Capítulo 6

Un gemido escapó de lo más recóndito de su garganta al sentir los bonancibles y caliginosos labios sobre los suyos, besándola con insistencia.

Se estremeció al sentir una tórrida ola de placer brotando desde su vientre bajo; habían pasado algunos años desde la última vez que tuvo un encuentro similar, sin embargo, no fue, en lo mínimo, parecida a la absorbente coyuntura en la que se encontraba inmersa en ese preciso instante.

Aferró sus manos al borde de la camiseta, atrayéndolo a su cuerpo en un acto reflejo, demandante. Lo deseaba, necesitaba degustar cada rincón de su cuerpo, su inconsciente se lo pedía a gritos.

La besaba con tal ímpetu que sus piernas temblaban; estaba hecha un manojo de nervios, pero eso no le importaba.

Dio un respingo cuando la acorraló entre uno de los estantes y su cuerpo. Comenzó a acariciarla por debajo de la brusca, cerca de las costillas, trazando deliciosos patrones con la yema de los dedos hasta llegar a su cadera, donde las crestas iliacas resaltaban por encima del resorte de su pantalón.

Podía sentirse a sí misma humedecerse; acatando las suplicas de su cuerpo, abrió las piernas, permitiéndole situarse en el hueco entre sus muslos.

La levantó del piso al mismo tiempo que la empuja al mostrador. Ella se quedó un instante sin aliento no obstante, la ansiosa presión retornó a sus labios, ocasionando que perdiera el poco control que le restaba.

Lo que estaba haciendo rayaba en el borde de lo incorrecto, sobrepasaba los límites de la ética y moral. Itachi era su jefe, pero sobre todas las cosas, también era el hermano de su ex prometido. De todas las personas disponibles en la faz de la tierra, el azabache despertaba en ella una serie de sensaciones y emociones indescriptibles.

El corazón le palpitaba con fuerza contra la caja torácica. Su clítoris, hinchado, demasiado sensible debido a la fricción con del delgado hilo de la delgada tanga. La sensación de sus músculos al tensarse bajo su tacto era impresionante, y sin dudarlo, acarició el tramo de la nívea piel de su espalda con la punta de las uñas.

En respuesta, Itachi la tomó por las caderas a la par que tiraba de ella para atraerla a sí mismo. Bajo la tela de su pantalón se percató del bulto duro y palpitante.

Esbozó una sonrisa erótica; con la mirada esmeralda fijo en los ojos oscuros del pelinegro, deslizó su mano por debajo del pantalón, inmiscuyéndose entre la tela de su bóxer.

—Sakura— murmuró contra sus labios.

Suspiró contra su cuello mientras rodeaba la cabeza del miembro, craso y erecto, deslizando su mano de arriba hacia abajo; era cálido en sus manos, más grande de lo que había vislumbrado.

Incapaz de contenerse un segundo más, Itachi la detuvo, rodeando su muñeca. La obligó o ponerse de espaldas contra la pared. Lejos de negarse, la pelirosa acató las órdenes sin rechistar.

Sintió un escalofrió recorrer toda su espina dorsal, cuando él enredó los dedos en torno al elástico de su pantalón quirúrgico, bajando la tela lenta y tortuosamente hasta desvelar los torneados músculos de sus glúteos; tan pronto quedaron a la vista, colocó el elástico de la tanga a un costado y apartó sus nalgas, dejando al descubierto el sacro templo de su palpitante, húmeda y anhelante intimidad.

Lanzó un gemido cuando Itachi acarició su clítoris con la punta de la lengua; estaba mojada. De su cueva emanaba un dulce néctar, adictivo. Sus trémulas piernas se sacudieron con mayor fuerza cuando introdujo dos dedos, moviéndolos con habilidad sobrenatural.

—Itachi— masculló—, por favor, no te detengas— suplicó, tratando de igualar el compás que los dedos dentro de ella delimitaban.

Obediente, el medico volvió a hundir la cabeza entre sus piernas, lamiendo y succionando. El placer incrementaba, notaba que pronto alcanzaría el punto de la locura. Itachi chupaba rápido y con ritmo.

Ella era incapaz de hablar; de su boca solo brotaban gemidos y alaridos obscenos. En su cabeza, pedía a gritos que no se detuviera, puesto que está a punto de perderse a sí misma.

Al abrir los ojos, termino por correrse. Un intenso placer recorrió su cuerpo, bajando por la columna hasta llegar a los dedos de los pies.

Despertó con el alma en vilo y el corazón desbocado.

Enajenada, logró reincorporarse en la cama. Había tenido un sueño extraño, demasiado real, y por supuesto, prohibido.

Sus mejillas se encendieron de solo recordarlo. Ocultó el rostro entre sus manos, lanzando un pequeño grito de frustración.

¿Cómo era posible que eso le sucedería a ella?, la relación entre los dos había cambiado en las últimas semanas, comenzaban a entenderse, y por ende a llevarse bien. No obstante, aquel sueño la llevaba a cuestionarse si lo que sentía por su jefe era admiración y respeto o deseo.

Un nudo en su garganta apareció. El sentimiento siempre estuvo presente. Era inhábil de explicar en qué momento sucedió, pero tenía la certeza que todo se remontaba a dos semanas atrás, en el cuarto de suplementos.

Itachi se había incrustado en su mente, sin siquiera percatarse de ello. No obstante, era mejor alejarse y o jugar con fuego porque podía resultar quemada.


Antes de comenzar su turno, decidió acudir a la oficina de la directora para charlar sobre algunas cuestiones que la inquietaban.

Hace algunos días, Tsunade le había enviado un mensaje para cuestionar los motivos de su ausencia en el habitual almuerzo dominical organizado por su madre. Sakura se las apañó para construir una excusa más o menos creíble, y prometió visitarla a primera hora de la mañana el jueves.

La voz sonaba amortiguada detrás de la puerta. Con dos ligeros golpes, anunció su llegada; modulada, Tsunade le permitió ingresar, cerrando la tranquera de madera detrás de ella.

