Los personajes pertenecen a Craige Barttlet

NOS SOBRAN LAS PALABRAS

La veo aparecer en el salón de clase como en un sueño, rodeada por un halo de luz sorprendentemente brillante. Sin duda, el verano la ha cambiado… y para bien. No es que antes estuviera mal, no me malentiendan, es sólo que se ve diferente: más guapa y, más que otra cosa, peligrosa. Aunque esto último no es algo nuevo, Helga G. Pataki o El terror Pataki, como algunos le dicen, siempre ha sido peligrosa, pero en otro sentido.

Una chica sagaz, en extremo valiente, apasionada y determinada; un ser independiente, soez y hasta grosero, si se quiere; un alma tierna y sensible en busca de cariño. Todo eso y más es Helga. Una persona tan complicada como atractiva.

Helga, ¿cómo podría empezar a definirla? Ni idea, ¿de qué manera entenderla? Otra vez, ni idea.

Para ser sincero, cuando éramos apenas unos niños fui incapaz de notar lo grandiosa que era, me ocupaba más en jugar y estudiar, mis preocupaciones básicas. Acostumbraba pasar las tardes con nuestros amigos, sobre todo con Gerald, mi hermano de otra madre, jugando basebal, andando en bicicleta o ayudando a todos en el barrio, es decir, metiendo las narices en dónde nadie me llamaba. Me encanta resolver los problemas de los demás, podría definirme como un simple y vano metiche pero en mi cabeza pienso que valoro tanto la vida que deseo ver a mis amigos cumplir sus sueños o por lo menos vivir conforme a sus deseos. (Tal vez debería seguir mi propio ejemplo y ayudarme a salir del atolladero)

Pienso que esa es la razón por la que ella llamaba mi atención, era la única dentro de la pandilla que no me pedía consejos, se valía por sí misma… y vaya que le hacía falta un amigo, al menos tenía a Phoebe quién la conoce a fondo pero tampoco a ella le contó lo más escabroso de su vida, aspectos que todos pudimos deducir cuando fuimos lo suficientemente maduros para entender su situación familiar (el desapego emocional, la falta de interés, la ausencia de valores paternales). Pensando en eso, quizás Helga nos lleve una ventaja considerable, supongo que serán algo así como diez años de madurez, pero ni siquiera eso la exime de la adolescencia.

Le ha pegado duro, en serio. Sus de por sí violentos impulsos aumentan en ciertas fechas y al mismo tiempo rompe en lágrimas que no se sabe bien a bien si son de ira, angustia o tristeza pero, apenas las deja formarse en sus orbes, se oculta como puede para dejarlas libre o limpiarlas. Lo atestiguo pues me ha tocado verla, por casualidad, en serio. No es que la siga o esté pendiente de ella. ¿Cómo creen? No se le puede llamar acoso a mirarla desde el asiento que ocupo a su espalda, o durante el descanso, o cuando vamos de regreso a nuestras casas (y en esto último menos, ¿no?, porque en realidad vivimos para el mismo rumbo y no es raro encontrármela), o saber de memoria su rutina para buscarla donde sé que estará cuando el deseo por verla es insoportable. No, eso no se considera acoso, ¿cierto? Al menos no lo será hasta que un día me descubra oculto tras un árbol o a un lado de los botes de basura.

Ella me amaba, ¿saben? Lo hizo por mucho tiempo, pero soy tan torpe que jamás me enteré hasta que me lo dijo… y, sin embargo, no pude apreciar ni disfrutar la dicha de saberla mía porque… soy un estúpido. Las cosas como son. Ahora me reprocho el no haber atesorado sus sentimientos, incluso quisiera tener la habilidad para regresar el tiempo y decirle a mi yo de diez años que ella es la mejor persona que encontrará y que si no hace algo para mantenerla a su lado lo lamentará. Se vale soñar.

Seis años después deseo de Helga lo que al parecer ya no puede darme. En momentos como este, cuando la veo caminar por los pasillos de la prepa, seguida de cerca por su agradable y seductor aroma frutal, contoneando su cuerpo ahora mejor definido; me pregunto cómo hubiera sido, qué hubiera pasado si regresando a Hillwood la hubiera tomado en serio. Más allá de un escueto noviazgo de cuatro meses, más allá de tomar nuestras manos sudorosas por el nerviosismo, más allá de los fugaces roces de nuestros labios. ¿Qué hubiera pasado?

