Capítulo 17
La calina de aflicción que recaía sobre sus hombros permutó densa y asfixiante al avizorar su antiguo hogar.
Mientras aguardaba en el porche, Itachi pudo ver que la fachada había sido restaurada a su estilo original, tal como la encontraron él e Izumi una década atrás. Algo en su interior se removió al evocar los recuerdos que estaban ligados a la mujer que por muchos años fue su esposa y compañera de vida.
Se frotó la frente con un gesto dramático. Jamás imaginó que todo acabaría tan mal. Era imposible no cuestionarse cuando su relación comenzó a desgastarse. Ambos habían trabajado durante años para formar una familia y, aun asi, no podía dejar de culparse a sí mismo por el fallo.
¿Cuánto duraría el sentimiento de culpabilidad? La gélida brisa acarició sus mejillas, enviando un escalofrió por toda la extensión de su columna vertebral. No importaba cuantas veces se dijera a si mismo que tenía que recuperarse y seguir su camino. Continuaba perdiéndose en una senda de emociones que conducían a una infelicidad más profunda. Debió finalizar con el matrimonio cuando ella se lo propuso por primera ocasión. Ahora pagaba las consecuencias de su indecisión.
En un mero acto reflejo, echó un vistazo por encima de su hombro al escuchar la puerta abrirse. Izumi se presentó ante él con un cómodo atuendo; un conjunto de suéter tejido rosa claro y una falda larga de seda del mismo color. Los pies, en contraste, los llevaba descalzos. Estudió el delicado rostro, acentuado por la caída de los mechones castaño oscuro a ambos lados de sus hombros, ligeramente ondulados en las puntas y un poco despeinados, como pocas veces lo portaba. Notó la mueca de profundo disgusto, las bolsas bajo sus ojos y la rigidez en sus labios rojos.
— ¿Qué haces aquí?— lo interpeló con decidía, cruzando los brazos a la altura del pecho. La temperatura había descendido drásticamente desde el ocaso.
—Tenemos que hablar— giró sobre sus tobillos para encararla, notando el aura de fiera enjaulada que la rodeaba.
En silencio, Izumi mantuvo la puerta abierta. Soplaba un viento muy frio en aquella parte de la ciudad. Dubitativo, siguió los erráticos pasos de la dama hasta alcanzar el amplio e iluminado vestíbulo, situándose en el centro de la geografía del cuarto; el sitio parecía abstracto, demasiado frio, quizás por la austera decoración o por el hecho de que su esposa se había encargado de eliminar los recuerdos en común, apartando las distintas efigies de las repisas y algunos de los muebles que compraron juntos.
— ¿Sobre qué deseas hablar? — preguntó Izumi mientras le lanzaba una lóbrega ojeada atestada de reproche. Su voz neutra no desvelaba ni la cuarta parte del mal ánimo, pero la tensión sobre sus hombros y la delgada línea recta que formaban sus labios eran señales inequívocas de su furia.
—Estoy al tanto de todo lo que sucedió en el hospital la tarde de ayer—dijo con tono grave.
El respingo melindroso de la mujer se vio secundando por uno de absoluto estupor.
—Ella te lo contó, ¿no es asi?— protestó.
— ¿Imaginaste que nunca lo sabría?— rebatió Itachi hastiado, ignorando la pregunta de Izumi.
A pesar de todo lo acontecido entre ellos dos, sabía que debía continuar. Nunca fue su intención caer rendido ante Sakura, pero sucedió y, cuando se percató del hecho ya era demasiado tarde para negar sus sentimientos. Quería a la pelirosa, más de lo que era capaz de describir con palabras, le gustaba pasar las tardes y noches enteras a su lado, absorto en su cuerpo, en su mente.
Izumi rodó los ojos.
—Nunca pensé eso— siseó.
— ¿Qué es lo que querías lograr?— le pregunto sin rastros de cortesía en la voz, provocando que los ojos azabaches de la mujer lo contemplaran con una indagación escarnecida.
—Alejarla— volvió a sisear, pasando una mano por la melena alborotada—.Evitar que ella fuese el motivo de nuestra separación.
De la garganta de Itachi salió un inaudible gruñido; los latidos de su corazón se aceleraron con anticipación.
—No intentes convertir a Sakura en la causa principal de nuestra separación— advirtió el pelinegro con disgusto—.Nuestra relación comenzó a quebrantarse en los últimos años, nuestro matrimonio era insalvable, ¿Acaso querías convencerla de que se alejara?
Izumi lo miró, taladrándole el rostro con un atisbo de irascible sorpresa. Tratando de controlarse, comenzó a caminar por la estancia, desplazándose de un corto a extremo a otro al mismo tiempo que inhalaba y exhalaba.
—Ya sé que no es la razón número uno de nuestra separación— admitió con tono teatral, dejando caer los brazos a los costados de su cuerpo—, pero es el motivo suficiente para convencerte de firmar el divorcio. Te conozco mejor de lo que imaginas, Uchiha Itachi.
El aludido trago el nudo atascado en su garganta. Cuando dio un paso al frente, notó que sus piernas habían adquirido la firmeza del algodón; estaba temblando, y sabía que si no conseguía donde reposar un rato, terminaría por caer de rodillas al suelo.
—En verdad no te culpo— prosiguió Izumi; el delineador negro comenzaba a correrse al mismo compás con el que brotaban sus lágrimas, dejando un rastro oscuro al descender por sus mejillas y desembocar en su barbilla—.Debe ser todo un deleite para ella tener a ambos hermanos Uchiha comiendo de la palma de su mano.
—Izumi— la llamó en tono censurador; su voz sonaba controlada forzosamente.
No obstante, la aludida lo cortó de súbito, haciendo un gesto con la mano para sentenciarlo al silencio.
—Nunca serás el primer hombre en su vida— paladeó con desdén mientras acortaba la distancia que los separaba—, ese lugar siempre le corresponderá a Sasuke.
—Mi hermano no tiene nada que ver en esto— sonó desesperado.
Izumi esbozó una sonrisa socarrona.
— ¿Ya lo sabe?— cuestionó, enmarcando una delgada ceja oscura a la vez que estudiaba sus facciones—.Por supuesto que no. No quiero ver la cara que pondrá al saber que su hermano mayor degusta las sobras que va dejando desperdigadas por el camino.
