Advertencia: El siguiente capítulo contiene material adulto explícito.

Adenoma pituitario: Tumor benigno de la glándula pituitaria.

Capítulo 16

El dulce aroma del desayuno revoloteaba por los rincones de la cocina, avivando el hambre voraz instalada en su estómago desde hace unas horas.

Degustó con parsimonia el primer bocado del bowl de frutos rojos que Itachi había preparado para ella. Estaba envuelta en un sentimiento de dicha particular, como una abeja rechoncha de felicidad.

Desde la comodidad de su asiento cerca de la barra, analizó con detenimiento el comportamiento del azabache la mañana subsiguiente al pasional encuentro: se desenvolvía como un pez en el agua entre esas cuatro paredes; llevaba el torso descubierto para el deleite de ella, manteniendo solo los pantalones de franela a cuadros; su brillante guedeja negra reposaba sobre sus hombros desnudos, cayendo como una hipnótica cascada de seda. Lo estudió como si de una criatura exótica se tratara.

Su estómago efectuó un extraño movimiento, aquel que las personas presas del enamoramiento solían describir como mariposas en el estómago. Sonrojada, mordió su labio inferior. Tras pasar doce horas continuas a lado de ese ser irreal, se percató de la dulzura y calma que comenzaban a nacer de su alma. La idea de despertar con aquella vista cada mañana no le desagradaba, sino todo lo contrario.

— ¿Qué sucede?— cuestionó, apartando la arrebatadora mirada azabache del periódico mientras la comisura de sus labios se levantaba en una incipiente sonrisa.

El corazón le golpeó las costillas. Pese a sus conocimientos anatómicos y fisiológicos, se mostró obtusa a precisar los efectos que Itachi ejercía sobre su cuerpo.

— ¿Alguna vez imaginaste esta situación? — cuestionó, soplando la superficie humeante de la taza de café.

La luz del sol invernal ingresaba agradable por las enormes ventas situadas estratégicamente por el apartamento. Era una gélida mañana, los noticieros pronosticaban un abrupto descenso en las temperaturas y una posible nevada.

— ¿Contigo?— indagó Itachi en respuesta, untando mermelada en un bollo recién horneado, todavía caliente.

—Si, por supuesto— se encogió de hombros, notando como la sangre se le precipitaba al rostro. Había pasado la última noche en medio de espasmos y sonrojos, como si fuese una doncella virginal. Suponía que era parte de la experiencia.

Pensativo, Itachi se reclinó sobre su asiento; acarició su barbilla y clavo la mirada en el techo, efectuando una severa pausa para encontrar las palabras apropiadas.

—Si alguien me hubiese dicho que terminaría prendado de la ex prometida de mi hermano pequeño, lo habría juzgado de loco.

—Eso es un no— dijo Sakura, llevando la taza hasta la altura de sus labios para propinarle un cuidadoso sorbo.

—Sí, es un no— masculló. Tanteó con la punta de los dedos la extensión metálica del desayunador hasta toparse con los de ella. En un acto de galantería digno del siglo pasado, depositó un beso sobre el dorso de su mano, sonriendo satisfecho al notar como se reanimaba el sonrojo de sus mejillas—. Me agradan las sorpresas, sobre todo si tienen cabello rosa y ojos verdes.

Sakura río discretamente, en definitiva Itachi era un hombre sumamente encantador. Aquella templada faceta contrastaba con la máscara de estoicismo que portaba a diario en el hospital, la misma que le confería un aire de egocentrismo difícil de asimilar.

—Deberías hablar con tu padre— reflexionó la pelirosa, entrelazando sus finos dedos con los del azabache.

Aunque Itachi intentara mostrarse apático con toda la desafortunada situación legal en la que estaba inmerso, Sakura sabía que muy en el fondo lanzaba un grito de ayuda desesperado. Lo último que deseaba era presenciar como la culpa comenzaba a carcomerlo por dentro, devorando su alma y ser hasta no dejar nada.

—Sé que la relación con él es complicada, sin embargo, es el momento apropiado para hablar con él. Fugaku es el único que puede ayudarte.

— ¿Cómo puedes estar tan segura de eso? — preguntó, mirándola con curiosidad a la par que acariciaba su mejilla derecha.

—Eres su hijo— le recordó—, e independientemente de lo que sucedió entre ustedes dos, su sangre corre por tus venas. Si de algo tengo certeza, Uchiha Itachi, es que no te dará la espalda en un momento como este.

Por mucho que no congeniara con Uchiha Fugaku, no pudo evitar sentirse triste porque Itachi se había alejado tanto de su padre

El pelinegro abandonó su asiento al otro extremo de la barra y en un parpadeo se encontraba cerca de ella, abriéndose espacio entre sus piernas. Sakura sintió como un escalofrió nacía desde la base de su cuello. Reconocía el brillo que albergaba esa oscura mirada, lo había contemplado la tarde anterior, cuando se encontraba dentro de ella, desperdigando besos sobre sus labios hinchados.

—Eres increíblemente inteligente— susurró en su oído, depositando un húmedo beso sobre su cuello.

—Eso ya lo sabía— el fulgor en aquellos ojos color ónix le robó el aliento.

—Supongo que la modestia no se ajusta contigo— dijo Itachi mientras comenzaba a besar el punto sensible de su nuca.

Itachi se inclinó hacia ella y la besó con suavidad. Sakura cerró los ojos, dejándose llevar. Sentía que algo estallaba en su pecho al mismo tiempo que un extraño hormigueo recorría todo su cuerpo. Cuando se apartó, Sakura se sentía tan débil

—Será complicado, pero es lo más apropiado— concedió el pelinegro, refiriéndose a todo el embrollo de su situación legal y la visita a su padre.

— ¿Deseas que vaya contigo?— lo miró directamente a los ojos, sosteniendo su mano en un gesto casto y romántico.

—No te preocupes, puedo apañármelas solo— besó su frente—, pero gracias.

Lejos de agregar una sonrisa, le apartó algunos mechones rosas de la rebelde melena del rostro y la besó en los labios, enardecido; agitado. Ahondó el contacto de sus lenguas mientras deslizaba los dedos por debajo de la camiseta, aferrándose a los espacios marcados por la protuberancia de las costillas. Los dos comenzaron a explorar sus cuerpos, nuevamente.

El redoblo estridente del teléfono fue suficiente aliciente para arrastrarla de regreso a la realidad.

—Mierda— masculló Sakura contra los labios de Itachi al sentir como esas expertas manos acunaban sus senos—. Por mucho que este disfrutando de esto, creo que es momento de partir.

El azabache ahogó el deseo en un gruñido natural y sin más preámbulos se apartó de ella, liberándola de la prisión que había formado con su propio cuerpo.

Poco a poco, aún demasiado abrumada por las atenciones de Itachi, recolectó sus cosas. En un abrir y cerrar de ojos se había vestido con la misma ropa que llevaba ayer, preparada para marcharse al trabajo.

