Capítulo 13

Los pasos resonaron por la amplia estancia; mientras ingresaba, contemplaba con detenimiento el primoroso decorado del lobby.

Detrás de la recepción, enormes y brillantes letras de metal colgaban de la pared, la ornamente iba acorde a los preceptos de la corriente minimalista a la que gran parte de las oficinas de la ciudad se habían sometido en los últimos años, una revista de moda tan prestigiosa como lo era aquella, difícilmente se desencantaría de las abrumadoras vanguardias.

Enfiló el paso hacia la antecámara, deteniéndose a escasos centímetros del mueble de acrílico. La hermosa chica detrás del mostrador, apartó la mirada avellana de la pantalla del computador, percatándose de su presencia.

—Bienvenido a Kintukuroi, Uchiha-sama— saludó la joven con familiaridad, estirando la comisura de sus labios carmín hasta hilvanar una sonrisa perfectamente practicada— ¿Desea que anuncie su llegada a Izumi-san?— cuestionó, dirigiendo una mano hacia el conmutador.

—No será necesario, Izumi está aguardando por mí— respondió, meneando la cabeza a manera de negación.

—Adelante, por favor.

Con las manos en los bolsillos, cruzó al otro lado del vestíbulo. Presionó el botón del ascensor, ingresando en cuanto las puertas de metal se abrieron. Recargó su cuerpo contra las paredes revestidas de tela, aferrando sus manos al desgastado entarimado de madera al tiempo que mantenía la mirada fija al frente.

El congreso había llegado a su fin. En un abrir y cerrar de ojos ambos se encontraban de regreso en Konohagakure, postrados en la cabina individual, tratando de asimilar el duro golpe de realidad que aguardaba por ellos. Los últimos días en el hospital transcurrieron de forma vertiginosa, sin acontecimientos para resaltar.

A su arribo, Tsunade lo citó para mantener una larga charla sobre las negociaciones con la farmacéutica, se encargó de vociferar hasta el más ínfimo detalle, omitiendo por supuesto, los encuentros poco profesionales con Sakura. Tras verse liberado de sus encomiendas como emisario, se dedicó a resolver la montaña de papeleo que aguardaba por él desde hace más de una semana, privándolo no solo de visitar el quirófano, sino también de contemplar a la pelirosa.

El ascensor lo elevó quince pisos; una chica de labios apretados y elegante indumentaria ingresó. Zapateó impaciente, esperando a que las puertas se cerraran. Parecía que no había visitado ese lugar en siglos, procuraba evitarlo a toda costa, incluso cuando estaba casado con Izumi se las apañaba para realizar visitar a la oficina.

Le dedicó una delicada sonrisa antes de abandonar el elevador en la planta de la editora. Tras las enormes puertas de cristal, vislumbraba el entorno elegante, procesal, individuos bien vestidos deambulaban atareadamente entre los cubículos.

Albergaba una extraña sensación dentro de su pecho. No hacía mucho tiempo, tanto él como Izumi optaron que lo mejor para ambos era ir por caminos separados. Al inicio su mundo se derrumbó en pedazos ¿Cómo iba a darle fin a una relación de una década?, ella era la única mujer en su vida, la primera en demasiados aspectos, y la ultima en otros. Si bien, había tenido algunas novias, ninguna llegó a ser tan formal como Izumi.

Las dificultades que afrontaron no se comparaban con nada en el mundo; ella estuvo a su lado cuando su familia le dio la espada, lo animó a proseguir con sus estudios y mantener un trabajo. Aquellas situaciones los fortalecieron como personas, pero no lo hizo como pareja.

Comenzó a notar las grietas de su relación una vez que finalizó la residencia; la obsesión de Izumi por convertirse en madre se hacía más grande. El hospital demandaba su presencia; neurocirugía era una de las especialidades más complejas y atenuantes dentro de la rama médica, no obstante, era su sueño y no iba a renunciar a este tan fácilmente. Después de varias discusiones, llegó a la conclusión de que la relación era insalvable, y sin más remedio, optaron por separarse. Los primeros meses fueron una tortura, aun asi, intentó concentrarse en su carrera mientras su matrimonio ingresaba en una fase intermedia. Fue asi que consiguió un apartamento y trasladó las pocas cosas que poseía, lanzándose en un viaje incierto en busca de la tranquilidad.