Tratando de acallar el sordo dolor de su corazón, Itachi realizó un esfuerzo sobrehumano para no perder los estribos; la rabia se apoderaba de él con un estremecimiento.
—No voy a regresar contigo, Izumi— la detracción en su voz era reciamente lacónica.
Izumi luchaba por alejar la desilusión y estupefacción de su grácil faz. Mordió su labio inferior a la par que buscaba respuestas, estrujando sus delicadas manos en puños a los costados de su cuerpo.
Haciendo amago por salir de ahí, caminó hasta la puerta.
—Dejaste de intentarlo, Itachi— espetó ella casi en un chillido, asiéndolo de la mano libre; él se soltó con una sacudida —.Asi que huye, es lo que has hecho en los últimos años, huir, porque eres un maldito cobarde.
—Si tienes algún problema me lo dices a mí— pronunció él; sus palabras tan afiladas como la hoja de una navaja—.No hablaras con Sakura no la llamaras, ¿está claro?
Izumi se quedó en medio de la estancia condenada al silencio; su pecho subía y bajaba al ritmo de la errática respiración. Lejos de permitirle decir algo más, abandonó la casa, cerrando la puerta detrás de si con un sonoro golpe.
Descendió los peldaños cubiertos con una ligera película de nieve. Tan rápido como sus piernas se lo permitieron se precipitó en el auto, dejando escapar un largo suspiro de genuino alivio.
—Mierda— masculló, estrujando los parpados para disipar la humedad acumulada en sus ojos.
El leve sonido del rugido del motor se alzó por encima de sus molestos pensamientos. Al poner el auto en marcha, se echó en reversa y codujo por el estrecho camino que conectaba a los suburbios ubicados al sur de Konohagakure con la carretera interestatal.
La preocupación de Itachi se acrecentó al recordar a la pelirosa. Aquellos pensamientos rondaban por su mente mientras conducía por la carretera, dirigiéndose a un destino que conocía a la perfección.
: : : : : : : :
Contempló con detenimiento la imagen que le devolvía el espejo; la piel de su rostro lucía desvaída a pesar de haber colocado una fina capa de maquillaje y un poco de rubor en sus mejillas; bajo sus ojos se vislumbraban dos marcas cerúleas, evidenciando la falta de descanso. El matiz céreo de su níveo lienzo le confería un aspecto verdaderamente enfermizo.
Terminó de enjuagarse la boca, roció el lavabo para disipar los restos de pasta de dientes y se secó los labios con una toalla. Se quedó parada bajo el umbral de la puerta y contempló la geografía de su habitación, intentando vislumbrar los acontecimientos del día que aguardaban por ella.
Había pasado la noche en el apartamento de Itachi, aprisionada en sus brazos mientras él la consolaba desperdigando besos por las extensiones visibles de su cuerpo. Un escalofrió recorrió su espalda como un latigazo al recodar la forma en la que hicieron el amor luego de expresar sus inquietudes en aquel sofá, bajo la pálida luz de la luna.
Esos pensamientos ocupaban su mente mientras elegía la ropa que iba a ponerse; ropa interior blanca, una combinación de un jersey tejido de cuello alto en color beige y una falda midi a cuadros. Estaba cansada de toda esa situación. Dentro de unas horas se reuniría con los miembros de la mesa directiva para discutir los detalles de su relación con Itachi. Imaginó a los integrantes del selecto grupo, estúpidos y fisgones, expurgando hasta el ínfimo complemento de su vida privada. La simple idea ocasionó que sus entrañas se removieran y, una vez más, sentía como todo a su alrededor daba vueltas.
Cuando termino de vestirte, tomó el enorme abrigo de lana y salió de la habitación, dirigiendo su lento andar hacia la cocina. El aroma del café con olor a vainilla disminuyó aún más su apetito estragado por la ansiedad que la acosaba desde la noche anterior. Cerca de la barra encontró a Ino; la mirada cerúlea fija en su taza humeante, ignorando por completo su presencia.
Dubitativa, se adentró en la habitación. Una extraña sensación de culpa le oprimía el pecho, ocasionando que su corazón diera un vuelco en el instante que sus miradas colisionaron. Tragó grueso. Sabía que estaba molesta, no por el hecho de que mantuviera una relación con Itachi, sino por la mera razón ocultarlo durante todos esos meses, evitándole ser partícipe de un acontecimiento tan trascendental en su vida.
— ¿Aun sigues molesta conmigo?— preguntó en un susurro, sintiéndose como una completa estúpida al señalar algo tan obvio.
La única respuesta que la rubia le otorgo fue un tajante y tortuoso silencio. Apartó la vista de su rostro, posándola sobre la pequeña ventana a un costado de la cocina, analizando con detenimiento la silueta de los edificios.
—Está bien, lo entiendo— dijo la pelirosa, dejando escapar un suspiro que desvelaba la derrota—, no voy a obligarte hablar.
—Corta con toda esa mierda de una vez, Sakura— su voz sonó áspera; la traición reflejada en su mirada—.No puedes ocultarme las cosas y actuar como si nada hubiese pasado.
—No era mi intención— suspiró la chica con voz rígida; Ino no advirtió que estaba conteniendo un sollozo—. Solo estaba tratando de proteger a Itachi.
— ¿Y cómo resulto eso?— cuestionó la rubia con un tono profundamente adusto, carente de amabilidad o empatía.
Sakura recayó en un silencio consternado. Sus intenciones nunca fueron malas, sin embargo resultaron mal ejecutadas. De no ser por Izumi, nada de eso habría sucedido, no obstante, la esposa de Itachi tampoco era la culpable, solo ella era la responsable de esa caótica coyuntura, se dejó llevar por un impulso egoísta y, gracias a esto, ahora estaba inmersa en una incómoda situación de la que no contemplaba claudicación temprana.
— ¿Cuántas veces debo disculparme para que me perdones?— su voz sonó agria, pero al menos había logrado encontrarla.
Haciendo amago de largarse de ahí, la rubia abandonó su asiento; caminó hasta la sala y alcanzó sus cosas, las cuales reposaban sobre el amplio y cómodo sofá azul que estaba situado cerca de la entrada. Sin decir nada más, se echó el abrigo sobre los hombros y salió del lugar, anunciando su salida con un fuerte portazo.
