Advertencia: El siguiente capítulo contiene material adulto explícito.
Capítulo 15
Dejo escapar un suspiro de genuino alivio al recostarse sobre la cama. Hundió el rostro en la almohada, intentando disipar el incipiente dolor contenido en el lóbulo frontal de su cerebro, claro aviso de la naciente migraña originada por el estrés.
Treinta y seis horas de trabajo continuo podían acabar con cualquiera, inclusive con las personas más enteras dentro del hospital. Sentía el cuerpo magullado, la tensión en su cuello y en los músculos solo desaparecería con un buen baño caliente. Comenzaba a presentar los efectos colaterales de la privación del descanso, estaba mareada por la extenuación, pero no podía conciliar el sueño.
Frustrada, giró sobre el colchón hasta quedar de espaldas, mirando la estructura de tubos que sostenía la parte superior de la litera, enfrascada en pensamientos que no podía elegir ni controlar. Escuchó el sonido amortiguado de las conversaciones al otro extremo de la habitación, algunos de los residentes se habían congregado en el sitio para charlar, lo cual avivaba cierta molestia disfrazada de estoicismo.
Inquieta, se removió en el duro lecho. Por alguna extraña razón, que ni siquiera ella misma era capaz de precisar, comenzaba a sentirse intranquila. Asoció el primitivo reconcomio a un ataque de ansiedad, no le extrañaría que después de la complicada cirugía resurgiera el trastorno del desasosiego, mismo que la aquejaba desde la adolescencia, pero que no se presentaba desde su último año de universidad.
Luego de pasar un par de minutos pensando en las causas de su desasosiego, llegó a la conclusión de que todo comenzó desde que ingresó al primer paciente de la mañana al quirófano: era un hombre joven con un glioma en el hemisferio derecho del cerebro que no podía extirpase por completo. Realizó la operación con anestesia local, asegurándose de no provocar una parálisis en el lado izquierdo de su cuerpo. La intervención fue todo un éxito, pero sabía que su paciente no estaba curado, y más tarde que temprano, el tumor volvería a crecer.
Expulsó el aire contenido en sus pulmones, no iba a conciliar el sueño. Más resignada que motivada, se reincorporó sobre la cama, tomando asiento en el borde. Mantenía los fanales esmeraldas clavados en el suelo, sopesando si debía dirigirse a la UCI primero o acabar con el papeleo pendiente acumulado en su casillero.
No obstante, sus planes se vieron interrumpidos cuando otro de sus compañeros ingresó en la habitación, despavorido. Las miradas expectantes se clavaron en él, boqueó intentando conferirle un orden a la serie de oraciones que recitaba, hasta que, tras unos cuantos segundos de murmurar palabras sin sentido dijo:
—Tienen que venir al pasillo de inmediato— espetó con voz entrecortada, tratando recomponer la respiración agitada.
Todos en la sala intercambiaron miradas consternadas, sin embargo, no demoraron en abandonar la habitación, dirigiendo el rápido andar hacia el pabellón quirúrgico.
Sakura temía contemplar el espectáculo suscitado, se dirigía ahí en contra de su voluntad. Permaneció de pie en medio de la sala durante un minuto o más, sopesando si debía proseguir con su camino. Cualquiera que fuese la coyuntura no auguraba nada bueno.
La desazón no se limitaba al grupo de residentes de neurocirugía. Parecía crecer como el turbulento rio pardo que cruzaba por el sur de la ciudad, engrosado por las lluvias de Noviembre. Algo llegaba a su fin. Algunos jefes de servicio, enfermeras y los médicos más jóvenes comenzaban a congregarse en los alrededores.
Nerviosa, tomó una gran bocanada de aire y se abrió paso entre el tumulto de cuerpos a base de empujones y tropezones. Cuando llegó a la primera fila, se percató como la encargada en turno de los quirófanos borraba diligentemente el nombre de Itachi de todas las cirugías programadas dentro de las próximas veinticuatro horas, asi como las del resto de la semana.
Tal acto de baldón solo se aplicaba a los más desafortunados, como aquellos que acumulaban una serie de faltas graves con el paso del tiempo. Era una dolorosa condena que traía consigo una impetuosa afrenta difícil de sobrellevar.
Los murmullos no se hicieron esperar; Itachi Uchiha era desterrado del quirófano por tiempo indefinido y causas desconocidas.
Empezó a sentirse intranquila. Le preocupaba que uno de los motivos fuese la relación que mantenían, si es que era posible catalogar de esa forma al proceder descarado de los últimos días. Tragó grueso, notando como la respiración se le cortaba, solidificándose en los pulmones.
Estaba a punto de desplomarse, cuando Itachi emergió del elevador, escoltado por el nuevo neurocirujano, Hatake Kakashi y la directora del hospital. Sintió un escalofrió en la base de la columna que la hizo apretar la mandíbula al tener atisbo del pelinegro: lucía tan calmado como de costumbre.
Lo contempló de lejos. Ambos hombres se despidieron de Tsunade, enfilando los pasos hacia la oficina de Itachi. Su corazón latía con fuerza, la noticia había enturbiado sus procesos mentales. Cientos de preguntas rondaban por su cabeza, mas no conseguía dar con la respuesta. Necesitaba hablar con Itachi de inmediato, si se aproximaba a la temperamental encargada del HGK ella descubriría sus intenciones y terminaría cerrándose de banda.
— ¿Pero qué demonios hacen aquí?— la voz de la rubia reverbero en el pasillo como un estrambótico estruendo, acallando los murmullos inquietos—. ¿Acaso no tienen trabajo por hacer?, regresen a sus labores de inmediato.
Todos temían a Tsunade Senju, a su exigua sonrisa amenazadora y a la suavidad de sus modales antes de estallar en cólera. Lejos de continuar congregados en medio del pasaje, acataron la orden de la priora, regresando a sus labores, reticentes. La desagradable situación de Itachi formaría parte de los temas de conversación entre el personal del hospital mientras la verdad salía a la luz.
Sakura se mentiría a si misma si negaba el pavor que la embargaba. Tanto ella como Itachi habían sido muy cuidadosos, ¿Cómo era posible que lo notaran?
—La orden también iba dirigida a ti, Sakura, sin excepciones— espetó Tsunade al pasar a su lado, dedicándole una mirada fría e impersonal.
Sakura asintió con un escueto movimiento de cabeza. Intentó dar un paso al frente, pero sus piernas tomaron la sostenibilidad de una gelatina, haciéndola tambalear en el proceso.
Estaba nerviosa. Jodidamente histérica.
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Llevaba esperando en el pasillo cerca de dos horas. Tenía la respiración hendida en un montón de nudos prietos y el alma en vilo. Apoyó la espalda contra la pared, buscando el firme soporte que sus piernas se negaban a darle.
Antes de finalizar la guardia, el hospital se vació lenta e invisiblemente. Había realizado el último pase de visita antes de plantarse frente a la puerta de la oficina de Itachi, buscando respuestas. Las frenéticas palpitaciones convulsionaban en su pecho como un errático traqueteo. Jugueteaba con sus dedos, procurando apaciguar la ardorosa ansiedad que le provocaba encontrarse con el pelinegro.
Tras la escena presenciada cinco horas atrás, los rumores se esparcieron como la pólvora en el campo de batalla. Según decían las enfermeras, Tsunade se había reunido con Kakashi e Itachi en su oficina, permaneciendo allí el resto de la mañana. Todo indicaba a que el prodigioso neurocirujano estaba envuelto en un problema gravísimo y, posiblemente, anunciaría su renuncia formal al siguiente día.
La pelirosa se hundió en el suelo antes de apretar las manos a ambos lados del inmaculado y gélido asiento. Deseaba que tales relatos permanecieran como turbios rumores, Itachi no merecía verse inmiscuido en ese tipo de coyunturas, era de una manera bastante liada, alguien bondadoso.
Cuando el azabache hizo acto de presencia en el pasillo con su bata blanca, ella, despertando con sobresalto de un sopor placentero, se levantó tan aprisa que tambaleó.
