Capítulo 21

Recogió el bolso de viaje del asiento trasero del taxi y lo colgó sobre su hombro. Una ráfaga de aterido viento la azotó al plantar los pies en la acera. Sus fosas nasales se llenaron con el hedor de la ciudad; una mezcla de asfalto, gasolina, alquitrán y cigarrillos.

Sus dedos se aferraron a las mangas del abrigo, estrechándose a sí misma en un abrazo con el cual pretendía mantenerse el calor. Se mantuvo de pie por un instante, mientras el chofer la ayudaba a sacar el equipaje de la cajuela.

Elevó la cabeza para contemplar la ostentosa y moderna torre de apartamentos de Amegakure; se trataba de una construcción futurista de treinta pisos situados sobre dos amplios cuadrángulos de tiendas y salas de cine, a la sombra de otro reconocido rascacielos.

Los restos de la nevada de la mañana formaban manchas de aguanieve sobre el asfalto. Para Sakura era como si aquel invierno no fuese a terminar nunca.

Expulsó un suspiro acompañado por una pequeña nube de vaho. Pasaban de las dos de la mañana. Había arribado a la ciudad hace cuarenta minutos. Nagato le comunicó que el apartamento del piso quince estaría completamente preparado para su llegada, trasladarían y colocarían sus pertenencias en el piso, encontraría comida en la nevera y la despensa, aun debería adquirir algunas cosas por su cuenta, Sakura se dijo a si misma que se encargaría de eso al día siguiente.

Pagó el monto indicado del viaje y se despidió del estoico chofer con una sonrisa. La refinada vivienda se ubicaba a tres manzanas del hospital del Central, lo cual era un alivio. Conocía muy poco sobre Amegakure, lo último que deseaba para su primer día era perderse entre las bulliciosas calles de la gran ciudad.

Dejó escapar un suspiro de genuino alivio al cruzar las enormes puertas de cristal del edificio. Se presentó al portero de la entrada para residentes, quien les dedico una sonrisa del modo que los mayordomos sonrien a los ricos y le entregó un sobre con las llaves del apartamento.

Subió en el lustroso ascensor de acero y cristal, atravesando el atrio de galerías comerciales hasta alcanzar los pisos residenciales. Tamborileó los dedos en los pasamanos. Ansiaba tomar un baño caliente y dormir, sentía los muslos de la espalda y los muslos entumecidos por el largo viaje, un dolor incipiente se asentaba en el lóbulo frontal de su cerebro y el brazo comenzaba a incomodarle.

Mientras se dirigía a su nuevo hogar, se preguntaba en quien se había convertido. Dudaba de que ningún otro médico se hubiese sentido tan apremiado como se sentía ella ahora. Contaba con menos de dos semanas para comenzar oficialmente con las prácticas dentro del hospital. Nagato le había prometido crecimiento profesional, no obstante, tenía la impresión de que tan solo era una figura decorativa, tal como se lo dijo su maestra semanas atrás o Itachi en diferentes ocasiones.

Salió del elevador en el piso quince. Tanteó la llave electrónica en la cerradura y abrió la pesada puerta con el número 750 inscrito en una placa metálica situada sobre el umbral. Una ráfaga de aire limpio y fresco, con olor a muebles, alfombras y objetos nuevos, la saludó.

Permaneció en el umbral con el corazón desbocado. El apartamento era esplendoroso y radiante, bellamente amueblado con dos sofás y un sillón tapizados en alcántara. Sobre la repisa baja cerca de la entrada, atisbo un ramo de varias docenas de rosas amarillas contenidas en un hermoso florero de cristal. Incapaz de contenerlo, arrugó el entrecejo: detestaba las flores.

Dejó las maletas cerca de la entrada y recorrió el resto del apartamento. Aquel sitio superaba sus expectativas y, sobre todo, su salario. Le tomaría cerca de dos años reunir la cantidad apropiada para costear tres meses de renta, cada ínfimo detalle valía más de lo que llevaba en sus maletas.

—Mierda, Nagato— musitó para sí.

Caminó hasta el dormitorio. Con todas esas atenciones, no hubiese dudado que las intenciones del Uzumaki eran algo más que facultativas. Tomó asiento al borde de la cama y dejó escapar un profundo y trémulo suspiro. Ocultó el rostro entre sus manos y contuvo las lágrimas. Empezaba a sentirse fuera de lugar, tanto social como profesionalmente.

Cuando logró esfumar la bruma de emociones y pensamientos negativos, se puso de pie y dirigió el andar hacia el baño. Recorrió la cortina para desvelar la tina de piedra natural, autómata, abrió ambos grifos, escuchando el agua correr por unos segundos con el mismo proceder mecánico para después, desnudarse por completo. Evitó captar su propia imagen en el espejo, asi que, sin más dilaciones, ingresó en la bañera.

Se tumbó en la superficie, sintiendo el frescor de la porcelana en su espalda. Permitió que el agua subiera poco a poco, hasta que sus oídos se sumergieron, dejándola un poco aturdido. El agua le escoció en los ojos, cubrió su nariz y luego la envolvió por completo. Al estrujar los parpados, imaginó que Itachi se encontraba ahí con ella, en la misma habitación; sus largos y finos dedos recorrían cada centímetro de su piel, tal como lo había hecho semanas atrás, en la intimidad de su apartamento.

Salió bruscamente a la superficie y aspiró una enorme bocanada de aire. Entre jadeos, volvió la cabeza hacia el techo, restregó ambas manos contra su rostro y se recostó en la gélida superficie.

Después de pasar algunos minutos sumergida en el agua cálida, abandonó la tina, enredó una toalla en su cabello y otra en su cuerpo. Al regresar a la habitación, se puso su pijama favorito; una camiseta de tirantes blanca y un par de pantalones de algodón con estampado floral rosa. Encendió el fuego en la chimenea del dormitorio y tomo asiento en los cojines a los pies de la cama, dejando que el brillo de las llamas y la suavidad del tejido de algodón la reconfortasen. Afuera llovía, el tiempo empeoraba.

Su teléfono celular empezó a sonar. Se levantó de un salgo, fue hasta el baño para rebuscar en los bolsos de su abrigo el dispositivo, una vez lo tuvo entre sus manos contestó.

— ¿Qué te parece tu nuevo hogar?— preguntó Tsunade al otro lado de la línea.

La pelirosa esbozó una sonrisa nostálgica.

—Abrumante— replicó sin temor alguno— ¿Qué hace despierta a esta hora?

—No podía dormir, necesitaba saber si arribaste sana y salva.

En un intento por contener el llanto, mordió su labio inferior. Por primera vez desde su partida, se percató cuán lejos estaba de casa.

—Tenía razón, Tsunade-sama— le dijo Sakura bruscamente.

— ¿Disculpa?

—Tenía razón.

—Siempre estoy en lo correcto, Sakura. Ya lo sabes— Tsunade realizó una pausa antes de proseguir, y la pelirosa supo que tenía algo importante que decirle—. Itachi vino hace algunas horas a mi oficina preguntando por ti, le dije que te marchaste a Amegakure.

Sakura notó como su columna se ponía tan rígida como un pilar de mármol. Su corazón se contrajo. Ni en sus mejores sueños habría proyectado a un Uchiha Itachi desesperado por encontrarla.

— ¿Sakura?

—Lo lamento, eso me tomó por sorpresa.

—Naturalmente. Lucía bastante atormentado— agregó la rubia.

—Se lo merece— masculló Sakura.

Escuchó la respiración pesada y entrecortada retumbar en la línea.

—Cuídate mucho, Sakura.