Sakura exhaló con fuerza, ¿Cuánto duraría esa mierda?, no importaba cuantas veces intentara consolarse a sí misma diciendo que todo estaría bien, a final de cuentas terminaba perdiéndose en un laberinto de asociaciones, vorágines emocionales que la conducían a un sentimiento de desazón aún más profundo y amargo. Las singularidades de su relación con Itachi la ayudarían a recuperarse de los pormenores de su propia vida, y eso resultaba extraño, pero también resultaba aceptable; podía imaginarse su vida asi, a lado de él, tal como lo vislumbró aquella mañana en su apartamento.
El timbre de la puerta sonó armoniosamente. Pensó que tal vez se trataría de Ino o Tenten, sus compañeras de apartamento solían olvidar las cosas con frecuencia. Resignada, recorrió el tramo que separaba la cocina de la entrada, colocó una mano sobre el pomo frio y lo giró, solo para desvelar que Uchiha Itachi estaba en la entrada, con el rostro tenso.
Se miraron de hito en hito durante algunos segundos, sin decir nada. Las luces del pasillo, detrás de él, le hacían daño en los ojos, impidiéndole captar su expresión exacta.
— ¿Es un mal momento?— preguntó el pelinegro. Llevaba un abrigo gris y un jersey de cuello alto en color café, combinado con un par de pantalones oscuros. Sobre su cabeza y hombros se vislumbraban rastros de nieve, los cuales comenzaban a derretirse, humedeciendo la tela.
—Claro que no— respondió desorientada. Itachi sostenía la puerta, la miró como pidiéndole permiso para pasar e ingresó en la casa.
Sakura cerró la puerta detrás de ella. Tenía la impresión que la habitación se había vuelto más pequeña a causa de la abrumadora presencia del azabache.
— ¿Deseas algo de beber?, hay un poco de café caliente— indicó, encogiéndose de hombros.
—No, gracias— respondió moviendo la cabeza. Un par de mechones azabache caían a los costados de su rostro, enmarcando sus finas y perfectamente cinceladas facciones—.Tu apartamento es acogedor.
—Eso creo— respondió sin saber que más decir. Estaba actuando como una adolescente. No era la primera vez que se encontraba a solas en una habitación con Itachi, sin embargo, algo sobre su repentina aparición comenzaba a ponerla nerviosa.
Notó como la oscura mirada del azabache la observo de pies a cabeza. No dejó pasar desapercibido el fulgor visible en sus ojos, los mismos que la contemplaban como si fuese la única mujer en la faz de la tierra.
— ¿Saldrás?— preguntó, sus diáfanos ojos ónix clavados en su faz.
—Solo al hospital— contestó Sakura. Se volvió a medias, como para escapar, sin embargo, no lo hizo, solo rodeó la estancia y se detuvo al otro lado, de nuevo a solo un paso de distancia—. Hoy es la reunión con la mesa directiva, ¿recuerdas?
— ¿Tan pronto?— cuestionó en voz baja, poniéndose de pie a lado de ella.
Sakura asintió con un movimiento de cabeza, encogiéndose de hombros.
—Tsunade-sama llamó hace una hora para notificarme— respondió, avizorándolo fijamente, con los labios apretados.
— ¿Cómo te sientes?— Itachi acarició una de sus mejillas; sus dedos estaban fríos, pero el tacto era reconfortante.
—Como una mierda, me he convertido en una neurocirujana infiel y sin ética laboral. Tsunade-sama está más que molesta conmigo y mi mejor amiga me detesta.
—No seas tan dura contigo misma— dijo, colocando una mano sobre su cintura para atraerla hacia él. Instintivamente, la pelirosa rodeó su torso con ambos brazos, reposó la cabeza contra su pecho, escuchando el apacible palpitar de su corazón—. En verdad lo siento.
—Está bien— replicó con voz trémula—. ¿A dónde fuiste?, cuando desperté esta mañana encontré la cama vacía.
El pelinegro lanzó un largo y pausado suspiro. Pasó sus largos y finos dedos por la melena rosada, llevando un mechón de cabello detrás de su oreja para desvelar una fracción de su rostro.
—Acudí a buscar a Izumi, hable con ella— admitió Itachi.
Sakura sintió como el corazón le golpeó las costillas. El azabache debió notar la aprensión en ella, puesto que en lugar de decir algo más, colocó un dedo sobre su barbilla y la alzó, besándola suavemente. Ella se apartó algunos centímetros, luego sujetó su propio mentón entre el pulgar y el índice, atrayéndolo a abajo para encontrarlo con un beso más contundente.
—No debiste hacer eso— habló, la garganta comenzó a estrechársele.
—Por supuesto que sí, jamás debió atacarte de esa forma— respondió, claramente desechando sus últimas palabras.
—No lo sé, Itachi— Sakura inició con vaguedad, alejándose de él. Acarició sus brazos con ambas manos, al mismo tiempo que clavaba la mirada lemanita en el suelo—.Cuando comenzamos con todo esto ni siquiera se habían separado, ¿y si yo no hubiera aparecido?
—Sakura, no tienes que sentirte culpable, tu no fuiste el motivo de nuestra separación— insistió el Uchiha.
—Odio esto— confesó cansada.
—Por favor, detente, Sakura— le rogó Itachi, entrelazando sus dedos con los de ella, mientras buscaba con desespero su mirada—. Quiero estar contigo.
—Yo también— consintió en un susurro trémulo, realizando un esfuerzo sobrehumano para contener el llanto acumulado en las esquinas de sus ojos.
Sin pensarlo demasiado, Itachi la atrajo nuevamente hacia él, permitiéndole refugiarse entre sus brazos hasta que el momento de afrontar la dura realidad tocara a su puerta.
Volvió a besarla, esta vez con más dulzura. Sakura esperaba que el tiempo detuviera la marcha y que el mundo a su alrededor se desvaneciera. Cuando se alejó, sintió un hondo vacío en su interior.
—Puedo llevarte al hospital, hace frio y comienza a nevar— sugirió; la comisura de sus labios se curvó hasta formar una sonrisa abierta y luminosa, como la de un niño.
El gesto le resulto tan espontaneo que Sakura tocó sus labios con la punta de los dedos, hipnotizada, antes de que su rostro volviese a adoptar una sonrisa casualmente protectora y agradable, pero controlada.
—Eso sería encantador— concedió, depositando un casto beso cerca de la comisura de sus labios.
: : : : : : : :
Tsunade se situó en la cabecera de la mesa mientras los demás miembros convocados a la reunión se situaban en los extremos, justo en los lugares que las placas plateadas con sus nombres indicaban.
