El juicio de los sentidos

Capítulo 2

Se sentía extraño. Las salas de espera nunca fueron de su agrado en particular, mucho menos las del hospital, suponía que la aversión se debía a la bruma de agonía e incertidumbre que poseían tales habitaciones, puesto que dentro de ellas el tiempo parecía transcurrir más lento, en un ritmo tortuoso.

Para su desgracia, el vestíbulo del buffet de abogados no era distinto al de los sanatorios, salvo por las atenciones provistas y la exquisita decoración.

Se removió en su asiento, incomodo, estaba fuera de lugar. No era un sentimiento reciente, desde hacía años, Itachi tenía la impresión de que no pertenecía ni a su misma familia. Ciertas decisiones en su vida lo llevaron a enajenarse con los integrantes de su estirpe. El vínculo de sangre perduraría, más la relación con sus padres y hermano era más complicada de lo que podía describir con palabras.

Contempló, estoico, el flujo de personas que deambulaba por la oficina. Todos los ahí presentes parecían absortos en sus propios asuntos, demasiado ocupados para prestarle atención a un tipo como él. Lo cierto era que ser ignorado lo tranquilizaba. Lo opuesto acontecía en el Hospital Regional de Konohagakure, donde la constante deferencia lo abrumaba. No estaba habituado a recibir ese tipo de miramientos. Sin embargo, comprendía que su nueva posición atraía temor y respeto. No todos los días un hombre tan joven y talentoso escalara los peldaños de la preponderancia con rapidez.

— ¿Uchiha-sama?— emplazó la linda joven con voz dulce—, puede ingresar a la oficina, su hermano se encuentra en una junta, pero pronto lo acompañara— informó, hilvanando una sonrisa perfectamente ensayada.

—Gracias, Tsukiko-san— recitó, poniéndose de pie.

En silencio, siguió de cerca a la chica. Atravesaron el lobby en cuestión de segundos. Sus pasos resonaban como un eco sonoro entre el rio de voces. Sabía al dedillo el camino para arribar a la oficina de su hermano, mas no deseaba interferir con el trabajo de la afable asistente ni parecer grosero.

Al llegar, la joven mantuvo la puerta abierta para permitirle el ingreso. El azabache agradeció, con un etéreo mohín, las ternezas de la actuaria. Al escuchar la puerta cerrarse, Itachi se permitió soltar el aire contenido en un suspiro.

La oficina le pareció aparta, tal vez por las modificaciones. Sasuke se había encargado de sustituir los muebles viejos por unos acordes a la época: sutiles y minimalistas. Aquel estudio alguna vez perteneció a su padre, pero ahora era posesión de su hermano menor, así como gran parte del legado del legado Uchiha.

Encima del escritorio de abeto se apreciaba una placa de metal con el nombre de Sasuke grabado, resaltando su posición dentro de la empresa. Su padre lo designó como el nuevo CEO luego de su retiro, concediéndole el control absoluto de la firma. Habría sido de él, de no haberse encantado por la medicina.

Observó los libreros repletos de gruesos tomos de leyes, estantes atestados de fuentes de conocimiento puro e innegable. Quizás era parte de la decoración, por lo que rememoraba, Fugaku rara vez precisaba realizar consultas de un libro, sostenía la teoría que al igual que otros profesionistas, los vademécums no eran más que un arma para impresionar, una pieza de decoración extra.

Animoso, prosiguió con el escrutinio. Sus fanales ónix se detuvieron en el escritorio: los papeles yacían meticulosamente ordenados en pequeñas montañas, la mayor parte del espacio estaba despejada, dejando lugar para los portarretratos que protegían las pintorescas efigies, la mayoría recuerdos importantes para el pelinegro menor.

