↳ Fanfic ambientado en un universo alternativo similar a nuestra realidad (siglo XXI).
↳ Historia en la que no existen los Stands.
↳ Mi propósito con este fanfic es escribir sobre la relación padre-hijo de Dio y Giorno que existe en mi cabeza, y sobre la cual llevo mucho rato queriendo hacer algo.
↳ Actualizaciones lentas.
↳ Agradezco a mi beta, MiaTopazio, por ayudarme a revisar esto.


CAPÍTULO I

Posar los ojos sobre varios hombres uniformados que entraban y salían de la nueva y lujosa residencia del señor Brando era una tarea aburrida y sin precedentes. No podía unirse a la diversión de conectar cables y montar cámaras ya que no sabía nada sobre el proceso, sin mencionar que ya lo habían "echado" de manera amable, pues sus absurdos comentarios entorpecían las labores.

Luego de bostezar de manera descomunal a causa del aburrimiento, Hol Horse decidió ejercitar las piernas un poco, así que caminó por ahí. Vanilla Ice hizo hincapié en que no descuidara al personal, ya que si algo de la casa se "perdía", el señor Dio no dudaría en arrancar cabezas.

No obstante, esos sujetos lucían profesionales y nada en las entradas de la construcción llamaba la atención como para ser robado.

—¿Qué más da? —dijo para sí mismo en voz baja, luego de estirar los brazos al cielo.

Hol Horse era el jardinero de la nueva y llamativa mansión que el abogado erudito, Dio Brando, adquirió hacía un par de semanas. En cuanto terminó la mudanza, el patrón vendió su antiguo hogar y llevó su cuerpo y espíritu a una excéntrica residencia en una de las zonas más tranquilas y mejor vigiladas de la ciudad. Lo único que restaba era instalar el sistema de seguridad junto a las cámaras de vigilancia, que era lo que se hacía en ese preciso instante.

Vanilla Ice era el mayordomo por excelencia. Un hombre estoico, entrenado y devoto a su señor. Provenía de una escuela exclusiva de élite en Inglaterra donde se educaba desde temprana edad a mayordomos, amas de llaves y sirvientes de todo tipo para que personas con la capacidad económica adecuada pudiesen adquirirlos. Sonaba mal plantearlo como un bien humano a la venta, pero era tan literal como sonaba.

Por tanto, Vanilla llevaba tareas más especializadas y no era nada que Hol Horse envidiara en absoluto. Él la tenía fácil. Un simple y tranquilo jardinero. A veces también hacía de chofer. Era usual que entrara en conflicto con la personalidad fría y seria de Vanilla; era bastante joven como para comportarse como un aburrido señor de cincuenta años, eso lo sacaba de sus casillas, pues Hol era mayor por casi diez años y contaba con una personalidad relajada. Él era un inmigrante ilegal que, gracias a Dio y a años de servidumbre para éste, logró conseguir una residencia permanente en Estados Unidos. Desde entonces, pese a desear aventurarse por el país y vivir al día, aceptó que tener trabajo seguro, comida, techo y una buena paga, era lo mejor que podía aspirar para el resto de sus días. Se ahorraría muchos inconvenientes de esa forma.

Una vez en el portón de entrada, encendió un cigarrillo y la primera calada lo trajo de regreso a la normalidad. Podía fumar en su cuarto, no así en el resto de la casa. Órdenes del patrón.

Fijó la mirada en las nubes. Se planteó la posibilidad de ser una de ellas y cerró los ojos. Al fin. Un momento de paz y tranquilidad desde que todo ese proceso infernal de cambiarse de casa comenzó, o así fue, hasta que un sonoro golpe en el pecho le hizo toser en consecuencia.

—¿Pero qué demonios…?

No alcanzó a decir nada más. Una voz chillona e irritante le taladró los oídos, a la vez en que sobaba sus pectorales, topándose con un papel entre la mano y la ropa.

—Es un certificado de nacimiento —dijo la mujer.

Hol Horse la miró de arriba abajo. De figura esbelta, piernas torneadas, un escote que mostraba sus pechos firmes, cabello largo, negro y ondulado, de tez blanca y facciones finas que la harían ver aún más hermosa si no tuviera el ceño fruncido.

La chica empujó a un niño pequeño contra las piernas de Hol, quien no reparó demasiado en ello, dada la cantidad de información con la que fue bombardeado a continuación.

—Aunque es clandestino —aclaró—. Lo tuve porque no me quedó de otra. Por ciertos rumores supe que esta es la nueva residencia del imbécil de Dio, así que ahora el mocoso será su problema. Tengo un amante que me espera y planea darme la vida que me merezco. No puedo dejar que se entere de que tuve esa abominación.