Tales pensamientos ocupaban su mente mientras cruzaba las inmaculadas puertas de cristal, dirigiendo el andar hacia la recepción. Lo recibió una chica atractiva con un elegante vestido camisero midi en color rojo, lo dirigió en una resplandeciente sala de espera, le ofreció con grandes ademanes una taza de café, pero él la rechazó, sentía como un montón de nudos prietos le estrujaban el estómago. Tomó asiento en el sofá, contemplando la vista de los edificios mientras Izumi hacia acto de presencia.

— ¿Uchiha-san?— llamó la joven desde el mostrador, sosteniendo el teléfono contra su pecho—, puede ingresar— vociferó, lanzando un vistazo al corto pasillo que separaba la sala de espera de la oficina de la pelinegra.

Sin más preámbulos, agradeció las atenciones de la mujer con una sonrisa y caminó hasta el despacho de la editora. Desde el otro lado de la puerta escuchaba su demandante voz. Si pudiese describirla con una sola palabra sería: arrebatadora, tan estrepitosa como un huracán. Golpeó la madera y ella le permitió ingresar.

Desde el otro extremo de la sala, atisbó al huracán en persona: traje azul, la melena suelta y la mirada fija sobre el escritorio.

La oficina se asemejaba a una sala de estar de algún club exclusivo; cómodas butacas de tela, estanterías repletas con tomos de revistas y otros objetos decorativos, una chimenea alimentaba por gas cuyas llamas aleteaban bajo el aire acondicionado. Desde su resplandeciente escritorio, la pelinegra atendía una importante llamada.

Itachi pensó regresar en otra ocasión, no obstante, aquel era su día libre, dudaba que contase con otra oportunidad, asi que se resolvió a esperar, postrado en el asiento ajustable de color perla.

— ¿Saldrás de viaje?— cuestionó priori a la finalización de la llamada. Izumi lo miró sin parpadear, mostrando una sonrisa comprensiva.

—Debo estar en Kirigakure el jueves por la tarde, me encuentro en la última línea de negociaciones con una importante marca y quiero estar presente cuando el trato se cierre— asintió. Ella era una mujer segura de sí misma, la mejor en su campo—. No quiero quitarte demasiado tiempo, sé que debes estar ocupado en el hospital.

Se limitó a coincidir con un sencillo movimiento de cabeza.

—Estaba emocionada cuando accediste vernos en mi oficina, lo que tengo que decirte no podía mencionarlo por teléfono— un brilló surcó la oscura mirada, estaba genuinamente entusiasmada.

Cuando lo llamó el día después de su regreso a Konoha, Itachi imaginó que discutirían algún tema relacionado con el proceso de divorcio. Sasuke logró contactarse con él para comunicarle las malas noticias, asi que esperaba que su esposa reconsiderará la situación, y optará por cambiar de parecer.

—Pensé que hablaríamos sobre el divorcio— dijo, removiéndose en su asiento.

—Por supuesto— respondió aturdida—.Tal vez no sea necesario separarnos, ¿sabes?— mordió su labio inferior, nerviosa. Itachi tragó el nudo prieto de su garganta— ¿Has reconsiderado la opción de volver?, estoy dispuesto a olvidarlo todo para comenzar de nuevo.

Su corazón se hundió. Podía imaginarse como se sentía Izumi, pero al mismo tiempo, no sabía cómo enfrentarla, ella se había convertido en un recordatorio de todo lo que había salido mal en su vida.

Sabía lo que pasaría si aceptaba volver, después de la pelea venia la reconciliación, un lapso momentáneo de paz, y después una recaída monumental. No contaba con las fuerzas suficientes para proseguir. Ambos estaban destruyéndose mutuamente.

—Fuiste tú quien le dijo al juez que apresurara el proceso de divorcio— le recordó, sosteniendo su mirada.

—En verdad lo lamento, estaba molesta, no sabía lo que decía en ese momento, simplemente me deje llevar por la intensidad— explicó, abandonando su asiento. Se situó a su lado, lo suficientemente cerca para sostener su mano—. Podemos formar la familia que tanto hemos deseado.

Una vez más, la vida se encargaba de mostrarle que no todas sus suposiciones eran correctas. Levantó una ceja, confundido, cuando ella le tendió un sobre sellado. Lo estudió por fuera unos cuantos segundos, analizando con detenimiento el timbrado de la clínica de fertilidad que adornaba la caratula. Las entrañas se le removieron. Izumi se mostraba igual de aprensiva, pero algo le decía que era de su pleno conocimiento la información resguardada allí dentro.

— ¿Cómo fue que conseguiste esto?— preguntó, colocando el pliego sobre la superficie de cristal, sin inmutarse en contemplarlo.

