Capítulo 7

Dentro de su profesión los altibajos eran comunes.

Durante los últimos días la carga de trabajo era tan extensa que ni siquiera había puesto un pie dentro de su apartamento.

Como jefe del departamento de Neurocirugía, su labor no finalizaba al abandonar el quirófano, sino todo lo contrario, el papeleo se acumulaba a diario sobre su escritorio y por más que intentaba aventajar ese asunto en las horas libres, no lograba darlo por zanjado.

A esto se le sumaba que los casos que recaían en sus manos eran deprimentes. Aun cuando el Hospital General de Konohagakure poseía una reputación intachable sobre los demás sanatorios del área, había coyunturas que superaban la capacidad de los trabajadores.

Tan solo en el transcurso de la mañana, en la reunión con sus residentes, analizaron un caso de una joven que ingresó al hospital con muerte cerebral tras sufrir hipoxia.

Sin lugar a dudas, había tenido más contacto con la muerte de lo que esperaba, y eso comenzaba a desgastarlo, no solo física si no también mentalmente. Empezaba a contemplar tentativa la idea de tomar unas vacaciones, aunque sabía que era prácticamente imposible.

Atareado, abandonó la sala de juntas, disponiéndose a recorrer los desiertos y anónimos pasillos.

—Doctor Uchiha— aclamó una petimetra enfermera a sus espaldas, obligándolo a detenerse.

Deseaba, con todo su ser, que no se tratase de algún asunto de urgencia inmediata. Necesitaba dormir un poco, su cuerpo se lo pedía a gritos. Si tenía suerte, conseguirá descansar dos o tres horas antes de la última cirugía, eso si no se presentaba alguna cuestión que requiriera su atención.

— ¿Si?— preguntó, estoico.

—La directora desea verlo en su oficina— informó, utilizando todas sus fuerzas para no colapsar en un ataque de nervios.

Asintió con un ligero gesto de cabeza y dirigió su andar hacia el ascensor.

Desconocía las causas por las cuales Tsunade podría citarlo a una reunión, aunque tenía la ligera sospecha que todo se debía al caso delegado a Sakura.

Con la pelirosa en sus pensamientos, puso un pie dentro del ascensor. Esa era otra cuestión que lo soliviantaba: tras la cita a ciegas coordinada por Shisui, se mostraba inhábil de sacar a Sakura de sus pensamientos.

Por un instante, vislumbró que se trataba de un sentimiento pasajero, algo momentáneo; llevaba mucho tiempo a solas, y por lo que rememoraba, Izumi era la única mujer con la que entabló un vínculo romántico. No obstante, Sakura agitaba en su interior emociones que nunca antes había experimentado, era sorprendente como con una sencilla sonrisa consiguiera entorpecer todos sus procesos mentales

Su inteligencia lo cautivaba, de comportamiento intemperante y belleza etérea, Sakura se las apañaba para fascinarlo.

Intranquilo, restregó una mano contra su rostro, tratando de aclarar su rostro y disipar cualquier mínimo indicio de lasitud.

No dejaba de preguntarse a sí mismo cómo era que Sasuke permitió que se marchara de su lado. Con Sakura podía tenerlo todo, ya fuese el paraíso o el averno.

Esos pensamientos ocupaban su mente mientras abandonaba el elevador y se dirigía a la oficina de Tsunade. La pelirosa aparecía en su mente más de lo que le gustaría admitir.

Al arribar al despacho ni siquiera se tomó la molestia de anunciar su llegada, la rubia estaba esperándolo y cualquier cosa que estuviese realizando podría aguardar un rato.

—Itachi— musitó la blonda a manera de saludo, situando la mirada ambarina en fu faz—, toma asiento, por favor— agregó tan formal como de costumbre.

El aludido acató las órdenes disfrazadas de sugerencia, situándose en una de las sillas acolchonadas dispuestas frente al sobrio escritorio de madera.

—Lamento interrumpir tus arduas labores, pero hay un tema de vital importancia del que debemos hablar— dijo con calma.

—No hay problema— indicó; sus músculos tan tensos como una cuerda.

—Como bien sabrás, Sarutobi anunció su retiro oficial hace algunos días— espetó Tsunade en un afectado tono de confidencialidad—. Tras pasar algunas horas con la junta de directivos los candidatos para tomar el puesto, los demás accionistas y yo llegamos a la conclusión de que la persona indicada para llevar la batuta de ahora en adelante eres tú.

