Capítulo 20
Con los dedos entumecidos y temblorosos por el frío, rodeó la copa de vino a medio llenar. Sin pensarlo, la llevó hasta sus labios para proporcionarle un largo y elegante trago, bebiendo el contenido de golpe. El sabor dejó una agradable sensación en su boca.
Echó un vistazo al sitio donde reposaba su querida mentora y la estudió con atención; tenía el entrecejo sutilmente fruncido y los labios tensos. Percibió en el rostro de Tsunade la misma expresión que había puesto cuando le dijo que iba a casarse con Sasuke.
La rubia se recostó en el sofá y frunció los labios. El silencio sepulcral se había instalado entre ellas desde hace más de diez minutos, tornando el ambiente tan tenso que el aire podía cortarse con unas tijeras.
— ¿Estas segura de tu decisión?— le preguntó sin mirarla.
Sakura sabía que todo era sumamente precipitado, sus decisiones, la manera de actuar, cualquiera diría que estaba haciendo eso para alejarse, huir de sus problemas. No obstante, en el fondo yacía una motivación que ni siquiera ella misma estaba dispuesta a vociferar en voz alta.
—Lo estoy— se mostró de acuerdo. Colocó la taza sobre la mesa y reclinó su cuerpo en el brazo del sillón donde reposaba una manta de franela—. Alguna vez mencionó que solo querías lo mejor para mí.
Por segunda ocasión desde su llegada, Tsunade la miró directamente con una intensidad que Sakura había contemplado pocas veces en su vida.
—No tengo duda que esto será ventajoso para tu carrera, sin embargo, no puedo evitar sentir tristeza al verte marchar de esta forma. Eres como una hija para mí.
La pelirosa sonrió, conmovida. Si bien, su relación se había constreñido en los últimos días a causa del drama protagonizado por ella e Itachi, sabia al dedillo que el cariño de su maestra era tan genuino como el de su madre, incluso más grande.
—No la tomaba por una mujer sentimental— dijo la pelirosa, consciente de estar exagerando para hacer reír a Tsunade.
—Debe ser el alcohol— resopló, elevó la copa vacía en su defensa.
—Tiende a causar esos efectos.
Ambas rieron armoniosamente.
La rubia abandonó la comodidad de su posición para alcanzar la botella de Sauvignon. Se aseguró de repartir equitativamente la cantidad restante de licor en ambas copas y, sin más dilaciones, le dio un trago.
—Primero Itachi y ahora tu— espetó, controlando la voz matizada por la nostalgia—, sin lugar a dudas son dos bajas graves para el hospital.
Sakura imaginaba lo que el comentario de Tsunade implicaba: No tenían por qué hablar del tema, pero tampoco podían fingir que no sabía a lo que se refería.
Los músculos de su espalda se tensaron ante la ínfima mención del nombre del pelinegro. Una semana había transcurrido desde su fatídico encuentro en el apartamento del Uchiha, desde ese día, se empeñó a borrar todo recuerdo y cortar cualquier tipo de comunicación con él.
Realizar tal encomienda fue más sencillo de lo que esperaba, conociendo a Itachi, tenía la certeza de que no iba a buscarla. Y asi fue.
Para su fortuna, durante el periodo de sufrimiento y dolor que deviene de una ruptura, Ino, Tenten, Tsunade e incluso su madre estuvieron para ella. Cada una le brindaba consuelo de formas distintas haciendo la desavenencia más llevadera, soportable.
— ¿Has tenido noticias de él?— preguntó Tsunade de improviso, dejando la copa sobre la mesa.
—No— contestó con la intención de dejar su respuesta colgada en el aire.
La rubia curvó la comisura de los labios con gesto de preocupación. Colocó la mano sobre el brazo de la pelirosa y la estrujo cariñosamente.
— ¿Qué fue lo que sucedió entre ustedes dos?
La mirada evasiva de la neurocirujana fue a parar en el suelo. No quería hablar del tema, pero tampoco podía pasar el resto de su existencia evadiéndolo. Su madre solía decirle que la única forma de decir la verdad era hablando de manera complexa.
—Solo nos dejamos llevar por el momento— susurró más para sus adentros que para la mujer que la acompañaba—, cometimos estupideces y ahora estamos pagando las consecuencias.
—Estas diciendo esto para hacerte la fuerte, pero en el fondo sabes que sentiste algo por él— dijo, aclarándose la garganta con un disimulado carraspeo.
Las palabras provocaron un estremecimiento en Sakura, como si intentase deshacerse de algo desagradable. Se quedó mirándola. Quizá era el momento en que debía continuar con su papel y fingir que nada pasaba.
