Advertencia: el siguiente capítulo contiene material NSFW explícito.
Capítulo 11
Era libre; por primera vez en mucho tiempo degustaba el sabor de la añorada desenvoltura.
Aun no daba crédito a lo acontecido en el apartamento de Sasuke, todo había sucedido tan rápido que la realización recayó sobre ella cuando cruzó la puerta de su habitación. Llevaba meses aguardando por ese momento, de escapar por una de las muchísimas grietas en su relación.
Ahora que era libre de él, su atención se centraba plena y absolutamente en Itachi. Cinco meses restaban para finalizar la residencia, luego de ese tiempo, dejaría de ser su mentor. No obstante, consideraba todos y cada uno de los factores en contra, si bien, el lazo preceptor y alumna se rompería, él continuaría siendo su jefe, y para su pesar, aquello no desestimaba el hecho de que era hermano mayor de Sasuke, el hombre con el cual estuvo comprometida.
Eso no la consolaba. Era la pauta de los últimos días. Su relación con Itachi no poseía soltura, no había estabilidad en el curso de su interaccion, mucho menos serenidad, todo eran púas, trampas, giros tan torpes que la inducían a sentir desagrado por sí misma.
Contempló el reloj, pensando que solo había conseguir unas cuantas horas, pero la oscuridad todavía reinaba y estaba demasiado inquieta para volver a dormirse. Ofuscada, giró sobre su cuerpo, hundiendo el rostro en la almohada para amortiguar el sonido del gruñido estridente: ¿Cómo iba a ser capaz de disipar todas sus emociones, sentimientos y fantasías cuando estaba a unas cuantas horas de abordar el mismo avión él y disfrutar de su compañía de tres días?
La cabeza le daba vueltas. Ya estaba resignada a que las últimas horas de la noche las pasaría en vela, rumiando, tratando de hilvanar un plan que la sacara indemne de la atribulada situación.
El recuerdo del beso apareció en su mente. Aquella tarde no había esperado que Itachi la siguiera hasta el cuarto de residentes, dilapidó toda esperanza al contemplarlo en los brazos de Izumi. Sin embargo, ese día comprendió que no se rendía tan fácilmente, y con el agonizante tacto de sus labios, se las apañó para decirle todo lo que llevaba acallado durante esos meses.
Turbada, emitió un gruñido gutural, desde lo más profundo de su garganta. Necesitaba sentirlo de nuevo, pero esta vez no solo en un casto beso; deseaba más. Los efectos que generaba en ella eran tan dolorosos que sin pensarlo se deslizó sobre sus sabanas. Era una tortura mantener las manos para sí misma, no importaba cuanto apretara los muslos procurando aliviar la pulsante presión entre sus piernas, sabía que la sensación no se disiparía, al menos que se encargara de ella.
No obstante, anhelaba su tacto, no solo en sus brazos o rostro, sino en su más sagrado e íntimo espacio en todo su cuerpo. Lo quería a él, deseaba sus largos y finos dedos entre sus piernas, de solo imaginarlo temblaba.
Suspiró suavemente mientras deslizaba sus dedos entre la delgada tela de sus bragas, sumergiéndose en los hinchados y cálidos pliegues de su intimidad. Le sorprendió lo húmeda que estaba, anhelaba que fuera la lengua del pelinegro acariciando su clítoris.
Imaginó como se sentirían las manos de Itachi sobre su cuerpo, pellizcando sus pezones, los dedos sumergiéndose dentro de ella mientras esparcía besos sobre sus hombros desnudos. Pensó en la forma en la que decía su nombre, preguntándose como sabrían sus labios. Aquel beso que le había dado hace algunas semanas solo sirvió para avivar el fuego en su interior. Agarró las sabanas con fuerza, y ahogo un gemido contra la almohada. Esa sonrisa que siempre parecía guardada para ella, la manera en que decía su nombre, su ligero tacto sobre su rodilla, todo pasó por su mente mientras sus caderas se movían sobre sus dedos.
Mordió su labio inferior al trazar círculos lentos y burlescos alrededor del sensible capullo bajo la yema de sus dedos. Cerró los ojos con fuerza; el recuerdo de él jadeando, apretando sus caderas contra las de ella mientras alimentaba el ardiente deseo en su interior. Incrementó la velocidad de sus movimientos, los muslos le temblaban. Contuvo un grito al percatarse que estaba cerca del borde. Nunca se había sentido tan bien, era un pequeño aliciente para sosegar las ansias hasta que él pudiera hacerla sentir aún mejor.
Dejó escapar un suspiro de genuino alivio al reincorporarse en la cama, cubriendo la mitad de su cuerpo con las sabanas. Estaba sorprendida por la magnitud del orgasmo y comenzaba a sentirse agotada. Pequeñas sacudidas reverbaron su piel, cuestionándose si había estado tan necesita para llegar a ese punto, o si tenía que ver con las proyecciones de su mente.
Sea lo que sea, no cambiaba el hecho que en menos de dos horas estaría cara a cara con el hombre en el que estaba pensando mientras se tocaba a sí misma.
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El aspaviento melindroso de la pelirosa estuvo secundado por un gesto de puro estupor cuando desfiló por la alfombra azul acolchada del mostrador de la aerolínea de lujo.
Se preguntaba cuánto dinero había invertido la junta directiva del hospital para costear los boletos de primera clase. No era un secreto de lo recelosa que se mostraba Tsunade con las finanzas del sanatorio, sin embargo, le sorprendía lo poco que escatimó en los gastos para el congreso.
Tomó asiento en el sillón de tela índigo, en la antesala de Konohagakure Airways; observó con detenimiento la exquisita combinación de elementos de diseño que enfatizaban el ambiente cálido y acogedor. El sitio contaba con un comedor a la carta, salas VIP, dormitorios y suites con ducha. Se preguntó por qué los ricos disfrutaban de banales ostentosidades.