—Puedo llevarte al trabajo— indicó Itachi, encogiéndose de hombros.

—No te preocupes, me gusta caminar— intentó tranquilizarlo, esbozando una ligera sonrisa.

Antes de dirigirse hacia la puerta, depositó un último beso en aquellos labios a los cuales estaba haciéndose adicta.

— ¿Te veré esta noche?— preguntó; un brillo de indómito deseo cruzó por su mirada.

—No tienes que preguntarlo.

: : : : : : : :

Al ingresar al vestíbulo, Itachi se percató que la habitación había sido cuidadosamente restaurada al estilo original. El suelo estaba revestido por un elaborado mosaico de azulejos y una intrincada línea de pantallas de madera dorada creaba una división entre el estudio delantero y el resto de la casa.

Shiori lo condujo desde el vestíbulo a través de una antecámara oscurecida hacia el patio abierto expuesto al cielo. Aquel era el refugio de su padre, pasaba horas enteras postradas en su silla favorita de mimbre atisbando el atardecer, siempre acompañado de una cálida taza de té y un ostentoso cigarrillo forjado a mano.

La quietud verde y monástica del espacio le confirió la tranquilidad que había extraviado al montarse en su coche y manejar hasta ahí. En medio del paisaje, tal como esperaba encontrarlo, se encontraba su padre sentado en un diván, con el bastón recargado contra la pared mientras la mirada permanecía fija en el libro que se situaba sobre su regazo.

—Fugaku-sama— llamó la mujer, atrayendo la estoica mirada hacia su primogénito, mostrándose ligeramente sorprendido.

—Shiori, ¿podrías traernos un poco de té?— solicitó el hombre. Apartó los lentes de pasta que reposaban sobre el puente de su nariz y lo situó sobre el desgastado encuadernado del libro, posicionándolos en una de las mesitas laterales de jardín.

La mujer acató la orden con una reverencia y pocos segundos después desapareció por el mismo camino por el que había arriado en compañía de Itachi.

Nervioso, tomó asiento en una de las sillas de teca, clavando los ojos color ónix en la lejanía, donde se alcanzaba apreciar el sendero de piedras que conectaba el diminuto vergel con el hermoso jardín zen.

—Lamento no haber venido antes— se disculpó, intentando sonar neutro—. El trabajo en el hospital siempre es demandante.

—Lo entiendo— recitó Fugaku, tan cetrino como de costumbre.

—Veo que no hay ninguna complicación con tu recuperación— apartó la vista del hermoso paisaje verde vibrante para contemplar a su padre, quien no hace más de cuatro meses fue ingresado al hospital de emergencia a causa de un molesto aneurisma.

—Sakura hizo un increíble trabajo, ¿no es asi?

Guardó silencio durante un segundo o más. El que su padre continuara con vida era gracias a ella, a sus habilidosas manos y su vasto conocimiento quirúrgico.

Sus palabras se vieron interrumpidas con el ingreso de Shiori; la diligente dama llevaba entre sus manos una bandeja argéntea con una tetera de hierro fundido y un par de tazas de cerámica. Se aseguró de asentar la bandeja sobre la mesa central. Con una sonrisa ligera abandonó la habitación, manteniéndose cerca por si Fugaku o Itachi precisaban algo más.

—Asi es— consintió el azabache, recordando la familiaridad que Sakura compartía con los de su estirpe.

— ¿Sabes?, estos últimos meses he reflexionado sobre algunos temas en específico— habló de repente, vertiendo una generosa cantidad de líquido humeante en ambas tazas.

— ¿Cómo es eso?— preguntó, lanzándola una mirada inquisitiva.

—Estuve meditando respecto a nuestra relación, principalmente— respondió Fugaku expulsando un suspiro—. No he sido el mejor hombre, mucho menos el mejor padre.

Con un ligero temblor en los dedos entumecidos, Itachi tomó un sorbo de té, saboreando el delicado ahumado.

—Solo para aclarar las cosas, no te guardo rencor, Otōsan. Al contrario, entiendo la razón del porqué actuaste de esa manera.

Fugaku asintió y dio un pequeño suspiro.

—Te debo una disculpa, Itachi.

—No hay nada que perdonar—espetó, contemplándolo directamente a los ojos.

A través de los años, la relación con su padre se había constreñido al punto de convertirlos en dos extraños. Los intereses de Fugaku nunca congeniaron con los sueños de Itachi, un hecho tan desafortunado que los obligó a apartarse, más por orgullo que por el deseo. El patriarca soñaba heredar todo el imperio construido a lo largo de su existencia a su primogénito, sin embargo, él se rehusó, ingresando a la escuela de medicina, sabiendo al dedillo que tal acción lo exiliaría por completo de la familia.

Permanecieron absortos en un inusitado, mas no incomodo silencio, contemplándose mutuamente. Itachi estaría mintiéndose a sí mismo si negaba que había perdido las esperanzas de reconectar con su padre algún día. Ahora que los problemas del pasado yacían en una tumba, notó como un peso se le quitaba de encima.

— ¿A que debo el placer de tu visita?— preguntó, regresando la circunspecta mirada al tragaluz ocular.

—Necesito asesoría legal— admitió abatido; puso la taza de porcelana en la mesa, entrelazando sus trémulos dedos a la altura de su rostro.

En menos de cuarenta minutos se encargó de relatarle con lujo de detalle las galimatías en las que estaba metido. Se atestó de contarle desde el día de la operación hasta la llamada que recibió, reproduciendo la grabación de aquel hombre apesumbrada solicitándole ayuda desesperadamente.

—Es un caso difícil de defender— admitió Fugaku, acentuando la arruga en su entrecejo.

—Estoy totalmente de acuerdo— dijo Itachi con tristeza.

–En realidad no cuentas con argumentos para una defensa— prosiguió, actuando más como un abogado que como un padre comprensivo.

Itachi necesitaba aquella sacudida para comenzar a asimilar la cruda realidad que aguardaba por el a la vuelta de la esquina.

—Desde el principio consideré que era un error indefendible.

—No te des por vencido antes de tiempo— dijo Fugaku, tratando de tranquilizarlo—. El caso se alargara una temporada, tal vez habrás pensado en tomar unas vacaciones.

La comisura de sus labios se curvó hasta esbozar una sonrisa cansada.

—No es una mala idea, puedo considerarlo.

Shiori entró al patio y dejo una bandeja de dangos sobre la mesa de café. Itachi le agradeció con una sonrisa, aquella mujer llevaba más de veinte años bajo el servicio de la familia Uchiha, por lo que no era de extrañarse que supiera al pie de la letra los gustos y las exigencias del hijo mayor de Mikoto y Fugaku Uchiha.

—Discutiré el caso con algunos de mis colegas, tal vez Obito sea el indicado para esto.

—Tal vez.

Fugaku notó el destello de tristeza que se reflejaba en sus ojos cuanto tomó el primer mordisco de dango.

—Ya que nos hemos adentrado en estos temas, ¿Cómo va el asunto del divorcio?— cuestionó Fugaku, atisbándolo de reojo.