—Estaré bien— recitó la pelirosa, no solo tratando de convencer a su maestra, sino también a sí misma.

—Lo sé, pero no puedo evitar preocuparme por ti, ¿sabes?, puedes regresar a Konoha cuando lo desees, las puertas del HGK siempre estarán abiertas para ti.

Ella tragó grueso, notando el nudo prieto contenido en su garganta.

—Gracias— resopló.

Contempló el teléfono durante un momento, aturdida; después le dio las gracias a Tsunade y le prometió llamar más tarde.

Con las palabras de su maestra retumbando en su mente, se metió en la cama, asió las cobijas y se cubrió hasta el cuello.

«Pobrecita niña— se burló mientras intentaba conciliar el sueño—, esperando a que el amor de su vida regrese».

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Tras una larga semana inmersa en tediosas reuniones, Sakura no rechazó la invitación de Naruto para cenar esa noche en uno de los restaurantes más sofisticados de la ciudad.

Tan rápido como arribó a su apartamento, se despojó del sencillo traje de cirugía y lo sustituyó por un elegante vestido mini con la espalda descubierta. Resaltó la belleza de sus facciones con un poco de maquillaje, cepilló la corta melena rosada y colocó un toque de perfume detrás de sus orejas y en las muñecas.

Satisfecha con su apariencia, abandonó el apartamento. Tomó un taxi a las afueras del edificio. El chofer no pudo ocultar su sorpresa cuando mencionó al sitio a donde se dirigía, sin embargo no ahondó en el tema.

Se desplazaron en silencio por una de las bulliciosas avenidas principales, Sakura disfrutaba la brisa agradable a través de la ventana abierta. La idea de reencontrarse con su mejor amigo provocó que su corazón latiera con fuerza.

Conocía a Naruto desde la preparatoria. Su amistad comenzó cuando ambos se percataron que vivían en el mismo vecindario. El rubio era un chico vivaz y elocuente, Sakura disfrutaba pasar los recesos a su lado, podían pasar horas charlando sobre trivialidades inocuas y acontecimientos irrelevantes. Se las apañaba para sacarle una sonrisa, aun cuando sus ánimos estaban por los suelos. Fueron inseparables por los siguientes años, hasta que Sasuke se convirtió en su novio y poco tiempo después ingresaron a la universidad.

Luego de finalizar sus estudios, el Uzumaki se vio obligado a trasladarse a Uzushiogakure para iniciar su propia firma tecnológica.

Tras pasar varios años alejados, precisaron de una ruptura amorosa y una reunión de negocios, para reencontrarse en Amegakure.

Tan pronto como el rubio supo que estaba en ese lugar, no dudo en contactarla. La invito a cenar, había reservado una mesa para dos en el afamado Koharu. Su notoriedad recaía por complacer a los comensales ajustándose a su paladar. Todos en la ciudad parecían conocerlo, a excepción de ella.

—Llegamos, señorita— indicó el chofer.

Sakura extrajo de su bolso la cantidad que marcaba el taxímetro situado en el tablero, agradeció los servicios del hombre y se apeó del auto.

Contempló de hito en hito la ostentosa casa de la era colonial. Acababa de anochecer, el cielo estaba cambiando rápidamente de tonos naranja quemados a un azul violeta intenso.

— ¡Sakura-chan!— exclamó Naruto cuando la vio ingresar en la prístina terraza.

La aludida esbozo una amplia sonrisa. Ignoró las miradas enfurruñadas que les dedicaron los ahí presentes cuando ambos se saludaron con un fuerte abrazo.

— ¿Por qué no mencionaste que ese sitio era tan refinado?, habría utilizado otra cosa— masculló.

—Ni siquiera yo lo sabía— dijo encogiéndose de hombros. Una intrincada sonrisa estiró sus mejillas—.Mi asistente mencionó que era el lugar del momento.

La pelirosa movió la cabeza a manera de negación.

— ¿Permitiste que tu asistente realizara la reservación?— cuestionó, incrédula.

En contraste con Sasuke, Naruto no era el tipo de hombre que disfrutara de las excentricidades. Recordaba con nostalgia las ocasiones en las que acudían a Ichiraku a degustar un exquisito plato de ramen. Si las paredes hablaran, aquel lugar relataría los encuentros atestiguados a largo de los años. Lo visitaban para festejar los triunfos o hacer más llevaderas las penas. En ese sitio, Naruto se le había declarado, cuando solo eran unos adolescentes, inmersos en la intensidad del momento.

—No me mires de esa forma. Solo le dije que consiguiera una mesa en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, un lugar digno para llevar a una hermosa chica a una cita— nuevamente se encogió de hombros y trató de avivar el ambiente con una risa divertida.

Sakura rodó los ojos y lo observó con aire juguetón.

—Eres imposible— profirió.

—Solamente estoy diciendo la verdad— Naruto suspiró— ¿Entramos?

—Pensé que nunca lo pedirías— resopló al mismo tiempo que enredaba su brazo con el que él le ofrecía—, date prisa, se me está congelando el trasero.

Naruto lanzó una risa discreta. Ambos se adentraron en la calidez del espectacular vestíbulo revestido con paredes carmesí.

La joven anfitriona aguardaba de pie detrás de un pequeño módulo de recepción.

—Bienvenidos a Koharu— dijo una mujer con una expresión de ensayada algarabía adherida al rostro.

—Gracias. Tenemos reservación a nombre de Uzumaki Naruto— informó.

—Por supuesto. Por favor, síganme, señora y señora Uzumaki. — La anfitriona los acompañó hasta el comedor principal lleno de elegantes personalidades disfrutando de sus comidas y por un pasillo flanqueado por sillas art decó y lámparas de cristal.

—Con que señor y señora Uzumaki, ¿eh?—Sakura arqueó una ceja, divertida.

—No tenía la menor idea— soltó Naruto en su defensa, visiblemente sonrojado.

—Por favor, pónganse cómodos. En seguida tomaran su pedido— dijo la chica.

—Está bien, gracias— respondió Naruto. Sakura no estaba segura si sonaba más sorprendido o aliviado.

Una hora trascurrió entre aperitivos y la cena, durante la cual ella le habló sobre su trabajo y su vida personal. Naruto le contó sobre el nuevo proyecto, desde que su negocio había explotado hizo un gran éxito, convirtiéndose en uno de los empresarios más prominentes antes los cuarenta años.

—En definitiva eres una novia fugitiva— comentó Naruto, depositando el hermoso tokkuri de cerámica en la mesa.

Sakura se encogió de hombros, aprisionando un mechón de cabello detrás de su oreja.

—Tengo la certeza de que si Sasuke y yo nos hubiéramos casado, habríamos cometido el peor error de nuestras vidas— dijo sin titubear.

— ¿Cómo fue que terminaste con él?— quiso saber.

—Fue una noche que regresó de algún viaje de negocios. Estábamos haciéndolo cuando su celular comenzó a sonar, le sugerí que contestara pensando que no lo haría, pero simplemente se apartó y atendió la llamada— sus mejillas se ruborizaron ligeramente—.Mientras permanecía recostada en la cama, llegué a la conclusión de que no podíamos continuar de esa forma, asi que me vestí, tome mis cosas y le entregue el anillo de compromiso.

— ¡Bastardo!— exclamó, irritado—.Sasuke siempre ha sido un idiota. Sin embargo, tengo la certeza de que sus sentimientos eran verdaderos.

—Lo son, creo. Lo eran— corrigió de inmediato. Su mirada viajó por la habitación, fingiendo admirar el arte contemporáneo que adornaba el local.

