Capítulo 5

Sakura ingresó en la oficina de paredes vacías; la habitación olía a algún tipo de detergente, con una tenue fragancia a pino.

El estudio era pequeño y sencillo para pertenecer a un jefe de departamento; sobre el espacio geográfico se administraba un escritorio parco, de aspecto minimalista, sin portarretratos u objetos personales encima, solo folders y documentos, al lado izquierdo, un librero de tamaño discreto, despejado. Recordaba la oficina del antiguo jefe más grande y cálido, no obstante, Itachi no era Sarutobi, y por lo que alcanzaba apreciar, estaba lejos de convertir aquel sitio en un santuario de recuerdos íntimos.

Un escalofrió le recorrió la espalda cuando Itachi pasó de largo a lado de ella. Siguió cada uno de los movimientos con la mirada hasta que resolvió postrarse en la silla giratoria al otro lado de la habitación. Con un gesto adusto, la invitó a tomar asiento.

Sakura comenzaba a arrepentirse de su decisión en cuanto Itachi la descubrió; debió solicitarle a una de las enfermeras que lo hiciera por ella. Las piernas le temblaban, y su corazón aun retumbaba dentro de su pecho; el olor comenzaba a marearla, se sentía aturdida y nerviosa.

Si Itachi estaba molesto, no lo demostraba, lucia calmado, incluso indiferente con la situación. Sus ojos negros desprendían un enigmático fulgor, tornándolos más hipnóticos e intimidantes de lo que ya eran. Recargó su espalda contra el respaldo, sin apartar la mirada de ella, era como si estuviese examinándola, tratando de descifrar que ocultaba tras esa máscara de orgullo.

— ¿Estaba escuchando la conversación detrás de la puerta?— preguntó, contemplándola con genuina curiosidad.

Sakura experimentó una pequeña regresión a los días de su niñez, cuando su madre la reprimía por el mismo motivo que Itachi lo hacía hoy en día, era un habito desagradable, lo admitía, pero no toda la culpa era suya.

Se removió en su asiento, inquieta; elevó la barbilla y posó, determinada, sus fanales esmeraldas sobre la perfecta faz de su jefe. Era un acto desafiante y estúpido continuar tentando su suerte.

—Si— admitió, intentando sonar tan segura como le fuera posible—, pero no era mi intención— añadió.

Itachi arqueó una ceja.

—Pero lo hizo— terció, inclinándose ligeramente hacia el frente— ¿Qué fue lo que escuchó?

Un rictus de acritud decoró la hermosa faz de la pelirosa. Apretó con los dedos las tachuelas de latón que sujetaban el tapiz del apoyabrazos. Mordió su labio inferior, quizás debía contarle una verdad a medias, decirle que no escuchó nada con claridad, solo una discusión. Sin embargo, algo en su interior le decía que Itachi se percataría si mentía.

—Muy poco— confesó, dejando escapar un largo suspiro—, lo suficiente para saber que esa mujer es importante para usted.

Una ínfima y amarga sonrisa cruzó los labios del pelinegro. Los rumores sobre su estatus sentimental rondaban por los pasillos del hospital. La abstrusa vida de Uchiha Itachi causaba sensación entre los distintos grupos del personal sanitario, llevándolos a crear una serie de historias dignas de literatura fantástica. Por lo que era capaz de entrever, aquella dama tenía un lugar dentro de su corazón, si es que lo poseía.

—En verdad lo lamento— dijo ella de nueva cuenta, nerviosa por el prolongado silencio suscitado entre los dos—.Fue algo estúpido de mi parte. Espero que esto no afecte mi desempeño laboral.

Itachi cerró los ojos y presionó con fuerza el puente de la nariz, las marcas cerúleas bajo sus ojos y la ligera palidez de su nívea tez le conferían un aspecto cansado. Se cuestionaba cuanto tiempo llevaba dentro del hospital, y si se daba un momento para respirar. Su profesión era demandante, requería absoluta e indivisible atención. La sonrisa amarga transmutó en una irónica, aquel gesto era fresco, y de alguna forma, inquietante. Su corazón dio un vuelco, esta vez no fue por el nerviosismo.