—Tal vez no quieras hablar del tema, pero se lo que se siente, he estado en tus zapatos— respiró hondo—.Por ahora tal vez no quieras sentir nada y desearas no sentir nada. Lo que compartieron fue algo hermoso, asi que fingir que no sientes nada solo para dejar de sufrir es una tontería.
Sakura estaba muda, asombrada. No podía asimilar aquello.
—Alguna vez amé, pero la vida no fue muy generosa conmigo y terminó por arrebatarme a mi prometido antes de tiempo— con un ligero temblor, puso la copa sobre la mesita de nuevo y exhaló con fuerza antes de continuar—.Lo que hagas con tu vida es cosa tuya, sin embargo, tengo la certeza de que ahora mismo sientes pena y dolor. No reprimas esos sentimientos con tal de sanar más rápido, estas cosas toman tiempo.
Enmudecida, colocó la copa en la mesa; las manos le temblaban al igual que las piernas. Se inclinó hacia el frente, con las manos en las rodillas y las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
Tsunade acarició su cabeza y, pocos segundos después, la atrajo hacia ella, permitiéndole reposar en su regazo.
Lloró por segunda ocasión desde la mañana de su reencuentro. Rompió en llanto por su fracaso y todo lo que la atormentaba en los últimos meses.
Era patético encontrarse en esa situación, pero desde la ruptura había suprimido esos sufrimientos con tal de no enfrentarlos, tenía miedo de sentir algo asi que optó por ser cruel consigo misma y apagarlo. Quería disipar el dolor, desaparecer el sufrimiento.
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El día era particularmente frio, y la lluvia gélida le confería a la ciudad un toque deprimente con aquel aspecto inhóspito y gris.
Estaba ahí para hablar sobre el desafortunado caso de aquella paciente que lo había delegado del quirófano y el hospital semanas atrás. Aun le costaba creer que después de la exitosa intervención todo pudiera complicarse, sin embargo, pasó por alto los primeros atisbos del problema. A causa de su retraso en el diagnóstico de la infección, aquella mujer había quedado paralizada de por vida.
La perspectiva del encuentro lo tenía ofuscado desde hace varias semanas.
Cuando ingresó al piso cuarenta lo primero que contempló fue el brillante mostrador de caoba y cristal en medio de la recepción, encima de este yacía un ramo de rosas recién cortadas.
Se presentó a la recepcionista y más tarde lo trasladaron a una sala de espera, donde Obito Uchiha aguardaba por él.
Nervioso, optó guardar silencio. Los sucesos de los últimos días pusieron a prueba sus propios límites. La discusión con Sasuke y Sakura lo habían dejado exhausto y amargado, más de lo que le gustaba admitir.
Una voz en su interior le decía que eso no podía continuar, se encargaba de recordarle que había elegido mal en su vida personal, mas era incapaz de imaginar que otra cosa podría haber hecho. A pesar de todo, Sakura no era su enemiga; lejos de ser una mujer desalmada o indiferente, era simplemente una víctima de las circunstancias. Su amor por él era puro, al igual que todo lo que sentía por ella.
Tal como se lo mencionó noches atrás, jamás podría resentirla. Su amor hacia la pelirosa era tan grande que decidió alejarse, no quería atribuirle más problemas por su culpa. A causa de sus sentimientos se volvió imprudente y, por tal motivo era que se apartaba de su camino.
—Todo saldrá bien— dijo Obito, esperando transmitirle tranquilidad. Tal vez había detectado su inquietud.
Itachi deseó creer eso. Nunca se consideró un hombre apegado a todo el asunto de la religión, jamás había tenido verdadera fe.
Vislumbró la pantalla del celular con la esperanza de encontrar un mensaje o llamada de la pelirosa, no obstante, Sakura no se había esforzado en buscarlo, ¿y cómo hacerlo?, aquella mañana en su apartamento se encargó de romper su corazón de la manera más cruel y ruin de la que fue capaz. No iba a culparla, tenía bien merecida su animadversión.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por la linda recepcionista de cabello rojizo y sonrisa tímida. Los condujo a ambos por el pasillo hacia la sala de conferencias principal. Una enorme mesa de roble blanco dominaba la habitación, situada frente a una hilera de ventanas que enmarcaban la vista panorámica de la ciudad. A los extremos de la mesa se encontraban los dos abogados de la Defensa Medica.
—Buenos días— saludó uno de ellos jovialmente. A simple vista parecían educados—.Por favor, tomen asiento.