La oferta de Tsunade era una vuelta a su trayectoria personal, una nueva senda, tormentosa y sólida. Cuando accedió a tomar el puesto mientras la junta deliberaba quien sería el nuevo jefe, Itachi pensó que aquello lo ayudaría a recuperarse de las fatalidades de su propia vida, resultaba extraño, aunque aceptable, creíble.

— ¿Yo?— apostilló, incrédulo. Las cosas se movían demasiado rápido.

—Eres un hombre oven, con energía. Tu pericia puede traer aportaciones que mejoraran el departamento de Neurocirugía. Eres una brisa de aire fresco, Itachi y es justo lo que necesita este hospital— dijo, esbozando una ligera sonrisa.

Demasiados pensamientos se galopaban en su mente. Cuando ingresó a la universidad nunca imaginó que obtendría un puesto de poder en tan poco tiempo, siempre pensó que pasaría la mayor parte de su vida fungiendo una labor como cirujano más. Sin embargo, la oportunidad de la directiva le abría las puertas a un sinfín de posibilidades, lo cual lo aterraba, no porque no lo deseara, sino por el simple hecho de que toda esa situación era más grande de lo que podía tragar.

—Por supuesto no debes darme una respuesta inmediata— prosiguió la rubia, como si estuviese hablando de un tema tan trivial como el clima o la jardinería—. Entenderé si el puesto te resulta demasiado.

Itachi negó con la cabeza, esta vez acompañado de una sonrisa forzada. Se quedó sentado en silencio durante unos segundos, contemplando una de sus anos, los nudillos y uñas cambiando del blanco al rosa mientras apretaba y relajaba los dedos. Sabía que con el cargo vendrían sacrificios.

—En lo absoluto— decretó—. El cargo me sienta bien.

Tsunade le ofreció una sonrisa breve.

—El hospital dará una fiesta en conmemoración a los cincuenta años de su apertura, la directiva consideró prudente anunciar en la gala tu permanencia como jefe del departamento— comentó la rubia, juntando las manos sobre el escritorio.

Luego de abandonar la oficina, Itachi se dirigió a uno de los baños, cerrando la puerta tras de sí y confinándose en el último cubículo. Estaba sudando y temblando; no enfermo sino horrorizado por el nuevo espectro de su persona.


Le había tomado casi un mes distribuir los muebles y objetos por el departamento; apartaba esto y aquello para Shisui, cajas para la beneficencia y otras tantas para la basura.

No se sentía lo suficientemente cómodo en el piso que amablemente, el agente de bienes raíces, catalogó como "perfecto" para un "atractivo hombre soltero". Por supuesto, no encajaba en ninguna de las dos categorías.

Con su nuevo hogar, estaba borrando la evidencia del tiempo que había pasado a lado de Izumi.

Entró en el salón de paredes decoradas con exquisitas obras de arte y se sentó en el sofá recen adquirido. La habitación olía a detergente, con una fuerte fragancia de lavanda.

—Puedes ver el lado bueno de la situación— dijo Shisui, sin mirarlo realmente, llevaba más de cuarenta minutos organizando uno de los estantes con la selecta discografía de Itachi—.Quizás con tu nuevo puesto puedas arreglar las cosas con tu padre.

En efecto, la delicada coyuntura con Fugaku era otro de los asuntos que de vez en cuando perturbaba su sueño. Había transcurrido más de una década de los acontecimientos, y por lo visto, la furia de su padre no tenía claudicación cercana.

Itachi inspiró y frunció el ceño.

—La única forma de hacerlo es si me convierto en abogado, y me temo que es demasiado tarde.

—Créeme, aun no comprendo cómo sigue empecinado a castigarte por tomar una dirección diferente. A final de cuentas, la firma va de maravilla con Sasuke al mando.

El pelinegro se encogió de hombros con la simple mención de su hermano.

—No era a Sasuke a quien mi padre quería, si no a mí, su primogénito— dijo, llevando la botella de cerveza medio vacía hasta sus labios.

¿Cuánto perduraría el sentimiento de culpabilidad? No importaba cuantas veces se dijera a si mismo que había tomado la decisión adecuada. Continuaba perdiéndose en el intrincado laberinto de asociaciones, sendas emocionales que lo conducían a una infelicidad más profunda.

— ¿Dónde demonios te metiste la noche anterior?— increpó Shisui, virando sobre sus tobillos para contemplarlo.

—Acompañé a Sakura a su apartamento— respondió.

—Eso explica porque dejaste de atender a las llamadas a cierta hora de la madrugada— añadió el azabache, lanzándole una mirada sugestiva.