Echó un vistazo discreto por la geografía de la sala, intentando localizar a Itachi; había llegado temprano al aeropuerto, lo suficiente para disfrutar de una de las tantas comodidades que el selecto catálogo de la aerolínea ofrecía a sus pasajeros. No obstante, se sentía demasiado nerviosa para concentrarse.
La incomodidad comenzó a instalarse en ella al cuestionarse si iba demasiado arreglada para la ocasión; portaba un hermoso vestido en color marfil, la tela acentuaba su linda silueta femenina y el largo era más que apropiado puesto que llegaba por debajo de las rodillas. Tsunade se había encargado de enfatizar la importancia de causar una buena impresión desde el comienzo, sin embargo, ella vislumbró aquello como la oportunidad de derrumbar el temple de Itachi, tentarlo al punto de que fuese incapaz de contenerse y obligarlo a realizar otro movimiento. Su maquillaje era ligero, lo apropiado para acentuar la belleza natural de sus propias facciones. Estaba satisfecha con el resultado antes de abandonar el apartamento, pero ahora solo se sentía fuera de lugar.
Resignada, posó la mirada en la pantalla del teléfono, corroborando la hora por quinta vez consecutiva, lanzando un suspiro de resignación.
Transcurrieron unos cuantos minutos para que Itachi apareciera en su campo de visión. Su corazón dio un vuelco al percatarse de su presencia; lucia más apuesto de lo habitual, con su look despreocupado, pero a la vez elegante. Llevaba una camisa blanca de manga larga, la cual se ajustaba perfectamente a la musculatura del torso, combinado con un par de pantalones de vestir color pistacho.
No demoró en localizarla, tan rápido como su oscura y enigmática mirada se posó sobre ella, emprendió el paso en dirección al sitio donde se localizaba, caminando con la misma seguridad con la que un cazador se aproxima a su presa.
— ¿Llevas mucho tiempo esperando?— preguntó, con voz fuerte y amable. Ella no lo perdió de vista, ruborizándose al instante.
—Llegue hace algunos minutos— respondió, poniéndose de pie.
Él efectuó un gesto de asentimiento con la cabeza, complacida.
Un caliginoso corrientoso la recorrió de pies a cabeza al percatarse como él la divisaba con esos penetrantes ojos negros con un profundo interés; su corazón volvió a estremecerse al notar la comisura de sus labios a medio alzar, detectando el brillo indómito en su mirada.
— ¿Vamos?— moduló Itachi, saliendo de su ensoñación mientras se aclaraba la garganta.
—Por supuesto— respondió, colgando la correa del bolso al hombro.
La pelirosa se llevó una segunda sorpresa cuando abordó el enorme avión de dos pisos. Una hermosa azafata que parecía sacada de una revista de viaje les dio le bienvenida.
—Señor Uchiha, señorita Haruno, bienvenidos a bordo. Por favor, permítanme llevarlos a su suite—. La mujer los guio por un largo pasillo, situándolos en la sección media del avión, donde se disponían doce suites privadas.
Sakura hizo un esfuerzo sobrehumano para maquillar el gesto de estupefacción que decoraba su linda faz. La cabina contenía dos enormes sillones, pantallas planas colocadas a un costado, y un par de cobijas artísticamente dobladas encima de los asientos.
— ¿Puedo ofrecerles algo de beber?— cuestionó la mujer con voz dulce, esbozando la mejor de sus sonrisas.
—Whisky, por favor— solicitó el pelinegro, situándose en su propio asiento.
—Gin y tonic con vodka para mí, por favor— añadió Sakura, sentándose en el único sillón libre dentro de la cabina.
No podía dejar de pensar en lo atractivo que se veía Itachi. Estaba cautivada por el intenso fulgor de aquel par de ojos negros que la observaban como si fuera la única mujer en la faz de la tierra. Desde que se posaron en ella, había detectado impenitente pasión en ellos. Un enérgico corrientoso recorrió su espina dorsal.
La azafata no demoró en regresar con las bebidas. Tan pronto como la afable dama estuvo a distancia del oído, Sakura dijo:
—No sabía que el hospital podía costear estos lujos— dio un ligero sorbo a su bebida. Era relativamente temprano para comenzar a ingerir bebidas embriagantes, sin embargo, lo necesitaba para apaciguar sus nervios.
—No puede— declaró Itachi—.Esto es un pequeño regalo de las farmacéuticas, asi que disfrútalo.
Sakura tragó el nudo en su garganta al ver la arrebatadora sonrisa que el azabache le ofrecía. Motivada, tal vez por la ligera cantidad de alcohol que deambulaba por su sistema, se atrevió a realizar el primer movimiento dentro de aquel juego peligroso.
— ¿Me invitaste al congreso con un fin específico o hay algún maquiavélico plan detrás de esto?— cuestionó, sosteniendo la oscura mirada de su acompañante.
Itachi enarcó una ceja, a la par que una expresión pletórica se extendía por sus finas facciones, evidentemente complacido por la intrincada indagación de la pelirosa.
—Necesitaba algo de apoyo, no puedo enfrentarme a esos lobos sin ayuda— sonrió ladinamente.
—Asi que de eso se trata— espetó aun sin darse por vencida.
—En parte sí.
Ambos se adentraban en un terreno peligroso, del que difícilmente saldrían bien parados. Era riesgoso proseguir con los coqueteos, las miradas furtivas y las indirectas. No obstante, Sakura tenía la certeza de que Itachi la deseaba, y para fortuna del pelinegro, era bien correspondido.
