Levi Ackerman estaba de mal humor, de muy mal humor. Su día había empezado con el pie izquierdo, no, mucho peor, toda su semana.

Todo comenzó el lunes. Levi tenía la extraña creencia de que si su primer día de la semana empieza bien, toda la semana seguiría igual hasta el final. Pero si empezaba mal, terminaría igual o peor a como le había sucedido.

Temprano en la mañana, se dirigió a la universidad. Era su último semestre así que solo debía cursar cuatro materias y hacer sus pasantías. Los días lunes solo tenía una clase.

Al entrar al aula, vio a todos sus compañeros sentados con sus cabezas enterradas en grandes libros y libretas. Le preguntó a uno que ocurría y este le contestó que escuchó un rumor en los pasillos que decía que el maestro Hukings peleó con su esposa.

"Maldita sea" pensó Levi.

El profesor Hukings es un profesor que era de su agrado. Era bueno en su trabajo y carismático, ganándose el cariño de varios estudiantes. Pero cuando este peleaba con su esposa, se molestaba y si se molestaba, era sinónimo de examen sorpresa.

Levi se sentó rápidamente en su pupitre y sacó sus apuntes. Él era bueno en esa asignatura, incluso solía destacarse. Pero en ese tipo de exámenes las preguntas eran bastante difíciles. Nada que ver con lo que solían hacer en clases. Cuando entregaban los resultados, se podía escuchar en los pasillos los lamentos de las personas (usualmente un poco más de la mitad del aula) que no lo habían pasado debido a que este, tenía un porcentaje alto en la nota final. Levi ha corrido con la suerte de sacar buenas notas en todos ellos. Hasta hoy.

Leía tan rápido como podía, sin embargo, no tuvo tiempo de pasar a la siguiente página por culpa de la fuerte voz de su profesor diciendo:

—Todos tomen asiento. Bolsos en el suelo, bolígrafo negro afuera, no rojo, no rosa ¡negro! y cuidado que a alguien se le ocurra sacar un lápiz, sabes que me refiero a ti, Smithers.

Levi cumplió todo lo que había dicho, menos lo de colocar su mochila en el piso. Nunca lo hacía porque podía ensuciarse, solía colocarla bajo el pupitre y sobre sus pies.

—Tienen exactamente treinta minutos para responder —vociferó mientras entregaba las hojas a cada uno de sus alumnos—. No, mejor veinte. Sí, veinte. Este examen está fácil. Tan fácil que incluso un niño podría responderlo.

Todos protestaron en voz baja.

—No hablen, no pidan prestado nada y en la medida de lo posible, no respiren —concluyó—. Ya pueden empezar.

Hukings tenía la costumbre de colocar un reloj ¨tic tac¨ con el propósito de que los estudiantes tuvieran en cuenta el tiempo, pero el sonido provocaba que en lugar de concentrarse, se estresaran.

Levi observó el examen antes de contestarlo. Ensanchó sus ojos al notar que eran quince preguntas de argumentación, ninguna de opción múltiple. Maldijo en voz baja a la esposa del susodicho antes de disponerse a responder.

A cinco minutos para que finalizara el examen y a tres de preguntas de terminar, la mano de Levi se estaba cansando al igual que su bolígrafo. En la penúltima pregunta la tinta se agotó. Lo sacudió una y otra vez tratando de que funcionara, pero todo fue vano. Lo dejó caer bruscamente en el pupitre y giró a ambos lados buscando ayuda.

Sabía que las reglas generales eran: No abrir el morral durante un examen y no pedir prestado nada. pero ¿y si lograba hacerlo sin que lo descubrieran?

Hukings parecía concentrado en su celular y por la expresión en su rostro, Levi supuso que hablaba con su esposa. A su izquierda estaba Kari una chica tímida con la que no solía hablar mucho y a su derecha Brooke una chica con una personalidad opuesta a la de Kari, pero con la que tampoco hablaba mucho. Entre las dos, Brooke era la opción más aceptable. Era difícil que Kari, una persona que seguía las indicaciones al pie de la letra, lo ayudara.

—Ni siquiera lo pienses, Ackerman —pronunció el docente con tono de advertencia aún con la mirada en su celular.

Sorprendido y con su boca entreabierta, Levi se preguntó en el fondo cómo descubrió su propósito.

Antes de que pudiera pensar otra idea, el tiempo acabó.

No quería pensar en el resultado que obtendría y mucho menos al escuchar a dos estudiantes murmurando detrás suyo que las dos últimas preguntas eran las que valían más.
Cuando vio su nota, su humor bajó en un treinta porciento. Nunca en su vida había sacado menos de ocho punto cinco. Ese siete fue el comienzo de su horrible día.

Salió de la universidad y se dirigió a su auto. Semi suyo debido a que, en parte, también le pertenecía a su hermano. Lo encendió y se dirigió al centro de la ciudad.

Ya ahí, se adentró a uno de los edificios con su mochila en una mano y un maletín en la otra. Sus pasantías eran en una empresa nacionalmente conocida. Después de cambiar su chaqueta universitaria por una camisa, fue a su lugar de trabajo. Allí su humor descendió un sesenta por ciento.