Una sensación de nostalgia se apoderó de ella al relatarle lo ocurrido entre ella e Itachi, asi como la reacción de Sasuke. Esperaba que el rubio le brindara un consejo o, tal vez, un ápice de consuelo.

El Uzumaki dejó escapar un largo suspiro al mismo tiempo que estrujaba su mano cariñosamente, intentando llamar su atención.

—Dale tiempo, Sakura, ambos sabemos lo obstinado que puede ser, eventualmente accederá a charlar contigo. Solo necesita espacio— opinó.

—Lo arruine todo, ¿no es asi?— resopló Sakura.

Naruto sonrió, conciliador.

—En ocasiones es necesario perderlo todo para reencontrarse.

Estuvieron en silencio por un minuto, disfrutando de la calma del susurro de los instrumentos musicales mezclados con el rumor de las charlas proveniente de las otras mesas. De repente, la relativa tranquilidad de se rompió, mientras el celular de la pelirosa comenzó a sonar de manera estrepitosa; la pantalla reflejó el nombre de Uchiha Itachi.

— ¿No atenderás?— cuestionó el rubio, intrigado.

Con manos temblorosas, presionó el botón de encendido y resguardó el teléfono en el bolso de mano, apartándolo de su vista.

—Aun no estoy lista— dijo Sakura con tristeza—.Ha estado llamando a diario.

Lo hacía cuatro veces al día cuando recién llegó a Amegakure, pero se redujo a una ocasión o incluso dos.

Su corazón se hundió. No podía imaginar cómo se sentía Itachi, pero al mismo tiempo, no sabía cómo enfrentarlo, de repente se había convertido en un recordatorio de todo lo que salió mal con su vida.

—Tal vez deberías hablar con él— sugirió el rubio, su voz se tiñó con un tono conciliador.

— ¿Será prudente?— preguntó, irresoluta.

—Habla con él, por favor, escúchalo— respondió suavemente.

Recuperándose, Sakura suspiró.

—Creo que debería verlo.

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Detuvo su andar a unos cuantos pasos de la entrada principal. Todo a su alrededor daba vueltas, al mismo tiempo que su corazón daba vuelcos desesperados dentro de su pecho, golpeándole las costillas. Intentó respirar acompasadamente, pero el aire se le solidifico en los pulmones, atascándose en su garganta.

Acababa de abandonar el quirófano cuando recibió el mensaje de Itachi, indicándole su arribo a Amegakure. Por un segundo consideró ignorarlo. No creía que reunirse con él era lo más apropiado, le había causado mucho daño, lo suficiente para obligarla a salir huyendo de Konoha. Sin embargo, las palabras de Naruto se convirtieron en un pensamiento huidizo que no era capaz de atrapar, como algo entrevisto con la visión periférica, asi que accedió.

Sakura abrió la puerta de cristal del establecimiento y en seguida vio a Itachi. Cruzó el umbral no sin antes tomar el aire necesario para apaciguar sus nervios. No estaba preparada mentalmente para encontrarse con el incuestionable atractivo del Uchiha, y todo lo que representaba en su vida.

Sintió una momentánea y aguda punzada de decepción. Se resignó ante las circunstancias. Respiró hondo y sorteó las mesas que la separaban de él.

Cuando entró en su campo de visión, Itachi se levantó de su asiento como arrojado por un tensor; no pudo dejar de observarla mientras acortaba la distancia que los separaba.

—Sakura— recitó Itachi; su estoico rostro se iluminó al verla.

—No tengo mucho tiempo, debo volver al hospital en cuarenta minutos— señaló, sintiendo nauseas al recordar las palabras que el azabache le había dicho la mañana de su despedida.

—Seré breve.

La pelirosa soltó el aire contenido en sus pulmones. Ambos se ubicaron en una mesa con sombrilla en la terraza del café. El sonido de las conversaciones apagadas de los demás comensales marcaba el silencio.

Sakura contempló el paso de los trasuntes, boicoteando la insistente mirada azabache del Uchiha. Era incapaz de avizorar a Itachi; lo que había sido el rostro más hermoso del mundo para ella, se convirtió en una efigie demasiado dolorosa para mirar. Repentinamente se encontró muda, sin saber muy bien como iniciar.

Itachi tragó grueso.

En el preciso momento que los labios carnosos de la ojiverde se abrieron para formar una oración, una chica con aire displicente y aspecto aniñado se acercó a ellos. El pelinegro a duras penas la oteó cuando detuvo el paso cerca de la mesa.

— ¿Desean ordenar algo del menú o la carta de bebidas?

—Un vaso de agua, por favor— se apresuró a responder la neurocirujana. Tenía las entrañas revueltas, su estómago estaba demasiado sensible para ingerir algo más.

—Bien— dijo la camarera. Su mirada se suavizó al atisbar a Itachi— ¿Para usted, caballero?

—Un café, sin crema— respondió Itachi, con la atención fija en la mujer frente a él.

Con los pedidos plasmados en su libreta, la joven ingresó en el lugar sin decir nada más. Al cabo de unos minutos absortos en absoluta afonía, la chica regresó con una bandeja entre las manos; dispuso el café y el vaso sobre la mesa, acompañado por el recipiente de azúcar.

Una vez que la camarera estuvo lo suficientemente lejos para escuchar su conversación, Itachi se atrevió a romper con el silencio.

—No sé por dónde comenzar— respiró profundo y soltó el aire lentamente mientras hablaba—, creo que debería iniciar pidiéndote perdón.

—No hay nada que perdonar, Itachi. No fuiste del todo responsable, yo también falle— aun cuando intentó ser tajante, su réplica se vio afectada por el temblor en su voz.

—Lo soy— recriminó. Frustrado, recargó la espalda en el respaldo de la silla y restregó la mano contra su rostro—. He tenido mucho tiempo para reflexionar sobre toda esta situación. Te puse en una situación horrenda. Fui imprudente con tus sentimientos.

Sakura atisbó el vaso húmedo de agua frente a ella, dubitativa.

—Ambos sabíamos lo que sucedería— espetó.

La pelirosa apartó la mirada del vaso frente a ella y contempló la ciudad de Amegakure. El sol de última hora de la mañana hacia relucir las calles asfaltadas.

Estaba consciente de la cercanía de Itachi y eso la hizo estremecer. Le parecía increíble como después de haber compartido momentos tan insto semanas atrás, estuvieran inmersos en una burbuja de tensión que los mantenía inmóviles; cohibidos de hacer cualquier movimiento o recitar palabra.

—Me alegra saber que estas bien. He estado preocupado por ti— masculló Itachi.

—Nagato se las ha apañado para mantenerme ocupada. Pasó la mayor parte del tiempo en el hospital— dijo Sakura simplemente.

— ¿Cumplió con sus promesas?— cuestionó, enarcando una ceja.

—Algunos hombres mantienen su palabra— resopló con sarcasmo. Su enojo reprimido estaba mal dirigido a Itachi, pero no podía evitarlo, era incapaz de mirar más allá de su propio dolor.

Luchando con la molestia, Sakura bebió un pequeño sorbo de agua. Un nudo prieto le estrujaba la garganta dolorosamente, impidiéndole tragar. Necesitaba salir de ahí en cuanto antes.

Itachi extendió la mano y la colocó sobre la pelirosa, notando como daba un pequeño respingo a causa del inesperado contacto.

—Vuelve a Konoha, Sakura. El HGK necesita a un genio como tú.

—También me necesitan aquí.

El pelinegro se detuvo, un poco desconcertado.

— ¿Estas segura que quieres instalarte en Amegakure?

—Es algo que debo afrontar si quiero cobrar vida por mi cuenta. Creo que es una buena forma para alejarme de la sombra de mi madre.