Su magnificencia a mis ojos, poco tiene que ver con el hecho de que me ayudara a encontrar a mis padres como en ese entonces creí, ahora sé que ya antes la admiraba, desde tiempo atrás la quería. Hoy tengo que aceptar mi realidad como simple y llano compañero de clases, pues eso sigo siendo para ella.

Es preciosa. Como mencioné antes, ya lo era pero este verano que pasó con la familia Heyerdahl en la playa, le sentó de maravilla. Su dermis antes pálida se muestra dorada, un aspecto en definitiva más saludable y encantador, como azúcar que recién se derrite, sus brazos y espalda divididos por el traje de baño que usó me hace preguntar qué tan revelador sería pues las franjas sobre su piel son demasiado delgadas; su blondo cabello recogido en un chongo alto deja al descubierto el largo y apetitoso cuello (he soñado con él, no es que deba contárselos pero quiero hacerlo. Sueño con Helga y cada bendita noche la tengo en mis brazos, la beso con ternura que ella responde apasionada, porque así es: agreste, salvaje. Me come la boca con ardor incontenible y yo me dejo hacer pues la deseo como nunca. La acaricio hasta que suspira y gime contra mis labios. La hago mía de una y mil formas, con amor y lujuria. La poseo cada noche hasta el maldito amanecer, hasta escuchar la alarma que me regresa a la desabrida realidad de su ausencia); tiene los ojos más bellos, más llenos de vida, absolutamente brillantes y con esa mirada embrujadora, enmarcada por un par de cejas perfectas, que me remonta a la fijeza con la que me observaba cuando su corazón palpitaba por mí; su rostro que reflejaba a la niña de dos coletas y una ceja en su redondez, se muestra anguloso: pómulos altos, nariz perfilada; corona su belleza una pequeña curvatura en sus labios sonrosados, llenos y frescos… torturante llega el recuerdo de las veces que los tuve a mi disposición, de toques inocentes, de roces dulces y tiernos.

¡Vaya joven! Ahora no se le puede llamar niña, comienza a transformarse en una mujer que romperá corazones a diestra y siniestra. Ya tiene el mío en su colección y ni siquiera lo sabe. Seguramente encabeza la lista porque para cuando me di cuenta de lo que sentía por ella, Helga aún no florecía y no estaba más enamorada del tonto cabeza de balón.

Me lo dijo sin palabras, el que ya no me amaba. Sus acciones son suficientes porque ya no acompaña el saludo matutino con un insulto y apodos; me deja el último postre de tapioca en lugar de luchar por él; al chocar en las esquinas (ese destino maldito de encontrarla siempre de esa forma) se levanta, sacude y sigue para adelante profiriendo un insensible "lo siento"; ya no hay bolitas con saliva en mi cabello; ni rastro siquiera de mi presencia en sus escritos y poemas.

¿Y qué pasa si me confieso? Podría pasar si un día la presión de observarla, de sentir la picazón en mi piel al escucharla o percibir la vibración de mi entrepierna al olfatear su aroma, si esa presión es tan incontenible, podría suceder. ¿Qué haría ella? Me lo pregunto todo el tiempo y no acierto una respuesta porque otra característica suya es ser imprevisible, inesperada, inconstante, no hay nada certero con Helga.

Podría raptarla. ¡Qué gracioso resultaría! El buen Arnold sería incapaz. Tal vez encararla, sacar valor de dónde no tengo y hacerle frente aunque la sola idea de encontrarme con su ceño fruncido y sus labios tirantes me asuste y provoque desmayo. Podría enfrentarla.

Helga, te quiero… y más. Te he querido desde hace años y sé que tardé, que no te he mostrado mi interés pero ya no puedo seguir ocultándolo ni negándome esto que llevo guardado y se alimenta día a día con tu simple presencia. Deseo rozar con mis dedos tu delicada piel, besar tus labios para labrar a hierro y fuego su sabor en mi lengua, probar si son tan dulces y suaves como recuerdo, quiero eso y más… te deseo, como el condenado a muerte anhela la vida, como el sediento suspira por un poco de agua; y te necesito para sentirme por fin completo. Te amo por todas tus cualidades pero más por tus defectos.

