II 1 II
Verdades ocultas.
Hermione estaba asombrada ante la presencia de su madre, quien la miraba con una sonrisa en los labios y sus misteriosos ojos ambarinos que reflejaban claramente cómo se sentía.
—Mi pequeña bruja. — saludó la mujer avanzando hacia ella y finalmente envolviéndola en un fuerte abrazo. —Te extrañé con cada fibra de mí ser, hija. — susurró la mujer a su oído, Hermione abrazó a su madre y escondió su rostro en el cuello de la mujer.
—También te he extrañado mucho, mamá… yo lamento mucho que…
—Shhh, Hermione, yo entiendo cariño…— interrumpió la mujer separándose del cuerpo de su hija, Jean estaba entre la felicidad y la angustia, sobre todo ahora que tenía a su única hija entre sus brazos.
—Entonces… ¿Cómo fue que llegaste aquí mamá, y mi padre? — los amielados ojos de Hermione observaban a su madre, quien se volvió silenciosa en cuanto había formulado la pregunta.
—Hermione, creo que deberías tomar asiento… — Había un agujero que comenzaba a crecer dentro de su pecho, Hermione comenzó a respirar con dificultar, las palabras de su progenitora le había dado una muy mala espina.
—¿Dónde está mi padre, mamá? — preguntó la bruja más joven.
Jean cerró los ojos y bajó el rostro, no había querido herir a su hija de esta manera, pero no podía ocultarle la verdad, ella merecía saber qué fue lo que había pasado con su padre, con el hombre con el cual había vivido los últimos dieciocho años.
—Tú padre murió Hermione, lo siento. — susurró la mujer mientras las lágrimas comenzaban a caer una tras otra por sus ojos.
El tiempo para la castaña se había vuelto inmediatamente lento en cuanto su cerebro había procesado las palabras de su madre, no podía creer lo que Jean Granger le estaba diciendo en esos momentos, Hermione sintió como se le iban las fuerzas que la sostenían, Jean apenas había alcanzado a sostenerla y ambas cayeron al suelo de rodillas, abrazadas en medio del llanto.
Harry y Ron bajaron a la primera planta cuando los gritos de su mejor amiga hicieron eco por toda la casa, pero fueron detenidos por Remus justamente al bajar de las escaleras.
—Lo siento chicos, pero Hermione ha recibido una mala noticia en estos momentos.
—Remus pero ¿Qué ha pasado? — preguntó un preocupado Harry Potter, Remus se volvió para mirar hacia el cuarto donde ambas mujer se encontraban.
—Entrada la madrugada de hoy, recibimos la inesperada visita de la Señora Jean Granger, sí Ron no pongas esa cara, la madre de Hermione llegó en extrañas circunstancias, que luego se les va a explicar chicos… ella y su esposo fueron atacados mientras se encontraban en su departamento en el mundo Muggle…— Remus se detuvo al ver los rostros anonadados de los dos magos. —Jean llegó con bien, pero lamentablemente el padre de Hermione murió en el intento de salvar a su esposa.
—Merlín, Hermione debe estar destrozada… después de todo trató por todas las maneras de mantener a sus padres lejos de esto. — murmuró Harry pasándose la palma de la mano por el rostro, era evidente que también le había afectado.
La puerta se abrió lentamente y Jean Granger se asomó, solo bastó con una mirada hacia Remus para hacerle entrar.
—Ella quiere saber cómo y quienes…no se me hace prudente en este momento…
—Tú hija es una chica muy inteligente Jean, eventualmente va a preguntar cómo es que recuperaste tus recuerdos, sin mencionar que hay otros asuntos de los cuales debe enterare lo más pronto posible.
—No creo que sea el momento…ella está…
—Jean, querida…tienes que decirle ahora, más tarde sería postergarlo y no va a tomarlo de la mejor manera. — Jean suspiró ante el consejo que le dio Remus, la mujer asintió con un movimiento de cabeza y regresó dentro de la habitación pero antes de cerrar la puerta. — Remus, quisiera por favor que todos escucharan lo que tengo que decirles, es imperativo para que los demás puedan confiar al menos un poco en mí o tal vez puedan averiguar algo, lo que sea. — pidió la mujer con mirada suplicante, Remus asintió simplemente, en esos momentos no podía negarle nada ni a ella ni a Hermione.