A pesar de que no su impaciencia incrementaba y lo último que deseaba era pasar otro minuto recluido, su atención fue a parar a una fotografía en particular: Sasuke, de esmoquin, con una mueca de absorbente serenidad, un brazo curvado formalmente alrededor de la cintura de una chica, a la cual, era incapaz de mirar el resto de su rostro; sin embargo, la sonrisa capturada en el momento perfecto era encantadora, de genuina algarabía. Se atrevía a decir que era la expresión más bonita que había contemplado jamás. La mujer llevaba en el dedo anular izquierdo un característico anillo de compromiso: un aura centellante de diamantes brillantes y una piedra central llamativa en corte esmeralda con hileras concéntricas de facetas paralelas.

Un sentimiento de culpa recayó sobre sus hombros al no recordar nada sobre el compromiso de Sasuke. Fue en ese instante que el reconocimiento de la lejanía, lo hizo percatarse de lo poco que estaba involucrado en la vida de su hermano. No tenía presente alguna novia, mucho menos una prometida. Los caminos de ambos se apartaron a muy corta edad. El resentimiento, avivado por el desapego y el pasar de los años los convirtió en dos completos desconocidos.

Presa de la intriga, tomó el portarretrato. Tal fue su sorpresa, que por poco el objeto resbala de sus manos y termina en el suelo. Reconoció a la chica de inmediato, se trataba nada más y nada menos que de Haruno Sakura, la impertinente residente que lo había enfrentado el día anterior sin temor alguno.

El estupor fue depuesto por una serie de preguntas sin respuesta. Evidentemente, Sakura era allegada a su familia, sobre todo a Sasuke. Su madre mencionó en alguna de sus conversaciones a una chica, "hermosa y de buena familia", describió. No le tomo demasiada importancia, puesto que siempre tuvo la impresión de que su hermano no estaba interesado en casarse, detestaba a la gente, y dudaba que alguien estuviese dispuesto a aceptarlo.

Sin duda alguna, la doctora Haruno era hermosa; osadamente linda, rompía con los cánones habituales de belleza: ojos almendrados y grandes, de hipnótico color esmeralda, una nariz pequeña, recta y la punta respingada, piel moteada por diminutas pecas, cabellera corta y lacia del color de las flores de cerezo. Deducía que Sakura era la primera chica guapa con la que Sasuke salía, con la que salía en serio. Más allá de la sublime apostura, lo que mantenía a Itachi embelesado era su intelecto, la inteligencia y conocimiento dentro de su sistema límbico.

La bruma de pensamientos desapareció al escuchar el sonido de la puerta abrirse. Sin más preámbulos, situó la fotografía enmarcada en su lugar, intentó disipar la telaraña de preguntas entretejida en su cabeza, y viró sobre sus tobillos, encarando a Sasuke.

No encontró sorpresa en la mueca de inflexión de su hermano. Se presentó ante el con un sobrio traje sastre, confeccionado a la medida: un conjunto de saco índigo y pantalones a juego. La expresión de su rostro era cabalmente austera. Los tintes infantiles habían desaparecido de sus facciones, abriendo paso a los rasgos de la madurez, propia de su edad.

Lejos de tomarse el tiempo para saludar a Itachi fraternalmente, Sasuke pasó de largo a su lado, dirigiéndose al minibar dispuesto en una esquina de la oficina. Encima de la pequeña mesa de madera, yacían contenedores de cristal con distintos licores, todos de la más alta calidad.

— ¿Quieres beber algo?— le preguntó, sosteniendo un pequeño vaso con hielos.

—Whisky— respondió.

Durante un segundo o más, imperó un trágico mutismo. Sasuke retornó, hizo entrega del pedido de Itachi y tomó asiento en la silla giratoria dispuesta tras el escritorio. El azabache emuló la acción, a la par que otorgaba un pequeño sorbo, sintiendo como el licor pasaba por su garganta, dejando un pequeño rastro de escozor.

—Iré al grano— advirtió el menor, tamborileando los dedos contra el contenedor de cristal—, el proceso de divorcio va a prolongarse más tiempo del que teníamos previsto— agregó, tratando de sonar lo más profesional que podía.