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El avión se inclinó hacia la izquierda, atravesando el cierro aborregado mientras Sakura contemplaba la metrópolis de Amegakure desde la comodidad de su asiento. Su vuelo había despegado de Konoha hacia seis horas, ahora se encontraban en una de las ciudades más innovadoras del continente, atiborrada de brillantes rascacielos que median dos mil metros de altura.
Tras realizar el protocolo de llegada en aduana, ambos abordaron el auto que aguardaba por ellos a las afueras del aeropuerto. Unos minutos más tarde, el coche se detuvo en el ostentoso hotel, donde el congreso se llevaría a cabo durante los siguientes tres días.
Itachi fue el primero en descender del auto, tan rápido como sus pies tocaron el asfalto, los botones se aproximaron a auxiliarlo con el equipaje.
Dio un ligero respingo cuando la puerta a su costado se abrió; el pelinegro le ofrecía una mano para ayudarla a apearse del automóvil, un gesto poco común en esos días. Sin dudarlo, aceptó, ofreciéndole una sonrisa como agradecimiento, un caliginoso corrientoso pasó por todo su sistema al notar la abrumante calidez que emanaba del cuerpo de su acompañante, sin embargo, el contacto se esfumó en un abrir y cerrar de ojos, dejándola anhelante, a la expectativa de obtener más.
El hotel estaba atiborrado, mas no era de sorprenderse. Las farmacéuticas de primer nivel se congregaban ahí para ofrecer sus servicios al mejor postor. El hospital de Konohagakure era uno de los mejores a nivel mundial, por lo que no era de extrañarse que distintas corporaciones intentaran arrancarse la piel y los ojos con tal de distribuir sus medicamentos dentro del sanatorio.
Sin embargo, lo que acaparaba la atención de Sakura no era el abundante flujo de personas, sino el esplendor del hotel: el edificio era una joya del hito neoclásico construido hace más de sesenta años. En el pasado había sido la Oficina General de Correos de Amegakure, jugando un papel fundamental en la historia de la nación. Luego de ser adquirido por uno de los hombres más ricos del mundo, se convirtió en un resort patrimonial con más de cuatrocientas habitaciones.
— ¿Primera vez en Amegakure?— preguntó Itachi, fascinado por el irrebatible embelesamiento de la pelirosa.
—No del todo— dijo, observando con detenimiento cada detalle del decorado exterior—. Mi vida ha sido, ¿Cómo decirlo?, austera— remarcó al mismo tiempo que se encogía de hombros— ¿Habías visitado este sitio antes?
—Por supuesto que no— dijo él mientras la guiaba hacia la recepción—. Sabes que detesto estas cosas.
—Cuidado con lo que dices, suenas como un hombre pretencioso— rebatió en tono juguetón.
Con una encantadora sonrisa en los labios, deliberadamente, el pelinegro situó una mano sobre la espalda baja de Sakura, peligrosamente cerca de la zona sacra. Ella enrojeció hasta la raíz del pelo intentando contener el escalofrió que el simple roce causó.
—Vayamos a registrarnos antes de que sea imposible llegar a la recepción.
El lobby de aquel lugar era alucinante. El mármol color marfil revestía el suelo e imponentes columnas se alzaban alrededor de ellos. Sakura quedó prendada con la estructura ultra moderna, albergando la impresión de que se encontraba en algún resort tropical de lujo.
Era una lástima no disfrutar de las amenidades que el hotel ofrecía a sus huéspedes. Si bien era el primer día del congreso, algunas conferencias se llevarían a cabo esa misma tarde, durante la noche asistirán a la cena de apertura, y al día siguiente, se reunirían con los altos mandos de algunas farmacéuticas para comenzar con las negociaciones.
—Bienvenidos a Vertex Resort— saludó el hombre al otro lado de la recepción, con un tono de voz tan dulce como el melocotón y una sonrisa perfectamente ensayada—. ¿Están aquí por su luna de miel, señor y señora…?
Sakura notó como una ola de calor subía hasta su rostro, avivando un sonrojo en sus mejillas.
—Uchiha— completó Itachi—.No, estamos aquí por el congreso, tenemos reservaciones a nombre de Uchiha Sasuke y Haruno Sakura— indicó.
El hombre tecleó con rapidez, corroborando que la información proporcionada por el azabache fuese cierta.
—Lamento la intromisión— se disculpó, luciendo apenado—. Aquí están sus llaves, sus habitaciones se encuentran en el piso número doce. Disfruten de su estancia.
Ambos emprendieron paso hacia los elevadores. Itachi le permitió ingresar primero uniéndose a ella pocos segundos después. Sin pensarlo demasiado, presionó el brillante botón que enmarcaba el número del piso al que se dirigían.
Mientras el ascensor emprendía el mecánico camino de subida, Sakura contemplaba a Itachi de reojo, era un hombre hecho de oscuridad, cautivador y a la vez intimidante. Intentaba memorizar su imagen, cada pequeño detalle. Sasuke había sido el primer hombre en su vida, pero la idea de imaginarse a lado de Itachi era excitante.
Quizás le perturbaba el innegable parecido que ambos hermanos compartían, sus rasgos eran similares a los de Sasuke, pero a la vez tan distintos. Era injusto compararlos, mas no podía evitarlo.
Sus pensamientos son interrumpidos al escuchar las puertas del elevador abrirse, la música anunciaba el final del final del ascenso. Ella emergió luego de que Itachi le cediera el paso. Realizaron el resto del camino rodeados por una profunda afonía.
—No olvides la cena de esta noche— le recordó Itachi mientras tanteaba la tarjeta en la cerradura electrónica.
—Ahí estaré— aseguró ella.
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Llevaba más de treinta minutos de retraso cuando cruzó las imponentes puertas de cristal que enmarcaba el único ingreso disponible al refinado salón del hotel.