Unos momentos más tarde todos estaban reunidos en la sala de estar, Hermione ya se encontraba en mejor estado, Jean comprobó una vez más de lo que estaba hecha su hija, era una mujer fuerte y eso era una de las virtudes que la hacían sentirse tan orgullosa de su Hermione.
—Mamá, tienes que decirnos como llegaste aquí, me parece un poco extraño que tú…bueno siendo una Muggle y todo yo…yo intenté alejarlos de esta guerra pero…no pude lograrlo. — se lamentó la bruja de cabello tupido.
—Hermione, quiero que antes que nada sepas que eres mi vida, que soy capaz de ir al infierno por ti y que mi amor hacia ti, Hermione… es infinito, soy capaz de hacer por ti cosas que incluso son difíciles de creer para ti cariño, por favor…escúchame, lo que pasó con tú Padre y conmigo no es tú responsabilidad, sé que hiciste todo lo posible por que estuviéramos a salvo de esta guerra. — madre e hija se tomaron las manos y se miraron una a la otra.
—Mamá. —susurró Hermione con un esfuerzo enorme por no soltar el llanto.
—Tú padre y yo acabábamos de llegar a casa, acabábamos de llegar a Australia y aún no terminábamos de desempacar… todo iba perfectamente bien cariño. — comenzó a narrar Jean.
Remus observó detenidamente a la mujer mientras comenzaba a contar lo que había sucedido, el hombre lobo recorrió la mirada alrededor, ahí estaban Harry, Ron y algunos de los hermanos Weasley junto a sus padres, Minerva se había quedado porqué estaba interesada en cómo habían logrado entrar a la casa de los Granger, Snape por otro lado había tenido que salir, había sido invocado, Remus recordó el gesto de dolor que había invadido el rostro del hombre.
La dulce voz de Jeannine Granger comenzó a contar lo que había sucedido aquella noche.
II
La vida de Jean era como siempre había querido o al menos eso era lo que ella creía hasta ese momento, la mujer comenzó a guardar sus pertenencias en la cajonera mientras su esposo se encargaba de dejar en orden las cajas en la sala de la casa.
Era una noche tranquila y aunque había estado nublado y con la amenaza de lluvia, Jean y David se lo habían tomado todo con calma, hasta el momento no había caído ni una sola gota.
La mujer salió de la recamara y se acercó a su marido, quien se estaba asegurando que estuviera todo con ellos y al parecer estaba todo en orden.
—¿Seguro que es todo? Cariño, no quiero llevarme otra sorpresa… — le dijo ella mientras le ayudaba a mover una caja que aunque grande era bastante liviana.
—No te preocupes Jean, todo está aquí, antes de salir conté las cajas y es la misma cantidad que cuando salimos. — le respondió mientras se acercaba a ella y le abrazaba.
Habían esperado mucho tiempo por cambiar de vida y ahora que estaban ahí todavía les parecía un sueño.
—Todo va a estar bien Jean, no necesitas estar tan ner…
Pero el hombre fue interrumpido inmediatamente cuando la puerta de entrada estalló en pedazos, Jean se aferró a su esposo y este inmediatamente los llevó al suelo.
Ella inmediatamente levantó la mirada en busca de lo que sea, pero lo único que vio fueron los restos de su puerta esparcidos por la entrada, sintió a su marido moverse sobre ella, intentando sostenerla, cuando para su mayor sorpresa y miedo vieron a dos hombres entrar a la casa.
Dos hombres vestidos completamente de negro, pero lo que más le había dejado impresionada era aquel par de máscaras platinas.
—¡¿Qué demonios?! — Exclamó David mientras tomaba entre sus manos un atizador que acababa de desempacar, no supo en ese momento si para su mala o buena suerte, Jean aún estaba muda por el miedo y la sorpresa.
—¡Crucio! — Jean soltó un grito cuando vio al hombre más alto levantar algo con su mano y lanzar un estruendoso rayo rojizo que no tardó más que unos segundos en golpear a su marido, quien inmediatamente salió expulsado hacia atrás, envuelto en gritos mientras tocaba el suelo.
—¡Dios mío, David! — Gritó la mujer al tratar de ir hacia su esposo y ayudarlo, pero había sido detenida por un par de enormes manos. ¡NO, SUELTEME! — gritaba mientras se sacudía de un lado a otro.
—¡¿Dónde está?! — preguntó el hombre arrojándola al suelo.
—¡¿Quién?! ¡Nosotros no sabemos nada, acabamos de llegar, Dios mío! ¿Qué está pasando, que quieren de nosotros?