Itachi se sintió ligeramente ofendido por el tono impersonal con el que Sasuke se dirigía a él. Habían crecido juntos, compartían un lazo sanguíneo. No entendía en que momento la relación se dañó. No obstante, pese a la molestia que lo invadía, opto por dejarlo pasar.

— ¿Cuánto tiempo?— cuestionó, sin rastros de cortesía en su voquible.

—Alrededor de tres meses— espetó—, fue lo impuesto por el abogado de tu esposa y también por el juez. Es normal que durante este lapso las parejas cambien de opinión— explicó.

El medico hizo un ruido sordo con la nariz, parecido a un bufido sarcástico. Dubitativo, llevó el vaso de Whisky hasta sus labios y bebió el contenido de golpe, bajo la mirada inquisitiva de Sasuke.

—Debemos llegar a un acuerdo sobre los bienes, por el momento, sugiero que consigas un apartamento, algo discreto. Izumi pretende quedarse con la casa que ambos adquirieron, podríamos pelear la mitad.

—No— negó el mayor de los Uchiha, con la mirada fija en el suelo—, es lo justo.

—Puesto que no hay hijos dentro del matrimonio, el proceso debería ser más sencillo— continuó.

Ahí está una de las tantas razones de su divorcio: la ausencia de un hijo. Cuando se casó con Izumi, la idea de formar una familia a lado de la mujer que amaba le pareció encantadora; esperaba tener hijos, quizás dos o tres, pasar los fines de semana a su lado, ir de paseo o algo por el estilo, en definitiva un rudimento utópico. No obstante, el transcurrir de los años lo haría contemplar que las cosas no resultaban como uno imaginaba. Tras dos años de intentos, el ginecólogo de su esposa les comunicó la noticia una soleada tarde de verano; Izumi pasó la noche llorando, culpándose a sí misma, él, por supuesto, la consoló e hizo las paces con la idea de que nunca se convertiría en padre. Aun así, realizaron todo lo humanamente posible para remediarlo, pero conforme las semanas se convertían en meses, y los meses en años, la pareja se desgastaba.

—Supongo que es algo bueno, ¿no?— bebió de un golpe el trago, esperando que el escozor disipará la incomodidad.

—En este caso, lo es— asintió Sasuke—, la mayoría de los divorcios se tornan desagradables cuando hay menores de edad implicados.

Nuevamente, los ojos ónix de Itachi fueron a parar en la efigie de Sakura. La intriga merodeaba en su interior, como un león asechando a su presa. Necesitaba saber cuál era la historia entre su hermano y la pelirosa; ya tenía la primera pista, ambos estaban comprometidos, el paso siguiente era indagar ¿Cómo? Y ¿Cuándo?, no iba a ser sencillo. Si cuestionaba directamente, Sasuke cerraría banda y no le contaría nada al respecto, así que optó por la sutileza.

—Y… ¿Cómo has estado?— preguntó, procurando sonar tan casual como sus ansias se lo permitían.

—No— dijo el menor, tajante—, no actúes como si realmente te importara— solicitó, frunciendo levemente el entrecejo.

—Realmente me importa, Sasuke.

—Eso es mentira— interrumpió el aludido, desviando la mirada hacia otro punto en la oficina, lejos de la faz de su hermano.

Itachi lanzó un largó suspiro al mismo tiempo que presionaba el puente de la nariz. Las relaciones familiares le parecían complicadas, o tal vez, los lazos que él compartía con la suya eran un verdadero tormento.

—Lamento ser tan egoísta, claramente no pensé en las consecuencias de mis actos y lo que éstas te traerían a ti. — Evidentemente, la disculpa llegaba muchos años tarde. Los resentimientos del pasado eran las problemáticas del presente. Sasuke estaba molesto con él y no iba a culparlo, en realidad nunca lo hizo.

—Eso ha quedado atrás— masculló displicente, bebiendo de golpe el contenido de su vaso.