Lejos de escuchar la casual invitación a tomar asiento, la ojiverde postró su cuerpo en una de las sillas acolchadas situadas frente al enorme e imponente escritorio de caoba.

Esperaba que la rubia no reparara en su mal aspecto, sabía que nada pasaba desapercibido bajo su meticuloso escrutinio, y que de una u otra forma, terminaría por averiguar lo que ocurría con ella.

Inquieta, se removió en su asiento. Tsunade apartó la mirada ambarina del documento, encarando una ceja al atisbarla de cerca; arrugó el ceño ligeramente y contrajo los labios hasta formar una delgada línea recta. Sabía que aquella mañana no lucia despampanante; las ojeras resaltaban en contraste a su piel pálida, llevaba el cabello húmedo y ni una gota de maquillaje para ocultar el cansancio trazado en su linda faz.

—Luces fatal— dijo Tsunade de improviso, dejando la taza de café sobre la mesa.

—No necesita repetirlo— replicó, procurando no sonar demasiado molesta.

— ¿Esto se debe a Uchiha Itachi?— quiso saber.

Sakura tragó grueso. La pregunta no llevaba implícita alguna connotación de doble sentido, no obstante, la aseveración era acertada. Una semana había transcurrido desde su sueño erótico, y lo cierto era que desconocía como lidiar con ello.

Aun asi, continuó firme con la decisión de mantenerse alejada de Itachi. Procuraba que sus guardias no coincidieran con los horarios del pelinegro, salvo a las reuniones semanales que llevaban a cabo cada lunes. Creía que solo se debía a un enamoramiento adolescente, algo que se desvanecería con el tiempo.

—La carga de trabajo ha sido extenuante en los últimos días— replicó, sonriendo forzadamente a Tsunade.

La rubia asintió con un gesto adusto, bebiendo otro sorbo corto, pero elegante de café.

—Al menos te las has apañado para sobrevivir al tiránico legado de Itachi— masculló, contemplándola por el rabillo del ojo–. La mayoría de los residentes desisten a la segunda semana. Has soportado dos meses sin rechistar.

Sakura se sonrojó como una niña pequeña.

—Fui injusta al juzgarlo antes de tiempo— admitió, encogiéndose de hombros.

—Es extraño escucharte admitir que cometiste un error.

Esto provocó en Sakura un estremecimiento, como si intentase deshacerse de algo desagradable.

—Fui muy dura al inicio, pensé que sería igual que Sasuke— masculló, clavando la mirada en el suelo.

Era injusto compararlos a ambos, más no inevitable. Había pasado varios años de su vida a lado del Uchiha menor para percatarse que su relación no fue del tono sana.

Por esa razón se sentía insegura a lado de Itachi en un comienzo; vislumbraba que todos los Uchiha pertenecían a la misma camada, y que poco se diferenciarían uno del otro. Una vez más, la vida se encargaba de demostrarle que nada era absoluto.

—Itachi es un buen hombre— habló Tsunade, dirigiéndose a la cafetera dispuesta cerca del minibar para rellenar su taza—, tengo algunos años de conocerlo, no tan íntimamente, pero se algunas cosas sobre él.

Abatida, recargó la espalda en el revés acolchonado de la silla.

La mujer de ojos miel regresó a su asiento; sus pasos resonaban amortiguados gracias a la alfombra que revestía el piso de la estancia.

—Pero no era sobre Itachi de quien quería hablar— dijo, posando la mirada en el rostro exánime de la chica.

Sakura presentía que aquello se convertiría en un agobiante sermón sobre las malas decisiones de su vida. Habían tenido charlas similares en el pasado, la más conmemorativa era la que suscitó la noticia de su compromiso con Sasuke.

— ¿Entonces de quién?— cuestionó, sin siquiera inmutarse en modular su voz.

—Eres joven, Sakura, deberías disfrutar de la vida. No toda tu existencia debe acontecer dentro del hospital.

— ¿Por qué está diciéndome todo esto?— indagó a la defensiva.

—Te conozco, y por la misma razón me he percatado que estás absorta en el trabajo a propósito, solo lo haces cuando pretendes evadir un problema.

Esa era una de las desventajas de que Tsunade estuviese involucrada en su vida desde pequeña.

Si bien, la razón no era tan melodramática como la ruptura de su compromiso, lo que estaba haciendo era para evitar un mal mayor.

—He atravesado por ciertas complicaciones, pero nada de qué preocuparse— espetó, restándole importancia al tema.

—Deberías dormir, comer y tener sexo, todo en ese orden.

Otro sonrojo coloreó sus mejillas. Parecía una inocente y casta adolescente, aunque no era ninguna de esas tres cosas.

— ¿Qué?— dijo la rubia, poniendo los ojos en blanco— ¿acaso me consideras lo suficientemente tonta para no darme cuenta que ha pasado un tiempo desde que estuviste con alguien?

—No hablare de mi vida sexual como una simple trivialidad.

—Por supuesto que no, pero es un tema de mi interés.

Dos largos años transcurrieron desde el momento en que ella y Sasuke dejaron de tener sexo. Si bien en las últimas instancias de su relación, el vínculo sexual que los mantenía unidos lucia estable, todo cambio meses después. Sakura detestaba que él la considerara un mero objeto de placer, una vasija en el cual podía verterse y desechar al amanecer.

Nunca fue partidaria de los encuentros casuales, y aunque en algún lapso de su vida lo intentó, termino envuelta en llanto.

Cansada del rumbo que estaba tomando esa conversación, se puso de pie. Su turno comenzaría pronto.

— ¿Algo más que agregar?

—No— negó Tsunade, curvando la comisura de sus labios con un gesto de preocupación—, es todo por el momento, puedes retirarte.

Aliviada, dirigió su andar a la puerta, lanzando un suspiro.

—Sakura– volvió a llamarla la directora, obligándola a detener sus pasos—, bromeaba sobre el orden estricto, quizás el sexo sea una necesitad más demandante– agregó con malicia.

La aludida se limitó a girar los ojos.

