Capítulo 19

El bar más próximo al hospital era un establecimiento austero con techos de asfalto y decorado industrial.

Al cruzar las puertas, se percató que durante los últimos días estaba bebiendo demasiado, pero nunca al punto de emborracharse. Solo necesitaba tomar un trago. Si bien, durante sus treinta y seis años de vida jamás contempló al alcohol como un aliciente para el alma, en ese momento sentía que el licor era una lubricación, como una especie de capa protectora contra todos los pensamientos dañinos que fabrica la mente.

Tomó asiento cerca de la barra. La noche era fría y lo último que le apetecía era regresar a casa. Estrujó el puente de la nariz con dos dedos y dejó escapar un suspiro. Necesitaba tiempo para pesar y estar a solas.

—Bienvenido— recitó el cantinero detrás de la barra, contemplándolo con cautela. Sin recitar palabra, levantó la oscura mirada—.Tome esto, se ve que lo necesita— colocó un trago de Shōchu frente a él.

—Gracias— lejos de rebatir, bebió el licor de trigo de golpe.

El hombre le ofreció otro trago, y sin cuestionárselo, colocó la botella sobre la superficie de roble, dejándola a su merced.

Mientras tomaba pequeños sorbos de Shōchu y partía cacahuates, pensó en la última vez que pescó una borrachera. Debió ser en la universidad, tal vez en su último año. Tanto él como Shisui disfrutaban pasar noches en vela charlando, escuchando música y bebiendo licor barato, recluidos en el discreto apartamento de su mejor amigo.

Tomó el tercer chupito de un solo trago, estiro un poco los hombros agarrotados y restregó la mano contra su rostro entumecido. Comenzaba a sentir el dolor contenido en sus pómulos y la quijada. Su hermano pequeño se las había apañado para molerlo a golpes con la misma facilidad y habilidad de un boxeador profesional. Acarició la mandíbula y esbozó una sonrisa amarga.

Parecía que todo en su vida iba de mal en peor. En menos de veinticuatro horas, su suerte no hacía nada más que empeorar. En un abrir y cerrar de ojos, había pasado de llevar una vida discreta, medianamente normal, a convertirse en un neurocirujano sin escrúpulos, amante de residentes, el peor hermano del mundo y un desempleado.

Autómata, vertió otra generosa cantidad de alcohol en el pequeño recipiente de cristal y, tal como venía haciéndolo en los últimos minutos, lo engulló de golpe, cerrando los ojos al sentir el cálido paso del licor por su garganta.

En esos momentos, Sakura se encontraba en el hospital, su hermano menor lo detestaba, había perdido su trabajo y, posiblemente, también perdería la licencia médica.

¿Cómo era posible que todo se hubiese ido a la mierda en tan poco tiempo?

Optando por apegarse al plan de beber hasta recaer en un estado de inconciencia, suspiró profundo, aunando las fuerzas para rellenar su vaso. El dolor de cabeza partía desde su oído izquierdo, pasaba a través del cuello y bajaba por toda la columna vertebral. La herida sobre su ceja seguía sangrando, lo supo por las manchas rojas en el brazo de su camisa. Tenía el corazón demasiado arelado y no podía respirar. El pánico lo inundaba, embriagando cada uno de sus nervios.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos al percatarse de la presencia de alguien a su costado izquierdo.

—Una cerveza, por favor.

No logró identificar la voz hasta que situó la mirada azabache sobre aquel rostro pálido y demacrado. Un frio estrangulador, lo sacudió de pies a cabeza.

— ¿Nagato?— se hizo eco en él, sacando la voz a duras penas.

—Itachi, que agradable sorpresa— murmuró, dejando caer su cuerpo sobre el asiento libre—. Vaya, luces como una mierda, ¿Qué fue lo que sucedió?

El pelirrojo reparó en el aspecto desastroso de Itachi. Tenía un reguero de sangre fresca corriéndole por el extremo izquierdo del rostro; el rastro escarlata brotaba desde su ceja, descendía por su mejilla y desembocaba en su mandíbula, donde goteaba lentamente, manchándole la camisa. El pómulo enrojecido comenzaba a hincharse. Al echar un vistazo a sus nudillos, estaban al rojo vivo, abiertos y teñidos de sangre. Con aquel sencillo escrutinio, Nagato determino que Uchiha Itachi estaba, derruido.

—Su cerveza— anunció el cantinero.

—Gracias— bisbiseo el pelirrojo, oteando de soslayo al abstraído Itachi.

— ¿Puedo ofrecerle algo más?— cuestionó el hombre regordete, intercalando la mirada entre el pelinegro y el recién arribado.

—Un botiquín— dijo Nagato, hilvanando una sonrisa educada.

—Enseguida— musitó el hombre, dejando la toalla sobre la superficie de roble de la barra para desaparecer por una pequeña puerta junto al estante de las botellas.

— ¿Qué es lo que quieres, Nagato?— cuestionó Itachi al cabo de unos cuantos minutos de silencio, sin rastros de cortesía en su voz.

Cuando el mozo regresó, le entregó al pelirrojo una pequeña caja de metal blanca.

—Nada en específico— aclaró, rebuscando en el contenedor los instrumentos necesarios para tratar las heridas del pelinegro—.Solo fue una coincidencia que ambos nos encontráramos aquí. Ahora, voltea, necesito espacio para arreglar este desastre.

El neurocirujano hizo un ruido sordo con la nariz, similar a un bufido sarcástico, mientras giraba sobre su silla para encarar al pelirrojo.

Empapó una gasa en el alcohol y la restregó en la ceja, limpiando la sangre seca y toda la suciedad que pudiese contener.

—No puedo ver mucho con esta luz, pero por lo que alcanzó apreciar no necesitaras puntadas— explicó Nagato con calma, disponiendo la compresa ensangrentada sobre la barra.

—Supongo que corrí con suerte— espetó Itachi, bebiendo otro trago de Shōchu. Sus ojos fueron a parar en el pelirrojo, quien lucía demasiado concentrado en su labor.

—Escuche sobre el lio en el que estas metido— Nagato continuó, como si estuviese charlando del clima.

« ¿A qué problema se refiere?», pensó. Itachi bajó la mirada y se mordió la lengua para no desvelar información innecesaria.

—Las noticias se esparcen rápido— se limitó a responder.

—Asi es, en especial cuando se trata de la caída de un genio— dijo el pelirrojo, vendando con fuerza la mano derecha.

Itachi dejó escapar una risa amarga.

—No lo soy— masculló—. Además, todos cometemos errores.

—Por supuesto— concedió el otro médico. Resguardó la indumentaria en el botiquín y apiló la basura en una pequeña montaña, se aseguraría de deshacerse de ella más tarde—.Nunca mencione lo contrario.

Ambos recayeron en un profundo mutismo. Itachi comenzaba a sentirse aprensivo.

— ¿Cómo se encuentra Sakura?— preguntó Nagato, avizorándolo de soslayo.