—¡No lo volveré a repetir, asquerosa Muggle! ¡¿Dónde está su hija, Hermione Granger?! — los oídos le retumbaban y el cuerpo le temblaba por completo, nunca antes habían visto nada de lo que había presenciado y ahora le preguntaban por alguien a la que no conocían, Jean fue inmediatamente sacada de sus pensamientos de una bofetada que la hizo golpear el suelo con la cabeza.
—¡La sangre sucia de su hija, mujer! ¡¿Dónde se esconde?!
—¡NO SE, NO SE, NOSOTROS NO TENEMOS NINGUN HIJO! — gritó Jean en un intento por quitarse al hombre de encima, este la dejó caer al suelo como si fuera algo que le hubiera podido incinerar.
—Maldita sea, Dolohov…no creo que…
—Incentívalos a hablar, Yaxley… no podemos llegar con las manos vacías ante el señor tenebroso. — habló el otro hombre, él que había herido a su esposo.
Jean trató de ponerse de pie, pero lo único que había logrado era rodar por el suelo, vio a David al otro lado de la sala, convulsionándose a causa del ataque, se preguntó que estaba pasando, quienes eran esos hombres y porqué andaban buscando a alguien a la que no conocían en absoluto.
—Le juro señores…que no sabemos…nada… no tenemos hijos, no conozco a ninguna Hermione… ¡Por favor, no sabemos nada! ¡Dejen a mi esposo ahora mismo, por favor, lo están lastimando! — gritó ella mientras e giraba para ver a sus atacantes.
—Mientes. — susurró el hombre que estaba más cercano a ella. — todo indica que tú eres la madre de la indeseable número dos, ahora dime… ¿Dónde está Hermione Granger, donde se esconde? ¡CONTESTAME MALDITA SEA!
Jean soltó un grito ante el arrebato de aquel hombre, fuera quien fuera.
—¡Ya te dijimos que no sabemos nada! — el grito de David retumbó por toda la casa, el segundo hombre se quedó quieto pero bajo la máscara había quedado sorprendido por la reacción de aquel muggle, quien se había levantado tan rápido que no lo habían sentido, y con la delgada barra de hierro, trató de atacar al hombre que estaba junto a lado de Jean.
—Maldición… ¡Avada Kedavra!
El tiempo pareció perder agilidad ante los ojos de Jean Granger, la habitación e había iluminado en un hermoso tono verdoso, Jean se estremeció cuando vio el rayo de tonalidades esmeraldas emanar de aquel hombre que ya en una ocasión había atacado a su marido.
Pero había algo dentro de ella, algo muy en el fondo que la llenó de miedo.
—¡David! — exclamó mientras empujaba al mortífago que había estado al pendiente de lo demás, la mujer se puso de pie rápidamente y corrió hacia el cuerpo de su marido, pero no había dado ni siquiera un par de pasos cuando un indescriptible dolor recorrió su cuerpo, golpeando en su espalda y esparciéndose por todos lados.
Había caído justo al lado de David, pero el dolor era demasiado como para hacerse mover hacia él, sintió cada musculo retorciéndose a causa de aquello que fuera que estaba causándolo.
—¡Crucio! — el maleficio imperdonable golpeo una vez más en su contra.
Ya ni siquiera podía escuchar sus propios gritos, solo se mantenía en el suelo retorciéndose del dolor mientras trataba de mantener los ojos abiertos, pero fue solo un segundo lo que necesito para poder percatarse de lo que le había sucedido a su marido.
David la observaba ya con ojos sin vida, tan tranquilo… sin vida.
Las lágrimas frías caían por sus mejillas hasta que de un momento a otro habían dejado de someterla a la tortura, su cuerpo aún sufría pequeños espasmos, el dolor había sido casi insoportable dejándola sin más opción que enroscarse en el suelo y llorar.
—Mujer inmunda… — escuchó que le llamaban, pero apenas podía escucharlos, estaba a punto de desmallarse o morir, podía sentirlo. — ¿Dónde está Hermione Granger? — preguntó uno de los enmascarados.
Jean parpadeó en varias ocasiones y finalmente cerró los ojos. Sabiendo que ella no conocía a ninguna Hermione Granger, no entendía nada, ella ni David habían podido tener hijos y ahora llegaban esos dos hombres buscando a alguien que no conocían ni remotamente.