—No sea absurda, por supuesto que no— dijo Itachi, con voz fuerte y amable—, como usted lo mencionó esta mañana, nuestra relación es meramente laboral.

¿Acaso estaban firmando un tratado de paz?, no daba crédito a ello. Un sentimiento de culpa se instaló en lo profundo de su estómago. Se había comportado como una idiota con Itachi.

—Supongo que estamos a mano— convino él, contemplándola con detenimiento—, intenté inmiscuirme en la relación que usted tiene con mi hermano— aclaró.

Ella lo oteó un momento en silencio, sopesando como proseguir. Expulsó otra larga y pausada bocanada de aire, cualquiera que la escuchara no dudaría en decir que estaba enamorada, sin embargo, la culpa comenzaba a recaer sobre sus hombros. Aunque le costara admitirlo, Ino tenía razón; había juzgado a Itachi sin siquiera darse la oportunidad de conocerlo.

—Estuve comprometida con su hermano, tiempo pasado— sonrió, encogiéndose de hombros. La aclaración lo tomó por sorpresa, no obstante, recobró la compostura en un abrir y cerrar de ojos—.Es una historia…

— ¿Complicada?— murmuró Itachi, comprendiendo a lo que se refería.

—Más larga que complicada— aclaró la pelirosa con seriedad—. Creo que debería marcharme— espetó, poniéndose de pie.

Itachi asintió con un ligero gesto de cabeza.

Sakura dirigió su andar hacia la puerta, olvidando por completo el principal motivo que la había llevado a ese sitio en primer lugar.

—Espere— dijo Itachi detrás de ella, colocando una mano sobre la puerta para impedir su huida, dejándola acorralada entre la superficie de madera y su cuerpo.

La sangre se le precipitó al rostro, encendiendo sus mejillas en un ligero sonrojo; la distancia entre los dos era escasa, casi inexistente. Solo desde ese punto, se percató de la diferencia de estatura entre los dos; Itachi era un hombre alto, esbelto, poseía la figura de un guerrero, en cambio, ella era menuda, algo que muchos declararían como petitte; sus facciones aristocráticas eran más finas que las de Sasuke, sus ojos eran más pequeños y brillantes, la nariz recta, y labios perfectamente enmarcados. Su cuerpo desprendía un olor particular, almizclado, dulce, a la par que emanaba una calidez desconcertante, más no desagradable, lo encontraba extrañamente embriagante.

—Deseo disculparme con usted— masculló, pero su voz sonó lejana, como en otra dimensión—. Quizás imagine que me empeñado en joderle la existencia, pero en realidad solo pretendo presionarla. Sé que puede dar más. Estos últimos días me he encontrado aprendiendo más cosas de usted que de otras personas a lo largo de mi carrera.

Sakura se tensó como una cuerda al ser extendida, sus fanales esmeralda se encendieron, pero esta vez no de ira, sino de sorpresa.

— ¿No estaba criticándome?— preguntó, anonadada.

—En lo absoluto— negó con la cabeza—, su reputación la precede.

La calidez se extendió por su pecho. Itachi no la detestaba, simplemente intentaba ayudarla a su manera. Apartó la mirada del rostro del pelinegro y la clavó en el suelo, llevándose un mechón de cabello suelto detrás de la oreja. Había sido una tonta, y así como su jefe se despojó del orgullo, era momento de que ella lo hiciera.

El azabache retrocedió un paso, liberándola de la incómoda posición.

—También yo debo pedirle una disculpa— sonrió ella, sin aguardad a que él dijera algo—, mi comportamiento fue impertinente y en verdad lo siento— rascó la punta de su nariz, contrariada—, dios, lo último que deseaba era faltarle al respeto.

Ambos permanecieron en silencio durante un minuto o dos, contemplándose mutuamente, no muy seguros sobre lo que querían decir. Las cosas estaban claras entre los dos, sin embargo, algo inconcluso se palpaba en la atmosfera.

Itachi extendió una mano en dirección a ella, y sin pensarlo dos veces, Sakura la estrechó, notando como el leve contactó removía algo en su interior, al mismo tiempo que una ligera corriente eléctrica recorría su espalda. Intentó no prestar atención a sus pensamientos traicioneros, sin embargo, había algo en aquellos fanales oscuros que la inquietaban. Compartieron una sonrisa cordial y ambos se apartaron.

