Capítulo 18

El despacho de la abogada de Izumi se encontraba en la vigésima planta de las Torres Kinmokusei.

Antes de adentrarse en el recinto, Itachi respiró hondo y se sumergió en la bulliciosa corriente del río de personas que transitaban por la estancia. Aquel ajetreo siempre le daba un intoxicante vértigo.

Recordaba el lugar a la perfección. Su madre solía trabajar en las oficinas del piso décimo sexto, cuando él y Sasuke eran demasiado pequeños para prestar atención a las nimiedades de los banqueros en elegantes trajes y las jóvenes con atuendos de negocio y tacones altos.

El pelinegro giró a la izquierda y se precipitó al interior del elevador. Frunció el entrecejo al corroborar en su reloj de pulsera cuan tarde era.

Para su defensa, la abogada de su esposa lo había llamado hace no más de dos horas para concretar una reunión. Al inicio pensó en rechazar la propuesta, pero cuando la mujer mencionó que tal vez podrían llegar a un mutuo acuerdo para firmar el divorcio, accedió.

Aun asi, pese al arreglo tan inesperado, el azabache nunca imaginó que de todos los días, aquel seria uno de esos en los que los peatones abarrotan las calles de manera frenética. Una prueba de esto era que el neurocirujano se había visto obligado a descender de su automóvil cinco calles atrás para proseguir con el trayecto a pie.

Dejó escapar un suspiro de genuino alivio al encontrar el resplandeciente vestíbulo de la privilegiada firma de abogados.

El mostrador de la recepción parecía esculpido en un enorme bloque de mármol. Cuando Itachi se acercó, un hombre ataviado en traje de rayas hecho a la medida lo interceptó, llevó una mano hasta su auricular y dijo discretamente:

—Uchiha-sama, Shimabukuro-san aguarda por usted. Por favor, acompáñeme.

Como parte del estricto protocolo de la oficina, el hombre lo hizo pasar por el puesto de control de seguridad, guiándolo hasta otra antesala tranquila, sin ventanas, con paredes de alabastro beige y una serie de sillones índigo. En silencio, Itachi transitó más allá de la secretaria ejecutiva que estaba sentada detrás de un enorme escritorio blanco, demasiada atareada para prestarle atención.

El despacho estaba suntuosamente paneleado con madera de roble y un enorme ventanal a sus espaldas.

No le causó sorpresa encontrar a su hermano menor ahí. Iba ataviado con un hermoso traje de diseñador de tres piezas en color carbón. La mirada azabache permanecía fija en la efigie urbanística que enmarcaba la impoluta vidriera.

—Llegas tarde— protestó Sasuke, apartando los ojos ónix del celaje para posarlos en el recién arribado.

Itachi dejo pasar desapercibido el deje hostil oculto en cada una de las silabas mencionadas.

—La rehabilitación de la calle principal— acusó el pelinegro con calma—, el tráfico estaba hecho un infierno.

El mayor de los Uchiha tomo asiento en el sofá de terciopelo azul pavo real. Se preguntó por qué los abogados caros de la Costa Oeste de Konohagakure elegían decorados tan elegantemente umbríos.

—Sucede eso cada que hay una nevada o ligera lluvia— reconoció el menor, encogiéndose de hombros para no convertir la deficiencia del diseño urbano en el tema a discutir esa mañana.

— ¿Sabes por qué Izumi cambio de abogado?— apostilló Itachi, cambiando el rumbo de la charla.

—No es mi esposa, eres tu quien debería conocer las razones.

—Lo sé— dijo, dejando escapar un suspiro—, pero no es que discutamos sobre asuntos legales cada vez que nos encontramos.

Sasuke lo contempló por encima del hombro. Itachi no iba a contarle que hace no más de veinticuatro horas había mantenido una discusión con ella, mucho menos mencionaría los detonantes de la misma.

—Minako Shimabukuro es tenaz, una abogada de alto nivel, los famosos acuden a ella— Sasuke volvió el rostro en dirección al ventanal y añadió con parsimonia—.Esto terminara en algún momento, sin embargo, cualquiera que sea el resultado, van a tener que hablarlo ustedes.

Sasuke tenía razón. Desde el comienzo, Itachi bien sabía que no sería un proceso indoloro. A pesar de las múltiples razones que los orillaron a optar por el divorcio, el pelinegro resguardaba la esperanza de mantener una relación cordial. Izumi había compartido tantos años de su vida con él, que no tenía palabras para agradecérselo.

—Itachi-sama, Sasuke-san— los llamó una voz al otro extremo de la sala—. Minako-san los espera. Por favor, vengan conmigo.

La oficina de la afamada abogada no era distinta a la recepción o la sala de espera. Al ingresar al despacho, Itachi se encontró con Izumi.

La pelinegra yacía postrada al otro extremo de la mesa, cerca de su representante legal. Iba ataviada con sobrio vestido tejido de manga larga y cuello barco. En sus fanales oscuros se adivinaba un leve atisbo de contrición. Lucia pálida, enfermiza. Su corazón dio un vuelco al contemplarla en ese estado de vulnerabilidad.

—Itachi-Uchiha, Sasuke— saludó la locuaz mujer, levantándose de su escritorio—.Bienvenidos, ¿desean algo de beber? Puedo ofrecerles, café, té, agua…

—Café está bien— se apresuró a responder Sasuke.

La asistente de Minako caminó hacia el otro lado de la sala, cerca del ventanal se disponía una mesa con una cafetera plateada y una bandeja repleta de tazas de cerámica.

A partir de ahora, la conversación se llevaría a cabo entre su hermano y la representante de su ex esposa, por lo que el silencio instalado entre ellos dos era incómodo y, a duras penas, soportable.

—Izumi me contó que hace poco fuiste nombrado jefe de Neurocirugía del HGK, Itachi-san.

El aludió levantó la mirada; la sonrisa de Minako era cálida y para nada ensayada. Entendía el motivo por el cual muchas personas acudían a ella, la mujer era sumamente encantadora, nada parecida a los estoicos y aburridos abogados de las otras firmas.

—Asi es— respondió Itachi, intercalando la mirada entre su hermano y la dama cabizbaja frente a él.

La diligente secretaria dispuso la bandeja con tazas humeantes sobre la impecable mesa marmolada. Minako agradeció sus servicios y, sin más dilaciones, entregó las bebidas a los ahí presentes. El cálido líquido sería un aliciente para sus trastornados nervios.

—Es increíble— añadió Minako con genuina impresión—.Leí el artículo sobre las cirugías endoscópicas como tratamiento para el tumor cerebral. Eres un cerebrito.

—Gracias— masculló Itachi.