—Tsunade-sama te recibirá con los brazos abiertos si decides regresar.

Sakura inhaló profundamente, preparándose para lo que estaba a punto de decir.

—Itachi, no regresare a Konoha, ni hoy, ni nunca. No creo poder lidiar con todo el drama en este momento.

El pelinegro la miró con tristeza. Ella aún continuaba absorta en un mundo de dolor, el mismo al que él la había arrastrado en sus más pérfidos momentos.

—Y si es que algún día decido hacerlo— continuó, la voz temblorosa—, no creo que debamos vernos más.

—Lo que pasó, la forma en la que todo termino— susurró irresoluto—, realmente estoy arrepentido. Odie lastimarte.

— ¿Entonces por qué lo hiciste?— preguntó ella con un hilo de voz.

—Como tú lo dijiste, estaba asustado y actué como un cobarde. Intenté alejarte para protegerte, pero actué mal— estrujó la mano de la pelirosa delicadamente—.Sakura, te amo.

La aludida lo miró con los ojos muy abiertos por la conmoción. Itachi pareció percatarse de lo que había dicho; lo que significaba, y recayó en un mutismo consternado. El tiempo se detuvo; cuando retomó la marcha fue de manera tan vertiginosa que el corazón de Sakura comenzó a convulsionar en un errático palpitar, todo a su alrededor daba vueltas. Desesperada, boqueó tratando de absorber aire, pero sus pulmones no funcionaban.

—También te amo, Itachi. — Lloró ella—. Pero estabas en lo correcto cuando dijiste que esto no iba a funcionar.

—Por supuesto que funcionara. Me importa un comino lo que piensen los demás, Izumi, Tsunade, la junta. Quiero estar contigo, Sakura.

Sakura negó con la cabeza lentamente, frunciendo los labios. Las mejillas rodaban por sus mejillas como dos impetuosos goterones.

—Por mi culpa renunciaste a tu empleo, arruine tu relación con Sasuke.

—Eso no es verdad, Sakura— dijo salando de su silla y agachándose a su lado. Los clientes al interior del café vislumbraban con disimulado interés la dramática escena que ambos protagonizaban.

—No es tan simple, Itachi— acunó su rostro con manos temblorosas; la voz entrecortada por el llanto—. Probablemente no lo notes, pero no quiero que tires todo por la borda por mí. Es tu sueño, tu legado.

—Sabes que no me importa nada de eso.

—Eso es lo que dices ahora, pero ¿Qué tal si todo cambia con el tiempo?, ¿no crees que comenzaras a resentirme en los próximos años por eso?

—Nunca podría resentirte, Sakura. Eres la persona más importante en mi vida—recitó con voz ronca.

Sakura liberó su rostro al mismo tiempo que soltaba un suspiro. Cerró los ojos por un momento y disipó el rastro de las lágrimas con la manga de su cazadora.

—Probablemente has estado sufriendo—recitó más calmada—.Mi intención no es hacerte daño, pero creo que es lo más apropiado.

Los ojos de Sakura lucían cristalinos por las lágrimas. Por más que Itachi insistiera en que estaba equivocada, sabía que nada de lo que pudiera decir lo convencería de lo contrario. La había perdido desde aquella mañana en su apartamento, cuando rompió su corazón diciéndole que no la amaba.

—Espero que encuentres la felicidad, Itachi— resopló.

La neurocirujana se envaró, respiró profundo y soltó el aire lentamente mientras se levantaba. Con las piernas temblorosas, caminó hasta el interior del local y se desplazó hasta la puerta principal para salir sin mostrar tentativa de mirar atrás.

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Las luces iluminaron hasta el más ínfimo rincón del apartamento. El suspiro que expulsó al cruzar el umbral de la puerta fue de genuino alivio.

Cansada, colgó la chamarra en el perchero y dejó la llave electrónica del apartamento en la mesa lateral, situada a unos cuantos pasos de la puerta.

Desde su encuentro con Itachi, no había dejado de pensar en la conversación. Las imágenes se repetían una y otra vez en el fondo se su mente, avivando el sentimiento de desosiego. Se dijo a si misma que había tomado la decisión correcta. Lo mejor era mantenerse alejada, tal como él se lo propuso dos semanas atrás. Comenzaba un nuevo proyecto de vida en Amegakure, Nagato confiaba en sus habilidades como neurocirujana y, más pronto que tarde, se habría adaptado al exuberante estilo de vida que su jefe había preparado para ella. Se enfocaría en su trabajo, nada de citas ni romances hasta que lo considerara apropiado, probablemente dentro de cuatro o cinco años.

Caminó hasta la cocina. Colocó la pesada bolsa de papel sobre la encimera de granito gris bordeado de mármol color negro. Las lámparas móviles lanzaban destellos de diamante por el cuarto.

Mientras se preparaba un filete de salmón a las finas hierbas, extrajo de la bolsa del mandado una botella de vino tinto. Necesitaría más licor para sosegar sus sentimientos. Sabía que ella estaba bien; una vez había sido autónoma, fuerte, con voluntad propia, y quería volver a sentirse asi.

Sin embargo, no importaba cuantas veces se dijera a si misma que debía recuperarse de una vez y seguir con su camino. Continuaba perdiéndose en un laberinto de asociaciones, sendas emocionales que conducían a una infelicidad aún más profunda. No sabía muy bien por qué, pero ese pensamiento la hizo llorar.

Atreves de las lágrimas, se sirvió el filete y ensalada. Se sentía cansada y desecha. Llevó la bandeja a la sala para comer y ver la televisión.

Rebuscó entre los canales algo que llamara su atención. No tenía que presentarse al hospital hasta el día siguiente al mediodía. Deseó tener más tiempo para sí misma, para pensar y prepararse, pero esa idea la hizo llorar de nuevo. Agitó la cabeza, frustrada por sus incontrolables emociones y bebió el vino con los labios húmedos y salados por las lágrimas.

Necesitaba tiempo para sanar. La oferta DE Nagato era una vuelta a su trayectoria personal, su propia y nueva senda, apacible y sólida. Las singularidades de la naturaliza la ayudarían a recuperarse de las particularidades de su propia vida, y eso resultaba extraño.

Mientras se dirigía a la cocina, para dejar la bandeja, sonó el timbre. Hizo una pirueta, deslizándose sobre los calcetines y caminó hasta la sala, tropezando con una de las mesas auxiliares en el camino. Furiosa, lanzó un improperio, sin embargo, ignoró el punzante dolor asentado en su muslo y abrió la puerta.

Itachi se encontraba bajo el umbral con el rostro tenso. Se miraron de hito en hito durante varios segundos, sin recitar palabra. Sakura suspiró, preguntándose qué tipo de truco estaba tratando de hacer ahora.

— ¿Qué haces aquí?, ¿Cómo fue que me encontraste?— Pese a que la sorpresa que se percibía en su tono de voz, esta no se vio reflejada en su rostro.

—Tsunade-sama me dijo donde localizarte— murmuró él.

Las luces del pasillo, detrás de él, le hacían daño en los ojos y le impedían captar su expresión exacta. Molesta, arrugó el entrecejo.

—Itachi, ya hablamos de esto, no…

—No me marcharé hasta que me escuches— dijo, respirando profundo; dejó caer una mano sobre la pesada puerta, frenando cualquier tentativa de Sakura de cerrarla en su cara.

—No tenemos nada de qué hablar, ya lo hicimos esta mañana—profirió la pelirosa, tomando una profunda inflación al tiempo que hacia desaparecer cualquier rastro de lágrimas en su cara.