El pelinegro giró la mirada hasta recaer en la superficie esmaltada de la mesa. Realizó un esfuerzo sobrehumano para no poner los ojos en blanco; por supuesto que Nagato estaría al tanto de la caótica situación, en especial si la pelirosa estaba involucrada.

—Estable— respondió con voz sibilante.

— ¿Cómo están sus manos?— indagó, dejando la botella sobre la mesa.

Los dos sabían a la perfección que si Sakura sufría un daño irreparable jamás regresaría a los quirófanos. Las manos eran la herramienta de trabajo más preciada para cualquier médico. Afortunadamente, la lesión en el brazo solo la mantendría alejada durante algunas semanas.

—Intactas— resopló, esperando transmitir un ínfimo atisbo de tranquilidad—. Nagato, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Claro, adelante.

Itachi intentó concentrarse, aunque eso supusiera realizar un esfuerzo casi sobrehumano.

— ¿Por qué estás tan interesado en Sakura?

Nagato apuro el resto de su cerveza de un trago y se limpió la boca.

—Solo para disipar tus dudas, mis intenciones son meramente laborales— empezó a explicar sin que tuviese que animarlo a hablar—.No pretendo ser el tercero en discordia, Itachi.

—Eso ya lo sé— profirió el azabache. La voz neutra no desvelaba ni la cuarta parte de su mal ánimo—, pero ¿Por qué insistes?

—Ambos sabemos que Sakura estará mejor bajo mi supervisión— explicó Nagato cruzándose de brazos—. Ella es como un diamante en bruto. Puedo ayudarla a sobreexplotar sus capacidades, no resultó tan mal contigo, ¿cierto?

El Uchiha arrugó el entrecejo pese al tormentoso dolor instalado en su frente. Conocía de primera mano las habilidades de Nagato, su pericia como médico sobrepasaba la media, convirtiéndolo en uno de los mejores dentro del ramo. No obstante, aquella actitud solo se mostraba cuando encontraba a un genio. Hace seis años había sido él y, ahora, se aproximaba a Sakura con el fin de monopolizarla, llenándole la cabeza con ideas extrañas, intentando persuadirla a que accediera formar parte de su equipo mientras le ofrecía oportunidades que nunca nadie le extendería.

—Veo que no has cambiado tus tácticas— espetó Itachi, modulando el tono de voz ennegrecido por la impotencia.

—Los viejos hábitos nunca mueren— se encogió de hombros—. Estoy a punto de retirarme, Itachi, asi que necesito un reemplazo. Te habría considerado a ti como la primera opción, pero encontré a alguien mejor.

—Asi que tu plan es que ella herede tu legado— conjeturó rápidamente. Aun cuando el alcohol deambulaba en su sistema, no se necesitaba ser un genio para comprender de lo que Nagato estaba hablando.

—Tan brillante como siempre, Uchiha— esbozó una sonrisa socarrona.

Un miedo paralizante lo mantuvo atado a la silla. La idea de perder a Sakura le aterraba.

—Me reuní con ella hace algunos días— confesó el Uzumaki—. Le extendí una oferta de trabajo.

— ¿Cuál fue su respuesta?— preguntó sin querer saberlo.

—Aún no ha tomado una decisión— miró a Itachi por un breve instante—. Cualquier cosa que estés realizando para retenerla está funcionando.

Fue en ese preciso instante que la revelación cayó sobre él como un balde de agua fría. Por más que intentase mantener a Sakura a su lado, tenía la impresión de que ella se marcharía. Debía imponer su buen juicio por encima de aquel enfermizo impulso egoísta. Cualquiera que fuese la decisión de la pelirosa la entendería, aun si eso implicaba alejarse.

El amor era una carga pesada, y él un simple cobarde.

Bebió el último trago de Shōchu y se levantó de la silla. Colocó una generosa cantidad de dinero encima de la barra y dirigió la mirada hacia su estoico acompañante.

—Buenas noches, Nagato— masculló cordialmente.

Sin ánimos de continuar con la charla, se dijo a si mismo que era apropiado considerar aquello como una noche. Deambuló tambaleante hasta la salida. Una brisa invernal lo recibió al plantar los pies en la acera. La temperatura había disminuido considerablemente en las últimas horas, pero eso no le importaba. Se detuvo a escuchar el paso de los automóviles mientras intentaba decidir a dónde acudir.

Recargó la espalda contra la pared de ladrillos del bar, cuando elevó la vista, se percató de que el cielo estaba completamente despejado.

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Pasaba del medio día cuando despertó. Estaba bañada en sudor, con las sabanas pegadas al cuerpo. Los dientes le castañeaban y el pulso le latía desbocado detrás de los oídos.

Sentía un dolor atroz cimentado en cada lóbulo de su cerebro; el latigazo descendió por su cuello hasta la columna vertebral. El monitor resonaba a su costado marcando el rápido palpitar de su corazón. Por el decorado y la indumentaria no le toó demasiado tiempo concluir que se encontraba en el hospital, no como una residente, sino como una paciente.

Atisbó el catéter clavado en su mano, adherido a ella por una serie de cintas quirúrgicas que se encargaban de mantener el dispositivo en su lugar. A través de su confusión, sabía exactamente que estaba ocurriendo; sus niveles de serotonina habían caído en pico a causa de los sedantes, hundiéndola en un pozo oscuro.

A medida que salía de los devastadores efectos de las drogas, las imágenes de lo acontecido la noche anterior se acumularon en su mente de forma violenta. Su corazón latía rápidamente y no podía respirar. Necesitaba ver como se encontraba Sasuke, ¿Itachi estaría al tanto de la situación? ¿Se habría metido en un lio? El pánico la invadió. Se dijo todo esto a si misma mientras enterraba la cabeza en la almohada y empezaba a sollozar. Había olvidado por completo la charla con Sasuke. Todo aquello tendría consecuencias. Lloró de forma purificadora hasta que la cara se le hubo hinchado como la de un borracho. Entonces el pomo de la puerta se movió. Trató de serenarse pasando una mano por sus mejillas.

—Oh, cariño, ¿Qué sucede?— preguntó la enfermera al ingresar a la habitación y contemplarla envuelta en llanto. Se apresuró hacia ella, depositando la bandeja con frascos de medicamentos sobre la mesita lateral de la cama.

Las manos comenzaron a sudarle y, también, empezó a hiperventilar.

—Tranquila, cielo, todo está bien— recitó la mujer con voz conciliadora. Acarició su cabello y después sus mejillas enrojecidas e hinchadas por el llanto—.Tuviste un accidente, pero no debes preocuparte, nada malo ocurrió.

Estaba demasiado débil y desesperada para conseguir calmarse. Se echó a llorar otra vez, sin poder parar.

— ¿Cómo se encuentra Sasuke?— consiguió preguntar con voz ronca y entrecortada.