Itachi se tensó de pies a cabeza. Aquella era otra cosa que llevaba asechándolo desde hace tiempo. Izumi se rehusaba a firmar los papeles, mientras su abogado continuara aparándose el proceso se pospondría por tiempo indefinido. La tarde anterior había acudido a su apartamento para discutir un posible regreso, naturalmente, él se negó, dejando en claro que no continuaría absorto en esa ridícula situación.

—La abogada de Izumi se ha encargado de aplazar el juicio. Comienzo a sentirme verdaderamente atenuado— reconoció, estrujando el puente de su nariz con dos dedos.

—Estos asuntos son largos y ajetreados— deliberó, recostándose contra el respaldo acolchonado del diván.

—Sasuke es quien lleva el caso— reflexionó Itachi, mirando la taza de té por un momento antes de contemplar a su padre.

A pesar de que Fugaku siempre mantenía una mueca mortalmente seria, sus facciones se relajaron hasta esbozar una alífera sonrisa.

—Puedes confiar en tu hermano— espetó orgulloso, cruzando los brazos hasta la altura de su pecho—. Lamento haber avivado la rivalidad entre ustedes dos, sobre todo en Sasuke.

—No fue tu culpa— señaló, sintiendo nauseas al recordar el último encuentro que tuvo con su hermano menor.

—Ejercí tanta presión que termine distanciándolos— masculló, mostrándose severamente arrepentido.

—No eres el único culpable— razonó Itachi—, también considero que tuve algo que ver en eso.

Durante años alimentó la desconfianza de Sasuke. No era de extrañarse que intentara mantenerse alejado, tal como lo mantuvo en su juventud.

—Itachi— lo llamó Fugaku, con afectación continuó—.Aunque nuestros caminos y puntos de vista no coincidan, estoy orgulloso de ti.

Los ojos del pelinegro se llenaron de lágrimas.

: : : : : : : :

Sakura caminó por el inmaculado corredor quirúrgico hacia la recepción, admirando la calma antinatural instada en el lugar, como el sosiego antes de la tormenta.

Acababa de finalizar la extracción de un adenoma pituitario. Al igual que Itachi, Kakashi comenzaba a considerarla para los procedimientos de mayor complejidad sintiéndose verdaderamente halagada.

No obstante, a pesar de mantenerse en una buena posición, los rumores respecto a la deserción del antiguo jefe de neurocirugía estaban ligados a ella de manera directa y muy comprometedora. A su arribo escuchó a dos de los residentes sostener que a ambos los pillaron manteniendo relaciones sexuales en la oficina de Itachi, no pudo evitar rodar los ojos ante tan osada conjetura, aun asi, tampoco se inmutó en negarlo. Las presunciones de sus compañeros gozaban de cierta verdad o carecían de la misma, dependiendo del punto que se contemplara.

Al situarse frente a la recepción, la enfermera la recibió con una enorme sonrisa al mismo tiempo que situaba frente a ella el formulario que todo cirujano debía llenar obligatoriamente luego de abandonar el quirófano.

Mientras llenaba el vademécum, reprimió una sonrisa mordiendo su labio inferior. Tan solo habían transcurrido más de doce horas desde que estuvo en el apartamento de Itachi, sumergida en una vorágine de placer indescriptible, auspiciado por los talentos ocultos del azabache.

—Parece que alguien pasó una noche interesante— inquirió la afable dama al otro lado del mostrador, advirtiendo el cambio de humor en ella— ¿Fue bueno?

La sangre se le precipitó al rostro, avivando el sonrojo en sus mejillas. Sin más remedio, amplió el gesto, genuinamente, contenta.

—Más de lo que esperaba— concedió en un susurro, desplazando la tabla con el formulario por la superficie hasta colocarla en las manos de la agradable dama.

—Quien quiera que sea, debe considerarse afortunado— dijo la mujer con voz almibarada.

— ¿Qué es lo que hice para merecerte, Itoh-sama?

—Lo mismo me pregunto yo— bromeó con algarabía, regresando a sus labores tan pronto como el teléfono comenzó a sonar.

Echó un vistazo a su reloj de pulsera para comprobar que gozaba de una hora libre antes de ingresar a la última cirugía del día. Aprovecharía ese tiempo para tomar el almuerzo en la cafetería y llamar a Itachi, quizás era un acto osado de su parte, pero sabía lo importante que era para él arreglar la relación con Fugaku. Con las manos en los bolsillos de la bata, emprendió el paso hacia los ascensores.

— ¿Haruno Sakura?

La voz femenina surgió detrás de ella. Dubitativa, viró sobre sus tobillos para encararla, encontrando a nada más y nada menos que a Izumi Uchiha.

Las señales de alarma se encendieron en su cabeza. La presencia de la esposa de Itachi no auguraba nada bueno, en especial para ella. La castaña se presentó con un sobrio abrigo en color lila. Su cabello oscuro, le caía sobre los hombros en una acicalada melena, la cual enmarcaba las finas líneas de su faz, resaltando la juventud antinatural de sus garbosas facciones; tenía los labios contraídos en una tensa línea recta y la mirada azabache, advirtió la pelirosa con ofuscación, apagada. No había sorpresa en su rosto. La mujer la contemplaba, cautelosa, incluso fastidiada.

Se le cortó la respiración, como si el aire se hubiese solidificado en sus pulmones, impidiéndole inhalar y exhalar con naturalidad.

— ¿Si?— la interpeló, con una severa mirada de sorpresa.

A pesar de que sus procesos mentales se habían enturbiado a causa de la repentina e indeseada aparición, logró conjeturar que su visita estaba relacionada con el incidente de la tarde anterior. No le tomó mucho tiempo percatarse de la mueca de reprobación hilvanada en su hermosa faz, la había contemplado cuando la encontró en el apartamento de Itachi.

—Soy Uchiha Izumi, la esposa de Itachi— se presentó, haciendo énfasis al título que por ley aun le pertenecía.

Ambas se contemplaron de hito en hito. La pelirosa la miró, escéptica, pretendiendo ocultar el temor que la envolvía. El tiempo se detuvo y cuando retomó la marcha lo hizo de forma tan vertiginosa que los oídos de Sakura comenzaron a rehilar; su corazón palpitaba violentamente, golpeaba sus costillas al tiempo que el aire se le atoraba en la garganta, formando un nudo con sus inservibles cuerdas vocales.

—Hola— logró sacar la voz, recriminándose al instante al no esforzarse ni un poco en la respuesta.

Era doloroso reconocer que Izumi aún estaba unida a Itachi. De alguna u otra forma, ella siempre ocuparía un lugar especial en su corazón, el mismo que nunca podría reemplazar. Tales hechos solo le indicaban que dentro de esa intrincada situación ella no era nada más que su patética amante.

