Después de sus clases, Mikasa se dirigió al campo de arquería. Hace dos días, le prometió a Sasha acompañarla en su práctica y luego ir a comer algo.

Ya allí, se encontró a Liam en medio del campo con arco en mano, concentrado en su objetivo. Respirando hondo y profundo, disparó. Tristemente, la flecha no llegó al blanco. Mikasa vio cómo, frustrado, pasaba su mano sobre su cabello, desordenándolo.

Se acercó y lo saludó, él le regaló una sonrisa cansina como respuesta.

—¿Sasha aún no ha llegado?

Él negó. Su relación con Liam se volvió cercana los últimos días. Cuando se topaban en un espacio vacío entre hora y hora, se dirigían a las bancas del campus a hablar o a la biblioteca. Había días en los que él iba a la cafetería a estudiar y Mikasa lo atendía gustosa. Cuando el restaurante no estaba lleno, se sentaba a comer junto a él (con el permiso de su jefe). El día en que le presentó a Sasha, ambos se llevaron bien rápidamente al compartir gustos, entre esos la arquería. Después de verlo practicar, Sasha le pidió ayuda para mejorar sus habilidades, él gustoso aceptó. Sus "clases " eran todos los viernes por la tarde.

—Agradezco que no esté, todo el día he estado fallando. Si me ve así, perderé su respeto.

—¿Estrés por los próximos exámenes?

—Tal vez, pero creo que es más por el hecho de que se acerca la competencia local.

Cada final de semestre, la Universidad de Paradise hacia parte de torneos deportivos junto a otras universidades de prestigio. Gracias a esos encuentros, salieron a la luz deportistas natos, destacando principalmente la U.P.

—¿Tu entrenador está más exigente de lo usual, verdad?

—Más que eso. Aunque es normal que en estas fechas todos se vuelvan locos. Exámenes, entrenamientos... no los culpo.

Mikasa le dio la razón. Después de una mirada rápida, notó que el cuerpo de Liam estaba rígido y tenso.

—¿Me prestarías un momento tu arco y tus flechas, por favor? Quiero intentar algo.

Liam confundido, se los acercó. Mikasa tomó una flecha y la ubicó en el arco. Colocó su postura recta y cerró uno de sus ojos ubicando el centro. Inhaló y exhaló cinco segundos para luego soltar la flecha. Blanco.

Bajo la mirada asombrada de Liam, Mikasa se dirigió a remover la flecha de la madera.

—¿Cómo? —Liam no se esforzó en ocultar su sorpresa.

—Mi madre solía practicar este deporte en su país de origen. Allá es conocido como kyūdō. Aunque el equipo sea algo distinto, la técnica aún puede usarse con este tipo de arco. Mamá me enseñó un poco cuando era niña, solía decirme que si el espíritu y el balance del tiro son correctos, se llegará al blanco. No solo lances por lanzar o solo para impresionar, conéctate con tu arco —explicó, devolviéndole sus implementos.

Liam aunque un poco renuente, lo intentó. Tomó su arco y flecha mientras relajaba sus músculos. Cerró sus ojos recordando lo mucho que disfrutaba el deporte, luego los abrió y disparó la flecha. Blanco perfecto.

Emocionado, giró hacia Mikasa quien tenía una sonrisa ladina en su rostro.

—¿Si eres tan buena, por qué no lo prácticas?

—Lo he hecho y me gustaría volver, pero por culpa de mis empleos no tengo tiempo. Participé en una competencia el semestre pasado. Regresaré cuando pueda, aún tengo tiempo hasta que termine la carrera.

Al ser reconocida por sus excelentes deportistas, la universidad de Paradise tiene como uno de sus requisitos de graduación, el participar en por lo mínimo dos competencias en cualquier deporte donde el estudiante demuestre interés.

—Retómalo, el equipo femenino se está perdiendo de una gran arquera. Gracias por el consejo, trataré de no olvidarlo —ella hizo un gesto aprobatorio. Liam frunció el ceño al ver las ojeras tan marcadas en aquel rostro ajeno—. Mikasa, no has pensado en que tal vez...

—¡Perdón por la tardanza!

Una agitada Sasha corriendo con su arco en una mano y un trozo de pan en la otra, lo interrumpió.

(***)

A la mitad de la práctica, Mikasa recibió una llamada (nada esperada) de su jefe notificando que tenía ir a trabajar a la cafetería, sin importar que fuese su día libre. Uno de sus compañeros se había enfermado a último minuto y ella debía tomar su lugar. Se sentía molesta, pero no podía insultar a aquel hombre dada su situación. Aceptó a regañadientes y con varias disculpas, se despidió de sus amigos.

Después de irse, Liam y Sasha retomaron su práctica.

—Sasha, ¿no crees que Mikasa está trabajando de más?

Después de disparar su flecha, la castaña respondió.

—Sí, me he dado cuenta. No está en la situación más favorable, por eso se esfuerza hasta el hastío. He tratado de ayudarla, pero es una terca.

Él solo asintió y siguió dando indicaciones. Se sintió extraño, por el hecho de que, el resto de la tarde no pudo evitar sentirse preocupado por ella.