La mujer inició su labor al ordenar algunas pastillas sobre la bandeja y preparar un vaso con agua. Sakura era incapaz de conocerla, pero tenía la impresión de que la había visto en el área de urgencias anteriormente.

— ¿Te refieres al apuesto chico de cabello negro?— preguntó, sonriendo a medias. Colocó tres píldoras en la palma de su mano—. Está bien, solo tiene nos cuantos rasguños.

La pelirosa tragó las pastillas; ayudó a pasarlas con un largo trago de agua. Su garganta estaba cerrada y ardía, asi que no fue sorpresa para ella cuando la tos se hizo presente.

— ¿Alguien pasó la noche conmigo?—dijo con voz soñolienta. Limpió la comisura de sus labios con el dorso de la mano. Aquel esfuerzo la había dejado mareada y más débil de lo que ya estaba.

—La doctora Haruno— respondió. Deambuló alrededor de ella, asegurándose de que todo estuviese bajo control. Era parte del protocolo del cuidado del paciente—. Mencionó que iría a la cafetería, no debe demorar en volver— Sakura intentó sonreír—.Nos mantuvo preocupados a todos, en especial a la jefa.

— ¿Tsunade-sama está aquí?— se apresuró a preguntar. Sintió como un sudor frio inundaba todo su cuerpo.

—No se ha marchado en ningún momento— respondió la mujer, por fin tomando asiento al borde de la camilla. Sakura agradeció aquel gesto en silencio. El ir y venir de la enfermera la mareaba—, sobre todo después del percance del doctor Uchiha y su hermano. En verdad siento envidia. Lo que yo daría porque dos hombres tan apuestos discutieran por mí.

Sakura palideció.

«Ustedes estuvieron mintiéndome todo este tiempo en la cara». Le dijo Sasuke antes de que aquel coche los impactara.

— ¿Qué fue lo que sucedió?— indagó. Tenía un mal presentimiento. Anoche, había desatado la furia de Sasuke al contarle lo de su relación con Itachi. Para ser sincera consigo misma, la reacción de su ex prometido no la tomó por sorpresa, sin embargo, sabía que a causa de ella la relación entre ambos hermanos estaba destrozada, sin reparo alguno.

—Se suscitó una pelea entre los dos en el pasillo— comenzó a relatarle en voz baja—.El doctor Uchiha arribó a la sala de emergencias como un huracán. En un parpadeo, ambos se encontraban en el suelo. Incluso la jefa tuvo que intervenir para separarlos.

Sintió la amargura agolparse en el fondo de su garganta, la opresión. Empezó a sollozar de nuevo. Tenía un nudo en el estómago y la cabeza le daba vueltas. Hundió el rostro entre sus manos, mortificada.

—Tan rápido como sucedió eso, la doctora Tenten y la doctora Yamanaka acudieron a visitarla. Todos estaban demasiado consternados.

Le dieron ganas de gritar de vergüenza. Parecía que en menos de veinticuatro horas, su vida se había transformado en una tragicomedia.

— ¿Y el doctor Uchiha? ¿Se encuentra aquí?— quiso saber, esperanzada. Necesitaba ver a Itachi, asegurarse de que estuviera bien.

La enfermera dejo escapar un largo y pausado suspiro, al mismo tiempo que la contemplaba con una mirada atestada de compasión.

—Se presentó hace tres días para conocer su estado. La jefa está demasiado molesta con él, asi que ordenó que no se le permitiera el ingreso.

Sakura movió la cabeza en un gesto de asentimiento.

—Entiendo— susurró.

Necesitaba salir de ahí.

Tras escuchar la puerta abrirse, en un acto reflejo, Sakura se removió en el colchón de la camilla, inquieta y clavó la mirada lemanita en su madre, sin estar contemplándola realmente; sus ojos esmeraldas perdidos en algún espacio o fragmento del universo.

— ¿Todo en orden?— preguntó la elegante dama a la vez que ingresaba en la habitación. Llevaba un hermoso arreglo de flores entre sus brazos.

—Asi es, doctora, no hay nada de qué preocuparse. Sus signos vitales se encuentran en los rangos normales— informó la enfermera, retomando la actitud estoica y profesional—.Probablemente salga del hospital mañana a primera hora.

—Es una buena señal— recitó Mebuki aliviada.

—Permítame ayudarle con eso.

Desde la comodidad de su cama, Sakura vislumbró con detenimiento la escena frente a ella. Intentaba imponer un orden en sus pensamientos, repasando uno a uno cada fragmento confuso de los recuerdos.

—Son hermosas, ¿no lo cree?— curioseó la enfermera, esta vez dirigiéndose a ella—. Tal vez esto logre animarla un poco.

Intentó sonreír, pero solo esbozó una mueca lastimera.

— ¿Viene con tarjeta?— procuró averiguar. Cualquiera que fuese cercano a ella estaría al tanto de su animadversión hacia las flores, incluido Sasuke, más no Itachi.

—Por supuesto.

La mujer le extendió un pequeño rectángulo de opalina. Contempló el timbrado de la florería y después el reverso:

«Sé que no es el mejor gesto de todos, pero espero que estas flores ayuden a levantarte el ánimo. Nos veremos pronto».

—Nagato— susurró decepcionada.

O no se percataron de sus lágrimas o hicieron caso omiso de ellas.

—Regresare dentro de unas horas— anunció la mujer con amabilidad—. El Dr. Hatake y el Dr. Shizune vendrán en cualquier momento.

Tanto ella como si madre se limitaron a asentir con un lento movimiento de cabeza.

Mebuki tomó asiento en la silla revestida de color olivo; un sonoro suspiro escapó de lo más profundo de sus pulmones.

Sakura la contempló por el rabillo del ojo, reparando en su aspecto elegante, pero fastidiado. Las bolsas bajo sus ojos delataban la falta de descanso; su piel había adquirido un matiz cetro y sus labios lucían resecos, confiriéndole un toque verdaderamente enfermizo.

— ¿Cuánto tiempo llevo aquí?— le preguntó, casi temiendo la respuesta.

—Dos días— contestó lacónicamente.

Los ojos le empezaron a escocer y se humedecieron. El efecto de los analgésicos se diluyó en su sistema, ocasionando que los músculos engarrotados se relajaran.

Ante la tempestuosa tormenta de recuerdos, volvió a recostarse en la cama. La pierna le dolía y sentía que su cabeza estaba a punto de explotar. Rememoraba poco o mucho de lo que había sucedido. Las imágenes eran difusas, difíciles de precisar. Solo sabía que en un momento enfrentaba la furia de Sasuke y al siguiente se encontraba bajo la incandescente luz blanca del hospital, recostada en una camilla.

Presionó con fuerza el puente de la nariz. Después del llanto, un entumecimiento emocional se había apoderado de ella.

Contempló la pared con mirada vacía. Lo único que deseaba hacer en ese momento era sumirse en otro profundo sueño, solo para despertar y percatarse que aquello se trataba de una pesadilla, pero no de la realidad.