—Hasta pronto— se despidió, abandonando la oficina.


Contempló el tablón de cirugías con una mezcla de horror y estupor; su próxima intervención estaba programada dentro de dos días, sin embargo, debía presentarse en la sala para asegurarse que el paciente se encontrara en buenas condiciones.

No obstante, el aspaviento melindroso se vio secundado por uno de total turbación al percatarse que por primera vez en varios días, Itachi estaría con ella en el quirófano.

Sus ojos esmeraldas vagaron por la estancia, transitó hasta el aparador, procurando corroborar que aquello se tratara de una equivocación.

La mujer detrás de la recepción le dedicó una afable sonrisa.

—Buenos días, doctora Haruno— saludó con disimulada malicia—, ¿puedo ayudarla en algo?

—Buenos días— replicó, colocando ambas manos sobre el entarimado de madera—, en realidad sí, creo que hay un problema en el horario de cirugías.

La auxiliar levantó una ceja, intrigada; en silenció, alcanzó la enumeración que todo cirujano se disponía a llenar antes y después de una cirugía, solo para corroborar que lo dicho por la pelirosa fuese verdad.

—Me temo que no hay error alguno, doctora Haruno— indicó, situando el larguero a un costado, lejos de su vista—, el doctor Uchiha en persona solicitó incluirla en la cirugía, debe estar aguardando por usted en la habitación 312.

Sakura no supo que responder, pues estaba demasiado atareada intentando adivinar porqué Itachi la había elegido entre tantas opciones.

Sin más remedio, se dirigió al tercer piso, donde se ubicaba el área de pediatría. Según el informe, el procedimiento consistía en remover un epéndimo intracraneal, generado a partir de células no nerviosas que envuelven las cavidades ventriculares del cerebro. En su corta experiencia como cirujana, sabía que la presencia de un tumor maligno de tal calibre tenía un mal pronóstico.

Al estudiar con mayor detenimiento el registro médico, se percató que la paciente era una niña de quince años llamada Himari. La habían operado dos veces en un lapso de diez años a causa del padecimiento, que no paraba de recidiva y se volvía más agresivo y maligno cada vez que volvía.

Cuando llegó al pabellón de pediatría, encontró a Itachi de pie cerca de la puerta, con los brazos cruzados y la mirada clavada en el suelo. El cosquilleó en su vientre se avivó tan solo al verlo, asi como los recuerdos del candente sueño.

— ¿Has leído el expediente?

Con dinamismo, el cuerpo de la pelirosa se congeló, encontrándose con unos ojos color ónix que la inspeccionaban de pies a cabeza.

—Lo suficiente para saber que este caso es incurable— dijo Sakura en voz baja.

—La familia se niega a aceptar que su única hija este llegando al final de su vida— respondió, contemplándola directamente a los ojos

—En ese caso, ¿Por qué accediste a operar?— preguntó con seriedad.

—Cuando se trata de un cáncer es difícil saber cuándo parar— ambos echaron un discreto vistazo al interior de la sala, atisbando a la joven en cuestión recostada en la cama, y a su madre a un costado, sosteniendo su mano—, el amor puede ser muy egoísta— las facciones de Itachi se endurecieron y la poca luz que rara vez se percibía en su mirada, se apagó.

Abrió la boca para decir algo, pero Itachi ni siquiera le dio tiempo de rebatir, había dado por zanjada la discusión, y sin decir nada, ingresó en la habitación.

La pelirosa siguió sus pasos de cerca. Examinó con detenimiento la estancia, estudiando la escena; una madre cansada, devastada por la situación, reposaba la mitad del cuerpo sobre la camilla, buscando descanso; un padre atareado, ataviado con un elegante traje yacía en el asiento bajo la ventana, con el teléfono en mano y la mirada fija en la pantalla, y sobre la cama, una niña delgada y macilenta, pero con una sonrisa encantadora. A pesar de la enfermedad que la aquejaba parecía sobrellevarla con entereza.

—Buenos días— habló Sakura con firmeza, atrayendo las miradas hacia su cuerpo—, soy la doctora Haruno y el doctor Uchiha, ambos estaremos a cargo de la cirugía.

La madre, aun adormilada, abandonó su asiento, no sin antes acicalar su cabello y ropas. Ambos se inclinaron hacia ellos en una cordial y respetuosa presentación.

— ¿Cómo te sientes hoy, Himari?— preguntó Itachi, dirigiéndose a la chica, quien evidentemente abrumada por la repentina atención del médico, esbozó una sonrisa tímida.

—Mejor— replicó en voz baja.

—Me alegra escuchar eso.

Sakura aún no estaba habituada a la actitud de Itachi alrededor de los pacientes, le parecía sumamente extraño y cautivador.

—Gracias por aceptar el caso— dijo la madre, transmitiendo su más efusivo agradecimiento; contemplaba a ambos con tanta intensidad, una mezcla de esperanza y desesperación.

— ¿Podría explicarnos la situación con detenimiento?— indagó Sakura. El informe solo contenía la información de rutina e Itachi no había sido lo suficientemente específico para ponerla en contexto.

—El tumor apareció hace diez años. La sometieron a cirugía en dos ocasiones para removerlo, asi como a todas las sesiones de radio y quimioterapia posibles, sin embargo, el tumor no deja de aparecer.

Sakura escuchaba atenta el relato de la madre al mismo tiempo que colocaba a la luz el último escáner de Himari; mostraba una extensa recidiva del tumor, situada en el lóbulo temporal derecho del cerebro. Si bien se trataba de una zona de fácil acceso, la cirugía solo le proporcionaría a la chica unas semanas o meses más de vida, como mucho.

Los próximos minutos transcurrieron en absoluta agonía para la pelirosa. El caso de Himari había ingresado como terminal en el hospital local. Tanto ella como Itachi sabían que estaban alimentando las ilusiones de los padres, quienes realizaban todo lo posible para mantener a su hija con vida.

Ambos agradecieron el tiempo de la familia y se marcharon, prometiendo regresar para realizar el monitoreo de rutina antes de la cirugía.