—De veras, una genialidad— añadió Minako, retornando a su asiento a un costado de Izumi—.Supongo que todo es parte de ser un Uchiha, ¿no es asi?

Durante dos horas, Minako y Sasuke discutieron los distintos puntos de ambas partes para llegar a un acuerdo. En ese tiempo, el pelinegro se limitó a contemplar de soslayo a la que por más de una década fue su compañera de vida.

Como hombre, había alcanzado los mejores momentos de su vida estando enamorado de ella. No obstante, era momento de avanzar. Sabía que Izumi encontraría la felicidad que tanto anhelaba con otra persona, tal como él lo hizo con Sakura.

—Con esto el proceso finaliza— indicó Minako, extendiéndole a Itachi el papel legal que Izumi acababa de firmar.

La pelinegra apartó la mirada.

Itachi bajó la vista hacia el cristal que cubría la mesa.

—Nos mantendremos en contacto para discutir los últimos detalles— le aseguró Sasuke a su contraparte, resguardando las carpetas beige en el portafolio de piel oscuro.

—Por supuesto— coincidió Minako—.Ahora creo que será un buen momento para dejar a nuestros clientes solos.

Las palabras que Sasuke le había dicho horas atrás en la sala de espera, resonaron en su mente. Pensó en inventar una excusa, pero no era lo justo. Necesitaba charlar con Izumi como los adultos civilizados que eran, debía hacerlo ahora o nunca contaría con esta oportunidad.

Lejos de rechistar, el menor de los Uchiha accedió, abandonando la sala en compañía de la aclamada defensora del Derecho Familiar.

El silencio se expandió por toda la sala, adquiriendo una forma casi física. Itachi deambuló la mirada por la ostentosa oficina mientras su mente intentaba hilvanar una palabra concreta.

—Lo siento— masculló—.Lamento todas las fallas que tuve en nuestro matrimonio.

Izumi esbozó una mueca de suplicio al mismo tiempo que le dedicaba una mirada atestada de curiosidad y nostalgia.

—No fuiste el único que faltó, este también es mi fracaso, el más grande de todos si me lo preguntas— dijo al fin, encogiéndose de hombros.

Itachi sonrió.

—También quiero disculparme por haber tratado a esa chica de la forma que lo hice— resopló al cabo de unos segundos de vacilante mutismo, boicoteando el oscuro avistamiento del Uchiha.

—No debes hacerlo conmigo— le dijo Itachi, notando como el peso de la culpa se instalaba sobre sus hombros.

—Lo sé, pero no creo que me reciba en estos momentos.

El pelinegro asintió. Sabía que las acciones de Izumi habían infringido una profunda herida en ella, quebrantándola al punto de romper en llanto desconsolado hace no más de dos noches. Sin embargo, tenía la certeza de que Sakura no era una mujer rencorosa, lo comprobó cuando supo de la relación que aun mantenía con Sasuke.

— ¿Qué harás ahora?— consiguió preguntar en un susurro inestable.

—Tal vez venda la casa y consiga un apartamento, quizás adopte un perro, en verdad no lo sé— admitió derrotada— ¿Qué pasara contigo?

Estaba tan abrumado que las ideas rondaban por su mente, negándose a seguir un orden concreto. Desconocía cuál sería su destino, tanto profesional como personal. Aun debía enfrentarse a otro juicio por negligencia médica y, por si eso no fuera poco, el citatorio para la reunión con la mesa directiva había arribado esa mañana, convocándolo a una reunión dentro de dos días.

—No tengo la menor idea— espetó.

—Ya lo averiguaras— lo reconfortó su exesposa, levantándose de su asiento—.Tengo que marcharme, la oficina debe estar echa un caos con mi ausencia.

Itachi emuló sus acciones, dirigiéndose con ella hacia la puerta.

—No te vendría mal confiar más en tu personal— sugirió en voz baja.

—Tal vez— Izumi vaciló.

Los dos frenaron el paso en medio de la fastuosa estancia.

—Supongo que este es el punto donde nuestros caminos se separan— dijo con voz ronca, tratando de no traslucir la tristeza que lo embargaba.

—Supones bien— completó con una tímida sonrisa—.Cuídate, Itachi, ten una vida plena y agradable.

—Deseo lo mismo para ti, Izumi.

La mujer asintió y contoneó las caderas mientras se desplazaba por el largo pasillo. Solo cuando la vio ingresar en el elevador, se permitió liberar el suspiro cautivo en los rincones de su pecho.

Unos minutos después, Itachi abandonó el edificio. El cielo estaba cubierto de nubes bajas, y la débil y apagada luz solar iluminaba las calles del bullicioso corazón de Konohagakure.

Soplaba un viento muy frio en el exterior. El pelinegro subió la bufanda de punto a la altura de la nariz, al tiempo que extraía el estridente teléfono móvil resguardado en uno de los amplios bolsillos de su abrigo.

Se apresuró por una de las calles aledañas para evitar la multitud que todavía transitaba por las abarrotadas y estrechas calles de la zona comercial. Tan rápido como pudo, llevó el celular hasta su oreja. Hubo una pausa por unos segundos hasta que la voz de Sakura sonó cálida y ondeante.

—Hey…

—Estaba preocupado por ti, ¿te encuentras bien?

—Sí, lo estoy, realmente lo lamento. La reunión con los miembros de la junta fue una mierda y no tenía ánimos para hablar.

—Entiendo, aunque pudiste haberlo mencionado, tal vez habría ido a tu apartamento.

Aminoró el paso al detectar la vacilación en cada silaba pronunciada por Sakura.

—No deseaba incomodarte.

—Jamás podrías hacerlo.

Escuchó una risa tímida y, después, otra pausa.

— ¿Sakura?— Itachi no quería admitírselo, pero estaba bastante ansioso por saber si todo estaba bajo control con ella.

—Estoy aquí, ¿Cómo salió todo en tu reunión con Izumi?

—Bien, logramos llegar a un acuerdo. Hace algunos minutos firmamos los papeles del divorcio

—Y, ¿Cómo te sientes?

— ¿Sinceramente?, no lo sé, algo extraño

— ¿Quieres que hablemos al respecto?

—Me parece excelente, ¿te veo en mi apartamento a las ocho?, la cena corre por mi cuenta.

Una vez más, ella volvió a reír. Su corazón se retorció de la emoción.

— ¿Te apetece una botella de vino tinto o prefieres algo más fuerte?

—Vino tinto está bien.

—Perfecto, ahí estaré.

—Sakura.

— ¿Si?

—Te extraño

—Yo también, Itachi. Te veré cuando finalice mi turno.

—Estaré esperándote—dijo contento, esperando no sonar demasiado alegre.

