8. Pesadillas.

Lejos de todo lo que Alphonse deseaba, aquel beso inesperado terminó de materializar la pared que había entre ellos.

¿Qué significaba eso? ¿Qué sentido tiene vivir juntos si apenas iban a cruzar miradas?

Edward estaba sentado sobre su sofá, leyendo el periódico con una taza de café en el mano. Siempre solía preguntarle si deseaba un poco, o directamente preparaba para los dos no fallaba. Era un detalle tal vez estúpido pero importante. Habían día donde los estudios y el trabajo los saturaba hasta el punto de apenas poder verse, por tanto no importaba cuán cansados o somnolientos estén siempre iban a tener su momentos de reunión a solas para tomar café.

Pero lo peor no fue eso, lo peor fue encontrarlo tan tranquilo, sosteniendo su taza de café, mientras su cabello cayendo como una cascada sobre uno de sus hombros desvelaba una pequeña marca violácea, bastante reciente y reveladora. Solo lo notificó por un segundo, tan pronto se dio cuenta de lo que era apartó la mirada avergonzado y aterrado. No se sentía con el derecho de presenciar algo tan… íntimo y ajeno a él. Un chupetón que que él no había hecho y nunca tendría el placer de marcarlo con sus dientes. Tal hecho generaba dificultad y pesadez en su respirar, se sostuvo el abdomen sintiendo un apretón doloroso enroscarse en torno a sus tripas.

¿Este era acaso… el precio que debía pagar por ser un pecador? Por primera vez en mucho tiempo, deseaba llorar, no podía soportarlo…

Ellos habían luchado codo con codo, tan a la par… y ahora eran meros extraños compartiendo un mismo espacio.

Salió en la noche sin decir nada, aún si Edward lo notó, tampoco preguntó por su ausencia. Alphonse, comenzó a merodear por las calles sin rumbo, necesitaba despejar su mente con un poco de aire fresco. A medida que avanzaba por las desoladas calles comenzó a notar ser el centro de algunas miradas maliciosas con intenciones de robo, antes, como llevaba su armadura, era él quien solía imponer y hasta cierto punto era divertido… Le mosqueaba descubrirse a sí mismo pensando en todas las ventajas de ser una armadura otra vez cuando la realidad es y será siempre un auténtico infierno.

Entró al primera cantina que encontró, en lugar de pinta de cerveza pidió un vaso de agua el cual apuró dejando al final su garganta aún reseca. Algunas mujeres se le acercaron preguntando si necesitaba compañía, era raro… el mundo de día y de noche era muy diferentes antes y ahora. Siendo una simple armadura, nunca nadie se le había acercado.

Por un buen momento consideró la idea de acostarse con alguna de ellas, pasar página, olvidarse de todo… como había hecho Edward con él. Demasiado ocupado en los brazos de algún como para preocuparse por Al. ¡Bien! Pensó con ironía ¡era lo que siempre habías querido! ¿No?

No…

Las manos de una de ellas comenzaban a deslizarse lentamente sobre su pierna hasta llegar a su muslo interior de manera insinuante causando tensión en el chico joven ¿Y si le gustaba? Tal vez y solo así lograría calmar esa lujuria que lo estaba volviendo lentamente loco. Acompañó a la señorita hasta un lugar más íntimo, en cuanto esa ella lo besó repentinamente y su lengua se metió en su boca sintió un gran desagrado ascender por su garganta. Esa boca sabía mal, la lengua era extrañamente fría, y los labios era una simple masa de carne…

No tenía nada que envidiar… a los dulces labios de Edward.

La apartó como pudo comenzando incluso a toser resultando totalmente ofensivo, su intención era perder la educación, el rechazo simplemente cabreó a aquella mujer, cuando intentó marcharse de allí, esta le pidió de inmediato dinero.

Mierda… le dio propina para que se callara y se fue. Continuó caminando por otras zonas de la ciudad más seguras, contemplando el cielo nocturno y pensando… se sentía tan solo en el universo. Nada ni nadie, podía llenar su pecho como lo hacia Edward con una sola sonrisa.