Cuando estuvieron lo suficientemente alejados de la habitación, Sakura no pudo soportarlo más.

— ¿Por qué me elegiste a mí para llevar el caso?— cuestionó, furiosa. Era poco probable que los padres aceptaran la triste realidad-

Itachi la contempló, estoico. Lejos de sorprenderse por su actitud impertinente, guardó silencio, tanteando la respuesta.

—Eres la única en la que podía confiar— respondió, tajante, sin ninguna consideración en el efecto que generarían las palabras en ella—, pensé que eras capaz de hacerlo, Sakura, ahora me doy cuenta que estaba completamente equivocado.

La respuesta del pelinegro caló hondo en su interior, quizás por el hecho de que una vez más cuestionaba sus habilidades, o tal vez por la sencilla razón de que la opinión de Itachi era importante.

Sin saber precisar lo que sentía, se quedó de pie en medio del pasillo, atisbándolo partir.


Pasó el resto de la tarde confinada en su habitación, estudiando el caso de Himari, buscando alternativas de tratamiento sin éxito alguno.

Pensó en delegar el caso a uno de los hospitales con la unidad de Neurocirugía más avanzada del país, aunque sabía que a los cirujanos no les convencería el plan de operar a una paciente casi desahuciada.

Deseaba, con toda su alma, otorgarle a Himari treinta años más de vida. Apenas era una niña, y dada su situación, dudaba que estuviera al tanto del mundo que la rodeaba; llevaba toda su existencia confinada a la cama de un hospital, recluida entre las inmaculadas paredes del sanatorio, sin sentir la brisa estival o los rayos del sol acariciar su piel.

Fatigada, cerró el ordenador y recostó el cuerpo sobre la cama. Clavó la mirada en el techo a la par que reproducía las palabras de Itachi una y otra vez en su mente. Estaba molesta, avergonzada y decepcionada.

Si contemplaba el lado luminoso de la situación, aquel aliciente era suficiente para disipar el posible enamoramiento que comenzaba a desarrollar por él. Solo asi se percataba que ambos eran incompatibles, nunca en la vida podrían coexistir como una pareja, estaban destinados a la rivalidad eterna.

—Prepárate frentona— dijo Ino, apareciendo en la habitación, ataviada con un vestido que indicaba su evidente plan de salir.

— ¿Cuántas veces debo decirte que llames a la puerta?— rugió, molesta.

—Incontables ocasiones— espetó la rubia, pasando de largo hasta el armario—,pero eso no importa, porque tú y yo saldremos a beber unas cuantas copas esta noche— continuó, buscando entre las distintas prendas el atuendo apropiado para la ocasión.

—No puedo hacerlo, mañana tengo examen.

Y era cierto. Después de su discusión con Itachi, el azabache arribó a la sala de reuniones con actitud onerosa; durante una hora se dedicó a avasallar a los más desafortunados con preguntas confusas, y antes de partir se aseguró de hacer énfasis en calificar sus habilidades mediante un examen a primera hora por la mañana.

—Eres brillante, lo aprobaras— espetó Ino, virando sobre sus tobillos para encararla—, no tan brillante como yo, por supuesto, pero estoy segura que será pan comido.

La pelirosa volvió a tomar asiento sobre la cama. Lo menos que se le antojaba era pasar la noche en vela pensando en el caso que Itachi le había designado, en sus tajantes palabras y en la inminente condena de muerte que le aguardaba por la mañana.

— ¿A qué se debe todo esto?— preguntó, elevando una ceja.

—Conocí a un hombre de camino al hospital hace dos semanas, subimos al mismo taxi por accidente. Pensé en obligarlo a bajar, pero se mostró tan encantador y apenado que me fue imposible hacerlo. Charlamos durante todo el camino, intercambiamos números y lo demás es historia— relató con tanta rapidez que fue casi imposible para Sakura comprender que estaba sucediendo—.Me invitó a salir esta noche a ese sofisticado club de Jazz al centro de la ciudad, pero…

—Lo que viene detrás de un pero siempre es una mierda— replicó la pelirosa.

—Al parecer le había prometido a su primo acudir con él, asi que pensé que sería una buena idea que vinieras conmigo, ya sabes, como una cita doble.

Sakura puso los ojos en blanco. La vida de Ino era una comedia romántica, simplona y cliché. Detestaba acudir como chaperona, pero lo que más odiaba eran las citas dobles con desconocidos. La rubia tenía esa horrible costumbre de intentar emparejarla con individuos completamente detestables.

—Sabes lo que pienso sobre esto, cerda— comentó, levantándose de la cama.

—Lo sé, lo sé— replicó, restando importancia a la molestia de la pelirosa—, pero esta vez te encantara, lo prometo. Él es un hombre endemoniadamente apuesto, y por lo que mencionó sobre su primo, puede que sea igual o mejor parecido.

Sakura desvió la vista de la espalda de Ino y contuvo las ganas de vomitar en la alfombra. Tanto ella como Tsunade continuaban inmiscuyéndose en su situación sentimental; ambas compartían el odio hacia Sasuke y la creencia de que era momento en que ella se armara de valor y conociera a otro chico.

—Mierda, Ino— dijo entre dientes, caminando hacia el tocador para acicalar su cabellera y colocar un poco de maquillaje.

—Estoy segura que algo bueno surgirá— dijo la de melena blonda, entusiasmada.

—Lo dudo— masculló Sakura—, no tengo nada que ponerme— gesticulo sin apartar la mirada del reflejo que proyectaba el espejo.

—Encontré el atuendo apropiado— expuso, sacando del fondo del armario el ajuar que utilizaría esa noche—, con esto dejaras todos sin aliento.


El lugar estaba repleto, atiborrado de almas melómanas ansiosas de degustar una buena botella de vino mientras escuchaban a los mejores exponentes de la década.