—No es lo que imaginas— rebatió Itachi, ceremonioso. Shisui unió las cejas en una falsa pose de cavilación—. No comiences a hacerte ideas extrañas respecto a mi relación con Sakura. Ella es mi aprendiz y yo soy su jefe.

—Eso lo hace todavía más interesante, ¿no lo crees?— espetó con malicia, haciendo gala del don que le permitía percibir las cosas a metros de distancia—.Quizás quien está haciéndose ideas extrañas eres tú, Itachi-kun.

La aseveración lo dejo pasmado. Sin duda alguna, la noche en el bar lucia sublime con aquel vestido satinado verde; su tez nívea absurdamente tersa, la tela resaltaba sus evidentes atributos femeninos: cintura estrecha, piernas largas y torneadas, un generoso escote que enmarcaba sus apetitosos senos; la mirada verde tan diáfana para dejar fluir sus oscuras emociones.

—No es apropiado— dijo Itachi, abatido.

Sin lugar a dudas, lo de la cita improvisada no debía repetirse. De ahora en adelante seria el jefe de Sakura hasta que alguno de los dos decidiera marcharse del hospital. No era correcto abusar del poder que su nuevo cargo le confería, y tampoco era justo reducir el conocimiento y habilidades de la pelirosa a un rumor absurdo sobre un posible romance. Ella merecía más que eso.

— ¿De qué manera no lo es?— soltó Shisui de barrajo, ignorando el evidente debate interno de Itachi—. Sakura es una mujer adulta que puede tomar sus propias decisiones. Además, está claro que tu matrimonio con Izumi ha terminado y no tiene salvación.

—Es más complicado— repuso, dando otro largo sorbo a su cerveza—. A partir del lunes me convertiré en su jefe— puntualizó, clavando sus ojos ónix en Shisui—, y por si no lo olvidas, estamos hablando de la ex prometida de mi hermano menor.

Otro estigma se sumaba a la lista.

— ¿Y eso que?— arguyó Shisui, sin encontrar malignidad alguna en la posible relación—.Los dos sabemos que Sasuke puede ser un cretino— Itachi coincidió, muy a su pesar—. La chica te atrae, y me tranquiliza saber que todavía existe alguien que tiene el poder de hacer que la sangre vaya de tu corazón a la entrepierna. No se trata de un instinto primitivo ligado al dominio, Itachi.

—Mi nueva posición como jefe de Neurocirugía y su antor pueden ponerla en una situación delicada. Si los altos mandos llegan a tener una mínima sospecha respecto a lo que sucede entre nosotros dos, la que pagaría el castigo seria ella, no yo— dijo en voz baja, pero con cierto desafío.

— ¿Qué tiene que ver Sasuke en todo esto?— repelió Shisui.

Itachi puso los ojos en blanco. Más allá del instinto primitivo ligado al dominio, la rivalidad existente entre ellos se remontaba años atrás, cuando Sasuke procuraba imitarlo y superarlo. La situación le recordaba a las inminentes discusiones que un juguete desataba, sin embargo, Sakura no era un objeto, y su hermano no era un hombre de perdón.

—Está mal, Shisui, para ambos— concluyó Itachi, resignado.

El pelinegro colocó una mano sobre su hombro y lo estrujo con cariño.

—Sin duda alguna, estas condenado y no tienes salvación.


Como era costumbre, el lunes por la mañana Itachi y los residentes se congregaron en la sala de juntas para estudiar los casos recién llegados al sanatorio.

Sin embargo, la atención del pelinegro se encontraba en otra parte, reos del pineocitoma o el meticuloso análisis de sus pupilos.

La noticia de su ascenso era información clasificada; nadie, salvo Tsunade y Shisui, sabían que dentro de unos días el anuncio oficial se realizaría: Uchiha Itachi sustituiría a Hiruzen Sarutobi como jefe del departamento de Neurocirugía.

Sus fanales ónix fueron a parar en la pelirosa, quien yacía postrada en las últimas filas del auditorio, con la mirada fija en la efigie proyectada y su absoluta e indivisible atención en el residente sobre el estrado. Observó detenidamente sus facciones aristocráticas; la nariz pequeña y respingona en la punta, los labios carnosos y bien delimitados, los ojos verdes con brillo lemanita, tan transparentes que permitían a cualquiera dejar fluir sus más oscuras pretensiones. Era hermosa, demasiado bella para ser verdad.