—Coincidí con Uzumaki Nagato en el ascensor, se ofreció a acompañarme a la cafetería y charlamos un rato— comenzó, dando un sorbo a su vaso de café humeante—.Me contó lo de la propuesta de trabajo, creo que deberías considerar aceptarla.

Incapaz de contenerse, Sakura puso los ojos en blanco.

—Por supuesto iba a contártelo— protestó.

—Los planes de Nagato no son malos, sino todo lo contrario. Lo que ese hombre quiere es dejarte como la jefa de servicio y, eventualmente, como directora del hospital— dijo, lanzando un suspiro.

—Si ese fuese mi plan había abandonado el HGK desde hace mucho tiempo— dijo, lanzándole una mirada enfurruñada a su madre.

— ¿Qué demonios sucede contigo, Sakura?— exclamó, molesta— ¿Acaso esta testarudez se debe al Uchiha?

Su pecho efectuó un extraño movimiento de apnea. Las lágrimas comenzaron a resbalarle por las mejillas y, tan pronto como brotaron, las limpió con el dorso de la mano.

—No me mires de esa forma— dijo Mebuki, rayando en el borde de la originalidad. Rodó los ojos y desvió la mirada hacia otro punto, lejos de la faz de Sakura.

—Ya no tengo diez años, mamá. Soy una mujer adulta y puedo estar con quien yo desee— rebatió con un hilo de voz. Sentía como el nudo en su garganta se hacía más estrecho.

—Por supuesto que no— coincidió la mujer—, pero actúas como una adolescente insensata.

—No es insensatez, lo que siento por Itachi es real— respiraba entrecortadamente entre sollozos que arrancaban de lo más hondo de sus entrañas, obligándola a doblarse hacia delante—.Lo amo— admitió en voz alta.

Durante todos esos días, se había cuestionado a si misma cuales eran sus sentimientos hacia Itachi. Después de todo lo suscitado entre ellos en los últimos meses, desechó la idea de que se trataba de un simple enamoramiento y se atrevió a indagar. Al cabo de uno días de vacile, llego a una conclusión: Amaba a Uchiha Itachi, más de lo que podía soportar.

—Eres increíble, Sakura— rió su madre—.Lo mismo mencionaste cuando recrimine tu compromiso con Sasuke.

Sakura aferró los delgados dedos a las sabanas. Seguía llorando sin parar; ni siquiera se le ocurría que decir.

—Desde hace algunos días he pensado en el motivo por el cual decidiste tenerme y llegue a la conclusión de que lo hiciste porque tu propia existencia estaba arruinada— dijo entre dientes—.Asi que decidiste comenzar de nuevo, desde cero y por eso te embarazaste—reclamó.

Mebuki puso los ojos en blanco.

—No seas tan melodramática— se levantó de su asiento, ignorando por completo el destello de la mirada dolorosa que Sakura le dedicaba—.

—Es la verdad— espetó—.A duras penas conozco a mi padre, ¡dios!, ¿Tan siquiera sabias cuál era su apellido?

—Si hubiese tenido intenciones de quedarme con él lo habría hecho— se justificó Mebuki, avizorándola por encima del hombro—. No lo necesitaba, y lo único que precisé de él lo obtuve sin problemas.

—No sabes nada del amor o de sentimientos.

— ¿Y tú eres una experta?— dejó caer las manos al costado de su cuerpo, molesta—. Mira a donde te han llevado esos ideales tan banales.

Sakura se puso pálida y agrandó los ojos; el corazón golpeaba con fuerza su caja torácica. Inhaló aire, desesperada, tratando de acompasar la errática respiración.

—Sakura— la llamó su madre en tono apremiante. Lucía cansada, derruida. Cerró los ojos un instante y cuando los abrió, posó la mirada verdosa sobre ella—.Tal vez me odies en este momento, pero estoy segura que en un futuro me lo agradecerás— su voz sonó estrangulada—.Esto termina contigo envuelta en llanto, destrozada— simplificó Mebuki; las palabras brotaron lenta y amargamente de sus labios.

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Contempló -por tercera ocasión consecutiva- la pantalla de su celular. Abrió el buzón de llamadas y también el de mensajes, esperando encontrar una ínfima señal de vida de Itachi.

Mordió sus labios al percatarse que su última conversación fue dos días, para ser más precisa, una hora antes de que encontrara a Sasuke en el estacionamiento, aguardando por ella.

Exhaló con fuerza en un intento por contener las lágrimas. Tanteó justificar la ausencia del pelinegro con excusas absurdas que ni siquiera ella misma creía. Cualquiera que fuesen los motivos que Itachi tenía para ignorarla, sabía que algo malo estaba ocurriendo y eso no le agradaba.

Derrotada, colocó el teléfono móvil en la mesita lateral blanca, lejos de su vista. Lo último que necesitaba era pasar la noche en vela atormentándose con sus pensamientos.

El efecto calmante de los analgésicos comenzaba a diluirse, abriendo paso al dolor y la incomodidad. Su pierna estaba inmovilizada por una férula, al igual que su brazo, sentía un suplicio atroz atestado en la mandíbula y otro más en la cabeza. Detestaba el efecto secundario de los sedantes o cualquier droga. Suponía que los médicos que la atendieron habían acudido a ella para tranquilizarla, puesto que recordaba muy poco de los acontecimientos de esa noche.

Llevó una mano hasta su frente, al mismo tiempo que reculaba en el respaldo de la camilla. Si tenía suerte, abandonaría el hospital la mañana siguiente. Shizune argumentaba que quizás le vendría bien el descanso en casa, le serviría reposar y pasar un rato bajo las frazadas; se mordió la lengua cuanto trató rebatir, se sentía en perfecta condiciones, quizás un poco mareada por las píldoras y, tal vez, entumecida por los golpes, sin embargo, nunca fue de su agrado jugar a la enferma ni siquiera cuando era pequeña.

Débil, tanteó la superficie del buró en busca de su celular; llamó a Itachi, esperando que respondiera. Al otro lado de la línea resonaron los toques de espera y después un silencio abrumador. El azabache había rechazado todas y cada una de sus llamadas, al igual que Sasuke, era como si ambos hermanos Uchiha hubiesen llegado a un acuerdo por primera vez en su vida y decidieran atormentarla.

Sonrió con amargura al percatarse de que ambos no solo compartían un parecido físico, sino también emocional. Era como si Sasuke hubiese heredado de Itachi la manía de enfrentar los problemas ignorándolos.

Restregó una mano contra su rostro; un sonido extraño brotó de lo más profundo de su garganta, como un gruñido gutural y animal.

Contempló la pared con la mirada vacía mientras alguien al otro lado de la habitación abría la puerta. Como un acto reflejo, dirigió la mirada apagada hacia el sitio donde ingresaba la luz, atisbando el rostro sonriente de Tenten y detrás de ella, la mueca abstraída de Ino Yamanaka.

