Lamento el retraso pero de verdad que las materias de la facultad se están volviendo cada vez más difíciles.
Capitulo 34 Mi pisada puede hacer temblar a la tierra.
Coloco el brazo de Milo tras su cuello y lo tomo con fuerza por la cintura, apresuro asustada su paso, mientras le miraba de reojo, Milo estaba realmente pálido, pero la sangre sobresalía de la comisura de su labio y de su nariz, podía sentir por el contacto de su cuerpo la elevada fiebre que tenía el octavo guardián, sin ni siquiera llegar a imaginarse el calor que debía estar provocando el mismo cosmos del escorpión en su corazón. – "Los caballeros de oro, no solo están predestinados a enfrentar a guerreros más fuertes si no que también pueden destruirse con las técnicas que deben desarrollar para hacerles frente". –
Shaina acelero su paso preocupada por Milo y se asombro a si misma de la angustia que le hacía experimentar el tan solo imaginar el perder al griego en sus brazos, nunca antes se había detenido a pensar en la efímera idea de que el escorpión muriese de nuevo, claro que cuando Milo enfrento a Ares y se le creyó muerto por algún tiempo, sintió una inmensa tristeza entremezclada con la rabia pues pensó que jamás podría preguntarle ¿Por qué la había besado? ¿Por qué la había elegido a ella?
Pero sus sentimientos fueron sustituidos rápidamente por felicidad cuando sintió su cosmos vibrar en el propio santuario, así que volvió a rodearse del mismo orgullo y dejo que el escorpión volviera a acudir a ella, deseaba que Milo la buscara, quería volver a pelear con él y provocarlo, pero el simplemente logro la forma de volver a besarla y vaya que ella disfruto de ese beso también, pues Milo no había retenido sus habilidades de buen besador con ella.
-¡Shaina! ¡¿Qué ocurre?! –
-¡Antiguo Maestro! ¡Milo está ardiendo en fiebre su y… - Dokho se aproximo hasta ella en grandes zancadas y tomo por el otro costado al joven guerrero, comprobando por sí mismo el calor que emanaba el cuerpo de Milo, pero al mismo tiempo, noto que del centro del pecho de Milo sobresalía un aura rojiza dorada, que sin duda era el mismo calor que estaba generando el corazón del griego.
-¡Shaina ve a por Athena y el patriarca, diles que es urgente! – Shaina titubeo en dejar a Milo, puesto que al separarse de él sintió que la preocupación acrecentó más en su alma y las lagrimas se agolparon en sus ojos, estaba asustada, por primera vez en su vida de verdad temía perder la vida del único hombre que la había logrado conquistarla no por una tonta ley, sino porque la había cautivado con su forma de ser. - ¡Ve Shaina!
Dokho observo a la joven dar unos pasos lentos y torpes como si estuviera dejando una parte de su alma ahí y luego la vio marcharse corriendo, tomo a Milo entre sus brazos y corrió con su cuerpo hasta la enfermería, no sabía porque el cosmos de su compañero estaba ardiendo de esa forma, pues según él, Milo no había nacido con la misma enfermedad que su antiguo compañero Kardia de escorpio, la cual termino consumiendo el corazón del antiguo caballero dorado.
-¡Camus! – Abrió de golpe la puerta del sanatorio y entro a una de las habitaciones con prisa, recostó en una camilla el cuerpo de Milo y le vació encima cuánta agua había en la habitación, con su cosmos apremio al francés y toco angustiado la frente del escorpión. Para su sorpresa el cosmos de Camus estallo en medio del sanatorio, liberando una corriente helada que entro velozmente a la habitación y descendió la temperatura varios grados, lo que lo hizo suponer que el acuariano estaba al tanto de la situación del porque Milo sufría de aquellas fiebres, puesto que dudaba que a Shion se le hubiera pasado comentarle que el actual caballero dorado de escorpión sufría la misma enfermedad que el escorpión del siglo XVIII.
-Antiguo maestro. – Camus entro con el ceño fruncido a la habitación con el semblante ligeramente consternado, pero rápidamente comenzó a descender la temperatura del cuarto, al grado que incluso él tuvo que rodearse de su cosmos para evitar la gelidez del ambiente. –Milo.
Camus se acerco hasta la cama donde reposaba el escorpión y le miro fijamente unos segundos, como estudiándolo, extendió su mano con cuidado hacia el pecho de su compañero donde antes había sobresalido el aura de calor del cuerpo de Milo y comenzó a proyectar de su mano un aire helado en un intento de reducir la temperatura del corazón del escorpión.
-Camus ¿Sabes el origen de estas fiebres? – Le interrogo, el francés giro serenamente su rostro hacia él y asintió aun manteniendo la proyección de su cosmos frio contra el calor que provocaba el de Milo.
-Sí. – Camus cerró su mano y disminuyo el uso de su cosmos, mientras afilaba su mirada para estudiar la reacción del cuerpo de Milo, que rápidamente comenzó a elevar de nuevo la temperatura, pues parecía que por fin Milo había perdido el control total sobre su cosmos y la forma en la que este estaba provocando estragos en su interior, Camus rápidamente volvió a bajar la temperatura y volvió a abrir su mano en el pecho de su mejor amigo para liberar su aire gélido. – Cuando Milo enfrento a Ares en las montañas, el utilizo una técnica llamada Antares ardiente, Milo supo de ella por su maestro, conocía la forma de realizarla, la cantidad de cosmos que necesitaba y las consecuencias que ocurrirían si no lograba dominarla.
-Camus esa técnica es mortal para los caballeros de escorpión, Milo no debió realizarla. – Camus simplemente le miro, pero no dijo nada. Camus entendía al igual que Milo las consecuencias de esa técnica pero la amistad de ambos sentaba sus bases sobre el respeto a las decisiones del otro.
-Siem…pre… estas…re…recibiendo regaños en…mi lugar Cam… - Milo abrió lascivamente ambos ojos y observo el rostro sereno de su amigo, pero pronto distinguió la preocupación en sus ojos, que sin duda Dokho ni siquiera había notado.
-Milo. –
-Antiguo maestro no teníamos otra opción en ese momento, además creí que podría dominarla eventualmente. – Milo tomo la muñeca de Camus y negó, fijo sus ojos azules en los de su amigo y le miro de forma suplicante que parara de enfriar su corazón, Milo sabía que este no podría resistir más el calor y eventualmente se iría acelerando su ritmo cardiaco hasta que el fuego en su interior destrozase todo. – No hay cura para esto, Dokho lo ha dicho y no tienes porque desgastar tu cosmos en mí.
-Eres mi amigo, Milo, no es una molestia. – Aunque le doliera creerlo lo sabía, el cosmos de Milo parecía que no volvería a templarse y por el contrario continuaría elevándose cada vez más, aun a pesar de la ayuda que él pudiera proporcionarle.
-Cam, sabia las consecuencias de esto, simplemente déjalo destrozarme por dentro, tu ya hiciste suficiente, además si continuas bajando la temperatura lograremos que el anciano maestro contraiga una neumonía. – Milo sonrió por unos segundos pero las dolorosas pulsadas sobre su corazón le obligaron a bórrala rápidamente.
-Milo, aún puedo descender más la temperatura, aún puedo ayudarte a controlarlo. – Camus fijo sus ojos zafiros en su amigo.
-¿Y cuando ya no puedas Camus? Sé que esta vez no va a ceder, es demasiado intenso.– Milo no se estaba rindiendo, él jamás haría algo como ello pero tampoco quería que Camus forzara su cuerpo, después de todo él galo también tenía una herida muy importante provocada por Ares y que casi le había atravesado el corazón.
-No sería la primera vez que nuestros cosmos se enfrenten Milo. – Camus se zafó del agarre de su compañero y apoyo su mano de nueva cuenta en el pecho del escorpión, comprobando como había aumentado la temperatura, la cual volvió a intentar contrarrestar con su helado cosmos.
Las miradas del escorpión y el acuariano se enfrentaron por unos segundos, sus labios permanecieron sellados, sin embargo Dokho estuvo seguro que ambos caballeros dorados intercambiaron varias ideas respecto a ellos con tan solo observarse, vislumbro una gélida y dura mirada por parte del francés a su amigo y la típica travesura y bravura en la de Milo.
-¡Milo! – La puerta se abrió de golpe y Saori se adentro rápidamente a la habitación, como si el mismo Hades la viniera persiguiendo, se lanzo a los brazos musculosos del escorpión y le abrazo, hundiendo su rostro en el pecho de su octavo guardián, las lágrimas se agolparon en sus ojos y una cristalina gota resbalo por su mejilla.
Camus no disminuyo ni por un segundo su cosmos, más sin embargo se irguió de la cama para darle más espacio a la princesa y se coloco aun lado de Dokho solo para observar como el patriarca y la amazona de plata de cobra se introducían a la habitación con el rostro lleno de consternación y preocupación por el santo.
-Estoy bien Athena. – Milo expreso la mejor sonrisa que el dolor le permitió hacer y acaricio el largo cabello de la deidad. Saori se alejo de él y tomo su rostro entre sus manos, clavo sus ojos azules celestes en los zafiros del escorpión rebuscando su mirada con intensidad.
Milo sonrió ampliamente al recordar la primera vez que había visto a Athena entrar por la casa de escorpión y la mezcla de vergüenza-felicidad que le embargo en ese momento, se alegraba mucho de haber podido conocer a la diosa de la sabiduría y servir a su nombre, pero más allá de eso se sentía bien el haber podido llevar una relación de amistad con ella y poder conocerla no solo como la niña insegura y desconfiada que llego siendo al santuario y que le declaro la guerra a todos, si no como en la mujer que se había transformado, una diosa guerrera benevolente y valiente.
-No llores Athena. – Milo limpio con el dorso de su dedo el surco acuoso que había dejado el dolor de la diosa y la miro fijamente. – No me voy a dar por vencido tan fácilmente. – Intento animarla.
Dokho intercambio una rápida mirada con Shion y Camus, aún cuando Milo intentara controlar su propio cosmos este tarde o temprano volvería a salirse de control y terminaría consumiendo la vida del escorpión, pues ni el cuerpo ni la sangre de Milo estaban siendo capaces de aguantar la temperatura generada en su interior. El Antares ardiente siempre había sido la técnica prohibida para los santos de escorpio y Milo había osado en usarla.
…
Se miraron los unos a los otros frunciendo con preocupación y desesperación el ceño y no era porque aquella fuera la primera vez que uno de ellos terminara en situaciones de gravedad o estuviera al borde de la muerte, si no porque jamás creyeron que los soldados de Ares o los titanes hubieran tenido tanta facilidad para entrar al santuario y arrinconar a Saori y a ellos en el salón patriarcal.
-Jamás creí que hubiera un enemigo más temible que el mismo Hades. – Shiryu se acerco hacia Shun y coloco su mano sobre el hombro del caballero de Andrómeda que volteo a verlo con aquellos expresivos ojos verdes y le sonrió a medias. – Incluso los caballeros dorados han tenido dificultades en sus batallas y han salido heridos de ellas.
-Aunque nos cueste reconocerlo, los santos de oro han cargado la mayor parte de esta guerra en sus hombros. – Hyoga se encontraba recargado en el marco de la puerta, mantenía sus brazos cruzados sobre su pecho y los ojos cerrados, suspiro tranquilamente y miro de reojo a sus amigos, que rodeaban la cama donde Ikki se hallaba recostado curándose de las heridas provocadas por las bersekers.
-Por primera vez el enemigo nos sobrepasa en fuerza. – Admitió pesimista Shun acercándose a la cama donde su hermano descansaba.
-¡Shun! ¡No digas eso! – Seiya vocifero desde el rincón del cuarto y es que el nipón se había escapado de su cama una vez que comenzó a recuperarse del impacto que había sufrido con Scatha. – Siempre nos hemos enfrentado a enemigos más fuertes, que nos superaban en cosmos y en número y nunca nos rendimos, esta ocasión será igual, ya verán.