La sonata del piano y el saxofón se entremezclaba agradablemente con el sonido de las charlas y risas que brotaban de los comensales. El decorado no distaba demasiado de otros lugares en los cuales había estado con anterioridad, poseía esa chispa nostálgica del antaño, transportaba a otra época, donde los ideales de libertad y los movimientos sociales predominaban.

El hombre de la entrada las dirigió a una zona exclusiva. Su mesa se ubicaba en la planta alta, donde los asientos se disponían en palcos.

Ambas tomaron asiento en los taburetes correspondientes, cada una a lado de la mesa. La cita de Ino aún no arribaba, contaba con quince minutos de retraso. Aun cuando la rubia pretendía que eso no le importaba, Sakura sabía que en el fondo, le aterraba que la dejaran plantada.

—Lamento la demora, el tráfico al oriente de la ciudad es un asco.

—Shisui— dijo Ino, esbozando una sonrisa que podía enamorar a cualquiera—, comenzaba a pensar que no aparecerías.

—Nunca me atrevería a dejar a una dama plantada, sobre todo si es tan bella como tú— repuso Shisui, besando el dorso de su mano—, veo que trajiste compañía— espetó, posando la oscura mirada que evocaba a cierto pelinegro en sus pensamientos.

—Haruno Sakura, Shisui— espetó Ino, rodeándole el brazo y apegando su cuerpo con descarada confianza—, Shisui, Haruno Sakura, mi mejor amiga.

Vacilante, la pelirosa se puso de pie. Tenía la certeza de que había contemplado a Shisui en otra ocasión, pero no sabía precisar cuándo o bajo cuales circunstancias.

—Asi que tú eres el endemoniadamente atractivo hombre del que Ino no deja de hablar— espetó con malicia, aquella era su venganza, y la degustaría mientras durara.

El pelinegro rio y asintió con la cabeza

—Culpable de todos los cargos— respondió, estrechando su mano.

—Prometiste que traerías a tu primo— le recordó la rubia, intentando disipar la incomodidad que el comentario de la pelirosa dejo colgado en el aire.

—Por supuesto, no debe demorar en llegar, argumentó que debía atender una llamada.

Nunca fue una devota o creyente de los milagros o misericordia de los dioses, no obstante, si existía uno, esperaba que aquel inconveniente lo obligara a desaparecer. Sentía una extraña sensación en el estómago y un nudo aferrado a su garganta, como si se tratase de un mal presentimiento.

—Lamento la tardanza.

Sakura parpadeó, anonadada. Aquello debía tratarse de una puta broma. Los afilados sentidos de la pelirosa conocieron el rumor de la voz; su corazón dio un vuelco en reconocimiento cuando constató, con la mirada, lo que su oído le comunicaba. Un hormigueo recorrió sus extremidades, la respiración tornándose desbocada.

— ¿A caso no podía aguardar?— pregunto Shisui.

Sakura lanzó una mirada aterrada a Ino. Las manos le comenzaron a temblar, tratando de atribuir la coyuntura a una mórbida pesadilla.

—No— dijo Itachi, reparando absolutamente en ella.

Para su desgracia, aquella noche lucia más atractivo que de costumbre; llevaba un jersey de cuello redondo en azul marino, arremangado por debajo de los codos, perfectamente combinado con un pantalón del mismo color y botas de agujeta negras.

Podía sentir que al igual que ella, también la observaba. Muy en el fondo, agradecía la persuasión de Ino al obligarla a usar el vestido verde esmeralda de seda que había abandonado en su closet meses atrás. Si bien, no era asustado, remarcaba su estrecha cintura, y dejaba al descubierto la cantidad de piel necesaria para dejar algo a la imaginación.

—Sakura— canturreó Itachi en un frágil murmullo.

— ¿Ustedes dos se conocen?— interrumpió Shisui, mientras el desconcierto, y eventualmente la realización, impregnaban su hermosa faz— ¿Te refieres a la Sakura de la que tanto hablas? ¿La ex prometida de Sasuke?

Atisbó el intercambio de palabras entre los recién llegados, a la par que su corazón se agitaba dolorosamente en su caja torácica. No podía culpar a Ino, ¿Cómo iba a saber que Shisui era primo de Sasuke e Itachi?

—Apuesto a que las referencias no son del todo buenas— espetó Sakura, encogiéndose de hombros. No iba a permitir que su pasado ni su presente, arruinaran la velada.

—Por supuesto que no— negó Shisui, sonriente—, te considera un hermoso dolor de trasero.

Sakura se ruborizó, ¿asi que Itachi hablaba sobre ella?, el solo hecho de pensarlo avivó la extraña sensación instalada en su estómago, esparciendo una calidez por todo su cuerpo.

—Shisui— habló Itachi con tono censurador, tomando asiento a lado de ella.

Sin darse cuenta, la tensión se había disipado del ambiente, y en cuestión de minutos, con la música fluyendo y las bebidas dispuestas en las copas, Ino y su acompañante se sumergieron en su propia conversación, otorgándoles tiempo y algo de privacidad.

La pelirosa suponía que si deseaba sobrellevar la noche necesitaría algo más que un Martini seco.

Era guapísimo. Tan atractivo que despistaba, poseía el tipo de belleza que hace que los ojos den vuelta. Tenía el físico de un rufián rico, del hermoso villano de telenovela.

—Por un momento imagine que estarías en el hospital— habló, rompiendo con la tortuosa afonía.

—Yo imagine que estarías en casa, estudiando para el examen— musitó, dando un elegante trago a la botella de la cerveza, sin apartar la mirada de ella.

—Bueno, parece que no todo es como lo vislumbramos.

Notó como la comisura de sus labios se alzaba, formando una ínfima y a duras penas perceptible sonrisa.

—Estoy pasando un rato agradable— admitió, atisbando el lugar.

—Los bares no son mi escena— agregó la pelirosa.

La situación dejo de parecerle atemorizante, y empezaba a intrigarle. A pesar de la discusión, Sakura nunca había considerado agradecerle a Ino el hecho de concretar una reunión con su jefe y mentor. Si bien, aquello distaba de ser una cita, en el fondo lo anhelaba.