—Sakura, por favor toma asiento— ordenó su antigua mentora con un tono de voz forzadamente modulado. Una expresión mortalmente seria decoraba sus garbosas facciones.
Su mirada viajó hasta caer en la profunda oscuridad de la mirada ambarina de Tsunade Senju. Ella jamás se había dirigido de esa forma tan autoritaria y pérfida. Jamás la contempló con un tinte de decepción. Pero ahí estaban, dispuestas a pagar las consecuencias.
Temblorosa, dejó caer su cuerpo con gracia sobre la silla acolchonada. Sus largas piernas parecían no saber dónde meterse y por debajo de la mesa, cruzó las manos sobre las rodillas. El errático palpitar de su corazón era como un molesto zumbido detrás de sus orejas.
—Haruno Mebuki se encuentra fuera de la ciudad, asi que tomare su lugar en esta reunión— indicó la directora, revisando con detenimiento los documentos que resguardaban el reporte de la desafortunada situación que los había congregado ahí esa fría mañana de diciembre.
Sakura se sentía como una muñeca de escaparate. No le gustaba para nada la sensación.
—Hemos recibido un reporte sobre la existencia de una relación extra laboral entre el Doctor Uchiha Itachi y usted— comentó un hombre de edad avanzada. Era delgado como un poste, con la nariz recta, calvo, con muchas manchas de edad desperdigadas en la cabeza y mejillas, labios húmedos y flácidos, ojos grises. Vestía un ostentoso traje a rayas confeccionada a la medida, con anchas salpas y una corbata de rallas que por poco llenaba la zona que dejaba expuesta su chaleco.
La pelirosa tragó grueso. Estaba nerviosa. Posó la vista sobre su arcaico interlocutor. Furuya Toru la miraba con el ceño fruncido y un rictus de tensión en los labios.
— ¿Uchiha Itachi es su jefe?— cuestionó. Sakura se sobresaltó exaltada al escuchar el sonido del bolígrafo rasgar el aire, como si se tratase de la hoja de una katana.
—Asi es— suspiró Sakura con resignación.
— ¿Desde cuándo conoce al Doctor Uchiha?— preguntó una dama a su izquierda, a la cual reconoció como Oba Chinatsu, antigua internista y colega de su madre.
—Lo conocí hace seis meses. El doctor Uchiha era el adjunto de Neurocirugía y yo una residente de ultimo año— dijo Sakura, fallándole la voz.
Notó como dos de los asistentes de los miembros de la junta comenzaron a tomar nota de sus palabras. Tsunade le había advertido que el proceso era largo y atenuante. El comité debía reunirse con ambos para escuchar ambas partes de la historia. Una vez finalizados los meticulosos interrogatorios, someterían el caso a una evaluación exhaustiva y, dentro de algunas semanas, emitirían un veredicto sobre el destino de ambos.
Asustada, echó un vistazo en dirección a Tsunade. Aquella mujer era la única persona en la habitación que entendía lo difícil que era esa situación para ella. Fue por eso que rogó con una mirada silenciosa que convenciera a la junta de que todo ese embrollo era un malentendido. No obstante, la rubia se limitó a negar con la cabeza.
— ¿Cuándo fue que ambos comenzaron a tener una relación más íntima?— inquirió la misma mujer, apartando los ojos del papel para posarlos sobre ella, dedicándole una mirada discretamente desaprobatoria.
Ella guardó silencio, sintiendo como los vellos de su nuca comenzaban a erizarse. La aceleración de su pulso cosquilleaba sobre su piel. Carraspeó para disipar el nudo atascado en su garganta y, con todo el autocontrol que le fue posible, respondió:
—Una semana después del congreso de Amegakure— estaba mintiendo, lo suyo había iniciado dos semanas atrás, cuando él la besó en el cuarto de residentes poco después de haber operado a su padre.
— ¿Obtuvo más beneficios por encima de sus compañeros?, ya sabe, un trato privilegiado.
La mirada esquiva de la pelirosa fue a parar sobre Kurihara Yumiko, un hombre de treinta y tantos años, moreno y atractivo, pero bastante desagradable. Llevaba un traje liso color tabaco, y estaba encargado de los asuntos financieros del hospital. Sin lugar a dudas, un hombre importante dentro del comité.
—No.
—Algunos de sus compañeros residentes expresaron cierta preocupación al percatarse que usted recibía más consideraciones en cuanto a las cirugías— agregó Kurihara, pasando el dedo índice por sus labios resecos.
Furiosa, frunció el entrecejo, dedicándole una mirada locuaz mirada de odio.
—Si está refiriéndose a que obtuve esas cirugías por mantener una relación romántica con Uchiha Itachi, está equivocado. He trabajado duro para llegar al lugar en donde estoy— murmuró, colocando ambas manos sobre la mesa al mismo tiempo que inclinaba su cuerpo ligeramente hacia el frente.
—Sakura— la llamó Tsunade en tono censurador, haciéndose eco en la furia de su antigua estudiante.
El silencio perforó los tímpanos de los ahí presentes. Se percató del temblor en sus manos y, reparó en su respiración agitada; comenzaba a hiperventilar. El ambiente opresivo de la sala provocaba que el nudo en su garganta se estrujara, impidiéndole hablar.
— ¿En algún momento, el doctor Uchiha la obligo a mantener encuentros sexuales?— requirió Oba, colocando los codos sobre el escritorio y uniendo los delicados dedos, aguardando por su respuesta.
— ¿Qué?, por supuesto que no— negó en con un hilo de voz; un ardiente furor empezaba a inflamarse en su pecho.
—Entonces no niega mantener este tipo de encuentros con el doctor Uchiha, ¿cierto?
—Esto es absurdo— protestó, rodando los ojos—. No voy a responder eso.
Ignoró las miradas ofendidas que le dedicaban los distinguidos miembros de la firma. No iba a ahondar en detalles sobre lo que pasaba cuando ella e Itachi se encontraban a solas en una habitación.
—Tal vez a todos nos venga bien tomar un pequeño descanso— interrumpió Tsunade. El movimiento que generó al levantarse de la silla fue prueba suficiente para demostrar que hablaba en serio—. Sobre todo a la doctora Haruno.
