HETALIA ES UN MANGA DE HIDEKAZ HIMARUYA


1918


Polonia apoyó la espalda sobre el marco de la puerta, con los brazos cruzados. Ucrania inspiró profundamente.

— ...Te envía Rusia, ¿no es cierto? Para que me lleves con él...

— Sep—respondió él. Parecía que sólo estaba cumpliendo órdenes, pero Ucrania no podía ver nada más allá de su expresión indiferente. Quizás pensara que lo suyo eran asuntos familiares sobre los cuales no tenía derecho a opinar, o que no eran de su incumbencia.

Ella cerró los ojos.

— Ya veo...Supongo que no tengo alternativa...

Aunque había criado a su hermano pequeño como lo habría hecho una madre, la idea de verlo otra vez, después de lo que había hecho, bastaba para estremecerla...

Su reencuentro fue frío, muy frío. Rusia ni siquiera abrió la boca cuando se encontraron el uno frente al otro. Tan sólo hubo un breve y muy incómodo abrazo, tras el cual fue conducida a su habitación. Ni siquiera Bielorrusia habló mucho con ella. Aquello no sorprendió nada a Ucrania. Había abandonado a Rusia cuando más la necesitaba, después de lo ocurrido en octubre, la Gran Guerra. Había abandonado el barco. ¡Se creía tan lista, tan fuerte, tan independiente!

Como miembro de la Unión Soviética, debía contribuir a ella, principalmente con su agricultura, su punto fuerte. Pero esta vez estaba sujeta a las reglas de Rusia. Su sistema entero tenía que pasar por la colectivización, y tan pronto como volvió a formar parte de la casa comenzaron a tomarse medidas. Los terratenientes fueron despojados de sus propiedades y éstas se convirtieron en koljós, granjas de trabajo colectivo propiedad del estado.

Pero había demasiadas bocas que alimentar, y la cosecha había sido mala últimamente. Ucrania apenas pudo proveer e incluso había tenido que quitarle a su propia gente para satisfacer la cuota impuesta por Rusia.

Cuando Lenin vio que Ucrania pasaba hambre, tuvo una conversación en privado con Rusia.

— No es sensato tener descontenta a tu hermana—dijo el camarada—. Te dejó una vez y podría volver a dejarte si se siente molesta. Debes hacer todo lo posible para que se quede.

Y por ello Rusia no sólo hizo las cosas mucho más fáciles para ella, sino que también acabó con el vacío y la cortesía fría hacia ella. Un día, invitó a Ucrania a su habitación y encontró allí una mesa dispuesta para dos, con una buena cena, y a Rusia bien vestido.

— ¿Celebramos algo?—se atrevió a preguntar Ucrania.

— Pues sí: tu retorno. Siéntate—le dijo Rusia. Ella no obedeció al instante, así que le señaló una de las sillas—. Vamos. Siéntate.

Con mucha duda, Ucrania tomó asiento y Rusia se sentó frente a ella.

— Varenyky. A ti te encanta, ¿verdad?—preguntó Rusia.

— Oh, sí...

Ucrania de nuevo parecía no querer comer frente a Rusia; no fue hasta que su hermano empezó que se atrevió a hacerlo. Y así le mostró que su estómago había estado vacío por algún tiempo, comiendo con voracidad, probando varias cosas al mismo tiempo, lamiéndose los labios y los dedos para no malgastar ni una gota. Rusia sonrió al verlo.

— Te he pedido que vinieras para que estuviéramos los dos solos y así pedirte perdón en privado—dijo—. He sido un poco...duro contigo. No me extraña que te fueras...

Ucrania alzó los ojos de la comida.

— Oh, no, no digas eso...—dijo.

— Me he dado cuenta de que no te he tratado de la forma que te mereces. Si yo fuera tú, también me odiaría...

— No te odio, Rusia, querido. Claro que no. Me fui porque...bueno, me fui porque tenía dudas acerca de la Unión y necesitaba hacer cosas yo misma, pero no fue por ti. Te lo juro.

— ¿Lo juras?

— Sí.

Rusia masticó una uva durante largo rato, al parecer rumiando un pensamiento.

— ¿Y prometes que no te irás nunca más?—preguntó finalmente.