— ¿Y por qué estás en uno?— preguntó el pelinegro, mostrándose genuinamente intrigado.

—Ino puede ser bastante persuasiva—exhaló, desviando la mirada hacia la rubia y Shisui— además, me han dicho que necesito una distracción.

Un doloroso golpe de realización impactó en sus costillas al darse cuenta de lo que acababa de decir. No pretendía sonar tan desesperada.

—Asi que accediste a venir— susurró Itachi con una sonrisa sutil.

La valentía liquida comenzaba a hacer de las suyas en su sistema.

—Tú también— replicó ella acentuando el rubor de sus mejillas.

Sin notarlo, acortaron la distancia que los mantenía alejados. Desde ese punto, percibía las notas varoniles de su característica colonia, asi como el hilillo de alcohol en su cálido aliento. Sonaba como si estuviera coqueteando con ella. Oh dios, ¿lo estaba haciendo? no sabía cómo actuar, que pensar o como respirar. El silencio se extendió entre ellos hasta que fue demasiado tarde para que respondiera. Estaba feliz de que su jefe la hubiera notado, y que existía la ínfima posibilidad de que estuviera coqueteándole, haciéndola sentir cosas que no había sentido en mucho tiempo.

—Shisui es bastante…exasperante— repuso, aclarándose la garganta— ya había orquestado algunas citas a ciegas con anterioridad, pero esta vez no mencionó que se trataría de una— de nueva cuenta, levantó la comisura de sus labios en algo cercano a una sonrisa mientras le dedicaba una mustia mirada de soslayo.

A pesar de los intentos de Itachi por ser cauteloso, el hecho de arriesgarse a mencionar que aquello era una cita, no fue impedimento para que sus ojos negros vagaran por sus largas y torneadas piernas. Sakura se ruborizó como una niña pequeña. Ni en sus mejores sueños habría imaginado que la relación escalaria del odio a la atracción.

—Debo admitir que soy bastante malo en esto— comentó, bebiendo de un trago lo que restaba del contenido de la botella.

— ¿En qué?— pregunto Sakura, fingiendo inocencia. Sabía que mantenía una relación con la mujer que contempló en su oficina semanas atrás, sin embargo, necesitaba corroborar que estaba soltero.

—Citas— señaló, buscando con la mirada a un mesero que pudiese proporcionarle otra cerveza.

—De verdad no puedo creerlo— se apresuró ella, dándole otro trago a su Martini.

— ¿Cómo es eso?— cuestionó, divertido, animado a morder el anzuelo.

Intencionalmente, sus rodillas chocaron contra uno de los muslos del pelinegro. Por un segundo pensó que se apartaría, pero se llevó una sorpresa al notar que el premeditado contacto no lo molestaba, y al contrario de lo que ella imaginaba, se mantuvo ahí, inmóvil, permitiendo que perdurara.

—Eres demasiado atractivo para sufrir complicaciones en una cita— ni siquiera el creciente martilleo de sus nervios le impidió realizar tan descarada aseveración—, puedo apostar a que las chicas se arrojaban a tus brazos, y también, puedo confirmarlo.

Sakura sintió un galopante impulso por mostrarse sincera, aun cuando era incorrecto. La directiva no debía enterarse de eso, mucho menos Sasuke. No obstante, durante años, había contemplado el mundo a través de los ojos del menor de los Uchiha, y hoy se encontraba cautivada por el fulgor de la presencia de Itachi.

Aposta y petulante, el azabache acarició con el pulgar la piel de su antebrazo izquierdo, trazando suaves e inteligibles patrones sobre el terso y níveo lienzo.

Ciertas partes de su anatomía respondieron de inmediato; presionó las rodillas para aliviar algo del dolor que comenzaba a aumentar con el tacto de Itachi.

—Asi que, ¿consideras que soy atractivo?— dijo Itachi, sin hacer ningún movimiento para alejarse. Su voz era baja, apenas por encima de un susurro.

—A este punto ya deberías saberlo— masculló, mordiendo su labio inferior.


Humedeció su rostro con un poco de papel para disipar el inminente sonrojo que decoraba sus mejillas. El alcohol estaba haciendo de las suyas en su sistema, y si de verdad pretendía contenerse lo mejor era dar por terminada la noche y regresar a casa.

Había pasado las últimas dos horas charlando y coqueteando con Itachi, lo cual aún no terminaba de procesar; era un hombre inteligente y divertido cuando se lo proponía. Hablaron de cosas triviales, anécdotas de la infancia, los desamores de la adolescencia y su paso por la universidad, evitaron mencionar a sus antiguas parejas, puesto que no era necesario sacar a coalición un tema tan delicado.

No obstante, ella sabía que en cuanto saliera del bar y arribara la mañana siguiente al hospital ambos retomarían los papeles que interpretaban a la perfección: el como jefe y ella como subordinada.

Soltó un suspiro al cruzar la puerta del tocador; con paso elegante, se desplazó por el estrecho pasillo hasta llegar a su mesa.

Por lo que era capaz de percibir, la noche para Ino y Shisui aún era joven, ponía en tela de juicio que la rubia pusiera si quiera un pie dentro del apartamento.

— ¿Sucede algo?— preguntó Itachi, reparando en su presencia.

—Creo que es momento de irme a casa— replicó, medio sonriendo.

Un halo de decepción surco los ojos ónix de su acompañante.

— ¿Pedirás un taxi?— indagó, levantándose de su asiento, atisbándola expectante.

—No— negó con la cabeza, a la par que tomaba el bolso de mano —, el apartamento no queda lejos de aquí, cuatro o cinco cuadras a la derecha.

El pelinegro arrugó el entrecejo, reservado. Durante el tiempo que llevaban trabajando juntos, Sakura había aprendido que tal gesto solo se hacía presente cuando algo le molestaba.

—Es tarde— reparó él, echando un vistazo al reloj de pulsera.

—Puedo cuidarme sola, si eso a lo que te refieres— sonrió con donaire.