La pelirosa pasó la mirada por la habitación con furia. Lejos de aguardar a que los presentes abandonaran uno por uno la sala, se puso de pie y, sin más dilaciones, se escabulló al pasillo, dirigiendo el errático andar hacia los baños.
Comenzaba a sentirse mareada, enferma, ¿Qué derecho tenían esas personas para juzgarla?, sabia al dedillo que todas esas preguntas estaban hilvanadas con el mero propósito de amedrentarla. Detestaba que su esfuerzo se viera opacado por la relación que mantenía con Itachi y, reducido al producto de una serie de favores sexuales. El pensamiento ocasionó que sus entrañas se removieran.
Una vez que cruzó la puerta, se adentró en uno de los cubículos; colapsó sobre el retrete de cerámica, convertida en un ovillo de temblores y sollozos contenidos. Aferró una de sus manos al borde, al mismo tiempo que el empuje de la inminente trasbocada la obligaba a inclinarse hacia el frente, vaciando su estómago. Cuando finalizó, restregó el dorso de su mano contra sus labios; el rastro amargo del vomito le quemaba la garganta.
Lágrimas de frustración descendieron por sus mejillas. Sin embargo, no podía continuar torturándose. Utilizó toda su fuerza de voluntad para levantarse; lo logró con la ayuda de la puerta y la firmeza del escusado. La gélida brisa que la recibió al abandonar el cubículo la estremeció ligeramente mientras se encaminaba al lavábamos de cerámica blanca. Abrió el grifo de manera autómata, se concentró en el sonido del agua al correr y, al cabo de unos segundos enjuagó su rostro, desvelando las marcas violáceas alrededor de sus ojos y el matiz pálido de su piel. El frio contacto pareció arrancarla del trance, y cuando parpadeó aun aturdida, atisbó su reflejo en el espejo, mostrándose decidida.
Al salir del aseo, caminó por el mismo pasillo desolado que había recorrido minutos atrás, dirigiéndose a la sala de juntas del hospital. Detuvo el paso al contemplar a Tsunade en medio del pasaje, iba acompañada de Nagato Uzumaki.
Por un largo segundo, Sakura permaneció de pie en medio del inmaculado corredor; sopesando si debía proseguir o no con su camino. Nada se le antojaba menos que toparse con el pelirrojo, con ninguno de los dos para ser sincera, aunque fuese por razones completamente distintas. Habían transcurrido dos meses desde la última vez que habló con el Uzumaki. Jamás le contó a Tsunade o Itachi lo de su encuentro y no pensaba hacerlo. Conocía cuales eran sus intenciones, asi como la opinión de ambos respecto al director de uno de los hospitales con mayor prestigio a nivel mundial, asi que optó por resguardarlos: era un secreto que pretendía llevarse a la tumba.
—Haruno Sakura— la saludó Nagato al reparar en su presencia—. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.
La aludida generó un sonido ahogado con la nariz, similar a un bufido sarcástico, mientras estrechaba la mano del pelirrojo, tratando de emular la algarabía.
—Creo que nuestra conversación ha finalizado— habló Tsunade—.Discutiremos esto con mayor calma.
—Por supuesto— asintió Nagato.
—Y tú, niña, quiero verte de regreso en esa sala en cinco minutos— protestó la rubia, provocando que los ojos oscuros del bermejo la contemplaran de soslayo con una curiosidad distante.
Tan pronto como la directora estuvo a distancia del oído, Nagato declaró:
—Parece que estas metida en serios problemas.
—No parece, lo estoy— dijo seria, esperando no sonar demasiado sombría.
—Lo lamento, no deseaba incomodar— se disculpó el hombre, ocultando las manos en los bolsillos de sus pantalones.
— ¿Qué haces aquí?— cuestionó, contemplándolo con genuina curiosidad.
—Negocios, ya sabes— replicó encogiéndose de hombros. La pelirosa enarcó una delgada ceja rosada, deseaba indagar en el tema, mas no lo hizo—. También esperaba charlar contigo.
—Si se trata sobre la oferta de Amegakure ya sabes lo que pienso al respecto— profirió poniéndose a la defensiva.
—Dame una oportunidad— su voz sonó áspera en contraste con la delicada sonrisa que estiraba sus mejillas—, me temo que no he expresado claramente lo que ambos podemos obtener.
Al escuchar la declaración, Sakura mudo de color. Sintió como un escalofrió nacía en su nuca, sacudiéndola, una vez más, a un estado de alerta total.
—Debo irme— siseó, colocando una mano sobre la perilla de la puerta.
—Estaré en el restaurante del hotel Kuse a las tres treinta— espetó Nagato, iluminándosele la cara—. Me asegurare de reservar un lugar para ti.
: : : : : : : :
Contempló con detenimiento el sofisticado decorado del restaurante del hotel; la puerta principal del tamaño de una catedral era custodiada por una chica vestida con un traje en blanco y negro. Sakura se encontró de pie en el vestíbulo de la entrada con piso de mármol blanco y rosa radiando en mosaicos. El techo abovedado estaba compuesto de capas sobre capas doradas. Las consolas barrocas eran de marfil. La pelirosa estaba completamente estupefacta.
—Bienvenida al restaurante Asagao, ¿cuenta con reservación?— saludó la afable joven, recibiéndola con una sonrisa tan ensayada que parecía natural.
—Me esperan— anunció Sakura, procurando maquillar el nerviosismo que decoraba su voz—. Uzumaki Nagato.
La chica movió la cabeza en un gesto de asentimiento al mismo tiempo que revisaba la selecta lista de comensales.
—Por aquí, señorita— le indicó la muchacha, guiándola entre el sendero que formaban las mesas desocupadas hasta llevarla al fondo del salón—.Enseguida le traeré una carta, ¿puedo ofrecerle algo de beber?
—Con un vaso de agua bastara— replico ella, acentuando su nerviosismo.
—Haruno Sakura— la saludó el pelirrojo con familiaridad, abandonando su asiento para recibirla como era apropiado—. Pensé que nunca aparecerías.
—Lamento la tardanza— se disculpó, aprisionando un mecho de cabello detrás de su oreja.
Sin poder evitarlo, el hombre bosquejó una sonrisa particularmente ladina. Lejos de indagar en los posibles motivos de su retraso, apartó una silla y dijo:
—El tráfico de Konohagakure puede tornarse caótico, ¿no es asi?