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Podría llamarse nostalgia, pero Shisui e Itachi disfrutaban reunirse en un viejo bar no muy lejos de su antigua alma mater en Konoha. El sitio no era la gran cosa. Poseía una estética fortuita y fragmentada, conforme pasaban los años la fachada iba deteriorándose aún más. Su mejor atributo era la carta de cervezas, una extravagante recopilación de bebidas artesanales traída de los rincones más inhóspitos del mundo.

Las bisagras de las viejas puertas rechinaron cuando el azabache ingresó en el lugar. Una pantalla de humo yacía contenida en el interior. El aire estaba cargado con una mezcla de olores que oscilaba entre el tabaco y el alcohol.

Más que un bar, aquel sitio tenía el aspecto de una casa abandonada, pero para los Uchiha, era el lugar para encontrarse cada vez que algo importante acontecía en sus vidas.

Admiró el entorno, cuya familiaridad nunca conseguía aburrirle. Sus ojos ónix vagaron con rapidez por la oscura estancia; al detectar un asiento vacío cerca de la barra, se quitó el abrigo y lo colocó en el respaldo de la silla. Mientras tomaba asiento, respiró hondo por primera vez en todo el día, inflamado el aroma de la cerveza y cigarrillos.

—Que gusto verte de nuevo, Itachi, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos visitaste.

El aludido dirigió la vista cuando la voz estridente del enérgico cantinero brotó al otro lado de la barra.

—Lo sé— reconoció apenado—.Han sucedido demasiadas cosas desde la última vez que estuve aquí.

—El trabajo de un neurocirujano es demandante— murmuro el hombre regordete, colocando los tarros recién salidos del lavavajillas sobre la brillante superficie de madera pulida—. Mi esposa y yo nos sentimos orgullosos cuando supimos que te habías convertido en el jefe de departamento del HGK.

La comisura de los labios de Itachi se curvó hasta formar una ligera sonrisa. Sintió el mismo alivio que lo embargaba cada vez que charlaba con el dueño del bar o su mujer. La familiaridad entre ambos se remontaba a una década atrás, cuando él solo era un estresado estudiante de medicina. Más allá de pasar sus ratos libres confinados en uno de los rincones del establecimiento, Shigeo le permitió trabajar a medio tiempo para ayudarse con los gastos de la universidad. Una vez que logró graduarse, el Uchiha no dudo en acudir a celebrar con ellos y, lo mismo sucedió, cuando ingresó a la residencia.

—Solo el suficiente para mantener los pies en la tierra— dijo Itachi, a lo que el cantinero coincidió, lanzando una sonora carcajada.

—Este trago va por cuenta de la casa— murmuró Shigeo, colocando un vaso de bourbon frente a él.

Itachi engulló el trago, intentando apaciguar el remolino de sentimientos que lo mantenía abrumado. Arrugó la nariz al notar el escozor descender por su garganta.

— ¿Aún sigue actuando Koyuki Kazahana? Pensé que se había retirado hace tiempo— dijo Shisui a modo de saludo, sentándose en la silla libre a lado de Itachi.

— ¿Koyuki Kazahana? Creo que sí.

—La conocías, ¿cierto?— espetó, arqueando una ceja en su dirección.

—Mis padres mantenían una relación estrecha con Dotō Kazahana, su tío.

Sin preguntar, Shigeo les sirvió una cerveza oscura de barril en una jarra de limpieza indiscutible. Ambos agradecieron el trato preferencial del cantinero con una sonrisa tímida antes de que retornara su atención hacia otro comensal.

— ¿Mantuviste una relación con ella?— cuestionó Shisui. No iba a darse por vencido con el tema.

El pelinegro dejo escapar un suspiro cansado al entrever que su charla giraría en torno a una vieja conocida de la familia, de la cual no tenía noticias desde hace más de quince años.

—Por supuesto que no— replicó, encorvándose sobre su jarra. Necesitaba sentarse y beber una cerveza o tal vez tres. Tenía los nervios a flor de piel— ¿A qué viene el interrogatorio?

—Ya te lo dije, curiosidad— dijo Shisui, llevando su propio tarro hasta la altura de sus labios para darle un sorbo—.Todas las chicas lindas suelen ir tras de ti, imagine que Koyuki no sería la expresión.

—Vaya prejuicio— profirió el neurocirujano con un bisbiseo silencioso, colocando la jarra sobre la barra.

— ¿Qué sucede?— señaló Shisui; sus ojos negros lo examinaron con discreción—. Pareces estresado.

Itachi se encogió de hombros afirmativamente; su acompañante continuo estudiándole el rostro.

— ¿Izumi?— preguntó. Itachi soltó un pausado y lento suspiro— ¿Qué pasa con ella?

El Uchiha guardó silencio, meditando con que tema debía iniciar. Shisui había estado fuera de la ciudad durante tres semanas, volviendo su comunicación sumamente limitada. Los asuntos de negocios en la ciudad costera de Iwagakure lo mantuvieron alejado de los últimos acontecimientos en su vida. Sin lugar a dudas se llevaría una grata sorpresa al escuchar todo lo sucedido durante su larga ausencia.

—Firmamos el divorcio esta mañana— respondió, echando la cabeza hacia atrás.

—Ahora eres libre, ¿no era eso lo que querías?— dijo Shisui, extrayendo la maltratada cajetilla de cigarros que resguardaba con recelo en el bolsillo derecho de su saco.

—En primera instancia, jamás fue mi intención divorciarme, al menos no al comienzo— admitió, clavando la mirada atizada en el prontuario de licores visibles en el botellero de madera situado detrás de la barra.

— ¿Intentas ser mejor esposo ahora?— cuestionó, encendiendo el cigarrillo.

—No es eso— presionó el puente de la nariz con dos dedos. La incipiente migraña amenaza con invadir tos los lóbulos del cerebro disponibles—. Pero no puedo evitar sentirme mal por ella. La trate injustamente, la arrastre de un lado a otro.

—No te compadezcas de ti mismo, eso es para los mediocres— comentó Shisui. Dejo escapar el humo lentamente, atisbando con detenimiento como se difuminaba con la pantalla ya visible bajo la luz amarillenta de las viejas lámparas que colgaban del techo.

Ambos se echaron a reír. Shisui le dio unas palmaditas en la espalda mientras le propinaba otra calada al cigarrillo.

Suponía que la poca empatía que mostraba su mejor amigo sobre el tema se debía a la época tormentosa que había sufrido siete años atrás. Para los ojos de su familia, Shisui era uno de los solteros más codiciados. Se le conocía por su aspecto afable y su estilo elegante, asi como la serie de romances que mantuvo con estrellas locales y su negocio en constante expansión.