—Me sometí a un tiramiento experimental de fertilidad hace unos cuantos meses. Durante mi última visita, el medico indico que mis óvulos estaban preparados para ser fecundados con tu muestra— explicó Izumi; la oz trémula por la emoción.

Itachi sentía como la habitación daba vueltas a su alrededor. Estaba en un profundo estado de shock, demasiado conmocionado para imaginar en lo que estaba pasando. Al mismo tiempo, la culpa lo atormentaba.

—Izumi— la llamó—. Un hijo no es lo que necesitamos en este momento, no salvara nuestro matrimonio, un niño no es un proyecto en el que puedas trabajar meticulosamente.

Su expresión rota, esperanzada, cambió: los ojos humedecidos y el tacto suave se desvanecieron. En un abrir y cerrar de ojos, transmutó algo más oscuro en su faz.

—No es un proyecto, sino un propósito, la oportunidad para que ambos continuemos juntos— dijo con una sonrisa llena de desdén.

Recayó en una pesarosa afonía. Estaba cansado de luchar, llevaba años inmerso en aquella batalla interminable, la obstinación por salvar lo insalvable. Deseaba salir de esa situación, permitir que Izumi ganara, aunque sabía que él había perdido cuando ella se marchó.

—Izumi, sabes que eso no…

—Permitiré que lo pienses durante el tiempo que ha otorgado el juez— espetó, cediendo a que las lágrimas resbalaran por sus mejillas—. Y si no tomas una decisión, me encargare de hacerlo yo misma.

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Después de la reunión con Izumi, Itachi optó por recluirse en la intimidad de su apartamento, lejos de los bulliciosos pasillos del hospital.

Lo cierto era que la conversación con su todavía esposa, había dejado un mal sabor en su boca. Cuando comenzó con el trámite de divorcio, jamás vislumbro que se convertiría en un martirio. Izumi creía tener el control, pero estaba más que equivocada.

Impaciente, engulló de golpe el trago de sake; la piquiña de licor recorría su garganta, diluyendo una ínfima porción de sus penas. Detestaba afrontar los problemas de esa manera. Sabía que no era apropiado beber una botella de licor entera, mas no conseguía aplacar sus nervios con nada.

En la soledad, los acordes provenientes del viejo tocadiscos sonaban distantes, como un eco reverberando entre sus sueños. Se removió en el sofá, intentando no perturbar el descanso del gato negro postrado en su regazo.

Echó la cabeza hacia atrás, clavando los ojos ónix en algún punto inespecífico del techo, realizando un esfuerzo sobrehumano para imponer un orden en sus pensamientos.

Siempre supo que su matrimonio con Izumi nunca funcionó. No lo hizo desde el primer día. La pasaban genial saliendo, pero nunca debieron casarse. Podía sonar como un romántico empedernido, sin embargo, no eran el uno para el otro, se dejaron arrastrar por el momento, cuando menos lo imaginó estaba parado frente a un juez y unos años después, la realidad lo golpeo y todo llego a ser demasiado. Empeoró, año tras año, y sabía, maldita sea, podría jurar que lo intentó. Pero era incapaz enfrentarlo.

Exhaló con fuerza, al mismo tiempo que vertía el último dedo de sake en el tokkuri de cerámica. Tragó, con dolorosa dificultar. Echó un vistazo al hermoso atardecer enmarcado por la ventana; nubes altas en el cielo formaban una fina capa amarilla que iba adensándose según avanzaba la hora para espesarse hasta formar un fulgor filtrado de naranja. Durante más de una hora, había estado sumergido en la calidez del alcohol, mientras sus pensamientos ondeaban en el líquido.

El espectáculo de colores del cielo recorría el segmento limitado del espectro, del amarillo al naranja, a la par que purgaba sentimientos desconocidos y evocaba una y otra vez determinados recuerdos. Restregó una mano contra su rostro, frustrado, las evocaciones no amainaban. El sonido de su respiración agitada. Gemidos. Sus pechos separados y pequeños. En la espalda, un lunar cubierto por el delgado tirante del vestido. Los músculos de su abdomen se tensaron. No podía continuar contemplando a Sakura en esa situación, era inapropiado.

Peligrosa e imposible: esa era la engañosa situación que condujo a la seducción de Sakura. Tener el corazón destrozado implica repeticiones y ampliaciones, haciéndolos sentir más cerca el uno del otro. Se encontraba profundamente cautivado por su arrolladora personalidad. Ella era una chica inteligente y determinada a conseguir todo lo que le viniera en mente, su carácter fuerte y la impertinencia, despertaron la curiosidad en él.