—Crucio. — el susurro de la maldición no hizo más que resaltar el sonido causado por el rayo rojizo que había emanado de la punta de la varita, el imperdonable había impactado en el pecho de Jean, quien gritaba y se retorcía en el suelo.
Hermione Granger ¿Quién era ella, por qué la buscaban, por qué decían que era su hija?
Finalmente después de unos minutos de ser sometida a la indescriptible tortura algo dentro de su mente pulsaba con fuerza, buscando una salida, golpeando su cerebro y cada fibra dentro de su cabeza y después de unos segundos Jean pudo abrir los ojos lentamente, logrando observar que ambos hombres estaban a su lado, uno de ellos se puso de cuclillas a su lado, pero el peligro era inminente de aquel que se había mantenido de pie.
—Yaxley, mátala… nos llevaremos su cuerpo y lo expondremos a las afueras de Hogwarts y veremos si así no sale del agujero la sangre sucia. — Jean se estremeció ante la idea.
—Her…mione… —susurró la mujer sin haber sido escuchada.
Hermione Jean Granger.
Su preciosa hija.
La imagen de una hermosa bebé que yacía sobre sus brazos le vino a la mente, seguida por una serie sin fin de recuerdos que la golpearon uno tras otro.
Una niña de cabello tupido y grandes dientes que sobresalían de entre sus labios, una mujer inteligente que sostenía entre sus brazos un gran libro de tomo dorado.
—Mi hija… mi hija…
Pero ahí había algo más.
Más allá de los recuerdos olvidados de su única hija, algo más se había roto en su mente, algo que buscaba desesperadamente liberarse.
La varita del primer hombre comenzó a elevarse hacia ella, iba a morir, eso era evidentemente, les había creído cuando habían dicho que era lo que iban hacer con su cuerpo.
—Tú lo pediste, sangre su… ¡AY! — No supo que era lo que la había poseído en ese momento, fue quizá el recuerdo desbloqueado de la existencia de su hija, pero algo muy en el fondo, algo que había preservado oculto dentro de su mente, había salido a relucir.
Jean lanzó una patada que había dado de lleno sobre la máscara, sabía que no había podido hacer mucho daño, pero era más que suficiente para crear una distracción.
—¡Maldita sea Yaxley! ¡Carpe Retractum! — La mujer definitivamente los había sorprendido, Corban había caído de espaldas pero rápidamente se había recuperado, Jean se había puesto de pie tan rápido como pudo pero no antes de haber tomado la varita de su atacante entre sus manos.
La mujer apenas había dado unos pasos cuando escuchó que intentaban atraparla, pero había logrado evadir el hechizo, rápidamente a como pudo comenzó a subir los escalones de la casa.
—"Señorita Greenwood, bienvenida a Howgarts" — la voz serena y tranquila de hombre mayor comenzó a llegar a ella, era un recuerdo, uno viejo. — se dijo mientras subía corriendo.
—¡Dolohov, se ha llevado mi varita! — Jean se aferraba al barandal de las escaleras, sabía que uno de los hombres iba tras ella y el segundo ya se había recuperado del shock que le había causado la sorpresa.
—¡Detente ahí maldita seas! — Jean se estremeció cuando escuchó un gritó más, una pronunciación de algo, sus instintos le habían gritado que se protegiera y así lo hizo, a medio camino, Jean Granger se agachó y se cubrió la cabeza tras sentir como la pared al final de las escaleras estallaba en miles de pedazos.
—"Señorita Greenwood, es un placer recibirla en Hogwarts, como debe de saber usted ha recibido una invitación a estudiar en el colegio de Magia y hechicería". — esa misma voz retumbó dentro de su cabeza de nuevo, sabía que conocía al dueño pero no lograba recordar quien era. Jean se aferró a la varita que sujetaba entre sus dedos.
—¡Antonin, mátala ahora!
—¡Maldita sea Yaxley, no podemos! ¡Tú detente ahí! ¡Crucio! –
Jean sintió el cuerpo tensarse mientras era golpeada una vez más, quedando tendida entre los escalones mientras sufría los efectos del cruciatus, cerró los ojos y se estiró por el dolor, ya no podía escuchar sus propios gritos.
—"Usted es una bruja, Señorita Greenwood…y es mi deber ayudarla a desarrollar sus poderes, mi nombre es…"
—Albus Dumbledore…— susurró Jean Granger mientras abría los ojos, estaba adolorida, cansada y bañada en sudor, su respiración era irregular y si no hacía nada pronto iba a sufrir un paro cardiaco.