Los dos Uchiha se ubicaron en las sillas alrededor de la mesa. A Itachi le pareció que los dos defensores lucían tensos y demacrados, aunque tal vez solo era cosa de su imaginación, azuzada por el espantoso sentimiento de culpa. Tenía la impresión de que estaba firmando su propia sentencia de muerte.
Antes de comenzar, la joven asistente que los acompañó hasta la estancia se encargó de servir café al mismo tiempo que el abogado colocaba un fichero de documentos uno tras otro sobre la mesa.
Obito sonrió pensativamente, mientras Itachi se reclinaba en la silla.
Diez minutos transcurrieron entre una charla casual cuando se escuchó el lento andar haciendo clic contra el mármol en el pasillo, la recepcionista abrió las puertas de la sala de conferencias para permitirle el ingreso al ilustre procurador de tribunales.
Durante cuarenta minutos, los representantes de la Defensa Medica y Obito, discutieron los pormenores del caso. Cada uno de ellos revisó meticulosamente la serie de documentos que recababan las pruebas del sumario. Itachi se aseguró de explicar todos y cada uno de los términos médicos redactados en el expediente asi como la cirugía a la que fue sometida la paciente y el curso de la infección.
—Nunca pensé que una simple llamada telefónica desataría tantos problemas— masculló el joven procurador; la mirada fija en los informes meticulosamente redactados durante las últimas semanas.
—Le podría haber ocurrido a cualquiera— agregó Obito en un susurro.
El neurocirujano se limitó a cerrar los ojos.
—Cometí un terrible error— admitió Itachi. Estaba claro que no había defensa posible en aquel caso.
La reunión se prolongó un par de horas. Una vez concluida, el procurador dejó escapar un suspiro y clavó los ojos cansados en la estoica faz del azabache.
—Para su fortuna, Uchiha-sama, la familia decidió anular la demanda— informó con una sonrisa compungida.
Itachi pareció sorprendido.
—Se otorgara a la parte afectada una compensación económica— continuó hablando—. La defensa médica cubrirá el 45% y usted el 55% restante.
— ¿Esto es justo?— preguntó el pelinegro, atónito, dedicándole una mirada inquisitiva a Obito.
—Es lo más apropiado— coincidió su abogado.
—No se le revocara su licencia médica y podrá regresar a los quirófanos cuando usted lo considere apropiado.
Los tres defensores lo miraron con una expresión amable y levemente inquisitiva. Quizá esperaban que se echara llorar.
—Es inevitable que las personas acaben cometiendo errores— dijo el delegado, apartó los lentes de pasta y dejo escapar un suspiro—.Debe aprender a vivir con las consecuencias, a veces espantosas.
Con aquellas palabras, la reunión se dio por finalizada. Los ahí presentes se despidieron con un cordial apretón de manos.
Una vez que abandonaron la sala de conferencias, Obito insistió en hacer gala de la cortesía profesional de escoltarlo por el pasillo hasta la puerta de ingreso y salida del lugar.
—No sé cómo agradecer lo que hiciste por mí— confesó apenado.
—Solamente estaba haciendo mi trabajo— respondió, modesto. Su padre no estaba equivocado cundo sugirió que Obito llevara el caso.
—Aun asi, gracias— agregó.
Una brisa gélida los recibió al abandonar el edificio. Nubes esponjosas se liberaban de una masa de gris ominoso que se desvanecía.
Itachi elevó la mirada al cielo, resguardó las manos en los bolsillos de su abrigo y permitió que el aire contenido en sus pulmones escapara. A pesar de que había librado el mayor de sus problemas, la traicionera voz interior le decía que debía empezar de nuevo; no habría un mejor momento. Podía conseguir trabajo como docente en alguna universidad, tal vez acudir a otro hospital que se adaptase a su estilo, huir de aquella maldita carrera de ratas.
— ¿A cuánto ascenderá la compensación económica?— cuestionó con voz sibilante. Ahora era un desempleado, tenía gloria de sobra, pero no dinero.
—Cerca de los doscientos sesenta millos de Ryo—respondió Obito.
Itachi exhaló, derrotado. Podía vivir de sus ahorros durante unos seis meses, pero dudaba que eso fuese tiempo suficiente para que su mala reputación se enfriase y pudiese conseguir un nuevo empleo en algún lugar.
Obito colocó una mano sobre su hombro de manera afectuosa y lo estrujo, intentando brindarle ánimos.
—Espero que estés preparado para volver al trabajo, ahora debes esforzarte más que nunca— Itachi asintió con un leve movimiento de cabeza. El pelinegro echó un vistazo a su reloj de pulsera y frunció el ceño—. Me encantaría quedarme un rato más a charlar, pero debo marcharme. Fue un gusto verte de nuevo, Itachi, saluda a tu padre de mi parte.