—Por cierto— recordó la ojiverde, carraspeando un poco para aclararse la garganta, repentinamente seca—, necesito su autorización para llevar a cabo el procedimiento— indicó, extendiéndole la tabla con la hoja de información del paciente.

Itachi tomó el documento, lo examinó con rapidez, y sin más preámbulos, alcanzó un bolígrafo que llevaba oculto entre las bolsas del traje quirúrgico; plasmó la firma de autorización y regresó el papel a las manos de Sakura.

Sin nada más que decir, ambos abandonaron la oficina, tomando diferentes caminos.

Sakura se permitió lanzar un suspiro de genuino alivio, llevando la tabla hasta la altura del pecho y preguntándose qué demonios había pasado.


El sonido crepitante de la máquina de café cortó los pensamientos de tajo; el artilugio era arcaico, pero funcional. No preparaba infusiones exquisitas o abrumantes para el paladar, el sabor era pobre, casi inexistente, pero efectivo para disipar el cansancio.

Saliendo de su ensoñación, tomó el vaso y dio el primer sorbo. Se sentía agotado, consumido por el trabajo, llevaba cerca de dos días sin dormir; las extremidades le dolían, y una implacable migraña lo acompañaba desde el amanecer. A todos sus padecimientos físicos se le sumaban la desagradable charla y el fortuito encuentro con Haruno Sakura, el cual había dejado una extraña sensación en su interior, difícil de definir. Lo cierto era que no contaba con las fuerzas para desgastarse divagando en azarosos lances.

Fatigado, tomó asiento en una gradilla cercana, recargando la espalda en el incómodo respaldo y la cabeza contra la pared, a la par que fijaba la oscura mirada en la pálida lámpara que colgaba del techo.

Dio otro sorbo, al mismo tiempo que en sus pensamientos aparecía la imagen de Izumi. Presionó con dos dedos el puente de la nariz, intentando aplacar el punzante dolor ocasionado por la cefalea. El encuentro había dejado un mal sabor de boca, como los últimos dos, le parecía increíble cómo era que ambos eran capaces de destruirse cuando años atrás juraron amarse eternamente.

No obstante, la conversación con Sakura solo logó inquietarlo. Si bien los dos habían establecido una tregua, la confesión de la pelirosa lo tomó por sorpresa. No lograba comprender cuales eran las razones por las que el compromiso entre ella y su hermano había terminado. Sabía que Sasuke poseía un mal carácter, pero suponía que debía existir otra razón para orillarla a rechazarlo.

Fue en ese preciso instante que se permitió así mismo soltar un suspiro. No podía dejar de pensar en ella, despertaba algo en su interior, era incapaz de precisar el sentimiento, le intrigaba. Haruno Sakura era un acertijo indescifrable, por más que intentase encasillarla, terminaba descubriendo otro detalle, algún atisbo a su inaudito ser.

—Doctor Uchiha— dijo Kurenai a manera de saludo, esbozando una ligera sonrisa.

El azabache apartó la mirada del techo, posándola sobre el rostro afable de la pelinegra.

—Doctora Yuhi— replicó.

—Lamento irrumpir tu descanso— espetó un poco apenada, encogiéndose de hombros—, pero necesito ayuda en un caso.

Itachi contuvo las ganas de soltar otro suspiro. La paz era momentánea en el hospital, una ilusión para los jefes de departamento como él. Se puso de pie, y siguió los pasos de la dama hasta la recepción.

—Femenina en estado de gestación, treinta y tres semanas. Fue referida al hospital esta mañana por presentar una presión arterial elevada. Asintomática— explicó Kurenai, extendiéndole el expediente a Itachi.

El pelinegro arrugó el entrecejo. Aquello no le gustaba.

— ¿Cuáles fueron los resultados de los exámenes de laboratorio?— cuestionó, aparando la mirada del historial médico de la mujer.

—Sorprendentemente se encuentran dentro de lo normal. Realice una ecografía Dippler con IP de arterias uterinas mayor al percentil 95.