Al finalizar, giró sobre sus talones e, indignada, regresó por donde vino. Un taxi la esperaba a la vuelta de la esquina.

—¡O-Oye! ¡Aguarda un momento! —No podía levantar más la voz. Si los hombres que trabajaban dentro de la casa escuchaban el alboroto, seguro saldrían a ver, e inmiscuir a metiches y mirones en la vida privada de su señor era una de las prohibiciones más estrictas que le tenían; Dio era una figura pública importante, no podía darse lujo de que malos rumores corrieran por ahí.

Se preparó para salir a toda velocidad tras la mujer, pero algo cayendo al suelo frenó los pasos bruscos y apresurados que había dado. Sobre el pavimento yacía un chiquillo intentando reincorporarse.

El nerviosismo se apoderó de sus rodillas. Una parte le decía que atrapara al pedazo de puta que se había perdido a la vuelta, mas su noble corazón le indicó que pusiera de pie al niño cuando menos. El sonido de un motor arrancar lo sacó de sus pensamientos. No era momento de tener dilemas morales sobre el bien y el mal.

Corrió tanto como sus piernas le permitieron, sin embargo, fue un esfuerzo inútil. Cuando dobló la calle, el auto estaba a una distancia favorable. Sería incapaz de alcanzarlo aún si lo perseguía con cada fibra muscular enfocada en ello.

—¡Esa ramera! —impactó un puño en la pared y fijó sus ojos en el trayecto del automóvil hasta que se perdió en la lejanía.

Al no tener cámaras aún, nada había quedado grabado, como las placas del carro o el rostro de la chica. Revisó el papel que estrujó en una mano como reflejo. Marcaba poco más de la hora y la fecha de nacimiento de un niño llamado Haruno Shiobana.

«Hace tres años, eh...»

La mujer que dio a luz era una tal Lady Midnight. Con eso le quedó más claro que el agua el nivel de clandestinidad del hospital.

Resignado, no tuvo de otra más que regresar y solucionar el problema. No era la primera vez que se presentaba una mujer que decía tener un hijo de Dio para sacarle dinero y obtener una mejor vida. Claro, todo resultaba ser falso al finalizar el día, pero esa era la primera vez que alguien dejaba a la bendición ahí tirada. Supuso que debería llevarlo a algún orfanato apenas llegara Vanilla, pues no podía largarse sin más con los trabajadores por ahí.

—Hey, hey, chico. No te quedes ahí, ¿sí? —llamó al pequeño en cuanto estuvo cerca, pues este se hallaba sentado en el suelo con la espalda recargada en la barda.

Al no obtener respuesta, chasqueó la lengua en señal de fastidio y se puso en cuclillas para intentar quedar a la misma altura.

—Sé que fue duro ser tratado así por tu madre, pero debo…

Sus palabras fueron silenciadas de golpe apenas analizó el semblante del chiquillo. Tenía los labios agrietados, la piel pálida, el cabello hecho un estropajo y la ropa exhibía manchas de suciedad, como quien la ha usado, cuando menos, una semana. El niño estaba muy delgado, no era como los alegres regordetes que veía pasar por ese lugar en ocasiones, más bien, podía notar sus pómulos; varios meses más sin comida y podría subir fotos a redes sociales pidiendo "likes" y cadenas de "amén" en comentarios.

Oh, boy…

Con ese susurro, el chico comenzó a abrir los ojos con pesadez. Hol Horse se sorprendió al notar el bonito color esmeralda de sus iris y, examinando bien su rostro, ese era el primer crío al que en verdad le notaba parentesco con el señor Dio, pese a lo descuidado que estaba.

Tragó saliva con dificultad. ¿Qué debía hacer? ¿Por qué Vanilla tardaba tanto? ¿No se supone que sólo iba a comprar comida y ya? ¿Acaso había ido él mismo a cosechar los vegetales y matar alguna res?

«¡Mierda!» Seguro que Vanilla le daría un sermón digno de cura enfurecido al descubrir que se había hecho con un "hijo" del patrón. No podía pedir ayuda a los trabajadores, pero debía hacer algo.

Se quitó la tejana y la puso sobre la cabeza del mocoso, a quien llamaría "Haruno" por el momento, eso debería ser suficiente para cubrir su rostro. Entonces, lo cargó sin que éste opusiera resistencia y un desagradable vuelco en el estómago no se hizo de esperar al notar lo poco que pesaba.

Con mucho cuidado de no ser visto, entró a la casa. Lejos de lucir como alguien colándose de incógnito, parecía haber raptado a un niño.