Ahora se encontraba absolutamente prendado a ella, no conseguía imaginar un futuro completamente carente de Sakura.

Se levantó por fin del sillón, el gato dio un respingo asustado, abandonando su sesión de descanso. Atravesó la sala para entrar en la cocina, quizás era momento de preparar la cena y llamarlo solo un día, los efectos del licor comenzaban a manifestarse, y más pronto que tarde terminaría tendido en la cama, absorto en un profundo sueño.

El sonido de notificación proveniente del celular, llamó su atención. En un gesto casi reflejo, alcanzó el dispositivo resguardado en el bolsillo delantero de sus jeans, clavando la mirada atizada en la brillante pantalla.

SH 7:00 pm

Tu paciente de la axonotmesis radial se llevó una enorme decepción al ver que no aparecerías esta tarde para su revisión.

Una sonrisa involuntaria curvó la comisura de sus labios. Durante los últimos días, ambos habían estado intercambiando mensajes, conversaciones meramente casuales. Estaría mintiéndose a sí mismo si negaba que no tener atisbo de la pelirosa le causaba cierto malestar; sin embargo, eso cambiaba.

IH 7:01 pm

No puedo culparla.

SH 7:01 pm

Arrogante, deberías agradecerme por finalizar la mayoría de tus trabajos pendientes.

En definitiva, lo último que necesitaba era realizar un recuento de los acontecimientos del día. Entretenido, recargó el cuerpo contra el desayunador estratificado en color gris.

IH 7:02 pm

Estoy en deuda con usted, Dra. Haruno.

Los segundos transcurrieron de forma lenta y tortuosa. Necesitaba ver a la pelirosa. Llevaba dos días sometido en un proceso de abstinencia, o al menos eso parecía. Su cuerpo clamaba el tacto inclemente de aquellos finos dedos, anhelaba degustar con premura el adictivo néctar que emanaba de sus labios.

SH 7:04

¿Estás en tu apartamento?

El corazón le dio un vuelco. Invitarla a pasar la noche los llevaría a cruzar la delgada línea entre el profesionalismo y la imprudencia. Bajo los términos legales del sanatorio, la pelirosa aún era residente, y él jefe de neurocirugía; si alguna de las personas dentro del HGK llegaban a enterarse de la relación que mantenían sus carreras estaban condenadas.

Sin embargo, por más que lo intentase, no podía mantenerse alejado de ella. Necesitaba verla, sentirla, degustarla.

IU 7:05 pm

Asi es, ¿quieres venir a pasar el rato?

El frenético palpitar de su corazón retumbaba detrás de sus oídos mientras contemplaba la leyenda que indicaba que la pelirosa escribía una respuesta. El sonido de la notificación envió un escalofrió por toda la longitud de su columna vertebral.

SH 7:06 pm

Por supuesto, ahí estaré.

Atónito, contempló la pantalla durante un par de segundos, intentando procesar todo lo que acababa de acontecer, pasando del terror a la absoluta certeza.

Sakura era un riesgo que valía la pena correr.

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Luego de beber dos tazas de café y tomar una ducha fría, los efectos del alcohol empezaban a desvanecerse poco a poco.

Echó un vistazo al reloj de pulsera: 8:30, no se había percatado de lo mucho que ansiaba verla hasta que comenzó a contar los minutos. Pensó en llamarla, pero no pretendía sonar demasiado insistente o abrumador.

Colocó ambas manos sobre la jofaina de cerámica, el agua corría indiscriminadamente mientras captaba su propia imagen en el espejo. De su pecho escapó un gemido, gutural y primitivo. Pensaba en la dulzura, la delicadeza de Sakura y en el peligro de que se volviera inaccesible. Tocarla de aquel modo…, sí. Recreó la escena del hotel varias veces antes de volver a la realidad.

No tuvo mucho tiempo para continuar torturándose. Sus pensamientos se vieron interrumpidos al escuchar el llamado a la puerta. Autómata, cerró las llaves del grifo y abandonó en el aseo, dirigiendo su rápido andar hacia la entrada del modesto apartamento.

Cuando abrió la puerta, la encontró de pie, bajo la tenue luz mortecina que iluminaba el largo pasillo. Llevaba una blusa de tirantes gris y un cárdigan en color lila; la falda corta rozaba sus muslos, permitiéndole entrever sus largas y torneadas piernas. Se miraron de hito en hito durante varios segundos, sin decir nada. Pese a todas sus vacilaciones, no había preparado nada para decir. Estaba absorto en como aquel atuendo idolatraba cada curva y hondonada de su ágil cuerpo.