No pretendía arribar tan tarde a la velada, sin embargo, había tenido algunos problemas a la hora de elegir el atuendo apropiado para la cena. Tres veces, en el curso de cuarenta minutos, la pelirosa abandonó en el pequeño cuarto de baño de la habitación para contemplarse en el espejo de marco brillante situado frente a la cama; inmediatamente, desconténtenla, regresaba al closet para reconsiderar sus opciones.
Normalmente no le tomaba demasiada importancia a su aspecto, estaba consciente de su belleza asi como de los atributos de su cuerpo, consideraba innecesario atravesar el agobiante proceso de transformación al que muchas chicas se sometían, contaba con un envidiable arsenal de vestidos y conocimientos básicos de maquillaje y peinado para acicalarse. No obstante, aquella noche era diferente. Conocía las jugarretas de la mente, y por esa razón se mostraba escéptica. Aun asi, sus pensamientos estaban centrados en el sitio donde pasaría la velada, y creía firmantemente que debía encontrarse a gusto consigo misma. Detestaba la idea de parecer austera. Deseaba lucir relajada y, a la vez, reservada. Quería dar la impresión de no haber reparado demasiado en su apariencia, pero eso también requería tiempo y esfuerzo.
Fue asi que, tras varios minutos de reflexión, se encantó por el vestido verde esmeralda de satén de seda. Se sentía grácilmente inexpugnable, escurridiza y segura; la prenda dejaba al descubierto paneles de su nívea piel, el cuello en V cruzado, los tiras cruzados en la espalda y los tirantes finos acentuaban el escote en la espalda y la abertura delantera que exponía sus largas y torneadas piernas.
No estaba habituada a llamar la atención de esa manera. Sabia al dedillo que el ostentoso ajuar resaltaba sus atributos femeninos, acaparando algunas miradas lascivas a su paso.
Inquieta, buscó al azabache con la mirada, localizarlo entre ese mar de personas iba a ser una tarea complicada, mas no imposible.
El incesante repiqueteo del teléfono celular interrumpió su encomienda. Del bolso de mano a juego extrajo el móvil, percatándose del número de mensajes acumulados en la bandeja de la aplicación. Un nudo de impaciencia debía estarse tensando en Itachi, a la par que los minutos transcurrían.
Nuevamente, apartó la mirada de la pantalla y buscó el rostro del azabache entre la multitud, ¿Dónde demonios estaba?, le tomó unos segundos localizarlo, se encontraba en un rincón del salón, luciendo más apuesto de lo que alguna vez había lucido; llevaba un traje que se ajustaba perfectamente a su figura, era de lana virgen jaspeada en un tono azul oscuro. Su larga y oscura melena bruñida en una coleta baja, confiriéndole un aspecto irreal. Sostenía una copa de champagne con la mano derecha, mientras mantenía la izquierda oculta en uno de los bolsillos de su pantalón.
Esbozó una sonrisa triunfante, ahora que había encontrado al príncipe de ensueño, difícilmente desistiría.
—Al menos puedes actuar como si quisieras estar aquí— dijo ella, situándose a su costado.
Itachi enmudeció al contemplarla; su mirada viajo en reconocimiento a la etérea figura. El verde le sentaba de maravilla. Se detuvo un momento en el hipnótico escote, aunque el espectáculo se encontraba en su espalda. Sacudió ligeramente la cabeza, realizando un esfuerzo sobrehumano para no embelesarse con la despampanante proyección de Sakura.
—Sabes lo que pienso sobre estos eventos— contestó, llevando la copa hasta sus labios.
— ¿Acaso crees que yo lo disfruto?— preguntó, echando un vistazo hacia ambos lados de la repleción, notando la majestuosidad del interior.
—Odias ser el centro de atención, sobre todo cuando se trata de tu nombre— dijo, tomando una copa de champagne de la bandeja para ofrecérsela a ella.
Los ojos color ónix se prendieron a los esmeralda de ella, percatándose del brillo lemanita de su mirada. Era una mujer catastróficamente hermosa.
Incapaz de mantener a raya sus propios impulsos, Itachi se aproximó a ella. Desde esa distancia, Sakura percibió con reconocimiento el olor de su fragancia, embriagando sus sentidos. Dubitativo, el pelinegro se inclinó hacia su oído, la altura de los tacones reducía la remarcada diferencia de estatura, tal hecho le otorgaba cierta ventaja al neurocirujano, que sin pensarlo, recitó:
—Valió la pena la espera.
El aliento era cálido contra la piel de su cuello; un escalofrío recorrió cada centímetro de la epidermis, mientras una reconocida calidez se instalaba en su vientre. Su plan había surtido efecto.
—Eres bastante engreído si crees que solo me vestí de esta forma para ti— respondió, divertida.
— ¿No fue asi, Sakura?— masculló en tono seductor. Al contemplarlo, Itachi la atravesó con una entretenida mirada de lujuria y diversión.
Aquel atisbó sugestivo envió escalofríos por todo su cuerpo.
— ¡Comadreja!— Llamó alguien detrás de ellos.
Escuchó al azabache lanzar una maldición, acompañada de un suspiro. Tan rápido como la voz broto, se apartó de ella, dejándola en la dolorosa espera.
—Kisame— espetó Itachi, virando sobre sus tobillos, mientras el aludido estrujaba su mano—. Ha pasado mucho tiempo.
—Asi es— coincidió el corpulento caballero—. Sigues tan gélido como el hielo, Uchiha, no has cambiado mucho desde el internado— bromeó—. ¿Aun sigues robando cirugías?