— ¿Llegamos tarde?— preguntó la castaña, situándose bajo el umbral de la puerta. Iba ataviada con un traje de cirugía gris, por lo cual, deducía que se encontraba de guardia.

Ella negó con la cabeza y dijo:

—Por supuesto que no, adelante.

Las dos jóvenes se precipitaron al interior de la estancia.

—Conseguí algo de comida decente para ti— dijo Tenten con algarabía. Tomó del costado de la mesa de noche una bandeja de plástico, extendió las patas y se aseguró de situarla en el lugar apropiado para la comodidad de Sakura—.Contemplé el menú de hoy y pensé que tal vez te agradaría comer algo con sabor.

Frente a ella apareció una generosa ración de Ramen. Sus papilas gustativas reaccionaron tan pronto como el aroma especiado del caldo pasó por sus fosas nasales.

—No quiero preguntar pero, ¿Qué fue lo que hiciste para persuadir a la jefa?— cuestionó. Asió los palillos y enredó los fideos, llevándolos hasta su boca.

—Ya sabes, solo lo habitual— respondió, guiñándole el ojo.

La rubia dejo caer grácilmente su cuerpo al borde de la camilla, precisamente en el espacio libre a los costados del cuerpo de la pelirosa.

Durante los últimos minutos, Ino se había limitado a permanecer como espectadora. Sakura vislumbró la tristeza trazada en sus lindas facciones; su mirada lucia apagada, tan opaca como el cemento.

— ¿Cómo te encuentras?— le preguntó, tímida.

— ¿Honestamente?— Sakura enarcó una delgada ceja rosada—, como una mierda. Mataría por tener otra dosis de morfina.

Las chicas rieron ante la sagacidad de su comentario, sin embargo, la pelirosa se encontraba absorta en una especie de entumecimiento emocional.

Cuando el rumor de la algarabía fue secundando por incipiente, mas no incomodo silencio, Ino carraspeó para aclararse la garganta.

—Sakura, escucha— dijo preocupada, incorporándose en el asiento, como si estuviese a punto de hablar de un problema que exigiera solución inmediata—. Realmente lo siento, actué como una completa idiota hace una semana.

La pelirosa miró un instante a Tenten. Era la única persona en la habitación que podría brindarle el apoyo que tanto necesitaba. La castaña asintió con la cabeza, animándola a proseguir.

Colocó los palillos sobre la bandeja. Lo cierto era que, durante esos últimos días, jamás se había sentido tan perdida y sola en su vida. Tenía la certeza de que si hubiese sido más sincera con ellas desde el comienzo, tanto Ino como Tenten la habrían apoyado sin rechistar. Había sido insta al ocultarles lo de su relación con Itachi.

—Debí ser más honesta con ustedes— respondió, encogiéndose de hombros; la mirada esmeralda saltando de un rostro a otro—.Pero no dependía completamente de mí.

— ¿Me odias?— cuestionó Ino con la voz entrecortada y los ojos vidriosos por la bruma del llanto.

— ¿Qué?, claro que no, cerda— recitó, esperando transmitirle tranquilidad.

Instintivamente, presa del arrebato de emociones, la rubia se abalanzó hacia ella, envolviéndola en un fuerte y cálido abrazo. Ocultó el rostro sobre su hombro mientras sollozaba.

—Me alegra saber que ambas se encuentran en buenos términos otra vez— dijo la castaña, esbozando una sonrisa.

Sakura pasó una mano por la melena blonda de su amiga. Su corazón dio un vuelco al percatarse de lo afortunada que era. Se permitió ahondar en los recuerdos, cuando las tres eran unas temerosas universitarias ingresando a la facultad de medicina; la efigie del momento estaba fresca y tenía la certeza de que nunca se desvanecería de su memoria. Habían recorrido un largo trayecto, festejaron los triunfos, lloraron las derrotas, rieron de los infortunios y siempre estuvieron ahí, dispuestas ayudarse una a la otra.

Pasaron la siguiente hora transitando por el camino de la remembranza. Evocando con nostalgia los eventos que marcaron sus vidas de manera significativa.

—Le conté a Sasuke lo de mi relación con Itachi— confesó, atrayendo hacia ella dos pares de miradas inquisitivas, preparadas para escuchar el resto de la historia.

—Sonara como una pregunta idiota, pero ¿Cómo lo tomo? — cuestionó Tenten cruzándose de brazos.

La pelirosa dejó escapar un suspiro y atisbó sus manos tan blancas como la nieve que recubría las calles y los techos de los edificios al exterior.

—Nada bien— dijo—. No puedo culparlo.

—Ya se le pasara— contestó Ino.

Sakura negó con la cabeza.

—Conozco a Sasuke-kun a la perfección. Es demasiado orgulloso, eso ha sido un golpe para su ego— Sakura frunció el ceño, se removió en el colchón, inquieta. Las férulas la estaban matando—.Siempre ha existido una especie de rivalidad entre los dos.

— ¿Por qué los Uchiha son tan complicados?— dijo Tenten con un suspiro.

—Cuando se tata de Sasuke siempre es complicado— coincidió la rubia.

—Me sabe mal toda esta situación— admitió Sakura—.A pesar de como acabó nuestra relación, Sasuke fue un amigo y confidente, no era mi intención que todo esto sucediera— realizó una pausa para imponer un orden a sus pensamientos— ¿Me perdonará algún día?

Ino dejó caer una mano sobre su muslo.

—Con el tiempo— espetó diplomáticamente.

—Tal vez— suspiró Sakura. Empezaba a sentirse agotada, pero no quería finalizar la conversación.

La visita de sus amigas era una cálida distracción.

Mientras degustaban los restos de la cena, Tenten habló de su relación con Neji, ambos habían formalizado su noviazgo, convirtiendo al Hyuga en el primer hombre que cumplía las expectativas de la castaña. En cuanto a Ino; ella y Shisui proseguían con las citas, siempre a paso lento, nada apresurado. La rubia decía que su nueva conquista debía ser el Uchiha más despreocupado y menos problemático de la familia.

Sin embargo, en medio de toda esa felicidad, Sakura permaneció unos instantes en silencio y luego rompió a llorar; su cuerpo sacudido por espasmos. Tenten dejó su propio platillo, se acercó a ella y le acaricio la espalda. En cuanto la castaña rodeó sus hombros con un brazo, Sakura hundió el rostro contra su pecho como si fuera una niña pequeña.

—Sakura, ¿Qué sucede?— cuestionó Ino consternada.

—Itachi…— logró balbucear entre los desesperados sollozos.

— ¿Has hablado con él?— susurró Tenten como si se le hubiese ocurrido de repente.

—N-no— negó con la cabeza, abandonando el refugio que los brazos de la castaña le brindaban—.No contesta mis llamadas y tampoco los mensajes.

Sakura enmudeció y clavó la vista en la punta de sus pies. Temía que algo terrible hubiese pasado. El corazón le golpeo las costillas de manera dolorosa, obligándola a inclinarse hacia el frente. Estaba preocupada por Itachi; a causa de ella, lo arrastro hacia un agujero negro atestado de problemas.