Itachi le dedicó una mirada contemplativa; estaba cansado. La extenuación se trazaba en cada rincón de sus etéreas y aristocráticas facciones. Sakura sintió un golpe en las costillas al verlo, presa de una estranguladora desazón.
Se miraron de hito en hito durante varios segundos, mas ninguno de los dos se atrevió a recitar palabra. Pese a todas sus vacilaciones, no preparó nada para decir.
—Hablemos adentro— indicó él, señalando con un movimiento de cabeza su oficina.
Sin decir una sola palabra, el Uchiha dio un paso atrás para abrirle la puerta. Lo siguió por la pequeña geografía de la habitación que se encontraba a oscuras, y aguardó junto a la entrada mientras él buscaba el interruptor de la lámpara de escritorio. Cuando la luz iluminó la estancia, Sakura cerró la puerta. Conjeturó que al cabo de unos minutos estaría caminando por el estacionamiento, de regreso a casa.
Siguió todos y cada uno de los movimientos de Itachi con la mirada. Notó la tensión contenida en los músculos de la espalda al deslizar la bata por sus hombros hasta situarla en el respaldo de la silla. La expresión mortalmente seria que decoraba su rostro parecía tallada en piedra. Tenía el semblante exiguo y las ojeras remarcaban la privación del sueño.
— ¿Quieres contarme que es lo que está pasando?— preguntó, reposando su cuerpo sobre uno de los asientos libres dispuestos frente al escritorio. Temía que si permanecía un minuto más de pie, sus piernas terminarían por delegarla al suelo—. Las enfermeras dicen que presentaras tu renuncia.
Itachi lanzó una pequeña carcajada, genuinamente divertido por el comentario de la pelirosa.
— ¿Y tú creíste eso?— cuestionó, postrándose en el opulento asiento situado al otro extremo del escritorio, colocando los codos sobre la superficie, al mismo tiempo que enmarcaba una ceja.
—Tal vez— masculló cabizbaja, encogiéndose de hombros. La voz neutra de Itachi no traslucía ni la quinta parte de su mal animo— ¿Acaso alguien se enteró de…nuestra relación?— interpeló con decidía, clavando la mirada lemanita sobre la ónix de él.
El corazón le golpeó las costillas al percatarse de lo que acababa de decir. Era absurdo pensar que ambos mantenían una relación. Basaba tal criterio en las situaciones protagonizadas durante los últimos meses, tales como los besos y las caricias. Quizás Itachi solo la consideraba un desahogo, alguien con quien podía liberar un poco de frustración. Si consideraba su posición actual, no era nada más que su amante, y eso la hería.
Escuchó un leve suspiro proveniente de Itachi.
—No sería tan descuidado ni desconsiderado. Lo que hay entre nosotros nadie más lo sabe, o eso es lo que creo— espetó, esbozando una sonrisa triste.
Unas enormes ganas de abrazarlo la embargaron al atisbarlo en ese estado tan vulnerable. Jamás imaginó que vislumbraría a Itachi de esa manera. Dubitativa, colocó su mano sobre el escritorio, estirándola hasta perpetuar un tímido entre la punta de sus dedos y los nudillos del pelinegro.
—Si deseas hablar al respecto sabes que puedes hacerlo— lo alentó, controlando el temblor que comenzaba a notarse en su voz—. Sin presiones.
No podía evaluar nada con aquellas respuestas lacónicas. La cercanía de hace tres noches parecía tan artificial al entablar una charla trivial, basada en un desvariado catecismo de preguntas y respuestas cautelosas. Temió el silencio que pudiera instaurarse, la torpeza que sería un preludio del momento en que él le dijera que era momento de marcharse.
—Es un tema…delicado— dijo, realizando una pausa mientras encontraba las palabras apropiadas para describirlo.
Sakura cerró los ojos para contener un escalofrió que el simple roce de los dedos de Itachi le causó. Tímidamente, entrelazaron sus manos, aferrándose el uno al otro, como si su vida dependiera de ello.
—Cometí un error, Sakura— espetó, respirando profundo—. Hace algunos días, el esposo de una de mis pacientes llamó describiendo los síntomas que presentaba su esposa, la había operado no hace mucho tiempo. En ese momento estaba atareado con las responsabilidades de mi nuevo cargo y todo lo que tenía en mente, asi que no le preste importancia. El procedimiento salió tan bien que nunca imagine que todo pudiese complicarse, asi que pase por alto los indicios del problema.
Su voz sonaba neutra, demasiado tranquilizadora para el gusto de Sakura.
—Es extraño que se presentara una infección post-operatoria— reflexionó ella.
—Lo sé— admitió Itachi, cerrando los ojos a la par que dejaba escapar un largo suspiro—. La paciente sobrevivió, pero a causa de mi retraso en el diagnóstico de la infección, quedó paralizada casi por completo, y asi permanecerá por el resto de sus días.
La pelirosa se tensó como la cuerda un arco. Aquel gesto no pasó desapercibido para Itachi, puesto que acarició los nudillos de su tersa mano procurando tranquilizarla.
— ¿Y qué es lo que sucederá ahora?, puedes llegar a un acuerdo con la familia ¿cierto?
Por primera vez en el transcurso de su conversación, el azabache frunció ligeramente el entrecejo. Desenlazó su mano de la de Sakura y recargó la espalda contra el respaldo de la silla, clavando la filosa mirada atizada en el techo.
—Me suspendieron— le comunicó el neurocirujano con voz ronca.
—No pueden hacerlo— alegó, respirando profundo.
—Por supuesto que pueden— asintió con la cabeza al mismo tiempo que esbozaba una sonrisa suave—. Tsunade-sama no estuvo de acuerdo, pero la mesa directiva no opina lo mismo, argumentan que puede dañar la reputación y el prestigio del hospital, asi que optaron por suspenderme hasta que la situación se solucione.
Su corazón se estrujo al punto de reducirse a latidos dolorosos. Contuvo las ganas de abrazarlo, después de todo aún era su jefe.
—Es injusto— dijo ella, tomando una enorme bocanada de aire al tiempo que disipaba cualquier atisbo de lágrimas contenidas en sus ojos.
—No lo es— profirió Itachi, exponiendo la sinceridad de sus pensamientos en cada palabra recitada. La decepción alcanzo el fondo de su solemne mirada cuando continúo susurrando—. Todo esto es mi culpa, Sakura. Las injusticias de las que tú hablas las terminó pagando una persona inocente.
La aludida cerró los ojos con fuerza. El deseo de estar cerca de él incrementó estrepitosamente en cada célula de su ser. El sentir sus brazos rodeando su cuerpo y sus labios desperdigando besos por la extensión de su cuello se había convertido en una necesidad.
— ¿Quién se quedara en tu lugar?— logró preguntar más calmada. Si pretendía auxiliar a Itachi durante este doloroso proceso, debía oponer un orden sobre sus emociones.
—Kakashi-san tomara el puesto— dijo con un suspiro, revelando el motivo por el cual se habían reunido horas atrás—.Mientras tanto, creo que tomara las vacaciones que tanto deseaba.
Pese a que la felicidad no se vio reflejada en sus facciones, Sakura detectó, el incipiente ceño en su frente. Itachi trataba de maquillar el dolor y la tristeza con comentarios sarcásticos. Por alguna extraña razón, no le permitía acercarse ni compartir su dolor.
Intentó decir algo más, pero sus palabras se vieron interrumpidas por el repiqueteo incesante del beeper resguardado en alguno de los bolsillos de su pantalón.
—Mierda— masculló, echando un vistazo a la pequeña pantalla del dispositivo— ¿Estarás bien?— preguntó, apartando la mirada esmeralda para situarla sobre la atormentada faz del azabache.
—Sí, no te preocupes por mí, Sakura— solicitó, ofreciéndole una sonrisa tranquilizadora—.Además, me vendría bien estar solo.