—No tengo idea de lo que estás hablando— espetó Itachi, sonriente. La broma fraterna no daba tregua—. Oh disculpa, déjame hacer una presentación apropiada; Haruno Sakura, te presentó a Hoshigaki Kisame, fue compañero mío en durante la carrera— dijo el azabache, recordando que era acompañado por la pelirosa—. Kisame, la doctora Haruno es una de las residentes más prometedoras del HGK.
—Encantada de conocerlo— sonrió Sakura, dándole la mano vigorosamente.
—Lo mismo digo, doctora Haruno, es usted una joven muy linda, Itachi siempre tuvo una debilidad por las chicas lindas— Kisame sonrió al aludido, quien estaba frente a él.
Sakura contuvo las ganas de emitir una carcajada. La acusación era tan cierta como que la tierra era redonda; estaba ruborizado e incómodo.
—Fue agradable verte, Uchiha. Deberíamos tomar una tarde libre para salir a beber una cerveza— sugirió el hombre.
—Por supuesto— concedió, carraspeando con discreción para disipar la piquiña de incomodidad.
—Fue un placer conocerla, ahora, si me disculpan, hay ciertos asuntos que debo atender. Disfruten la velada.
Cuando el hombre estuvo lo suficientemente lejos del oído, fue el momento de Sakura para acortar la distancia entre los dos.
—Asi que… ¿Soy tu debilidad?— cuestionó, juguetona.
La imperiosa mirada oscura reposó sobre ella.
—No puedo revelarte todos mis secretos, Sakura.
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Sakura estaba sentada escuchando la hermosa melodía compuesta por una mezcla de piano, saxofón y batería.
Después de la cena de tres tiempos, la gente comenzaba a congregarse en la pista de baile, mientras los demás permanecían absortos en conversaciones apacibles.
Desde la comodidad de la mesa, observaba con detenimiento el panorama. Había desistido del champagne luego de la tercera copa, decantándose por un trago más fuerte, sin embargo, era momento de detenerse si su plan era no pescar una resaca por la mañana. La reunión con los ejecutivos estaba programada para el medio día, sería poco profesional de su parte presentarse ante ellos con una mala pinta.
Engulló el trago grácilmente. Itachi se había marchado hace algunos minutos, cuando algunos invitados se aproximaron a charlar con él. Agradecía que el parecido físico con su madre fuese imperceptible, le gustaba pasar desapercibida, detestaba ser presa de falsas adulaciones y comparaciones. Ser hija de una cirujana de renombre tenía sus ventajas, pero ella solo consideraba los perjuicios.
Vio algunos rostros conocidos; reconocía a algunos invitados gracias a las prestigiosas revistas médicas y los medios, muchos de ellos estaban ahí para otorgar conferencias, lo cual la entusiasmaba. Había comprendido que cuanto más prestigioso era el médico, la cantidad de gente que lo rodeaba era enorme, tal era el caso de Itachi.
No obstante, por el rictus de tensión en sus labios y la expresión de acritud, podía apreciar que lo único que deseaba su jefe en ese momento era salir corriendo. Yacía de pie en medio del salón, con una mueca mortalmente seria y la mirada fija en el rostro de uno de sus colegas, escuchaba las historias que tantos hombres y mujeres se aproximaban a contarle.
La última invitada en aproximarse fue una chica alta, curvilínea; sus cabellos tan dorados como los rayos del sol llegaban a la mitad de la espalda, poseedora de hipnóticos ojos cerúleos y, perfectamente ataviada en un precioso vestido rojo que favorecía su figura. Sakura no despegó la mirada de ellos en ningún momento, por lo que no pasó desapercibido el tiempo que la mano de aquella joven estuvo estrechada con la de su jefe mientras expresaba su profunda admiración. Para su sorpresa, Itachi actuó como todo un caballero, tan rápido como la joven termino de hablar, reposó su atención en el invitado previo, disipando cualquier tentativa de coqueteo. Triunfante, esbozó una sonrisa discreta a la par que notaba como la decepción decoraba las hermosas facciones de la blonda, que sin más remedio, opto por retirarse.
— ¿Está ocupado este asiento?— preguntó un hombre detrás de ella, con la mayor despreocupación posible.
Ella lo reconoció de inmediato, se trataba de Nagato Uzumaki, director de uno de los sanatorios más prestigiosos de Amegakure, antiguo mentor de Itachi.
—Claro que no— dijo Sakura con una delicada sonrisa.
Sin mayor detenimiento, el pelirrojo posó su cuerpo desgarbado a lado de ella. Sakura se preguntaba en donde se encontraba la mujer que lo acompañaba en la gala anterior.
— ¿Puedo invitarte un trago?
La pelirosa lo oteó, algo desorientada. De ser una ingenua, creería que Nagato intentaba seducirla, no obstante, tenía la impresión de que no era ese tipo de hombre.
—Sería un honor.
—Un coctel zafiro, por favor— expresó a uno de los meseros cuando estuvo cerca—. Y para la señorita…
—Lo mismo que el caballero— se apresuró a responder, intrigada por la peculiar elección del hombre.
Cuando el joven se marchó, la atención de Nagato reposó nuevamente sobre ella.
—Sabía que volveríamos a encontrarnos.
—Por favor, no digas que es obra del destino— respondió Sakura, atendiendo de manera preventiva.
—Por supuesto que no, pero tal vez debemos arle un poco de crédito a las casualidades— reflexionó.
Sakura lo miró con incuria, insegura de que decir. Sus fanales esmeraldas viajaron por toda la estancia hasta posarse en Itachi, quien se encontraba enfrascado en una conversación.
—Veo que decidiste venir con Itachi— señaló el pelirrojo, dirigiendo sus lóbregos ojos al mismo sitio donde reposaban los de ella.
Antes de rebatir, el mesero regresó con sus bebidas, situándolas frente a ellos. El hombre agradeció las atenciones del joven con un gesto adusto.