—Necesito que…— insistió ella, deteniéndose un segundo o más para escoger las palabras apropiadas y continuar—.Quiero pedirte que te alejes. Que nos des el espacio apropiado para que funcione nuestro matrimonio, por favor— soltó con seguridad, elevando ligeramente la barbilla mientras le dedicaba una mirada atestada de desdén.

La pelirosa quedó inmóvil al escuchar el ultimátum; su corazón estaba desbocado; el pulso le latía frenético detrás de las orejas como si estuviese atrapada en una grotesca pesadilla de la que no podía despertar.

—Tal vez deberías hablar de esto con Itachi— espetó Sakura, reanudando el paso hacia ningún sitio en particular. Necesitaba salir de ahí en cuanto antes, alejarse de ella antes de que la bomba explotara y terminara por herirlas a ambas.

— ¿Crees que no lo hice?— terció Izumi, siguiéndola de cerca, dejando en claro que el asunto estaba lejos de quedar zanjado—.No hacemos nada más que hablar de eso.

La mirada de Sakura divagó por la estancia, algunas personas comenzaban a reparar en la situación, dedicándoles avistamientos cautelosos, tímidos.

—Cree que está enamorado de ti— dijo Izumi, en puridad agraviada.

—Yo…

—Aun lo amo— la interrumpió.

Sakura vaciló. Por primera vez durante todo el encuentro la atisbó a los ojos, percatándose del brillo de dolorosa sorpresa instalado en la lóbrega mirada de Izumi.

Las entrañas se le removieron, activando el reflejo nauseoso. Estaba temblando y el sudor comenzaba aperlarle la frente. Se había convertido en una persona egoísta.

¿A caso su relación con Itachi solo era una ilusión?, le resultaba imposible pensar en que alguien por quien sentía tanta gratitud pudiese traicionarla.

—En ocasiones las personas se distancian— logró gesticular, ignorando el furaco calor que le inflamaba el pecho.

—Hicimos una promesa— dijo Izumi entre dientes—.Eso vale de algo, Itachi es un buen hombre que solo quiere hacer lo correcto, debes permitírselo.

—Tengo que irme— susurró Sakura, haciendo ademan por de largarse de ahí en cuanto antes. Era imposible permanecer un minuto más aprisionada en la mirada de aquella furibunda dama sin decir nada.

—No— obstruyó Izumi, tomándola del brazo. Dolorosamente, enterró la punta de los dedos en su piel nívea al mismo tiempo que clavaba las uñas. Estaba segura que dentro de un rato los cardenales y los rasguños comenzarían a notarse—. No puedes arruinar la vida de los demás como si no importaran, ¿alguna vez pensaste en mí?, ¿sobre lo que me estaban haciendo?, ¿pensabas en mi cuando te acostabas con mi esposo?

Notó el ardor contenido en sus ojos, rompería en llanto en cualquier momento. Desfasándose del vehemente agarre de la castaña, pasó a su lado sin decir nada, buscando con desespero una escapatoria.

— ¡Solamente está jugando contigo!— bramó la mujer mientras le seguía el paso, pisándole los talones— ¡Pronto regresará a casa conmigo!

Las miradas se posaron sobre ellas, no solo las del personal que laboraba sin problemas en el pasillo, sino también de los pacientes ocasionales que deambulaban por ahí.

—Estuvieron separados mucho tiempo— la encaró, haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener la compostura.

—Nunca lo conocerás como yo— objetó la peli castaña—. Yo fui la primera mujer en su vida, ¿te lo contó?

Hastiada, Sakura prosiguió con su camino. Pensó que lo más apropiado era escabullirse al otro lado del pasillo, allá donde los guardias de seguridad no le permitirían el ingreso.

— ¿Crees que como lo quieres puedes apartarlo de mi lado? ¡Maldita puta!— le espetó Izumi en un tono estridente, próximo al alarido.

La acusación de la castaña rebotó por las paredes como un doloroso eco sonoro, dejando a más de uno enmudecido.

Sakura se detuvo en seco, sintiendo como el sudor frio recorría su espina dorsal; sus piernas adquirieron la firmeza de la gelatina y, por un segundo o más, no fue capaz de moverse.

— ¿Se encuentra bien, Doctora?— preguntó uno de los guardias, consternado. Acababa de arribar a la escena, tal vez por el llamado de las enfermeras o por el dramatismo de la situación.

—S-si— titubeó la pelirosa, estrujando los parpados para contener el llanto—. La señora Uchiha estaba a punto de marcharse.

Izumi tensó el rostro y sus ojos se rasgaron en un gesto maquinal. Sin recitar una palabra más, precipitó el elegante y rápido andar hacia las enormes puertas de cristal, enfilando el paso por uno de los inmaculados pasillos hasta desaparecer del campo de visión de la pelirosa.

— ¿Esta segura que se encuentra bien? ¿La asaltó físicamente?— cuestionó el guardia genuinamente preocupado.

—Estoy bien, gracias— le aseguró ella, ofreciéndole una patética sonrisa tranquilizadora.

Tan rápido como le fue posible, se desplazó hacia uno de los baños más cercanos, bajo la mirada atónita de los ahí presentes.

Mientras caminaba se percató como el nudo en su garganta se tensaba. La faringe le dolía de contener el llanto y comenzaba a hiperventilar. Empujó la puerta y sin más preámbulos, se atrincheró en el último cubículo, atrancando la potranca con su cuerpo.

Temblorosa, resbaló hasta el suelo, lejos de aguardar un segundo más, las lágrimas resbalaron por sus mejillas como si fuesen acido.

: : : : : : : :

Toda su vida había hecho lo posible para evitar inmiscuirse en el ínfimo escándalo. Sin embargo, aquel día se convirtió en el centro de la atención, digna de formar parte de la primera plana.

Mientras se dirigía al cuarto de residentes con la cabeza en alto, los compañeros que solamente mostraron animadversión hacia ella, cuchicheaban a sus espaldas. Ahora todo el mundo estaba al tanto de que la eminente Haruno Sakura mantenía un idilio amoroso con el antiguo jefe de Neurocirugía, Uchiha Itachi.

Al precipitarse dentro del elevador, presionó el botón que la llevaría al piso donde se distribuían las áreas de descanso para los internos y residentes, poco antes que las puertas se cerraran, dos jóvenes ingresaron, dedicándole una mirada desdeñosa. Era demasiado tarde para escapar, tan pronto como sonó la música, el ascensor comenzó el ascenso. Incapaz de ignorar la conversación que aquellas chicas mantenían, Sakura agudizo el odio:

¿Escuchaste?, al parecer está acostándose con el jefe de neurocirugía.

Quien lo diría, por alguna razón contaba de tantos beneficios.

¡Lo sé!, puede considerarse afortunada, Uchiha-san es bastante apuesto, aunque no puedo entender que es lo que ve en ella.

Por supuesto que no ve nada especial, tal vez solo es buena en la cama.

Sakura de pronto se dio cuenta que las chicas estaban hablando de ella. Sacudida, salió precipitadamente del ascensor cuando se detuvo en uno de los pasillos, casi chocando contra un camillero.