Aquella era una clara señal de que debía marcharse en cuanto antes, pero no lo haría hasta responder todas y cada una de sus dudas surgidas luego de haber contemplado aquella foto.

—Solo ahora me doy cuenta de el tiempo que pase alejado de ustedes— admitió con un atisbo de arrepentimiento—, han pasado tantos años, ni siquiera sabía que estabas comprometido.

Desde su asiento, Itachi se percató de la forma en que los músculos de su hermano se tensaron al mencionar la futura unión entre él y su novia. Su faz proyectó inseguridad tras un segundo un menos, para luego transmutar en una mueca relajada, casi indiferente. Sin decir palabra, colocó el vaso vacío sobre su escritorio, se puso de pie y abotonó el saco de su ostentoso traje.

—Me temo que nuestra reunión debe llegar a su fin, hermano— confundido, Itachi depositó su vaso frente a él, se puso de pie y dirigió el andar hacia la puerta—, debo encontrarme con un cliente dentro de poco— aseguró, haciéndose a un lado para permitirle el paso.

—Fue agradable verte de nuevo— susurró Itachi, palmeándole el hombro.

—Ojala pudiera decir lo mismo— respondió Sasuke, tan tajante la hoja de un cuchillo.

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Existía una buena razón por la cual nunca tomaba un día libre, prefería el ambiente del hospital a verse inmerso en el dramatismo de su vida personal.

Había aplazado los asuntos familiares al punto que estos comenzaron a infiltrarse como la humedad en las gritas de su alter ego laboral. No podía ignorarlas más ni evitar lo inevitable. Sabía que aquel día llegaría, solamente no estaba preparado para afrontarlo.

Venia de una familia complicada, demasiado escabrosa para su gusto; acarreaba traumas de la infancia, y frustraciones por no cumplir con las expectativas de la estirpe.

«Los hijos son como copias de carbón a quienes podemos moldear.» Le dijo su padre en cierta ocasión, remarcando la idea de que muy en el fondo, Fugaku nunca lo perdonaría por elegir algo distintito a lo que él deseaba.

Aparcó el coche en el estacionamiento del establecimiento. Aguardó a que el motor se apagara por completo y después salió del auto. Admiró el entorno, sintiéndose, por segunda ocasión en ese día, fuera de lugar.

Mientras se encaminaba al restaurant, pensaba en lo acertado que había sido esa mañana al elegir el atuendo que portaba. Ciertamente, la llamada de su madre lo tomó por sorpresa, no pensaba que deseara reunirse con él, aunque resguardaba una pequeña sospecha e intuía alguno de los motivos por los que lo invitó a almorzar.

Saludó con una sonrisa educada a los hostess. El chico preguntó si tenía reservación, pero Itachi se apresuró a responder que alguien aguardaba por él. Tan rápido como mencionó el nombre de su madre, el joven lo dirigió a la zona recluida, el ala de los lujos, reservada para aquellos que eran capaces de costearse un almuerzo con un coste similar a un mes de alquiler. Agradeció las atenciones y tomó asiento. Mikoto aún no arribaba, y muy dentro, deseaba que no lo hiciera.

Respiró hondo, inhalando el aroma a especias y licor. Tras unos minutos de espera, la pelinegra apareció; llevaba un hermoso traje a juego de color gris. Bajo la chaquetilla, una blusa oscura y un hermoso collar de oro. La melena azabache desembocaba sobre su espalda en una cascada ligeramente ondulada. Poseía rasgos garbosos y una juventud antinatural para su edad. Al arribar a la mesa, se dispuso a tomar asiento, pasando de largo por las formalidades del saludo y otros gestos que consideraba meras banalidades.

Mikoto nunca se caracterizó por ser una madre cariñosa. Era una mujer hermosa, inteligente y fuerte, pero la calidez distaba de conformar uno de los tantos adjetivos para describirla. Como figura materna era gélida, apartada. Muchos se atreverían a decir que no amaba a sus hijos, pero estaban equivocados; los quería a su manera.