No obstante, Itachi lo conocía desde la infancia, era la única persona a la que no le importaban las nimiedades de la fama o el dinero. Estuvo a su lado cuando su primera y última prometida decidió abandonarlo en el altar. Shisui luchó con un trastorno depresivo grave, e Itachi fue una de las pocas personas a las que permitió contemplar esa faceta de él.

— ¿Qué sucederá con Sakura?— preguntó Shisui.

— ¿A qué te refieres?— cuestionó en respuesta, arrugando levemente el entrecejo sin comprender a donde quería llegar su acompañante.

Shisui puso los ojos en blanco. Restregó la punta del cigarrillo contra el cenicero de cristal, dejando la coletilla entre una montaña de residuos grisáceos.

— ¿Has hablado con ella sobre su relación?, ahora estas divorciado, eres libre de hacer lo que te venga en gana, ¿Qué pasará con ustedes dos?

Itachi desvió la mirada hacia la vidriera del lugar al mismo tiempo que se sumía en la inusitada afonía. Al igual que otros asuntos en su vida, no tenía ni puta idea de lo que sucedería con Sakura. No era la clase de hombre que mantuviera relaciones sin compromisos, todo lo contrario. Estaba interesado en la pelirosa, más de lo que admitiría en voz alta. No obstante, algo en su interior le decía que no era prudente precipitarse.

—Nuestra relación va bien— dijo.

El pelinegro frunció el ceño.

—Eres demasiado noble para notarlo, pero constantemente te encierras en un caparazón para evadir los problemas, y eso te impide contemplar cosas importantes— resopló Shisui con naturalidad.

Nuevamente, el Uchiha volvió a encogerse de hombros.

— ¿La quieres?— indagó.

Itachi se aferró a los brazos de la silla con todas sus fuerzas, sopesando si debía responder o no la pregunta. Shisui lo miró unos segundos con sus ojos acuosos de color carbón.

—Si— afirmó en una queda confesión.

— ¿Realmente deseas estar con ella?— preguntó, sonriendo por encima de su jarra de cerveza—.No me refiero solamente a lo físico, sino también lo emocional.

Su relación con Sakura traspasaba lo que había sentido por otras mujeres a lo largo de su vida. Desconocía si esto era de las causas por degustar el fruto prohibido. Las coyunturas del pasado tenían impacto en su presente.

Itachi se aclaró la garganta con un carraspeo.

—Los dos nos entendemos a la perfección, ella es afable y empática con mis sentimientos— trató de aclarar, enlistando las distintas razones por las cuales se sentía tan prendando a la pelirosa.

—Son similares— Shisui se recostó en su asiento, esperando pacientemente a que Itachi diera el siguiente paso—Durmieron juntos, ¿no es asi?

—Shisui, creía que habíamos acordado que nunca volveríamos a mencionar mi vida sexual— moduló, sintiéndose avergonzado mientras se aclaraba la garganta.

El interpelado dejo escapar una carcajada.

—Por supuesto que lo hiciste— le dio otro sorbo a su cerveza a la par que ponía los ojos en blanco y esbozaba una sonrisa.

— ¿A qué viene ese cuestionamiento?— cuestiono Itachi, procurando maquillar la molestia que amenazaba con filtrarse en su tono de voz.

—Estás haciendo todo mal— le echó en cara él— ¿No te has preguntado cómo se siente Sakura al respecto?, tal vez imagine que solo es un desahogo para ti.

« ¿Soy tu amante?» le preguntó Sakura aquella noche después de hacer el amor en su sofá. Las palabras resonaron dolorosamente en lo más profundo de su mente. Comenzaba a comprender todo a la perfección.

—Mi intención no es abrumarte— continuó Shisui—. Solamente quiero ayudarte. Nada me gustaría más que verte feliz y sé que Sakura realiza esa encomienda a la perfección. No te había visto sonreír de esa manera desde hace diez años.

Cansado, Itachi restregó una mano contra su rostro. Reflexionó lo que su mejor amigo acababa de decir por un rato.

—Para serte sincero, no hemos discutido el estatus de nuestra relación— reconoció al cabo de unos segundos de vacilación, manteniendo los fanales ónix clavados en su bebida.

—Ustedes han estado viviendo en una fantasía idílica— replicó Shisui, propinándole otro trago a su bebida— ¿Ya hablaste con Sasuke sobre esto?

Pese a todo, Itachi no deseaba hablar con su hermano menor sobre el tema. No se necesitaba ser un genio para entrever la molestia que le causaría saber que estaba manteniendo una relación romántica con la que se suponía iba convertirse en su esposa dos años atrás.

—Aun no— contestó—. No sé cómo hacerlo.

Shisui suspiró.

—Creo que estas subestimando la capacidad de Sasuke para ser empático.

—Bueno, sabes cómo ha sido nuestra relación— musitó—. Sasuke me detesta por haberme marchado sin decirle nada, no creo que la noticia de mi relación con Sakura aminore ese sentimiento.

—Demonios, tal vez hiciste algo muy malo en tu vida pasada para que incluso aquí y ahora el universo trabaje en tu contra— bromeó Shisui.

Itachi se sintió aliviado. Las nubes comenzaban a disiparse.

— ¿Qué pasa contigo, Shisui?, nunca te vislumbre como un hombre de creencias— Itachi rió.

—Y yo jamás había contemplado a un hombre tan desafortunado como tú.

El aludido lanzó otro suspiro.

—Tal vez estas volviéndote viejo, Shisui.

—No lo creo— él soltó una risita—. Independientemente de las fuerzas oscuras que intentan sabotearte, te doy la bienvenida al mundo de la soltería.

—Espero que no sea por mucho tiempo— resopló, dándole un trago a su cerveza.

Después de una corta pausa, Shisui recitó:

—En verdad Itachi, debes hablar con Sasuke— le recordó con ese tono tan categóricamente suyo que empleaba cuando intentaba actuar como un hermano mayor.

—Lo haré— prometió el Uchiha.

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El pesado cielo de la tarde se extendía sobre los imponentes edificios como un telón de fondo de color turquesa.

A medida que los rayos del sol morían, la temperatura descendía. Sakura rebuscó con disimulado desespero la calidez de su abrigo; ajustó el cuello y escondió las manos entre los bolsillos. El aire era gélido y cortante. Necesitaba encontrar refugio antes de que la ventisca se tornara más violenta.

Emprendió la marcha a través del aparcamiento de hormigón del hospital, carcomido por la hierba y los rastros húmedos de la nieve.

Aun cuando el efecto de la cafeína le confería al mundo un toque hostil, Sakura no dejo pasar desapercibida la puesta de sol sobre la ciudad; las esponjosas nubes se liberaban de una masa de gris ominoso que se desvanecía.