—Traje la cena— dijo, sonriente, alzando la bolsa de papel.

Dio un paso atrás para permitirle el ingreso. La guio por el vestíbulo hasta la cocina, y aguardó junto a la mesa mientras ella situaba la alforja parda sobre la isla de metal.

—Salvaste mi vida— espetó, observándola empedernidamente.

Ella se adentró en la sala, admirando en silencio la vista nocturna de la ciudad enmarcada por el enorme ventanal.

—Con que estos son los beneficios de convertirse en el jefe de neurocirugía— bromeó, dando indicio de una leve sonrisa.

—El más banal de todos— contestó encogiéndose de hombros, al mismo tiempo que recolectaba todo lo necesario para poner la mesa.

Ella rodó los ojos. Habitualmente las bromas y los comentarios sarcásticos no eran parte de su acervo a la hora de mantener una conversación. Sin embargo, encontraba entrenado el sentido del humor de la pelirosa, fácil de llevar. Ambos habían establecido una sincronía espectacular.

—Nunca pensé que serias tan engreído— profirió, ingresando nuevamente a la cocina.

—Hasta hace algunos meses tenías esa percepción de mí.

—Eso ha quedado en el pasado— replicó, nerviosa. Basculó la vista por la estancia, y después volvió a mirar a Itachi.

—Te mostraré el apartamento— dijo, indicándole con un movimiento de cabeza hacia dónde dirigirse.

El lugar era pequeño y modesto, perfecto para un hombre soltero. Shisui había hecho un buen trabajo al encontrar un apartamento discreto en el centro de la ciudad. Contaba con los aditamentos necesarios para pasar un día o dos recluido, aun no terminaba de desempacar y estaba consciente de que la decoración era sumamente austera.

Se detuvieron frente a la habitación; el moderno decorado solo resaltaba el orden y pulcritud del sitio. Itachi era un hombre metódico, apegado a las reglas y principios que regían su vida. No era un rebelde, porque llamarse a sí mismo de esa forma implicaría que estaba rompiendo las reglas. Simplemente creó sus propios estatutos.

— ¿Te has asegurado de inaugurar apropiadamente el dormitorio?— espetó, contemplándolo con una ardiente mirada llena de proporciones intemperantes.

—Aun no— instintivamente, la rodeó con los brazos, situando ambas manos sobre su cadera, trazando un cuidadoso sendero de besos por la columna pálida de su cuello—. No he dejado de pensar en ti desde aquella noche en mi cuarto de hotel— la voz ronca contra su oído.

En respuesta, Sakura enrojeció hasta la raíz del pelo; era la segunda ocasión en la que la que Itachi la tomaba por sorpresa.

—Es una lástima que el Doctor Uchiha decidiera interrumpir el procedimiento— masculló sin conceder tregua a la impúdica insinuación. Tanteaba sus marcados bíceps con las puntas de los dedos.

Él contuvo la respiración. La miró con la ligera sugerencia de que se estaba esforzando por contener sus impulsos.

—La cena va a enfriarse— le recordó, evidentemente torturándolo.

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Tuvieron una ligera cena al vapor compuesta por pollo en salsa de jengibre y sake, un platillo de arroz, mientras Itachi relataba las aventuras de su juventud a la par que Sakura lo miraba fijamente, sonriendo.

Estaba un poco ebrio por las dos botellas de sake que habían bebido. La idea de que Sakura pasara la noche en su apartamento era cada vez más viable.

Desde su asiento la atisbó en silencio; deambulaba por su casa con la desenvoltura que solo confieren los años de una larga relación.

— ¿Aun no encuentras algo de tu agrado?— cuestionó, refiriéndose a la extensa colección de acetatos resguardados en uno de los muebles de la sala.

—Todo luce tan interesante que no se cual elegir— espetó sin mirarlo, llevando un mechón de cabello detrás de su oreja, permitiéndole atisbar su hermoso perfil.

—Escoge algo al azar— sugirió, engullendo el último trago de sake disponible.

— ¿Por qué no mencionaste tu afición por la música?— cuestionó, situando la pieza oscura en el tocadiscos. Las suaves notas de la sinfonía de jazz reverberaron por la habitación.

—Este es uno de mis secretos mejor guardados, pero se tocar el piano y otros instrumentos— Sakura lo atisbó genuinamente deslumbrada.