Imaginó que los días de resguardo obligatorio lo ayudarían a sosegar sus pensamientos y aclarar sus sentimientos. Había enlistado todas las razones existentes por las que era imposible mantener una relación con Sakura, y llegó a la conclusión de que no tenía nada en claro. Estaba inmerso en un conflicto, ético, oral y de cualquier índole posible. Sakura era un fruto prohibido.

Si sus neuronas funcionaban bien, y el juicio no le fallaba, la opción más viable era dejar de pensar en ella de la forma en que lo hacía hasta ahora, desbancar el ínfimo atisbo de sentimientos e imponer una relación meramente laboral, tal cual acordaron llevar desde el comienzo.

¿Pero por qué se rehusaba a aceptar esa idea?, la noche en el bar, supo que ella respondía a sus torpes intentos de coqueteo, con la misma devoción que él los forjaba. Durante esas dos horas había llegado a desvelar más de lo que cualquier mortal pudiese observar a simple vista.

Tras unos cuantos minutos de exposición, Itachi optó por finalizar la reunión. Uno a uno, los residentes abandonaron la sala pretendiendo continuar con las labores del día, dejándolo solo con sus turbios pensamientos.

— ¿Itachi?

Atrapado en la intricada red de ponderaciones, el aludido parpadeó, aturdido. Frente a él estaba Sakura; la melena rosada atada en una coleta alta improvisada. Llevaba un traje quirúrgico color índigo, mismo que se ajustaba a la perfección a las curvas de su cuerpo. Se percató que también portaba un poco de maquillaje; rímel para acentuar sus largas pestañas rosadas, brilló labial para colorear ligeramente sus labios, y un poco de rubor en las mejillas, confiriéndole un toque de inocencia.

— ¿Tienes un minuto? — Preguntó Sakura.

Itachi asintió con un ligero movimiento de cabeza. Lo cierto era que encontrarse a solas con la pelirosa desataba en él un nerviosismo indescriptible. Podría inventar una excusa y salir de la sala, pero era demasiado tarde.

— ¿Puedo preguntar el motivo de tu ausencia los últimos tres días?

Su corazón dio un violento vuelco, asi que lo había notado; por supuesto que lo haría, Sakura no era ninguna tonta.

—Seré el nuevo jefe de neurocirugía— anunció sin cavilación alguna—. Tsunade consideró prudente que tomara unos días libres antes de asumir el puesto.

—Felicidades— espetó con una genuina sonrisa de algarabía—, Tsunade hizo una sabia elección.

Itachi no supo que responder. Dubitativo, colocó ambas manos sobre el escritorio, agradeciendo que existiese una barrera física entre los dos

Sin embargo, bien sabía que aquello no iba a ser suficiente para mantenerlo alejado de Sakura.

— ¿Continuaras a cargo de nuestra formación?— indagó, titubeante—, me refiero que con tus nuevas responsabilidades es posible que la enseñanza se interponga en tu camino.

—Acordé con Tsunade que esta sería la última generación a la que formaría. Hice un compromiso con ustedes y voy a cumplir con mi palabra.

Sakura lo miró durante unos segundos, provocados y exasperados al mismo tiempo.

—A final del año no tendrás que lidiar conmigo—agregó, esbozando una sonrisa amarga.

—Es una pena— dijo ella, sosteniendo su mirada—, comenzaba a habituarme a ti.

Un escalofrió recorrió la espalda de Itachi al escucharla musitar aquellas palabras. Incapaz de romper el inusitado contacto visual, carraspeó un poco.

La fiesta de aniversario del hospital se realizaría dentro de pocos días, Tsunade había tenido la amabilidad de concederle tres dos boletos extras, por supuesto, aunque no lo mencionó, en el pasado, una de esas entradas estaría destinada a Izumi. Sin embargo, su exesposa no figuraba más en la fotografía, y puesto que uno de los pases se lo entregó a Shisui, consideró un verdadero acto suicida invitar a Sakura como su acompañante.

—Sera mejor que vaya al trabajo si no quiero liarme con la jefa de enfermería— espetó, encogiéndose de hombros.

Lejos de reanudar la conversación, caminó hasta la salida, donde el azabache la detuvo.

—Sakura, espera— la llamó, casi pisándole los talones.

— ¿Sucede algo?— preguntó, curiosa.

— ¿Tienes planes el viernes?— cuestionó con voz ronca, rascando la parte trasera de su cabeza, intentando lucir despreocupado.

Era un novato, un ignorante en el proceder del cortejo. Habían transcurrido muchos años desde la última vez que invitó a una chica a salir, y daba la casualidad de que esa joven, tres años después, se convirtió en su esposa.

Ella levantó una ceja; el respingo melindroso se diluyó en un aspaviento de vergüenza.