Subió y bajó escaleras todo el día, estuvo en unas dos reuniones, una pasante tropezó con él cuando llevaba unas cajas llenas de carpetas en sus manos, haciendo que se regaran por todo el lugar, su almuerzo estaba insípido, su celular no paraba de sonar y la manga de su camisa se había atorado en una puerta.

Cuando por fin tuvo un respiro, se lanzó boca abajo en el gran sillón que se encontraba en el quinto piso. Su lugar favorito para quejarse y descansar.

—Bueno, dado a tu aura oscura y tus pequeños lamentos. Tengo tres teorías del porqué estás aquí —reconoció la voz de su mejor amigo, Farlan—; Uno, estas estresado. Dos, tienes una crisis o tres, estás estresado por tu crisis. Ilumíname, amigo.

Levi dio un respingo al sentir la fuerte palmada que le propinó su amigo en la espalda.

—Tercera opción —respondió acomodándose y dándole un espacio al rubio—. Este día ha sido una mierda, ¿por qué todo está patas arriba?

—¿Tienes que quedarte hasta tarde?

Levi asintió junto un suspiro cansino.

—Ser el hijo del gerente tiene su lado oscuro, ¿eh? —bromeó.

Si bien su padre se divorció de su madre años atrás, guardaban una buena relación. Siempre ayudó a su madre y cuidó tanto de él como a su hermano. Aunque, tenía mejor relación consigo que con Liam, debido a que se veían todos los días. Unos años atrás, les propuso a ambos seguir el negocio familiar, pero solo Levi aceptó. Liam estaba decidido en estudiar derecho, algo que respetó y apoyó.

Además, aceptó gustoso que Levi hiciera sus pasantías en la empresa para que luego de su graduación, empezara a trabajar ahí.

Cuando quiso comentar algo al respecto, su celular sonó por enésima vez en el día.

—¿Reunión? —preguntó Farlan.

Levi respondió con un gruñido. Su escala de humor ya había bajado un ochenta por ciento.

—¿Sabes? A unas dos cuadras de aquí hay una cafetería muy buena. Puedes ir ahí y relajarte un poco cuando acabe la reunión.

(***)

Un poco después de las cuatro de la tarde, su turno había "acabado". Aprovechó su poco tiempo libre antes de que su celular volviera a sonar y fue a la cafetería que Farlan le recomendó.

Se sentó en uno de los últimos lugares y un chico de cabello castaño lo atendió. Agradeció internamente que el lugar estuviera vacío. Cuando llegó su orden, abrió su libro y disfrutó su único momento de paz.

Cuando sintió un líquido correr por sus zapatos, supo que aquel momento terminó. Alzó la mirada por encima del libro (sin mostrar completamente su rostro) y vio a una chica analizando el desastre que había hecho. Bufó en voz baja, su humor ya había disminuido un noventa por ciento.

—Fíjate en lo que haces —le recriminó posando nuevamente sus ojos en el libro.

—Mis disculpas, lo limpiaré enseguida.

Aunque la chica no actuó de mala manera y fue educada en disculparse, esa frase lo enojó. Le hizo recordar lo que dijo la pasante cuando las carpetas estaban regadas en el piso. Un "despistada" salió de sus labios.

Arqueó una ceja al oír como la chica lo confrontó, él repitió la palabra y ella se fue sin decir más.

Levi, dejando el libro a un lado, tomó un par de servilletas y comenzó a limpiar cuidadosamente su zapato. Estaba tan concentrado en su tarea que no se dio cuenta cuando la chica volvió.

En el instante en que sintió un fuerte golpe en su cabeza y el chillido agudo de una de las empleadas, su paciencia acabó. Tomó el palo del trapeador que cayó anteriormente sobre su cabeza y lo tiró al suelo, ocasionando un fuerte estruendo.

Mientras una de las trabajadoras se disculpaba, él cerraba su libro.

—Este lugar está lleno de empleados torpes e incompetentes. No volveré aquí jamás.

Se levantó, tomó su libro y se dirigió a la salida no sin antes dedicarles una mirada fulminante a ambas jóvenes. La chica de cabello negro no se dejó acoquinar, y sostuvo sus ojos con los suyos.

Al colocar un pie del lugar, su celular sonó.

(***)

Ese fue el primer día de su horrible semana.

El martes, una paloma se le había hecho encima... dos veces, cuando iba caminando por un parque.

El miércoles, le notificaron que se rompió una tubería en su nuevo apartamento y que por ello, se tardaría un poco más en entregárselo. No le molestaba vivir con su madre y su hermano, los quería con todo su corazón, pero a la edad que tenía, ya quería ser un poco más independiente.

El jueves, su entrenador le lanzó pelotas de tenis al fallar un saque. Las competencias se acercaban y como jugador honorario, no debía fallar.

El viernes, rompió un saco de boxeo en el gimnasio. Trató de descargar su frustración, pero cuando quiso dar el golpe final, la arena que llenaba el saco ya estaba esparcida por todo el suelo debido a los múltiples agujeros hizo. Eso le iba a salir un poco caro.