Si bien, solo su familia estaba al tanto de sus dotes como músico, durante su niñez y parte de la adolescencia, dedicó algunos años a nutrirse de todo el conocimiento disponible. Gracias al estricto régimen educativo impuesto por su madre, dedicaba la mayor parte de la tarde a la música.

—De no ser médico ¿a qué te habrías dedicado?— indagó, recolectando los platos y cubiertos sucios. Caminó hasta la cocina, Itachi seguía de cerca sus pasos, asegurándose de que la pelirosa no trabajara más de la cuenta.

Guardó silencio durante un segundo o dos. Colocó los restos de comida en el cesto de basura para disponer la vajilla de porcelana bajo el cálido chorro de agua.

—Definitivamente músico— replicó, lavando los platos y palillos sucios— ¿y tú?

Era extraño contemplarse en esa situación. Ambos se comportaban como dos jóvenes enamorados, rodeados por el manto de la inocencia, pero impulsados por el mutuo deseo.

—Tal vez a viajar— espetó, acariciando su barbilla—. Adquirí la mala costumbre de mi madre de ir de un lado a otro, sin rumbo fijo, permaneciendo en un lugar por tiempo indefinido, mas no lo suficiente para considerarlo mi hogar.

Escuchó con detenimiento sus palabras, en definitiva, Sakura no era el tipo de mujer atada a la monotonía. Restregó las manos en la toalla áspera, disipando cualquier rastro de humedad.

— ¿Por qué me miras de esa manera?— cuestionó, divertida.

Cuidadoso, acortó la distancia que los separaba. Él sonrió, ladinamente, como si encontrara su pregunta entretenida. Acarició su mejilla en un gesto de absoluta devoción, notando como el pecho de la pelirosa efectuaba raro movimiento de inmersión.

—Afortunadamente, ninguno de los dos siguió con esos planes— masculló. Aprovechando de su descuido, la empujó delicadamente contra la barra, aprisionándola con su cuerpo—. De no haber tomado la decisión de ingresar en la escuela de medicina, jamás nos habríamos conocido.

Poseída por la mortal necesidad de tocarlo, Sakura atrapó sus labios en un frenético beso.

Con exquisito tacto la alzó en vilo, depositándola sobre la gélida superficie de metal de la isla de la cocina. Deslizó una rodilla entre sus piernas, al mismo tiempo que abandonaba su boca y esparcía húmedos besos por su cuello. Acunó sus senos con ambas manos; los pezones erectos resaltaban por debajo de su blusa, revelando la ausencia del sujetador.

El crudo placer recorría su cuerpo. Se alejó un poco, notando la mirada de reproche que la pelirosa le dedicaba. Lo cierto era que buscaba la manera de devolver el favor. Bajo el entretenido escrutinio de la pelirosa, se arrodillo ante ella, prestando atención a la delicadeza de sus muslos mientras la obligaba a abrir un espacio para su cuerpo. La respiración se contuvo en su garganta al maravillarse con semejante panorama.

Recorrió con sus manos la extensión de piel que la minifalda dejaba expuesta, enroscando la tela hasta la cintura, propinándole otra mirada de apreciación. Sakura tragó grueso al percatarse del brillo perturbador en sus ojos negros, aquel que solo las bestias hambrientas poseían al encontrarse frente a su presa.

De manera premeditada, acarició la parte interna de sus muslos, pasando los dedos sobre el sensible montículo; la tela de sus bragas no era lo suficientemente gruesa para disimular su tato. Ella soltó un resuello ante el suave roce de los dedos de Itachi contra su intimidad.

— ¿Te gusta eso, Sakura?— cuestionó con voz ronca, contemplándola directamente a los ojos. Depositó unos cuantos besos sobre sus muslos; podía notar como se estremecía bajo su tacto.

— ¡Oh, Dios!— jadeó con fuerza cuando la cálida boca del Uchiha se situó en su entrepierna; podía sentir su aliento latiendo contra ella, ocasionando que su cuerpo fluyera en deseo.

Itachi notó el caliginoso roció a través de las encantadoras braguitas de encaje, sus propios músculos se tensaron, tornando aún más insoportable la erección contenida en sus pantalones. Ninguno de los dos esperaba que aquel encuentro se volviera tan íntimo, pero ahora que lo era, no podía tener suficiente y Sakura le estaba dando una multitud de señales de que no deseaba que aquello terminara pronto.

El cuerpo de la pelirosa temblaba con absoluta necesidad. Curvó los dedos en el elástico de sus calzas, deslizándolas hasta dejarlas colgadas de uno de sus tobillos. Instintivamente, Sakura echó su cuerpo hacia atrás, disponiendo el peso sobre sus codos, atravesándolo con una entretenida mirada de lujuria e incredulidad.