-La única diferencia Seiya es que esta vez no vamos a combatir a un dios, ya nos enfrentamos a Cronos y ni siquiera hemos logrado herirle, si Aioria no hubiera estado ese día… - El pelinegro guardo silencio, al ver como sus amigos descendían la mirada y como estas se ensombrecían al recordar aquel día. Aun cuando fueran caballeros divinos, su cosmos no había logrado herir a Cronos ni una vez. No importaba a cuantos titanes o soldados enfrentaran y lograran vencer, al final del día el verdadero enemigo siempre seria Cronos, un ser intocable para los humanos.
-Seiya tiene razón Shiryu, las posibilidades que teníamos de ganar siempre fueron nulas y aún así triunfamos, esta no será la excepción. – Shun sonrió cálidamente a sus compañeros y les dedico una mirada llena de compresión, si alguien en ese grupo reconocía los temores y los sentimientos de los caballeros de bronce, ese era Shun.
-Para ganar siempre hemos sacrificado a muchos de nuestros amigos, una victoria a base de vidas. – Hyoga lanzo una dura mirada hacia el peli verde y Seiya, que la comprendieron a la perfección. – Si llegamos hasta aquí, fue porque muchos se sacrificaron por nosotros.
-Lo sé Hyoga y también entiendo que Shiryu tiene razón, pero no voy a defraudar a Saori, ni me rendiré ante Cronos y nunca lo hare porque sé que estoy en deuda con aquellos que confiaron y se sacrificaron por mí. – Seiya se acerco al caballero de cisne y le puso lentamente la mano en el hombro, haciendo que Hyoga le clavara aquellos fríos ojos zarcos que cada día que pasaba se asemejaban más a la dura mirada de Camus.
-Si muchachos, Ikki se recuperara pronto y los cinco volveremos a combatir para defender a la señorita Saori. – Shun volvió su vista gentil hacia Shiryu, para animarlo.
-¿Acaso ya les da miedo pelear? – Ikki abrió lentamente los ojos y sonrió sarcásticamente a sus compañeros, que se alegraron al verle despierto.
-¡Hermano! – El peliverde sonrió al ver a su hermano consciente y no pudo evitarlo y le abrazo, muy a pesar de que a Ikki siempre le molestaran los abrazos.
-Qué bueno que te encuentres bien Ikki. – Seiya se acerco al par de hermanos y se sentó en la cama de al lado, extendiendo su brazo para tomar el hombro del caballero del fénix el cual estrecho.
Hyoga y Shiryu intercambiaron una intensa mirada y es que ambos habían analizado la situación a detalle y habían reparado en una sola cosa; los santos dorados en los anteriores combates jamás habían sido heridos con fuerzas tan destructivas como la de Ares, Hyperion, Cronos, Triptolemos y los demás titanes, lo que demostraba que aquella guerra tendría peores repercusiones que las batallas pasadas. Y es que Seiya y Shun estaban ignorando el poder destructivo que Cronos había recuperado en el monte Parnaso, un poder tan grande que había provocado que Athena y los santos dorados se retiraran del lugar, ellos no temían a pelear contra el titán, muy al contrario les urgía terminar con todo aquello, pero les preocupaba los planes de un ser que había sido capaz de comerse a sus propios hijos y al que los mismos dioses temían.
…
Miro atentamente la fachada del sanatorio con cierto recelo, nunca había creído en la medicina que los humanos habían aprendido de su hermano Apolo, ya que esta era limitada, se ataba a la misma vida mortal y a sus impedimentos. Suspiro suavemente y avanzo hacia la entrada del recinto blanquecino que se encontraba entre la espesura de aquellos bosques griegos. Pronto noto que atraía la mirada de doncellas, guardias y cuanta persona estuviese en aquel lugar y ella lo sabía, los humanos habían perdido la esperanza en la bondad de los dioses, como ellos mismos creyeron que en esos seres mortales solo había ambición.
Elevo un poco su cosmos para rastrear a sus ángeles, pero también percibió la energía de Athena con uno de sus santos, la del patriarca y los tres santos dorados que la habían acompañado por el infierno, agacho el rostro y su cabello cayo a los lados de su rostro ocultando las facciones de su rostro y se permitió expresar en ese momento una sutil sonrisa, nunca creyó que se alegraría de ver a salvo la vida de un humano que no fuera la de Orión, pero de verdad que agradecía al destino que Cáncer, Sagitario y Tauro se encontraran bien.
Avanzo por el largo pasillo que se alzaba rodeado de imponentes columnas, hasta la habitación donde sintió el destello de energía de Icaro, Odysseus y Thesseus, arrugo levemente la nariz al percibir el cosmos de aquella molesta amazona que se creía hermana de Icaro y elevo una centésima parte de su cosmos para que la amazona la detectara y saliera de la habitación.
-Buenos tardes, diosa Artemisa. – Una sonora voz salió de uno de los cuartos que se encontraban por el pasillo y de entre la penumbra de la habitación pudo distinguir la alta figura del santo de tauro, que se acerco hasta ella e hizo una ligera reverencia con la cabeza a modo de saludo. – Me alegra verla bien.
-Aldebarán de tauro. – Se sorprendió a si misma respondiendo con una sonrisa al saludo del santo. – Veo que ya casi has sanado todas tus heridas.
-Sí. – El brasileño se llevo la mano atrás de la cabeza y se rasco la nuca apenado. – Los curanderos del santuario han hecho un excelente trabajo.
-Eres demasiado fuerte como para dejarte vencer por las heridas de un semidios. – Reconoció la deidad de la luna.
-No soy al único al que ese viaje ha vuelto más fuerte. – Aldebarán agacho un poco el rostro y dibujo en sus labios una media sonrisa a la deidad que rápidamente desvió sus ojos del caballero para observar la hermosa fuente del jardín. Artemisa entendió perfectamente la indirecta que el santo le había expresado.
-Bueno digamos que tuve una muy buena ayuda en el inframundo y creo que se puede obtener más valentía y fuerza de la sabiduría de un alma mortal y humildad en un corazón humano, que encontrar eso en el tiempo y la soledad. – Artemisa volvió su penetrante mirada ámbar hacia el santo y en esta ocasión retuvo su mirada. Aldebarán le había dicho que su mirada mostraba melancolía cuando habían estado juntos en el inframundo y aunque ella misma se había negado a mostrar sus sentimientos frente a su hermano y los otros dioses, no pudo evitar que en su interior se encerrara una gran tristeza, una que el caballero de tauro había notado con tan solo mirarla a los ojos. – Tu mismo me lo dijiste en aquel entonces caballero, las circunstancias son las que cambian nuestra alma.
-Pues me alegra mucho que las cosas le estén favoreciendo, diosa Artemisa. – Aldebarán sintió un golpe en la pierna y como unas manos se aferraban a esta, volvió su rostro solo para encontrarse a Teneo, que se aferraba a él y miraba curioso a la hermosa diosa frente a él. Aldebarán reparo que aquella era la primera vez que Teneo miraba a otro dios que no fuera Athena y vio en los ojos del pequeño una mezcla de sorpresa que intentaba ocultar el temor y hasta cierta parte la desconfianza que cada ser humano podía sentir hacia un ser superior. – Teneo ella es la diosa Artemisa…
-La diosa de la luna. – Menciono impresionado extendiendo su mano hacia la rubia.
-Diosa Artemisa él es mi alumno Teneo y aprendiz a caballero de tauro. – Artemisa bajo la mirada hacia el pequeño niño que mantenía alargada su mano hacia ella, no recordaba la última vez que había tenido contacto con un niño mortal, ni siquiera podía traer a su memoria a algún niño de su pasado, antes de que se aislara de la tierra y se refulgiera en la oscuridad del templo de la luna.
-Hola Teneo. – Artemisa tomo la mano del niño, se agacho para quedar a la altura del pequeño y fijo sus ojos mieles en los del aprendiz, mientras le sonreía con ternura. – Debes de sentirte orgulloso al tener a un caballero dorado como tu maestro y que ese sea el santo de Tauro. – Artemisa acaricio el cabello del pequeño y miro hacia Aldebarán.
El caballero por su parte sonrió complacido al ver a la diosa que se había mantenido distante, fría y hasta cierto punto cruel en el inframundo, se había tornado compasiva y alegre, pues aquel día la había visto sonreír, más de lo sonrió en el infierno y los ojos de la deidad habían cambiado por completo, la melancolía que una vez se ocultaba tras una mirada dura se había vuelto curiosa, como si pretendiera recuperar el tiempo que se había mantenido indiferente al mundo, se mantenía de la misma forma que antes seria y fría hasta cierto punto, pero con un poco de calidez y amabilidad podría brotar de los labios de la rubia una hermosa sonrisa, muy parecida a la que Athena expresaba cada vez que estaba con Pegaso.
-Bien, espero te recuperes pronto Aldebarán. – Artemisa se irguió de nuevo, hizo una ligera inclinación de cabeza y se retiro por el pasillo en dirección hacia la habitación de sus ángeles.
Artemisa cerro sus ojos con tranquilidad y suspiro con una inmensa paz, desde que habían vuelto del inframundo ella misma se sentía que había cambiado, sin embargo sentía que también había vuelto a ser la misma diosa de la era del mito, como si volviera esa diosa joven, que era capaz de confiar y amar.
Entro a la habitación y sus ojos rápidamente se abrieron para clavarse en la amazona que aun continuaba al lado de Icaro, sosteniendo su mano entre las suyas, lo cual le molesto, así que desvió su mirada hacia sus otros dos ángeles dándole tiempo a la amazona para despedirse y dejarla a solas con ellos.
-Thesseus, Odysseus ¿Cómo se encuentran? – Se acerco a ambos ángeles que rápidamente hincaron una rodilla frente a ella y agacharon sus rostros, llevando su mano derecha hacia su corazón. – Veo que ya se sienten mucho mejor. – Les sonrió cálidamente y les indico a ambos que podían levantarse. Thesseus permaneció fielmente de pie a su lado, mientras Odysseus recorrió la habitación hasta la cama donde se encontraba Icaro y clavo sus ojos oscuros en el cuerpo herido de su compañero, al tiempo que elevaba su cosmos para intentar conectarlo con el del pelirrojo, para ayudarlo a despertar.
-¿Quién? – Marín estaba de pie dándole la espalda a Artemisa y Thesseus, su voz sonó ronca por todas las emociones que sentía en ese momento, sus ojos permanecían ocultos a Odysseus debajo de su flequillo pero tenía ambos manos empuñadas ante la impotencia que sentía en ese momento. - ¿Quién le ha herido? – Demando.
-Radamanthys de Wyvern. – Artemisa alzo su rostro con superioridad y recorrió la distancia que le separaba de Marín, se coloco aún lado de la amazona y le miro de reojo. – Icaro ya no es un niño al que debas cuidar Marín, debes liberarte de esa carga, el ya no es el Touma que conociste en tu infancia, el ya no es tu hermano…
-¡Te equivocas! – Le ladro la pelirroja en la cara a la deidad que ni siquiera retrocedió ante la agresividad que despertó en la guerrera, muy al contrario permaneció imperturbable. - ¡Tal vez para los dioses los lazos de sangre no signifiquen nada, pero para los humanos si y él siempre va a ser mi hermano, no me importa si le lavas el cerebro una y mil veces, el no es Icaro, ni siquiera se llama así y no pretendas borrar sus recuerdos y quien es de esa forma! ¡Su nombre es Touma! –
Artemisa reparo en la furia que se mostraba en los orbes zarcos de Marín, unos ojos tan parecidos a los de Icaro, a no ser por la rabia y el enojo que destilaba los de la amazona, quien había apretado los puños a tal grado que se había clavado las uñas en la palma de su mano y de estas resbalaba un hilillo de sangre.
-Tu enojo no cambiara nada, Marín. – Artemisa le dio la espalda a la amazona sintiendo como el cosmos de esta se elevo peligrosamente, pero muy al contrario de responder a la provocación de la guerrera se sentó sobre el borde de la cama de Icaro y acaricio con su mano los mechones de cabello rojizo desplazándolos a un lado. – Icaro ya no es un tu hermano pequeño, él ya es todo un hombre y tu no debes culparte de lo que le pasa, ni pretendas tomar venganza por él.