Escuchó los pesados pasos acercándose lentamente hacia ella hasta que vislumbró al enmascarado frente a su lado, apuntándole con su varita.
—¿Qué has dicho, inmunda? ¡Repite lo que has dicho! — Antonin había logrado entender lo que la miserable mujer había susurrado, sus ojos oscuros se cruzaron con la mirada dorada de la mujer.
—¿Qué pasa, Antonin? — preguntó el otro hombre, Jean no pudo saber si se mostraban preocupados por algo, pero el tono de sus voces indicaban que estaban sorprendidos.
—Repite…lo que has dicho, mujer. — Jean sonrío un poco, el hombre que le había atacado tenía un pronunciado acento grueso y ronco, era claro que no hablaba el idioma con fluidez pero era claro y conciso.
—Yo dije…— comenzó a decir mientras una sonrisa. — ¡Expelliarmus! — gritó la mujer para la sorpresa de sus atacantes.
—¡¿Qué mierda?! — gritó Yaxley mientras observaba con asombro como Antonin Dolohov era desarmado y con secuencia había sido pateado, enviándolo hacia abajo, llevándose de paso a Corban Yaxley.
Jean pudo ponerse de piel y llegar a la segunda planta, se volvió hacia los dos mortífagos que se encontraban a bajo, intentando ponerse de pie.
—Vas a pagar muy caro por esto, pequeña basura. — exclamó el hombre con acento mientras se quitaba la máscara y la arrojaba a un lado.
Jean se estremeció ante el tono der voz, pero había sido su mirada profunda y oscura lo que le había hecho estremecer.
—Si cariño… algún día ¡Everte statum! — gritó la mujer mientras apuntaba una vez más con la varita. — ¡NODUM INCANTATEM! —
Jean observó cómo el hombre de los ojos oscuros se tambaleaba de un lado a otro y momentos después su compañero compartía el hechizo.
Respiraba agitadamente pero sabía que iba a estar bien, Jean levantó la mano que sostenía el arma y observó la varita, estaba temblando asombro, dentro de su cabeza había un revoltijo de recuerdos viejos pero que sentía como si estuvieran frescos.
—¡Malita perra! — gritó uno de los mortífagos.
Mortífagos, recordó Jean mientras daba un paso atrás, intentando recordar donde había escuchado la palabra.
—¡Voy a matarte maldita escoria, eso lo juro! — No supo quién había jurado venganza pero poco le importaba, no iba a quedarse por más tiempo para averiguar de qué eran capaces aquellos dos.
Y con un pequeño esfuerzo Jean Granger desapareció ante los ojos de Antonin Dolohov y Corban Yaxley, dejando atrás solo el atronador sonido de la aparición.
—¿Qué mierdas acaba de pasar, Antonin? ¿La maldita mujer es…ella es…? — preguntó un anonadado Corban Yaxley.
—Es una jodida bruja. — murmuró Dolohov tensando el cuerpo, ambos estaban en el suelo, solo tenían que dejar pasar unos minutos para recuperar el control de sus cuerpos.
El señor oscuro iba a estar muy interesado en su descubrimiento ¿Quién lo iba a pensar? la madre de la indeseable numero dos era también una bruja Yaxley frunció el ceño al ver a su compañero de armas concentrando la mirada en el punto donde la mujer había desaparecido, pero había sido ese brillo nadando en los posos oscuros de sus ojos, lo que le había indicado que Antonin tenía una nueva presa de interés que iba a casar.
Y cuando algo se le metía al Mago Ruso, era muy difícil de sacárselo de la cabeza, incluso Yaxley que tenía demasiados años conociéndolo, sintió un poco de miedo al verlo con esa mirada oscura.
II
La habitación se había sumergido en un frío silencio que comenzó a incomodar a los ahí presentes, Jean había terminado de relatar lo sucedido la noche anterior.
—Después de eso simplemente aparecí en Hogsmeade y debo admitir que estuve unas horas deambulando por ahí intentando encontrar un refugio, no sabía dónde estabas y…
—Pero mamá…nunca me dijiste que eras una bruja ¿Por qué? — la pregunta era algo que Jean se lo había estado esperando, una mirada hacia Remus le había indicado que era momento.