Ella tomó el trago, llevándolo hasta sus labios para dar un pequeño sorbo; detectaba la adición de ginebra, vermú seco, licor de naranja, y el exquisito licor azul, mas no era especialmente refrescante.
— ¿Qué te pareció?— indagó Nagato, profundamente interesado.
—Es demasiado extravagante para mi paladar— respondió, tratando de disipar la extraña mezcla de sabores contenida en sus papilas gustativas.
Lejos de sentirse ofendido por la dura crítica de la pelirosa, el pelirrojo lanzó una carcajada gutural, decidiéndose a beber.
—Sé que no has acudido a mí con la intención de entablar una agradable charla— comentó secamente Sakura—.Deseas ofrecerme algo.
—Eres muy perceptiva— dijo Nagato, mostrándose sorprendido por la sagacidad de sus palabras.
—Es una de mis tantas cualidades que heredé de mi madre— rebatió, encogiéndose de hombros.
—No voy a mentirte, Sakura— aseguró el hombre, oteándola de soslayo—.He estado siguiéndote el paso desde que ingresaste a la universidad.
Las cosas se movían demasiado rápido para la pelirosa. La repentina revelación de su acompañante la dejo pasmada, indecisa de como sentirse al respecto.
—Al inicio accedí porque se trataba de una petición de tu madre, pero al atisbar tu excelente desempeño, los directivos y yo llegamos a la conclusión de que sería estúpido de nuestra parte no aprovechar tus múltiples talentos.
Sakura inspiró y frunció el ceño. Aun no daba crédito a las palabras del pelirrojo, sabía que la persuasión de su madre no conocía límites, la sencilla sugerencia de abandonarlo todo con tal de trabajar para Nagato, generaba en su interior cierta molestia.
—El trabajo de Tsunade ha sido reconocido por muchos hospitales, al igual que el de Itachi. Es un honor trabajar bajo su diligencia.
—Sin duda alguna lo es— respondió, sonriente—. Sin embargo, todo en esta vida se trata de tomar riesgos, ¿acaso no te gustaría trabajar por tu cuenta, bajo tus propias ordenes?
La idea era tentadora, pero peligrosa. Iba en contra de sus principios. Desde que ingresó a la universidad, se prometió a si misma que no haría nada que pusiera en riesgo su trabajo por dinero.
—De verdad lo lamento, pero no he venido aquí para discutir este tema— Sakura suspiró—. Hoy solo pienso comer y beber.
Nagato soltó una risita, algo frívola. Reconoció que la respuesta de Sakura daba por zanjado el asunto, asi que, sin más remedio, se puso de pie, dispuesto a dejarla tranquila por el resto de la velada.
—La oferta seguirá en pie, Sakura. Si cambias de parecer sabes dónde encontrarme.
Cuando Nagato se marchó, Sakura consideró que era el momento apropiado de llamar aquello una noche.
Buscando un respiro de la música estridente, la pelirosa se dirigió hacia el centro de la pista, de se encontraba Itachi. Haciendo gala de los impecables modales inculcados por su madre, saludó a los ahí presentes.
—Lamento interrumpir la conversación— masculló—. Pero me temo que debo acaparar la atención del doctor Uchiha por un momento.
— ¿Qué sucede?— cuestionó extrañado.
—Tsunade desea hablar con usted de inmediato— espetó con seguridad, mostrando sus dotes como actriz.
—Lo lamento— se disculpó el azabache—.Fue un placer charlar con todos ustedes.
Sin decir una palabra más, ambos se precipitaron hacia uno de los pasillos. A través del vestíbulo le llegaban las voces por la puerta abierta del salón. Sakura soltó una carcajada al atisbar el rostro consternado del pelinegro, el plan improvisado había funcionado a la perfección.
—Debí imaginarme que era mentira— Itachi sonrió.
— ¿Acaso creíste que Tsunade te buscaría un viernes por la noche?— rebatió con sarcasmo, intentando contener la risa—. Noté que necesitabas ayuda desesperadamente, asi que decidí intervenir.
—Gracias— Itachi rió.
—No hay nada que agradecer.
No iba a engañarse a sí misma, si ambos daban por finalizada la velada se sentiría completamente decepcionada.
—Creo que deberíamos marcharnos de aquí, para no levantar sospechas— suspiró Sakura, mirando hacia el fantástico decorado de la estancia.
—Conozco el lugar perfecto.
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Cuando Itachi mencionó que conocía el lugar apropiado, nunca pensó que se refería a su propia habitación.
El hecho de encontrarse a solas con él, ponía sus trastornados nervios de punta. Estaba emocionada, pero a la vez se sentía aterrada. La última vez que ambos estuvieron solos en una habitación terminaron uno sobre el otro, degustando sus labios hasta dejar sus labios hinchados. Si bien, aguardaba con todo su ser que aquel suceso se repitiera, temía recibir una negativa por parte del hombre que deseaba.
Mientras el azabache preparaba las bebidas, Sakura se dirigió al balcón. La música resonaba suave en el interior, confiriéndole a la atmósfera un toque cálido. Cerró los ojos al sentir el tímido tacto de la estival brisa nocturna sobre su piel desnuda. Disfrutaba de la calma del susurro de los árboles mezclados con el golpe bajo proveniente de las transitadas calles.
—Espero que sea de tu agrado— dijo Itachi mientras la alcanzaba en el exterior, ofreciéndole el trago de whisky.
Sakura tragó el nudo en la garganta al ver a Itachi sin saco y con una parte de la camisa desabotonada, dejando al descubierto la extensión formada por su cuello y una ínfima parte de su pecho; llevaba las mangas remangadas hasta los codos, adquiriendo un aspecto relajado, pero majestuoso.