Ucrania abrió la boca, pero al final no respondió.

— Todos te necesitamos...especialmente yo, hermanita. Te he echado de menos. No es lo mismo sin ti. Por favor.

Cuando ella lo miró a la cara, a esos ojos que la miraban fijamente, recordó los viejos tiempos, cuando sólo se tenían el uno al otro. Rusia siempre estaba metiéndose en problemas porque nadie lo respetaba, al ser pequeño y débil, siempre había alguien que lo hacía daño, y él siempre acudía a ella buscando protección y compasión. En ese momento, volvió a ver los ojos de su hermanito y sintió una punzada de culpa. Se sintió un monstruo, abandonándolo en tal momento...

— ...Prometo que me quedaré contigo. Claro que sí, mi amor.

Rusia sonrió y se acariciaron las manos sobre la mesa.

El hielo del corazón de Rusia parecía haberse derretido. Durante algún tiempo estuvieron juntos de nuevo como hermano y hermana. Es decir, hasta que Iósif Stalin se convirtió en el jefe de Rusia.


1931


— ¿Es realmente necesario?

Rusia miraba por la ventana, cómo Letonia trataba de cortar madera. Era tan canijo que era una tarea complicada para él. Habría sido divertido de ver, pero no para Rusia. Detrás de él, sentado frente a su escritorio, Stalin lo miraba a él.

— No podemos mantener la Unión en funcionamiento sin su trigo y grano. Necesitamos todo lo posible—respondió el líder.

— Vladimir lo intentó una vez y Ucrania acabó pasando hambre. Si lo hago otra vez, se enfadará conmigo y se rebelará contra mí.

— ...¿De veras crees que no ha conspirado contra ti ya?

Hubo una larga pausa. Tic tac, hacían las manecillas del reloj de Stalin sobre la mesa, el único en la habitación durante un rato.

— Eres demasiado considerado. Comprendo que es tu hermana, pero ya ha demostrado de sobra que no quiere formar parte de la Unión. Ya has visto la propaganda producida en su casa, estoy seguro. Mucha gente habla mal de ti y considera que Ucrania es como la princesa del cuento que está atrapada en la cueva del monstruo. Se siente secuestrada. Te dice palabras cariñosas porque no tiene alternativa. Si le das demasiada libertad, te dejará por alguno de esos...europeos. Después de todo, ella se decía independiente, pero dejó que al final Alemania tomara el control de su vida...

Stalin se puso en pie y caminó hasta detenerse junto a Rusia, con los brazos tras la espalda y aparentemente mirando por la ventana, pero en realidad no lo hacía, observaba el reflejo de Rusia.

— Es tu hermana mayor. Sois familia. La familia permanece unida para lo bueno y para lo malo. Te dejó solo cuando las cosas se pusieron feas, para que pasaras penurias tú sólo..., ha estado codeándose con naciones y humanos que te pisarían el cuello si tuvieran la oportunidad...Comprendo que la amas, camarada...Pero el amor también significa asegurarse de que el otro no hace nada que le pueda perjudicarte a ti o a él mismo. Después de todo, los padres dan cachetadas a sus hijos y los golpean con el cinturón cada vez que hacen algo malo para asegurarse de que no vuelve a suceder...Tu hermana puede que sea la mayor, pero sabemos que necesita que la guíen...

Rusia no respondió inmediatamente. Parecía haberse convertido en estatua, apenas pestañeó.

Tras un momento, alzó los ojos y se volvió.

— Tienes razón, Iósif...Tenía miedo de que mi hermana me odiara...Pero...debo pensar en su bien—cada palabra que pronunciaba parecía hacer que la temperatura bajara más y más.


— ¡Oh, no, por favor, ¿adónde los llevan?!

Ucrania se abrió paso hasta el camión que transportaba una decena de hombres, y se dirigió a uno de los soldados.

— ¿Qué están haciendo?

— Lo siento, señorita, no hablamos esa jerga burguesa—respondió el soldado, mirándola fríamente y hablando en ruso.

— Jerga bur...¿Qué significa todo esto? Por favor, tiene que...—Ucrania gruñó de frustración al ver que el hombre la ignoraba, así que cambió al ruso—. Por favor, ¿adónde se llevan a esos hombres?