Itachi necesitó inflarse de valor para conducir hasta ahí, bajar del auto, e ingresar al edificio. Nada se le antojaba menos que escuchar un sermón sobre la decadencia de su vida y los aspectos que debía cambiar para mejorarla.

—Por fin apareces— murmuró— ¿Dónde te habías metido?, hace siglos que no sé nada de ti.

Durante un minuto, o quizás dos, imperó un trágico, mas no incomodo silencio. La charla se vio interrumpida por el arribo de la afable mesera, la cual, solo tomó las órdenes de sus bebidas y se retiró. Fue entonces que la mujer reparó en el aspecto exánime de Itachi. La pelinegra achicó los ojos con amonestación; sin embargo, no dijo nada al respecto.

—He pasado el último mes inmerso en el trabajo— respondió, mostrando poco interés de convertir tal excusa en el tema principal de la plática. Examinó el menú, la mezcla de ingredientes y el nombre de los platillos solo consiguieron extinguir su apetito.

—Sé que por fin te dignaste a acudir con tu hermano— dijo Mikoto, arqueando una ceja, sin apartar los ojos color ónix del menú.

Itachi contuvo el impulso de rodar los ojos. Tenía la impresión de que su madre poseía una forma de saber las cosas.

—Fue una mera formalidad— respondió, apartando la carta lejos de su vista—,escuche que es uno de los mejores abogados de la ciudad, aun cuando los divorcios no son su especialidad— bromeó, sabiendo de buena tinta que el comentario generaría más molestia que algarabía en su madre.

Sin embargo, ella lo ignoró. Colocó la cartilla a un costado de la copa de agua y lo miró, realizando un pequeño escrutinio.

— ¿De verdad no has cambiado de opinión?— indagó mortificada.

—No— replicó, recargando la espalda contra el respaldo de la silla—. Intente retomarlo, pero me percaté de que solo sigo decepcionado a Izumi, así que es mejor sepáranos.

—Itachi, hay una edad en la que un hombre solo, sin familia comienza a levantar sospechas.

El aludido se encogió de hombros, incomodo. Evidentemente, a su madre le importaban las apariencias, y mucho. Un divorciado en la familia no aportaba puntos a la imagen del clan, solo remarcaba los errores y las fallas del primogénito Uchiha.

—Por favor, mamá, no ejerzas presión sobre mi—dijo, sin rastros de cortesía en su voz. Necesitaba sentarse y beber una cerveza o tal vez tres. Tenía los nervios a flor de piel desde la maña.

—Solo espero que recuperes el juicio—espetó mortificada.

Izumi era del agrado de su madre o de cualquier integrante del clan Uchiha.

La garganta del azabache emitió un sonido ahogado; entre un gruñido tenue y un carraspeo.

—Espero que no hayas llamado solo para sermonearme.

—Por supuesto que no— negó. Del costoso bolso extrajo una sofisticada invitación—. Pronto será el nombramiento oficial de Sasuke como CEO de la firma— dijo, extendiendo el elegante sobre.

— ¿Estas segura de que Sasuke quiere verme ahí?— cuestionó, echando un vistazo al timbre de la compañía y después a la pelinegra.

—Eres parte de la familia, hijo de tu padre y mío. Espero que tu apretada agenda te permita acudir.

—Hare lo posible.

Sin nada más que añadir, la mujer se puso de pie. Estaba claro que las reuniones familiares no se prolongaban más de cuarenta minutos.

—Ahora que estas en la ciudad, espero verte con mayor frecuencia— expresó, esbozando una sonrisa rígida, casi fingida—. Le diré a tu padre que envías saludos.

Itachi asintió con un ligero movimiento de cabeza. Solo hasta ese instante, se permitió soltar un suspiro de genuino alivio. Ya era hora de regresar a casa.

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Las cajas de la mudanza continuaban apiladas en los rincones del apartamento, así como los relucientes muebles y demás objetos, que tanto su hermano y el abogado de Izumi consideraban de su propiedad.