Se le estrechó la garganta al ponerse de pie. Tuvo un atisbo de lo que quería decir, pero lo rechazó. En silencio, y con el peso de la decepción recayendo sobre sus hombros, abandonó la oficina.
Algo se hundió en su interior, sin nada que pudiese rellenar ese vacío, quedo un enorme hueco en su corazón.
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Ingresó al área de casilleros apresurada, sin decir una sola palabra. La guardia llegaba a su fin, tan pronto como visitó a su ultimo paciente, se encargó de apagar el beeper, dejando en claro la poca disposición que tenía ese día para permanecer una o dos horas más dentro del hospital.
Con manos temblorosas, apartó el candando de la caseta, extrayendo la cazadora de doble botonadura en color azul marino, perfecta para protegerse del clima invernal que comenzaba a sentirse en la ciudad. Pensó en cambiar su atuendo, aun portaba el traje de cirugía gris, pero desechó la idea al contemplar la hora en su reloj de pulsera. Debía encontrar a Itachi antes de que sus dañados nervios terminaran de colapsar.
La opresiva ansiedad instalada en su pecho era suficiente para impulsarla a buscarlo. No había charlado con él desde la tarde anterior que estuvieron en su oficina. El pelinegro ignoraba todos sus mensajes, intentó llamarlo, pero inmediatamente atendía la contestadora de la compañía telefónica, indicándole que aquel número estaba fuera de servicio. Jamás lo contempló en ese estado, tan vulnerable y abatido. Sintió como su corazón dio un vuelco de solo recordarlo.
— ¿Hacia dónde te diriges con tanta prisa?— preguntó Ino desconcertada mientras entraba a la habitación.
—Debo salir de aquí lo antes posible— respondió ella, evadiendo los detalles. Subió la cremallera de la cazadora hasta el cuello.
Ino frunció el ceño, tomando nota mental de su ansiedad.
— ¿Por qué? ¿Ocurre algo malo?
—No hay nada de qué preocuparse— respondió, bosquejando una sonrisa forzada mientras alcanzaba el bolso y el resto de sus pertenencias resguardadas en el encasillado de metal.
—Sakura, sabes que puedes hablar conmigo sobre lo que sea ¿cierto? — detuvo el errático andar de la pelirosa al rodear su antebrazo con sus largos y finos dedos, clavando la mirada inquisitiva sobre ella.
La pelirosa sintió como el corazón le golpeaba las costillas a causa del remordimiento. Nada se le antojaba más que contarle a su mejor amiga todo lo que estaba aconteciendo con Itachi, sin embargo, era demasiado peligroso desvelar detalles sobre su relación, tanto ella como el azabache habían prometido resguardar el secreto; decirle que estaba a punto de ir al apartamento de su jefe supondría violar la confianza existente entre los dos.
—Ino, no sucede nada malo, simplemente estoy cansada, comienzo a sentirme enferma de este lugar— dijo, sonriendo con desgana.
—Sé que algo malo sucede contigo, no sabes mentir y puedo verlo en tus ojos, ¿acaso es tan malo que no puedes contarme? ¿Asesinaste a alguien?— rebatió la residente de psiquiatría, cruzándose de brazos al mismo tiempo que enmarcaba una delgada ceja.
—En verdad, cerda, no es porque no pueda, simplemente no tiene importancia— explicó concisa, sin caer en la trampa de su mejor amiga.
Cerró el casillero con mayor rudeza de la que pretendía.
—Has estado actuando muy rara desde que regresaste del congreso— remarcó, haciendo uso de sus dotes como observadora, dejando pasar por alto la expresión hastiada de la pelirosa.
—Siempre concluyes que todos tienen una actitud sospechosa cuando no quieren hacerte parte de algo— profirió Sakura, emitiendo un sonoro suspiro de frustración entretanto dirigía su andar hacia la puerta de salida.
— ¿Regresaste con Sasuke? — ahondó la rubia, siguiéndole los pasos de cerca.
Sakura sintió como si la hubiese pillado masturbándose. Mordió la parte interna de los carrillos y fulminó a la inquisitiva Yamanaka con la mirada.
—Claro que no.
Lejos de darle una oportunidad para contratacarla, se alejó de Ino con grandes zancadas, precipitándose al estacionamiento trasero del establecimiento.
El gélido aire invernal la recibió con los brazos abiertos. Un escalofrió recorrió toda su espina dorsal, los meteorólogos pronosticaban la primera nevada de la temporada dentro de dos días. Con las manos en los bolsillos de la chamarra y la mitad del rostro cubierta por el cuello, caminó hasta la acera más cercana, montándose en uno de los taxis aparcados a las afueras de la estación.
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Las nubes negras se cernían bajas sobre la ciudad, de modo que el sol se curvaba por los bordes y teñía el cielo de un amarillo enfermizo.
Con el alma en un hilo y el violento palpitar de su corazón retumbando en sus oídos, cruzó la calle para adentrarse en el ostentoso complejo de apartamentos, ubicado en la pintoresca y serpenteante calle Ochibabune.
Se detuvo en el largo camino revestido de cipreses comunes, sopesando si debía continuar o no. Solo fue capaz de dar un paso al interior del edificio antes de sentir la necesidad de apoyar contra la pared para recuperar el aliento.
Sabía que iba a ser grave. Lo supo tan pronto como sus pies se plantaron en el pavimento. Miraba su alrededor con nerviosismo mientras dirigía sus pasos renqueantes hacia el elevador.
Ingresó en el ascensor de iluminación blanca y paredes metálicas revestidas con espejos. En el décimo piso, salió a un pasillo despejado, luchando contra el impulso de dar media vuelta y retornar a casa. Tomó una enorme bocanada de aire, armándose de valor para proseguir con la encomienda personal.
Ni siquiera el creciente martilleo de sus nervios le impidió continuar. Detuvo sus pasos frente a la puerta con el número 35 inscrito en una placa plateada en el costado izquierdo de la misma, situaba bajo el timbre. Ella permaneció de pie durante un minuto o más con el corazón disparado en un sordo temor. Mordió su labio inferior mientras echaba los hombros atrás y presionaba el botón, escuchándolo resonar por los rincones del apartamento.
La puerta se abrió, y allí estaba él. Itachi, parado justo delante de ella, atónito. Llevaba un jersey de cuello alto con cremallera en color negro remangado hasta los codos, a juego con unos pantalones del mismo color.
—Sakura— murmuró perplejo al verla en el umbral de la puerta— ¿Qué haces aquí?— preguntó. El tono de sorpresa no se vio reflejado en sus facciones hasta que notó el imperceptible ceño en su frente cuando arrugó la nariz.
Intentó decir algo, pero antes que sus palabras brotaran se percató de la presencia de cierta dama al interior del lugar. La había contemplado anteriormente en el hospital, primero en la oficina de Itachi y, después, en la sala de espera, acompañada de Mikoto y Sasuke. No tuvo que profundizar en más recuerdos para deducir que aquella fémina era nada más y nada menos que Izumi, la esposa de Itachi.
—Fue un error de mi parte venir sin avisar— balbuceó con parsimonia mientras su cerebro le decía que era mucho mejor dar media vuelta y jamás regresar.
El sonido de los zapatos de la pelinegra resonó por la habitación; cruzó la estancia hasta situarse a un costado de Itachi, sometiéndola a un escrutinio de pies a cabeza con una notoria mueca de desaprobación en su semblante.
Por primera vez, Sakura reparó en su aspecto desaliñado. El decoro la hizo querer salir huyendo, aun llevaba el traje de cirugía pardo y holgado, asi como las zapatillas deportivas negras. El cabello recogido en un desordenado moño y las marcas cerúleas bajo sus ojos solo remarcaban la falta de descanso, desvelando que acababa de salir de una agitada guardia en el hospital.
—Esto es el colmo, Itachi— dijo molesta, poniendo los ojos en blanco mientras alcanzaba el costoso bolso de diseñador que colgaba del perchero situado cerca de la puerta—.No puedo creer que te enredes con tus subordinadas.