—Hermione, antes de que me obliviaras yo ya había olvidado cosas de mi pasado, cosas dolorosas con las que no podía lidiar en esos momentos, yo… simplemente encontré la manera de encerrar esos recuerdos hasta que fuera el momento indicado. — confesó la mujer mientras se ponía de pie y comenzaba a dar vueltas por la habitación.
—Señora Granger ¿Usted pensaba decirle algo a Hermione alguna vez? — preguntó Ginny quien estaba al lado de su madre.
—Ginevra. — murmuró una Molly en un todo escandalizado, Jean sonrío mientras se volvía hacia la más joven de los Weasley.
—Por supuesto, había tomado medidas para ello, pero no conté con que Hermione iba a lanzarme otro Obliviate…
—Fuiste torturada madre, por eso pudiste recuperar tus recuerdos…tu cerebro fue sometido a un nivel de estrés enorme que obligó a liberar el hechizo de tu mente ¿es eso no? ¿La tortura es lo que te ayudó a recuperar tu memoria?
—Si Hermione, es lo mismo que yo sospecho, el hechizo que lancé hace tantos años estaba programado para liberar mis recuerdos en determinada fecha Hermione, lamento mucho que eso te haya causado problemas y…
—No te preocupes mamá, lo más importante es que estás aquí y estés a salvo, me preocupa más como es que los Mortífagos dieron contigo y con papá. — Jean se acercó a su hija y la tomó por los hombros.
—Gracias cariño. — respondió la mujer mientras abrazaba a su hija.
—Aún no puedo creer que la madre de Hermione sea una bruja… — susurró Ron a Harry, ambos muchachos tampoco se habían esperado aquello.
—Señora Granger — habló Harry, atrayendo la atención de la mujer y su hija hacia él. — ¿Usted estudio en Hogwarts? — preguntó el muchacho.
Remus descruzó los brazos y se giró para mirar a Harry, luego su atención volvió a Jean, quien liberó a Hermione del abrazo.
—Si Harry, fui alumna de Hogwarts alguna vez. — dijo mientras sonreía. — y conocí a tus padres de igual forma. — terminó diciendo para el asombro del muchacho.
Hermione vio como Remus y su madre salín de la casa de los Weasley, aparentemente tenían algunas cosas de que hablar, sospechaba que tenía algo que ver con su pasado.
No iba a decir que estaba tranquila al respecto, Hermione aun no sabía por qué su madre había querido eliminar los recuerdos de su pasado, había mencionado algo sobre cosas dolorosas ¿había pasado algo durante sus años en Hogwarts? Ni siquiera sabía si había logrado terminar sus estudios.
—Hermione ¿estás bien? — preguntó Neville.
—Yo, si Neville estoy bien… un poco sorprendida por lo que hemos descubierto de mi madre pero… me alegro que ella esté bien. — dijo esbozando una sonrisa, una sonrisa que no había llegado a sus ojos.
—Mione, lamentamos mucho lo de tu padre. — murmuró Ron, inmediatamente Harry lo calló con un codazo en el brazo.
—Ron por favor.
—No, Harry…está bien…después de todo estamos en una guerra, Gracias Ron… aunque todavía quiero saber cómo fue que descubrieron la ubicación de mis padres.
Harry también quería saber eso, Potter sabía cuan devastada se sentía Hermione en esos momentos, pero su amiga siempre había demostrado tener un control sobre si misma que no había visto en otros chicos de su edad.
—Estamos en una guerra, Mione, a saber que artimañas habrán utilizado para llegar hasta tus padres. — Hermione levantó la mirada hacia Ron.
—Lo se Ron, pero tal vez alguien más se los dijo. — comentó ella tras ponerse de pie. — no pude salvar a mi padre, pero no permitiré que nada ni nadie dañe a mi madre. — dijo la joven saliendo de la habitación.
—¿Crees que tenemos un espía en la orden, Harry? — la pregunta se hizo por Neville, una pregunta que los tres muchachos había pensado desde que se enteraron del asesinato de David Granger.
—No lo sé Neville, pero vamos a averiguarlo. — respondió Potter sin más.
II
Severus Snape entró a la mansión Malfoy como un vórtice furioso, ondeando las oscuras capas mientras andaba por los pasillos, había sido invocado por el Señor oscuros apenas hace unos minutos, aunque no había querido presentarse debido a la recién llegada (consumido por la curiosidad) el señor oscuro no aceptaría un retraso de su parte, hacerlo iba a causarle serios problemas.
El hombre se presentó ante un viejo elfo de la casa e inmediatamente fue anunciada su presencia.