—Lo hare— le aseguró.
Era el momento de rendirse y apoyarse en varias botellas de licor, instalarse en un lento y aburrido declive, o bien de construirse una tarima sobre la que pudiese alzarse.
Sin embargo, lo único que deseaba era tiempo para estar a solas y pensar.
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Contempló la puerta del apartamento por un segundo o dos, sopesando si debía proseguir y llamar o dar media vuelta y marcharse. Apoyó las palmas de las manos contra la pared y sintió como si le faltara algo. Se había calado hasta los huesos, absurda y totalmente para nada.
Nada se le antojaba menos que regresar a su apartamento y recluirse hasta que Shisui acudiera a rescatarlo. Estaba cansado y deprimido, lo suficiente para mandar todo al carajo.
Sin embargo, era inviable que continuara evadiendo sus problemas. Si bien la relación con Sasuke estaba dañada sin reparo, Itachi quería explicarle la situación, demostrarle que todo lo que hizo no fue para ofuscarlo, sino todo lo contrario, jamás imaginó que terminaría enamorándose de su ex prometida, ese tipo de cosas sucedían, no eran tan comunes como lo pensaba pero pasaban.
Dejo caer las manos de la puerta y soltó una maldición. Había necesitado insuflarse de valor para acudir ahí, se sentía como un adolescente asustado; sin saber si debería o no, llamar al timbre.
Notó como el nudo en su garganta crecía. Resignado, dio media vuelta para dirigirse al ascensor.
— ¿Itachi?
La puerta se abrió de golpe.
En un acto reflejo, el aludido giro sobre sus tobillos en dirección al sitio donde había surgido la voz. Al cabo de unos segundos, contempló a Sasuke bajo el umbral de la puerta. Frunció el entrecejo al analizar su aspecto y se mordió la lengua antes de lanzar algún comentario respecto a cómo lucia; tenía el pelo revuelto, pantalones deportivos, una camiseta larga y holgada. Se preguntó a si mismo cuando fue la última vez que lo atisbo asi, tal vez en sus años de preparatoria, su hermano no era el tipo de hombre que descuidara su apariencia. Al continuar con su escrutinio se percató de las marcas cerúleas alrededor de las bolsas bajo sus ojos, delatando la falta de descanso, como si hubiese pasado tres noches seguidas en vela.
Verlo de esa manera solo sirvió para incrementar la sensación opresiva de inquietud que llevaba acosándolo hacía ya varios días.
—Pensé que no estabas en casa— murmuró Itachi, encogiéndose de hombros.
Sasuke arrugó la nariz. Al igual que su hermano mayor, parecía confundido. La visita de Itachi definitivamente lo había tomado por sorpresa.
— ¿Dónde más estaría?— cuestionó; la voz cansada y apagada.
Durante un minuto o dos, imperó un trago e incómodo silencio. Pese a todas sus vacilaciones, no había preparado nada para decir.
—Debemos hablar— dijo Itachi. Luchaba por mantener la frustración y el desconcierto alejados de su estoico rostro.
— ¿Quieres pasar o prefieres que charlemos en otro sitio?— preguntó, rascándose la barbilla.
El neurocirujano vislumbró como los cardenales en su mejilla empezaban a desvanecerse. En contraste a sus heridas, Itachi aún conservaba rastros visibles de la pelea.
Sin decir nada, se adentró en el apartamento. El lugar parecía una nevera. El piso estaba en completo desorden, lo cual lo sorprendió a sobremanera. La opulencia decoración se veía opacada por el caos que reinaba; ropa sucia esparcida por todas partes. Envases de microondas vacíos desparramados por la mesa auxiliar y la alfombra oriental situada delante del sofá. Libros y periódicos cubrían la mesa del comedor. El olor a tabaco procedía de estancia; ceniceros repletos de coletillas y ceniza. Al igual que él, Sasuke pasaba por una mala temporada.
Su mirada viajo por el salón hasta situarse en una caja atestada de portarretratos.
Antes de que pudiera recitar palabra, el móvil del menor de los Uchiha comenzó a sonar.
—Debo atender esto— le dijo Sasuke.
—Adelante.
Sin vacilar, el pelinegro llevó el celular hasta su oreja y se precipitó a la habitación contigua. Itachi dejó escapar un suspiro de genuino alivio. A través del vestíbulo le llegaba la voz apagada de Sasuke por la puerta abierta del estudio. La curiosidad lo impulsó a recorrer los escasos pasos que lo separaban de la sala para contemplar el contenido de la caja.