— Órdenes del Kremlin—se limitó a decir el soldado.

— ¡Pero no han hecho nada malo! ¡Los conozco! ¡Sólo son escritores, periodistas, filósofos...No poseen tierras!

— Órdenes del Kremlin—repitió el soldado—. Si tiene algún problema con ello, debería preguntarles a ellos.

Oh, eso era lo que quería Ucrania...pero llevaba intentándolo días y no llegó a conseguir nunca ninguna respuesta. Todo lo que sabía, gracias a los anuncios públicos que recibía, era que ni ella ni su gente tenían permitido hablar su propia lengua, porque desde Moscú se consideraba que era un dialecto del ruso que sólo hablaban los burgueses. Los kulaks, los granjeros que poseían más tierras y tenían trabajadores, fueron deportados, pero también gente como aquella, intelectuales, que nunca habían poseído nada...Tan sólo escribían sobre ella, su cultura, su historia.

Trató de ponerse en contacto con su hermano, le escribió, lo llamó, pero la única forma de comunicación que tenían entre ellos eran aquellos decretos, firmados de su puño y letra. Necesitaba una explicación. ¿Por qué estaban haciendo esto, hacerla trabajar hasta la extenuación, robándole la comida a su gente?

Pero pronto comprendió que no era como la última vez. Aquello iba a ser mucho peor.

Lo que Rusia exigía era tan inviable que incluso los ucranianos que creían en el proyecto de la Unión Soviética protestaron ante Rusia. ¡Ucrania no podía cumplir esas cuotas!

¿Y cuál fue la respuesta de Rusia? Purgar a aquellos hombres, de los cuales no se oyó hablar nunca más.

Y así ella comenzó a sentir que su estómago gruñía dolorosamente.

No había semillas que plantar y los campos no podían descansar el tiempo suficiente antes de ser explotados de nuevo. Rusia se lo había llevado todo. Aquellos que se oponían a aquellas medidas eran castigados con severidad. El robo era tan extendido que las autoridades soviéticas fueron puerta por puerta confiscando todo lo que encontraban y establecieron la pena capital para quienes intentaran robar un solo grano. Ucrania tuvo que ver muchos cuerpos ahorcados, a merced de los cuervos.

— ¡Rusia va a matarnos de hambre!—le dijo una mujer. Sus mejillas prácticamente habían desaparecido y aunque sólo tenía treinta años parecía mucho más vieja. Daba toda su ración a sus hijos y aun así los estómagos de éstos estaban hinchados nada más que de aire.

— No...Mi hermano no haría algo así...—Ucrania sacudió la cabeza, con las manos en la cara. La mera idea era abominable para ella. ¡Él era su hermano! ¡No podía...!

— ¡Debe abandonar este lugar! ¡Vuelva con Alemania! ¡Vaya a vivir con quien sea! ¡Pero tiene que irse! ¡Usted representa todo lo que amamos, no dejaremos que Rusia la mate!

Pero pronto se vio que la huida no era una posibilidad, ni para ella ni para su gente. Las fronteras fueron clausuradas y custodiadas de modo que nadie entrara o saliera. Aquellos que alcanzaban de algún modo los países vecinos eran devueltos a Ucrania.

Rusia reunió a todos sus subordinados en una misma habitación y les habló.

— Nadie mantendrá comunicación con Ucrania ni le dará nada en absoluto. Si os llama u os suplica, la ignoraréis. Si alguno de vosotros intenta desobedecerme, me voy a enfadar mucho. ¿Ha quedado claro?

Miró a todo el mundo. Temblando, los bálticos asintieron. Polonia. Georgia. Moldavia. Prusia. Armenia. Azerbaiyán...Finalmente, Rusia se detuvo frente a Bielorrusia y se la quedó mirando durante largo rato, hasta que ella tragó saliva de forma imperceptible y contestó:

— Sí, Rusia...

Pero de algún modo las noticias se expandieron.


Rusia ofreció un vaso de vodka a Francia, el cual se encontraba sentado en el sofá con una pierna cruzada.

— Siempre es un placer verte, Francia. Pero no puedo evitar pensar que has venido con un propósito que no es un simple viaje de placer.