—Si— dijo, encogiéndose de hombros—. En verdad lo lamento.

Itachi hilvanó una sonrisa, intentando no lucir demasiado afectado por su respuesta. En silencio, la observó marcharse, contemplando a la vez como se le iba de las manos.


Ingresó en el vestíbulo revestido por deslumbrantes mosaicos. Se mantuvo de pie, analizando el intrincado patrón negro, blanco y dorado antes de percatarse que la fiesta iba a ser más grande de lo que imaginaba.

Caminó hasta el gran salón con Shisui a su lado, atisbando el decorado del lugar como con la apatía de quien ha estado en ese sitio incontables veces como para maravillarse.

Lo cierto era que la opulencia no era de su agrado, mucho menos las reuniones extravagantes. Si bien, durante su adolescencia había acudido a un sinfín de galas, obligado por sus padres, Itachi no encontraba nada entretenido en beber champagne y degustar aperitivos costosos. Sin embargo, aquella noche debía hacer un esfuerzo; parte de la velada era en su honor.

Al llegar al centro del salón, tomó de una bandeja, la primera copa de muchas de vino espumoso. Reconoció algunos rostros a su alrededor. La comunidad médica era muy selectiva y solo aquellos que se apañaban grandes logros eran reconocidos y tratados como semidioses. Podía considerarse privilegiado, la etiqueta que sus profesores le otorgaron cuando era un simple universitario lo llevaron a hacerse eco entre los recovecos de los titanes de la medicina, ganándose su admiración y respeto en poco tiempo.

No obstante, Itachi sabía que esa clase de fiestas no eran más que un simple disfraz para ocultar las verdaderas intenciones de los invitados. Muchos negocios se concretaban en esos eventos, suponía una excusa para reunión a los directores de los hospitales más prestigiosos del mundo.

—Uchiha Itachi— dijo un hombre, aproximándose a él.

Se las apañó para expresar algo de emoción. Los caballeros a su lado iniciarían una conversación pretensiosa sobre la labor de ambos. Para su sorpresa, aquello termino convirtiéndose en un insoportable debate de ideologías, sobre procedimientos y tratamientos apropiados en casos donde la intervención quirúrgica no era necesaria.

Al cabo de unos minutos se disculpó con ambos colegas, precisaría de una bebida más fuerte para sobrellevar la noche.

Colocó la copa vacía sobre una bandeja y dirigió su andar hacia el bar. Aguardó de pie cerca. Algunas personas comenzaban a congregarse cerca de la barra para acaparar la atención del bartender.

Escéptico, desvió la mirada hacia otro punto del salón; su corazón dio un vuelco, y su pecho se estrujo al reconocer la figura femenina que se encontraba a escasos centímetros de él.

Como si su cuerpo cobrara vida por sí solo, se aproximó, situándose unos cuantos pasos detrás de ella. La chica, expresó su agradecimiento con una afable sonrisa cuando el hombre detrás de la barra hizo entrega del gin tonic con vodka.

Observó a Sakura de pies a cabeza, llevaba un vestido de satén blanco, cortado al sesgo con dos delgados tirantes, dejando al descubierto la mitad de su espalda. Portaba pendientes de perlas a juego, y su melena rosada acicalada en un lacio perfecto, tan liso que emulaba la textura de la seda.

Al dar la vuelta, un gesto de ofuscación surco sus bellas facciones, secundado por un atisbo melindroso. Itachi no podía negar que lucía etérea; la binación de sombras oscuras y la máscara de pestañas le conferían a sus fanales un toque peligroso, seductor, un brillo lemanita que emanaba de su mirada cristalina.

—Dijiste que tenías planes— recalcó el Uchiha.

La pelirosa dio un sorbo elegante a su bebida, al mismo tiempo que se encogía de hombros, fingiendo vergüenza.

—De vez en cuando hago algunas excepciones.

No sabía precisar si se trataba del ambiente inusual o al hecho de que la belleza de Sakura lo dejaba sin palabras; el subidón de adrenalina por su torrente sanguíneo lo sumió en un episodio letárgico.

—Tal vez puedas hacerme un espacio en tu agenda— replicó, arrepintiéndose al instante de la pobre elección de palabras.

Sakura soltó una risa pequeña, solo perceptible para sus oídos. Itachi la contempló de reojo, escuchando a su propia química.

— ¿Te sientes nervioso?— preguntó, volviéndose hacia él.

—Estoy aterrado— afirmó, tomando de la barra un recipiente con coñac.