En cualquier otro momento, Itachi habría delegado el caso a alguno de sus residentes, no obstante, la magnitud del asunto superaba los límites de la gravedad. La mujer se encontraba en un estado delicado, la situación era una bomba de tiempo, cualquiera que fuese su decisión dentro de las últimas 24 horas, determinaría si sobreviviría.

—Solicitó su alta voluntaria— añadió Kurenai, con una mueca de genuina consternación decorándole el rostro.

— ¿Y la dejaste marchar?— suspiró él, dejando caer el folio sobre la superficie.

—Necesitaba tu opinión para retenerla más tiempo— confesó en tono quedo, pero exento de contrición —.Es muy rápido para llevar a cabo una cesárea, la vida de esta chica corre peligro.

A lo largo de su carrera, Itachi se había visto inmerso en debates éticos y morales, llevándolo a poner en duda sus propios principios. No era la primera vez que una decisión compleja reposaba en sus manos.

—La joven corre el riesgo de presentar un accidente cerebro vascular— profirió, cruzándose de brazos.

—Lo sé.

Itachi cerró los ojos un momento para sosegar sus pensamientos. Consideraba cuales eran los pros y contras, aunque, para ser sincero consigo mismo, las consecuencias eran negativos en cualquiera de los escenarios que vislumbrara.

—Kurenai, sé que no me estas pidiendo una opinión sobre lo que evidentemente ya sabes, si no ayuda sobre las posibles consecuencias que esto pueda desencadenar. — suspiró, exhausto.

—La paciente desea marcharse— convino la pelinegra, encogiéndose de hombros—, no puedo someterla a un procedimiento quirúrgico en su estado, y lo sabes, tanto la madre como los productos corren riesgo de perecer.

—Debemos hablar con los familiares— las facciones de Itachi se ensombrecieron.

—Me encargare de llevarlos a una de las salas de juntas.


Itachi observó detenidamente los rostros de los ahí presentes en la sala. Intentaba descubrir que era lo que pasaba por sus mentes en ese instante, y como debían sentirse al respecto.

La paciente en cuestión era una chica joven, no rebasaba los treinta años; la vitalidad que irradiaba su faz era tan abrumadora que por un momento el pelinegro deseó que aquello se tratara de una puta broma. Iba acompañada de su marido, quien sostenía su mano en todo momento; le brindaba seguridad y consuelo. Ambos comenzaban una vida juntos, pero el destino se encargaba de poner en su camino un obstáculo insuperable.

Itachi sabía que el pronóstico era desalentador, sin embargo, todo lo que ocurría dentro del hospital era cuestión de suerte, y la suerte podía ser buena o mala.

Atisbó, azorado, el nerviosismo hilvanado en las facciones de la chica; notó, como con un gesto sobreprotector llevaba la mano libre hasta su vientre abultado, acariciándolo con tremara en un acto de genuina y absoluta devoción. El hombre a su lado, le ofreció una sonrisa, triste, trémula. No había mucho que pudiese hacer, solo estar ahí para ella.

Aquello lo llevó a avivar un recuerdo amargo. Tanto él como Izumi habían intentado por años concebir un hijo; luego de haber llegado a la cúspide de sus carreras, su esposa decidió que era el momento de iniciar otro proyecto, naturalmente él se negó, sin embargo, todo ocurrió tan rápido que no tuvo tiempo de procesarlo hasta esa noche; la noche en que Izumi sufrió su segundo aborto. El proceso fue espontaneo, como el primero, sostuvo su mano en todo momento y permaneció callado. Cuando todo llegó a su fin, durmió a su lado, acunándola entre sus brazos mientras susurraba que todo estaría bien, aunque en el fondo sabía que aquello era mentira, y solo era el augurio de un fortuito final.

—Pero los exámenes indicaron que no había nada extraño, ¿Qué fue lo que sucedió?— preguntó la mujer con voz trémula, intercalando la mirada entre Itachi y Kurenai.

—Los signos demostraron que sufre de preeclamsia, si no actuamos rápido, puede sufrir convulsiones y después un accidente cerebro vascular. La presión arterial es elevada— explicó Itachi, con los ojos fijos en la paciente.

—Me sentiría más tranquila si usted permanece en el hospital durante algunas semanas para monitorearla— agregó Kurenai con falso optimismo, hilvanando una sonrisa discreta.