Itachi negó con la cabeza y antes de que emitiera otra replica ya se encontraban caminando en dirección a la salida.

El aire gélido de la madrugada los recibió al abandonar la estancia. Sakura se maldijo internamente, al haber descartado la posibilidad de llevar una chaqueta consigo, no obstante, sus procesos mentales se redujeron a niveles increíblemente pobres al sentir como el azabache colocaba su propio saco sobre sus hombros, tal cual película romántica.

Hilvanó una tímida sonrisa. Era la primera vez que un hombre tenía ese gesto con ella. Aun cuando su propio orgullo le impidiera admitirlo, en el fondo, se sentía feliz de prolongar la velada. Aquella noche había contemplado una faceta de Itachi que le confería un aire hipnotizaste, no se trataba de la gélida personalidad de jefe y mentor, sino la de un ser genuino, relajado.

Iniciaron el trayecto en silencio, quizás tratando de asimilar los sucesos trascendentales de la noche. Caminaban lado a lado, con la vista al frente. Sakura percibía el penetrante olor de su piel y fragancia en el cuello del saco; aquel aroma quedaría impregnado en su memoria por el resto de su existencia.

— ¿Por qué terminaste tu compromiso con Sasuke?— preguntó Itachi, con sus diáfanos ojos negros clavados en su rostro.

La historia con el Uchiha menor era complicada y atenuante. Sakura conseguiría enlistar al menos cincuenta razones por las cuales se separó de Sasuke, sin embargo, no tenía caso avivar recuerdos amargos.

Exhaló con fuerza al mismo tiempo que carraspeaba para disipar la piquiña de incomodidad quemándole la garganta.

—Un día me percaté que no lo amaba— respondió con la mirada ausente—, sé que puede sonar un tanto frívolo, pero a lo que me refiero es que estábamos bien cuando éramos buenos juntos y no nos malentendíamos— aclaró.

—Entiendo…— masculló, observándola empedernidamente.

Sakura se encontró poseída por el extraño impulso de complacerlo con honestidad.

— ¿Por qué no llevas una buena relación con tu familia?— interpeló, insegura.

Sasuke nunca se inmutó en mencionar cual era todo el misterio en cuanto a la situación de Itachi con sus padres. Recordaba que la mera mención de su nombre era un acto profano, tanto Fugaku como Mikoto se habían encargado de disipar su imagen hasta condenarlo al olvido.

—Ah— dijo al fin, tras una larga pausa—, asi que lo notaste— añadió con tintes de sarcasmo—. Mi padre deseaba que siguiera sus pasos, una especie de tradición familiar con la cual termine— concluyó con voz rasposa.

—Debe ser…complejo— balbuceó con parsimonia.

—De cierta forma— consintió—, puedo contarte la historia completa en otra ocasión, por ahora no quiero arruinar el momento.

Sakura enmudeció, ¿acaso estaba sugiriendo que tuvieran otra cita?, ¿o tal vez era una excusa para no indagar en el tema?, cualquiera de las dos opciones, llegó a la conclusión de que estaba cruzando un límite del que difícilmente encontraría retorno.

—Me encantaría— dijo, sonriendo ladinamente.

Sentía el incesante martilleo de su corazón galopar contra su pecho. Basculo la vista por la calle, hasta posarla nuevamente en su acompañante.

— ¿Por qué has estado envidándome los últimos días?— inquirió, deteniéndose a mitad de la calle.

¿Cómo responder a su pregunta?, sin embargo, era demasiado ingenuo considerar que no se percataría de su actitud renuente. El descubrimiento de sus sentimientos era abrumador, aun no sabía precisar lo que Itachi generaba en ella, pero era algo distinto.

—Lo hice porque tuve un sueño contigo— dijo apenada, sonrojándose.

— ¿Qué clase de sueño?— curioseó, levantando una ceja.

Sakura usó toda su fuerza de voluntad para no desvanecerse a causa de un colapso nervioso, ¿en verdad le cuestionaba que tipo de sueño?, por supuesto debía imaginarlo o al menos vislumbrarlo.

En respuesta enrojeció hasta la raíz del pelo; el rubor en sus mejillas era tan intenso que desvelaba el oscuro secreto sin ser pronunciado. Nerviosa, mordió su labio inferior a la par que llevaba un mechón de cabello detrás de su oreja.

Eso pareció ser suficiente aliciente para Itachi, puesto que lo comprendió en ipso facto.

—Fue una tontería— aclaró, procurando ocultar el temblor en su tono de voz—, estuvo fuera semi control.

— ¿Fue bueno?— dijo el pelinegro; la pregunta, sin duda, gutural.

Por un segundo, Sakura tuvo la noción de que terminaría por desmayarse. El asunto era bochornoso, no se suponía que Itachi estuviese al tanto de sus fantasías sexuales, mucho menos saber que era el protagonista.

—Si— Profirió, encogiéndose de hombros.

—No debes avergonzarte— intentó consolarla, ofreciéndole una genuina sonrisa de algarabía—, a todos nos ha sucedido.

—Está mal.

—No me siento ofendido o molesto.

—Por supuesto que no— expresó, rodando los ojos. Para ser un genio consideraba que en ocasiones era un cretino o simplemente un poco avanzado que los demás—. Eres mi jefe y el hermano de Sasuke, es extraño.

Las palabras de Sakura cayeron sobre ellos con todo el peso del cruel develamiento.

Su corazón se precipitó en un latido doloroso al percatarse de la declaración; todo lo que acababa de ocurrir horas atrás no iba a repetirse, era incorrecto y ambos debían entenderlo.

Atisbó alrededor de la calle para percatarse que habían arribado a su apartamento. Dubitativa, apartó el saco de sus hombros, estrechándolo en dirección a Itachi en señal de tregua.

—Supongo que hemos llegado— masculló, desviando la mirada hacia el complejo residencial vertical.

—Quizás debería entrar ya— sentenció, llena de incertidumbre. Sus dedos se rozaron ínfimamente.