Itachi relamió sus labios y condujo su boca hasta la hendidura de Sakura; ella soltó un jadeo ante el roce de la lengua del pelinegro contra sus hinchados pliegues y se quebrantó en gemidos cuando él separó suavemente las alforzas de su vulva para succionar sin impedimentos la delicada almohadilla de nervios que coronaba su intimidad.

— ¡Oh, Itachi!— gimoteó, estruendo los párpados. Cuidadosamente, el aludido insertó dos dedos en la suave abertura; los músculos contrayéndose por la atenta intromisión.

Sakura recitaba trémulos clamores y oraciones confusas, a duras penas y podía hablar, sus cuerdas vocales parecían inutilizadas por el placer. El aire en la habitación se sentía más espeso. Itachi sabía exactamente qué hacer.

Degustaba con deleite el néctar almizclado de la pelirosa, sabía tan bien, tal como lo había imaginado. Ante los inclementes jadeos de la chica, aumento las embestidas con sus dedos, percatándose que estaba cerca de alcanzar el clímax.

Con los ojos color ónix clavados en los esmeraldas de ella y sus manos entrelazadas, Sakura se derrumbó en un maravilloso orgasmo. Itachi acababa de realizarle el mejor sexo oral de su existencia, sobre la superficie donde minutos atrás habían compartido la cena.

Itachi se puso de pie, y destrozando cualquier mecanismo de autocontrol, la atrajo hacia sí, colisionado sus labios en un beso descuidado. Impaciente, la pelirosa comenzó a tantear los planos lisos del abdomen del pelinegro, rozando con los dedos la hebilla del cinturón. Ambos estaban ansiosos, llevaban postergando su encuentro desde hace mucho tiempo. Sin embargo, no había nadie que pudiese detenerlos, se deseaban, sus cuerpos se exigían mutuamente.

La respiración se solidifico en el pecho del azabache cuando ella acarició su palpitante erección por encima del pantalón; músculos entumecidos.

No obstante, la coyuntura se cortó de tajo al escuchar que alguien llamaba a la puerta.

—Mierda— masculló Itachi contra sus labios.

— ¿Esperabas visitas?— preguntó Sakura con la voz entrecortada, atisbándolo aterrorizada.

Habían permanecido inmóviles durante el lapso de medio minuto. Con las manos temblorosas, Itachi recompuso su ropa, sin embargo, la carpa entre sus pantalones desvelaría todo lo que estaba sucediendo.

Sakura descendió del desayunador, notando como sus piernas habían adquirido la firmeza del algodón. Tan rápido como le fue posible, reacomodo sus bragas, alisó su cabello y disipó cualquier indicio que delatara el encuentro.

—Yo me encargare— le aseguró con una tierna sonrisa, Shisui no podía vislúmbralo en esa situación.

—Gracias— susurró, depositando un dulce beso sobre sus labios antes de partir a un lugar seguro, lejos de la mirada inquisitiva de su primo.

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Alisó las arrugas imaginarias de su atuendo y acicaló su cabello, cerciorándose que su aspecto no desvelara los estragos del arrebatador orgasmo.

Colocó la mano en el picaporte y giró, encontrando a Shisui Uchiha aguardando en el pasillo, con la mirada oscura clavada en la pantalla de su celular.

—Definitivamente no luces como Itachi— espetó el pelinegro; una mueca de desconcierto cincelada en su linda faz.

—Mejor para mí— bromeó, haciéndose a un lado para permitirle el ingreso.

Shisui basculó la vista por la estancia, mas no encontró lo que buscaba, asi que volvió a mirar a Sakura, intuyendo que algo extraño estaba pasando ahí.

— ¿Interrumpo algo?— indagó, prestando atención a la botella de sake vacía.

—En lo absoluto— negó con un movimiento de cabeza, recurriendo a sus desgastados dotes actores para encubrir la mentira—, solo estaba de paso.

Shisui guardó silencio mostrándose poco convencido con la respuesta de la pelirosa.

Nerviosa, atrapó su labio inferior entre sus dientes, los segundos parecían horas, Itachi había ingresado a la habitación hace un par de minutos, dudaba que el pelinegro se encargara de la situación en un parpadeo. El pelinegro, tomo asiento sobre el amplio sillón, reculando la mirada entre la pelirosa y la extensa geografía del apartamento.

— ¿Dónde está?— arrugó ligeramente el entrecejo, acentuando las marcadas líneas de expresión en su frente y la nariz.