El sábado fue lo peor. Su felicidad por haber salido temprano de la oficina se apagó al verla a ELLA ahí, de pie, en su casa. Cuando su madre anunció que sería la nueva inquilina, supo que su semana no pudo haber terminado peor.

Después de que su hermano la ayudara con las maletas, le pidió a su madre que le explicara. Kuchel aclaró que era una amiga de Liam que pasaba una situación difícil y él se ofreció en ayudarla.

Subió las escaleras y entró a la habitación de Liam. Se sentó en la silla de su escritorio y esperó que su hermano llegara para confrontarlo.

Cuando lo hizo, Liam dijo exactamente lo que su madre le comentó. Añadió también que debería disculparse por haberla tratado mal aquél día en la cafetería.

—Incluso, creyó que yo era tú y me insultó. Incluso deberías disculparte conmigo, ¿sabes?

—Sí, sí. Perdón —soltó desganado.

Luego de eso, salió de la habitación. Era terco, pero era consciente de que actúo mal. De igual manera, sabía que debía disculparse, pero por la mirada que ella le dedicó en la sala de estar y por lo que le había contado su hermano, iba a ser difícil que lo escuchara.

El domingo, se encontraron en el supermercado. Ella lo miraba indiferente y él no se quedaba atrás. En la fila, pudo sentir su mirada asesina a sus espaldas por haberle ganado el lugar. No le dio importancia, no era su culpa haber sido más rápido después de todo.

Algo que notó fue que Liam se portaba diferente con ella a comparación de otras personas. Su hermano era amable por naturaleza, pero con esa chica llamada Mikasa, era diferente. Al llegar a casa cuando lo miró insistiéndole a la joven que la ayudaría a subir las bolsas, se prometió a sí mismo molestarlo llamándolo "príncipe Disney" por ser tan caballeroso con ella. Sin más tomó las bolsas que le correspondían y entró a la casa, sin prestarle atención mucha a la pareja de amigos.

(***)

Se lamentó a sí mismo al reconocer que su nueva semana sería igual o peor a la anterior cuando se topó con Mikasa en el gimnasio. Cada que quería tomar algo ella hacia lo mismo y eso le irritaba.

Cuando chocaron sus hombros no pudo evitar confrontarla primero.

—Veo que sigues igual de torpe.

Su respuesta le sorprendió.

—Y veo que tú sigues con cara de estreñido.

Para evitar perder el tiempo con esa chica, solo rodó sus ojos y se fue.

Había algo en ella que no le agradaba. No era ese tipo caso donde una persona te cae mal sin motivo alguno, no, ella tenía algo que le molestaba, pero no podía identificarlo y eso le exasperaba.

(***)

Su mala suerte de esa semana continuó el martes cuando llegó del trabajo y le notificaron que su perro se escapó. Resopló molesto arrojando el maletín sobre un sillón y salió de la casa.

Había dado pocos pasos cuando se encontró a la nueva inquilina con su cachorro en brazos. El pequeño canino ladró y liberándose de los brazos de la asiática, corrió hasta su dueño.

Levi se agachó y lo tomó en brazos, luego de darle una pequeña caricia.

—Lo encontré cerca de mi trabajo llorando—comentó ella—. Deberías ser más precavido, aún es muy pequeño.

—Es normal que los perros de esta raza se escapen. En su caso, tiene la costumbre de hacerlo cuando no estoy en casa.

—Solo trata de que no vuelva a ocurrir —Mikasa se acercó al animalito y palmó suavemente su cabeza —. Fue un gusto conocerte, Bobby.

Luego de eso, Mikasa tomó rumbo hacia las escaleras.

—Este es el momento en donde debería darte las gracias.

—Si es muy difícil para ti hacer algo así, no lo hagas.

La joven le brindó una cálida sonrisa al perrito antes de desaparecer por las escaleras. Este último lanzó pequeños sollozos cuando la chica se fue.

—¿Tan rápido te encariñaste con ella? —el cachorro volteó la vista hacia su amo y ladró como respuesta—. No sabía que eras tan coqueto. —Bobby ladró nuevamente—. Sí, como sea, vamos a casa. Aunque no creas que no estoy molesto contigo.

El cachorro lamió un par de veces su mejilla.

—Eso no funcionará esta vez. Hoy no habrá juego de la pelota.

Bobby dejó caer su cabeza en el brazo de Levi, decepcionado por el fracaso de su plan.

Ya en su habitación, Levi supo que era lo que no le gustaba de Mikasa. Ella era la primera persona fuera de su círculo familiar que no se intimidaba ante él. Siempre que miraba a alguien enojado, esa persona se asustaban y/o tartamudeaba, pero ella no. Ella siempre lo confrontaba. En la cafetería, en el gimnasio e incluso ahora.

Era algo que le molestaba, debido a que nunca sabría cuál iba a ser su manera de contraatacar, pero también, era algo que al mismo tiempo, le parecía interesante.

(***)
Dato curioso: Levi le colocó Bobby al cachorro debido a que el nombre le pareció tierno.