Se mantuvo de pie en medio del pasillo durante un minuto o más, sopesando si era prudente continuar con su camino. Inhaló y exhaló en repetidas ocasiones intentando mantener la poca calma que la dominaba.

Armándose de valor, dirigió el andar hacia el sitio donde se ubicaba el pintaron que resguardaba toda la información correspondiente sobre las próximas cirugías. Ofuscada, contempló con detenimiento como una de las enfermeras borraban su nombre de superficie blanca, sustituyéndolo por el de otros residentes disponibles, exiliándola por tiempo indefinido de los quirófanos.

— ¿Pero qué demonios está pasando aquí?— rumió furiosa, enfrentándose a sus compañeros.

—Tranquilízate, no armes un drama, solo estamos otorgándote el lugar que te mereces— rebatió otra chica sin tintes de cortesía en su voz.

— ¿Con el permiso de quién?— indagó con reproche.

—De Tsunade-sama— aseguró otra voz en el fondo, avivando el barullo.

—Ahora que el jefe no está para defenderte es imposible continuar otorgándote más privilegios de los que ya obtenías acostándote con él— ironizó uno de sus colegas con un comentario mordaz.

Furiosa, enfiló el errático andar hacia la oficina de Tsunade. Las relaciones entre los trabajadores del hospital no eran extrañas, a diario se contemplaban distintas parejas que laboraban en conjunto en los pasillos del HGK, sin embargo, era alarmante que estuvieran involucrados románticamente una residente y el jefe de algún departamento en concreto.

Sabía, demonios, sabia las funestas consecuencias que se desatarían sobre ella si su secreto salía a la luz. La fortuita visita de Izumi solo terminó por corroborar las hipótesis que llevaban rondándolos desde hace meses.

Exacerbada, alcanzó el molesto beeper resguardado en una de las bolsas de su pantalón, lanzándolo lejos de su vista. Aquel molesto objeto no había dejado de sonar desde hace más de una hora.

Sin inmutarse a llamar a la puerta, ingresó en el estudio privado de su antigua mentora, vio a Tsunade postrada detrás del escritorio con la mirada ambarina clavada en uno de los tantos documentos apilados sobre la arcaica madera.

— ¿Puedo saber por qué motivo están exiliándome de los quirófanos?— su inflexión era adusta, demasiado airada para el gusto de la rubia.

Tsunade reparó en ella y la contempló en silencio durante un segundo o más.

—Yo lo ordené— reconoció sin remordimiento.

Sakura tragó grueso al notar aquella mirada tan opresiva. Aquella mujer jamás se había dirigido a ella de forma tan autoritaria y severa.

— ¿Con que derecho y por qué?— interrogó, frunciendo el ceño, sonando consternada.

—Por si no lo has notado, soy la directora del hospital y puedo echarte de la residencia si lo deseo, mocosa impertinente— la modulación de Tsunade era esquiva, pero su semblante estaba magistralmente impertérrito—. Debiste ser más inteligente, Sakura. En definitiva, iniciar una relación con Itachi ha sido una de las decisiones más estúpidas que pudiste tomar, ¿no consideraste que algo asi podría suscitarse?

Los ojos de Sakura se ensancharon sorprendidos. Por un momento, no estaba segura de que decir.

—No era mi intención que las cosas se salieran de control— recitó, haciéndose eco en su indignación.

A la directora se le escapó un suspiro cansado.

—Ahora mismo tengo demasiados problemas en puerta, esto no solo va a perjudicarte a ti, sino también a Itachi.

Su corazón dio un vuelco al escuchar el nombre del pelinegro. Sintiéndose repentinamente abatida, se sentó en una de las sillas libres y ocultó el rostro entre sus manos.

—Por favor, no tome represalias contra él…— comenzó, tragando el nudo aplazado en su garganta—, si hay alguien a quien deben culpar es a mí.

—Apreció tu heroico sacrificio, pero no puedo hacerlo— dijo Tsunade, desenlazando el cruce de sus dedos y situando ambos codos sobre la superficie del escritorio—.Itachi es un hombre adulto, asi que es plenamente consciente de sus decisiones. Estoy segura que no lo obligaste a corresponder tus avances.

Sakura suspiró profundamente. Quería explicar todo lo que había sucedido en los últimos meses, la manera en que su relación se convirtió a lo que hoy en día compartían.

—Es mi deber tomar algunas medidas— lentamente, Tsunade se colocó de pie y enfiló el pausado andar hasta situarse cerca del enorme ventanal que enmarcaba la arrebatara vista de la ciudad—.No realizarás ninguna cirugía hasta que las aguas se calmen, en cuanto al Uchiha, hablaré con él.

La pelirosa mordió su labio inferior al mismo tiempo que aferraba los dedos al material de su pantalón.

—Sé que es una pregunta estúpida, pero, ¿está molesta?— levantó la mirada con la esperanza de encontrarse con la de su maestra.

—Si— respondió tajante, cruzando los brazos a la altura de su pecho—. Pero no específicamente contigo. La situación se salió de control, ambos son humanos y tienen necesidades, no puedo culparlos por seguir sus instintos.

El intercambió de miradas no demoró en ser interrumpido cuando Sakura se mostró incapaz de mantener la conexión.

—Sakura, ¿en verdad vale la pena arriesgar tu carrera por Itachi?— simplificó Tsunade; las palabras salían lenta y ásperamente de su boca.

La aludida recordó la conversación mantenida con su madre semanas atrás. Mebuki le había hecho el mismo cuestionamiento, pero aun no era capaz de responder.

El repiqueteo incesante del teléfono dio por zanjada la conversación. Sakura abandonó su asiento, dispuesta a marcharse. Con la mano cubriendo el pomo de la puerta, la voz de Tsunade brotó nuevamente a sus espaldas:

—La mesa directiva desea hablar con ambos respecto a esta lamentable coyuntura, van a increparlos sobre su relación.

—Entiendo— susurró la pelirosa con la mirada fija en la puerta.

: : : : : : : :

Con la cabeza atestada de pensamientos inconcretos, dejó caer su cuerpo sobre la banca posicionada en el centro de la habitación, ocultando el rostro entre sus manos.

Aquel había sido, hasta el momento, el día más caótico de su existencia, no estaba equivocada cuando se aventuró a conjeturar que tanta calma antinatural arraigaba un sinfín de problemas.

Cansada, echó un rápido escrutinio a la pantalla de su celular; la burbuja roja sobre el ícono del teléfono indicaba el número de llamadas perdidas. Rápidamente lo presionó, atisbando el atestado buzón solo para corroborar que gran parte de ellas correspondían a su madre. Aquella revelación se le antojó desagradable. Sin ánimos de comenzar otro enfrenamiento, bloqueó el móvil y lo colocó a un costado mientras dejaba escapar el aire contenido en sus pulmones.