Francia se tomó su tiempo para responder, tomando un trago primero. Dejó escapar un suspiro de gusto, luego puso el vaso sobre la mesa.

— Bueno, me has pillado. Es cierto que he venido aquí porque estoy...preocupado.

— ¿Preocupado? ¿Por qué?

— Sí, verás, he oído rumores, sobre la forma en que estás tratando a tu hermana Ucrania...

Rusia frunció un poco el ceño, pero siguió sonriendo.

— ¿Quién dice eso?

— No lo sé. Es lo que tienen los rumores, amigo mío: nunca se sabe quién los crea. La cosa es que no hago más que oír acerca de campesinos que mueren de inanición por iniciativa tuya...Algunas naciones, servidor incluido, hemos contribuido con comida, y aun así seguimos oyendo que el problema sólo ha ido a peor y que nuestros envíos nunca llegan a la gente...; y no pude evitar venir aquí porque, en fin, si los rumores son ciertos, comprenderás que sería un escándalo. Una nación matando de hambre a otra...Y una mujer tan bonita como tu hermana, con el debido respeto...

— Oh...Ya veo...No te culpo. Sería realmente horroroso si alguien hiciera algo tan terrible. Pero ya me conoces. Sabes que adoro a mi hermana y quiero lo mejor para ella.

— Por desgracia, las palabras no valen nada.

— Si te lo muestro, ¿te convencerías?

— Por supuesto, ya sabes que siempre estoy encantado de ver a tu encantadora hermana, tan provista de virtudes...

— Desafortunadamente, mi hermana está muy ocupada en estos momentos, haciendo encargos importantes para la Unión, pero ¿y si te enseño yo su casa?

— Bueno...—Francia descruzó sus piernas y sonrió—. De acuerdo.

De modo que pusieron rumbo de inmediato hacia Kiev. Por el camino, Francia no vio aquellas imágenes apocalípticas de las que había oído hablar: vio a gente muy normal, tan normal como uno podía ser después de una guerra tan cruel y en aquellos tiempos de cambio político. Él mismo había estado más delgado que aquella gente que encontró por las calles. Rusia lo llevó a varias granjas y pudo ver con sus propios ojos que eran prósperas y que los granjeros tenían suficiente para comer y, en su opinión, parecían muy felices. Fue un viaje corto, porque ambos tenían cosas que hacer, pero Francia suponía que le bastaba.

— ¿He aplacado tus temores, mon ami?—preguntó Rusia, saltando del coche.

— En efecto. Tú sí que sabes cómo hacer las cosas. Le diré a todos esos escritorzuelos que dejen de crear pánico entre la población. A veces son demasiado severos contigo.

— Oh, sí, yo no me quejo nunca, pero tengo que aguantar muchos de ésos.

— Debería irme ya. Me necesitan en casa. Qué pena que no pudiera ver a tu hermana.

— Le daré recuerdos de tu parte.

— Por favor.

Francia no fue el único en visitar la Unión Soviética a raíz de los rumores. Inglaterra también quiso saber de qué iba todo aquello, y también América, y ambos aseguraron a la Sociedad de Naciones que todo no era más que propaganda anti-rusa. Casualmente, Ucrania no pudo estar presente durante sus visitas y Rusia quedó a cargo de enseñarles cómo su modelo económico era lo suficientemente próspero como para que no temieran por su hermana.

Pero Veneciano y Romano no hicieron una visita a Rusia antes de comenzar su investigación, y eligieron visitar pueblos pequeños.


— Nadie aquí, tampoco...—murmuró Romano, reuniéndose con su hermano tras dar una vuelta por el pueblo.

— Aquí dice...—Veneciano apuntó al papel en su mano.

— Sí, lo sé, ochocientas personas, pero deben haberse ido todos a celebrar un picnic en la pradera, porque estoy seguro de que no he visto a nadie. Otro pueblo fantasma...

— Quizás tengamos suerte con el siguiente...

Y así se subieron al auto y pusieron rumbo al siguiente municipio en el mapa.

— Aún sigo pensando en lo que nos dijo ese señor mayor...—mencionó Veneciano mientras conducía.

— Ah, ¿que tú escuchaste lo que decía? Yo no podía dejar de mirarlo. ¡Era un esqueleto andante! ¡Podía ver cómo le latía el corazón, lo juro!—dijo Romano.

