey en una copia exacta de Hela? ¿Remordimiento? ¿Esperanza? ¿Simple nostalgia? ¿Y qué pensaba hacer con el niño, por todos los dioses sobre el cielo? No iría a...
Se murieron los pensamientos en su mente cuando vio que Odín recogía su lanza sin soltar al bebé, y seguía su camino a través del templo. Estaba loco, era insensato, absurdo. No podía estar pensando en llevarse al hijo de Laufey a Asgard como si fuera una reliquia más, un trofeo de la guerra. Debía dejarlo ahí, devolverle su aspecto real, que su padre o algún otro jötunn lo encontrara. Los asgardianos no tenían nada que ver con los habitantes de Jötunheim. Ella no quería tener nada que ver con ellos, para empezar.
Odín, ajeno al caos que había causado en su esposa, llegó a la otra punta del templo, pero no necesitó encaminarse al castillo. Encontró lo que buscaba ahí mismo, en una urna muy protegida que destruyó con un solo gesto de su lanza Gungnir.
El Cofre de los Antiguos Inviernos brillaba poderoso y atrayente a su alcance. Odín pasó la lanza a la mano con la que sostenía al bebé, y recogió el cofre con la otra. Su único ojo reflejó el triunfo que inundaba su espíritu, y luego alzó la vista al cielo oscuro.
—¡Heimdall, abre el Bifrost! —exclamó.
Se partieron las nubes y un rayo multicolor descendió directo hacia él, con sus trofeos en las manos. Desapareció absorbido por el Bifrost, y Frigga deshizo la visión bajándose del trono al instante siguiente. Se dirigió con paso airado y nervioso hacia la salida de la ciudad, ignorando el frío que carcomía sus huesos, porque nada de eso importaba ahora. Necesitaba decirle un par de cosas a su marido, y él la escucharía quisiera o no.