—Gracias— sonrió tímidamente, alcanzando su propia bebida, a la par que sus dedos rozaron los de él en el proceso.
Ambos disfrutaron de la bruma afónica que los rodeaba. Itachi inclinó su cuerpo ligeramente hacia el frente, recargándose en el barandal. Pese a todas sus vacilaciones, no había preparado nada que decir. Sus pensamientos estaban centrados en que Sakura era aún más hermosa que en sus fantaseos sobre su belleza. El vestido de seda que portaba idolatraba cada curva y hondonada de su cuerpo esbelto. Se distinguía de cualquier mujer que hubiera conocido. Especialmente esa noche, cuando las damas más elegantes del gremio de salud se vistieron para impresionar a todos los invitados. No obstante, la pelirosa las supero con aquel ajuar esmeralda y un par de pendientes de gota de calcedonia exquisitamente sencillo.
— ¿Por qué decidiste estudiar medicina?— cuestionó él, con la mirada fija en el espectáculo de luces protagonizado por los imponentes rascacielos al horizonte de la ciudad.
La joven tamborileo los dedos en el contenedor de cristal sin otorgar una respuesta inmediata.
—Quizás es en lo único en lo que soy buena— suspiró, encogiéndose de hombros—. Desistí en el sueño de convertirme en una artista cuando me percaté que el legado de mi padre moriría con el mismo. Memorizar siempre fue sencillo para mí, los libros de medicina de mi madre me ayudaron a mejorar la lectura cuando era niña.
—No creo que sea la única cosa en la que seas buena— respondió Itachi, hilvanando una sonrisa artera, deleitosa.
—Siempre intenté complacer a mi madre— confesó Sakura, impulsada por la extraña sensación de confianza instalada en su pecho—. Pensé que si seguía sus pasos, la vida sería más sencilla de sobrellevar— un rictus de amargura surcó sus hermosas facciones—. Conforme fui aprendiendo, me percate que solo lo estaba haciendo por conquistar lo inexpugnable, derrotar los misterios que nos derrotan— concluyó, degustando con precaución un sorbo de licor, notando como el placentero escozor recorría su garganta—. Tu turno, ¿Por qué decidiste convertirte en doctor?
Itachi la miró, sosegado.
—Fui impulsado por el sentido poético de ayudar a las personas— comenzó, llevando el vaso de cristal hasta sus labios para beber un corto trago de alcohol—.Además era una muestra de rebeldía. Mi padre esperaba que su primogénito siguiera sus pasos, su sueño era que yo me transformara en abogado para heredera la firma.
— ¿Por qué no lo hiciste?— cuestionó, estudiando con atención cada detalle de su hermosa faz, sintiéndose cautivada por el brillo que resguardaban sus ojos ónix, tan traslucidos para permitir que sus más oscuras intenciones se sumergieran en ellos.
—Tenía el presentimiento de que lo hacía terminaría odiándome a mí mismo— se apartó de la balaustrada de herrería, dejando caer su demoledora mirada sobre ella.
— ¿Cómo fue que tomaste la decisión? — preguntó Sakura.
—Abandoné la escuela de leyes para aplicar al Instituto de ciencias médicas, desde ese día mi padre jamás volvió a dirigirme la palabra, argumentando que estaba muerto para él— bebió de un golpe el resto del trago, procurando disipar la piquiña de aflicción que le estrujaba la garganta—. Aún recuerdo que desde ese momento mencionó que solamente tenía un hijo.
Los dos recayeron en un taciturno mutismo. Degustaron el resto de sus bebidas en silencio, con la mirada fija en puntos distintos. Sakura se sentía conmovida por la confesión; Sasuke nunca mencionó cuales fueron los motivos de Fugaku para exiliar de la familia a Itachi, sin embargo, ahora que los conocía, no podía evitar experimentar una profunda molestia hacia los seres que le dieron la vida, preguntándose cómo era posible que ambos le dieran la espalda en un momento tan crucial de la existencia.
Itachi tomó su vaso vacío y lo situó junto al suyo en una pequeña mesa de cristal cerca del brocal del balcón.
Sakura mordió su labio inferior al advertir la manera en la que él se aproximaba. Instintivamente, retrocedió un paso, atrayéndolo a un juego similar como el que había iniciado en la biblioteca.
—Pero eso quedó en el pasado— espetó; la voz ronca, fuerte y apacible.
De la persona dura e intimidante que contempló el primer día, ya no quedaba nada. Ella se sentía halagada de atestiguar lo que se encontraba dentro de aquel caparazón; Itachi se mostraba sincero y cómodo a su alrededor, desatando una violeta oleada de sentimientos en su interior. Lo veía todo extraño, como por primera vez. Todo le parecía distinto, demasiado intenso, demasiado real.
El pelinegro se aproximó aún más a ella; el cuerpo de la pelirosa inmóvil, tan pétreo como una estatua de mármol. Un escalofrió recorrió su espalda desnuda cuando Itachi elevó su barbilla, delineando con la punta del pulgar la forma de sus labios. Autómata, la pelirosa cerró los ojos, su cuerpo cobrando viva propia.
Siguiendo su instinto, la pelirosa se inclinó hacia adelante, aprisionando el dedo del azabache con sus labios, delimitando la circunferencia con la punta de su lengua cálida y húmeda. El fuego detrás de la mirada oscura de su acompañante avivó el calor contenido en su vientre. Notó como la reparación del pelinegro se atascaba en su garganta al succionar; todos los músculos de su cuerpo se tensaron como una cuerda.
Con las mejillas encendidas por un violento sonrojo, se apartó de él, intentando encontrar la voz para disculparse por un acto de absoluta irreverencia. De momento, las palabras no parecían ofrecer una salida. Él posó las manos en sus hombros; la piel desnuda gélida al tacto. Desde el momento que había ingresado a la habitación con él no tenía nada que perder.