«Piensa rápido» dijo para sus adentros, recorriendo los diferentes pasillos del interior.

Entre queriendo y no, se dirigió a su propia habitación. Se hallaba en un pasillo destinado a los empleados, el cual, constaba de varias habitaciones, con sólo dos en uso. Entró a la propia y suspiró de alivio al no haberse topado con nadie en el proceso.

Sentó a Haruno en una silla junto a un escritorio y le recogió la tejana.

Ambos se miraron un par de segundos.

—Ah —juntó sus manos en un aplauso como si hubiese tenido una idea genial—. Sabes, tengo trabajo que hacer, así que pórtate bien, quédate aquí y no rompas nada, ¿bien?

A un niño normal le habría parecido extraño recibir indicaciones de un desconocido, pero Haruno apenas asintió con una mirada vacía, como si no fuera la primera vez que sucedía.

—Bien —respondió Hol con los pulgares en alto.

Sus ojos, junto a los de Haruno, se desviaron a la mitad del desayuno que reposaba sobre el mueble. Un trozo de pan dulce, un vaso de leche y algo de fruta.

Se desveló la noche anterior por culpa de su maldito celular. Vanilla lo despertó muy temprano y, en consecuencia, apenas y tuvo apetito.

—A-Ah, sí, puede comértelo si quieres.

¿Qué más podía decir? Las manos le sudaban por el nerviosismo. Tenía que despedir a los trabajadores apenas terminaran de montar todo para lidiar con Vanilla después. ¡O peor aún! ¡Con el señor Dio!

—Sólo recuerda: no salgas de aquí y no rompas nada.

Esta vez no recibió reacción alguna por parte de Haruno, sólo estaba allí, sentado, sin decir ni una sola palabra. Era como un muñeco, uno demacrado y sacado de la basura, pero uno a fin de cuentas.

Con lentitud cerró la puerta y corrió en dirección a la salida, como si persiguiera la solución a ese asunto.


Al cabo de unas horas, los hombres encargados de instalar el sistema de seguridad se fueron y Vanilla Ice regresó.

—¡Vanilla! —exclamó con los brazos abiertos—. Que gusto verte. Este lugar se sentía bastante solo sin tu hosca mirada cerca —bromeó.

—¿Qué hiciste esta vez? (Ayúdame a bajar las compras) —dijo con voz profunda a la par en que colocaba unas bolsas sobre la mesa del comedor, había más en el auto.

No era una hipótesis, sino una ley establecida; cada que veía a Hol actuar extraño o recibirlo de inmediato era porque había roto algo o un desastre de magnitud terremoto con forma de vaquero inmigrante había azotado la casa y ahora necesitaba ayuda para reparar todo antes de que el señor Dio regresara. De ser viable, Vanilla lo dejaría a su suerte, pero el error de uno era el error del otro y él llevaba un historial perfecto de cero fallos con su amo. No dejaría que Hol lo arruinara.

El nombrado esbozó una sonrisa nerviosa como si eso le ayudara a disimular. Se frotó las manos y siguió al otro hasta el aparcamiento.

—Verás, tenemos un problema.

«¿Tenemos?» pensó Vanilla, quien levantó una ceja con indiferencia antes de abrir la cajuela y tomar más bolsas.

—¿Hubo algún fallo en la instalación del sistema? No noté nada al entrar.

Hol imitó sus acciones.

—¡No, no! Eso quedó de maravilla. El asunto es otro… uno de menos de un metro, literalmente —la última frase se escapó como un susurro, mas para su compañero fue lo suficientemente audible.

—¿Se metió algún animal y no lo puedes sacar? —No conocía otro problema de ese tamaño que incumbiera a un jardinero. Por no mencionar que en alguna ocasión se les coló un perro y el captor fue Dio. A ambos se les erizó la piel en cuanto vieron cómo lo quemó vivo y desde ese momento tuvieron cuidado con los animales; Hol, para no tener terrores nocturnos al no olvidar con facilidad los gimoteos desesperados de una mascota en agonía y, Vanilla, para no causar inconvenientes a su amo.

—Eh, pues… —respondió alargando las vocales, como quien no sabe qué pretexto utilizar—. Digamos que sí, más o menos —porque los seres humanos también eran animales de alguna forma, ¿no?

—Habla claro, Hol Horse —exigió con un leve toque de irritación en la voz. Le fastidiaba que su compañero no pudiese ser claro y conciso.

—¡Dejaron en la puerta a un hijo ilegítimo del señor Dio! —pronunció con rapidez, tanta, que Vanilla se vio obligado a detener sus pasos para repasar en su cabeza lo que acababa de escuchar.