Dentro de esta se apreciaban una serie de efigies enmarcadas y otras sueltas. Vacilante, alcanzó el desgastado marco plateado para contemplar la fotografía: Sasuke, con chaqueta negra de cuero, ojos cerrados y una imperceptible sonrisa media, depositando un beso en la mejilla de Sakura mientras rodeaba sus hombros con brazo y entrelazaba la mano con la de ella; Sakura, la melena rosa balanceándose sobre sus hombros, una sonrisa estiraba sus mejillas sonrojadas, sus ojos verdes brillaban, se estaba esforzando por mantener los ojos abiertos. El retrato se avistaba arcaico, tal vez diez años atrás. Ambos lucían demasiado jóvenes y enamorados para entrever lo que les deparaba el destino.
Sintió una oleada de calor que le ascendió por la cuello al mismo tiempo que el corazón le golpeaba las costillas.
Hubo un tiempo, antes de que él apareciera en su vida, en el que Sakura era genuinamente feliz a lado de Sasuke. Los dos se conocían desde que eran adolescentes, no sabía la historia completa, pero tenía la impresión de que lo suyo fue amor a primera vista. Conocía la actitud retraída, engreída y soberbia de su hermano, asi que no le sorprendería si Sakura, con todo y sus hermosos contrastes, consiguió cautivarlo.
Itachi tragó grueso al tiempo que un vehemente escalofrió recorría cada fibra de su cuerpo. Colocó el marco encima de la torre y tomó otra fotografía, en esa efigie solo aparecía Sakura, postrada cerca de un alfeizar, llevaba un suerte canalé holgado, el cabello suelto y una taza entre las manos; al igual que en el resto de las efigies, sonreía. Se permitió el expulsar, en un solo suspiro, todo el aire que había retenido desde que ingresó en el apartamento.
El dolor hizo más claro el recuerdo de la visita de la pelirosa aquella mañana. Nunca se había arriesgado tanto; desde la época de sus primeras citas siempre buscó la seguridad y, esperaba la protección, formar un refugio en el cual podría llevar a cabo su trabajo, cumplir sus deseos con la ínfima interferencia del mundo exterior.
Casarse con Izumi fue el paso definitivo. Edad, experiencia, aspiraciones, ambiciones… había estado con ella por más de una década, hasta que su torre de naipes se derrumbó, dejando al descubierto las grietas de su relación.
Decirle a Sakura que todo lo que sucedió entre ellos dos fue una equivocación, en definitiva fue su mayor error. Ella le hacía sentirse bien. Junto a la pelirosa, su mente se calmaba, sus miedos y preocupaciones se disipaban. Tenía aspecto de saber que estaba haciendo, y quizá lo supiese. Tal vez fuese el mundo que ponía trampas y emboscadas, y obligaba a las personas a hacer malas elecciones.
—Puedes conservar esa si quieres— por inercia, el cuerpo de Itachi se viró, encontrando los fanales carbón que lo estudiaban detenidamente—, o con el resto, en realidad no importa.
Itachi no supo que responder, estaba demasiado ofuscado para que sus procesos mentales trabajaran apropiadamente.
—Lo lamento, no era mi intención hurgar entre tus cosas— se disculpó.
Las facciones de Sasuke se endurecieron de manera instantánea, la poca luz presente en sus ojos, se apagó de repente. Incómodo por la intromisión, Itachi carraspeó.
Lejos de enfrascarse en una discusión, Sasuke pasó de largo y tomó asiento en el amplio sillón. Recostó la espalda contra el respaldo, cerró los ojos y presionó el puente de la nariz con dos dedos.
—Dijiste que querías hablar— le recordó sin rastros de cortesía en su voz.
Itachi estrujó los puños al costado de su cuerpo. Era incapaz de sortear los sentimientos de su hermano menor con aquellas lacónicas palabras.
Intentando acallar el sordo latido de su corazón. Un nudo prieto estrujaba su garganta, trastornándole el habla.
—Lamento el daño que te cause a lo largo de estos años— finalmente, murmuro—, mi intención nunca fue lastimarte. Me comporte de manera egoísta y jamás imagine que mis decisiones terminarían dañándote.
Itachi observó de reojo el rostro apacible de Sasuke; por la ligera expresión de estupefacción visible en sus aristocráticas facciones, se percató de que la confesión lo tomó por sorpresa. No podía asimilar todo aquello. Estaba mudo, asombrado.
El mayor de los Uchiha interpretó el pequeño lapso de silenció como una pauta para continuar.