El aludido le dedicó a su esposa una mirada censuradora. Sakura se encogió de hombros, incomoda. Sintió la peligrosa necesidad de responderle con la misma rudeza, pues no iba a permitir que aquella mujer la denigrara, pero al igual que hace un instante, mientras se apeaba del ascensor, no pudo hacerlo.
—Esto fue un error— dijo, haciendo un ademan por marcharse de ahí en cuanto antes. Era imposible permanecer más tiempo frente a ellos sin hacer nada.
En silencio y con lágrimas contenidas en los ojos, caminó hasta las escaleras, desciendo uno a uno los peldaños, tan rápido como sus piernas se lo permitían. Se reprimió a si misma al hacer caso a sus impulsos inconscientes. Cuando se planteó aparecer ante la puerta del Uchiha, jamás cruzó por su mente que estaría acompañado, mucho menos, que se trataría de Izumi.
Frenó en seco en el rellano, recargando su cuerpo contra la pared. Necesitaba sosegarse antes de regresar al apartamento, aun cuando su corazón palpitaba dolorosamente y un nudo promontorio del llanto le estrujaba la garganta.
—Sakura.
La voz de Itachi hizo eco hasta filtrarse entre sus huesos. Ella levantó la mirada, sintiendo como un escalofrió brotaba desde su nunca hasta esparcirse por toda la columna vertebral. Su nombre rasgo el ambiente durante un par de agonizantes segundos, obligándola a contener la respiración en una corta bocanada de aire.
—No respondiste a mi pregunta— dijo calmado, aproximándose a ella con paso lento. Una mezcla de alivio y desasosiego apareció en su faz.
Aspiró aire para liberar su garganta, obstruida por la oleada de emociones que la golpeaba desde hace unos momentos.
—Necesitaba saber que estabas bien— dijo respirando profundo, colocándose frente a él—, fue una estupidez y realmente lo siento.
Itachi sonrió con algo de congoja. Dubitativo, alcanzó una de sus manos notando lo helada que estaba.
—Hablemos en mi apartamento, aquí afuera hace un frio del demonio.
Sakura asintió con un ligero movimiento de cabeza. Sin más dilaciones, volvió a transitar el largo pasillo en compañía de Itachi, aferrada a su mano como si su vida dependiera de ello.
Tragó grueso al escuchar el tintineo de las llaves al ingresar en la cerradura. Cuando abrió la puerta, la calidez del interior la atrajo como una polilla a la luz. Lo siguió por el vestíbulo hasta la sala, dando un ligero respingo al escuchar el torno cerrarse detrás de ella.
Se mantuvo de pie en medio de estancia mientras sus ojos jade reculaban por la habitación, notándola tan perfecta y meticulosamente ordenada como la última vez que estuvo ahí. Un centenar de preguntas merodeaban por su mente. Cualquier cosa que se hubiese planteado decir se vio interrumpida cuando Itachi entró en su campo de visión, cabizbajo, con las talentosas y delicadas manos ocultas en los bolsillos de su pantalón.
—Escuche rumores sobre que el jefe de neurocirugía estaba consumiéndose en la intimidad de su apartamento— recitó insegura, encogiéndose de hombros, mientras el azabache continuaba indescriptiblemente serio tras una máscara de estoicismo.
—Consumiéndome tal vez, suicida, nunca— respondió, tratando de esbozar una sonrisa.
Itachi se dirigió a la cocina con Sakura siguiéndole los pasos de cerca. Alcanzó la botella de Whisky casi vacía, vertiendo una generosa cantidad de licor en un vaso, engullendo el trago de golpe.
— ¿Cómo lo estás sobrellevando?— preguntó sin sonar afectada o despreocupaba.
—No es como lo vislumbraba— admitió, sombrío, situando el contenedor vacío a un costado de la botella.
Por el aliento alcohol que alcanzo sus fosas nasales al instante de recitar su respuesta, dedujo que llevaba largo rato bebiendo, tal vez toda la tarde.
El azabache deambuló por la cocina, rebuscando entre los estantes una nueva fuente de olvido. Victorioso, encontró la vieja reserva de escoceses que resguardaba para situaciones especiales. Sakura siguió con la mirada todos y cada uno de sus movimientos, luciendo demasiado mortificada para inmutarse a expresar con palabras lo que sentía. Lejos de contemplarla, Itachi llevó la boca de la botella hasta sus labios propinándole un largo trago.
—Es suficiente— le urgió ella, arrebatándole la botella de las manos. Itachi torció los labios en una mueca acerba—. No puedo contemplar cómo te destruyes a ti mismo.
Un silencio se instaló entre ambos, perforándole los oídos. Desde ese punto, Sakura notó lo pequeña que lucía a su lado. Lo miró directamente a los ojos, perdiéndose en el lóbrego espiral que transitaba por sus irises ónix. Acunó su rostro con ambas manos, rozándole con la punta de los dedos las mejillas.
—Lo único positivo de esta situación es que no soy tu jefe— murmuró Itachi con una sonrisa suave, situando una mano sobre sus caderas.
Aquella bizantina confesión tenía una connotación más profunda: era el momento que ambos estaban esperando; un acto de redención. Era la forma de Itachi de decir que ya no existían más barreras entre los dos, la señal que tanto anhelaban para entregarse sin reservas.
Ella acercó su rostro a la de él, y sin darle la oportunidad de reaccionar, lo besó en los labios. Fue un ligero roce, lo suficientemente prolongado para perturbarlo.
Destrozando cualquier mecanismo de autocontrol, le rodeó la cintura con ambos brazos, atrayéndola desesperado hacia su cuerpo. Sakura sintió como si estuviese ahogándose, pero no en aguas frías y transparentes, sino en un lago de calor y fuego. Aferró sus manos a la solapa del jersey, buscando el soporte que sus piernas precisaban.
La boca de Itachi se deslizaba hambrienta sobre la de ella al mismo tiempo que con la lengua trazaba su labio inferior. Degustó las notas de alcohol entremezcladas con el aliento almizclado, y sin poder contenerse, emitió un jadeo estrangulado. Restregó sus caderas contra las de él, topándose con un bulto duro y caliginoso contenido en sus pantalones, presionándose contra su muslo interno.
Con habilidad la alzó en vilo; tan rápido como sus pies se desprendieron del suelo, rodeó sus caderas con ambos muslos, desperdigando besos por sus mejillas, pasando por la punta de la nariz hasta llegar a su frente mientras él se dirigía a tientas hacia la habitación.
Desesperada, se despojó de la molesta cazadora, lanzándola hacia un rincón de la alcoba, lejos de la vista de ambos. En un abrir y cerrar de ojos, Itachi se encontraba sobre ella, manteniéndola presionada contra el cálido peso de su cuerpo y el colchón, apoyando ambos brazos a los costados de su cabeza para evitar aplastarla.
Sakura inclinó la cabeza con curiosidad con una pequeña, pero afectuosa sonrisa tirando de la comisura de sus labios. Hundió los dedos entre la piel de su nunca y tiró de él, uniendo sus bocas en otro apasionante beso. Un placer crudo recorría por sus nervios al instante en el que el contacto se profundizo.
Cuando Itachi se alejó de ella emitió un sonido de indignación. Divertido, la contempló en silencio, aguardando el siguiente movimiento. Las posibles suplicas que estaba a punto de emitir se desvanecieron entre sus labios al sentir las endurecidas manos de su amante filtrarse bajo la blusa, acariciando con detenimiento su suave torso hasta obligarla a delegar la prenda al suelo.
La consoló trazando un camino de besos ligeros por la extensión de su mandíbula, bajando por el cuello mientras deshacía sin problemas el broche del sujetador. Incontinente, deslizó los tirantes por la carne de sus brazos, desvelando poco a poco sus núbiles y generosos senos. La sonrisa que hilvanó fue tan arrebatadora, que por poco Sakura pierde el conocimiento. Aquel hombre era el amasijo perfecto entre el deseo y el decoro.