—Eso es imposible— dijo la mujer, moviendo la cabeza de un lado a otro en signo de negación—mi seguro no cubrirá la estancia. Además, yo me siento de maravilla, lo del desmayo fue solo un desliz— trató de explicar.

Estaba en negación, y no iba a culparla. Cualquiera atravesaría ese estado si recibiera la noticia que su vida y la de otras personas corrían peligro. Se suponía que la experiencia debía ser perfecta, el embarazo debía ser tranquilo, ¿Por qué estaba sucediéndole esto a ella?

—Estoy segura que podemos llegar a un acuerdo con el área administrativa. Lo que de verdad importa en este momento es la salud de usted y sus hijos— espetaron Kurenai con cierta renuencia.

La joven cerró los ojos un momento, y con aire determinado se puso de pie, seguida por su consternado esposo.

—Ya les he dicho que me encuentro bien— rebatió, dirigiéndose a todos los ahí presentes—, no voy a pasar el resto de mi embarazo confinada en una sala de hospital solo por un pequeño percance.

Kurenai dio un paso al frente, pero Itachi colocó una mano sobre su hombro, deteniéndola. La joven tenía razón, no podían retenerla en contra de su voluntad, eso se llamaba secuestro, y más tarde que temprano buscaría la forma de evitar poner un pie dentro del hospital.

Se sentía impotente, por supuesto, pero la coyuntura estaba fuera de su alcance.

—Agradezco su consternación, doctores— dijo antes de marcharse.

—Gracias— agregó el caballero, severamente consternado.


A primera hora de la mañana siguiente, Itachi se encontraba en el hospital, pensando en la joven a la que había operado hace algunas horas. La chica regresó al hospital pasada la media noche, en estado de coma; la tomografía axial computarizada indicaba una hemorragia intraparenquimal aprieto-occipital izquierda, acompañado de un hematoma subdural.

Kurenai había realizado la cesárea, obteniendo como resultado el primer feto muerto y el segundo vivo. Poco después del procedimiento, Itachi se encargó de ingresarla a quirófano, pero a pesar de sus esfuerzos, la intervención no fue suficiente. Cuando llevaba a cabo la hemicraneotomia descomprensiva, la paciente sufrió un paro cardiorrespiratorio intraoperatorio, y pocos minutos después se declaró muerte cerebral.

Se sentía molesto. Confió ciegamente en su pericia como cirujano, no percibió el suficiente temor. Ansiaba que esa operación resultara bien, que tuviera un final feliz y que todos acabaran contentos para regresar a casa en cuestión de días, y él sentirse en paz consigo mismo.

Aun así, bien sabía que nada de lo que pudiese hacer compensaría el daño infligido. Cualquier grado de desdicha que presentara era una nimiedad en comparación a lo que la familia de la chica estaba pasando. Por supuesto, la operación no iba a salir bien solo porque lo deseara desesperadamente, el resultado no estaba del todo en sus manos.

Caminó con las manos en los bolsillos, y cabizbajo. Necesitaba un momento a solas antes de regresar a afrontar la realidad. El proceso de amortajamiento llevaba su tiempo, y consideraba que durante esos minutos podía resguardarse a meditar, lejos de las miradas indiscretas y los murmullos ofuscan tés del resto del personal.

Ingresó al pequeño cuarto de suplementos cerca de la habitación de descanso de los residentes de neurocirugía. Recargó el cuerpo contra los estantes y descendió hasta el suelo, llevando las rodillas a la altura de su pecho. Juraba que mataría con sus propias manos a cualquiera que osara interrumpir su pena, hacía mucho tiempo que no se permitía a si mismo lamentarse por un paciente.

La joven se añadía a la lista de sus desastres, donde su matrimonio poseía el primer lugar; eventualmente, el recuerdo de la imagen de aquella joven tendida en la camilla, dejaría de ser una tormentosa herida para convertirse en una deprimente cicatriz.

La soledad fue tan efímera como la vida misma. Escuchó el sonido de la puerta abrirse, mas no se inmuto en corroborar de quien se trataba. Estaba hecho trizas para prestar atención a lo que acontecía a su alrededor, aquella mañana solo le apetecía recluirse en su apartamento, beber una botella de vino y regresar cuando todo estuviese en completa calma.