—No, no lo hicimos— espetó con una vehemencia que Sakura había contemplado en muy pocas ocasiones—, simplemente me quede sentado, escuchándote. Ahora es tu turno de escucharme a mí.

Pudo haber sido la ofuscación lo que la impulsó a dar un paso atrás para abrirle la puerta. Itachi la siguió hasta la sala, y aguardó de pie en medio de la estancia.

Sakura cruzó los brazos a la altura del pecho. Tenía los labios apretados hasta formar una delgada línea recta, el resto de su cuerpo desprendía pura furia.

—Me comporté como un completo idiota. Por un momento pensé que perdería la licencia médica por un descuido mío y lo canalicé en ti— se le estrechó la garganta y tuvo que hace una pausa. Sakura tuvo al instante un atisbo de lo que él quería decir pero lo rechazó. Itachi respiró hondo y continuó, más reflexivo—.Después sucedió lo del accidente y la pelea con Sasuke. Todo esto pudo haberse evitado si le hubiese hablado con sinceridad desde el inicio, pero no lo hice. Ahora estoy pagando el precio de las convencías.

Sakura se mantuvo en silencio, con la mirada fija en el rostro contraído del azabache. Dos finos mechones de cabello negro caían sobre frente; tenía las mejillas sonrojadas por el frio y el sudor aperlaba la piel nívea de su faz.

—Cuando Tsunade me dijo que habías aceptado la propuesta de Nagato, todo se vino abajo, asi que decidí ir a buscarte al aeropuerto pensando que podía detenerte, pero llegue tarde.

Sakura contuvo el aliento. Estaba demasiado abrumada para decir o hacer algo. No supo que contestar y lo miró, completamente desconcertada.

Se contemplaron uno a otro confundidos, incapaces de recitar palabra. De momento, las palabras no parecían ofrecer una salida.

—Lo siento tanto, Sakura— masculló a manera de ruego.

Algo en el pecho de la pelirosa se contrajo, un sentimiento que yacía atrapado y que no liberó hasta ese momento.

—Fuiste un patán, un completo idiota— susurró al cabo de un tortuoso momento de afonía. Las lágrimas le escocieron los ojos.

De manera autómata, se desplazó hacia él, como si su cuerpo cobrara vida propia y la guiara hacia lo que más deseaba. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para apreciar hasta el ínfimo detalle de su faz, acunó su rostro con manos temblorosas. Aquel gesto de absoluta devoción bastó para que Itachi se inclinara hacia ella, reclamando sus labios en un beso que ninguno de los dos estaría dispuesto a terminar.

—Te amo, Sakura— masculló contra su boca. Colocó una mano sobre las caderas y la atrajo aún más hacia su cuerpo.

—Yo también te amo— espetó. No sabía que lo necesitaba tanto hasta ese momento.

Sakura pasó la yema de sus dedos por los brazos cubiertos de Itachi hasta pasar por sus hombros y detenerse en su pecho. La piel ardía bajo su tacto.

Un descomedido deseo obligó a la pelirosa a elevar sus brazos y hundir los dedos en las sedosas hebras azabaches que caían por su nuca, asiéndose a él. Lanzó un gemido cuando el Uchiha la rodeó por la cintura, acariciando la desnudez de su piel. Fue entonces cuando Itachi profundizó el beso, introduciendo su lengua para explorar, saborear y degustar las mieles de su boca. Todo alrededor dejo de existir.

Al apartase, Sakura lo miró directamente a los ojos, detectando un brillo primal, peligroso, contenido en sus fanales color ónix. La manera en la que la contempló fue suficiente para hacerla sentir como si se disolviese en el fuego que emanaba de sus cuerpos, rindiéndose por completo ante sus caricias.

No pasó mucho tiempo antes de que Itachi exigiera sus labios. La besó lentamente, guidando su cabeza hacia un lado, mientras sostenía su mandíbula; se aseguró de no ir demasiado rápido. La lenta deliberación del beso provocó que el cuerpo de Sakura temblara, no importaba cuanto gimiera contra sus labios, él no iba a cambiar el ritmo. Estaba tomándose su tiempo para disfrutar del momento.

Hundió los dedos en el carnaval de hilos rosados. La abrazó suavemente. Su tacto era ligero, como una pluma sobre su cuero cabelludo hasta descender a su cuello. Cada caricia quemaba.

Estaba tan concentrada en el embriagante roce que no se había dado cuenta de que lo guio hacia el pasillo en dirección a su habitación. Ella jadeó contra sus labios y él se apartó ante su vacilación.

Sakura entrelazó su mano con la de Itachi y lo dirigió al interior.

El Uchiha acortó la distancia entre los dos. Colocó las manos sobre sus caderas. Los dedos de la pelirosa temblaron mientras recorría la extensión de su pecho. Quería hundirlos debajo de su camisa y sentir los marcados músculos de su torso. Deseaba arrastrar la lengua por su pecho, bajar por su abdomen hasta la línea de vello azabache debajo de su ombligo.

—Sakura— susurró. El aliento cálido chocó contra su rostro.

Como el hombre respetuoso y amable que era, estaba pidiéndole permiso. Incapaz de vociferar la respuesta en voz alta, mordió su labio inferior y asintió con la cabeza. En un parpadeó, se encontró a si misma recostada sobre la cama. Reposó el peso de su cuerpo sobre sus codos mientras él permanecía de pie. Contempló con deleite como apartó su abrigo, enredó los dedos al borde de su camisa y la pasó por su cabeza, tirándola al suelo.

Si bien, había contemplado aquel cuerpo de guerrero en tres ocasiones, Sakura no podía evitar quedar boquiabierta al avizorarlo. A pesar de la complexión delgada, poseía la figura de un adonis; bíceps prominentes, abdomen marcado.

Impaciente, Itachi le sacó los calcetines. La sensación de sus habilidosas manos alrededor de sus tobillos la hizo temblar, y dejó caer la cabeza hacia atrás al tiempo que el trazaba una línea sobre sus rodillas y muslos, hasta enredar los finos y delgados dedos en el resorte de su pantalón quirúrgico. Inmediatamente, Sakura se despojó de la parte superior de su atuendo, lanzando la camiseta a alguna esquina de la habitación.

Itachi deslizó la tela de algodón por la longitud de sus largas y torneadas piernas. Se arrastró por la cama, separando sus muslos para abrirse espacio. Aprisionó las manos de la pelirosa y las sostuvo por encima de su cabeza. Nuevamente volvió a besarla. Sakura correspondió abiertamente, deslizando la lengua por sus labios; reprimió un suave gemido cuando se apartó para desperdigar besos contra su cuello, trazando un sendero hasta llegar a su clavícula.

Habían realizado esa danza con anterioridad, pero por una extraña razón, Sakura sentía que era la primera vez que exploraban sus cuerpos, quizá con la esperanza de encontrar algo nuevo.

Contuvo la respiración cuando Itachi la afanó del sujetador, liberando sus senos. Sonrió al notar el miembro contenido de Itachi retorcerse contra ella después de contemplar sus pechos expuestos. Estaba a punto de hacer un comentario cuando la boca del Uchiha la silenció; no demoró en atrapar los pezones entre sus pulgares.

—Itachi— lo llamó.

—Dios, eres perfecta— dijo, gutural.

Un gruñido escapó de lo más profundo de la garganta del neurocirujano justo antes de que su boca aprisionara el pecho derecho de la pelirosa. Ella suspiró con aprobación; la lengua cálida y húmeda rodó por el botón rosado y erecto, atrapándolo entre sus dientes a la par que la mano libre se enfocaba en el seno desatendido.