—Sakura— la llamó Ino con tono conciliador.

— ¿Qué es lo que pasa?

En ese momento sus amigas intercambiaron miradas, avivando el mal presentimiento instalado en su pecho.

—Ino, Tenten — vociferó impresionante; la primera parpadeó aturdida y la segunda dio un respingo asustado—.Díganlo ahora.

—Itachi renunció— soltó la castaña a barrajo.

Sakura abrió los ojos como platos. Su corazón latía desbocado y no podía respirar. Necesitaba ver a Itachi, puesto que una sensación opresiva en su pecho le decía que algo terrible estaba a punto de suceder.

—Lo hizo después de la pelea con Sasuke— agregó Ino—.Presentó su renuncia la tarde de ayer.

Anonadada, permaneció ensilveció. Contempló a sus amigas como si estuvieran hablando con una niña trastornada.

—Sakura, ¿te encuentras bien?

—Sí, yo solo, creo que…necesito un momento— murmuró, antes de desplomarse en la camilla.

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Mantuvo los orbes ónix anclados en el techo. La habitación estaba bañada de luz que provenía de la ventana más amplia.

Dio la vuelta encarando la pared. Se sentía muy cansado para salir de la cama, los últimos días solo logró dormir más de tres horas por noche. Atisbó el reloj sobre la mesita lateral; eran las 9:45 am, lo que significaba que había reposado los menos cuatro horas y media.

Exhaló con fuerza. Se deslizó fuera del edredón y caminó hasta la ventana que daba a la calle. Apoyó la mano en el cristal. Estaba frio en contraste al clima cálido de la habitación.

Mientras contempla con detenimiento el transitar de las personas por las baquetas cubiertas de nieve, deseó regresar el tiempo. Quizás seis o siete meses. Debió ser más inteligente. Nuca debió corresponder los avances de Sakura. Actuó de manera imprudente y estaba pagando las consecuencias.

Volvió la vista a la cama donde hace algunas semanas la pelirosa yacía desnuda, con una bonita sonrisa estirándole las mejillas y un brillo sugestivo en sus fanales esmeraldas. Nunca debió arrastrarla a ese pozo negro de sentimientos.

Su fantasía desapareció tras una bruma de cruenta realidad al escuchar el desesperado llamado a la puerta. Se colocó unos pantalones de franela y salió de la alcoba.

Era jueves por la mañana. Los copos de nieve caían al exterior, cubriendo el asfalto y los techos de las casas y los edificios con una película blanca. Al dirigirse a la cocina, tropezó con una botella de sake vacía, mas no le prestó atención. En su lugar, realizó una nota mental sobre la importancia del orden y la limpieza, prometiendo encargarse de ese asunto más tarde.

Cuando abrió la puerta, se topó con los brillantes ojos verdes que tanto anhelaba vislumbrar. Una delgada herida germinaba desde su ceja y desembocaba por encima del párpado; la zona lucía hinchada y rojiza, al igual que los rasguños en la mejilla izquierda.

Sakura no parecía tan sorprendida al verlo en nada más que la parte inferior del pijama, el pelo revuelto y el torso descubierto. Sin embargo, para Itachi contemplarla era más doloroso de lo que había imaginado.

— ¿Quieres entrar?— preguntó, pasando una mano por su rostro adormilado. Posiblemente olía a sueño y su cabello estaba revuelto.

—Claro— masculló.

Se hizo a un lado para permitirle el paso. El piso estaba en completo desorden, lo cual la sorprendió. Pantalones tirados por encima de las sillas, paginas arrancadas de alguien directorio desperdigadas por el suelo, una papelera al punto de rebosar, botellas vacías y medio vacías de licor por los pasillos.

— ¿Cuándo saliste del hospital?— cuestionó. Cerró la puerta tras de sí.

La pelirosa detuvo los pasos renqueantes en medio de la sala. Sus fanales esmeraldas deambularon por toda la estancia, apreciando con detenimiento el caos que gobernaba en su antes impoluta morada.

—Ayer a primera hora— dijo Sakura, posando la mirada inquisitiva sobre la faz magullada del azabache.

— ¿Cómo te sientes?— carraspeó un poco para disipar el tono gutural instalado en sus cuerdas vocales.

Itachi tenía la boca seca y hundida. La cabeza le estallaba de dolor. Sabía que Sakura estaba molesta, lo dedujo por el rictus de tensión en sus labios.

—Bien— resopló—, pero no he venido hasta aquí para hablar sobre mí.

El corazón le golpeó las costillas al escuchar las palabras de la pelirosa. Se sentía como un cobarde. Durante los últimos días había evitado encarar el problema.

— ¿Por qué?— cuestionó al cabo de unos segundos. Realizaba un esfuerzo sobrehumano para mantener la frustración y el dolor alejados de su linda faz. Tenía Una mirada ansiosa y seria.

No necesitaba divagar demasiado para dar con el problema de origen que avivaba la furia de Sakura. Todos a su alrededor solían alabar su buen sentido de la percepción, no obstante, por alguna extraña razón, se sentía completamente perdido.

—No tiene sentido continuar asi— respondió Itachi con entonación cetrina.

Sakura sacudió la cabeza para desechar, a su parecer, los irracionales argumentos del pelinegro.

—Dios, Itachi, por favor dime que no hablas en serio. — Sus ojos parecían vidriosos.

El aludido boicoteó su mirada. Estaba conmocionado por los acontecimientos de los últimos días. Apreció como el pecho de Sakura subía y bajaba a un ritmo acelerado. Procuró labrar una respuesta rápida y coherente, pero se dio por vencido cuando el incipiente dolor en el lóbulo frontal lo obligó a parar.

—Supe lo de tu renuncia— murmuró, encogiéndose de hombros—, ¿fue por…?

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

—No tuvo nada que ver contigo— rebatió mordazmente.

— ¿Por qué lo hiciste?— quiso saber; su voz desvelaba una nota de manifiesto desespero.

El pelinegro dejo escapar un pausado suspiro. Había imaginado que ese encuentro se llevaría a cabo de forma completamente distinta. En su mente, rodeaba el cuerpo de Sakura con ambos brazos, apegándola a él, demostrándole que jamás la dejaría marchar. Susurraba en su oído disculpas sinceras, mientras ella temblaba y le recitaba que todo estaría bien, aun cuando fuese la más dulce y cruel de las mentiras.

—Arruine mi carrera— dijo Itachi con frialdad mientras tomaba asiento en el amplio sillón—, ¿Qué caso tenia esperar?

—Eso no es cierto— insistió ella, situándose dentro de su campo de visión—.Todo se solucionara— intentó consolarle.

El Uchiha elevó la mirada, apreciando con detenimiento el rostro hinchado y enrojecido de Sakura. Sus ojos tintineaban atormentados por el desconcierto. Pudo ver a través de ellos la desesperación.