El esfuerzo de caminar tanto lo dejó sin aire otra vez y tosiendo, había respirado demasiado aire frío de la calle y necesitaba volver a casa. Entró con cuidado en el hogar para no hacer ruido y se metió en la cama. Por mucho que lo intentaba no conseguía conciliar el sueño… pasaron alrededor de dos horas, ya casi iban a ser la cinco de la mañana cuando oyó unas pisadas en la oscuridad, la madera vieja crujía bajo los pies. Alguien se metió en su cama. Por desgracia, estaba de cara a la ventana por lo que no podía ver quién era… aún si se lo imaginaba, debía ser Edward. Estuvo quieto, un buen rato fingiendo estar dormido, esperando algo que nunca llegó… cayó en los brazos de Morfeo con los primeros rayos de luz al amanecer.

No soñó nada en particular.

Se despertó al cabo de unas horas con ojeras, notando el lado de su cama vacía, pasó la mano de manera lenta sobre el colchón encontrado frío en lugar de alguna nuestra de calor.

Tal vez, sí lo había soñado todo.

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Preparó el desayuno para Edward antes de irse a su trabajo en la Universidad, era su costumbre levantarse primero para preparar café y tostadas. Ese día no tenía mucho apetito, se despertó tosiendo y solo le dio un par de sorbos a la bebida caliente. Estaba algo mareado y muy cansado… probablemente estaba incubando algún virus. Iba a ser malo si se enferma a con todo el trabajo por delante aún por hacer.

Como Ed era un simple investigador se podía dar el lujo de escoger sus propios horarios, iba y venía de la central, a veces pasaba días en la biblioteca y otras se iba de viaje y no volvía en semanas. Siempre había sido muy perezoso, con el sueño pesado, eligiendo quedarse por un rato más largo en la cama mientras Alphonse se marchaba dejando todo preparado, aunque algún a veces lo obligaba a levantarse tirando de las sabanas.

Ese día solo se acercó a su habitación y acarició el marco de la puerta mientras contemplaba un segundo a su hermano dormir antes de irse, estaba todo espatarrado con una mano metida en su barriga mientras roncaba babeando. Últimamente dormía demasiado. Parpadeó. La persona que se acostaba a su lado siempre cada noche dormía de forma ordenada y quieta… no era el estilo de Ed.

Estaba totalmente seguro que era Edward, pero al mismo tiempo, no sentía que fuera él. ¿Cuándo fue la última vez que escuchó su voz? Apretó los dedos sobre el marco, clavando las uñas.

Por culpa de eso, no podía dormir, y su apetito había disminuido a nivel preocupante, estaba paranoico todo el tiempo, esperando y esperando cada noche a que Ed se metiera sigiloso en la cama y al día siguiente fingiera ignorancia. Y cuando lo sentía a sus espaldas era totalmente incapaz de encararlo pues… ¿qué le diría? Estaba muy avergonzado. Tampoco era capaz de preguntarle directamente durante el día.

Esa noche estaba decidido a que lo conseguiría, lograría enfrentar a Edward y reprochárle que era lo que intentaba metiéndose en la cama de otro hombre de manera tan indecente en medio de la noche. Cuando llegó el momento, sintió el peso del otro cuerpo y su respiración. Siempre… tenía esa misma respiración, como si estuviera excitado. Lo recordaba a la perfección, porque habían sido tantas las noches donde había sostenido el cuerpo lascivo de su hermano mayor mientras producía esos sonidos por esa boca jugosa. — Ed. — Se volteó al fin listo para la verdad, esperando poder ver al fin de frente la linda carita de su hermano, mirarlo a ojos de manera directa. En su lugar lo que encontró fue su armadura.

El rostro de Alphonse se desencajó, aterrado… y podía sentirlo, podía sentir como esas cosa lo estaba mirando en la oscuridad atravesando su alma mientras de su interior, los gemidos se transformaban en una respiración completamente enferma y moribunda.

Despertó en un sonido ahogado, estuvo un buen rato intentando recuperar la respiración sintiendo mareos y ganas de vomitar, había sido tan real… sostenía el corazón contra su pecho como si se fuera a salir de ahí. Pesaba.

¿Al…? — Dio otro respingo y miró a su lado. Ahí estaba, su hermoso Edward… nunca se había sentido tan feliz de tenerlo a su lado como en ese momento. — Tranquilo… solo fue una pesadilla. — Él simplemente sabía siempre como consolarlo, con una de sus manos acariciaba su espalda en círculos.