Aprisionó uno de sus rosados botones erectos, haciéndolo rodar entre la yema del pulgar y el índice, retornado las finezas de su tórrida boca hacia su cuello. A través de la bruma de lujuria que nublaba su buen juicio, Sakura procuró procesar lo que estaba sucediendo, no obstante, cualquier pensamiento coherente abandonó su mente cuando Itachi envolvió uno de sus senos intactos con sus labios.
Succionó hambrientamente su pecho; la lengua bordeaba el contorno de la areola y sus dientes raspaban el pezón hinchado. La pelirosa arqueó la espalda al notar como el cálido recatar brotaba de su intimidad. Deseaba que la tocara donde más lo anhelaba, pero los magistrales movimientos de su apéndice la dejaron sin aliento.
Afortunadamente, Itachi parecía saber exactamente qué hacer. Detuvo las caricias propiciadas a su pecho izquierdo para ofrecerle el mismo tratamiento tortuoso y maravilloso, deslizando la palma de su mano por el plano abdomen de la pelirosa, sumergiéndose entre la tela de sus pantalones hasta aferrar la punta de los dedos al elástico de sus pantis.
La ahueco brevemente, dedicándole una mirada impresionada al percatarse de como la humedad comenzaba a filtrarse entre la tela de sus bragas. Presionó la yema de los dedos contra su clítoris. La acción la obligó a recitar su nombre en un erótico gemido; un calor abrasador y eléctrico se esparcía por su cuerpo en violentos latigazos.
—Creo que es momento de descartar algunas prendas— dijo con voz ronca, reincorporándose sobre la cama hasta sentarse sobre sus muslos.
Lejos de mostrarse tímida con la desnudez, se despojó de los zapatos y después del pantalón, quedándose solamente en pantis. Itachi recorrió su cuerpo con la mirada, admirando lo curvilínea que lucía, conteniendo la respiración al compararla con una diosa tendida en su lecho, aguardando pacientemente por él.
Sakura se reincorporó en la cama; sus mejillas estaban sonrojadas y sus labios hinchados por los demandantes besos. Filtró los dedos debajo del jersey, clavando la mirada lemanita sobre aquellos ojos ónix que no dejaban de contemplarla con deseo, como si fuese un depredaron hambriento a punto de devorar a su presa. Pasó la palma de sus manos por los planos lisos de su abdomen marcado, subiendo hasta su pecho. Empujó lentamente de su camisa, obligándolo a alzar los brazos para quitarla y arrojarla a un rincón. El movimiento envió la azabache cola de caballo contra su pecho, confiriéndole un aspecto irreal.
—Suficiente— murmuró mientras la tomaba de las manos, desperdigando besos sobre la punta de sus dedos para remarcar un contraste entre sus demandantes palabras y sus tiernas acciones.
Mesmerizado con la etérea efigie de Sakura desnuda sobre su cama, enredó los dedos entre el elástico de la bragas, descendiendo la prenda por la nívea extensión de sus torneados músculos hasta descartarla al otro lado de la habitación, junto con el resto de las prendas.
Los rizos rosados entre sus muslos estaban empapados. Sin previo aviso recorrió la caliginosa hendidura; la carne estaba resbaladiza. Sonrió victorioso al notar como arqueaba la espalda a medida que frotaba el tierno capullo que coronaba su intimidad. Acalló el gemido con un tierno beso, pasando por su mandíbula, bajando por su cuello hasta detenerse en el valle de sus lindos senos.
—Itachi…— jadeó con la respiración entrecortada, aferrándose a los hombros desnudos de aquel hombre que solo mostraba ser el epitome de la belleza.
Sin previo aviso y con la mirada ávida clavada en sus fanales esmeraldas, introdujo un dedo dentro de ella, esbozando una ligera sonrisa al notar como el cuerpo de Sakura lo recibía complacido, sujetándolo inmediatamente, ondulando a su alrededor como un ser vivo. Sakura sollozó ante la repentina intrusión, era como si un montón de agujas calientes atravesaran su piel. Se sintió avergonzada, Itachi apenas la tocaba y ella comenzaba a desmoronarse.
El pelinegro gruño contra su piel, emitiendo un sonido tan gutural y primitivo que solo hubiese esperado escuchar de un lobo o un tigre. Levantó la cabeza y la miro a los ojos, provocando que el aliento se le atascara en la garganta al notarse envuelta en la intensidad que irradiaban aquellos fanales azabaches.
—Me gusta ver el efecto que causo en ti— gruñó; la voz más áspera y sexy que nunca.
Sakura se percató como la miel resbaladiza de su sexo comenzaba a brotar desde su núcleo hasta humedecer el interior de sus muslos. En aquel estado letárgico era incapaz de recordar cuando se había sentido tan excitada, sin embargo, una vez más, Itachi se las apañaba para redefinir todo lo que ella creía saber sobre la existencia misma.
Sin temor alguno, los jadeos entrecortados brotaron de lo más profundo de su garganta a medida que el dedo del azabache entraba y salía de su anhelante hendidura. En ese momento solo tenía ojos para ella. Podía sentir como el canal resbaladizo estrujaba a su alrededor. Cuando agregó un segundo dedo, Sakura gimió de puro deleite mientras la estiraba aún más, pero no era suficiente. Ansiaba algo más grueso, más largo. El movimiento de caderas lo obligó a ir más rápido. Las atenciones de Itachi eran una dulce tortura. Estrujó la cobija bajo sus dedos al sentirlo retornar las atenciones de su boca a uno de sus pezones erectos, exiliando el ultimo ápice de cordura remanente en su mente.
—Por favor— sollozó—.Por favor, Itachi…
Una vez más, el interpelado soltó su pecho, disminuyendo el ritmo de sus dedos al mismo tiempo que fijaba sus oscuros ojos sobre su faz sonrojada, luciendo tan intensos y acogedores.
— ¿Por favor qué? ¿Qué es lo que quieres, Sakura?— preguntó con voz aterciopelada.
—Te necesito— masculló, mordiendo su labio inferior—. No puedo soportarlo más.
Y era cierto, llevaba aguardando durante semanas, a la espera de que él se despojara de sus inseguridades y decidiera refugiarse en ella.
Aunque sus ojos todavía ardían con el fulgor de un fuego oscuro, la comisura de sus labios se curvó hacia arriba en una sonrisa divertida.
—Aquí me tienes, Sakura— susurró en su oído, reanudado las embestidas de sus dedos dentro de ella, solo para recordárselo.
Al cabo de unos segundos, la liberó, dejando un agonizante y palpitante vacío en su interior. Trazó un obsceno camino con la yema, dejando un rastro húmedo desde la goteante entrada de su intimidad, hasta su abdomen, pasando por su obligo hasta bisecar sus senos y detenerse en la clavícula. El orgullo le inflamó el pecho, Itachi estaba mofándose de ella y no iba a permitirlo.
—Esto…— susurró, acunando la prominente erección contenida entre sus pantalones, asegurándose de ejercer la presión necesaria para incitarlo—, dentro de mí.
Ni siquiera un hombre ciego hubiese dejado pasar desapercibida la claridad del mensaje.
Por un instante, pareció sorprendido por aquel acto de bravuconería, pero disipó el temor cuando una sonrisa comenzó a hilvanarse lentamente en sus labios. Ella se estremeció al atisbar el brillo depredador en sus ojos; aunque su mano todavía reposaba alrededor de su miembro vestido, Sakura tragó saliva.
La sinapsis de sus neuronas frenó, enturbiando todos sus procesos mentales al contemplarlo desnudarse; se quitó los zapatos y los calcetines, para después bajar la cremallera de su pantalón; la mirada oscura sobre ella. El aire se le atascó en los pulmones cuando él bajó los pantalones por sus muslos, revelando un par de calzoncillos verde bosque, acentuando el bulto craso y erecto de lo que parecía ser una impresionante pieza de anatomía masculina. Sin más demora, liberó la virilidad de sus límites. La pelirosa se tensó con solo admirarlo, nunca había contemplado algo similar ni si siquiera en alguno de los tomos médicos o su experiencia en la vida real.