Contempló la hilera de coches aparcados cerca de la acera. Si quería llegar al apartamento de Itachi antes que la nevada iniciaría tal vez debía tomar un taxi.

—Sakura.

La pelirosa frenó en seco al escuchar aquella voz tan perfectamente grabada en su mente. Los músculos de la espalda se le tensaron como la cuerda de un arco. Habían transcurrido semanas desde la última vez que lo contempló.

— ¿Sasuke?— lo llamó, virando sobre sus tobillos.

El aludido se encontraba recargado contra su elegante automóvil, con los brazos cruzados a la altura del pecho y la mirada atizada clavada en ella.

Sintió una necesidad inmediata, intensa, de refugiarse en el interior del hospital. No estaba preparada del todo para enfrentarlo otra vez, sin embargo, algo en su interior le decía que cualquiera que fuesen los motivos de Sasuke para acudir a buscarla, no eran nada buenos.

— ¿Qué haces aquí?— preguntó en voz baja, atinando a detenerse a unos cuantos pasos de él.

—Necesito hablar contigo— resopló, encogiéndose de hombro—. Solo dame un par de minutos.

Sakura se quedó en silencio, sopesando las distintas desgracias que podrían haber ocurrido en la vida de Sasuke para acudir a ella.

Antes de saberlo, Sakura estaba siendo guiada por sus propias piernas hacia el automóvil. Se sentó silenciosamente en la parte designada para el copiloto del auto de lujo con vidrios polarizados mientras Sasuke se situaba en el asiento del conductor, aferrando las manos al volante.

Un tenso silencio se interpuso entre ellos. La neurocirujana no sabía que pensar, tenía un montón de preguntas revoloteando en su cerebro; atascadas en su pecho como una opresiva sensación que le impedía respirar apropiadamente.

Echó un vistazo por la ventanilla de su auto y notó que Sasuke salía de una de las avenidas principales para reincorporarse en la carretera estatal. Un escalofrió le recorrió la espalda al reconocer el camino. Pensó en increpar al azabache, sin embargo, la expresión mortalmente serie de su acompañante la hacía tragarse cada reproche y cuestionamiento que plantease restregarle en la cara.

El Uchiha condujo durante unos dos kilómetros por un camino de tierra y grava, rodeado por viejos robles, álamos y rododendros que le otorgaban al paraje un aspecto singular.

Le empezaron a sudar las manos a medida que se aceraban al lugar. Estuvo sopesando la posibilidad llamar a Itachi y anunciarle que, probablemente, arribaría una o dos horas tardes, un intento demasiado torpe de ser cortes, pero a tres calles de calles de su destino decidió no hacerlo.

La opulenta casa que ella y Sasuke habían adquirido años atrás; se ubicaba en el punto meridional de los suburbios de Konohagakure, una sección donde vivía la gente más adinerada. Se trataba de una construcción al mero estilo colonial con una terraza balaustrada, una galería que rodeaba toda la casa y un porche de verano en la parte trasera. Recordaba que la agente de bienes raíces catalogó aquella residencia como el sitio ideal para una pareja recién casada que busca formar una familia. Por supuesto, Sasuke y ella no eran ninguna de las cosas.

La casa se encontraba en la cima de una colina con una cuesta pronunciada. Era posible arribar por el camino principal de la entrada o aparcar al pie de la colina y subir los cincuenta escalones hasta lo alto.

Al cabo de un par de segundo de vacilación, el azabache optó por estacionarse al pie de la colina. Esperó a que el motor se silenciara por completo y después salió del coche, seguido por la pelirosa.

— ¿Por qué vinimos aquí?— lo detuvo ella, enredando los gélidos dedos en la abultada manga de su chamarra, obligándolo a detener el paso en seco—. Si querías hablar no era necesario conducir hasta este sitio.

Sasuke la contempló por encima del hombro, permitiéndole atisbar los ínfimos atisbos de aflicción trazados en su semblante.

—La agente de bienes raíces llamó esta tarde, al parecer encontró a un comprador que está dispuesto a pagar más del precio estipulado— explicó con calma, subiendo uno a uno los resbalosos peldaños cubiertos por una fina película de agua nieve.

—Ya era hora— susurró Sakura—, pero no contestaste mi pregunta.

El pelinegro avizoraba un punto indeterminado al frente; en cabio, ella, tenía los fanales esmeraldas clavados en él.

—No voy a secuestrarte—pactó Sasuke sin mucho interés.

Sakura mordió su labio inferior a causa del nerviosismo. Continuaron el resto del trayecto en silencio, absortos en sus pensamientos. Cuando llegaron al jardín principal de la vivienda, los últimos rayos de luz ya habían desaparecido; el cielo estaba teñido con una mezcla de tonalidades azules y violáceas.

—Sasuke— lo llamó nuevamente ella, tratando de ocultar el tono de despecho—, ¿a qué se debe tanto misterio?

El viento frio resopló, acariciando dolorosamente sus mejillas descubiertas. Se abrumó un poco cuando notó la cercanía entre los dos. Lo observó por un instante solo para notar el fulgor en sus ojos negros.

La respiración se le solidifico en los pulmones al momento en que los dedos largos y gélidos del azabache se entrelazaron con los de ella. Un extraño cosquilleo pasó en su vientre al mismo tiempo que todos sus procesos mentales se enturbiaban.

—Sakura— paladeó con tono adusto—.Yo, estuve pensando en nosotros, en todo lo que pasó y lo que hice. Sé que arruine las cosas y realmente lo lamento.

El aspaviento melindroso de la pelirosa estuvo secundando por una mueca de puro estupor. La incertidumbre se apoderó de ella con un estremecimiento.

—Sasuke…— musitó ella, apartando su mano de la de Sasuke, era como si su piel se hubiese transformado en una llamarada— ¿Por qué estás diciéndome esto ahora?, durante todo el tiempo que estuvimos juntos tu no fuiste capaz de expresar lo que sentías por mí.

—Tenías razón, me comporte como un idiota. Fui aburrido, insatisfactorio e inútil. No estuve a tu altura— sus palabras eran álgidas, pero en sus ojos se adivinaba un atisbo de contrición—. Pasaste el último par de años repitiéndomelo, y yo me negué a afrontar la realidad.

Su corazón palpitaba violentamente contra su pecho, como un tambor. Boqueó, tratando de ignorar la crisis respiratoria que impedía que el aire pasara a sus pulmones.

— ¿Por qué querrías regresar conmigo?, cuando estuvimos juntos demostraste todo lo contrario, yo era quien se esforzaba para mantener esta relación a flote— espetó, sacando el resentimiento que resguardaba en los rincones más inhóspitos de su pecho.