La puerta de la oficina se abrieron de par en par, permitiéndole entrar a la habitación, lo primero que Snape se percató era que el círculo íntimo de Lord Voldemort estaba presente.
—Mi señor. — saludó Severus tras reverenciarse ante el hombre.
—Severus. — llamó el tenebroso mago, indicando con un movimiento de mano que se levantara y así lo hizo. — ponte cómodo Severus.
Decir que la tensión ahí se había acumulado enormemente, era poco, Snape sintió el ambiente demasiado pesado que lo más seguro era a causa de la magia oscura que emanaba Lord Voldemort en ese momento.
—Mis más leales mortífago… — comenzó a decir el hombre de aspecto reptiliano, paseando su mirada a través de la habitación, asegurándose de que todos sus hombres leales estuvieran presentes. —En el transcurso de todo este tiempo he esperado solo lo mejor de ustedes, en esta vida tenemos un propósito más grande que cualquier cosa y esa es mantener las líneas de sangre pura vivas y gobernando en la cúspide por encima de toda la demás inmundicia. — se detuvo intentando estudiar los rasgos de los magos y bruja de su confianza.
Sonrío cuando vio al aún tembloroso Corban Yaxley de pie a lado de Antonin Dolohov, quien aparentemente ya se había recuperado de su castigo.
—Como ya sabrán el día de ayer dos de mis mejores hombres lograron ubicar a los padres de la sangre sucia amiga de Potter. — Voldemort se puso de pie, escupiendo el apellido de Harry con despreció y desdén. — me temo que tuvimos una pequeña victoria a medias, para mi asombro, ni Yaxley ni Dolohov pudieron dar con la ubicación de la sangre sucia, Hermione Granger… de quien se sabe es la que está de tras de todos los movimientos de Harry Potter, el estúpido niño no puede hacer absolutamente nada sin esta sucia alimaña.
Voldemort se paseaba de un lado a otro como un felino en espera de su presa, mirando a los Mortífagos más cercanos a él, sus ojos azules destellaban de momentos en un brillo sangriento de pura ira.
—Mi plan era capturar a la niña y usarla como cebo para atraer a Potter a mis garras, pero lo único bueno que obtuvimos en esta misión fue la muerte de uno de los padres de la sangre sucia…
Snape sabía a medias lo que había sucedido la noche anterior, había sido él quien se había encontrado con Jean Granger deambulando por las calles de Hogsmeade.
—Pero la madre… ¡La madre logró escapar! — gritó el hombre mientras sacaba la varita de sauco y jugaba con ella entre sus manos, observando y andando. — Antonin, ven aquí…— llamó el Mago tenebroso, Dolohov no dijo nada, inmediatamente avanzó hacia el centro de la habitación. — Diles a tus hermanos de armas que fue lo que sucedió ahí, cómo una estúpida y sucia mujer te venció…a ti y a Yaxley. — susurró el hombre mientras lo rodeaba a paso lento.
—Después de nuestra llegada y cruciar a los Muggles interrogamos a los Padres de la sangre sucia amiga de Potter, pero después de una ronda de tortura no logramos sacarles nada y en el proceso de un arranque de valentía del hombre lo matamos. — explicó Antonin sin levantar la mirada, podía sentir el frío del silencio que reinaba en esos momentos, escuchaba las reparaciones algunas tranquilas y otras agitadas de sus compañeros.
—¿Algo más, Antonin? — preguntó Lord Voldemort deteniéndose a las espaldas del mago ruso.
—Tuvimos un pequeño altercado con la perra, quien logró robarle la varita a Yaxley, la crucé para detenerla pero cuando me acerque a ella algo pasó, en uno de sus delirios nombró a Albus Dumbledore e intenté interrogarla de nuevo… para mi sorpresa la mujer levantó la varita de Yaxley en mi contra… me desarmó y lanzó un hechizo que nos arrastró a Yaxley y a mí al suelo. — explicó Antonin Dolohov logrando suprimir un escalofrío a causa de la presencia oscura de tras de él.
—Una perra Muggle te desarmó y le robó la varita a Yaxley y no solo eso, resultó que la mujer aparentemente no es solo una humilde Muggle… si no que igual a la hija… tiene Magia ¡LA MALDITA MUGGLE LOGRÓ USAR UNA VARITA ROBADA! ¡CRUCIO! — La habitación se había iluminado del color carmesí mientras los gritos de Dolohov hacían eco.