-Jamás dejare de preocuparte por él. – Marín frunció la nariz molesta de que aquella diosa volviera a interponerse entre ella y su hermano, ya se lo había arrebatado una vez y no dejaría que la volviera a separar de ella. - ¿Acaso el dios del sol no la ha protegido desde la era del mito?
-Sí y es por ello que se lo sofocante que puede ser Marín, no siempre vamos a ocupar que nos defiendan, que se inmiscuyan en todos nuestros problemas, debes aprender a respetar su decisión y si esa es, ser uno de mis ángeles, debes guardar silencio ante su petición y dejarle librar sus propias batallas. – Artemisa no pretendía darle una cátedra a la joven nipona sobre la relación que debían llevar con su hermano, pero si esta quería acercarse a Touma, alguien debía enseñarle a medir su distancia, pues el brusco acercamiento que la amazona había tenido con él, lo único que había originado era que este se alejara de ella.
Artemisa permitió que Marín difiriera sus palabras, frases que estaban llenas de pura verdad y que ella siempre había deseado decirle a Apolo, no por el hecho de ser gemelos debían permanecer uno sobre el otro, al grado de limitarlo, ella siempre había dejado a su gemelo alejarse de ella y ascender tal y como el sol lo hacía, pero Apolo no le permitía volverse independiente, tanto como la luna lo era del sol.
Deslizo su mano sobre el rostro de su ángel haciéndola descender por el cuello hasta el pecho en una cálida caricia, provoco en su interior un destello de su cosmos y creó una aura blanquecina azulosa que rodeo su mano, los pequeños halos que brotaban de esta, ingresaban al cuerpo del pelirrojo, sanando las heridas más notorias del guerrero y a la vez conectando su cosmos con el de Icaro para ayudarlo a despertar.
-Me preocupo por él, porque soy lo único que le conecta con este mundo, la única que puede ayudarle a recordar quien realmente es. – Suspiro la amazona, comprendiendo por fin porque Touma no la había buscando cuando Artemisa había decidido ayudar a Athena y permanecía en el santuario, tal vez Artemisa tenía razón y Touma no era el mismo niño que ella recordaba, pero era su hermano y deseaba conocer la nueva faceta de él.
-Todo a su tiempo, amazona de águila, porque lo que más deseo para Touma es que vuelva a integrarse a la vida de la tierra. – Odysseus y Thesseus se miraron en silencio, pues ellos siempre habían comprendido que por más que se esforzase Icaro, no pertenecía al ejercito celestial ni merecía renunciar a la vida para poder cumplir con su objetivo, Artemisa separo su mano con cuidado del pecho de Icaro y retiro algunos mechones rojos de su rostro con cariño antes de levantarse, Marín abrió los ojos con sorpresa al escuchar a la deidad expresar sus verdaderos sentimientos, que no reacciono hasta que le paso por un lado para después salir de la habitación, justo cuando los orbes azules del ángel se abrían.
…
Afrodita lo había ayudado a llegar a la enfermería antes de que volviera a sumirse en la inconsciencia, no sabía como Athena había logrado que volviera a la vida, una vez más, pero de lo que si estaba seguro es que la muerte no le deseaba a su lado, pues aquella ya era la tercera vez que volvía a la vida. Pero muy en el fondo sabía que su misión iba más allá que solo dar la vida por Athena o peleando por las convicciones de su diosa, siempre que su vida llegaba a la frontera entre la vida y la muerte, sentía una extraña mezcla de sentimientos que le indicaban que dejaba algo pendiente.
Sus parpados se elevaron despacio, mientras su vista se volvía a ajustar a la luz y al lugar, pues su visión aun era algo ennegrecida, seguramente por los golpes que había recibido en la cabeza, su peor miedo no era terminar ciego, Shiryu andaba muy bien sin vencer, lo más fatídico que podía pasarle era acabar como Seiya por tanto golpe.
En su rostro apareció una sonrisa maliciosa ante su cruel pensamiento acerca de Pegaso, pero pronto su felicidad se vio mermada al apreciar a los pies de su cama un gran ramo de rosas, por lo que arrugo la nariz con desagrado e hizo un mohín con la boca, seguramente Afrodita las había dejado para molestarlo, pues estas habían inundado la habitación con un terrible olor a flores. Se vio tentado a tumbar el garrón con su pie pero pronto reparo en la presencia de un cosmos débil que se encontraba en la habitación.
Giro su rostro sorprendido hacia la esquina del cuarto, donde reposaba en sus paredes un sillón, en el que se encontraba dormida Lucia, apoyando su cabeza ladeada en el respaldo y en sus piernas estaba Dailos que descansaba su cabeza en el rostro de su hermana y se hallaba en su regazo medio acurrucado. Parpadeo varias veces al ver a ambos en la habitación, ambos tenían grandes ojeras bajo sus ojos y claramente se veía que se habían pasado en esa posición duramente mucho tiempo.
-Han estado aquí desde que te trajimos. – Afrodita apareció en el marco de la puerta y sonrió de lado, mientras le hablaba vía cosmos para no despertar a los jóvenes. – Ambos estaban en tu casa, cuando volviste del infierno, así que posiblemente les has dado un susto de muerte, aparte de que posiblemente has traumado a tu alumno para toda su vida.
-No sería santo de cáncer en un futuro si no arrastrara un trauma. – Mascara de la muerte se apoyo sobre sus puños para intentar reincorporarse pero le sobrevino un intenso mareo, que le obligo a cerrar los ojos para no vomitar.
-¿Te sientes bien? – Para Afrodita no escapo la molestia que reflejo por unos segundos el rostro del italiano, que rápidamente se volvió a dejar caer sobre la cama y recargo la cabeza en la almohada, clavando sus orbes azules en el techo de la habitación.
-¿Rosas? ¿De verdad? – Mascara de la muerte desvió la conversación pues no quería preocupar a su mejor amigo, que sin lugar a dudas había estado a su lado desde que le ayudo en la casa de cáncer, pues a su afilada vista no había escapado las ojeras que se asomaban bajo los ojos del sueco y la palidez de su rostro.
-Yo no las traje. – Afrodita tomo una silla por el respaldo y la levanto despacio, cuidado de no producir ningún ruido que despertara a la doncella y al aprendiz de cáncer, la acerco hasta los pies de la cama de su amigo y la deposito delicadamente en el suelo, para después sentarse. – Athena es quien las ha recogido para ti.
-¿Athena? – Levanto la cabeza con interés, reteniendo la mirada del doceavo guardián que no mostro ninguna mueca que le indicara que le estaba mintiendo.
- Al parecer el rey y la reina del inframundo, te consideraban un premio por demás glorioso y han puesto tu vida a cambio de un trato con Athena. – Afrodita frunció los labios hacia un lado, se cruzo de brazos y volvió su vista hacia la ventana, con tal de evitar observar las reacciones de cáncer.
-¿Qué se ha ofertado a cambio? ¿Por qué dejaste que tomara esa decisión? ¡Maldición Afrodita! ¡Mi vida nada vale, no debieron aceptar ningún trato con ellos! ¡Debiste detenerla! – Mascara se reincorporo de golpe, ignoro el abrupto vértigo y las nauseas que le sobrevivieron y es que le exasperaba de sobremanera que Athena se arriesgara tanto por ellos y más por él, si fuera el caso de Aioria, Mu, Shaka, Aioros o Milo, no dirían nada, ellos habían demostrado ser santos ejemplares y leales a la diosa, pero ¿Él? Quien había asesinado en nombre de otro, quien le dio la espalda y la traiciono.
-A mí también me sorprendió, Athena solo me dijo que no todo estaba perdido, antes de que sintiera que su cosmos desaparecía del santuario, cuando volvió a despertar tu también habías recuperado tu cosmos. – Sabia que el italiano iba a reaccionar de esa forma tan imprevista e impulsiva, por lo que opto por hablar despacio para intentar tranquilizarlo, mientras le explicaba los fines de las acciones de Athena.
-¡Es que no entienden, Persefone es una perra en toda la extensión de la palabra y ella debió… -
-Athena trato directamente con Hades. – Le interrumpió. – Él le volvería a otorgar tu vida a cambio de que la diosa Persefone fuera librada de todos los cargos que cometió contra los dioses.
-¿Qué? – Sus emociones se entremezclaron en su interior, podía sentir una cierta paz porque al menos a Athena no había arriesgado tanto por alguien como él, pero también sentía una inmensa furia y enojo de que Persefone fuese a salir bien librada de aquel conflicto sin enfrentar una represalia por sus acciones. Afrodita guardo silencio para permitirle al italiano asimilar todo lo que había pasado mientras su vida se disputaba entre la vida y la muerte.
-Los dioses del inframundo supieron jugar sus cartas. – El santo de Piscis se levanto y avanzo hacia la ventana, fijando su vista en el inmenso bosque que se encontraba tras aquel marco de mármol. - ¿Supiste lo que deseaba ella de ti?
-No. – Mascara elevo su rodilla y recargo su brazo sobre esta, mientras se apoyaba en su otra mano para no caer hacia atrás, suspiro con pesadez y miro preocupado a su amigo, el interés que Persefone había mostrado hacia él le preocupaba de sobremanera, pues mientras no encontrara la consecuencia hacia esa tan anhelada invitación, hacia ver esa propuesta tan amenazante como tentadora. – Intentar averiguarlo me costó varios golpes y Persefone me quiso obligar a comer la granada amenazando con terminar la vida de Aldebarán.
-No solo fueron tras la vida de él. – Mascara volvió su rostro hacia su mejor amigo, pensando que Persefone también había ido tras él, con el objetivo de usarlo como rehén, pero la fría mirada de piscis le indico que claramente él no fue contemplado para ese papel. – Un espectro ataco a tu aprendiz, pretendía usarlo contra ti.
-Bueno ahora me alegra que mejor haya sido Aldebarán pues si hubiera sido él… tal vez yo… - Titubeo volteando a ver a su alumno, tenía muy poco tiempo de conocer a ese niño, pero sin duda le había tomado cariño y estaba seguro que arriesgaría su vida para salvar la de él, pues ese niño seria el próximo santo de oro y quien tal vez lograra iluminar, la oscuridad en la que se había consumido el signo, el templo y el guardián de cáncer, ese niño iba a ser quien limpiara el nombre de los santos de cáncer.
-Jamás ni tu ni ningún santo de cáncer debe aceptar ese trato. – Afrodita reprendió con una dura mirada a su compañero, que le miro desconcertado ante el cambio tan severo en el semblante del pisciano. – Si tú de verdad vendieras tú alma a Hades, la cuarta casa se transformaría en la puerta de entrada del inframundo a la tierra, una ventaja que Hades no desaprovecharía pues podría sorprender a Athena y al santuario mismo en el momento que él lo desease.
-Persefone planeo las cosas mejor de lo que pensé. – Mascara de la muerte, agradeció mentalmente al destino de que no hubiese aceptado aquel trato con la reina del inframundo, pues estaba seguro que si él hubiera pactado algo con ella, no solo cambiaria de bando si no que él ya no sería el mismo, pues siempre había creído que aquellos espectros que servían a Hades, eran influidos por el cosmos de este para actuar de forma atroz sin ningún remordimiento. – Entonces todo te lo debo a ti, si tu no hubieras ayudado a Dailos, el signo de cáncer estaría perdido.
-No creo que puedas volverte más oscuro de lo que ya eres. – Afrodita miro por el rabillo del ojo a su compañero, mientras sonreía victoriosamente. Mascara no era capaz de expresar un simple gracias y aquello había sido el mejor intento de darlas, pero aún cuando él lo hiciera, piscis era demasiado orgulloso como para aceptar que ayudaba a alguien porque le importara. – Además tan solo iba pasando por ahí y en vista de que no he destruido a ningún espectro, simplemente no desperdicie esa oportunidad.
-Hubieras llorado si moría. – Se burlo el caballero de cáncer de su mejor amigo, que se levanto de su silla con altivez y camino hacia la puerta para marcharse. Mascara supo al instante que Piscis haría su desaparición triunfal con una frase hiriente así que se preparo para contrarrestarla.