Gracias a los contactos de Shisui, consiguió un pequeño, mas no austero piso en uno de los mejores edificios de Konohagakure. Se ubicaba en el centro, cerca del barullo de la ciudad.

El tiempo que pasaría en ese lugar iba a ser limitado. Gran parte de su día a día transcurría dentro del hospital. El trabajo demandaba su presencia, hecho que lejos de agobiarlo, parecía sosegarlo.

El sonido hueco de la caja al caer sobre la mesa lo sacó de sus pensamientos.

—Era la última caja en el camión— informó Shisui, pasando el dorso de la mano por la frente empapada de sudor.

Itachi echó un vistazo a su alrededor. Los próximos días de descanso los pasaría imponiendo orden, tan solo si poseía la energía debida para llevar a cabo la encomienda.

Shisui dejó caer su cuerpo sobre el sofá, exhaló con fuerza y dijo:

—Puedo ayudarte a limpiar este sitio.

El azabache lo miró de soslayo con un ápice de curiosidad. Lo último que pretendía era molestarlo, ya había hecho bastante con auxiliarlo a conseguir el departamento y mover sus cosas.

—No será necesario— espetó, revisando el contenido de una de las cajas—, pasaré más tiempo en el hospital.

— ¿Es una especie de auto sabotaje?— preguntó.

—Con el retiro de Sarutobi la carga de trabajo aumento— explicó sin mayor detalle.

—Vaya—dijo el hombre, echando la cabeza hacia atrás. Alcanzó un cigarrillo de la bolsa de la camisa y lo llevó hasta sus labios—, aun no te han presentado oficialmente y ya tienes mal aspecto.

Itachi sonrió. Conocía a Shisui desde que eran niños. Para su fortuna, sus padres eran primos y socios. El padre de Shisui acudía constantemente a las reuniones celebradas en su casa o viceversa. Él lo veía como un hermano mayor, admiraba el trabajo que realizaba, incluso lo consideraba una especie de inspiración, no lo decía a menudo para no subirle los humos a la cabeza, pero era parte importante de su vida.

—Un mal día— replicó, optando por dejar la tarea del orden por la paz y tomando asiento a lado de Shisui,

—Pues no dejes que eso te amargue— dijo él, encendiendo el cigarrillo.

—Es solo un puesto temporal— espetó, tratando de convencerse—. Tsunade continúa buscando al neurocirujano apropiado para suplir al doctor Hiruzen.

—Quizás ha dado en el clavo— respondió, lanzando una bocanada de humo—, no me sorprendería que dentro de poco tiempo te convirtieras en el hombre más joven en obtener el puesto. Tsunade sabe que es lo mejor para el hospital. Deja de ser tan modesto y acepta de una buena vez que te ganaste ese puesto.

Itachi intentó sonreír, pero fue patético. Se sentía perdido. Había perdido el rumbo desde que Izumi presentó los papeles de divorcio. Aquellos cambios lo tenían abrumado.

En definitiva, sería un año interesante.

Continuara

N/A: Un capítulo más a la cuenta. No pensaba que la actualización llegaría tan rápido, sin embargo, el tiempo y la inspiración han estado de mi lado los últimos días.

Creo que la temática de la narración va tomando forma. Mi intención es plasmar las vidas de los protagonistas desde sus perspectivas. Por el momento, la introducción de Sasuke puede parecer sin sentido y carente de fundamentos, pero eventualmente iré desvelando cuál es su historia con Sakura y el motivo por el cual Itachi la desconoce.

Pasando a otro tema, me gustaría agradecer a todas las personas que se tomaron el tiempo para leer y dejar un review, como lo son, Arge, SabakuNoSakura, Dulcecito y sofi4alpe; mil gracias por expresar su opinión, en verdad, es de mucha ayuda para mí.

Sin nada más que añadir, espero que pasen unas felices fiestas a lado de sus seres queridos. Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren.

¡Nos leemos hasta la próxima!

Shekb ma Shieraki anni