La inquietud se reflejó en su rostro, puesto que él se detuvo, contemplándola inquisitivamente.
—Sakura— la llamó, colocando un dedo sobre su mentón para atraer su mirada—. Has hecho esto antes, ¿verdad?— cuestionó calmado, procurando transmitirle tranquilidad.
Le ofreció una sonrisa tímida y reconfortante mientras se arrodillaba hacia la cama; sus movimientos eran tan hipnóticos como los de un felino, obligándola a recostarse sobre el colchón, haciéndose espacio entre sus muslos.
—Ha pasado tiempo desde la última vez que lo hice— admitió encogiéndose de hombros, sonrojándose como una niña pequeña.
—Si sirve de consuelo, también ha pasado tiempo para mí, asi que podemos avanzar despacio.
Sus labios se posaron sobre los de ella, depositando un dulce y casto beso. El fuego que por un segundo comenzó a extinguirse, estallo como una suave llamarada, incendiando todas sus terminaciones nerviosas, recordándole lo mucho que deseaba eso. El contacto de sus bocas fue lento, sin prisas, profundo y minucioso. Itachi era un hombre apacible, nunca se apresuraba a nada, incluso en medio de la pasión. Notó como sus expertos dedos regresaron a su abertura, sondeando suavemente la piel hinchada alrededor de su entrada; reunió una abundante calidad de sus jugos entre las yemas esparciéndolas sobre su clítoris. Ella pasó rígida la columna vertebral, recorrida por un largo estremecimiento. El toque era terso, pero lo suficientemente demandante para avivar el deseo.
—Itachi— suplicó contra sus labios, apretando la pelvis contra su apéndice, rogándole que se deslizara dentro de ella una vez más.
No obstante, la respuesta que obtuvo fue completamente distinta a la que esperaba. Tan pronto como recitó su nombre, se alejó de ella. Atónita, se preguntó si había hecho algo malo o si él cambio de opinión, sin embargo, la ansiedad se vio sosegada cuando lo vio alcanzar una caja debajo de la cama para extraer un pequeño envoltorio dorado. Se reprimió internamente, estaba tan absorta en su propio placer que ni siquiera recordó el utilizar protección, le tranquilizaba que Itachi todavía poseyera cordura suficiente para rememorar algo tan fundamental.
Expectante, oteó como deslizaba la piel de látex por toda la gruesa longitud.
Con el condón en su lugar, se hundió otra vez sobre la cama capturando los hinchados labios de Sakura en otro beso. Estaba lo suficientemente preparada para recibirlo, era incapaz de aguardar un segundo más.
En un parpadeó y con una fuerza y habilidad que ella desconocía, Itachi intercambio las posiciones, dejándola reposar a horcajadas sobre sus caderas. Sosteniendo su mirada, se arrodillo encima de la longitud del azabache, aprisionando su labio inferior entre sus dientes, rodeó el miembro firmemente y lo deslizó entre sus pliegues de seda hasta situar la cabeza en su entrada hundiéndolo lenta y tortuosamente dentro de ella. Nunca se había sentido de esa manera; Itachi la llenaba perfectamente, abriéndose paso entre los estrechos paredes.
Sakura apoyó las manos sobre su pecho, notando el ligero y hermoso contraste de sus pieles. Esperó durante un minuto o dos para moverse. Itachi hundió la punta de los dedos dolorosamente contra la carne de sus caderas, ayudándola a subir y bajar, vertiginosamente.
—Sakura— gimió su nombre, estrujando los ojos al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás. Sus manos se aferraron con fuerza a sus caderas, extendiendo los dedos para apretar los tonificados músculos de sus glúteos.
Podía sentir como el intentaba disminuir el ritmo, pero ella no estaba dispuesta a ceder. Buscaba conducirlo dentro de ella; adentro y afuera, arriba y abajo, rebotando sicalípticamente sobre el grueso miembro, empalándose tan profundo como le era posible. Los músculos pélvicos se enroscaban alrededor del miembro mientras construía una escalera hacia el orgasmo. Jamás lo logró tan rápido. Jadeaba con fuerza, su pecho se entrecortaba en diminutos gemidos al mismo tiempo que recitaba oraciones incoherentes.
—Itachi— gimió, hilvanando círculos sin disminuir el ritmo de las embestidas.
Itachi la observaba retorcerse, pero algo la golpeó al percatarse que el deseo ardiente que decoraba sus facciones minutos atrás comenzaba a diluirse en una mueca tensa. El sudor aperlaba su frente, goteando sobre su ceño fruncido.
—Sakura— jadeó con dureza, estrujando la carne de sus caderas—, ve más despacio.
Desafiante y consiente que ella tenía el control, espetó:
—No.
La visión de Itachi debajo de ella, temblando, suplicando, a punto de perderse, le confirió una embriagadora sensación de poder. Lejos de detenerse, encontró el ímpetu suficiente para incrementar la velocidad, dejando caer sus caderas con mayor fuerza a pesar del dolor que empezaba a diseminarse por sus músculos.
Itachi gruñó; un sonido bajo y gutural. Tenía la certeza de que el azabache llegaría al clímax en cualquier momento. Su núcleo se estrujo dolorosamente, envolviéndose alrededor de su miembro como una serpiente enroscada mientras se preparaba para la liberación.
Sin embargo, la euforia fue interrumpida cuando Itachi la arrojó a un lado, apartándola de su cuerpo. Severamente tenso, abandonó el lecho. Cuando estuvo al borde de la cama, aprisionó uno de sus tobillos atrayéndola hacia él. Ahora se encontraba de rodillas mientras el azabache permanecía de pie sobre el piso alfombrado, detrás de ella.
Presionó firmemente los omoplatos, obligándola a bajar el pecho hasta que sus pezones erectos entraron en contacto con el gélido material de las sabanas. Itachi rodeó su cadera con un brazo, frustrando cualquier intento que ella efectuara para escapar.
—Aprecio tu entusiasmo— masculló contra su oído el aliento cálido envió un corrientazo de escalofríos—. Sin embargo, quiero tomarme mi tiempo contigo.
Su voz sonaba más oscura e incontinente, peligrosa. Tembló de la emoción cuando una mano acaricio su espalda y la curva redondeada de su trasero; su intimidad latía vehemente, exigiendo que la llenara una vez más. No pudo contener un gruñido de frustración, procurando ajustar las caderas para que se sumergiera dentro de ella, pero su agarre era firme y doloroso.
—No apresures esto, Sakura— susurró, inclinándose hacia el frente para bañarla con suaves y tierno besos. Resbaló la longitud entre sus labios, mas no la penetró.
Sakura hundió el rostro entre las sabanas. Amaba la sensación que aquel tortuoso roce desembocaba. Era un bastardo engreído incluso en la cama.
—Por favor, Itachi— suplicó—.Te necesito dentro de mí.
Los labios del aludido se curvaron una vez más en una sonrisa de complicidad. Situó la cabeza de su miembro contra la entrada, deteniéndose a medio empuje.
—En verdad lo quieres, ¿cierto?
—Si— resopló con la poca cordura que le restaba.
Estrujó los parpados mientras él retrocedía; la punta de su virilidad apuntaba hacia ella, abriendo los pliegues terciopelo para sumergirse en el pequeño y apretado agujero que parecía estar cincelado para él. Sus gemidos llenaron el aire en una enérgica armonía a medida que Itachi se adentraba poco a poco, centímetro a centímetro, empujando hacia adelante con una agonizante lentitud.
—Mierda— blasfemó en un acto de divinidad. Cerró los ojos al tiempo que estrujaba la mandíbula, asiendo sus caderas con más fuerza—. Eres perfecta.
Comenzó a embestir, lenta y controladamente. Era capaz de percibir como cada centímetro de él se arrastraba a lo largo de sus paredes resbaladizas, elevando el deseo a nuevas alturas a la par que penetraba una y otra vez, tensándose mientras lo contemplaba por encima de su hombro.