-Mi amigo, eres la yerba más mala que conozco y créemelo, hay yerba por la que no vale la pena llorar. – Afrodita le dio la espalda, al tiempo que alzaba una mano para despedirse de él, escucho una ligera risa lastimera por parte de cáncer, lo que lo hizo detenerse en el marco de la puerta y volver con una sonrisa sarcástica hacia el italiano. – Pero me alegra que estés vivo, pues esta vida sería más aburrida de no tener a un psicópata como amigo.
-Tienes que tener a alguien con quien compartir tus gustos raros. – El cuarto guardián miro como su compañero acepto y compartió ese pensamiento con él, pues más allá de que ambos hubieran descubierto a Saga siendo el impostor del patriarca tenían un pasado demasiado negro, lleno de violencia y sangre que les unió, haciéndolo una de las amistades más cercanas del santuario, tanto como Acuario y escorpión lo eran.
-Maestro… - Dailos abrió los ojos y comenzó a tallar uno de ellos para ver si estaba bien despierto mientras observaba al caballero dorado de cáncer, la suave voz del niño despertó también a la joven que abrió sus dulces ojos para posarlos sobre el santo. – Maestro ¿Cómo se siente? – La cara adormilada del pelirrojo rápidamente fue sustituida por una inmensa alegría que le hizo brincar del regazo de su hermana y correr hasta la cama.
-Yo estoy bien… - Mascara volvió su vista hacia el marco de la puerta, pero Afrodita ya había desaparecido de ahí, sonrió débilmente y regreso su mirada hacia el pequeño niño, que parecía haberle perdido todo el miedo, pues estaba casi sentado ya sobre el borde de la cama. Cerró los ojos con suavidad mientras le agradecía mentalmente a su mejor amigo.
Afrodita no era el mismo santo que había peleado en la guerra santa y eso le alegraba, pues se daba cuenta que Piscis se había abierto a lo que la vida y el destino le trajera en aquella nueva oportunidad. Y él debía hacer lo mismo.
…
La gran pisada hizo que los pájaros huyeran de las copas de los arboles que se vinieron abajo ante aquella sacudida que partió sus raíces y los hizo desplomarse bruscamente contra el suelo, un segundo golpe como si una piedra se hubiera estrellado volvió a resonar en la profundidad de aquel bosque, mientras desde las lejanías no solo se percibía el eco de aquellos golpes si no que se veía como lentamente iban cayendo arboles que habían estado en esa tierra por decenas de años, dejando tras su destrucción una débil columna de tierra que se alzaba al cielo para difuminarse con el aire y perderse entre los haces de luz dorada.
-¿Qué diablos está ocurriendo haya? – Capella de Auriga se inclino hacia delante sobre la piedra en la que estaba parado y le separaba de un prominente acantilado, afilo los ojos para intentar visualizar a través de la columna de humo pero lo único que percibió fue el graznido de las aves al huir y el estruendo de los troncos al fracturarse. - ¿Estás viendo eso Dio?
-No solo lo veo, también escucho que algo muy grande se está moviendo haya. – Dio de Mosca se deslizo montaña abajo y cuando lo creyó oportuno se agarro a una piedra que detuvo su caída y balanceo bruscamente su cuerpo, pero que le permitió al santo de plata observar más allá de lo que su compañero veía. – No puede ser…
-¿Qué ocurre? – Exigió saber Ptolemy de la flecha que había permanecido en silencio desde su lugar de vigilancia y es que Athena a pesar de haber dado la orden a los santos de Plata y bronce para actuar les había pedido que cada vez que realizaran las rondas en las cercanías del santuario formaran grupos de tres o más santos previniéndolos de que los enemigos que iban a enfrentar iban más allá de lo que con sus cosmos hubieran peleado antes y muestra de ello era como la orden dorada había salido tal vez victoriosa en cada combate pero en su mayoría todos habían salido gravemente heridos.
-No me lo van a creer. – Dio se apoyo con sus piernas sobre la piedra en la que se encontraba y dio un gran salto hacia arriba para volver a aterrizar al lado de sus compañeros, que le miraron exasperantes por una respuesta. – Esa cosa es más grande que Aldebarán.
-¿Qué? – Ptolemi y Capella compartieron una sonrisa a medias por la expresión de su compañero sobre el santo de tauro, pero le urgieron con la mirada que les dijera que había visto, pero esto fue imposible pues en ese momento un inmenso árbol hizo silbar el aire en su dirección por lo que los tres santos de plata tuvieron que brincar y separarse para evitar el impacto.
-¡¿Qué diablos ha sido eso?! – Ptolemy detuvo su caída, pues no había tenido otro opción que precipitarse por el barranco para evitar el golpe, afortunadamente bajo el había una saliente de piedra que freno su caída.
-¡Muéstrate! – Demando con autoridad Capella, percibiendo por primera vez un gran cosmos oculto entre las sombras de los arboles, obteniendo como respuesta un inmenso gruñido que le alerto en seguida, apareció en sus manos sus discos y comenzó a girarlos dispuesto a atacar. – ¡Estas en territorio de la diosa Athena, muéstrate de lo contrario nos veremos obligados a atacarte! –
-Es un gigante. – Dio que ya había logrado ver previamente el rostro de aquel ser, previno a sus compañeros que abrieron los ojos con sorpresa al escuchar aquello y comprendieron el porqué Dio dijo que aquella cosa superaba el tamaño de Aldebarán.
-No me importa que sea, si es enemigo de la diosa Athena nuestro deber es detenerlo. – Ptolemy brinco hacia el vacio para apresurar su encuentro con aquel ser mitológico, seguido por sus dos compañeros que fueron en pos de él.
-¿Detenerme? ¿A mí? – Otro árbol fue lanzado bruscamente en la dirección del trió de santos pero en esta ocasión el tronco se vio partido en dos a mitad del aire por uno de los discos de Capella haciendo que los dos trozos se precipitaran al suelo. - ¿Acaso ustedes posen hierro fundido para detener mi furia? – El estruendo risa de aquel gigante hizo al trió de caballeros mirarse preocupados al tiempo que se preparaban para el encuentro con él.
-¿Quién diablos eres? – Dio corrió hacia la entrada del bosque donde de verdad pudo visualizar los rasgos del gigante, antes de que este brincara hacia él con la intensión de aplastarlo, el estruendo de sus pies al golpear la tierra fue como si un rayo impactara el mismo suelo y levanto una inmensa columna de tierra.
-¡Dio! ¡Maldición! ¡Vamos! – Ptolemy miro a Capella y ambos se adentraron en aquella gran masa de humo para ayudar a su compañero, entre las tinieblas producidas por la tierra pudieron ver al gigante de aproximadamente tres o cuatro metros, permanecía estático como si los estuviera mirando por lo que ambos santos se detuvieron y prepararon sus técnicas.
-No saben con quién se enfrentan mortales. – Rio el gigante, un crujido fuerte se escucho como si el gigante acabara de romper otro árbol bajo sus pies, pero pronto Ptolemy contemplo como un árbol se dirigía a ellos dos.
-¡Capella! – Alerto a su compañero y es que el gigante había tomado el árbol como mazo y pretendía golpearlo con este, pero antes de que llegara a ellos, vieron como una sombra se poso sobre el tronce en movimiento y ascendió por el brazo del gigante hacia su cara, aquella sombra era Dio que había logrado esquivar al gigante por muy poco, evitando ser aplastado al ocultarse entre unos matorrales.
El santo corrió por la extremidad del gigante hasta su rostro y le impacto una tremenda patada en la mejilla, para después impulsarse hacia donde estaba sus compañeros, aquel golpe no hizo mayor efecto en el gigante, pero si logro dejarle enrojecida la piel y con una ligera escoriación producida por el cosmos del caballero.
-Los matare y luego los devorare. – Amenazo el gigante. La tierra se había dispersado y por primera vez los tres santos pudieron mirar las toscas facciones de aquel ser que les cuadriplicaba la estatura. – Mi nombre es Mimas y soy la antítesis del dios Hefestos, durante la era mitológica, poco después de la titanomaquia y el apresamiento de mis hermanos en el tártaro, Gea enfurecida por el trato a los titanes por parte de los dioses olímpicos, creo una nueva estirpe para vengarlos; los gigantes, un total de doce, uno para cada dios olímpico, con la capacidad de hacer frente a los dioses y semidioses. Y yo soy uno de ellos.
El gigante avanzo varios pasos hacia ellos, dibujando una sonrisa torcida en su rostro y sus ojos inyectados en sangre, se paso la lengua por los labios y se inclino hacia delante para poder observar mejor a los tres santos de Athena frente a él. – Yo, el gran Mimas fui el encargado de luchar contra el dios deforme; Hefestos, que hubiera caído ante mí de no haber sido porque el dios Ares intervino en su favor, lo que le dio oportunidad al dios de la herrería, para sepultarme bajo una capa de hierro fundido, mientras aún permanecía con vida. - Mimas lanzo un árbol hacia el trió de plateados, pues su plan había sido distraer a los santos con su relato para lograr golpearlos.
-Discos cortantes. – Capella deslizo con velocidad los discos en su dedo índice que lanzo hacia Mimas, pero en su trayectoria ambos platillos se volvieron hacia Dio y Ptolemy que tuvieron graves dificultades para esquivarlos a no ser porque Dio logro interponer un árbol entre él y el disco y Ptolemy utilizo sus flechas para frenar la velocidad del disco.
-¡Que patético santo! – Se burlo el gigante, tomo el árbol que usaba como mazo y golpeo con este a Capella que seguía absorto la trayectoria de sus discos preocupado por sus compañeros, lo que provoco que el golpe le diera de lleno y lo impactara contra el paredón tras ellos.
-¡Capella! – Ptolemy lanzo una descarga de su cosmos para distraer al gigante mientras Dio, se acercaba a su compañero y lo ayudaba a salir del campo de ataque de Mimas.
-En mi presencia ningún arma, aun cuando esta sea manejada por cosmos sale bien en mi presencia, todo se puede desviar, romper, perder, equivocar incluso los pensamientos. No pueden idear un plan contra mí porque este fallara, ni tampoco pueden acabar conmigo, porque son simples humanos, así que disfrutare desmembrándolos. – El gigante soltó el árbol que aun poseía en sus manos y se abalanzo sobre los santos de plata.
-¿Qué vamos hacer ahora Ptolemy? – Dio miro a su compañero de plata que cayó parado dándole la espalda a él y de frente al titán mientras rodeaba su puño de su cosmos. El santo de la mosca miro a Capella que estaba tosiendo sangre a su lado y se sostenía con fuerza las costillas.
-No vamos a rendirnos, esto apenas empieza. – Capella avanzo despacio hacia el gigante y se limpio la sangre de la comisura de la boca con el dorso de la mano, miro a sus dos compañeros tras él y les sonrió. – No vamos a hacer ninguna formación de batalla, hay que improvisar, el mismo nos ha dicho como derrotarlo.
-Perfecto. – Dio se inclino un poco hacia el frente y se lanzo corriendo de nuevo hacia el gigante, su cosmos comenzó a rodear sus dos piernas lo que le dio mayor velocidad, cuando estuvo a escasos centímetros de las piernas de este, brinco hacia su rostro y le planto una tremenda patada en el mentón. – Esto es por lo que le hiciste a Capella. - El gigante retrocedió varios pasos ante el impacto que le rompió el labio al gran ser que perdió el equilibrio entre las cortezas de los árboles y cayó estrepitosamente, aplastando con su cuerpo gran cantidad de arboles y fragmentando la tierra, que soporto su peso.
Dio sonrió triunfalmente y miro a sus compañeros tras él que continuaban analizando con sus ojos al ser mitológico, pues dudaban que con aquella patada fuera a ceder tan fácilmente y tal y como ellos lo pensaron, Mimas tomo una piedra que lanzo hacia el mexicano, quien se lanzo hacia un lado para esquivarla, a pesar del tamaño del gigante este fue demasiado veloz para el santo de plata y cuando menos se lo espero Mimas estaba frente a él y le planto tremendo manotazo que lo hundió en el suelo, a pesar de que el santo de la mosca intento detenerlo.