Tras escuchar la puerta abrirse, en un gesto casi reflejo, Sakura se removió en su asiento y clavó la mirada esmeralda en Ino, sin estar contemplándola realmente; sus ojos verdes, perdidos en algún punto del espacio, quizás en un fragmento del tiempo.

— ¿Desde hace cuánto mantienes una relación con Itachi?— increpó tan pronto como cruzó el umbral de la puerta, sin rastros de cortesía en su voz.

Sakura tuvo que resistirse a rodar los ojos. Suficiente tenía con lo que reposaba en su plato para encarar los reclamos de la rubia. La cabeza le dolía y, desde la aparición de Izumi, tenía un mal sabor instalado en su boca.

—No todo lo que ocurre en mi vida te concierne, Ino— replicó, brusca, abandonando su asiento para dirigirse a su casillero.

—Por supuesto que lo es, sobre todo cuando se trata de mi mejor amiga.

Sakura la miró con ganas de contarle todo; desahogarse, pero dado que llevaba las últimas semanas mintiéndole descaradamente, se resguardó para si todo lo que tenía algo que ver con su relación con Itachi; todo lo que de una u otra forma, la atormentaba. Dudaba que Ino pudiese brindarle consuelo, quizás porque lo que buscaba no era un lenitivo, sino escuchar una justificación a sus impulsos egoístas.

— ¿Qué querías que dijera? ¿Qué mantengo una relación con un hombre casado?— preguntó la pelirosa, sosteniendo la puerta entreabierta del casillero.

—Nunca mencionaste que Itachi estuviese casado— dijo Ino, dedicándole una mirada saturada de reproche.

Sakura emitió un suspiro cansado. No podía soportarlo más, necesitaba salir de ahí antes de romper, otra vez, en llanto.

—Oh por favor, no me mires de esa forma, no tienes derecho a juzgarme— profirió, dejando escapar un gemido de indignación.

—No lo estoy haciendo— la rubia la estudio de nuevo; la desconfianza florecía en sus delicadas facciones.

Agarró la bolsa de la caseta y comenzó meter sus cosas lo más rápido posible. Se dio cuenta que Ino no iba a permitir que se marchara tan fácilmente.

— ¡Ya he tenido suficiente de esta mierda!— azotó la puerta metálica provocando que la rubia diera un respingo asustado.

—Eres la amante del jefe de neurocirugía— escupió Ino más decepcionada que molesta—, ¿Ni siquiera encontraste conveniente mencionarlo?

Sakura se encontraba parada frente a la puerta, secándose las lágrimas que comenzaban a resbalar por sus mejillas. Estaba enojada consigo misma por llorar y confundida por la oleada de emoción que la había invadido, pero no podía evitarlo. La conmoción de todo lo acontecido en las últimas horas y el estrés reprimido la orillaron a ese punto, y ahora estaba agotada.

—El hecho de que seas mi amiga no te da derecho de inmiscuirte en mi vida— dijo Sakura, buscando la palabra correcta en su furia.

Ino guardó silencio. Clavó la mirada cerúlea en la ventana. Escucharon las conversaciones acalladas al otro lado de la habitación, ambas asesinarían a la persona que osara atravesar esa puerta, sin embargo no sucedió.

—Eso fue lo que dijiste la última vez que terminaste envuelta en llanto por causa de Sasuke— espetó Ino con tristeza, contemplándola con la boca abierta, herida por el comentario—. Si eso es lo que deseas, afrontaras esta situación por tu cuenta.

Lejos de permitirle formular una respuesta, la rubia se marchó de la habitación, anunciando su salida con un sonoro portazo. Sakura dio un respingo asustado, notó que sus hombros se endurecían imperceptiblemente.

Estaba perdiéndolo todo.

Sakura se dejó caer en el diván, suspirando cansinamente, mientras el cuestionamiento de Tsunade rondaba por su mente: ¿En verdad valía la pena arriesgarlo todo por Itachi?

: : : : : : : :

Volvió a reunirse con el azabache, después de todo el drama de la tarde. No lo estaba haciendo por él, sino por ella, era demasiado egoísta, pero jamás pensó que se entregaba a Itachi por un mero impulso de generosidad, todo lo contrario, lo hacía porque se sentía agradecida cada vez que el la recibía, con aquella mirada expectante y la delicada sonrisa que surcaba sus labios.

Llamó a la puerta suavemente, como llamaría un pordiosero. Mientras aguardaba, ocultó la mitad del rostro en el cuello del abrigo, intentando protegerse de la gélida brisa invernal. Temía que Itachi se hubiera marchado; o peor aún, que le dijera que no era bienvenida. Podía decirle que no quería continuar absorto en esa situación, a final de cuentas, aún era un hombre casado, unido a Izumi por las leyes de los hombres y los dioses desde hace más de una década. O todavía peor, que le confesara que ya no estaba interesado en ella.

Salió de sus pensamientos al contemplar la puerta abrirse; bajo el umbral, la imagen etérea de la belleza masculina yacía de pie, con la mirada atizada fija en ella. Iba en mangas de camisa, con la tela fuera del pantalón, suelta; en la mano llevaba un libro, como si no la esperara. Tal vez no tenía ni puta idea del futuro, o no le molestaba o no era capaz de imaginarlo.

— ¿Llegó tarde?— preguntó Sakura, encogiéndose de hombros.

El pelinegro negó con la cabeza. Se apartó unos cuantos centímetros de la puerta para permitirle el ingreso, notando como un escalofrió recorría su espalda ante el abrupto cambio de temperatura.

Entre los dos ya estaba sobreentendido que nunca era demasiado tarde. Impaciente, saltó el ritual de cortesía y se abalanzo hacia él, aprisionando sus labios en un ardiente y hambriento beso.

A duras penas, Itachi se las arregló para cerrar la puerta detrás de ellos, y sin mayor problema, la rodeó por la estrecha cintura con ambos brazos, apegándola a su cuerpo.

Se desplazaron por la estancia a tientas. Itachi tomó asiento en el amplio sofá, obligándola a situarse sobre su regazo para una vez más asaltarla con un beso desesperado.

—Sakura…— jadeó contra su cuello. Sumergió una mano entre sus piernas, deslizándose hasta el ápice recubierto, ejerciendo placentera presión en su centro

La pelirosa aprisionó el labio inferior de Itachi entre sus dientes. Aquel encuentro no era ni por asomo tan romántico como el de la tarde anterior. Se estremeció al escuchar descender la cremallera y se aferró a sus hombros cuando notó los expertos dedos de su amante filtrarse entre la tela de sus bragas, robándole el aliento.

—Itachi…— masculló, echando la cabeza hacia atrás.

Cuando empujó un frio dedo entre su hendidura, emitió un grito ahogado. La intromisión fue retina, abrumadora.

— ¿Estas entrando en calor?— pregunto él contra su oído, besándola suavemente desde su mejilla hasta hundirse en su cuello.

—S-si— recitó incoherente, despojándose del pesado abrigo para lanzarlo al suelo. Las caricias de Itachi eran tortuosas, demasiado suaves y lentas. Estaba desesperada por alcanzar la liberación, quería olvidar todo lo que había pasado ese día.