—Respecto a lo que sucedió con Sakura…— en su voz se asomó un deje de afección—, no pude evitarlo, fui incapaz de contener mis sentimientos.
Sasuke soltó una risa áspera y clavó la mirada en los ojos ónix de su hermano. Itachi lucía atormentado por el combativo resentimiento que ninguno de los comprendía, pero que existía desde que tenían memoria.
—Mi intención era que las cosas entre Sakura y yo volvieran a ser como antes— suspiró Sasuke con voz rígida; Itachi no advirtió el temblor en sus cuerdas vocales—.Hubo un tiempo en el que ambos éramos grandiosos juntos, pero eso llego a su fin. Fui un mal hombre con ella, me encargue de condicionarla, nunca le permití cobrar vida por su cuenta. Sé que tú no eres asi, Itachi, por eso tiene razón en amarte.
Itachi sacudió la cabeza. Quería preguntarle por qué lo sabía. Pero luego pensó que como no iba a hacerlo, Sasuke conocía a Sakura mejor que nadie, la entendía, era capaz de leer e interpretar sus sentimientos mejor que nadie.
—No entiendo— dijo él.
—Sé que también la amas y no puedo oponerme a la felicidad de mi hermano— tragó grueso. Boicoteó la mirada inquisitiva de Itachi para clavarla en el enorme cristal que enmarcaba la panorámica de la ciudad.
—Entonces tú, ¿no me odias?— quiso saber.
Sasuke volvió a reír, se levantó de su asiento y respiró hondo.
—Nunca podría odiarte— murmuró él; la garganta apretada y rasposa—. No importa que suceda entre nosotros dos, a final de cuentas, siempre serás mi hermano, jamás dejare de quererte.
Aquella declaración fue como una liberación. Durante todo ese tiempo, Itachi vivió con temor a perder lo que más apreciaba en esa vida, a Sasuke, su hermano menor. A pesar de la oscura telaraña que rodeó su relación, él no le guardaba rencor, lo estaba perdonando no solo por lo acontecido con Sakura, sino también por la escabrosa serie de acontecimientos que amenazaban con romper el lazo que los unía.
Como un acto reflejo, colocó amabas manos sobre los hombros de Sasuke y lo atrajo hacia su cuerpo en un fuerte abrazo. Anonadado, el menor de los Uchiha permaneció inerte, pero al cabo de unos segundos lo correspondió.
—Gracias, Sasuke— masculló conmovido.
—No tienes nada que agradecer, solo estoy diciendo la verdad— le aclaró él. Cuando se apartaron, rascó la parte superior de su cabeza mientras dejaba escapar un suspiro.
— ¿Qué sucede?— preguntó, enarcando una ceja.
—Necesito tiempo para asimilar todo esto— recitó encogiéndose de hombros, apenado.
Itachi asintió.
—Lo entiendo—concedió, en voz baja—, regresare a tu vida cuando tú lo consideres conveniente.
Un afanoso silencio se instaló entre ellos. El mayor de los Uchiha se quedó mirando el suelo, el mismo lugar que con temblaba de niño cada vez que su madre lo obligaba a sentarse en el sofá para reprocharle algún comportamiento inapropiado.
Sasuke sucumbió por un instante, soltando un suspiro bajo el peso de realidad que acababa de imponer sobre él.
—Debo apresurarme si quiero llegar al aeropuerto— dijo, anunciando disimuladamente que era el momento apropiado para marcharse.
— ¿Viaje de negocios?— se obligó a levantar los ojos de suelo y mirarlo a la cara.
—Esta vez no— resopló—.Tomare unas vacaciones.
Se despidieron con un fuerte abrazo. Cuando Sasuke lo acompañó a la salida, permaneció de pie bajo el umbral de la puerta, sopesando si debía añadir algo más o resguardárselo.
—Itachi— lo llamó, inseguro. El aludido se limitó a contemplarlo, curioso—.Ve por Sakura, no cometas el error de dejarla ir.
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Ingresó al hospital con el alma en vilo.
Tenía la respiración entrecortada, el corazón le golpeaba violentamente las costillas y sentía el estómago revuelto. El silencio que reinaba en la recepción era tan ensordecedor como el enardecido palpitar que convulsionaba en su pecho en una errática vibración.
Fue consciente del diluvio que se aproximaba cuando abandonó el apartamento de Sasuke al otro lado de la ciudad. No demoró en subir a su auto y conducir por las bulliciosas calles del este de Konoha hasta alcanzar su destino. Tenía una idea fija en la cabeza. Un pensamiento tan decisivo que ni la brisa gélida consiguió disipar.