Sakura recitó una maldición ante la estimulación. Se sentía tan bien, pero no era suficiente. La humedad en su ropa interior vociferaba a gritos donde ansiaba tener la boca de Itachi, y procedió a hacerle entender tal necesidad apretando sus caderas contra él.

Itachi captó la indirecta. Unas cuantas ondulaciones fueron suficientes para enredar los dedos en el elástico de sus bragas.

—Ten piedad de mí, Sakura— comentó el azabache, sonriendo con malicia. Se situó de rodillas en el suelo. Tiró de ella, dejándola en el borde de la cama.

— ¿Qué?, ya hemos hecho esto antes— bromeó, haciendo que Itachi la contemplara con fingido estupor.

— ¿No vamos un poco rápido?, no hemos tenido una cita adecuada— dijo, el tono casual de la conversación contrastaba con la forma en la que la despojó de las bragas con un fluido movimiento.

—Tienes razón. Deberíamos considerar ir más despacio— siguió jugando, antes de adoptar un tono más serio y curioso—, ¿Qué te parece si lo hacemos mañana?, una cita.

Itachi rió entre dientes. Alisó las manos sobre los suaves muslos hasta apartarlos lentamente, provocando que el estómago de Sakura se contrajera en anticipación a causa de la repentina exposición.

— ¿Qué te parece si vamos a cenar?— cuestionó, enarcando una ceja.

Sakura no tuvo tiempo de expresar una respuesta coherente, ya que en ese preciso instante el pelinegro se sumergió entre sus pliegues, buscando el dulce cumulo de nervios que coronaba su intimidad.

Cerró los ojos con fuerza. Emitió un jadeó, Itachi lamía tentativo y explorador pero con suficiente habilidad para que su vientre se retorciera de placer. Recorría largos trazos, de arriba hacia abajo.

Gimió cuando Itachi enfocó la atención en su clítoris. Sakura arqueó la espalda, su mano derecha se enredó en la melena del pelinegro mientras se aferraba a las sabanas. Lo sintió sonreír contra sus labios; mantuvo el ritmo, y ella no pudo evitar mover las caderas contra su boca, intentando emular el ritmo de su lengua.

Sakura se obligó a mirarlo, encontrando los ojos carbón de Itachi enterrados en ella antes de sumergirse una vez más. Mordió su labio inferior, lo cual lo envalentono a redoblar sus esfuerzos. Estiró la mano para acariciar sus pechos, mientras con la otra se aseguraba de mantener sus muslos abiertos, permitiéndole degustar la intimidad de su sacro templo.

—Sí— frunció el ceño, su respiración brotaba en pequeñas y entrecortadas bocanadas. Itachi presionó y rodó la lengua con más firmeza alrededor de su clítoris— ¡Oh, dios!, ¡Sigue!

Itachi gimió; el sonido hizo vibrar su lengua contra ella, en respuesta, Sakura aferró los dedos en su cráneo, casi arqueándose por completo. Cansada de controlar su voz, gritó el nombre de su amante, incapaz de contenerse. El placer recorrió su cuerpo como una llamarada, consumiendo todo a su paso.

Sakura permaneció con los ojos cerrados y no se movió durante un par de segundos. Su pecho desnudo se alzaba a la par de la respiración descompuesta. Aquel orgasmo la había dejado sin aliento. Al levantar los parpados para desvelar la belleza de sus fanales esmeraldas, se percató de que Itachi permanecía en el mismo lugar; de rodillas en el suelo, con las manos descansando sobre sus muslos desnudos, al mismo tiempo que le dedicaba un avistamiento lo suficientemente engreído para hacerla temblar.

— ¿Disfrutando?— preguntó con ironía.

—Sí, la vista es genial desde aquí— dijo, dejando escapar una risita.

El Uchiha se puso de pie. No estaba interesada en coquetear o seguir con el jugueteo. A pesar de la intensidad de su orgasmo, quería más, necesitaba sentirlo dentro de ella.

Tomó asiento al borde de la cama. Demandante, tiró del cinturón. Frotó una mano contra su erección oculta y sin más dilaciones, apartó el molesto accesorio, dejándolo caer al suelo. La vista de los boxers negros debajo de la mezclilla de los jeans hizo que su corazón latiera como un tambor.

Relamió sus labios al ver el contorno de su miembro detrás de la tela. Clavó los ojos en él mientras deslizaba los pantalones por sus muslos, satisfecha, notó como Itachi contenía la respiración.

— ¿Nervioso?— preguntó, esbozando una sonrisa maliciosa.

El pelinegro dejó escapar el aire contenido, negando con la cabeza.

—Impaciente— rectificó.

Sakura le bajó los boxers hasta las caderas; su miembro rebotó libre y no pudo evitar agrandar los ojos. Parecía mucho más grande de lo que recordaba, pero se moría por probarlo. Besó conciliadoramente la punta antes de propinarle una larga lamida desde la base. La acción provocó que Itachi tragara grueso.

Él colocó las manos sobre los pequeños hombros de Sakura, notó que el agarre se endurecía cuando rodeó la cabeza con los labios para lamerlo.

El Uchiha gruñó de nuevo al sentir como la pelirosa movía la cabeza hacia delante y atrás. Sakura elevó la mirada para tener una mejor imagen de su rostro; tenía los parpados estrujados, sentía el muslo rígido bajo su mano izquierda. La postura del neurocirujano delataba que probablemente estaba contendiéndose, y eso molestó un poco a la pelirosa.

Soltó el miembro con un suave pop, obligando a Itachi a entreabrir los ojos.

— ¿Sakura?

Era evidente que iba a preguntar si algo andaba mal. Lejos de otorgarle una explicación, tomó la mano derecha y la llevó hasta la parte posterior de su cabeza, apreciando, victoriosa, la expresión de sorpresa que decoraba las hermosas facciones de su amante.

—Puedes tomarlo— dijo, guiñándole un ojo—. No me importa que seas duro.

—Dios mío...— masculló él sin aliento.

Sakura sonrió. Notó los dedos de Itachi enredarse en su cabello a la vez que reanudaba la atención oral. Aun asi, el azabache no hizo ningún intento por guiar su cabeza de alguna manera, y aunque a Sakura no le habría importado menos caballerosidad, decidió que estaba bien. La forma en la que él gimió cuando su lengua encontró un punto sensible, avivó la humedad entre sus piernas.

—Sakura— su voz estaba cargado con un tono de advertencia que la obligó a liberar su miembro al instante.

Itachi presionó su espalda contra la cama y llevó la boca hacia su cuello para morder la piel suave y pálida que se encontraba ahí. Maldijo en voz baja al sentir los dedos del pelinegro tantear su entrada, hundiéndose entre los pliegues de su intimidad.

Clavó las unas en los omoplatos del hombre; los dedos de Itachi se deslizaban dentro de ella con sorprendente facilidad, el orgasmo anterior la había dejado naturalmente lubricada.

—Mierda— Itachi gruñó, parpadeando en repetidas ocasiones como si acabara de recordar algo—.Necesito un condón.

Sakura negó con la cabeza. La idea de detener eso en el mejor momento no le causó ninguna gracia.

—No te preocupes— le dijo con tono conciliador, acariciando su mejilla—. Comencé a tomar anticonceptivos cuando tú y yo comenzamos con esto.

Luciendo más tranquilo, procedió a encontrar su lugar entre las piernas de Sakura. Sin embargo, tenía otros planes en mente, asi que esperó hasta que ella estuvo sobre su cuerpo, inmovilizándolo contra la cama.

— ¿Todo bien?— preguntó la pelirosa con una pequeña sonrisa estirándole las mejillas sonrojadas.