(***)

El día siguiente, en la noche, Mikasa se acercó a la oficina del señor Milles para pagar su alquiler. Tocó tres veces la puerta y esperó. Cuando él salió (acompañado de un bate en su mano), extendió el sobre antes de que pudiera hablar.

El hombre regordete observó incrédulo primero el sobre y luego a ella.

—¿No leíste la carta, cierto?

Mikasa trató de entender a qué se refería. Luego recordó el sobre tirado frente a su puerta y negó. El señor Milles suspiró molesto.

—Lo supuse —musitó, apretando el puente de su nariz— guarda ese dinero para un nuevo lugar, necesito que te mudes de aquí antes del amanecer.

Antes de que Mikasa preguntara el porqué, él continuó hablando.

—Vendí el edificio a una empresa, a partir de mañana empezaran a construir unas oficinas aquí. Más de la mitad de los inquilinos ya se han mudado. Solo faltan tú y los Brown, aunque esos siguen negándose. Espero y esto funcione —dijo, alzando el bate—. Son como una espinilla en el trasero.

Mikasa ignoró el hecho de que podría haber un intento de homicidio y trató de explicarle su estado, pero él solo se encogió de hombros sin prestarle mucha atención.

—Pudiste haber evitado esto y encontrar un lugar antes, si no me hubieras estado evitando todos los días, niña. Pero en fin, buena suerte, Mikasa.

Luego de darle una sonrisa burlona, se dirigió a las escaleras dejándola con los brazos extendidos.

Después de una larga búsqueda sin resultado alguno, Mikasa se sentó sobre una banca ubicada en una pequeña plaza a descansar. Colocó su morral sobre su regazo, su bolso a su lado y las maletas en el suelo.

Frotó la palma de sus manos sobre sus brazos para ganar algo de calor. Los días en Paradise eran cálidos y con un viento agradable, pero en las noches la temperatura descendía exageradamente. Suspiró y sacó su celular del bolsillo del morral. No quería llamar a sus padres, ya les había causado muchas preocupaciones y molestias, que, a su punto de vista, eran innecesarias. Intentó llamar a Sasha pero luego de cuatro intentos, su amiga no contestó.

Rezongo y guardó el celular de mala gana, se sentía frustrada. Trató de tranquilizarse y pensar en algo mientras sobaba sus sienes, ¿qué debería hacer una chica de diecinueve años, sola en la calle, con maletas y bolsos sin tener a dónde ir?

—¿Mikasa?

Ella levantó su rostro rápidamente al oír su nombre.

—Liam —musitó.

El muchacho se encontraba frente a ella, mirándola con leve preocupación. Vestía un suéter manga larga gris y unos jeans. Su cabello estaba húmedo y llevaba una bolsa consigo.

—¿Qué haces aquí sola?

Cuando él tomó asiento a su lado, Mikasa le contó todo; el cómo llegó a la ciudad, su situación y sus problemas. Aunque su amistad no llevaba mucho tiempo de haberse formado, tenían una confianza mutua que les permitía hablar de cualquier tipo de tema.

Cuando terminó, Liam le tendió su bolsa y se levantó tomando las dos maletas.

—Creo que puedo ayudarte. Sígueme.

Mikasa se colocó su morral, colgó su bolso sobre su hombro y tomó la bolsa (que parecía tener comida) de Liam. Él le indicó ladeando su cabeza que dirección debían tomar.

—¿A dónde vamos? —preguntó curiosa luego de unos minutos de caminata, nunca había pasado por esa parte de la ciudad.

—Se dé un lugar donde puedes quedarte, no está muy lejos de aquí, no te preocupes.

Aquel vecindario se ubicaba a unas tres cuadras después de la plaza donde se situaron antes. Las casas eran grandes, la gran mayoría de ellas tenía un auto estacionado afuera y un gran jardín. Había pocos edificios y estos no parecían superar los seis pisos.

Se detuvieron frente a una casa de dos pisos; grande, de color blanco y con un jardín bien cuidado. Liam le hizo una seña para que se adentrará con él. La casa por dentro era aún más hermosa; los muebles color crema y la gran lámpara de centro en el techo combinaban perfectamente con el color de las paredes.

—Mamá alquila un piso arriba. Un estudiante se mudó la semana pasada y está dispuesta a recibir nuevos inquilinos. Podría hablar con ella para que te permita vivir ahí. Espera aquí, iré a buscarla.

Cuando Mikasa quiso decir algo, Liam había desaparecido por un largo pasillo. Dejó la bolsa que él le dio sobre una mesa y se limitó a esperar. Cinco minutos después, su amigo apareció junto a una joven mujer.

Kuchel era una mujer amable, hermosa y unos pocos centímetros más baja que Liam. Hablaron cómodamente y gustosa le enseñó el piso que estaba arriba de su casa. La pieza era (sorprendentemente) más grande de lo que aparentaba, incluso más grande que su antiguo apartamento. El salón y la cocina estaban uno al lado del otro, había dos puertas que eran el baño y una habitación, todo amueblado. Mikasa al escuchar el precio ensanchó su mirada, era la mitad de lo que pagaba en su antigua morada. Kuchel rio un poco al ver su rostro.