¿Hacía cuánto que no sentía su calor? Quería llorar, disculparse en ese momento por ser tan idiota, por rechazar su beso puro, por… por todo…

Estaba débil y lo necesitaba más que nunca.

En ese momento, se dio cuenta de las mejillas rojas, el sudor es su piel y el cómo respiraba pesadamente.

¿Ed… qué estás…? — Su única respuesta fue tomar su mano y llevarla a su miembro, estaba duro como el acero.

Lo siento. — Dijo entre susurros. — No puedo calmarlo. Me has hecho esperar por tí…. tanto tiempo...

Ed, no… — Lo apartó enseguida, sentía como si su pesadilla se volviera a repetir, pero esta vez, era la realidad. Y era terrible. — No me hagas tocarte.

Sé que… la última vez te cabreaste demasiado, sentí miedo… pensé que me odiarías para siempre. — Confesó mientras bajaba la mirada, sus ojos se encontraban húmedos.

¡No! ¡Yo nunca! — Llevó las manos a su rostro. — Yo nunca podría odiarte… yo…

¿Entonces por qué? — Preguntó, una lágrima afloró de sus ojos dorados. — ¿Por qué nunca me has vuelto a llamar "hermano"?

No podía responder, sentía la boca seca. Edward tomó las manos que sostenían su rostro y las guió por todo su cuerpo. — Yo sé que quieres tocarme… lo veo en tu ojos Al… . — Susurró. — Este… será nuestro secreto ¿sí?

Pero… . — Aún rehuía. — Pero esta mal, yo…

¡Lo sé! — Le interrumpió y lo miró con deseo dejándolo sin aliento — Pero de verdad que a mi no me importa Alphonse, no me importa que seas una armadura vacía ¡violame otra vez con tus dedos...!

Alphonse lo apartó de un empujón solo para mirarse las manos y encontrar aquellos característicos guantes junto al crujido del acero, volvía a ser una armadura, en su cabeza nunca había dejado de ser una armadura y gritó con horror.

— ¡Edward! — Gritó despertando otra vez pero esta vez estaba sobre su escritorio, y lo único que le iluminaba era la lámpara de gas. Una pesadilla dentro de una pesadilla... Estaba sudando a mares y comenzó a toser como loco sintiendo un ardor en sus pulmones como nunca, con torpeza se levantó de la incómoda silla de madera tirando todo lo que había en el escritorio, comenzó a rebuscar desesperadamente hasta poder encontrar al fin un espejo. Se miró: efectivamente era humano. Vio en sus ojos reflejados el miedo, si tan solo llegara a parpadear por un segundo, y volviera a encontrarse con aquel terrible casco que el cual tantas veces se vió reflejado en el pasado, sentiría por que en el fondo, todo volvería a la normalidad.

Porque siempre sería una armadura.

Apretó con fuerza el espejo que temblaba en sus mano y lo lanzó lejos de forma brusca, generando que se rompiera en pedazos, el sonido de los cristales rotos fue ensordecedor, pero no tanto como su respiración acelerada sin control. Se llevó las manos al rostro entrerrando los dedos en su piel con angustia.

— Coffh ¡Edward...! ayúdame. Me estoy volviendo loco... — Suplicó derrumbándose en el suelo sin poder parar de temblar, mientras esucrría los dedos sobre el cuero cabelludo con bastante fuerza generándole un pequeño escozor. La nariz pegada en el suelo de la madera añeja olía a polvo y acero.

Se levantó como pudo, mareado. Necesitaba dormir, llevaba tantas noches sin poder hacerlo adecuadamente, estaba muy, muy cansado. En realidad, ni siquiera podía ya distinguir la realidad del sueño, las noches de los días, no sabía si estaba despierto o dormido, vivo o esfuerzo, tanto había batallado para obtener la recompensa que ahora le sabía totalmente vacía. Deseaba hundirse en el agua como una pieza sólida y no salir de ese abismo nunca.

Caminó por la habitación hasta que visualizó en uno de los muebles con vitrina la botella de whisky que le habían regalado al salir del hospital, sin dudarlo ni un momento, y creyendo que eso le ayudaría a dormir, la empinó.

Ya estaba cansado de seguir pensando y padeciendo.

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Notas finales: Estamos a dos capítulos del final, y solo aviso que se viene lo duro. ¡Muchas gracias por los comentarios, nos vemos!