Cerró los ojos al sentir el peso de la mano de Nagato sobre su espalda, notando como un escalofrió recorría su columna vertebral ante el sencillo roce. Tomó asiento en la silla desocupada, agradeciendo el galante gesto con una trémula sonrisa.
— ¿Te parece apropiado si amenizamos este encuentro con una botella de vino?— preguntó Nagato.
—Me encantaría— sonrió incomoda cuando el pelirrojo clavó la mirada en ella.
Sakura trató de ocultar su mueca y abrió el pesado menú encuadernado en lo que parecía ser algún material similar al cuero. El tema culinario del restaurante eran los platillos gourmet, demasiado escandalosos para su austero paladar. Eso era normal en uno de los establecimientos más antiguos de la ciudad, un lugar tan pretencioso que procuraba evitar a toda costa.
— ¿Impresionada?— cuestionó Nagato, dándole otro trago a su whisky, atrayendo la atención del camarero con un movimiento de mano.
—Difícilmente— le aseguró ella, colocando el pesado menú sobre la mesa—. No es nada que no haya contemplado con anterioridad, pero debo reconocer que tienes buen gusto.
—Me temo que soy culpable— Nagato volvió la atención al menú—.Tomaremos el mejor tinto añejo que tengan en sus bodegas, por favor. Y de platillo, iré por la recomendación del chef.
El joven mesero asintió, plasmando el pedido del Uzumaki en la pequeña libreta que resguardaba en una de las amplias bolsas de su delantal blanco.
— ¿Para usted, señorita?
—Le otorgare al chef la oportunidad de impresionarme— murmuro ella, extendiéndole la pesada carta.
—Enseguida regresare con sus pedidos— anunció el muchacho, alejándose de la mesa para dirigir sus pasos hacia una de las esquinas del salón, quizás en dirección a la cocina.
Desde la comodidad de su asiento, Sakura observaba a las personas de aspecto importante disfrutando de sus almuerzos. Lo cierto era que no le apetecía probar bocado. La reunión con los miembros de la junta había dejado un mal sabor instado en su boca, aún tenía un nudo atestado en la garganta y otro montón estrujándole el estómago. Sus pensamientos fluctuaban entre los acontecimientos de los últimos días. Evitó a toda costa enfrentarse al sermón de su madre, Ino la ignoraba deliberadamente y Tenten se encontraba en una situación lo suficientemente delicada para emitir una opinión. Al recibir la invitación de Nagato almorzar, accedió, solo porque entrañaba que con eso desistiría. No obstante, comenzaba a pensar que aquello se trataba de una señal divina que podría cambiar su tormentoso destino por siempre.
—Debo admitir que me sorprendió verte cruzar el umbral de esa puerta— dijo Nagato, acabando con el incómodo silencio instalado entre ellos desde hace un par de segundos.
Un hombre regordete se aproximó a la mesa, vertiendo el líquido tinto en dos copas de cristal. Cuando finalizó, colocó la botella sobre la superficie.
—No perdería la oportunidad de charlar con uno de los hombres más prestigiosos en el mundo de la medicina— repuso ella, llevando la copa a la altura de sus labios para propinarle un sorbo.
—Me siento halagado— él soltó una sonrisa algo frívola.
—Espero que no se te suba a la cabeza.
Ambos sonrieron en complicidad.
El sabor del vino era fuerte después de diluirse en su boca. La perspectiva de los opulentos platillos le produjo nauseas, diciéndose a sí misma que se habría conformado con un vaso de agua fría.
— ¿Tu guardaespaldas sabe que estás conmigo?— cuestionó el pelirrojo, tamborileando los dedos sobre el mantel amarillo pastel.
Sakura sabía que se refería a Itachi. Estaba consciente de la animadversión que existía entre ellos dos, pero desconocía las causas. Al igual que otros temas en la vida, el pelinegro evitaba hablar de ello.
—No— respondió, aclarándose la garganta.
—Eso es bueno, estoy a punto de hacerte una propuesta que no podrás rechazar.
El almuerzo transcurrió tranquilo entre sonrisas casuales y una conversación amigable. Durante cuarenta minutos, Nagato contestó con avidez cada inquietud de la pelirosa sin reparar en los detalles personales. Sakura se dio cuenta entonces que su acompañante era un hombre sumamente inteligente, no por nada era considerado uno de los mejores médicos a nivel mundial.
—Pensé que ibas a hablarme de una propuesta difícil de rechazar— le recordó Sakura, queriendo abofetearse al instante que las palabras abandonaron su boca.
— ¿Has considerado el ofrecimiento que hice en el congreso?— inquirió, un tono esperanzador tiñó su voz.
La pelirosa se tensó. Por supuesto que reflexionó sobre el tema. Nadie en sus cinco sentidos se rehusaría a tan tentativa proposición. Sin embargo, ella lo hizo. Se sentía confundida, e incluso, aterrada. Era lo que deseaba. Si aceptaba, se vería obligada a marcharse, renunciaría a todo lo que conocía para comenzar de nuevo en otro lugar, sin familia, sin amigos, sin complicaciones. Tal vez era lo que precisaba, alejarse de todo. No obstante, algo en su interior le decía que si o hacia terminaría por arrepentirse el resto de su vida.
—Lo he considerado— masculló la pelirosa, terminando por enmarañar aún más sus pensamientos.
— ¿Y bien?— inquirió Nagato, otorgándole tiempo para recuperar sus facultades.
— ¿Qué quieres de mí?— quiso saber, mientras concentraba su atención en el rostro imperturbable de su acompañante—, ¿Acaso lo sugirió Sasuke o mi madre?
Nagato se encogió de hombros.
—Admito que Sasuke despertó mi interés hacia ti— dijo, reculando la mirada hacia su copa a medio llenar—. He seguido tu evolución desde que aplicaste para el HGK, en cuanto atisbe tu historia supe que tenías un genio oculto. Tu potencial es increíble. Tienes buenas credenciales, procedimientos exitosos, estas impregnada de credibilidad y talento, ¿sabes cuantas personas salvaríamos con tus habilidades?, ¿Cuántos progresos que realizaríamos?
—Dios mío— susurró Sakura, incrédula.
—Seré sincero contigo, Sakura, es lo mínimo que puedo hacer en estas condiciones— dijo el pelirrojo, vertiendo más vino en ambas copas—. Pienso retirarme. Le medicina es una amante de tiempo completo que deja pocas oportunidades para el disfrute personal. Me temo que ahora que me he convertido en un hombre viejo deseo disfrutar todas esas experiencias que rechacé en mi juventud, ya sabes, degustar las mieles de la mundanidad, viajar por el mundo, formar una familia. Quiero cumplir todos esos objetivos que una persona normal se plantea a lo largo de su existencia.