—Lo lamento, no sabía que estaba ocupado— dijo la joven, azorada—, puedo regresar después— añadió, percatándose de que había irrumpido en un mal momento, tal como el otro día en su oficina.

Itachi elevó la mirada para encontrar los fanales esmeralda de la pelirosa atisbarlo con absoluto interés. Ella pasó a su lado, dispuesta a marcharse.

—No— rebatió, mantuvo los ojos oscuros fijos en ella—, solo cierra la puerta— solicitó.

Para su sorpresa, la pelirosa acató la súplica sin cuestionar nada, colocó el cerrojo y toó asiento al otro extremo de la diminuta habitación, frente a él. Se encontraban absortos en la oscuridad, recluidos en un sitio que solo contaba con el espacio suficiente para albergar a una sola persona.

— ¿Qué fue lo que sucedió?— preguntó en un susurro, insegura. Lo notó por el temblor en su voz, era ligero, a duras penas perceptible, pero había logrado detectarlo.

—Perdí a una paciente— comentó, resignado. No era la primera vez que eso sucedía para ambos, debían estar habituado a esa clase de acontecimientos, sin embargo, constantemente se les atribuía cualidades divinas; si la operación era un éxito, el cirujano era un héroe; si fracasa, el cirujano es el culpable, un villano—, arribó en estado de coma, atravesaba por un proceso de preclamsia, había ingresado la mañana de ayer tras sufrir un desmayo.

Sakura permaneció en silencio, observándolo detenidamente. No estaba juzgándolo.

—Ya veo— respondió con un suspiro. Su rostro adoptó una expresión de punzante entendimiento, mientras trataba de encontrar las palabras adecuadas—, la situación estaba fuera de su alcance y de lo que podía hacer. No debe culparse por ello, hizo lo mejor que pudo.

Esbozó una sonrisa amarga.

—En mi experiencia, cuando algo va mal es porque se tomó la decisión equivocada— dijo, reposando la cabeza contra la pared.

Aquel escenario era encantadoramente extraño. No hacía mucho tiempo, juraba que Haruno Sakura lo detestaba, y ahora, ambos se encontraban ahí, fragmentando algo tan íntimo como su ser.

—En ocasiones debemos causar cierto daño para evitar uno más grande— rebatió con voz rígida—, todos los cirujanos llevamos un cementerio dentro, es ahí donde descansan nuestros fracasos.

Itachi la contempló, absorto en la majestuosidad de aquellos fanales esmeraldas; durante todos esos años, había contemplado el mundo a través de los umbríos ojos de Izumi, no obstante, se encontraba cautivado por el extremado esplendor de eso arcanos ojos verdes que lo oteaban como si fuese el ultimo hombre en la faz de la tierra.

¿Acaso su hermano se había enamorado de su intelecto? ¿O de la forma en la que hablaba? Tan elocuente y transparente. Sasuke era un tonto, ¿en qué momento se permitió desperdiciar el amor de esa mujer? Porque tenía la certeza de que ella lo había amado con locura, y eso, removía algo en su interior, ¿eran celos?, tal vez, habría entregado todo lo que estuviese a su alcance para degustar de las mieles que aquella joven era capaz de otorgar. Pero no podía permitirse pensar de esa forma, estaba prohibido. Sakura era un límite insuperable, era su subordinada, y la ex prometida de Sasuke, tales factores la situaban lejos de su alcance.

Cuando menos lo imaginó, la pelirosa tomó asiento a su lado, y sin necesidad de solicitar permiso, entrelazó los largos, finos y delicados dedos con los de él. Pensó en apartarse, mas no deseaba hacerlo. El tacto era trémulo, pero firme. Ella sostuvo su mano al mismo tiempo que le dedicaba una sonrisa afable, regresándole la valentía que había perdido minutos atrás en el quirófano.

— ¿Desea que lo acompañe a dar la noticia?— cuestionó, sosteniendo su mirada.

El arrugó la nariz ligeramente, era un gesto que hacía a menudo, de manera inconsciente, cuando algo le disgustaba.