¿Estaba esperando que hiciera un movimiento?, no, aquello era imposible, una mala idea, aun si intentaba con todas sus fuerzas ser amigable.

Ninguno de los dos daba señal alguna de marcharse. La pelirosa se atrevió a mirarlo a los ojos, encontrándose en el proceso un brillo perturbador, un fulgor que delataba indómita pasión.

—La veré mañana, doctora Haruno— dijo Itachi terminante, a modo de despedida— su voz era profunda y deleitosa.

Pese a sus conocimientos anatómicos y fisiológicos, Sakura no pudo precisar el efecto que abrumó su cuerpo al escucharlo. El calor contenido en su vientre era doloroso y palpitante.

—Buenas noches, jefe— espetó, sugestiva, dando media vuelta hacia el recibidor para desaparecer en la negrura de la noche.

Cuando cruzó por las puertas del lobby, soltó un suspiro de genuino alivio, recargando la espalda contra las enormes puertas de madera, a la par que unía sus rodillas, ejerciendo la cantidad de presión y fricción adecuada entre sus muslos para acallar el palpitante tormento que la aquejaba desde el comienzo de la velada.


Durante el transcurso de la mañana, tras los acontecimientos de la noche anterior, Sakura se dispuso a realizar la operación de Himari.

Tras pasar la noche en vela, la pelirosa llegó a la conclusión de que estaba siendo cobarde, o tal vez un tanto perezosa. Quizás solo iba a operar porque no tenía ánimos de enfrentarse a la familiar para decirles que, lamentablemente, había llegado el momento en que Himari partiera.

Al abrir el cráneo de la niña, encontró una telaraña tumoral; algunas zonas de cerebro y sus vasos sanguíneos necrosados, de modo que no había mucho por hacer.

Mientras ayudaba a suturar el cuero cabelludo, se reprimía a si misma por haber accedido a realizar la intervención. Himari no iba a curarse.

Luego de abandonar el quirófano, optó por reunirse con la familia de la niña en una de las habitaciones destinadas para dar las malas noticias; el personal del hospital se refería a estas como la sala de sentencias, puesto que solo en ocasiones especiales se delegaba a los pacientes y acompañantes a ese sitio.

—Me temo que la operación no servirá de mucho— masculló, haciendo un esfuerzo sobrehumano para mantenerse calmada. No se sentía satisfecha consigo misma, aquella situación la había sumergido en una encrucijada de sentimientos encontrados—, solo es cuestión de tiempo para que suceda lo inevitable.

La madre dejo escapar un profundo sollozo, tenía los ojos hinchados y enrojecidos por el llanto, al igual que el padre de la chica, quien procuraba no fragmentarse.

Sakura dio un respingo asustado al notar la mano de la mujer entrelazarse con la suya; con lágrimas en los ojos, y la voz entre cortada dijo:

—Debió ser complicado para usted operarla, sabiendo que serviría de poco— ligeramente estrujo su mano—, pero quiero que sepa que estamos profundamente agradecidos. Los demás médicos se negaron a escucharnos. Sé que mi hija va a morir… solo quiero más tiempo con ella, eso es todo.

—Con un poco de suerte tal vez consiga unos meses más— dijo en un intento de suavizar el golpe; encontrando un equilibrio entre la realidad y la esperanza.

Minutos después, abandonó la pequeña habitación, dejando a la familia postrados en el sofá, manteniendo una charla casual.

Mientras recorría el pasillo del hospital en penumbra, se maravilló con la linda mañana de verano que se vislumbraba a través de uno de los ventanales, tornando el ambiente anodino del sanatorio en uno ligeramente esperanzador.

Se resguardó en el cuarto de suplementos, permitiéndose derramar unas cuentas lágrimas en pos a su fracaso.

Escuchó un ligero andar en el exterior, mas no le prestó atención. Necesitaba lamentarse lo suficiente antes de encarar sus deberes.

Al escuchar la puerta abrirse, dirigió sus fanales esmeraldas a la persona recién llegada, percatándose que se trataba de Itachi.

Dubitativo, el azabache cerró la mampara tras de sí, examinándola de pies a cabeza.

—No debiste permitir que lo hiciera— reclamó ella; la voz entrecortada por el llanto. Poco le interesaba si Itachi la contemplaba en ese estado, se sentía furiosa, impotente.

—Hiciste lo que consideraste apropiado — sentenció, vedando los pensamientos de la pelirosa—, no tienes por qué sentirte culpable.

Era curiosa la forma de obrar del destino. Semanas atrás le había dicho algo similar a Itachi para brindarle consuelo, procurando disipar la culpa que recaía sobre sus hombros a causa de los fallos. Ahora, era él quien acudía a su rescate, consciente del torrente de emociones que la coyuntura desataría.

Su cuerpo se estremeció al notar el liviano peso de una mano sobre su hombro, y sin dudarlo, viro sobre sus tobillos para encararlo.

Itachi no dijo nada, limitándose a guardar silencio. Antes de que pudiera procesarlo, el azabache la envolvió en sus brazos. Instintivamente, le rodeó la cintura, ocultando el rostro entre el espacio disponible entre su hombro y cuello, acoplándose perfectamente a su cuerpo.

—La vida sin esperanza es completamente difícil, Sakura— susurró en su oído, pasando una mano por su cabello.

Sin embargo, con cuanta facilidad consigue la ilusión, volverlos necios a todos.

Continuara

Creo que es uno de los capítulos más extensos hasta el momento. Estaba emocionada de llegar a este punto de la historia, porque considero que es una pauta en lo vendrá.

Ojala hayan disfrutado del capitulo tanto como disfrute yo al escribirlo.

Solo me queda agradecerles por su paciencia y el tiempo que dedican a leer este fic, asi como dejar un review, en verdad, todo esto me motiva a continuar escribiendo.

Sin nada más que añadir, esto es todo por el momento, espero regresar pronto con una actualización.

Donde quiera que se encuentren les mando un fuerte abrazo y los mejores deseos en estos tiempos difíciles.

Nos leemos hasta la próxima

Shekb ma Shieraki anni