Sakura se quedó sentada en silencio, contemplándose las manos cruzadas sobre su regazo; los nudillos y las uñas transmutaban del blanco al rosa mientras apretaba y relajaba los dedos. Sabía lo que iba a decir, pero quería que Nagato le diese más información.
—Nunca imagine que poseías un lado suave— respondió al cabo de unos segundos, notando como una sonrisa ladina estiraba las mejillas del hombre.
—Supongo que la verdad sale a la luz, eventualmente— dijo él.
Insegura de que responder, bebió todo el contenido de su copa de golpe, intentando apaciguar sus nervios.
—Pienso convertirte en mi sucesora, Sakura— agregó, colocando una mano sobre la de ella para propinarle un suave estrujón, haciéndole saber que sus intenciones eran puras y sinceras.
—No sé qué decir— admitió ofuscada.
—No tienes que otorgarme una respuesta ahora mismo, sin presiones— le aseguró—. Eres una mujer inteligente, tomaras la mejor decisión. De aceptar, estarías comenzando una nueva vida.
—Hay muchas cosas que debo considerar— comentó Sakura, con una sonrisa trémula.
—Lo sé— Nagato le puso una mano sobre el brazo y le dio un apretón cariñoso—. Gracias por acompañarme, pase un rato agradable.
—No hay de que— recitó ella, aun absorta en la maraña de pensamientos que las palabras de Nagato habían suscitado en ella.
—Debo marcharme, estaré algunas semanas en la ciudad, me hospedo en este mismo hotel en la habitación 2011— recitó mientras se ponía de pie—. Saluda a tu madre de mi parte, ¿quieres?, no te preocupes por la cuenta, ya está pagada.
Sin decir más, Nagato se marchó, dejándola lidiar con sus vacilaciones.
No estaba acostumbrada a que la cortejaran con tantas cajas de bombones y ramos de rosas. Apartó la mirada esmeralda en dirección al extremo de la habitación, más allá de las mesas ocupadas, específicamente sobre la vidriera del establecimiento.
Afuera nevaba con mucha más intensidad. Lo que Nagato le ofrecía era un mundo diferente, rápido, ocupado, con muy poco tiempo para pensar.
Puede que eso fuese justo lo que necesitaba.
: : : : : : : :
Ingresó a su apartamento en penumbras. Estaba exhausta. Colocó el juego de llaves sobre la mesita situada a un costado de la entrada y el abrigo sobre el perchero de madera.
Por la oscuridad que reinaba, se percató que sus compañeras aun no arribaban. Había pasado el resto de la tarde fuera de casa, tratando de imponer un orden en sus pensamientos.
Se desplazó por la estancia hasta arribar a su habitación. Dejo caer su cuerpo sobre el colchón, cerrando los ojos un instante al entrar en contacto con la calidez de las cobijas. Los acontecimientos del día la habían dejado demasiado perturbada para pensar, se sentía tan abrumada que no sabía cómo responder a las trivialidades de la vida. Una vocecita persistente en el fondo de su cabeza le decía que eso no podía continuar. La misma voz se encargaba de remarcar lo que había elegido mal en su vida personal. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
Escuchó su teléfono celular sonar; al tomarlo y echar un vistazo, contempló el nombre de Itachi iluminando la pantalla. La había llamado poco después de abandonar el restaurante. Sabía que su bandeja estaba atestada de mensajes, pero no tenía la fuerza para afrontarlo. Evitaba charlar con él, no porque no quisiera hacerlo, sino porque muchas cosas pasaban por su mente y, sabia, que en el instante que escuchara su voz, terminaría por romperse.
Armándose de valor, llevó el auricular hasta su oreja. Al otro lado de la línea lo escuchó respirar; tan calmado como de costumbre.
—Sakura, ¿te encuentras bien?
Lo que había iniciado sus lágrimas era esa traicionera voz interior que muchos denominaban conciencia, la cual insistía en que debía escapar de esa situación, abandonar a Itachi, empezar de nuevo; no habría un momento mejor. Podía conseguir un trabajo en un pequeño hospital que se adaptase a su estilo, huir de aquella maldita coyuntura.
—Si— respondió, tan claro como el nudo en su garganta y el llanto se lo permitían.
—Sakura— repitió él, detectando como la preocupación empezaba a teñir su voz.
— ¿Itachi?— cuestionó.
— ¿Si?
—Te llamare después— anunció sin darle tiempo de replicar y dando por finalizada la llamada.
Tomó asiento al borde de la cama. Se desvistió y se metió bajo la colorida manta y las suaves sábanas blancas.
La mañana siguiente, antes del amanecer, se despertó envuelta en llanto y temblando, horrorizada por el curso que había tomado su vida.
: : : : : : :
La mirada esmeralda de la pelirosa permanecía clavada en el paisaje urbano enmarcado por el enorme ventanal que se alzaba imponente a espaldas de Tsunade.
La nevada del día anterior no amainaba y, según los reportes meteorológicos, continuaría durante los próximos tres días. La destemplanza climatológica era una cortina blanca que no admitía premura, por el contrario, detenía por completo la vida.
—Los miembros de la mesa directiva están realizando un reporte, dentro de unos días emitirán un veredicto, aún falta escuchar la versión de Itachi asi que esto tomara tiempo— explicó Tsunade desde la comodidad de su asiento, dedicándole una mirada adusta.
Por la falta de inflexión en su voz, Sakura determinó que su maestra continuaba molestaba, sin embargo, lo ignoró. Tsunade era la única persona con la que podía contar en esos momentos, aunque no de la manera que ella lo deseaba.
La pelirosa asintió con desgana.
— ¿Qué sucederá?— cuestionó, ocultando cierta aprehensión.
—Probablemente se muestren más indulgentes contigo— comenzó la directora, arrugando el entrecejo—. En cuanto a Itachi, tal vez lo obliguen a dimitir su cargo como jefe de Neurocirugía.
—Eso es injusto — dijo Sakura con firmeza, clavando las uñas sobre el recubrimiento de tela de la silla.