-¡Capella! – Ptolemy volvió a descargar una parte de su cosmos sin usar aun su técnica e ínsito a su compañero de Auriga a hacer lo mismo.
-Esta vez no. – Mimas arranco un árbol de raíz y golpeo con este a Ptolemy que rodo por el suelo hasta estrellarse contra el muro tras él, por su parte Capella no corrió con tanta suerte pues Mimas logro apresarlo entre sus manos, mientras se carcajeaba felizmente y lo apretaba. - Tú serás el primero.
-¡No si lo evito! – Jabu de unicornio brinco desde el acantilado hacia el gigante, dio una voltereta en el aire y extendió su pierna, la cual rodeo de su cosmos de forma muy similar a la que Dio había hecho previamente. - ¡Galope de unicornio! – El ataque del caballero de bronce golpeo el antebrazo de Mimas y logro provocarle una herida profunda en la cual se clavo la pierna del unicornio, quien posteriormente se propulso con sus brazos y golpeo directamente al gigante en un ojo con su pierna, produciendo que este soltara a Capella, quien cayó al suelo sofocado.
El alarido de dolor y furia del gigante era como escuchar el golpe de una tormenta contra tierra, Mimas retrocedió y se cubrió el ojo, por el cual comenzó a mermar grandes cantidades de sangre que corrieron a través de las comisuras de sus dedos.
-¿Todos se encuentra bien? – Jabu miro a los tres santos de plata que se incorporaban a duras penas, muchos de ellos no tanto al dolor o heridas que hubieran sufrido sus cuerpos, si no por la fatiga a causa de la falta de oxigeno, pues cualquier golpe del gigante, los sofocaba en gran medida. - ¿De dónde diablos ha salido esto? – Jabu puso sus manos en las caderas y miro asombrado al gran ser mitológico que se retorcía de dolor frente a él, sin duda la señorita Athena estaría muy orgullosa de él, si lograba derrotar a ese ser.
-No te confíes chiquillo. – Dio se acerco al joven y se coloco delante de él de la misma forma protectora en la que los santos dorados solían actuar con ellos. – Pudiera parecer un ser torpe pero no lo es.
-¡Maldito santo! – Mimas visualizo frustrado con su único ojo al santo de unicornio y se abalanzo sobre él, con la intención de destrozarlo bajo sus manos, Dio corrió hacia el gigante con la intención de alejarlo del muchacho pero pronto recibió un fuerte puñetazo que lo lanzo hacia las copas de los arboles.
-¡Jabu cuidado! – Ptolemy se acerco al muchacho que se había quedado sorprendido ante la velocidad de Mimas.
-¡Discos cortantes! – Capella sorprendió al gigante desde un ángulo diferente, pues no se esperaba que el santo de plata se reincorporara después de haber casi fracturado todos los huesos con sus propias manos, pero ahí estaba, los discos de plata sobrevolaron unidos el aire y cuando Mimas se percato de ello fue muy tarde, los platillos lograron cortar uno de sus brazos.
-¡Flecha fantasma! – Ptolemy aprovecho la oportunidad que Auriga le dio y exploto todo su cosmos logrando lanzar una inmensa cantidad de flechas doradas, que vanamente Mimas trato de detener con su brazo, ya que se dio cuenta que aquellas flechas amarillas eran tan solo una ilusión creada por el santo, así que recobro su objetivo de aplastar con su mano a ambos santos.
-¡Ahora es mi turno! – Dio apareció de la nada e impacto su rodilla contra la frente del gigante, de donde broto una gran cantidad de sangre que lo mando varios metros hacia atrás dejando a su paso un surco de destrucción y humo donde se sumió.
-¿Cómo es que ha podido ser tan rápido? – Balbuceo Jabu, aun sorprendido por la velocidad en la que el hijo de Gea se había abalanzado sobre él y de no haber sido por los santos de plata seguramente el ataque que Mimas había planeado contra él hubiera sido muy efectivo. Permaneció alerta al igual que los santos de plata que miraban insistentes dentro de la nube de humo intentando localizar al gigante y sintió su corazón detenerse cuando escucho como este volvía a erguirse y la fragmentación del suelo bajo sus pies.
-Ya es muy tarde. – Ptolemy suspiro tranquilamente y le sonrió de medio lado. – Entre esas flechas ilusitorias que lance, iba escondida una verdadera flecha dorada, la cual es mortal, ya que es capaz de sellar el alma de un dios. – El santo de plata, agacho el rostro al recordar que había usado aquel ataque contra su propia diosa y había estado muy cerca de acabar con su vida, más cerca que cualquier enemigo que Athena hubiera tenido, pues el casi estuvo a punto de impedir que Saori tomara posesión del santuario y si lo hubiera logrado la batalla de los 12 templos no se hubiera sobrellevado y Ares seguiría en el poder. – Esta flecha se irá clavando paulatinamente en el cuerpo del gigante hasta alcanzar su corazón y matarlo.
Jabu miro hacia el frente y pudo ver como los pasos de Mimas se enlentecían, hasta que este cayó de rodillas frente a ellos y se precipito bruscamente en el suelo aún con velocidad lo que produjo un gran boquete deteniéndose a escasos metros de ellos. Jabu miro en silencio a Ptolemy que permanecía sereno frente al gigante que aún conservaba en su rostro aquellas facciones iracundas y lascivas, como si tan solo hubiera caído en un profundo sueño y no en la pesadilla eterna de la muerte.
Jabu analizo con su mirada el tranquilo semblante de Ptolemy, había oído hablar del santo que estuvo a punto de acabar con Athena, pues este santo era lo más similar a Saga de géminis entre los caballeros de plata y bronce, pues de no haber sido por la intervención de otros, sus planes había funcionado contra la diosa. Aunque en este caso no dejaba de sorprenderle que un santo de plata poseyera entre sus técnicas semejante ataque, pues ni los dorados poseían un arma tan dañina para un dios, como la de él.
Dio se acerco hasta ellos cojeado ya que el haberle dado patadas al gigante le había provocado severas lesiones en la pierna izquierda y tenía varias heridas en el rostro y los brazos de las que manaba profusamente sangre que manchaba su armadura de un toque escarlata, pero aún así se acerco hasta ellos con una gran sonrisa.
Capella se dejo caer de sentaderas y se recostó abruptamente, extendiendo sus brazos y sus piernas a los lados, mientras elevaba su cosmos para ayudarse a sanar las heridas internas y los huesos fracturados, por los ataques del gigante, pero dibujo al igual que su compañero una pacifica sonrisa en su rostro.
-¡Qué bien se ha sentido esa descarga de adrenalina! – Rio alegremente Dio. - ¡Es emocionante volver a la acción! Agradezco a Athena infinitamente de que haya mandado a sus casas a los dorados y nos dejaran el espacio libre para actuar a nosotros.
-Estamos un poco oxidados. – Murmuro Capella de Auriga desde el suelo.
-Bueno Jabu nos ha echado una mano. – Dio paso su brazo por los hombros del caballero de bronce y lo sacudió fraternalmente. – Pensé que te cagarias de miedo cuando Mimas se abalanzo sobre ustedes dos.
-Has hecho muy buen trabajo Jabu. – Ptolemy obviamente ignoro el comentario de su compañero y elevo su puño hacia él joven castaño para que este chocaran puños y así lo hizo.
-Ustedes tenían todo controlado, tan solo les he ayudado un poco. – Menciono apenado el unicornio, sintiéndose algo incomodo por el carisma y compañerismo que los santos de plata expresaban hacia él, cosa que ocurría por primera vez en su vida. Pues a pesar de que Shaina y Marín se relacionaran algo con ellos por Seiya y los demás, los otros santos de plata siempre se habían mantenido al margen, pero ahora que interactuaba con ellos había reconocido el valor, el compañerismo y la fuerza que podían esconder tras su cosmos.
-¡Esto es como para celebrarlo en grande! – Dio choco su palma contra la de Jabu y le sonrió ampliamente. – Y vamos a invitar a los dorados para que vean de lo que se han perdido. – Y rompieron a reír los cuatro.
…
-Sé que puedo encomendarte su cuidado a ti. – El suave tono de voz de Afrodita le revelo que estaba sufriendo por la decisión que tomaba, pero sus ojos mostraban una gran determinación, muy similar a la de Athena, pues la diosa del amor reconocía que aquel era el único camino por el momento de terminar con aquella absurda guerra.
-Diosa Afrodita, para mí es un honor poder contar con su confianza y créamelo que no la decepcionare, ni a usted ni a la diosa Athena. – Zahra miro el cofre con el sello de Athena escrito con su propia sangre y las ataduras de espinas que rodeaban al mismo, aquella era la primera vez que veía a dos diosas unir sus cosmos energías para sellar a un dios.
-Muchas gracias Zahra. – Afrodita extendió sus brazos hacia la doncella para abrazarla amigablemente y rio en su mente al pensar que era la primera vez que sentía simpatía hacia una humana y de lo sarcástico que era que Zahra fuera una de las protegidas de Athena. – Es la primera vez que siento que puedo confiar en alguien y que creo que podría llamarte mi amiga.
-Es un gran honor para mí diosa Afrodita. – Zahra se atrevió a corresponder el abrazo de la deidad, la cual la estrujo tiernamente contra su pecho, la diosa del amor apareció entre sus manos un hermoso collar que llevaba en su centro una preciosa esmeralda ópalo, se la mostro a la joven que se asombro al ver aquel presente que la diosa extendía hacia ella.
-Quiero que conserves esto, ya tienes la bendición y protección de Athena, pero con este collar también tienes la mía. – Afrodita rodeo con sus brazos el cuello de la joven y le amarro el collar al cuello, mientras le sonreía alegremente. – Bien, tengo que irme. – Afrodita beso la mejilla de la joven con afecto que se puso rígida al sentir la cercanía de la diosa que rio traviesamente. – Zahra no sé que me depare el destino en un futuro, ni como vaya a terminar esta guerra, pero de verdad deseo que Piscis corresponda a tus sentimientos.
-Muchas gracias. – Zahra hizo una profunda reverencia a la deidad del amor, en señal de un profundo respeto y se dio cuenta de lo equivocada que estaba al creer que la diosa Afrodita tan solo podía entregar lujuria, pasión, deseos a dioses y mortales, pero jamás amor, pero desde aquel día que se encontraron debajo del frondoso follaje de aquel árbol, había comprobado que en realidad no podía juzgar a un dios por las acciones que había cometido en el pasado, sin conocer la causa que los había propulsado para actuar de aquella manera, en el caso de Afrodita era: El amor, que los dioses le obligaron a otorgar al dios Hefestos y que volvió amorfo la idea que la deidad tenía en sus inicios del amor, ese deseo que solo despertaba en ella el dios más cruel y sanguinario del Olimpo y él que más necesitado se encontraba de ese afecto. Era por ello que Afrodita y Ares se habían enamorado y una mortal como ella, con simples palabras se lo había hecho notar a la deidad.
-¿Estás segura que no deseas mi ayuda con Piscis? – Afrodita miro coquetamente a la joven que se sonrojo rápidamente y movió negativamente el rostro. - Tan solo un poco de favoritismo eso sería todo.
-No, quiero que los sentimientos de Afrodita hacia mí, si hay alguno sea puro. Aun así agradezco mucho su oferta. – Zahra desvió la mirada hacia otro punto de la habitación tristemente, pues aun cuando en medio de aquella batalla le confesó parte de sus sentimientos al guardián, no le había vuelto a ver desde entonces, lo que le hacía pensar que se había sobrepasado al confesarle algo como aquello, el era un santo dorado y ella tan solo una doncella.
-Recuerda esto Zahra, eres muy hermosa muchos hombres pelearían y matarían por ti, incluso Athena y yo lucharíamos por tus servicios, aunque claramente tú la prefieres a ella. – La deidad del amor se contoneo hacia la entrada, como si sus pasos se deslizaran por el aire, como una hermosa danza que le aportaba cada rasgo de seducción y porte. – Espero volver a vernos pronto.