Algo así le diría, y acompañaría la confesión guardando en una mano un poco de pomada desinflamante por si la iracunda Betsy hiciera su triunfal entrada.

Hela ahí, apaciblemente sentada en las gradas de la cancha de básquet acompañada por Phoebe, como si su sola presencia no provocara tensión en el ambiente. Por Dios, si hasta el entrenador ha debido llamar a aquellos mastodontes para meterlos en cintura porque no atienden otra cosa más que a esa ninfa juguetona que pasa su diligente mano entre cuello y frente limpiando el sudor que la recorre para luego abanicarse con ella, es tremenda visión que no me pertenece, que cualquiera aprecia. "¿Ya viste a esa rubia, encantadora?", "¿Encantadora? Es muy sexy?", "¡Mira qué cuerpo!". Los jugadores comentan sobre ella, las palabras llegan a mi cerebro provocando en reacción cerrar los puños tan fuerte que mis nudillos se ponen blancos, la ira transformada en bilis sube lentamente hacia mi garganta. ¿Por qué Gerald no los para en seco? Seguro porque nada tiene que ver con su novia, la pelinegra que acompaña a mi hermoso tormento.

Dije que esa rubia loca no escapó a los efectos de la adolescencia pero no he confesado que me pasa lo mismo. Ha sido un proceso difícil porque de un momento a otro, descubrí lo que significa el aseverar que alguien es sexy, provocativa. Yo la miraba y pensaba que era bonita, inteligente, divertida pero ahora a eso se suma que es por demás sensual. No se pueden imaginar lo que sufro cuando soy consciente de ella, las reacciones extrañas que provoca en mi cuerpo. Eso que dije sobre tenerla en mis brazos y besarla no explica ni la mitad de lo que mis sueños lujuriosos contienen.

Algunas veces despierto empapado en sudor y… algo más que me da vergüenza expresar; otras tengo que correr para esconder la evidente erección que de la nada aparece cuando la detallo; y ese incesante, cada vez más creciente, deseo ha de ser apaciguado con ayuda de Manuela, la bienaventurada Manuela. Gracias al Señor por descubrirla.

De regreso a casa mientras la sigo a considerable distancia fingiendo escuchar la cháchara imparable de Gerald sigo penando por ella, ideando estrategias para confesarme, imaginando lo que habrá debajo de su ropa, dándome bofetadas mentales ante esos pensamientos. Reflexiono y vuelvo a reflexionar. Y por fin una señal, una revelación me decide a actuar cómo sea, a decir lo que sea cuando escucho a Gerald comentar, después de percatarse de la presencia de Helga, que Wolfgang y otro tipo de apellido Hudson, que forman parte del equipo de baloncesto, le pidieron que les presente a "Pataki, dicen que es ardiente ¿Puedes creerlo, hermano, Pataki… ardiente? Hay que ver lo dañados que pueden estar algunos, pero no estaría mal hacerlo". Cual niña del exorcista giro estupefacto hacia él mi cabella queriendo callarlo de un golpe, gritarle cualquier cosa pero nada se forma en mi garganta. "Quisiera ver cómo hace uso de la vieja Betsy con Wolfgang, sería genial al menos verlo reducido a nada, rechazado por ella cuando fue tan mierda con nosotros". Al menos no es por la razón que pensaba, pero ¿qué pasará el día que le presenten a un tipo que sí le guste? No puedo arriesgarme.

Acompaño a Gerald a su casa y deliberadamente sigo a Helga hasta la suya porque ya saben, stalker, incluso la dejo entrar antes de volverme y tocar a su puerta. El corazón en un puño, un nudo en mi estómago, la cabeza dándome vueltas hilando pensamientos, frases, lo que sea, la sangre en mis venas corriendo a mil por hora, la disnea haciendo lo suyo, la vista borrosa, las manos sudorosas, la garganta reseca, las náuseas, las putas náuseas. No voy a vomitarle los zapatos, espero.