—Sakura, escúchame— el azabache recorrió los pasos que los separaban, manteniendo la mirada fija en la de ella—. Sé que no soy la mitad de bueno, y no soy un gran hombre.

—Es bueno que lo reconozcas— dijo la pelirosa con deje de nostalgia, retrocediendo un paso al percatarse de la abrumadora cercanía entre sus cuerpos.

— ¿Acaso no puedes verlo?— cuestionó él con amargura, tomándola de los brazos—. Siempre te he amado, Sakura. Siempre lo hice.

La pelirosa tenía el corazón acelerado y no podía respirar. Los dientes le castañeaban y el errático pulso latía desbocado detrás de sus globos oculares. Aquello debía ser una puta broma, una cruel tetra del destino.

—Dijiste que me amabas— le recordó Sasuke. Su cálido aliento roció el rostro de la pelirosa— ¿Lo dijiste en serio?

—Lo hice— aseguró Sakura con un hilo de voz, sin alejar su mirada de él—.Pero deje de quererte.

Influenciado por el dolor que le producía la confesión de la pelirosa, Sasuke la atrajo hacia su cuerpo.

— ¿Por qué?

Las manos temblorosas de la pelirosa tocaron el pecho de Sasuke, buscando apartarse de él. Su tacto aun provocaba estragos en su cuerpo.

—Porque nunca me amaste. Fuimos una pareja enferma y jodidamente toxica. No éramos nosotros mismos cuando nos enamoramos. Nos convertimos en veneno el uno para el otro— siseó, perdiendo la paciencia—. En realidad no me amas, Sasuke.

El azabache ignoró su tono condescendiente y la aprisionó más sobre su cuerpo.

—No es solo mi culpa que esto no funcionara— masculló él, rodeando su estrecha cintura con ambos brazos.

Sakura cerró los ojos un momento. Tenía la respiración entrecortada. Notó como las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.

—Tienes razón— jadeó, mordiendo sus labios para contener el sollozo atestado en su garganta—.Debí ser más sincera al respecto. El problema entre nosotros dos fue que actuaste como un cobarde, te diste por vencido con lo nuestro, dejaste de intentarlo.

Sus ojos esmeraldas brillaron tras la bruma que cubría sus mejillas. Acudiendo al último ápice de humanidad restante en ella, se libró de aquel traicionero agarre.

Tan rápido como sus piernas se lo permitieron, descendió los peldaños de piedra hasta llegar al pie de la colina. Sus dedos se aferraron a sus propios brazos, estrechándose a sí misma en un abrazo que intentaba brindarle consuelo. Percibió el sabor de la bilis pasar por su garganta, y como las entrañas se le removían a causa de la impresión.

—Sakura— aclamó el azabache, yendo detrás de ella.

— ¿Qué?— preguntó sin contemplarlo ni aminorar el paso.

— ¿A dónde vas?

—A casa— resopló. Sacó el teléfono de su abrigo y contempló la pantalla. El indicador de la señal marcaba como fuera de servicio. Lanzó una retahíla de improperios en su interior.

—Yo te llevare— se ofreció.

—Por supuesto que no— negó la pelirosa entre dientes—, tomare un taxi.

—No encontraras uno a estas horas— murmuró Sasuke; la mandíbula tensa— ¿Al menos tienes forma de solicitar uno?, la recepción de este lugar es pésima.

Sakura frenó en seco. Se percató que Sasuke tenía el control absoluto de la situación. Le tomaría más de cuarenta minutos caminar a la única caseta telefónica disponible en la carretera y, probablemente, otros cuarenta, hasta conseguir que alguien acudiera por ella.

—Puedo caminar a la caseta telefónica— volvió la mirada hacia el frente, allá donde el oscuro sendero de tierra y grava se extendía por más de dos kilómetros.

—Vendrás conmigo, Sakura. Me importa un bledo que no desees tenerme cerca en este momento, pero no permitiré que deambules por la carretera tu sola, además, está a punto de nevar— su tono no admitía replica.

Resignada, dejó escapar un suspiro cargado de frustración. Por más que detestara admitirlo, Sasuke tenía razón. Sin más opción, dio media vuelta, pasó a lado de Sasuke y se detuvo cerca del automóvil.

El pelinegro presionó la alarma, desbloqueando los seguros. Tal como lo había hecho una hora atrás, se resguardo en la calidez que el interior le ofrecía. Tenía los dedos y el rostro entumecidos por el gélido aire y los dientes le castañeaban.

Tan pronto como subió el azabache, arrancó el motor. Se había cansado de ser indulgente con ella.

Durante el corto trayecto hacia la carretera, una tensa afonía recayó sobre ellos. Sakura se sentía exhausta, pero no físicamente, sino mental. Se cuestionaba como era que Sasuke lucia tan tranquilo después de lo acontecido, quizás era una forma de asimilar el suceso.

—Sasuke, yo…— comenzó hablar en voz baja, manteniendo la mirada fija en la ventanilla—.Realmente lo lamento. Yo solo no entiendo por qué no puedo amarte como tú quieres que lo haga.

Sasuke arrugó el entrecejo.

— ¿Estás enamorada de alguien más?— preguntó sin mirarla, aferrando las manos al volante.

La imagen de Itachi se le vino a la mente, y pronto, la mezcolanza de tristeza y enojo se convirtió en una sensación opresiva de culpa. Sasuke no merecía que continuaran manteniéndole descaradamente en la cara. Tarde o temprano, el azabache lo sabría todo.

—Si— confesó. Estaba temblando, las palabras salían balbuceantes de su boca. Vio pasar los bosques a toda velocidad en una ráfaga verde oscura.

— ¿Quién es?— quiso saber. Su voz sonaba inerte y apagada, como metal de desguace.

Un nuevo estremecimiento recorrió el cuerpo de la pelirosa. Flexionó el dedo para enroscarlos nuevamente en la tela de su abrigo.

—Sakura, ¿Quién es?— demandó el Uchiha, contemplándola por encima de su hombro.

—Itachi— susurró.

Los ojos del pelinegro se abrieron desmesuradamente. Parecía un niño, un niño furioso. Sin anunciarlo, frenó en seco, provocando que sus cuerpos se inclinaran hacia adelante y chocaran con el respaldo a causa del efecto látigo.

—Todo este tiempo…— balbuceó. La rabia se apoderaba de él con un estremecimiento.

—En verdad lo lamento, Sasuke. No pude evitarlo.

—Ustedes estuvieron mintiéndome en la cara— susurró entre dientes. Sus ojos negros brillaron como un par de estrellas en el firmamento. La tristeza se había transformado en furia.