-Diosa Afrodita… - Zahra sintió una terrible angustia al ver a la deidad despedirse de ella, fue como si una ola de tempestades se le vaciara encima, pues tuvo el mal presentimiento que aquella sería la última vez que volvería a verla, corrió hacia ella y la abrazo de nuevo, sorprendiendo a la diosa que rio juguetonamente y de forma despreocupada. – Por favor debe cuidarse mucho, Athena cuenta con pocos aliados y yo con pocas amistades como la de usted, como para perderla.
-Relájate. – Afrodita extendió sus brazos para fijar sus ojos en los de la hermosa doncella. – No te estreses tanto como Athena, Zahra soy un ser inmortal, pase lo que pase volveré a pisar la tierra, tú misma me enseñaste que tengo un espíritu libre, nos volveremos a ver amiga mía. – Afrodita comenzó a desvanecerse entre el soplo del aire, dejando una dulce fragancia en el viento que deleito la nariz de la doncella, que sonrió tristemente al ver a la joven deidad marcharse.
-Zahra. – Se sobresalto al escuchar su nombre en los labios de él, volteo alarmada para verlo y comprobar que no estaba alucinando y ahí le vio, se sorprendió de no verlo con la armadura de Piscis y aún más que el caballero llevara un ramo de rosas en su mano. - ¿Podemos hablar?
Se quedo estúpidamente asombrada y anonadada de ver al doceavo guardián del zodiaco frente a ella, que permaneció mirándolo por mucho tiempo sin poderle decir absolutamente nada, lo que hizo al caballero arquear una ceja mientras se acercaba más a ella y acortaba la distancia entre los dos. Asintió torpemente cuando lo vio a escasos centímetros de ella y fue ahí cuando sintió como la sangre comenzó a subirle hacia la cabeza y sus mejillas se encendieron.
-¿Co… como sabes donde vivo? – Zahra elevo sus ojos hacia Afrodita que sonrió de medio lado y le tendió el ramo de rosas rojas hacia ella.
-Le he preguntado a las que todo saben en el santuario, las cocineras. – Bromeo el caballero, rompiendo el hielo que se había levantado entre ellos. – Te he traído unas rosas.
-Muchas gracias. – Zahra las tomo entre sus manos, apreciando cada detalle de cada una, el hermoso olor que expedían de sus pétalos y la suavidad de estos al contacto con su tersa piel, era como si estuviera acariciando una suave piel de terciopelo, no pudo evitarlo y se llevo las flores a la nariz para aspirar profundamente su aroma. – Huelen muy bien.
-Son venenosas. – Afirmo Piscis con seriedad, lo que hizo a la joven detener su acción y mirar consternada al santo, que pronto comenzó a reír, señal de que aquella era otra de sus bromas. – He traído las más hermosas de mi jardín para ti.
-Gracias. – Zahra abrió la puerta de su cabaña e invito al santo a entrar con un delicado gesto, ambos intercambiaron una rápida mirada, pues sabían que aunque no hubiera nadie en esos momentos en la cercanía, algo como aquello iba a levantar rumores. Así que Afrodita alzo los hombros y tomo la perilla de la puerta para entrar tras ella.
…
No estaba ahí por él, si no por Saga, ni siquiera podía recordar la última vez que había entablado una conversación amistosa con él, eso debía haber sido hacia más de 13 o 14 años, tal vez un poco más. Muy en su interior sabia el motivo exacto del porque se había apartado, pero jamás se atrevería a decírselo ni siquiera a Saga mucho menos a él, que había sido el causante de ello, desde ese día, él le había hecho jurarse que los lazos de sangre no unían a nadie, ni siquiera a Saga con él y que no debía confiar en ninguna persona más que el mismo, debía enfrentar sus batallas solo y sobrellevar su vida de forma solitaria.
Clavo su mirada en las dos camas frente a él y maldijo al sanador que se le había ocurrido poner a su hermano al lado de Aioros, se aproximo a los pies de la cama de su hermano, sin embargo aun respiraba molesto de tan solo pensar que debería hablar con el arquero dorado en algún punto. Tal vez todos o al menos la mayoría de los caballeros dorados ya hubieran superado sus problemas, pero el que Aioros y él tenían había quedado al rojo vivo desde el momento en que se cometió, tal vez porque el arquero dorado había tocado una fibra muy sensible en él.
Suspiro pesadamente y trato de concentrarse en su hermano, pero aun continúo mirando de reojo a Aioros, como cautela, aunque lo hizo de forma inconsciente. No podía imaginar lo duro y difícil que debió de haber sido que Saga peleara contra Ares, claramente su cuerpo mostraba los estragos de la pelea, pero sabía que había aun más, pues para su gemelo el luchar contra el dios, significaba su libertad absoluta, romper las cadenas del dolor y la vergüenza que Ares había arrojado sobre los hombros de Saga y obtener por fin la venganza a todo el sufrimiento que el dios de la guerra había provocado tanto a su gemelo como al santuario mismo, Saga había logrado pagarle con la misma moneda que Ares trato de usar hacia años, su hermano había obtenido la gloria y el respeto de aquel mismo que se la había arrebatado.
-Saga. – Menciono lastimeramente al ver a su hermano mayor así, estiro su mano tan solo para rozar la de su gemelo y estrecharla fraternalmente entre las suyas.
Observo sus mismas facciones en el rostro de su gemelo, recordando las miles de veces que había pensado en que no volvería a ver a Saga, primero porque él era un general marino y segundo porque poco después Saga se suicido para detener la tiranía de Ares, sacudió la cabeza para intentar despejar su mente de aquellos recuerdos y volvió a fijar su vista en su gemelo de forma insistente, ya que de esa forma siempre solía despertar a Saga cuando eran niños.
Pero pronto voltio su rostro hacia la puerta y presto su atención hacia otro punto del sanatorio, pues acababa de sentir como el cosmos de Camus que se había mantenido elevado por horas descendió abruptamente y el de Milo comenzó a debilitarse, no pudo refrenarse a sí mismo y se incorporo en la cama, avanzando a zancadas la habitación. Milo siempre había significado mucho tanto para Saga como para él mismo, pues ambos lo habían considerado un hermano menor, inclusive podía distinguir que el carácter del escorpión era una mezcla amorfa del suyo con el de Saga.
Pero se detuvo en el marco de la puerta cuando sintió que Camus volvió a recuperar el control a duras penas, pues seguramente el acuariano también estaría agotado de haber mantenido su cosmos al máximo para enfrentar el de su mejor amigo y lograr que este se apaciguara.
Maldijo mentalmente a Ares, pues si bien había sido vencido por Saga, el dios de la guerra siempre dejaba tras de sí una horda de problemas, antes había dejado al santuario sin patriarca y sin casi media orden dorada, ahora no solo tenía a Saga mal herido, si no que Milo y Camus no habían logrado recuperarse por completo de la pelea con el dios y continuamente estaban sufriendo de las secuelas de este combate, eso sin contar el casi centenar de berserkers que se encontraban vagando como almas en pena por todo el santuario, sin un rumbo fijo, tan solo como muertos vivientes.
-¿Kanon? – Y lo que le faltaba, alzo la vista al cielo pidiendo paciencia o que un hoyo se tragara la cama donde Aioros se encontraba, se volteo lentamente con todo un porte de sarcasmo y altivez, mientras se encontraban por primera vez sus ojos esmeraldas contra los azules del arquero dorado. – Tan solo quería cerciorarme de que eras tú.
¡Claro que era él! Aioros siempre los había podido distinguir sin ningún problema y ahora tan solo quería cerciorarse de si era él, le lanzo una mirada cargada de indiferencia evitando expresar la molestia que sentía en esos momentos y se giro para salir de la habitación, prefería regresar al menos cuando Saga estuviera despierto en lugar de tener que soportar a Aioros él solo.
-¡Kanon espera! – Volvió a rodar los ojos una vez más y se detuvo aún dándole la espalda. – Quiero hablar contigo Kanon. – Demando Aioros sentándose sobre la cama y recargando su espalda a la cabecera de esta.
-Ve al grano Aioros, no tengo todo tu tiempo. – Siseo molesto, se voltio hacia él y se cruzo de brazos.
-¿Por qué te alejaste del santuario? – Kanon bufo ante la pregunta, lo único que le faltaba es que Aioros quisiera darle un sermón sobre su comportamiento en el pasado.
-En primera Aioros, no me interesa nada que tengas que decir sobre mi pasado, en segundo lugar y aunque tal vez no estés enterado de todo lo que aconteció tras tu muerte e incluso previo a ella, yo no desaparecí, fue Saga quien me encerró en Cabo Sunion y tercera todos sabíamos en aquel momento cual era mi lugar, estaba muy marcado por Arles, Shion y por ti. – Kanon se había exasperado abruptamente y había acortado peligrosamente la distancia con Aioros que permanecía sereno.
Yo no soy quien para juzgarte. – Aioros se acerco a la orilla de la cama, mirando fijamente a los ojos a Kanon.
-Se que piensas terapiarme, como comúnmente lo haces con Saga, Shura y Aioria. – Kanon espeto molesto y se alejo de Aioros, interponiendo una distancia prudente entre ambos. – Pero no hay nada que tú puedas hacerme cambiar.
Ambos se retuvieron fieramente la mirada, los dos tenían la característica de provocar que el otro saliera de sus cabales en segundos y que cualquier trato cordial entre ellos se esfumara a penas el otro abría la boca para responder. Kanon odiaba de Aioros la rectitud que fingía tener sobre los demás y su maldito sentido de justicia y amabilidad, por su parte el arquero detestaba la indiferencia, el sarcasmo y la prepotencia del gemelo menor.
Desde que eran jóvenes tendían a chocar frecuentemente en sus diferentes formas de ver una situación, perspectivas y opiniones que muchas veces Saga tuvo que mediar para evitar una pelea entre ambos, si bien en un inicio Kanon toleraba a Aioros y este hacia su mejor esfuerzo para llevársela bien con el hermano menor de Saga esto termino por colapsar cuando el gemelo mayor obtuvo la armadura de géminis y Kanon comenzó a actuar de forma arisca y déspota hacia cualquiera de ellos.
-Como te dije antes Kanon no pretendo juzgarte, no soy nadie para hacerlo. – Aioros respiro profundamente y libero el aire por sus labios para intentar relajarse, mientras se pasaba la mano por el rostro para liberar toda la tensión que sentía en su interior. – De todos modos tú nunca me harías caso. – Y ambos compartieron una media sonrisa forzada.
-Parece que al menos me conoces un poco. –
-Te conozco mejor que muchos en la orden. – Aioros miro a su lado a Saga y suspiro despacio. – Saga me platico lo que ocurrió en Cabo Sunion, Kanon si yo hubiera podido detenerlo créemelo que lo hubiera hecho, pero tu… -
-¿Siempre queriendo ser el bueno no Aioros? – Su pregunta destilo veneno puro, ahora resulta que se preocupaba también por él. – No tienes que fingir tu agrado hacia mí.
-¡No finjo nada Kanon! – Aioros elevo la voz, lo que sorprendió al gemelo al reconocer que había logrado cabrear al castaño mayor y esto lo alegro. – Lo hubiera evitado, no solo porque tú eras parte de la orden sino también por Saga.
-¿Parte de la orden? ¿De qué forma Aioros? En ese entonces no era nada, más que la sombra de mi gemelo. Y por si Saga no te lo dijo, yo ayude a despertar a Ares en su interior, yo le mostré la maldad que yacía dormida en su interior. – Kanon se planto cerca al arquero en espera de una represalia física, pero tan solo le vio tensar la mandíbula y la frente, mientras apretaba sus puños y le lanzaba una mirada furiosa.
-Sigues siendo el mismo estúpido. – Aioros se reincorporo de golpe y tomo a Kanon por las ropas que le miro retadoramente y de pronto se vio empujado hacia fuera de la habitación, justo al balcón, donde Aioros se contuvo para no darle un golpe. – Lo menos que quiero es que Saga nos vea discutiendo.