Sin más restricciones que sus propias fluctuaciones, Itachi la atrajo hacia él con un certero movimiento. Su corazón palpitaba dolorosamente contra su pecho, se sentía débil y abrumada. Notó como los hábiles dedos del hombre se enredaron en su cabello al mismo tiempo que la besaba desesperadamente, como si estuviese muriendo de sed y ella fuese un oasis en medio del desierto.
Sus labios eran cálidos, tersos y húmedos, tal como los recordaba; degustaba algunas notas de whisky danzando por su boca, tan embriagante como él mismo. Demoró unos cuantos segundos en reaccionar, pero rápidamente envolvió los brazos alrededor de su cuello, aferrándose a los planos lisos de sus omoplatos.
Emitió un sonido de desfallecimiento cuando sus lenguas se encontraron. Aquel gemido pareció penetrarle, perorarlo de arriba hacia debajo de tal forma que su cuerpo quedaba expuesto, saliendo de sí mismo para degustar sus labios libremente.
Ella se apartó un segundo para recomponer la respiración agitada. Itachi aprovechó este momento para alzarla del suelo, obligándola a rodearle las caderas con sus firmes muslos. Reingresó a la habitación en tientas, dejando caer su cuerpo sobre la única silla disponible, situando el peso de la pelirosa robre su regazo.
Reanudaron el beso con mayor confianza; el azabache escabulló las manos bajo la suave tela del vestido, acariciando la extensión de sus níveos muslos, hundiendo la punta de los dedos en la carne de sus extremidades. Mientras se besaban, Sakura tiraba sin resultado de la camisa, intentando despojarlo de aquella prenda que parecía no dar tregua.
Lanzó un sonido suspirante al notar las expertas manos de su amante escabullirse por la delgadez de sus pantis de encaje, estrujando sus glúteos. Desafiante, besó la extensión de su mandíbula, descendiendo por la columna de porcelana, hasta mordisquear la tierna piel de su garganta; Sakura echó la cabeza hacia atrás, completamente abrumada por el latigazo de sensaciones que la atacaban. El apretado nudo en su vientre clamaba por ser liberado; eso era mil veces mejor de lo que había fantaseado.
La sensación era intolerable. Un gemido brotó de las profundidades de Itachi cuando ella lo tomó por la solapa de la camisa. Podía sentir la dureza de su miembro cristo y erecto bajo su palpitante sexo, presionando, generando una dolorosa fricción, mientras el néctar que emanaba de su intimidad comenzaba a filtrarse por la delgada tela que la cubría.
Estaban más allá del presente, fuera del tiempo, eran dos desconocidos que habían olvidado quienes eran o donde estaban. No existía nada aparte de aquella devastadora sensación, emocionante y henchida, a la par que sus sexos se frotaban en aquel forcejeo incesantemente sensual.
No obstante, Itachi interrumpió el beso, alejándose unos cuantos centímetros de ella. Sakura se percató de su vacilación mientras lo contemplaba con el aliento entrecortado; sus frentes unidas, la punta de sus narices rozándose. Detuvo el movimiento de caderas, permitiendo reposar su anhelante sexo sobre el miembro palpitante del azabache.
En un gesto de absoluta devoción, Itachi alisó su cabello con la mano, llevando un mechón detrás de su oreja.
Sakura lo liberó del desesperado agarre, colocando ambas manos sobre su pecho, notando el acelerado pulso bajo las palmas.
—Lo lamento— masculló, evidentemente desolado.
—No lo hagas— replicó la pelirosa, acunando el rostro de Itachi entre sus manos—. He deseado hacer esto desde hace un tiempo.
Itachi sonrió, evidentemente trastocado por la confesión.
—También yo— asintió, apartando las manos de los muslos de la pelirosa—. Pero no debería hacerlo. No quiero que pienses que estoy aprovechándome de ti— la guio fuera de su regazo, entrelazando su mano con la de ella.
Sakura se apartó, adecentando discretamente el vestido. Todo había acabado.
—No imaginaria eso, en lo absoluto— intento reconfortarlo, sabiendo que era casi imposible retomar el ritmo.
Para su sorpresa, Itachi la abrazó con fuerza. También era complejo para él dejar ir todos sus miedos y rendirse ante lo que sentía por ella. Resignada, recostó la cabeza sobre su hombro. Jamás había experimentado esa seguridad antes, aferrando los brazos al cuerpo del azabache.
—Por más que me entusiasme la idea de que pases la noche aquí, no es posible— susurró; un brillo de dolorosa sorpresa surcó su mirada.
Antes de permitirle marcharse, la besó una vez más, en esta ocasión el contacto era suave, burlón, sus labios a duras penas presionados a los de ella.
—Te veré mañana— aseguró Sakura, alejándose renuentemente para dirigirse a la puerta.
Continuará
N/A: Después de dos capítulos con poca interaccion entre los protagonistas, pero que todo lo acontecido compense esa fea situación.
Vislumbraba lejano el día en que llegaría a redactar esta sección, pero el momento ha llegado, y de ahora en adelante las cosas van a ponerse más intensas (guiño, guiño*)
No saben cuánto me alegra saber que la historia es de su agrado. Mil gracias por tomar parte de su tiempo para leer, y sobre todo, dejar un review. Tengan en cuenta que leo todos y cada uno de sus comentarios gustosa, son el combustible que me motiva a seguir escribiendo y espero no decepcionarlxs.
Ojala el capítulo haya sido de su agrado
Esto es todo por el momento :D
Les mando un fuerte abrazo, cuídense mucho
Hasta la próxima