—Lo harás bien— dijo con ese tono tan categórico y característico de ella con el que solía determinar que la luna no era de queso.

—Es increíble como hace algunos meses me detestabas y ahora me otorgas palabras de aliento— provocó Itachi, dándole un sorbo a su propia bebida.

La pelirosa puso los ojos en blanco.

—Hace algunos meses todavía te comportabas como un cretino— profirió, contemplándolo directamente a los ojos.

Ambos sonrieron en complicidad. Aquello se estaba transformado en su propia broma privada.

—Luces molesto— puntualizó ella, permitiendo que su mirada viajara por la estancia. El murmullo de la charla de la fiesta y las teclas del piano flotaban a su alrededor.

Itachi se encontró reflexivamente intentando ignorar su entorno, aunque lo único que quería estudiar era cada detalle exquisito de la anatomía de Sakura.

—Nunca he sido amante de los lujos— masculló.

Los dos se situaron en otro punto, lo suficientemente alejados de la barra, cerca de la galería con ventarrones grandes que enmarcaban la vista de los jardines del hotel.

—Eso es lo que un niño rico diría— dijo ella.

—No soy rico, Sakura— aclaró Itachi.

—También diría algo parecido— rebatió, divertida.

—Al menos no hago uso del dinero de mis padres, si a eso te refieres— espetó, fingiendo cierta molestia.

—Nunca imaginaria que eres el rebelde de la familia— dio otro trago—, déjame adivinar— espetó, entusiasmada, inclinando la cabeza un poco—, tus padres te obligaban a asistir a esta clase de eventos aunque tú los detestaras.

—Es un comentario arriesgado, pero cierto— admitió, notando como el palpitar de su corazón aumentaba al detectar el aroma a vainilla y jazmín que emanaba de la piel de Sakura.

— ¿A caso no atravesaste por una etapa similar?— se aventuró a preguntar.

—Por supuesto que no— sacudió la cabeza, realizando una pequeña pausa para digerir el licor—, mi madre era una mujer estricta, procuraba no inmiscuirme en sus asuntos laborales. No obstante, estoy habituada a esto. Tu hermano solía llevarme a estos eventos como objeto decorativo.

Un escalofrió recorrió su espalda al escuchar la simple mención de Sasuke.

— ¿Cómo sobreviviste a eso?

—Cuando tu único trabajo es permanecer de pie a lado de un hombre, desarrollas la habilidad de sonreír y lucir genuinamente interesado en las conversaciones— reparó, aclarándose la garganta al mismo tiempo que bebida un largo trago el licor restante—. A esta gente, por lo general, le gusta alardear de todo.

Ella levantó las comisuras de sus labios en algo similar a una sonrisa. No obstante, fue incapaz de disimular la mirada herida de una niña que acaba de ser ultrajada y expuesta.

Abrió la boca para decir algo, sin embargo, su respuesta se vio interrumpida al arribó de dos invitados.

—Lo veo y no lo creo— dijo un hombre a sus espaldas—, Uchiha Itachi— espetó a manera de saludo.

Desconcertada, la pelirosa intercaló la mirada entre él y el recién llegado. Itachi contuvo una maldición bajo su aliento, y con una sonrisa renovada, giró para encarar al hombre que demandaba su atención.

—Uzumaki Nagato— espetó con voz ronca, estrechando sus manos en un saludo impersonal, casi forzado.

A su lado se encontraba una hermosa dama, a la cual reconoció de inmediato como colega y esposo del pelirrojo: Konan.

—Permíteme presentar a la doctora Haruno Sakura— dijo Itachi de inmediato, situando una mano en la espalda baja de la pelirosa—.Sakura, Nagato fue uno de los mejores profesores que conocí en la universidad— añadió.

—Es un placer— espetó con una encantadora sonrisa.

—No seas tan distraído, cariño— vociferó la otra mujer, liberándose del agarre y dirigiéndose hacia la pelirosa—. Es Sakura, la hija de Haruno Mebuki— agregó, abrazándola con cariño fraternal.

—Ahora lo recuerdo— cayó en cuenta, estrechando su mano con la de la pelirosa—, ¿Cuántos años han pasado, doce o quince?— preguntó Nagato.

—Quince desde la última vez— contestó ella, luciendo algo incomoda.

—Acudimos a la fiesta de retiro de Mebuki— dijo Konan, entrelazando el brazo con el de su esposo.

— ¿Ustedes se conocen?— preguntó Itachi, confundido, fracasando en el intento de que sus palabras no sonaran tan tajantes.