— ¿Es mi culpa?— se atrevió a cuestionar Sakura al no obtener una respuesta por parte de Itachi.

Él negó con vehemencia.

—No— los ojos se le llenaron de lágrimas calientes, en parte por el temor, medio por otra emoción que no podía precisar—, al menos no de esto.

Era un acto cruel y cobarde de su parte alejar a Sakura de esa manera. La quería y deseaba estar con ella. Esas últimas semanas habían sido como un ápice de brisa fresca, nunca había experimentado algo similar, tan fuerte y puro, inocente y carnal, una mezcla de extremos que lo orillaba a divagar por el borde de la locura. Jamás se sintió tan feliz.

No obstante, sabía que si no la apartaba en ese momento, terminaría por hundirla y destrozar su vida, asi como lo hizo con Izumi, asi como lo hizo con su propia existencia. Sakura merecía ser feliz a lado de otra persona, tal vez de Sasuke, recordaba que en las fotos que su hermano mantenía en la oficina ella lucia genuinamente contenta.

—No puedes vivir asi— espetó casi en un alarido.

—En mi experiencia, cuando alguien me da un consejo, suele hablar de sí mismo— siseó; su tono tan afilado como la hoja de un cuchillo que cortaba con desprecio cada silaba pronunciada.

Abandonó su asiento y se dirigió a la cocina. Precisaba de una buena dosis de cafeína y analgésicos.

Sakura lo siguió de cerca con evidente dificultad, la férula en su pierna le impedía desplazarse libremente, tornando sus movimientos en torpes y hoscos, nada comparados con la gracia con la cual se desplazaba habitualmente.

—Por favor, Itachi— rogó desesperada.

Su cuerpo se estremeció en varias y pequeñas sacudidas al tiempo que su voz se diluía en un estrangulado silencio.

—Sakura— suspiró—.Mereces estar con alguien que te haga verdaderamente feliz…alguien que no te complique la existencia ni te haga sufrir.

— ¿De que estas hablando?

Estrujó los puños a los costados de su cuerpo. No tenía el valor para mirarla. Temía que cuando la contemplara lo primero que atisbaría fuera su rostro envuelto en lágrimas, un llanto ocasionado por sus acciones y palabras.

—No quiero que desarraigues tu vida esperando algo de mí— concluyó. Tragó grueso. Su garganta estaba apretada y terriblemente rasposa.

Intempestivamente, Sakura caminó torpemente por la cocina hasta situarse frente a él. Acunó el rostro de Itachi entre sus manos gélidas y trémulas, obligándolo a mantener la mirada fija en ella, quizá para detectar con mayor facilidad si lo que recitaba tan tajantemente era verdad.

—Este asustado— dijo. Sus ojos brillaban detrás de una bruma de incipientes lágrimas. Tenía la punta de la nariz enrojecida y los labios resecos.

—No funcionamos juntos— respondió con clama. Aquella tonta excusa era en vano porque ella nunca la creería.

—Ni siquiera nos hemos dado la oportunidad de intentarlo— espetó aturdida—.Solo quieres alejarme porque estas asustado.

Itachi guardó silencio por un momento, pensando cuidadosamente antes de responder. Podía sentir el corazón palpitándole en las sienes.

—Nadie va a quererte tanto como yo lo hago— procuró contener las lágrimas.

Delicadamente, el pelinegro rodeó el antebrazo de Sakura, apartando la mano de su rostro. Un tormentoso silencio se instaló entre los dos por un minuto o dos.

Las lágrimas resbalaban por sus mejillas en imponentes goterones. Su cuerpo era sacudido por ligeros espasmos al mismo tiempo que la respiración se le entrecortaba a causa del llanto.

Él era el culpable de su sufrimiento y lo detestaba.

— ¿Me amabas?— preguntó Sakura con voz temblorosa, demasiado insegura para saber la respuesta.

Colocó una mano sobre su cintura y la estrechó contra su cuerpo. Su cabello y la solapa de su abrigo olían a invierno. La amaba con tal intensidad, la quería ahora misma. Sin embargo, si cedía, temía no poder perdonárselo nunca.

Con pesar, depositó un beso sobre la coronilla de Sakura y se apartó.

—No, Sakura, hoy no— respondió.

Anonadada por la pragmática confesión de Itachi, Sakura permaneció de pie durante un par de segundos y después dirigió su andar hacia la puerta. Bajo el umbral, se detuvo y se volvió.

—Te hubiera amado por siempre— dijo temblando de ira.

Antes de que pudiese detenerla, la puerta principal se cerró de un portazo.

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Sakura contemplaba el techo abovedado del lobby del hotel, sopesando si debía proseguir con su andar o dar media vuelta y marcharse. Estaba en medio de la lujosa estancia, preguntándose como su vida había llegado a eso.

Tomar una decisión, cuando la bruma de emociones y sentimientos le nublaban en juicio, era un acto verdaderamente osado. Cualquiera en sus cinco sentidos la persuadiría a pensar las cosas detenidamente, analizar los pros y contras de la situación para, eventualmente, llegar a una conclusión meticulosamente analizada.

No obstante, Sakura sabía que no era como las demás personas. Si no actuaba en ese momento jamás lo haría.

Nunca se consideró a si misma una mujer devota de la religión, aprendió a contemplar todo desde un punto de vista estoico, alejado de la fe y todo lo que le rodeaba. Sin embargo, luego de su fortuito encuentro con Itachi, consideró aquel evento desafortunado una señal divina, el ínfimo atisbo que precisaba para aclarar sus ideas y encausar su camino en otra dirección.

La pelirosa respiró hondo, aun temblorosa. Se deslizó por el amplio pasillo recubierto por una pesada y descolorida alfombra azul hasta llegar a la recepción. La chica detrás del mostrador parpadeó aturdida, pero su expresión confundida pronto se convirtió en un gesto cálido, decorado con una ínfima sonrisa.

—Buenas noches, bienvenida al Hotel Asagao— saludó cortésmente—, ¿puedo ayudarle en algo?

Sakura tragó grueso.

—Sí, estoy buscando al señor Uzumaki Nagato, se hospeda en la habitación 2011— moduló, apoyó las manos en el cristal y se inclinó hacia el frente; la superficie estaba fría.

—Un segundo— solicitó la joven, llevando el auricular del teléfono hasta su oreja, procurando localizar al individuo en cuestión.

La pelirosa mordió su labio inferior. Su corazón martilleaba como un tambor de guerra; los latidos zumbaban detrás de sus orejas, como si estuviese en una pérfida pesadilla. El dolor comenzaba a instalarse en las partes degastadas y magulladas. Un latigazo de suplicio recorría su muslo hasta la cadera al mover la pierna y tenía entumecido el brazo derecho hasta la espalda. Se había rehusado a tomar un analgésico porque era muy sensible a ellos, pero aquello era más fuerte de lo soportable.