-¿De nuevo? – Sonrió Kanon, golpeando la mano de Aioros y acomodándose las ropas.
-¿Por qué maldita sea Kanon te alejaste de nosotros? –
-Yo no me aleje de ustedes, tú te encargaste de hacerme a un lado, fuiste muy parecido a Arles, apenas estuviste cerca de recibir sagitario, te volviste muy parecido a él, siempre fingiendo ser tan buenos y rectos cuando la realidad es otra. –
-¡Maldita sea Kanon! – Aioros se recargo en la barandilla del balcón, la cual deformo ante la presión que estaban haciendo sus puños sobre esta y no sobre el cuello del gemelo menor. – Yo no te aleje de Saga, fuiste tú quien comenzó a creerse todas esas estúpidas frases de ser la sombra de géminis, Saga y yo ya te habíamos hecho una promesa y no íbamos a defraudarte.
-¿Qué? – Kanon no supo más que decir, por primera vez Aioros le había sorprendido.
-¡Saga y yo ya éramos santos de oro! ¡Los únicos dos en ese momento y Shion iba a escoger a uno de nosotros para el patriarcado, no importaba si era Saga o yo, al final de cuentas, quien fuera de los dos iba a remover la estúpida ley de mantenerte oculto, de dejarte como un segundo. ¡Tan solo debías esperar! – Aioros clavo su mirada zarca sobre los ojos impresionados del gemelo que había enmudecido y ahora comenzaba a notar aun más como le había echado a perder los planeas a su gemelo y al arquero dorado.
-No lo sabía. – Atino a decir, mientras se recargaba absorto en sus pensamientos sobre la pared y las imágenes de sus frecuentes peleas con Saga y Aioros en su adolescencia volvían. – Aioros yo…
-Debimos habértelo dicho antes, cuando toda la situación se tenso en lugar de habernos enfocado únicamente de ser los santos perfectos que pretendimos ser para Shion. Te equivocas al decir que los dos creíamos que eras un segundo, pero no lo haces al decir que te abandonamos, debimos apoyarte cuando Saga obtuvo a géminis, porque aunque jamás se lo dijeras a Saga, yo sabía que tu también anhelabas poseerla.
-Eso ya no importa. – Kanon miro hacia el extenso follaje de arboles que se extendía a su vista y suspiro lentamente. Al final de cuentas no había un error en especifico que hubiera desatado toda aquella calamidad de equivocaciones por parte de la orden dorada, simplemente en ese entonces coexistieron al mismo tiempo un trazo de errores por parte de la mayoría de santos que hizo que Ares aprovechara la oportunidad y fragmentara la orden. – Me fue mejor, ahora tengo dos armaduras.
-Supongo que supiste sobreponerte por ti mismo, sin necesidad que Saga y yo te ayudáramos. – Aioros volvió su vista hacia el mismo bosque que Kanon contemplaba con tranquilidad y por primera vez después de muchos años sintió que aquella tensión con el gemelo menor desapareció paulatinamente, sabía que volverían a chocar en un futuro, pero en esta ocasión como amigos y no como rivales.
-Se retiraron ambos muy rápido de la batalla, dejando a un grupo de mocosos temperamentales en las doce casas. – Kanon sonrió y volteo a ver al arquero dorado.
-Bueno después de todo creo que encajas perfecto con ellos en lo de temperamental. – Aioros rio ampliamente antes de sujetarse el costado por el dolor que le provoco aquello y la sonrisa de Kanon se amplió al ver la mueca de dolor del noveno guardián.
Aioros le hizo una seña a Kanon para volver a entrar a la habitación pero este le sostuvo con determinación del brazo y extendió su mano hacia el sagita, que la miro impresionado pero no dudo ni un segundo en tomarla y estrecharla fraternalmente.
-Me alegra que hayas encontrado el camino correcto, sin nuestra ayuda Kanon. – Aioros miro comprensiblemente al gemelo menor que sonrió a medias, pues tras aquella expresión se ocultaban momentos difíciles y tristes para ambos.
-Y que tú estés con vida Aioros, la orden y mi hermano te necesitaban y yo ocupaba tener a alguien a quien molestar. – Kanon palmeo la espalda del arquero dorada que asintió, mientras los rasgos de su rostro se relajaban, pues desde que había vuelto a la vida el gemelo menor era la espina enterrada en un costado y se alegraba de por fin haber logrado solucionar una relación tan tóxica y conflictiva que había desarrollado con uno de sus hermanos. – Y por cierto a mi Radamanthys me hizo los mandados. –Se burlo Kanon.
-Nunca vas a cambiar Kanon. – Negó alegremente Aioros y miro de reojo a Kanon. – Pero al menos yo no morí en el intento. – Contraataco, ganándose una mirada recelosa por parte del gemelo menor, lo cual lo hizo estallar en una carcajada, que tuvo el mismo resultado que la pasada y que le hizo doblarse de dolor, por lo cual Kanon también se rio.
-Te doblas con una delicada flor. – Ser burlo. – Pero yo luche sin armadura. – Touche.
…
La temperatura de la habitación había descendido tanto que cercaba el cero absoluto solo por algunos grados y los hubiera alcanzado de no estar el dueño de ese cosmos tan fatigado, la habitación estaba congelada por completo y las respiraciones podían notarse, al ver la exhalación de vapor de su boca o la nariz, a excepción del que mantenía la frente a perlada de pequeñas gotitas de sudor y su respiración se había vuelto más acelerada, a causa del cansancio.
-Deberías descansar. – Recomendó el escorpión dorado que se mantenía tranquilo, sentado sobre la cama. – Tampoco es bueno que tú te sobrepases Cam, has estado así todo el día.
-Estoy bien. – Determino cortante, dando a entender a su amigo que no deseaba continuar con aquella conversación, el francés estaba recargado sobre la pared, mantenía los ojos cerrados y una ceja ligeramente arqueada en señal de su máxima concentración para mantener la temperatura gélida de la habitación, tenia los brazos cruzados sobre el pecho, aunque Milo distinguió que el aguador estaba sudando ligeramente por el esfuerzo que había estado haciendo.
-Déjame en paz, Milo. – Refuto el aguador y abrió los ojos solo para lanzarle una mirada amenazante a su mejor amigo, que le sonrió de medio lado. – Si yo desciendo mi cosmos rápidamente el tuyo se eleva.
-Y te vuelvo a preguntar ¿Y cuanto tiempo piensas seguir manteniendo esto? – Milo se incorporo y se planto frente a su amigo, que permaneció sereno e indiferente ante el acercamiento del escorpión, hubiera sido otra persona rápidamente se hubiera notado la incomodidad en su rostro, pero el caso de Milo era especial, era su mejor amigo, su hermano.
-Solo le estoy dando tiempo a Athena y al antiguo maestro de encontrar una cura. –
-¿Cura para qué? ¿Para mi cosmos? Por favor Camus seamos razonables, no hay cura para esto lo mejor que puedo hacer es irme y enfrentarme a un adversario digno de mi poder, haría arder mi cosmos al grado que pudiera hacer escarmentar a mi oponente con este fuego intenso. – Milo saco la ponzoña de su mano derecha y se la mostrar al aguador que frunció el entrecejo.
-A veces eres demasiado iluso y sádico. – Camus tomo la mano del escorpión y creo a su alrededor una escharcha que congelo a la aguja del escorpión, que resoplo sus flequillos frustrado.
-Soy realista Camus y a veces tan frio como tú. – Milo le dio la espalda a su compañero y volvió a la cama donde segundos había estado, se dejo caer sobre esta y puso sus brazos detrás de su cabeza, entrelazando sus manos y mirando fijamente al techo. – Me frustra verte esforzarte por mí, no hay cura mi amigo y no quiero que arriesgues tu vida de nuevo por mí.
-Ya te dije que estoy bien. – Camus permaneció impermutable en la misma posición y siguió con su vista los movimientos del escorpión dorado.
-Por eso ya tres veces tu cosmos se ha descendido de golpe ¿Verdad? – Afirmo el griego, mientras sonrío triunfal hacia su mejor amigo, que frunció el ceño. – En fin, no me estoy dando por vencido, pero no quiero que haya consecuencias externas por mis actos y que esas tengas que pagarlas tu. La herida que Ares hizo en tu pecho…
-Para ya Milo, si fuera al revés ¿No lo harías tu por mi? – Milo se quedo cayado, dándole un punto al aguador, Camus tenía toda la razón pero simplemente no soportaba verlo agotarse a medida que las horas pasaban, sabía que cada vez que su cosmos descendió, era porque la herida en su corazón se lo había exigido.
-La volví a besar ¿Sabes? – Milo sonrió de oreja o oreja al recordar a la italiana y el último beso que le había dado, estaba seguro que si volvía a besarla esta vez ella respondería, solo tenía que asegurarse de que hubiera una última vez. Así que reacomodo sus prioridades; agradecerle a Camus y Athena, ir a besar a Shaina como en su vida nadie la había besado y por ultimo ir tras un titán para acabar con su vida. – Ella es la mujer excelente, Seiya fue un estúpido en toda la extensión de la palabra.
-Debes agradecer que ella te tenga mucha paciencia, de lo contrario ya… - Camus guardo silencio cuando se percato de que alguien estaba girando la perilla para entrar, miro a Milo para indicarle que después continuarían con esa conversación y mientras el caballero de escorpio se puso a interpretar los lamentos más fingidos que Camus hubiera escuchado.
-¡Que calor! ¡Me muero… ¡ - Milo se llevo la mano a la frente y comenzó a fingir lo mejor que podía, pero apenas ambos vieron que se trataba de Athena, Milo guardo silencio y se incorporo de la cama, mientras el francés hizo una leve inclinación de cabeza.
-Hola muchachos. – Saludo quedamente la deidad, sus ojos se veían enrojecidos y su piel se notaba pálida, Milo y Camus intercambiaron una rápida mirada preocupados. – Debes de estar agotado Camus.
-Haber contéstale con tu tono amargado, igual que lo haces conmigo. – Le reto Milo, pero el onceavo guardián le ignoro, no sin antes lanzarle una mirada discreta de amenaza.
-Al contrario señorita Athena aun puedo continuar. –
-Pero ya no debes hacerlo, de ahora en adelante yo me encargare. – Athena se acerco a Camus y elevo tenuemente su cosmos para reconfortar al francés. – Camus te pido que dejes de descender la temperatura y te agradecería de que me permitieras unos segundos a solas con Milo.
Camus no expreso ningún sentimiento, ni aprobación ni reprobación hacia la conducta de Athena, inclino la cabeza en forma respetuosa y apago su cosmos, haciendo al instante sentir a Milo la sensación térmica en el centro de su pecho, cuando el francés volvió a alzar la cabeza miro a su amigo y este noto la preocupación y la consternación que le provocaba el mandato de Athena, algo que paso desapercibido para la deidad.
-Como usted ordene. – Camus avanzo hacia la entrada de la habitación, temiendo en el resultado que atraería el que él se marchara, dejando a Milo a su suerte.
-Todo va estar bien Milo. – Saori lo tomo por la mano y lo condujo hacia el borde de la cama donde ambos se sentaron, la griega estrecho cálidamente la mano del escorpión y suspiro angustiada. – Milo puedo curarte, pero necesito que me prometas dos cosas. Tu cosmos desde que lo elevaste para realizar el Anteres ardiente sigue incendiándose en tu corazón, tu sangre mortal no puede resistir tal temperatura y conduce ese calor por todo tu cuerpo, pero si yo te doy parte de mi sangre divina, esta ayudaría a contrarrestar el efecto de tu cosmos y soportaría el daño que este pretende causar a tu cuerpo, por ende sanarías.
-Athena. – Milo más angustiado que nunca, prefería a Camus martirizándose que ver a Athena hacer algo parecido.
-No es algo que puedas impedir Milo, yo ya he tomado una decisión. – Athena aclaro su voz y lo dijo con firmeza y autoridad, lo que hizo al griego guardar silencio. – Te voy a dar parte de mi sangre solo tengo una condición; mi sangre contrarrestara el efecto de ese ataque, pero no tendremos una segunda oportunidad, si tu vuelves a usar el Antares ardiente tu corazón no va a resistirlo Milo y ni siquiera mi sangre, ni nada podrá impedir los efectos de esa técnica, la cual tu cosmos no puede dominar y por ello deseo que me jures que no vas a volver a usarla Milo.