—Asi es— asintió Konan, mi madre y la doctora Haruno eran muy buenas amigas. Solía cuidar de ella cuando aún usaba pañales, todos sabemos que el trabajo de un médico puede ser demandante.

Itachi intentaba procesar todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor. En escasos minutos se había percatado que Sakura era la única hija de Haruno Mebuki, una renombrada cirujana, formada en el Hospital General, que dedicó gran parte de su vida a mejorar los procedimientos quirúrgicos realizados en cardiocirugia. Se sentía un estúpido al no haber realizado la conexión con anterioridad.

—Es sorprendente que eligieras neurocirugía en lugar de cardiología como tu madre— comentó Nagato.

La pelirosa hilvano una sonrisa incomoda, encogiéndose de hombros dijo:

—Siempre encontré fascinante contradecir a mi madre.

La pareja rió ante el comentario.

—La oferta que te hice sigue en pie, Itachi— dijo Nagato al cabo de unos segundos, volviendo la atención al azabache.

—Gracias, pero no. Soy demasiado viejo para cambiar de hábitos— respondió con una sonrisa algo frívola.

—En cuanto a ti, Sakura, te resultara muy cómodo trabajar en el Hospital de Amegakure. Nuestro sanatorio siempre está abierto para las mentes frescas y jóvenes.

—Gracias, lo tendré en cuenta— aseguró Sakura, esta vez con una expresión forzada.

—Cariño, deberíamos ir a saludar a Tsunade— susurró Konan en su oído.

—Fue agradable charlar con ustedes, ahora si nos disculpan, continuaremos con la ronda de saludos— dijo Nagato, dirigiendo su andar hacia el centro del salón.

Tras la partida de su intempestivo invitado, ambos recayeron en una afonía consternada.

— ¿Por qué nunca mencionaste que eras hija de Mebuki Haruno?— se atrevió a preguntar, contemplándola con intensidad.

—Nunca preguntaste.


La gélida brisa otoñal lo recibió al salir de la estancia.

La gala casi llegaba a su fin, y por ende, era la pista que necesitaba para partir.

Shisui lo había abandonado horas atrás, argumentando que se sentía demasiado cansado para soportar una hora más en ese lugar, sin embargo, Itachi sabía que eso era mentira; no estaba extenuado, simplemente iría a reunirse con cierta rubia que lo tenía cautivado.

Asi pues, paso las últimas horas inmerso en conversaciones aburridas, lejos de la pelirosa, quien luego de su furtiva coincidencia, se vio obligado a prestar atención a las personas que clamaban desesperadamente un minuto a solas con él.

Esperaba encontrarla una vez más antes de marcharse a casa, aunque dada su suerte y la crueldad del destino, quizás tendría atisbo de ella hasta la mañana siguiente, en el hospital.

Resignado, se dirigió a uno de los valet, solicitando su coche.

Mientras aguardaba, escuchó a una chica recitar una serie de retahílas por debajo de su aliento, las cuales, posiblemente le valdrían ser excomulgada. Reconoció la voz de inmediato y sin dudarlo, echó un vistazo sobre su hombro, percatándose que se trataba nada más y nada menos que de Sakura.

Pensó que lo más apropiado era fingir no haber contemplado nada y marcharse, mas su conciencia se lo impediría. Sucumbiendo a los principios de caballerosidad inculcados por su madre, se acercó a ella y sin más, preguntó:

— ¿Pasa algo malo?

Por inercia, el cuerpo de la pelirosa se rió, encontrándose con unos ojos ónix que la examinaban de pies a cabeza.

— ¿Sería demasiado pedirte que solicites un taxi?— preguntó, llevando un mechón de cabello detrás de su oreja—, mi teléfono no tiene servidor, y la única cabina disponible se encuentra a un kilómetro de aquí.

— ¿Qué sucedió con tu madre?— indagó, lanzando un vistazo al vestíbulo, buscando el ínfimo atisbo de Mebuki Haruno.

—Se marchó hace unos minutos sin avisar— espetó ella, haciendo un esfuerzo sobrehumano para ocultar el temblor en su voz.

—Señor, su auto— anunció un chico detrás de él, haciéndole entrega de las llaves del coche.

—Puedo llevarte a casa si lo deseas— se ofreció.

Notó como la incertidumbre pasó por sus fanales esmeraldas. A Itachi no le resultó difícil conjeturar que la pelirosa libraba un debate interno.

—Está bien— accedió, vacilante.