Las lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas; disipó el rastro húmedo con el dorso de la mano.

Antes de que alguno de los dos pudiese hacer o responder algo, una luz cegadora se reflejó en los espejos del automóvil. Cuando el azabache intentó poner en marcha el coche, ya era demasiado tarde.

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Cruzó las puertas de la sala de emergencias, ignorando por completo las advertencias de Shisui.

Las piernas le trastabillaban tanto que estuvo a punto de derrumbarse y caer en el inmaculado pasillo de la recepción. Sin embargo, pese al ataque de ansiedad que amenazaba con disipar todo rastro de cordura en su interior, se las apañó para arribar a la sala de espera.

Sasuke estaba sentado en una de las sillas acojinadas predispuestas por toda la extensión del pabellón. Tenía una herida en la frente que ya había sido atendida, los algodones en su nariz estaban teñidos de sangre, al igual que el cuello de su camisa y el pantalón.

Sopesó si debía aproximarse a su hermano o no. Aun intentaba asimilar todo lo que había sucedido. No obstante, cualquier cosa que se hubiese propuesto decir se vio interrumpida cuando una enfermera abandonó el cuarto donde posiblemente se encontraría la pelirosa.

— ¿Cómo se encuentra?— preguntó, dirigiéndose a la pobre mujer que se limitaba a contemplarlo con los ojos bien abiertos.

—Uchiha-san— lo reconoció, atónita.

—La doctora Sakura Haruno— recitó nuevamente— ¿se encuentra ahí?

—Sí, tuvimos que administrarle un sedante, estaba muy inquieta— explicó la mujer con parsimonia, estrujando la tabla que contenía el informe médico de la pelirosa contra su pecho, ocultándolo de la mirada curiosa del azabache—. Recibió dos puntos a la altura de la ceja. Tiene múltiples golpes en el rostro, una luxación en el brazo derecho y otra en la pierna derecha.

— ¿Traumatismo craneoencefálico?— cuestionó. Era difícil mantener una postura profesional cuando se trataba de alguien cercano. El corazón le latía desbocado y no podía respirar.

—Ninguno— le aseguró la enfermera—. Después de la evaluación clínica completa, Hatake-sama solicito una Tomografía computarizada. La imagen no mostro nada fuera de lo normal.

Itachi dejó escapar un suspiro. Sacudió la cabeza y se talló el tabique de la nariz. Tenía un nudo en el estómago y otro en la garganta.

—Permanecerá en observación dos días, dentro de un par de horas será trasladada a una habitación— informó la mujer con una sonrisa ligera, tal vez cediendo al contemplar el estado de nerviosísimo del neurocirujano.

—Gracias, Juba-san— masculló Itachi.

La enfermera colocó una mano sobre su hombro y estrujo, intentando brindarle ánimos.

—Ella estará bien, Itachi-san— pronunció con dulzura antes de desviar su atención al molesto beeper que resonaba en el bolsillo de su traje quirúrgico.

Mantuvo la mirada atizada fija en la puerta cerrada. Si bien, jamás se consideró un hombre que rompiera las reglas, pensó que tal vez era momento de dejar atrás ese principio e ingresar a ver a la pelirosa, corroborar por su cuenta que se encontraba bien.

— ¿Qué demonios haces aquí?— preguntó Sasuke en tono mordaz, levantándose de su asiento.

Debido a la intensidad del momento, había olvidado por completo la presencia de Sasuke.

—Venga, Sasuke, tranquilo— dijo Shisui arribando a la sala. El ambiente era denso. La tensión se plantó entre ellos—. Te llevare a casa— se ofreció.

— ¿Acaso no escuchaste lo que pregunte?— siseó, malhumorado. Sasuke tensó el gesto y sus ojos se rasgaron de forma maquinal.

—Sasuke, tranquilízate— consiguió decir el mayor de los Uchiha. Tenía la impresión de que su hermano lo sabía todo, mas no tuvo el valor para cuestionárselo—. No hagas una escena.

—Volveré a cuestionarlo una vez más, ¿Por qué estás aquí?— el rencor en su mirada estaba dirigido específicamente a Itachi.

—Ya, Sasuke, para esta mierda, no es el lugar ni el momento— dijo Shisui, colocando una mano sobre su hombro, la cual, Sasuke apartó con desdén.

—Shisui tiene razón. Hablaremos de esto después.

Sasuke lo agarró del brazo y, en un parpadeó, lo tiró al suelo, asestándole un par de golpes en el rostro.

Shisui intentó detener la tormenta de patadas y puñetazos, pero era imposible.

El rostro comenzó a palpitarle por el dolor. Mientras la adrenalina recorría su sistema, se las apañó para apartar a su hermano menor con una patada, confiriéndole el tiempo necesario para ponerse de pie, tambaleante.

—No quiero lastimarte, Sasuke— vociferó, alzando las manos. Sabía que no lograría nada solicitándole que se detuviera. El aludido estaba cegado por una rabia bien justificada. El orgullo pesaba más que la razón.

Lejos de ceder, el menor de los Uchiha embistió una vez más, asestando dos golpes en el abdomen que dejaron a Itachi boqueando desesperado. En un acto casi reflejo, conectó un puñetazo al pómulo izquierdo de Sasuke y otro en el epigastrio, obligándolo a retroceder dos pasos.

—Sasuke— lo llamó Itachi, agitado. Un hilillo de sangre rodó por su mejilla izquierda. Atisbó sus nudillos abiertos y después contempló los ensangrentados del pelinegro.

—Eres un hijo de perra— gruñó entre dientes, preparándose para lanzarse al ataque una vez más.

Itachi espero a que llegara el golpe. Esquivarlo no serviría de mucho. Antes de que el puño conectara con su objetivo, la estruendosa voz de la directora y el apresurado paso de los guardias, resonaron en la habitación.

— ¡¿Pero qué rayos está pasando aquí?!— rugió, intercalando la mirada ambarina entre los rostros magullados de los hermanos Uchiha—.Han perdido toda decencia y recato, este sitio es un hospital, la gente intenta descansar. Los pacientes no desean contemplar a dos idiotas moliéndose a golpes.

—Tsunade-sama, yo…— masculló Itachi a secas. Estaba demasiado aturdido para formular una oración coherente.

La rubia alzó la mano en un gesto censurador.

—Lleven al chico de nuevo a la habitación para que atiendan sus heridas— ordenó a uno de los guardias. Sus ojos permanecían clavados en los de Itachi sin parpadear—.En cuanto a ti, Itachi, quiero verte en mi oficina, ¡Ahora mismo!

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Tsunade daba vueltas como oso enjaulado. Llevaba más de diez minutos caminando de un lado a otro, con el entrecejo fruncido y el labio inferior aprisionado entre sus dientes.