—Estoy a tu merced— respondió; su voz era juguetona, pero sus ojos se oscurecieron a causa del deseo.

En cualquier otro momento, Sakura habría realizado una que otra artimaña para ofuscar a su compañero, sin embargo, estaba demasiado ansiosa para hacerlo, había deseado sentir a Itachi dentro de ella desde hace unos cuantos días, asi que no perdió el tiempo; levantó las caderas para posicionarse.

Itachi mantuvo la erección erguida para que la pelirosa pudiese acogerlo fácilmente, manteniendo la mano izquierda en su cadera. Sakura descendió con cuidado, aferrando las manos al basto pecho del Uchiha; su respiración se tornó entrecortada ante la sensación punzante que se abría paso entre sus muslos.

Se aseguró de contemplarlo en el proceso. Itachi arrugó el entrecejo al sentir como el hermoso cuerpo de la chica se ajustaba a él gradualmente. Un gruñido se le escapó cuando sus cuerpos estuvieron perfectamente conectados, como dos piezas de rompecabezas.

—Mierda— susurró, hundiendo los dedos en la carne de sus caderas.

En respuesta, Sakura tomó sus manos y las guio hasta sus pechos. Una vez más, Itachi captó la indirecta, y sin más dilaciones ahueco sus pechos, contemplando con deleite como ella elevaba sus caderas.

—Si— suspiró, aprisionando el labio inferior entre sus dientes a la par que su amante acariciaba sus pezones con los pulgares—, asi es, Itachi…

Pronto, las embestidas ganaron fuerza y velocidad, provocando que la cabecera chocara contra la pared con cada movimiento. Itachi disfrutaba del ritmo creciente tanto como ella.

—Joder— maldijo el Uchiha, ocultando el rostro entre su cuello, tratando de igualar el ritmo de las estocadas.

Sakura lo atisbó; una ola de excitación la golpeó al ver claramente como Itachi luchaba por mantener el control.

—Itachi— jadeó sobre él, disminuyendo poco a poco la velocidad de sus movimientos— ¿Te estas contendiendo de nuevo?

Sabía la respuesta antes de que el mismo interpelado la admitiera.

—Un poco.

—No lo hagas— ella se inclinó y acunó su rostro: lo besó con abandono.

Una vez que la orden brotó de sus labios, los ojos del pelinegro brillaron a causa de la excitación. Volvió a emerger debajo de ella, y reclamó su boca con fiereza; sus manos se aferraban a las caderas de Sakura para reanudar el ritmo, más duro e intenso que el de antes.

— ¡Ah!— Sakura aferró su agarre sobre los hombros de Itachi, buscando apearse. Dejó caer su cuerpo, ansiosa, encontrándolo anhelante con cada empuje— ¡Oh si, Itachi!

Sus bocas se conectaron en una danza desordenada. Ella gruñó decepcionada cuando Itachi se apartó, sin embargo, todas sus quejas fueron acalladas al notar la cálida boca del hombre al que amaba en uno de sus pezones.

—Dios, Sakura— gimió incoherentemente. Las paredes internas se contraían alrededor de su miembro palpitante—.Te extrañaba tanto…mierda, eres increíble.

Sakura rodeó su cuello con ambos brazos, a la par que Itachi la rodeaba por la cintura, manteniéndola presionada contra su pecho. Ambos buscaban alcanzar el nirvana, moviéndose en sincronía hasta que fue imposible mantener un ritmo que no fuese errático o desordenado.

Ella acabó primero, recitando su nombre contra sus labios. Itachi continuó con algunas estocadas; el rostro hundido en el hueco de su cuello, recitando algunas maldiciones y alabanzas inteligibles.

El roce de sus pechos, sus pezones duros como cerezas, sobre su torso lo hicieron sentir oleadas de placer. Aun moviéndose en el interior de Sakura, suministrándole instintivamente su flujo, la miró sorprendido.

Sakura apartó la cara y lo abrazo, atrayéndolo, envolviéndolo con sus piernas, frotándose con fuerza. Él depositó un beso en su hombro, pasó por la clavícula y se detuvo en sus labios, cansado.

—Eso fue increíble— masculló contra sus labios.

Itachi se apartó un instante; el cabello húmedo se adhería a su rostro. En un gesto tierno, apartó los mechones y besó su frente.

—Lo fue— coincidió, esbozando una sonrisa cansada.

Sakura se retiró, recostando su cuerpo en el espacio libre de la cama. Su corazón se sentía como si estuviera lleno de calidez ante la mirada de alegría que él le dedicaba.

En el exterior la noche había caído. El apartamento estaba silencioso excepto por el lejano y amortiguado sonido del tráfico en la calle.

—Creo que este es el momento en el que hablamos del elefante en la habitación— dijo Sakura, vislumbrándolo por el rabillo del ojo.

Itachi se incorporó, apoyándose sobre un codo. La melena lóbrega desembocaba en sus hombros como una cascada.

— ¿Quieres hacerlo ahora mismo?— cuestionó, enarcando una ceja.

La pelirosa se encontraba tendida sobre el colchón, desnuda de la cintura para arriba, con una sábana cubriéndola hasta el ombligo. Su pecho se elevaba al ritmo de la respiración acompasada. Intentaba escuchar algo mucho más lejano que el bullicio de la ciudad.

—Tal vez no tengamos otra oportunidad— asintió—. Si vamos a continuar con nuestra relación debemos dejar algunas cosas claras.

—Concuerdo contigo— dijo Itachi.

—Primero, ¿Qué sucederá contigo?, Tsunade-sama me contó lo de tu renuncia—las palabras empezaron a fluir por su boca—. Aun no firmó un contrato con el hospital, Nagato mencionó que solo era cuestión de tiempo, creo que es un periodo de prueba, ¿sabes?, tal vez tiene el presentimiento de que cambiare de opinión.

El pelinegro parecía incómodo.

— ¿No podemos olvidarnos de eso durante un rato?

—No— contestó la pelirosa—. No puedo soportarlo más. Si voy a regresar contigo debo tener la certeza de que no te marcharas como la última vez.

—No lo hare, Sakura— dijo él—. Sin embargo, por primera vez en mi vida no tengo un plan. Es como si me hubiese liberado de una pesada carga. Ahora mismo no puedo contemplar más allá de lo que sucederá mañana.

Sakura apoyó los antebrazos en el pecho de Itachi y la barbilla en sus manos,

—No te arrepentirás de esto al amanecer, ¿verdad?

—No— respondió, apartando algunos mechones de su rostro, a la par que acariciaba suavemente su espalda desnuda, trazando patrones inteligibles con la punta de los dedos—.No iré a ninguna parte, no pienso hacerlo.

Ella se rió entre dientes con cierta vergüenza.

—Estoy estropeando el momento, ¿verdad?

—Hum, hum– asintió el con un ligero movimiento de cabeza.

—Antes de volver a la realidad— susurró Sakura. Le acarició el cuello con los dedos, rozando la piel nívea del pecho—, podemos levantar un muro durante un rato. ¿Te quedarás esta noche?

Itachi le besó la frente, y luego la nariz y las mejillas.

—Tus deseos son órdenes.

—Ven aquí— ordenó ella. Le sujetó la barbilla entre el pulgar y el índice, y lo besó con más contundencia.

—No creo que pueda hacerlo una vez más— susurró Itachi contra sus labios.

—Prueba.

Ninguno de los dos sabía cuánto duraría esa calma. Ella no era ingenua y tampoco el Uchiha. Tenían la certeza de que, más pronto que tarde, la hora de enfrentar la realidad estaba cerca, era inminente.