—En la habitación, está atendiendo una llamada— vocifero, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no titubear.

Antes de que el azabache pudiese continuar con su indiscreto interrogatorio, Itachi apareció en la sala luciendo imperturbable.

—No esperaba tu visita— sentenció Itachi sin apartar la mirada del indolente Shisui.

—Caminaba por el vecindario, asi que decidí pasar a saludar— respondió en ipso facto—, no sabía que estabas acompañado— agregó, posando los fanales color carbón sobre el rostro ligeramente sonrojado de la pelirosa.

—No se preocupen por mí— dijo, haciendo un mohín con las manos—, de cualquier forma ya debo retirarme— atisbó a Itachi por el rabillo del ojo, enrojeciendo hasta la ras al evocar en su mente lo que minutos atrás acababan de concretar.

—Te acompaño a la puerta— indicó Itachi.

— ¿Cómo se encuentra tu encantadora amiga?— cuestionó Shisui, sonriente.

—De maravilla, le diré que envías saludos— sentía su corazón desbocado palpitar contra su pecho, necesitaba salir de ahí antes de sucumbir a un ataque de nervios—. Hasta luego, Shisui— se despidió, caminando hasta la puerta.

Cuando estuvieron en el pasillo, lejos de los oídos de Shisui, Sakura contempló con detenimiento a Itachi.

— ¿Te encuentras bien?— acarició su mejilla, observándolo con la agudeza de un sabueso.

—Sí, tranquila— replicó con un tono de voz suave.

Sakura se sintió aliviada al principio, pero luego tuvo un eco de conflicto sobre si esta era la forma correcta de manejar las cosas. Ignorar los límites de su relación laboral los metería en problemas.

Itachi reunió sus pensamientos durante unos segundos antes de hablar finalmente:

—Lo único que me molesta es que no hubo tiempo de mostrarte la habitación con detenimiento.

Sakura emitió una diminuta carcajada, notando como una extraña sensación inflamaba su pecho.

—Ya llegara nuestra oportunidad— lo consoló, encogiéndose de hombros.

Antes de permitirle marchar, la tomó del antebrazo, atrayéndola hasta su cuerpo con un delicado movimiento. Aprovechando la distracción de la pelirosa, situó sus labios sobre los de ella iniciando un lento y casto beso de despedida. Sakura suspiró suavemente, cerrando los ojos para fluir entre las caricias del azabache. Aun detectaba su propio sabor, pero eso no le importaba.

Susurró su nombre con la parsimonia de un niño que ensaya distintos sonidos, apartándose, reticente.

—Te veré mañana— le aseguró con una sonrisa tímida.

Itachi asintió, atisbándola precipitarse al interior de elevador para desaparecer de su campo de visión.

Resignado, reingresó al apartamento, cerrando la puerta tras él. Dejó escapar un suspiro de genuino alivio.

—Hay muchas cosas que has estado omitiendo en nuestras conversaciones— replicó, sin expresión en la voz mientras se servía un vaso de whisky.

Itachi respiró hondo, hastiado. Shisui era el único amigo con el que contaba, y para su fortuna o desgracia, el único miembro de la familia que lo apoyaba.

— ¿Sasuke lo sabe?— lo miró de soslayo sin escatimar en reproches.

Naturalmente su hermano no estaba al tanto de la situación, y para ser sincero consigo mismo, esperaba que jamás lo supiera. Estaba consciente de sus arrebatos y de las consecuencias que desencadenaría si la verdad salía a la luz, no obstante, se rehusaba a renunciar a Sakura.

—No, y espero que no lo haga— asintió él.

— ¿Cuánto tiempo esperas mantenerlo en secreto?— cuestionó Shisui, enmarcando una ceja.

—Lo suficiente para no meterla en problemas.

Continuara

N/A: Lamento la tardanza, me vi obligada a interrumpir el curso constante de actualización por el cierre de semestre, pero ahora estoy de regreso y que mejor que con un nuevo capítulo.

Aún queda mucha historia por delante, no saben cuánto ansiaba que llegara el momento de escribir estos capítulos.

Quisiera desvelar algunas situaciones, pero no quiero arruinar la sorpresa.

Como siempre, mil gracias por su apoyo, gracias por tomarse el tiempo de leer y dejar un comentario, donde quiera que se encuentren les mando un fuerte abrazo.

Sin nada más que añadir, espero regresar con la continuación de este fic. Cuídense mucho, nos leemos pronto, ¡chao!

Shekb ma Shieraki anni