—Los estudiantes universitarios aún son muy jóvenes, no seria justo que pagaran tanto.

Mikasa asintió junto a una sonrisa tímida. Luego de unos minutos de conversación, aceptó e incluso se dispuso a pagar por adelantado.

Bajaron las escaleras y entraron nuevamente a la casa. En lo que Kuchel buscaba el contrato de arrendamiento en una carpeta, Mikasa observaba asombrada la decoración del lugar. Un rato después, la puerta se abrió llamando la atención de ambas mujeres.

—Bienvenido a casa, hijo —recitó Kuchel con una gran sonrisa —. Llegaste temprano hoy.

—Esto debe ser una broma —murmuró para sí Mikasa.

Ninguno de los dos abandonaba la vista del otro. Ella estaba sorprendida y él, por más que pareciera indiferente, la pequeña elevación de sus cejas demostraba lo contrario.

—Oh, ella es Mikasa, nuestra nueva inquilina. Mikasa, él es mi hijo, Levi.

"El enano amargado del otro día" pensó ella.

"La mocosa inepta de la cafetería" pensó él.

—Hola, hermano —la voz de Liam acabó su guerra de miradas— ¿Te fue bien hoy?

Mikasa observó a Liam luego al tal Levi una y otra vez mientras sus ojos se abrían cada vez más.

"¡¿Gemelos?!"

Después de firmar el contrato bajo la mirada de todos, entre esas la del "Gruñón de la cafetería " (como lo había apodado) y pagar el primer mes, Liam la ayudó a subir sus cosas. En todo el camino a la pieza Mikasa, le explicó las razones del porqué se negaba a creer que ese chico grosero fuera parte de su familia. Ambos eran completamente diferentes, algo irónico siendo físicamente tan similares.

—Lamento que mi hermano te haya hecho pasar un mal momento —Liam colocó cuidadosamente sus maletas dentro del lugar—. Asumo que tuvo un mal día aquella vez.

—Aun así, no debió desquitarse conmigo y mi compañera —reclamó Mikasa de brazos cruzados—. La pobre sigue temblando desde esa vez.

—Lo sé y me disculpo, su carácter suele ser tosco a veces. Trataré de que se disculpe contigo.

—No, no es necesario. Es mejor olvidarlo. Dejando eso atrás, gracias por ayudarme. Estoy en deuda contigo, en serio.

—Oh, no, no te preocupes por eso —dijo, moviendo sus manos tratando de restarle importancia—. No me perdonaría si te dejara ahí sola a estas horas.

—Aun así, te cocinaré una de mis recetas como agradecimiento. Quieras o no.

—Supongo que no puedo negarme a eso. Mi estómago ya lo está anticipando —bromeó.

Ambos rieron. Una brisa fría provocó que la piel de Mikasa se erizara, la temperatura estaba bajando cada vez más.

—Será mejor que entres, ya es tarde —comentó el chico de lentes, notando como ella intentaba de darle calor a sus manos— Buenas noches, Mikasa.

—Buenas noches, Liam. De nuevo gracias. Descansa.

El joven le dio una señal de despedida antes de bajar las escaleras. Al igual que el día anterior, se sintió algo raro, pero esta vez fue al caer en cuenta que le gustaba el sonido de la risa de Mikasa.

(***)

Mikasa se lanzó sobre la cama boca abajo luego de colocar un edredón, una almohada y su peluche favorito. Se prometió a sí misma que mañana se levantaría temprano a desempacar y arreglar todo. Sonrió al no sentir pequeñas bolitas como en su anterior colchón. Tomó su celular y llamó a su madre para contarle sobre su nuevo hogar. Luego de calmarla diciéndole que ahora se encontraba bien, rio al oírla decir que ese hombre gordo se las pagaría.

Después de colgar, organizó mentalmente su día de mañana; después de acomodar todo, iría a la cafetería y renunciaría (después de todo, ya no era necesario tener dos trabajos al pagar un precio tan bajo. Su sueldo en el restaurante le serviría), luego iría al supermercado a comprar víveres con el dinero sobrante del alquiler y guardia un poco para sus ahorros y gastos personales.

Recordó también que debía buscar un gimnasio. Se sentía oxidada y sus abdominales anteriormente marcados habían desaparecido. Por suerte, aún mantenía su figura. Apunto en su agenda mental el preguntarle a Liam por un buen gimnasio cerca con un buen precio.

Apagó las luces al dar el primer bostezo. Su día fue bastante estresante.

(***)
Dato curioso:El señor Milles pudo sacar a los Brown del apartamento, pero el bate no le ayudó al él recibir los golpes.

Al fin Mikasa y Levi se volvieron a encontrar.
Me muero por desarrollar la relación de los tres Ackermans.

Por cierto trataré de hacer los capítulos de mínimo 2000 palabras porque ciento que 1000 son pocas y si escribo más la historia acabará rápido. Siento que 2000 y un poco más estará bien.

Bueno, nos vemos en una próxima actualización.

Las quiere

Val.