Recorrió el pasillo bajo las miradas curiosas del personal. Era valiente o, mejor dicho, estúpido de su parte acudir con Tsunade, la rubia no bromeaba cuando le mencionó que no deseaba verlo, sin embargo, estaba desesperado y necesitaba ayuda.
Cuando las puertas del elevador se cerraron a sus espaldas, dejó escapar otro suspiro. Acudió a buscar a Sakura a su apartamento pero nadie respondió. Debía hablar con ella, decirle que tenía razón, estaba asustado y no sabía cómo actuar, no era una excusa para tratarla de esa manera, mucho menos para lastimarla, era un completo idiota, un estúpido que la dejó marchar por considerarse indigno de ella. Una vez que el errático llamado a la puerta se detuvo, la vecina de enfrente asomó el rostro; le comunicó que las tres chicas que vivían ahí se habían marchado hace algunas horas, parecía que iban de viaje, llevaban maletas y todo el arsenal necesario para desaparecer durante un mes. Agradeció la intervención de la octogenaria y abandonó el edificio temiendo lo peor.
Contempló su rostro en el reflejo del cristal, su semblante era de aturdida preocupación. El ascensor lo elevó hasta el piso donde se ubicaba la oficina de Tsunade, el trayecto se realizó con tanta suavidad que no estuvo seguro de estar en movimiento hasta que se le taponaron los oídos.
Itachi emergió al calmado pasillo, resguardó las manos en los bolsillos de su abrigo y dirigió el andar hacia el despacho de la implacable directora del HGK. Golpeó la puerta en dos ocasiones, pocos segundos después, escuchó la voz de Tsunade permitiéndole ingresar.
La rubia estaba de pie ante la ventana de la enorme oficina, sosteniendo una taza de café tardío, con los fanales ambarinos clavados en el paisaje de la ciudad.
—Tsunade-sama— se atrevió a mencionar, tan temeroso como si estuviese recitando una maldición.
La aludida viró el cuerpo. Tal como lo esperaba, su rostro estaba tallado en piedra, tenía una mueca mortalmente seria; los labios tensos y la mirada apagada.
—Si has venido a hablar conmigo para reconsiderar tu decisión, llegas demasiado tarde— espetó. Su voz era adusta, programada.
—No regresé por mi empleo— negó el pelinegro.
Tsunade entrecerró los ojos.
—Bien, ¿a qué debo el honor de tu presencia?— preguntó sin comprender. Se aproximó al escritorio y colocó la taza encima de la superficie de cristal.
Itachi percibió el deje de hostilidad y sarcasmo en su cuestionamiento, pero lo dejo pasar.
—Quiero saber dónde se encuentra Sakura— confesó, cerrando los ojos con pesar.
La rubia sonrió comprensiva.
— ¿Qué te hace pensar qué sé dónde se encuentra?
—Es su mentora, y más allá de eso, la considera como una segunda madre.
Tsunade tomo aquello como un cumplido.
— ¿Por qué debería decírtelo, Uchiha?—replicó, haciéndose eco de la desesperación del azabache—.Hasta donde sé, Sakura no quiere saber nada de ti.
Todo había salido terriblemente mal, por ese motivo necesitaba encontrarla. Se dijo a si mismo que debía mantener la calma, aun cuando la angustia lo consumía por dentro.
—Necesito hablar con ella—dijo, sin ánimos de discutir los detalles de su relación con la mujer que alguna vez fue su jefa.
Tsunade recorrió la habitación, mordisqueándose la uña del pulgar. Ella era capaz de conseguir que una mirada lo golpeara con tanta fuerza.
—Una semana después de su ruptura, Sakura acudió a verme. Pasé toda la noche en vela tratando de consolarla— le contó Tsunade, controlando el tono de voz ennegrecido por la impotencia.
—Cometí un grave error, actué como un cobarde— regresó con voz sibilante—.Pero no puedo perderla a ella, si lo hago, jamás podre perdonarme.
— ¿La quieres?— cuestionó, adoptando un tono ligeramente escéptico para demostrar lo improbable que era.
—Si. Creo que si la quiero. Mejor dicho, la amo.
Tsunade se encogió de hombros, resignada.
—En verdad eres un hombre obstinado, Uchiha— susurró, tenía las manos en las caderas y el entrecejo arrugado—. El Hospital General de Konoha ya no cuenta con los servicios de Haruno Sakura. La chica solicitó que su residencia se trasladara al hospital de Amegakure.
Era imposible permanecer más tiempo recluido entre esas cuatro paredes sin hacer nada. El bastardo de Nagato había conseguido lo que quería.
— ¿Hace cuánto partió?— preguntó, demandante.