—Por favor, llámame Itachi— pidió. La sonrisa de Sakura se hizo más grande.

—Está bien, Itachi— paladeó. Para deleite del pelinegro, su estómago sufrió un cosquilleo al escucharla pronunciar su nombre con la misma frescura que solo confieren los años y la confianza—, ¿Deseas que vaya contigo?

El azabache supo que estaba en serio peligro cuando se encontró perdido en su mirada.

—Sería de gran ayuda— accedió.

Abandonaron el cuarto de suplementos uno al lado del otro, sin temor a ser vistos. Ambos sabían que los rumores dentro del hospital se dispararían, sin embargo, solo ellos dos estaban al tanto de lo que había sucedido dentro de esa habitación.

Emprendieron la marcha, en silencio. Itachi nunca disfrutó ser el heraldo de malas noticias, lo detestaba. No obstante, llevaba mucho tiempo fungiendo esa labor, y siempre examinaba en silencio las expresiones de los seres queridos, en ocasiones atisbaba el suplicio, desdicha, tormento, y en otras, alivio, entendimiento, resignación, pero todas contaban con un común denominador: el dolor.

Arribaron a la sala de espera. Desde la entrada se vislumbraba al hombre mortificado, postrada en una de las incomodas sillas de la estancia, encorvado hacia el frente, sosteniendo con ambas manos su cabeza. Las horas más eternas eran las que se pasaban en ese lugar, aguardando por noticias.

Sakura colocó una mano sobre su hombro, incitándolo a recorrer los pasos que lo alejaban de aquel sujeto. La sonrisa de la pelirosa era afable; retuvo el deseo de tomarla de la mano por segunda ocasión, estaban demasiado expuestos y el gesto quedaría a mala interpretación.

Con un ligero mohín, dejó escapar un suspiro, y sin más preámbulos recorrió los pocos pasos que lo separaban de aquel hombre.

Sakura permaneció de pie, cerca de la entrada. Atisbaba la escena en silencio. Contempló a Itachi hablar, su voz sonaba calmada, más no indiferente, explicaba con detenimiento cuales habían sido las fallas y las consecuencias de las mismas; el hombre solo lo oteaba, con los ojos bien abiertos, tratando de procesar lo que estaba pasando. Pocos segundos transcurrieron cuando rompió en llanto, de la misma manera en la que ella lo envalentonó a continuar, Itachi posó una mano sobre el hombro de aquel pobre hombre. No era común que un médico se tomara el tiempo para brindarle consuelo a los familiares o amigos, la mayoría de ellos se marchaba en el instante que pronunciaban la noticia. Sin embargo, él era diferente; todavía resguardaba la humanidad que muchos perdían a lo largo de los años.

La respiración se solidifico en los pulmones de la pelirosa al notar como el esposo de la paciente se ponía de pie para envolver con sus brazos a Itachi, atrapándolo en un abrazo desesperado. Él se quedó inmóvil, sopesando que era lo que debía hacer, no obstante, tomo una decisión de inmediato, y de inmediato, correspondió el gesto, permitiéndole al desdichado llorar contra su hombro.

Detrás de esa fachada arrogante, se ocultaba un hombre bondadoso. El peso de la culpa recayó sobre sus hombros al darse cuenta que lo había juzgado rápido e injustamente.

Continuara

N/A: La verdad es que pretendía actualizar desde hace algunas semanas, pero no había tenido tiempo.

Ahora con la situación actual, con la cuarentena que se ha aplicado en varios países hasta el momento, tuve la oportunidad de sentarme a escribir y finalizar este capítulo. Sé que son tiempos de incertidumbre, miedo y complejos, pero tengo la certeza de que esto mejorara eventualmente. Por el momento, estoy intentando aportar algo bueno, y espero, con todo mi corazón, que este pequeño e insignificante grano de arena ayude a sobrellevar el tiempo.

Me gustaría agregar algo más al respecto, mas no se que decir. Solo me queda desear que todos se encuentren bien, rodeados de sus seres queridos, de mucho amor, y tranquilidad. Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren.

Espero que el capítulo haya sido de su agrado. Sin nada más que añadir, me retiro por el momento.

Saludos y un fuerte abrazo de nuevo.

Shekb ma Shieraki anni