Itachi retiró el dedo de ella, trazando las delimitaciones marcadas por aquellos pliegues terciopelo que tanto le encantaban.

Autómata, se quitó las botas y deslizó el pantalón por sus largas y torneadas piernas, posicionándose de nueva cuenta sobre el regazo de su amante al tiempo que lo contemplaba directamente a los ojos.

—Eres impaciente— espetó Itachi, esbozando una media sonrisa.

—Bueno, he esperado todo el día para que me folles— sonrió, apreciando con deleite la expresión sorpresa trazada en aquella estoica faz.

Itachi no respondió con palabras; extendió ambas manos para acunar su rostro y encontrar sus labios en un beso hambriento y urgente. Podía degustar el deseo en su lengua, aquello solo fue un aliciente para avivar el fuego contenido en su vientre. Impaciente, comenzó a desabotonar su camisa, obligándolo a despojarse de la parte superior de la vestimenta hasta atisbar el trabajado torso desnudo.

Incapaz de acatar la desventaja, el pelinegro la despojó del suéter y la blusa con una facilidad impresionante. Ella dejó caer la cabeza hacia atrás al sentir la cálida y resbaladiza lengua arremolinarse contra uno de sus pezones erectos. Aferró las manos al respaldo del sofá mientras trazaba enérgicos círculos con las caderas, restregando sus sexos. Itachi gruñó y en respuesta estrujó su trasero, gimiendo contra sus senos.

Podía sentirlo presionado entre la tela de sus bragas, el miembro palpitante de Itachi rogaba ser liberado. Desabrochó sus jeans y bajó la cremallera, levantándose solo unos cuantos centímetros para que él pudiese arrastrarlos por sus muslos.

La crasa erección aun permanecía contenida en la tela de sus boxers. Sakura levantó la vista, chocando la mirada oscura, llena de deseo. El azabache situó una mano sobre su cadera, apartó las pantis de satén, exponiendo su sexo. Ella mordió su labio inferior al notar como Itachi trazaba la línea de sus húmedos pliegues.

Colocó ambas manos sobre sus hombros y contuvo la respiración cuando él restregaba la cabeza de su miembro por la longitud de su sacro templo.

—No más burlas, Itachi— gruñó frustrada, enredando los dedos alrededor del miembro erecto—.Solo quiero sentirte dentro de mí.

Dispuesto a complacerla, la tomó por las caderas y acató sus órdenes; hundió toda su palpitante longitud dentro de Sakura con un gemido que hizo vibrar su pecho.

Pronto cayeron juntos en un ritmo constante. Itachi se inclinó hacia adelante, capturando un pezón entre sus labios. El cuerpo entero de la pelirosa tembló, al mismo tiempo que lanzaba un gemido al sentirlo deslizarse sobre el dulce punto de presión dentro de ella.

—Oh sí, eso es— gimió contra su clavícula, desperdigando besos por su cuello hasta llegar a sus labios.

Comenzó a saltar con entusiasmo, los dedos de Itachi se aferraron dolorosamente a su cadera, guiándola de arriba hacia abajo.

—No te detengas— le rogó el pelinegro mientras acariciaba el lóbulo de su oreja con los labios.

Los músculos femeninos se estrujaban alrededor de su virilidad, apretándose alrededor de su miembro mientras lo orillaba al borde.

Sakura extendió la mano para asirse del asiento, apretando las caderas contra él mientras emulaba la velocidad de las embestidas. En su interior, notó la presión cálida y familiar. Itachi pareció comprender la urgencia y, sin pensarlo dos veces, volvió a besarla, enredando los dedos en su cabello.

La pelirosa gimió contra su boca, sin poder resistirlo más, se alejó y enterró el rostro contra su hombro mientras las violentas olas del orgasmo golpeaban su cuerpo.

Besó la parte inferior de su mandíbula, detectando el sabor salado de su piel. Se sentía tan bien dentro de ella que no deseaba que se detuviera. El empuje de las caderas se tornó lánguido, la liberación de Itachi era inminente, demasiado cercana para que él lograra contenerse.

Bajo la mirada atónita de su arrebatador amante, Sakura se apartó de su regazo arrodillándose elegantemente mientras se abría paso entre los muslos del azabache. Con la mirada lemanita clavada en sus fanales color ónix, asió la virilidad con una mano, presionando la cabeza contra su boca; instintivamente comenzó a chupar, saboreando sus propios jugos. Transcurrieron unos momentos antes de probar la semilla de Itachi en su lengua. Tenía la mente aturdida después del orgasmo devastador, aun asi, tragó el fluido lechoso con avidez, poniéndose de pie solo para tumbarse sobre su cuerpo una vez más.

Itachi colocó un dedo sobre su barbilla, atrayéndola en un dulce y cálido beso.

Pasaron unos minutos en silencio mientras ambos intentaban recomponer su respiración. Itachi trazaba patrones intrínsecos sobre el lienzo desnudo de su espalda, manteniendo la mirada fija en el techo.

—Hable con mi padre— masculló casi ausente.

— ¿Qué fue lo que sucedió?— preguntó, apoyando el peso de su cuerpo sobre sus brazos, contemplándolo expectante.

—Termino disculpándose por su actitud y prometió ayudarme con el caso— recitó con cierta emoción.

Sakura esbozó una sonrisa ligera.

—Te dije que algo bueno resultaría de todo esto— besó su mandíbula, derritiéndose al instante que él la atrajo hacia sus labios, impidiéndole escapar de su agarre—. Me alegra saber que por fin dejaste atrás las diferencias con tu padre, tal vez ahora se vuelvan más cercanos.

—Tal vez— concedió sonriente—. Gracias, Sakura.

— ¿Por qué?— preguntó con el corazón desbocado, enmarcando una delgada ceja rosada.

—Nada de esto habría sucedido si no fuera por ti.

—No debes darme todo el crédito, solo necesitabas un pequeño empujón. No hay nada de malo con admitir que en ocasiones necesitamos ayuda.

Itachi asintió con algo de congoja, esbozando una sonrisa suave.

Los dos recayeron en un cómodo silencio, tal vez en reconocimiento del cansancio de sus cuerpos después de aquella intensa sesión de sexo.

— ¿Sucede algo malo?— indagó Itachi con voz ronca.

— ¿Conmigo?— Sakura levantó la vista, sorprendida.

—No intentes ocultarlo, Sakura— susurró de forma retorica mientras buscaba reincorporarse en el sillón, recargando la espalda contra uno de los brazos del sofá—. No es que me moleste que arribaras al apartamento de esa manera, sin embargo, durante la mayor parte del encuentro evitaste mirarme a los ojos, ¿Qué es lo que sucede?

Instintivamente, la pelirosa descendió de su cuerpo y tomo asiento al borde del sillón. Presa de un absurdo impulso de pudor, arrastró la manta que yacía en el suelo, enredándola alrededor de su torso expuesto, buscando ocultar la desnudez.