-Hare lo que usted me pida Athena, mi vida siempre le pertenecerá. – Milo agacho ligeramente el rostro para ocultar una punzada de dolor y volvió a voltear con una sonrisa en los labios hacia la deidad. – Pero yo también tengo una condición.
-¿Condición? –
-Sí y esa es que debe prometerme que no me voy a poner como el antiguo maestro, todo morado, chaparro, arrugado y feo. – Saori no pudo evitar la carcajada que abandono sus labios, pues jamás pensó que el escorpión le pediría algo como eso, lo que le arranco una sonrisa de satisfacción al griego, que uno de sus mayores placeres era ver sonreír a Athena. – No lo soportaría de verdad, no me imagino cómo se burlarían mis compañeros, Kanon y Mascara de la muerte especialmente y Aioria también.
-Milo de verdad no debes volver a usarla. – Hizo hincapié la peli lila, mirando directamente a los ojos al escorpión. – Nada podrá salvarte de morir si la usas, esa técnica puede ser una de las mejores para los caballeros de escorpión pero es su arma de doble filo, pueden cejar con ella la vida de tu oponente pero también la tuya.
-Lo entiendo Athena. – Milo agacho el rostro, no se arrepentía de usar esa técnica, de una u otra forma esa había sido la única oportunidad que Camus y él habían tenido con Ares de lo contrario ambos estarían muerto, lo único que le importaba era que sus consecuencias hubieran tenido que afectar a su diosa.
Saori se incorporo de la cama y camino hasta la mesa que reposaba en ella algunos vendajes y soluciones con las que comúnmente se sanaba a un caballero, tomo un pequeño filo que descansaba dentro de una solución cristalina, de la cual la extrajo, no sin antes sentir lo helada que estaba y le permitió destilarse unos segundos en el aire, mientras sus ojos se clavaron en el filo de aquel cuchillo y le fue imposible no recordar el la daga con la que se quito la vida frente a sus santos.
-Bien Milo vas a necesitar recostarte, tal vez esto te pueda doler un poco. – Saori corto la palma de su mano izquierda con el cuchillo y rápidamente de esta broto el liquido escarlata que le resbalo por todo el antebrazo hasta el codo antes de desprenderse en ligeras gotas por su codo, el rostro de MIlo cambio al instante, pues no solo palideció si no que una inmensa tristeza se asomo por sus ojos, Saori se acerco a él y con su otra mano, la derecha acaricio el rostro del octavo guardián que cerró los ojos con pesadez. – He Milo todo está bien de verdad, todo está bien.
Milo volvió a abrir los ojos cuando sintió que Athena tocaba suavemente sobre su pecho justo donde latía fuertemente su corazón y experimento un terrible dolor que se propago rápidamente del centro hacia la periferia de su cuerpo, mientras Saori introducía lentamente su mano en su interior.
Milo ya había estado experimentando un dolor constante, pero aquella sensación de quemazón que producía la preciada sangre de Athena le hizo morderse el labio para no pronunciar un grito de dolor, pues aquella sensación ardorosa era como si una lanza ardiendo se hubiera introducido en su corazón. El griego se dejo caer en la cama y cerró los ojos con fuerza sintiendo como el dolor aumentaba mientras aquella sensación quemante que le había azotado desde su pelea con Ares comenzaba a disminuir poco a poco.
-Ya pronto voy a terminar Milo, tienes que resistir un poco más. – Athena cerró los ojos para concentrarse aun más, mientras expandía parte de su cosmos a cada partícula de su sangre que estaba entrando al cuerpo del escorpión dorado.
MIlo estuvo cerca de desmayarse del dolor, pero justo en ese momento sintió un inmenso alivio, que recorrió paulatinamente cada parte de su cuerpo, abrió los ojos despacio y sonrió fingidamente a la deidad de la sabiduría quien le miraba también pero ella claramente estaba preocupada de haberlo lastimado.
-¿Tal vez podía dolerme un poco? – Milo llevo por inercia su mano hacia la zona adolorida de su pecho y la sobo. – Athena he recibido fuertes golpes y me han herido infinidad de enemigos, pero lo que usted acaba de hacerme lo supero.
-Si te hubiera dicho que te iba a doler bastante no hubieras aceptado. – Saori lo abrazo juguetonamente y queriendo al mismo tiempo confortar el dolor que le había provocado, el escorpión.
-Mínimo me hubiera avisado, así alguno de mis compañeros me hubieran noqueado de un golpe con gusto. – Milo sonrió al pensar en la larga fila de sus amigos que harían gustosos esa petición.
-Pero que llorón eres. – Saori se incorporo, le sonrió al escorpión dorado. – Solo dos cosas; la primera no porque hayas sanado puedes intervenir si otro titán u enemigo intenta atacar, por el momento cualquier caballero dorado lo tiene prohibido y segunda, no puedes decirle a nadie la forma en la que te he sanado.
-Athena… -
-Este secreto debe ser solo entre tú y yo, Milo, nadie más puede enterarse de esto. –
-Entiendo Athena. –
…
Continuara…
Comentarios:
Kennardaillard: Valla que me han encantado tus comentarios, lamento haberte respondido en este apenas, pero desde hace mucho ansiaba hacerlo y me emocionaba cada vez que dejabas uno nuevo. Me agrada que te guste mi historia.
Respecto al comentario del capítulo 10: Efectivamente la orden se unió por decirlo así, por medidas desesperadas y no había otra pero con una nueva vida las asperezas resurgen y pues Milo y Aioria no se iban a quedar con ganas, aunque por su parte Aioros siempre trato de ver las cosas positivas una gran diferencia con Saga. Y aunque muchos de ellos parecen haber dado un giro de 180 grados en personalidad, sus errores aun les persiguen.
18: ¿Como hare que ganen? Si es que ganan primeramente, pues algo se me ocurrirá ya verás. Lamento mucho que a veces no puedas entenderme, unas veces por mala ortografía o redacción y a veces por la diferencia de que tú seas española y yo mexicana. Pero me encanta al mismo tiempo he tenido mucho tiempo para interactuar con españoles en mi país y la verdad que son muy buenas personas. Pero si las expresiones o a veces las palabras son muy diferentes o tienen un significado muy extremo.
21: Me alegra mucho que mi historia te tenga picada jaja. Respecto a Mascara de la muerte en si no he planeado ninguna relación amorosa por el momento para él, pero vamos tal vez Lucia pueda hacer latir el corazón del cangrejo. Paulatinamente integrare a más personajes, mi plan es que al menos todos tengan su momento estrella y eso incluye a los caballeros de plata y bronce. Lamente de verdad los errores que puedan surgir en mis capítulos, de verdad trata de disminuirlos en lo posible pero a veces por el tiempo y otras porque tengo dislexia me cuesta mucho corregirlas, así que me disculpo.
22: Debes disculpar mi mala costumbre de poner todo hermoso y tranquilo y de repente súper complicarlo y hacer destrozadero. Si la lesión del brazo de Shura nos va a dejar algún tiempo con secuelas. Muchas gracias por tus palabras y comentarios de verdad lo aprecio. Y tienes mucha razón Shura es uno de mis consentidos.
25: Tu tranquila, muchas veces mi mente va más allá de los capítulos que ya he escrito, a veces no escribo por tiempo, ya que es muy raro que no tenga ideas nuevas para continuarla, jajaja si ya hasta tengo leves matices del final, solo que si tardo entre 15 y 20 días en actualizar, pero todo depende al tiempo libre que tenga.
27: Ya casi llegas a los capítulos finales. La verdad es que si me cuesta mucho trabajo matar a los dorados, pero es de ley que uno tendrá que morir paulatinamente. Ya me había dado cuenta que Shura goza de tus gustos pues lo has mencionado varias veces. Tienes toda la razón los hombres se hacen tan resistentes al dolor, que una muestra de cariño les incomoda o una caricia les sabe extraña. Creo que no solo en las historias pasa así, nuestras sociedades están tan acostumbradas a los crímenes que cualquier muestra de amabilidad nos conmueve. Mi historia va a sacar a lucir a cada santo, no es posible que les hicieran de menos como Aldebarán, DM y Afrodita.
ClarissaMorgenscest-Mischief: Si entiendo tu punto preferencial hacia Seiya en lugar de Mascara, pero viéndolo desde otro punto, es que Athena siempre estuvo más unida a los santos de bronce que a los dorados y que por primera vez, les diera preferencia a estos últimos, era algo que debía hacer. Y pues si al parecer Hades, logro zafar a su esposa del castigo que debía cumplir, aunque lo tenía bien merecido.
Jasmine barriga: Muchas gracias por tu comentario y intenta actualizar un poco más rápido.
LadyMadalla-Selena: Me encanto tu expresión "Alergia al romance" era para que Shaina valorara que es lo que tiene jajaja. El rencuentro Marín- Aioria te lo dejare para el próximo capítulo, lo prometo. Afrodita en realidad puede proyectarse en la joven humana, primero porque Afrodita siempre estuvo forzada a amar a un hombre que no quería y por ende no pudo unirse al que amaba, lo mismo pasa con Zahra a querido a Piscis pero al principio él era un psicópata y ahora teme que la ley de nada de amor que estableció hace mucho Athena, se lo impida, segundo ambas han hecho todo por amor, una despertó a Ares y la otra se metió aún campo de batalla y tercero Afrodita ve la misma esperanza que ella tuvo en un principio hacia el amor en Zahra, es por ello que desea ayudarla, para que no le pase lo mismo que a ella.
Darkmiss01: 32: No te apures por lo del capítulo pasado. Creía firmemente que si Ares iba a caer, Afrodita debía de estar ahí, con él. No sé un día estaba pensando en Dokho y dije seria el momento indicado para que su maestro pudiera ayudarle y Shion usara la técnica de su maestro. Si Zahra se apresuro a confesarse, pero todo porque el otro andaba de preguntón.
33: Es que tanto titanes como Olímpicos la regaron unos como otros, repitieron los mismos errores y solo dioses secundarios o semidioses se han percatado de ello, Anteros, Persefone, Ker, Dionisio. Y si alguien tenia que hacerle ver a Athena que si tiene preferencia por los santos de bronce y es por ello que en parte su orden dorada esta como esta. Y sobre las berserkers ya veremos qué pasa con ellas.
Caliope07: Te adelantare que por el momento no tengo intención de que ellas mueran. Y saguita posiblemente se nos recupere en el próximo capítulo.
Artemiss90: A mí tampoco me gusta verlos sufrir, pero creo que es lo que le da picor a la historia.
KukieChan: Dios sí que te desvelaste y tú no te preocupes creo que Afro y Kanon se van a dar un fuerte encontronazo con algún titán, que de verdad les haga parir chayotes. Agradezco mucho tu comentario.
Gaby: Los dorados por algún tiempo estarán tranquilitos, no tendrán peleas, bueno al menos no contra enemigos.
Diosa Géminis: No las batallas continuaran, vas a ver. Lamentablemente por el momento Persefone se salió con las suyas.
Beauty4ever: Debes disculpar mi maldad interna que le gusta hacer sufrir dorados, en especial en momentos tan dramáticos, pero como viste Milo se salvo, con ayuda de Athena pero lo hizo, solo esperemos que acate esa condición y nunca vuelva a usar esa técnica.
Las dos berserkers pronto volverán a aparecer, solo que quise darle un poco más de importancia a los protagonistas originales pero yo creo que para el próximo ya veremos más acción porque Anteros no las va a dejar irse tan fácilmente ya verás porque. Respecto a Saga discúlpame ya les prometo que el siguiente aparece, igual Aioria-Marín. Por el momento Seiya sobrevivirá el golpe en su mayoría se lo quedo Scatha, pero eso no significa que Cronos no le vaya a dar a Saori en su punto débil.
Atte: ddmanzanita.