Haciendo caso omiso del mal presentimiento que se filtraba en su pecho, Itachi se dirigió al automóvil; abrió la puerta del copiloto, permitiéndole ingresar a su hermosa acompañante. Pocos segundos después se unió a ella, poniendo el motor en marcha.

Mientras conducía por las calles semi alumbradas de la ciudad, su mente se desbordaba en indecisiones. El aroma de Sakura era embriagante, y eso estaba dificultándole la tarea de mantener la mirada fija en el camino.

La música proveniente del radio, llenaba la afonía inusitada, mas no incomoda.

—Gracias por llevarme a casa— replicó ella, acentuando el rubor en su rostro.

—No hay problema— respondió, oteándola por el rabillo del ojo.

El apartamento de Sakura se ubicaba en el centro de la ciudad; le tomaría cerca de treinta minutos realizar el recorrido. No obstante, lo que menos se le antojaba a Itachi era que la velada llegara a su fin.

La tentativa idea de invitarla a tomar un trago a su casa rondaba por su mente, desatando en la emoción y terror: ¿era capaz de cruzar ese límite?

Había mucho más que quería decir, ¿aquello significaba que seguirían contemplándose fuera del hospital?, ¿ella también lo quería?

Resuelto a no hacer caso a sus oscuros pensamientos, optó por realizar el resto del trayecto en silencio. A estas alturas de la vida podía estar seguro que no debía comportarse como un adolescente impulsivo. La curiosidad no vencería su sentido común.

La línea de apartamentos comenzaba a vislumbrarse, y en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba aparcando el automóvil en el estacionamiento designado a los visitantes.

—Hemos llegado— dijo ella, procurando enmascarar el tono de decepción. Colocó una mano sobre la manija, haciendo claras sus intenciones de marcharse—.Gracias por traerme, espero no haberte llevado muy lejos de casa.

—Está bien, no es ningún inconveniente— le aseguró, dedicándole una débil sonrisa.

La incomodidad comenzaba a disiparse. No era la presencia del uno o el otro lo que les perturbaba, sino lo que ambos eran capaces de hacer a solas.

—Luces muy bien esta noche— admitió ella de golpe, mordiendo su labio inferior.

Itachi notó como el calor se le acumulaba en las mejillas. Era la primera vez que escuchaba a Sakura recitar un halago, y para su desgracia, no sabía cómo responder a eso.

Antes de obtener una réplica, la pelirosa jaló la manija, manteniendo la puerta abierta, sopesando si debía proseguir o no.

—Te invitaría a subir a tomar un trago—susurró—, pero probablemente sería mal visto.

Otro escalofrió le recorrió la espalda al escucharla expresar su determinación a romper las reglas. Estaría encantado de pasar a su apartamento y no solo degustar un trago, sino también sus labios.

Armándose de valor, colocó una mano por encima de su rodilla, cerca de su muslo. Ella lo atisbó, sorprendida.

—Seria extremadamente mal visto— el tono de su voz no coincidía con sus palabras. Sonaba como si estuviese advirtiéndole que no lo tentara, que de no ser porque se encontraban en su coche y la situación fuese, un tanto o completamente diferente, el aceptaría su invitación.

Insegura, abrió la boca para responder, pero él la interrumpió:

—Buenas noches, Sakura.

La estudió por un momento, notando como sus pupilas se dilataban, su rostro seguía ruborizado. Descaradamente, descendió la mirada a sus labios entreabiertos, evidentemente expectantes al siguiente movimiento.

Más no lo hizo. En su defecto, apartó la mano de su muslo y se reincorporo en el asiento. Tan rápido como el hechizo se rompió, ella bajo del auto, y él la contempló precipitarse en la oscuridad de la gélida noche.

Continuará

No esperaba traer una continuación tan rápido, pero aquí esta, recién salida del horno.

Comenzando con la historia, me gustaría remarcar que hay algunos puntos a remarcar: 1) No será la primera ni la última aparición de Nagato, 2) No debemos olvidar a Sasuke y 3) La interacción entre Sakura e Itachi es más que tensa.

Como siempre, mil gracias por dedicar algo de su tiempo a leer y comentar. En verdad, sus reviews son importantes para mí, porque me indican si el rumbo de la historia es bueno o no. Craker, Dede, Ise, Dulcecito, gracias totales por hacerme saber su opinión respecto al fic, y también a todas las personas que se encargan de guardarlo en sus favoritos o darle follow, en serio, muchísimas gracias.

Sin nada más que añadir, espero que hayan disfrutado del capítulo. Espero leerlos pronto.

¡Hasta la próxima!

Shekb ma Shieraki anni