—Tu esposa acudió al hospital esta mañana— confesó al cabo de unos cuantos segundos de afonía.

—Sakura…yo, realmente lo lamento— murmuró él, perplejo.

—No fue culpa tuya— dijo Sakura, después de una pausa—. Sin embargo, me sentiría más tranquila si me hubieses contado sobre la situación entre ustedes dos.

Itachi se quedó tieso, analizando las circunstancias. Hasta hace unas horas, las cosas entre los dos iban de maravilla.

— ¿Soy tu amante?— suspiró ella, contemplándolo con una mirada atiborrada de tristeza.

— ¿Qué?— Itachi contempló con la boca abierta a Sakura, ofendido por su comentario—. Por supuesto que no.

— ¿Aun la amas?

Sakura le lanzó una mirada, e Itachi pudo ver que ella no estaba creyendo nada de lo que decía. Notó como los músculos se tensaban casi imperceptiblemente. Anhelaba pasar una mano por su espalda con dulzura, como lo había hecho hace algunos minutos, pero sabía que no debía tocarla ahora, sin embargo ¿Qué podría hacer para tranquilizarla?

—Sakura, escucha— dijo él, respirando profundo; entrelazó una mano con la de ella—. Mi relación con Izumi es…complicada. Aún estamos absorto en el proceso de divorcio. Sobre la segunda pregunta, ¿aun siento algo por ella?, tal vez, pero no románticamente. Izumi fue mi esposa, y antes de tomar ese título, una gran amiga. Sin embargo, no la amo de esa forma, ya no más.

Sakura guardó silencio; se derrumbó y todo se desbordó. Itachi escuchó el calvario de la pelirosa, sintiendo como los nudos prietos en el estómago se tensaban. Le dolía ver lo alterada que estaba, ver las lágrimas derramarse por su bonito rostro.

Ella lo comprendía a la perfección, a final de cuentas, ninguno de los dos era lo suficientemente fuerte para albergar rencor hacia aquellos a quien amaron alguna vez.

—Lo lamento, Sakura— espetó más calmado—. Debí ser más sincero.

—Sí, debiste— consintió ella, restregando la palma de sus manos para disipar el rastro de las lágrimas; el rostro enrojecido a causa del llanto.

La pálida luz de la luna comenzaba a filtrarse por el enorme ventanal de la sala, iluminando tenuemente la estancia.

Echó un vistazo por encima de su hombro a Itachi; su corazón dio un vuelco al otearlo cabizbajo. No era capaz de continuar molesta con él, si bien, nunca se había inmutado en hablarle sobre su relación con Izumi, no era del todo culpable. Dándose por vencida, se recostó a su lado, situando la cabeza sobre su pecho al mismo tiempo que le rodeaba la cintura, acurrucándose en la intimidad de la oscuridad.

— ¿Sucede algo más?— cuestionó, depositando un beso sobre la coronilla de su cabeza. Su cabello emanaba un olor floral, dulce y embriagante.

—Gracias a Izumi, ahora todo el hospital está al tanto de nuestra relación— respondió, mordiendo con insistencia su labio inferior.

—Mierda.

—Lo sé, realmente lo siento.

Itachi volvió a sonreír con tristeza; Sakura no comprendió porqué lo hacía, pero algo en su estómago se removió cuando el tormento desapareció de su faz, desvelando una expresión de sincera algarabía; se percató como sus mejillas se encendían. De una forma y otra, lo hacía feliz.

—La mesa directiva quiere entrevistarnos a los dos— ella lo miró con recelo.

—Supongo que no podremos evitarlo— farfulló Itachi, trazando espirales con la punta de los dedos en la espalda desnuda de la pelirosa.

—Lo último que deseo, Itachi, es perjudicarte— el corazón de Sakura se hundió—.Se cuánto trabajaste por cumplir este sueño y no quiero ser la causa de que tu carrera termine.

—Eso no importa.

— ¡Por supuesto que importa!— dijo en un alarido casi estridente—. Dices esto ahora, pero ¿no contemplas como las cosas podrían transformarse con el tiempo? Tal vez termines por odiarme en los próximos años.

Sakura podía sentir el torrente de sangre corriendo en su cabeza, tal como si estuviera en medio de la recepción del hospital escuchando las duras acusaciones de Izumi.

Itachi inhaló profundamente, preparándose para lo que estaba por decir:

—Jamás te odiaría, Sakura— susurró, colocando un dedo debajo de su barbilla para obligarla a mirarle—. Te quiero, y eso nunca sucedería.

Disipó la estela del llanto con dulces besos; primero, desde la frente, pasando por la nariz y deteniéndose en sus mejillas, saboreando el resabio salino de las lágrimas.

—Terminaras lanzando todo por la borda solo por mí, eso no es justo— dijo con voz temblorosa.

En un parpadeo y con un ágil movimiento, Itachi intercambio las posiciones; su cuerpo yacía sobre ella, refugiado en la calidez de sus muslos mientras intentaba no desplomarse sobre ella, sosteniéndose sobre sus antebrazos.

—Existen algunas cosas por las cuales vale la pena arriesgarse, y tú eres una de ellas, Sakura.

Antes de que fuese capaz de responder, él la estaba besando. El contacto se volvió violento y desordenado en un abrir y cerrar de ojos, arrancando un gemido de las profundidades de la garganta de Sakura.

Ninguno de los dos pronunció la palabra amor, ni una vez. Aquello seria como tentar a la suerte.

Continuara

N/A: That´s a wrap… por el momento :D

Estamos adentrándonos en la recta final de la historia y eso me emociona, a partir de este capítulo quedan 5 en cuenta, uno extra si consideramos el epilogo :3

Respecto a los sucesos que se desvelaron me gustaría aclarar algunas cosas:

Si bien, Ino incitó a Sakura a coquetear con Itachi, nuestra protagonista no la puso al tanto de los últimos acontecimientos.

Estaba insegura de añadir la escena de Izumi y Sakura, sobre todo porque la pelirosa no es la culpable de la separación. Cabe aclarar que no soy partidaria de este tipo de comportamientos, tampoco odio al personaje de Izumi, todo lo contrario. Esto es fundamental para el arco de la relación entre Itachi y Sakura, créanme que todo tiene una consecuencia.

En lo que respecta a lo que viene más adelante… no me gustaría arruinarles la sorpresa, pero puedo decirles que es muy, muy, MUY dramático: 3

Como siempre, les agradezco infinitamente por sus comentarios, en verdad, me siento bastante halagada al ser merecedora de tan bonitas palabras, espero que estos improvisados escritos les sean de ayuda para matar el tiempo durante el encierro.

Muchísimas gracias por leer, dejar un comentario y añadir esta historia a sus favoritos :')

Por el momento yo paso retirarme. Espero que el capítulo haya sido de su agrado, ¡cuídense mucho!, les mando un fuerte abrazo y un enorme beso.

¡Nos leemos hasta la próxima! ¡Chao!