—Su vuelo sale dentro de una hora. Si tienes suerte, tal vez puedas alcanzarla.
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El efecto de la cafeína teñía todo de hostilidad. No consiguió conciliar el sueño ni un minuto esa noche, al amanecer, vació tres tazas de café en la hora anterior a su partida.
Necesitaba tiempo para pensar y prepararse para la reunión con Nagato Uzumaki y los demás directivos al día siguiente.
Mientras Tenten la ayudaba a empujar su carrito de equipaje hacia el área de check in, Sakura contempló su aspecto en el reflejo de uno de los cristales de algún local. Parecía exhausta, pálida. Le esperaban siete largas horas de vuelo. Con algo de suerte, lograría dormir un poco en el avión.
Echó un vistazo a la pantalla que reflejaba el horario de las llegadas y las salidas, su vuelo saldría dentro de una hora, por lo que era prudente que registrara su arribo si no quería perder el avión.
— ¿En verdad estarás bien?— preguntó Ino a sus espaldas con una expresión consternada.
—Lo estaré— aseguró con una sonrisa—.No deben preocuparse por mí, tan pronto como aterrice el avión les enviare un mensaje.
Ambas chicas la abrazaron con fuerza.
—Si necesitas algo no dudes en llamarnos— agregó Tenten.
Al apartarse, Sakura se colgó una bolsa del hombro. Sostuvo con fuerza el boleto y lanzó un suspiro, lento y pausado.
—Prometo llamar constantemente y venir a visitarlas cada que sea posible.
Por primera vez en su vida, Sakura estaba mudándose a un lugar completamente desconocido. Las auténticas razones para marcharse a Amegakure eran tan peculiares, confusas y del todo extrañas que ni siquiera podía permitirse expresarlas como era debido.
— ¿Es una promesa?— Ino preguntó.
—Lo es.
Una cálida voz reverbero por toda la estancia, solicitándoles a los pasajeros del vuelo 678 con destino a Amegakure que pasaran a la sala de espera.
La pelirosa afianzó las manos al tubo del carrito y caminó hasta la corta fila que comenzaba a formarse en la recepción.
Esperanzada, dirigió la mirada hacia la puerta de ingreso y salida. Se mentiría a si misma si negaba que estaba esperando a Itachi. Necesitaba verlo antes de marcharse, asegurarse que todo está bien. Ansiaba despedirse de él como era debido, otorgarle un último beso antes de embarcarse en una nueva aventura, lejos del drama y del dolor.
Quizá aquello era un paso extraño y necesario, en los últimos meses algo había sanado. Tenía la sensación de que ahora veía todo con más claridad. Itachi Uchiha no era un monstruo. Era simplemente un hombre. Su madre solía decirle que evitara acostarse con esa clase de individuos, canallas de una noche. Sin embargo, lo había hecho. Y no tenía vuelta de hoja.
Decepcionada, entregó el boleto a la mujer sonriente detrás del mostrador. Carraspeó un poco para disipar el nudo prieto que le estrujaba la garganta y respondió a todos y cada uno de sus cuestionamientos. Contempló la pantalla del ordenador para asegurarse que sus datos estuvieran en orden y, sin más dilaciones, se precipitó a la enorme sala de espera del Aeropuerto Internacional Hiruzen Sarutobi.
Transcurridos los sesenta minutos de espera, la hora del abordaje arribó. Sakura no podía evitar sentirse triste al abandonar su hogar. Una afable azafata la guío por un largo y elegante pasillo hasta la sección delantera del avión. Pasó los ojos en blanco al descubrir que se trataba del área donde viajaban las personas con suficiente dinero para costearse un boleto de primera clase.
Agradeció las atenciones de la joven y dejó caer su cuerpo en el asiento asignado. Ajustó el cinturón a su cadera y recargó la cabeza contra la ventana.
El enorme avión comenzó a andar, y Sakura miró por la claraboya a los aviones alineados en la pista, luces parpadeando en sus alas, cada uno esperando su turno para salir al espacio aéreo.
Se dijo a si misa que anticipar el suplicio para neutralizarlo era un acto miserable y cobarde, a sabiendas de que estaba a punto de practicarlo. Supo que en algún momento la ruptura ocurriría, incluso estaba preparado para eso; pero no podía soportar vivir con ese sufrimiento, igualmente dolía.
Nunca se había quedado dormida tan serenamente en su vida. Mientras cubría su cuerpo con la manta y sus parpados se cerraba, elucubró para sus adentros que ya habría tiempo de sobra para lamentarse.
Continuara
Próxima entrega: Capítulo 21 y epílogo.