Ni siquiera la obscena cantidad de gemidos que reverberaban por la habitación lo incitaron a ir más rápido. Gradualmente, aumento el ritmo, moviéndose contra ella más rápido, golpeando con más fuerza, hasta que el sonido de la carne contra carne se anexó a la sonata de suplicas y jadeos.
— ¡Oh, dios!— gimió sin sentido, elevando sus caderas con la intención de profundizar el contacto—. ¡Oh, si, por favor!
Reticente, se negó a aceptar su pedido, disminuyendo la velocidad abruptamente hasta generar un compás lento y suave.
—Tranquila, Sakura— dijo, inclinándose un poco hacia el frente para depositar un beso sobre sus mejillas—.Cuando te dije que quería tomarme mi tiempo estaba hablando en serio.
Envolvió un brazo en torno a su estrecha cintura, con la palma presionada contra su vientre mientras aceleraba de nuevo. Itachi tenía el absoluto control sobre su unión, obligándola a soportar todo lo que él hiciera. Una y otra vez aceleró hasta que su cuerpo se sacudió ante la fuerza de sus empujes; estaba templando, pero no por el agotamiento sino por estar al borde del orgasmo durante tanto tiempo.
El Uchiha finalmente se compadeció de ella, situando los dedos en el sitio donde embonaban sus cuerpos; sus movimientos eran lentos e inquebrantables. Acercó la yema hasta el clítoris frotándolo con una lánguida circunferencia. Sakura respondió de inmediato, apretando y flexionando los músculos internos mientras recitaba su nombre como si de una mantra se tratara. La sensación del hirviente calor nacía desde el punto de contacto y se irradiaba hasta sus extremidades.
—Eso es— la animó, atisbándola temblar debajo de él—.Quiero que termines para mí, cariño.
Le parecía reconfortantemente extraño escucharlo decir esas palabras. Los dedos de Itachi nunca vacilaron al momento de jugar con su henchida perla rosada, enviando pequeños fragmentos eléctricos por todo su sistema nervioso. El último pensamiento que cruzó por su mente antes de caer en el abismo fue que iba a morir, no había forma que pudiese experimentar algo tan intenso y vivir para contarlo.
Itachi redujo la velocidad de las constantes estocadas, intensificando aún más su orgasmo mientras movía los dedos contra su clítoris con hábil facilidad. Un espectáculo de luces y colores estalló detrás de los parpados cerrados.
El placer comenzó a diluirse con cada latido del errático palpitar de su corazón, sintiéndose deshuesada y débil. Aun temblaba, y descubrió como las lágrimas se contenían en el rabillo de sus ojos, sollozando ante la intensidad de la experiencia. El azabache se apartó de ella; su sexo vacío, agonizante. Dejo caer el peso de su esbelta figura sobre el lecho a la par que él la abrazaba con fuerza, depositándola con suavidad sobre una almohada.
Iba necesitar más de un minuto para recuperarse, la intensidad de su orgasmo fue tan abrumadora que sus órganos vitales trabajaban a ritmo estratosférico, intentando apaciguar sus sentidos. Los labios cálidos y suaves de Itachi se presionaron contra los suyos, alejándose solo un segundo para depositar besos en las mejillas y sus parpados.
Atrás quedaron los pensamientos de agonía que la acosaban cuando arribó al apartamento, lo único que permanecía eran las tersas caricias de Itachi y sus labios.
Podía sentirlo descender por su cuello, bajando por su abdomen hasta detenerse en las prominentes crestas de su cadera. Finalmente se dio cuenta hacia donde se dirigía al notar como las fuertes y determinadas manos acariciaban sus muslos internos, separándolos con delicadeza. Su aliento caliente se transformó en un fantasma al entrar en contacto con la carne resbaladiza, húmeda y sensible de su intimidad. Elevó de golpe los parpados para encontrar al azabache degustando las sobras de su orgasmo.
Movió las caderas cuando posó la lengua contra su clítoris increíblemente sensible, enviando una sacudida de electricidad a través de su sistema nervioso.
Itachi levantó la vista y sonrió al atisbar la expresión de asombro.
—No pensaste que había terminado contigo, ¿verdad?— la risa reverbero contra su pecho, estrujando las manos en torno a sus pálidos muslos. Bajó la cabeza y volvió a lamer el sacro templo de la pelirosa.
Ligeras convulsiones la sacudieron cuando el apéndice experto de su nuevo amante se arremolinó alrededor de la almohadilla de nervios. Aún estaba demasiado susceptible, sintiéndose mareada y desorientada. Hundió los dedos entre las hebras lóbregas de su larga cabellera, enredándose en los gruesos mechones al mismo tiempo que apretaba la intimidad contra su boca, anhelante.
El mundo se tornó blanco por instante; al recobrar el sentido, Itachi estaba encima de ella; el palpitante miembro situado estratégicamente, preparado para adentrarse una vez más.
Esperó a que sus miradas se encontraran, tuvo la impresión de que era capaz de contemplar su alma desnuda y trémula, descubriendo todos sus secretos, miedos y sueños. Era una tontería, pero la conexión que existía entre los dos se basaba en la pureza de sus sentimientos, impulsados por el tormentoso deseo.
—Sakura— gimió contra sus labios al percatarse como la tensión lo rodeaba.
Se percató de la pulsante longitud contra sus paredes internas. Sus manos tantearon la espalda de Itachi, deslizándose sobre la piel sudorosa hasta aferrarse a su trasero. Podía sentirlo flexionarse y estirarse mientras su cuerpo se movía con fluida gracia y poder restringido.
Rodeó sus caderas con ambas piernas, levantando la pelvis para encontrarse con él con la esperanza de profundizar las estocadas. Juntos, cayeron en un ritmo constante, empalmados al unísono perfecto.
Las estocadas eran apasionadas y dulces. Itachi apoyaba el peso de su cuerpo en la palma de sus manos apoyadas al costado de su cabeza. Dejó escapar un áspero gemido que quedó aprisionado en su garganta mientras sus lenguas se entrelazaban. El beso era embriagante, y solo se permitió abrir los ojos cuando lo notó alejarse.
Movió sus caderas con mayor rapidez, más insistente; esta vez, Itachi consintió, emulando el ritmo de las demandantes embestidas. La placentera fricción contra sus paredes internas la obligo a arquear la espalda. Las uñas se hundieron entre la piel nívea y sudorosa, trazando medias lunas, percatándose como su mandíbula se tensaba.
—Oh, Dios— sollozó—, dios mío, Itachi.
La intensidad del orgasmo la golpeó como un maremoto, sacudiendo los cimientos de su cuerpo, atrapándola en un tornado de intrincadas emociones y sentimientos. Cada musculo, cada fibra, contraída, estremecida, convulsionada. Itachi mantuvo su pierna presionada contra su hombro. Incluso en ese momento caótico, sus miradas se encontraron, apreciando como el perfecto rostro del pelinegro se contorsionaba al alcanzar el clímax de su propio placer.
El orgasmo perduró algunos segundos. Lánguidamente, abrió los ojos. Itachi la abrazaba protectoramente mientras intentaba recuperarse. Ambos respiraban con dificultad, las sabanas estaban húmedas por el sudor de sus cuerpos. El miembro del azabache continuaba encajado dentro de ella, sintiendo como se suavizaba ahora que el trabajo estaba terminado.
Luego de la violenta bomba molotov de hormonas que explotó en su sistema, sus huesos habían adquirido la consistencia de un algodón de azúcar. Se sentía somnolienta y jodidamente feliz al estar entrelazada con aquel glorioso hombre desnudo.
Resistió el impulso de sumirse al sueño cuando el azabache la guio hasta sus labios, invitándola al compás de un beso largo y dulce.
—Hey— dijo suavemente; la expresión tierna y gentil.
—Hey— espetó tímida, sintiéndose repentinamente insegura—.Cuando llame a la puerta de tu apartamento, definitivamente no esperaba eso— agregó, riéndose contra su hombro mientras besaba su mandíbula.