— Parece que aquí las cosas no van muy bien...—Veneciano frenó de pronto, casi haciendo que Romano volara por los aires—. ¡Mira! ¡Ahí, en los campos!

— ¿Qué?

— ¡Ahí!

Ambos abandonaron el coche y se acercaron a los campos de trigo que había a un lado de la carretera. Un olor nauseabundo escapaba de él, tan fuerte que Romano tuvo que tomar un pañuelo para cubrirse la nariz y la boca antes de adentrarse junto con Veneciano. Cuando lo hicieron, encontraron que era exactamente lo que sospechaban que era: un cadáver. Una mujer se estaba pudriendo allí.

— ¡Mira, hay más!—observó Veneciano.

Pudieron ver un pie un poco más adentro. Romano y él exploraron y vieron que había incluso más.

— He contado cinco—dijo Romano.

— Dios santo, ¿qué hacen aquí?—dijo Veneciano.

— La pregunta es, ¿por qué siguen aquí? ¿No deberían haberlos enterrado?

Esperando responder a aquella cuestión, continuaron su viaje.

Cuando llegaron al pueblo, imposible de pronunciar para ellos, consiguieron respuestas, aunque éstas no les gustaron.

De nuevo encontraron cadáveres yaciendo en la calle. Una calle tan silenciosa y muerta. No había niños jugando ni hombres o mujeres paseando. Había tal silencio que se sentía como en el interior de una tumba. Las dos Italias encontraron gente por el camino, muy parecidas al hombre delgado que tanto les había impresionado. Hombres y mujeres de todas las edades, parecían completamente desprovistos de músculo y grasa. No era de extrañar que la gran mayoría se encontrara en el suelo, sobre el césped, donde quiera que fuera, porque aquellas piernas de alambre no podían sostenerlos. Sólo pudieron distinguirlos de los cadáveres por la forma en que sus ojos los seguían, sorprendidos, suplicándoles en silencio o con gemidos débiles. Por supuesto que había cadáveres abandonados: como no podían ni ponerse en pie, debía de ser imposible para ellos enterrarlos. En un callejón, una familia luchaba para sujetar a un gato mientras el padre le rebanaba el pescuezo. Encontraron a un hombre arrodillado en el suelo comiéndose las briznas de hierba que crecían entre los adoquines del pavimento.

— Toma fotografías, Veneciano...—musitó Romano.

— Pero cómo voy yo a...—Veneciano estaba blanco como un folio.

— Lo sé, pero tenemos que tomar fotografías. Si no, nadie se lo va a creer...

De modo que Veneciano usó la pequeña cámara que escondía dentro de su abrigo para tomar fotos de lo que estaba viendo. La forma en que los lugareños los miraban, tan fuertes, tan bien alimentados, era tan incómoda que le hacían desear salir corriendo. Pero Romano tenía razón: habían ido allí buscando respuestas y tenían que recopilar todas las pruebas que podían.

Trataron de entrevistarse con la gente. Apenas comprendían el ucraniano, y los lugareños no parecían saber italiano ni inglés, así que fue extremadamente complicado. Pero, por lo que vieron, nadie quería hablar con ellos. Algunos hicieron gestos de que temían que alguien estuviera escuchando.

Encontraron a un hombre que parecía muy contento de verlos. No comprendieron qué decía, pero los condujo a una casita en el centro del pueblo, repitiendo una y otra vez un nombre: 'Ucrania'. Precisamente los italianos querían ver a la mismísima nación: así sabrían a ciencia cierta qué estaba ocurriendo.

Aunque, cuando a Ucrania le dijeron que unos extranjeros habían llegado al pueblo y abandonó la casa, casi desearon no haberla visto.

Nunca antes habían visto a Ucrania en persona, tan sólo retratos suyos. Pero los habían memorizaron y pudieron estar seguros de que no parecía ella misma. En absoluto. ¿Dónde estaba el rubor de sus mejillas, la luz de sus ojos, su sonrisa gentil y sus proporciones generosas? Lo que tenían frente a sí era un cadáver que seguro que se movía gracias a algún truco con cuerdas o alguna especie de mecanismo, porque sus piernas eran delgadas como palillos. Apenas llenaba el vestido que llevaba puesto, de modo que tenía que sostenerse la ropa para que no se le cayera. Incluso su enorme busto estaba consumido. Su cara ya no tenía luz alguna, ni felicidad, ni energía. Sus ojos se abrieron desmesuradamente cuando los vio a los dos, como una loca que estaba alucinando. Se tambaleó hacia ellos.