— ¿Cuál es su nombre?— preguntó la mujer; con una mano cubría la bocina del teléfono mientras le dedicaba una mirada expectante.

—Haruno Sakura— informó sin meditar.

—Uzumaki-sama está aguardando por usted. Se encuentra hospedado en suite Palm Court, último piso— dijo la chica, señalando con el dedo índice la hilera de elevadores que subía y bajaba.

—Gracias— dijo Sakura, preparándose mientras caminaba hacia el ascensor.

Tan pronto como las puertas de la pequeña caja metálica se abrieron de par en par, Sakura se precipitó al interior, dejando escapar un largo suspiro. Presionó el brillante botón dorado y recargó la espalda contra el recubrimiento de las paredes.

Trataba de encontrar la mejor manera de resolver todo ese embrollo. Dentro de par de semanas habría finalizado la residencia. Podría mudarse a Amegakure, trabajaría en el hospital bajo la tutela de Nagato y empezaría de nuevo con su reputación intacta. Sería una jugada estratégica. De todas formas, ¿Cómo iba a quedarse en un hospital donde los demás trabajadores la detestaban? Todo se había vuelto demasiado complicado. Probablemente la gente pensaba que ella había arruinado el matrimonio de Itachi y su carrera. Ya única solución era irse. Era lo único que había que hacer. Lo mejor para ambos.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando las puertas del ascensor se abrieron en el décimo piso. Una pareja joven y atractiva aguardaba en el umbral. La chica sonreía de oreja a oreja, llevaba un llamativo diamante en el dedo anular e iba ataviada con un ajustado vestido rojo que combinaba con el color de su labial. Paseó la aciaga mirada por el pequeño espacio, deteniéndose en Sakura para analizar con una mueca de notoria desaprobación su aspecto.

Aquel gestó la obligó a contemplarse en el reflejo del espejo. Contuvo un grito de horror al percatarse que lucía verdaderamente indispuesta. Llevaba un holgado suéter tejido tinto, un pantalón deportivo y un enorme abrigo de lana oscuro sobre los hombros. Concluyó que se veía derruida. Tenía una palidez mortal en la cara y dos círculos violetas bajo los ojos.

—Señorita— la llamó el hombre ataviado en un exquisito traje confeccionado a la medida— ¿Subiendo o bajando?

—Subiendo— respondió a secas.

Quizá había sido inevitable que su estancia en el Hospital de Konohagakure acabara tan fatalmente. Las genuinas e ignominiosas razones para acudir a ese lugar eran tan peculiares, confusas y del todo extrañas que ni siquiera podía permitirse expresarlas como era debido. Aquella mañana había abandonado el apartamento con la barata excusa de que acudiría a visitar a su madre, pero la realidad era distinta.

Cuando desembarcó en el último piso, Sakura analizó con detenimiento las placas doradas dispuestas por encima del marco de las puertas. Una vez ubicó la suite del pelirrojo, tomó una bocanada de aire y golpeó la superficie con los nudillos, aguardando pacientemente.

Al cabo de unos segundos, Nagato apareció. Se contemplaron de hito en hito sin recitar una palabra, permitiendo que el silencio se instalara. Sakura se sonrojó al sentir la venturosa mirada del pelirrojo contemplarla de pies a cabeza, quizá tomando nota de su devastado cariz.

—Sakura, que sorpresa— dijo, haciéndose a un lado para permitirle el ingreso a la cálida suite— ¿Cómo te encuentras?

La pelirosa permaneció de pie en medio de la enorme y ostentosa geografía de la habitación, sin saber muy bien que hacer o decir.

—Estoy bien— le aseguró.

Siguió con la mirada los movimientos del Uzumaki. Le parecía extraño atisbarlo desenvolverse con soltura entre esas amplias paredes, siempre irradiaba un aura de seguridad.

— ¿Quieres un trago?— cuestionó. En la mano derecha llevaba una botella a medio llenar de Bourbon.

—No, gracias— respondió diplomáticamente. Sentía el intestino enroscado sobre sí mismo.

—Espero que el arreglo de flores haya sido de tu agrado.

Sakura se hundió en la silla, tratando de recomponerse después de sufrir un colapso nervioso en el ascensor. Estaba tan confundida, que ni siquiera sabía por dónde empezar.

—Fue un lindo detalle.

—No sabía cuáles eran tus preferidas, asi que me tome la libertad de elegir algunas de mis favoritas— explicó con voz suave.

Sakura no respondió. Detestaba las flores en todas y cada una de sus variantes.

— ¿A que debo el honor de tu visita?— preguntó el pelirrojo, propinándole un pequeño sorbo a su trago—. Si deseabas hablar conmigo habría acudido a tu apartamento o el hospital.

Nagato la contempló de reojo y Sakura notó como se le desbocaba el corazón, como si sintiera un miedo terrible.

—Solo quería hablar contigo— dejó escapar un profundo suspiro.

— ¿Pensaste en la propuesta?

Ella asintió con un vehemente movimiento de cabeza.

— ¿Y bien?— los orbes de Nagato resplandecían como dos faros en la oscuridad.

La pelirosa levantó la barbilla. Necesitaba tragar saliva pero no quería que el la viera hacerlo nerviosa.

Tomó una respiración profunda y ser armó de valor, era el momento de ser completamente transparente con el pelirrojo.

—Iré contigo a Amegakure— declaró, intentando lucir tan calmada como le era posible.

El hombre esbozó una sonrisa media, triunfal.

—No vas a arrepentirte de esta decisión— le aseguró—.Te lo mereces, Sakura, y yo te necesito. Lo que te espera no será ninguna broma.

La pelirosa se sorprendió a si misma diciendo:

—Estoy segura de eso, Nagato.

Continuara

N/A: Me tomó casi dos semanas finalizar este capítulo pero aquí esta, recién horneado y servido para ustedes :D

Con dos capítulos restantes, estamos a punto de cerrar el caótico arco de estos personajes. Aún queda descubrir que es lo que pasara con Itachi y lo que le espera a Sakura en Amegakure, todo esto es una montaña rusa de emociones donde predomina el drama.

Estaba revisando los capítulos anteriores y descubrí algunas faltas de ortografía garrafales, asi que estoy corrigiendo estas fallas para hacer la lectura amena. Les pido una enorme disculpa por esto, a veces suelo omitir (no intencionalmente) estos errores y me percató de ellos hasta la segunda o tercera revisión.

Como siempre, mil gracias por su apoyo y sus lindos comentarios 3 espero no decepcionarlas con el rumbo de la historia, sin ustedes no habría llegado hasta acá.

Por el momento esto es todo, ojala el capítulo haya sido de su agrado, no duden en dejarme un comentario, estoy atenta a todas y cada una de sus opiniones y sugerencias.

¡Cuídense mucho! ¡Les mando un fuerte abrazo!

Nos leemos pronto, ¡Bye! :D

Shekb ma Shieraki anni