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Los pálidos rayos del sol ingresaban por las finas cortinas blancas, disipando la oscuridad de la noche a medida que se adentraba el día.

Restregó una mano contra su rostro, mientras aleteaban sus pestañas. Se regodeó en la cama, notando la ausencia del cuerpo que tanto deseaba abrazar. El lugar que ocupaba Sakura se encontraba vacío y frio. Tal vez se había despertado antes para iniciar con la meticulosa rutina mañanera, aquel pensamiento lo arrastró a la realidad.

El aliento matutino caldeó en la almohada y cambió mentalmente de tema. No era un día apropiado para lamentaciones ni segundas opiniones, sino para actuar.

Decidido, se deslizó fuera del edredón de plumas y se dirigió a la ventaba que daba a la avenida principal. Apoyó la mano en el cristal. Estaba frio, aunque la habitación era cálida. Las personas deambulaban alegremente por las vivaces calles de la ciudad, disfrutando el calor de la luz solar. Hacia un día tan lindo que le pareció que podía saborearlo.

Al apartarse del cristal, recolectó su ropa, la cual yacía desperdigada en el suelo. Regresaría al hotel más tarde, mientras Sakura acudía al hospital.

Cuando terminó de vestirse, caminó descalzó hasta el pasillo y permaneció allí, escuchando, hundiendo los pies en la gélida de madera que revestía el apartamento. Sakura se encontraba en la cocina, tarareando una melodía melancólica y familiar, ajena a sus vacilaciones. Recorrió los pocos pasos que lo separaban de la habitación.

Se quedó junto al umbral. Lo primero que recibió fue la visión de Sakura disfrutando de un rayo de sol junto a la ventana sorbiendo su café. Se había recogido la melena rosada como las flores de cerezo en una cola de caballo que oscilaba alegre cada vez que realizaba hasta el más ínfimo movimiento de cabeza.

—Buenos días— dijo ella, cuando se percató de que estaba ahí. Se apoyó contra la encimera de la cocina y sonrió.

—Buenos días— saludó. Carraspeó un poco para desaparecer la piquiña atestada en su garganta; su voz sonaba gutural y adormilada—. ¿Qué hora es?

La pelirosa alcanzó la jarra de la cafetera y le sirvió una taza. Ambos precisarían de una buena dosis de cafeína si querían sobrellevar el resto del día.

—Alrededor de la una menos cuarto.

El tono inquisitivo perdió fuerza al comprobarlo con sus propios ojos.

— ¿Por qué no me despertaste?— preguntó propinándole un sorbo a la taza humeante.

—Estabas durmiendo tan tranquilamente que no tuve el valor de hacerlo— respondió Sakura encogiéndose de hombros.

Itachi estiró los brazos y dejó escapar un jadeo.

—Aun asi me siento agotado.

—Solo necesitas un poco de café.

—Y tal vez algunos analgésicos.

Sakura rió. Desde su llegada la noche anterior, los dos habían sido arrastrados por el tornado de la lujuria. La charla sobre el futuro juntos desencadeno una segunda ronda de sexo, tan intensa como la primera. Después de eso, ambos hablaron durante un par de horas, hasta que por fin conciliaron el sueño ya adentrada la madrugada.

— ¿No deberías estar en el hospital?— preguntó Itachi.

—Estuve ahí hace algunas horas— dijo Sakura, soplándole a su café.

— ¿Vas a tomarte el día libre?— preguntó, arqueando una ceja.

Sakura miró a Itachi con preocupación.

—Algo asi— respondió, encogiéndose de hombros. Exhaló resignada, cerró los ojos con fuerza y habló—. Pasé el resto de la noche pensando en el tema de regresar a Konoha.

Itachi se preguntó que había detrás de la profunda vacilación de Sakura. Estaba a punto de mencionarlo cuando ella continuó:

—Creo que es apropiado que ambos regresemos al HGK— concluyó, dejando la taza sobre la encimera de mármol.

El pelinegro la miró con los ojos agrandados, haciendo desaparecer cualquier atisbo de tranquilidad. La noche anterior, después de hacer el amor, Sakura le planteó la idea de instalarse en Amegakure. Él se mostró de acuerdo, aun cuando no terminara de encantarle de idea de trabajar para Nagato, sin embargo, por esa chica estaba dispuesto hacerlo hasta lo impensable.

—Sakura, no tienes que regresar por mí. Las oportunidades que te ofrece Nagato son mejores de lo que recibirás en el HGK si regresas— dijo, intentando hacerla entrar en razón.

—No lo estoy haciendo solo por ti, Itachi— puso los ojos en blanco a la vez que esbozaba una sonrisa—, sino también por mí. Esto no es lo que quiero— agregó, haciendo un mohín con los brazos para referirse a la opulencia que la rodeaba—. Si accedo a quedarme, pasare el resto de mis días confinada en una oficina, lejos de lo que amo hacer.

Itachi bordeó la barra para situarse a un costado de la pelirosa. Conmovido por la respuesta de Sakura, acalló cualquier replica con profundo beso, como si sus labios fuesen el oxígeno que necesitaba para respirar. Ella emitió un gemido de sorpresa cuando notó la lengua del pelinegro invadiendo su boca. El contacto era tan avasallador que la encontró correspondiéndolo con mayor ímpetu. Le encantaba sentir a Sakura temblando contra él cuando inclinaba su cabeza para profundizar el empalme.

Notó la presión de sus muslos alrededor de su cintura, y la de sus brazos detrás de su cuando al levantarla con sorprendente facilidad para regresar al dormitorio.

Itachi depositó su cuerpo sobre el colchón, sobre las sabanas revueltas; el aroma era un dulce recordatorio de todo lo que habían hecho la noche anterior. Se aseguró de no cargar todo su peso contra ella.

—Sakura— la llamó, acariciando con absoluta devoción la mejilla sonrojada.

— ¿Hum?— alzó una ceja.

— ¿Cuándo te diste cuenta que de habías enamorado de mí?— quiso saber.

—Poco después de nuestro primer beso en el cuarto de residentes. Aunque comencé a sentir algo desde el incidente de la paciente embaraza, cuando charlamos en el cuarto de aditamentos— mordió su labio inferior. La sangre se le precipitó al rostro, encendiendo sus mejillas en un violento sonrojo.

Itachi apartó la mirada con el ceño fruncido, tratando de recordar, cuando lo hizo, sus ojos se abrieron de golpe mientras miraba a la pelirosa.

—Espera, quieres decir que fue…

—Sabía que era una mala idea contártelo— dijo. Pasó los ojos en blanco y golpeo su hombro, juguetona.

—Jamás lo habría imaginado, creía que me odiabas.

—Lo hacía, pero no es lo que piensas—espetó.

Itachi detuvo su balbuceo, besándola con toda la intensidad humanamente posible.

—Mientras vivamos, voy a recordarte que me llamaste cretino en más de una ocasión— bromeó Itachi contra su boca, obteniendo un molesto mordisco en su labio inferior.

—Sí, bueno, tampoco permitiré que olvides que en más de una ocasión te lo ganaste.

Itachi rió.

—Creo que poder vivir con eso— se inclinó nuevamente para reanudar el contacto—. Te amo.

La risa de Sakura le hizo cosquillas en los labios.

—Yo también— respondió con suavidad—. Asi que es mejor que te tomes en serio la idea de permanecer juntos de ahora en adelante.

El azabache le devolvió la sonrisa.

—Lo hare— se lo prometió.

Depositó un beso conciliador en su frente a la vez que la abrazaba con fuerza. Notó la sonrisa de Sakura contra su cuello. Por primera vez en mucho tiempo sintió que había encontrado un lugar al cual pertenecer.