Escucho el rumor de unas voces provenientes de la planta alta, el momento se acerca. ¿Qué le iba a decir? ¿Cómo iba a empezar? Ah sí, "Helga…" claro, "te quiero, mentira, te amo", bien… "te deseo", no por Dios, eso no lo he de mencionar ni por error. El leve sonido de unos pasos bajando la escalera. "Eres una chica fabulosa", eso ya lo sabe, zopenco. Ahora sudo por completo, siento bajar atormentadoramente lenta una gotita desde mi nuca hasta la mitad de la espalda, las náuseas se intensifican, alguien metió un hurón en mi estómago y una bola pegajosa en mi garganta. ¿En qué me quedé? No hay momento para pensarlo más.

- Arnold, ¿qué haces aquí? – inquiere, elevando una ceja muy bien delineada acompañada por un leve mohín en sus labios, más por sorpresa que por molestia.

- Yo… es que… bueno… tú… como sabrás… hace años – balbuceo, la falta de oxígeno me hace perder el hilo de la perfectamente estructurada confesión.

- ¿Qué? – casi se ríe por tratar de entenderme.

- Que yo, pues, eh… hasta, y bueno – no doy con las palabras, no acierto a concretar una frase siquiera. La escucho reír, fresca y natural, y de pronto una epifanía me golpea de lleno, algo en sus ojos divertidos y en la mirada dulce me instiga. Un impulso.

Subo el escalón que hace falta para quedar a su merced y acorto el espacio entre nosotros, ella me mira con una mezcla de sorpresa, temor y reto. Tal vez las palabras sobran en momentos como este, entre dos personas que han vivido tanto. La veo entrecerrar los ojos, humedecer sus labios y morder su labio inferior mientras dibuja una sonrisa de lo más provocativa y sexy. ¡Por Dios, me invita! Me acerco a su boca, su aliento a menta me recibe cálido haciéndome agua la boca, lo último que veo antes de entregarme a ella es que cierra sus ojos azules y eleva ligeramente su rostro.

La tersura de sus labios me sorprende, no recordaba que su tacto fuera tan agradable, ni que propiciara choques eléctricos a mi sistema con apenas un roce, sonrío contra ellos; atrapo su labio inferior, mordisqueándolo apasionado. Siento que el piso sobre el que me apoyaba tan firmemente desaparece, caigo en un vacío agradable; mis manos no se resisten a la idea de tomarla por nuca y caderas para acercarla todavía más, me afianzo a ella sintiéndome como en una montaña rusa con el estómago atestado de mariposas; nuestras bocas se abren para dejar paso a la sensual batalla que llevan a cabo nuestras lenguas, la suya es tremenda, me hace desear más; me besa como lo he soñado, tierna y suave, salvaje y entusiasta, no da tregua, ni quien la quiera. Anhelo perderme en Helga cuando la escucho gemir dentro de nuestro beso y pegarse casi restregándose contra mí. El recuerdo de los inocentes roces queda muy atrás, enterrado bajo estas nuevas experiencias ardorosas.

Me toma del cuello de la camiseta y me jala hacia adentro de la casa cerrando tras de mi la puerta con un pie para luego empujarme contra ella. Helga ha tomado la batuta, profundiza con fruición nuestro beso hasta que la euforia disminuye y lo finalizamos con respiración entrecortada. Abrazo a mi rubia sin intención alguna de dejarla escapar nunca más, poso mi frente contra la suya y doy un último beso de piquito a su boca hinchada y enrojecida.

-Vaya - susurra contra mis labios, dibujando con la punta de su lengua mi boca. Sus manos acarician la parte posterior de mi cuello, enredándose en mi cabello – te has tardado mucho, cabeza de balón. – ¿qué quiere decir con eso? ¿Acaso esperaba que esto sucediera? ¿O el deseo nubla mi capacidad de audición y entendimiento? Ella me sonríe gustosa, una expresión encantadora que complementa el cuadro.

Sí que es peligrosa, quizás más que antes con esos modos seductores, esa carita de ángel y esos labios que serán mi perdición. La risa escapa por completo a mi control. Me siento realizado y con el pecho henchido de felicidad no me queda más que soltar esas palabras que llevan atoradas en mi garganta desde hace tiempo. "También te amo, melenudo", la escucho decir antes de entregarme nuevamente a sus brazos.