—Siempre cumplo mis promesas, Sakura— espetó Itachi, apartando algunos mechones húmedos de la cara—, ¿quieres quedarte esta noche?
Sakura asintió. Era como una abeja rechoncha de felicidad. Ella lo atrajo en un gesto de absoluta devoción, besando su sien, saboreando el rastro salado de su piel. No sabía precisar si era un efecto secundario del orgasmo o lo abrumada que sentía al estar tan cerca de él, pero tenía la certeza que sus sentimientos hacia Itachi iban más allá del enamoramiento.
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El caliente roce del agua era un aliciente para sus músculos entumecidos. Un suspiro de genuino alivio brotó de sus labios. Luego de aquella apasionante sesión de sexo y de pasar una o dos horas refugiados en los brazos del otro, consideró prudente tomar un baño antes de conciliar el sueño.
Aun no terminaba de procesar todo lo que había ocurrido horas atrás, tenía la impresión de encontrarse absorta en una fantasía singular.
Permaneció bajo el chorro de agua caliente durante veinte minutos o más. La idea de repetir el encuentro le parecía tentadora, pero estaba cansada; comenzaba a notar la extenuación contenida en sus extremidades, llevaba dos noches sin dormir plácidamente y dudaba que sus energías se repusieran con una buena cena y una taza de café. Por el momento solo deseaba recostarse a lado de Itachi.
Se había vuelto imprudente. Entre ellos ya estaba sobreentendido que nunca era demasiado tarde.
El llamado contra la puerta de cristal interrumpió sus pensamientos. Al levantar la mirada, encontró a Itachi de pie, justo al otro lado de la ducha. Cerró ambas llaves, cortando el flujo del agua. La recibió con una sonrisa ofreciéndole una toalla de algodón para cubrir su cuerpo. Ambos habían tomado una refrescante ducha, pero él la abandonó unos cuantos minutos después, permitiéndole permanecer ahí adentro el tiempo que considerara prudente.
Envolvió la tela blanca alrededor de su torso, contemplando con disimulo el tronco níveo y desnudo de su amante, quien solo se había inmutado a enredar la toalla por la extensión de su cadera.
Deseaba ver todo lo que fuese posible de él, abarcarlo, memorizarlo, grabarlo en su memoria para después vivir de su imagen; las líneas de su cuerpo, la textura de su piel, el brillo del sudor sobre su pálido lienzo. Prestaba atención a los detalles, las marcas, las cicatrices, las arrugas. Estar ahí con Itachi era estar a salvo; como una cueva en la que se acurrucan mientras afuera pasa la tormenta.
—Es mi favorita— masculló él, sonriente mientras le ofrecía una holgada camiseta grisácea, desteñida por el paso del tiempo.
—Gracias— espetó, llevándola hasta la altura de su nariz para inhalar el aroma de Itachi en ella.
Terminó de secarse y se puso un par de boxers que Itachi había colocado estratégicamente sobre la cama, deslizó la camiseta sobre su cabeza, sumergiéndose en la tersa textura de la tela. Se sentía tan extraño estar allí, en su habitación.
Embelesada, lo contempló moverse entre las cuatro paredes como un pez en el agua; lucía más sosegado en comparación a como lo encontró cuando ingresó en el departamento; desolado, cansado.
Cuando ambos finalizaron con el corto ritual, Itachi apagó el interruptor de la lámpara situada en la mesita de madera, arrastrándolos a la cálida oscuridad de la noche. Sonriente, ahondó entre el huego de las cobijas, aceptando la invitación implícita que aquella hermosa sonrisa le extendía. Recostó la cabeza sobre su pecho desnudo, prestando atención al rítmico palpitar de su corazón. Trazó algunos patrones sobre su piel con la punta del dedo, disfrutando del silencio.
Itachi se aferró a ella al mismo tiempo que se removía sobre el colchón, rodeando su cintura con un brazo, atrayéndola hacia su cuerpo.
—Lo que más me duele de toda esta situación es la vergüenza profesional— confesó, sombrío.
Sakura levantó la mirada para encontrarlo contemplando el techo; los fanales azabaches clavados en algún punto del espacio y el tiempo.
—Es una cuestión de vanidad— se aventuró a decir, situando la palma de su delicada mano contra el pecho del pelinegro.
—Como neurocirujano, es difícil aceptar que cometemos errores, y que estas faltas pueden destrozar la vida de las personas. Pero continuas sintiéndote fatal ante algo asi y todo el coste que supone— habló detenidamente, efectuando algunas pausas para encontrar las palabras apropiadas—. Nadie comprende lo que se siente cuando debes acercarte a regañadientes a la sala de los pacientes para ver un día tras otro, a veces durante meses continuos, a alguien cuya vida has destrozado…enfrentar a una familia que permanece a su lecho y que ha perdido toda confianza en ti.
Itachi tragó grueso.
Sakura acarició su rostro con la punta de sus gélidos dedos.
—Hay cirujanos que ni siquiera son capaces de realizar esas rondas— intento reconfortarlo.
El azabache la observó empedernidamente, filtrando una de sus manos por debajo de la camiseta, enviando escalofríos por su cuerpo al notar las entusiastas caricias contra su espalda desnuda.
—Yo fui quien le dijo a la familia que me demandaran. Cometí un grave error— confesó, dejando escapar un suspiro abatido—. No es exactamente lo que debe hacerse en esto casos, puede sonar absurdo.
Sakura sonrió. Le gustaba sentirse merecedora de la confianza de Itachi, permitiéndole desahogarse y dejar que sus penas fluyeran alrededor de ella.
—En la neurocirugía no puedes pasar mucho tiempo satisfecho. Siempre hay otro desastre aguardando a la vuelta de la esquina— sentenció con ese categórico tono tan suyo que era capaz de convencer a cualquiera de que la luna era de queso.
Cualquier cosa que se hubiese propuesto a expresar se vio interrumpida cuando él la atrajo hacia sus labios en un dulce pero demandante beso.
—Gracias por venir— masculló Itachi contra su boca.
—Ha sido la mejor decisión de mi vida.
Continuará
N/A: No hay plazo que no se cumpla ni fecha que no se llegue, después de varios capítulos de jugueteo, inseguridades, frustraciones e interrupciones estos dos tortolos han dado un gran paso en su relación :3
Cuando comencé a escribir el borrador de la historia, pensé que todo estaba avanzando muy rápido, pero después de meditarlo, llegue a la conclusión de que era el momento adecuado, no tenía caso atrasar lo inevitable.
Solo para despejar algunas dudas, había olvidado por completo anexar las definiciones de los términos médicos, asi que no piensen que no deseo plasmarlos, simplemente lo deje pasar por alto y eso me apena, asi que aquí vamos: Un glioma es un tipo de tumor que se desarrolla en el cerebro y la medula espinal.
Sobre la relación de Itachi y Sakura… me gustaría que no dejaran pasar por alto la situación en la que se encuentra nuestro protagonista masculino, puesto que marca una importante pauta en los capítulos venideros.
También, no crean que me he olvidado de Izumi y Sasuke, la situación con ellos aún no está zanjada y todo puede suceder.
No saben lo feliz que me siento al ver que el fic es de su agrado. Sé que no es demasiado ni tampoco es una obra maestra, pero es reconfortante para mi compartirles esto y ayudarles a sobrellevar el tiempo, aunque sea entreteniéndolos durante unos cuantos minutos. Agradezco profundamente todas y cada una de sus muestras de apoyo, en específico sus comentarios, tengan en cuenta que leo todos y cada uno de ellos, y esto me impulsa a seguir escribiendo. Gracias totales por brindarme una parte de su tiempo 3
Sin nada más que decir, espero que se encuentren de maravilla, cuídense mucho, les mando un fuerte abrazo.
Espero regresar pronto con la continuación, por el momento, yo me retiro a descansar.
¡Hasta pronto! :D