Itachi sentía el rostro entumecido por los golpes. Podía degustar el sabor metálico de la sangre diluirse en su saliva. Tenía una corte en la ceja y, probablemente, alguna fractura en la zona media de la cara. Las manos se le adormecieron a causa del dolor; los nudillos de la mano izquierda estaban abiertos, el líquido carmín alrededor de ellos comenzaba a secarse y adherirse a su piel nívea.

La directora le dedico una mirada enfurruñada, era la primera vez que la veía verdaderamente abatida. Se le hizo un nudo en el estómago, grasiento y temeroso. Estaba avergonzado, no solo por lo que acababa de acontecer, sino por todas las desgracias que venía arrastrando desde hacer algunos meses. La rubia soltó el aire una vez, con una prolongada y severa exhalación, apoyó las manos en las caderas, y lo contempló fijamente.

—No sé por dónde comenzar— admitió molesta, acentuando la ruga instalada entre sus cejas.

—Tampoco yo— dijo, encogiéndose de hombros.

—Guarda silencio, Uchiha, o juro que terminare el trabajo que tu hermano comenzó— advirtió, retomando la marcha.

Itachi acató el silencio. Su estómago estaba enroscado sobre sí mismo y notaba un dolor atroz en la mandíbula de tanto apretar los dientes.

Todo aquello tendría consecuencias. A pesar de todo, Sasuke era su hermano, habían crecido juntos y, aun cuando los diferencias de la adultez los separaron, Itachi nunca dejaría de contemplarlo como el niño pequeño que lo vislumbraba con admiración y respeto. No iba a culparlo, después de todo, su furia y animadversión estaban bien justificados. Antes de él, Sakura mantuvo una relación con Sasuke, mucho más serie y solo que la compartía con él. Tal vez sus sentimientos eran reales, y tan peligrosos que terminaron orillándolos hasta las vías del tren.

Tsunade lo miró, enfadada y sorprendida. Pasó una mano por su lacia melena, mordisqueándose la parte interior de la mejilla.

—Pensé que eras un hombre responsable— dijo al fin—. Cuando te elegí para convertirte en la cabeza del departamento de neurocirugía, estaba segura de que había hecho una buena elección. — se detuvo en medio de la estancia con los brazos cruzados a la altura del pecho—.Primero sucedió la demanda de la paciente, después, el embrollo de tu relación con Sakura y, por último, todo este maldito drama.

—Nunca fue mi intensión que las cosas terminaran de esta manera— replicó el interpelado, apartando la mirada atizada del suelo para vislumbrarla.

—Les advertí tanto a ti como a Sakura que fueran cuidadosos — recriminó, señalándolo acusatoriamente con el dedo índice. Restregó una mano contra su rostro cansado.

Itachi bajó la cabeza y miro hacia un lado, y luego hacia el otro, desgarrado por la rabia y la tristeza.

—No luzcas tan sorprendido, Uchiha. Sakura me lo contó todo, además, tus intensiones fueron más que obvias— Tsunade cerró los ojos con fuerza— ¿Qué demonios estabas pensado?

Claramente no estaba pensando en nada cuando todo eso comenzó. Toda su vida había actuado de manera correcta. Intentó ser un hombre ejemplar. Sin embargo, Sakura reanimó aquellas ganas de vivir como era debido, de amar como lo merecía, de disfrutar todo aquello que rechazó con tal de perseguir un viejo sueño.

De lo único que tenía certeza en ese momento era de sus sentimientos hacia la pelirosa y, a pesar de todo, sabía que era incorrecto. No solo porque la ética lo marcara, sino también por los preceptos de la moral.

—Esto definitivamente es una sentencia de muerte— susurró.

Durante un momento, la faz de Itachi mostró la expresión de un niño abrumado. Contempló a Tsunade con tristeza y anhelo a la vez. Apenas podía ponerse en pie de lo cansado que se encontraba.

—No debe preocuparse por eso, ya no seré un problema— masculló, alcanzando su abrigo del brazo del sillón.

—Dudo que eso sea remotamente posible— ironizo la rubia.

—Se lo aseguro— ratificó él, pasando el abrigo por encima de los hombros—.Renuncio.

Tsunade se echó atrás y reflexionó.

— ¿Qué estás diciendo?— indagó; los ojos abriéndose como platos por la impresión.

—Redactare mi carta y la hare llegar en un día o dos— prometió, sereno, dirigiendo su andar hacia la puerta.

—Uchiha Itachi— lo detuvo Tsunade—, si te atreves a dar un paso más, no volverás a poner un pie en este hospital jamás.

—Gracias por la advertencia— murmuró sin mirarla.

Entonces giró el pomo de la puerta y abandonó la oficina, dispuesto a vagar por el camino de la incertidumbre.

Continuara

N/A: ¿Recuerdan que les había mencionado que se prepararan para el drama?, bien, ajústense los cinturones porque vamos a subir una montaña rusa de emociones ;)

Respecto al capítulo, hay algunos puntos que me gustaría aclarar:

1.- Sobre lo acontecido en el apartado anterior, puede que parezca un tanto absurdo que se arme tanto revuelo con la relación entre Itachi y Sakura, pero recordemos que estamos hablando de la relación entre un superior y un subordinado, más allá del drama, quiero hacer énfasis en como esto puede tergiversarse hasta el punto de colocar eso por encima del trabajo y esfuerzo de una persona.

2.- Como también lo mencione, este intento de triángulo amoroso debía llegar a una conclusión. Sé que tal vez querrán matarme al leer esto, pero la escena era inevitable, y puesto que mi corazón siempre será SasuSaku, fue una de mis favoritas.

3.- Tanto Itachi como Sakura libran sus propios problemas e intentan afrontarlos de la mejor manera que pueden, aunque no sea la correcta. Creo que cada uno trabaja para ser mejor persona para poder estar juntos. Asi que no se desesperen, los siguientes capítulos pueden estar atestados de drama, pero le aseguro que hay un final feliz para todos.

Sin nada más que agregar. Les agradezco infinitamente el apoyo que me brindan. Espero que esta historia les ayude a matar el tiempo durante este aislamiento social (si es que continúan en aislamiento), no saben cuando me alegra contemplar la recepción de la historia y leer cada uno de sus reviews, ustedes me ayudan a mejorar. Asi que, no duden en expresar su opinión a cualquier creador de contenido, les aseguro que es reconfortante saber que hay alguien ahí afuera que disfruta de todo esto :D yo soy una de esas personas.

Espero regresar pronto con otra actualización.

¡Cuídense mucho! Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren.

¡Nos leemos pronto! Bye, bye :3