— ¿Habéis...venido a...salvarme?

Ni Romano ni Veneciano supieron qué decir. Romano era incapaz de mirar a aquella mujer a la cara, así que volvió la cabeza. Al hacerlo, se topó con un cartel que colgaba de la fachada de un edificio, un mensaje del gobierno. Con la ayuda de su diccionario de bolsillo, tradujo. «Comerte a tus propios hijos es un acto barbárico».

Madonna mia!


— ¡Todo lo que le podamos decir es poco!

— ¡Se comían a sus propios muertos!

— ¡Y hierba, y corteza de árbol, gatos, perros, sus zapatos, sus cinturones...!

— ¡Nos miraban como si hubiéramos venido del espacio exterior!

— ¡Está muy mal, no creo que vaya a sobrevivir mucho más tiempo!

— ¡Ni siquiera tenía fuerzas para llorar cuando llegó la hora de que nos fuéramos!

Mussolini alzó la mirada de las imágenes y finalmente las dejó sobre la mesa.

— ¿Habéis hablado a alguien sobre esto?—preguntó.

— No—dijo Romano.

— Bien. No se lo diréis a nadie, y yo me quedaré estas fotografías y me aseguraré de que nunca vean la luz.

Veneciano y Romano miraron al hombre estupefactos.

— ¿N-No ha escuchado lo que acabamos de decir?—exclamó Veneciano—. ¡Está pasando algo muy malo allí! ¡Rusia...!

— Sí. Ese es precisamente el problema. Rusia. Es una potencia mundial, y hacer públicas estas cosas lo enfurecerá. Y no queremos eso.

— Pero...

— ¿Queréis que Rusia sea vuestro enemigo?—insistió Mussolini, poniéndose en pie—. Quizás vosotros sí, pero yo no, porque me gustáis más vivitos y coleando. ¿Por qué creéis que nadie ha dicho ni una palabra sobre este asunto antes? Haceos un favor a vosotros mismos y olvidaos de esa señorita. Dejad que todo este asunto caiga en el olvido. Sé que sois muy aficionados a las mujeres, pero no todas valen el trago.

Veneciano y Romano se miraron el uno al otro hasta que Mussolini caminó hacia ellos, con la fotografía de un niño muerto sobre el pavimento.

— Aun así—dijo Mussolini—, quiero que recordéis estas fotografías. Quiero que nunca olvidéis lo que visteis allí. Quiero que penséis en ello por el día y soñéis con ello durante la noche. Eso es lo que el comunismo hace a la gente. Lo que le ha pasado a Ucrania os pasará a vosotros si dejáis que esa enfermedad os infecte.

Y entregándole la foto a Romano, abandonó la habitación.


1933


— Has sido una buena chica, así que daré la orden de que empiecen a traer comida a tu casa...Y no te preocupes, no tendrás que dar más de lo que puedas.

Ella seguía sentada en el suelo, con los ojos perdidos en alguna parte. De modo que Rusia se puso de cuclillas para que pudieran mirarse cara a cara.

— Todo está bien, ¿no?

No contestó. Él la agarró de la barbilla y la forzó a que lo mirara.

— ¿No?

— ...Sí...—respondió ella en poco más que un susurro.

Rusia sonrió.

— Te quiero, hermana.


FIN


El Holodomor, la Gran Hambruna, es reconocido hoy en día como genocidio por Estonia, Australia, Canadá, Hungría, Ciudad del Vaticano, Lituania, Paraguay, Perú, Eslovaquia, Georgia, Argentina, Colombia, República Checa, Ecuador, Polonia, Letonia, México, Estados Unidos y Portugal, así como varias regiones y ciudades de forma independiente; un intento por rusificar y destruir el nacionalismo ucraniano. Otros países e instituciones como las Naciones Unidas o el Parlamento Europeo lo consideran un crimen contra la humanidad, pero no un genocidio.