—Esto es la vida real y no un cuento de hadas, Sakura— Tsunade la reprendió, dejando caer las manos extendidas en la superficie de la mesa. La pelirosa dio un pequeño respingo asustado, mas no dijo nada al respecto—. Ambos estaban conscientes de lo que sucedería si alguien llegaba a enterarse de su relación.
Tsunade la miró directamente con una intensidad que Sakura había visto pocas veces.
—No pueden obligarnos a finalizar nuestra relación— masculló la pelirosa en voz baja, pero con cierto desafío.
—Por supuesto que no— admitió la rubia, reclinando la espalda contra el respaldo de la ostentosa silla giratoria en la que se encontraba sentada—. Pero no puedes subestimarlos, Sakura. Ellos convertirán su vida en un infierno y, sin dudarlo, pondrán en riesgo sus carreras, ambos terminarían sin trabajo, desprestigiados y exiliados del hospital. La posición de Itachi ya es bastante delicada.
La voz de Tsunade sonaba algo desanimada, decepcionada. Estaba preocupada por el destino de ambos, en especial en el de Sakura.
—Por el momento puedes regresar a los quirófanos— un tinte esperanzador tiñó su adusta modulación.
—Gracias— susurró Sakura, ofreciéndole una tímida sonrisa.
Aun cuando aquello significaba buenas noticias, la pelirosa no podía sentirse tranquila. Fragmentos de su encuentro con Nagato navegaban por su mente. Había pasado gran parte de la noche en vela, meditando si debía aceptar la propuesta del Uzumaki u olvidarse de ella.
—Me reuní con Nagato la tarde anterior— anunció, avizorando con detenimiento las facciones garbosas de su maestra.
La rubia abrió sus ojos avellana como platos, comprendiendo enseguida que la urgencia y el secretismo de Sakura estaban bien fundamentados. Definitivamente, esa era una conversación que no podía pasar desapercibida.
— ¿Con que motivo?— indagó, removiéndose en su silla, nerviosa.
—Está interesado en mí— dijo Sakura con tranquilidad como si estuviese hablando de un tema tan trivial como el clima—.Quiere que me traslade al hospital de Amegakure y me convierta en su aprendiz, al parecer desea retirarse y espera que yo me haga cargo del hospital.
—Esa maldita sabandija— rumió Tsunade con desdén—, dime que no estas considerando su propuesta.
— ¿Qué hay de malo con él?— cuestionó la pelirosa aun sin comprender la animosidad entre Tsunade y Nagato. Itachi también parecía odiarlo.
—Te convertirás en una figura decorativa. Pasaras la mayor parte del tiempo recluida en una oficina, alejada de los quirófanos, dirigiéndote a personas con sonrisas expectantes, que te dirán a la cara todo lo que deseas oír y luego hablaran a tus espaldas. Van a considerarte una de las mascotas de Nagato, su protegida.
—Oh, vaya— dijo Sakura.
—Él cree que este es su mundo, y funciona de acuerdo a sus reglas. Creerás que estás realizando un trabajo importante y luego te percataras que has estado haciendo todo lo que él ha querido y nada más.
—Agradezco tu consternación, maestra— susurró Sakura, contemplándola de soslayo.
— ¿Realmente deseas trabajar con él?— quiso saber.
—No, solamente pensé que si accedía a almorzar con él terminaría por dejarme tranquila— alegó la pelirosa, esquivando la mirada inquisitiva de la implacable Tsunade Senju.
—Eso es…reconfortante— suspiró la directora, derrotada.
Sakura siguió con la mirada cada uno de sus movimientos. La rubia abandonó su asiento, dirigiendo los pasos hacia el enorme ventanal, privándole a su antigua estudiante contemplar su rostro mientras mantenía la mirada fija en la vidriera.
— ¿Alguna vez Nagato le hizo la misma propuesta a Itachi?— cuestionó Sakura suavemente.
—No lo culparía si lo hiciera, Itachi es un genio, sin embargo, siempre ha existido una rivalidad entre ellos— explicó Tsunade sin contemplarla.
— ¿En qué forma?
La rubia exhaló con fuerza, tal vez demasiado cansada para continuar hablando del tema.
—Nagato es dueño de un imperio, e Itachi es un fiel amante de su trabajo. Sin embargo, contrario a ti, el Uchiha siempre estuvo consciente de todas las condiciones a las que estaría atado si accedía a trabajar con él, o mejor dicho, para él.
La joven cirujana se encogió de hombros, demasiado ofuscada por su reciente descubrimiento. Sakura se sintió mareada, enferma, no solo por el ambiente opresivo de la oficina sino por lo que su imaginación reconstruía.
Cualquier cosa que se hubiese propuesto expresar se vio interrumpida por el estridente repiqueteo de su pager.
—El deber llama— indicó Tsunade.
Sin más remedio, la pelirosa asintió. Abandonó su asiento, notando como una extraña sensación de desasosiego se edificaba en el fondo de su estómago.
—Tsunade-shishou— la llamó, deteniendo los pasos cerca de la puerta—, ¿podría evitar mencionarle a Itachi toda esta situación?, quiero comunicárselo hasta que haya aclarado mi mente.
Las facciones de Tsunade se ensombrecieron, sin embargo, no rompió el contacto visual para decir:
—Lo prometo.
Sakura dejó escapar un suspiro y antes de decir o hacer algo más, se encaminó lejos, abrumada por la maraña de pensamientos que la acosaban desde hace algunos días.
Continuará
N/A: ¡Aquí estoy reportándome de nuevo y que mejor que con una actualización!
Muchísimas gracias a todos por sus lindos reviews, los follows y favoritos. En verdad, mil gracias por dedicar parte de su tiempo para leer y seguir esta historia. Este capítulo estuvo lleno de angst y hubo muy poca interaccion entre nuestra pareja principal, pero prometo compensarlo.
Como verán, todo se ha vuelto complicado para Sakura, parece que el universo conspira en su contra. Cabe aclarar que los vómitos y todas las sensaciones que presenta no son signos de un embarazo sino de un ataque de pánico.
Aún faltan algunos asuntos por zanjar, tenemos 5 capítulos en puerta y con esto comienza nuestra cuenta regresiva para el final.
Esto es todo por el momento. Nuevamente, mil gracias por el apoyo que me brindan. Les mando un fuerte abrazo. Cuídense mucho y espero regresar pronto con otra actualización.
¡Nos leemos hasta la próxima! ¡Bye!