Luego de varios segundos en mutismo fue capaz de retomar su andar y depositar sobre la mesa lo que tenía en las manos.

—¿Qué?

—Tiene como tres años y… —contestó, poniendo las palmas de sus manos frente a sí, emulando una barrera protectora entre él y el peligro.

—¡¿Recibiste a un niño bastardo?!

—Corrección —levantó un índice en señal de rectificación—. No lo recibí. Me lo aventaron.

—¡Hol Horse…! —Cortó sus palabras, no porque su amplio vocabulario se hubiese esfumado a causa de la rabia y la sorpresa, sino porque no tenía caso. No era la primera vez, quizá tampoco sería la última, en que el dichoso jardinero arruinaba algo de manera olímpica.

Por primera vez en varios meses, Hol distinguió como la piel de ligeros matices tostados del otro, adquiría un tono rojizo y sus facciones se deformaban por unas más violentas, que dejaban entrever los dientes apretados del coraje.


Luego de platicar lo ocurrido con lujo de detalle, ambos se dirigieron a la habitación de Hol Horse. Vanilla abrió la puerta para toparse con un niño pequeño, pálido, desnutrido y desaliñado, sentado sobre la silla de la que Hol le indicó que no se moviese, aunque el sueño le venció y tenía la cabeza recargada en el mueble contiguo. Una pésima posición para dormir.

Ante esa imagen, cerró la puerta y la volvió a abrir, repitiendo un par de veces para cerciorarse de que no se tratara de una pesadilla.

—No sé cómo le vas a hacer, pero tienes que deshacerte de ese niño —dijo Vanilla mientras sostenía el puente de la nariz para tranquilizarse.

—¡¿Yo?! —se señaló a sí mismo con una exagerada sorpresa.

—¿Ves a algún otro inepto por aquí que haya traído a un desconocido a la mansión?

—Pe-Pero… Pero… ¿Y si en verdad es su hijo?

—Imposible. El amo Dio no podría…

—Vamos, Vanilla —interrumpió—. Tú y yo bien sabemos de las andadas del señor Dio. Tanto así, que varias mujeres han demandado una prueba de paternidad.

—Y todas han salido negativas. Esta no será la excepción.

Parecía estúpido, pero hasta ese momento ambos discutieron en la habitación. Por lo visto, Haruno, o tenía un problema de salud o un sueño bastante pesado. Así que Vanilla salió del cuarto y se puso en dirección a la sala, seguido por el otro.

—Yo no estaría tan seguro. ¿Viste la cara del muchacho? —insistió señalando a sus espaldas sin dejar de moverse—. ¿La viste?

—¡Suficiente! —Aunque Hol tenía un punto. En el momento que vio al muchacho, sus ojos se abrieron en sorpresa; sus facciones le recordaron a su amo. No obstante, reconocer a ese bastardo traería un inconveniente mayor al mismo y él daría la vida antes de arruinar la de su señor—. No seré parte de esto. Así que no pienses que apoyaré tu decisión de convencer al amo.

—No te preocupes, ya he llamado al padre Pucci para eso —levantó el pulgar en señal de una estúpida confianza.

—¿Hiciste qué cosa? —De nuevo, detuvo sus pisadas en seco para dar media vuelta y encarar al idiota con el que compartía techo.

—¡Fue un impulso desesperado!

Si había alguien que pudiese razonar con Dio, ese no era Vanilla ni mucho menos Hol, el único ser humano con ese privilegio era el sacerdote Enrico Pucci.

—No puede ser. No puede ser —retomó su andar de manera apresurada. Lo mejor que podía hacer era retomar sus funciones como mayordomo cuanto antes y olvidar todo lo que Hol había dicho y hecho—. ¡Esta vez fuiste demasiado lejos! En cuanto el amo Dio lo sepa, tú…

Vanilla dejó la oración suspendida en el aire al escuchar un chasquido en la puerta, lo que indicaba que alguien había abierto con la llave. Sólo había tres personas que tenían acceso a la casa: Hol Horse, él y...

—¿En cuanto yo sepa qué?

La pregunta fue formulada por un hombre alto, fornido, rubio y apuesto que vestía un elegante traje dorado con camisa negra y corbata roja. Este abrió la puerta con parsimonia, encarando a sus únicos sirvientes.

—Sus gritos se escuchaban del otro lado —continuó—. Vanilla Ice. Hol Horse.

—Mis más sinceras disculpas, Lord Dio —Vanilla fue el primero en reaccionar al agachar la cabeza—. Bienvenido de vuelta.